la isla de los ratones
spanish
Una isla es una isla. Llegar a las islas, por pequeñas que fuesen, le hacía sentirse mejor. Victorioso. Seguro de sí mismo. Un amplio concepto de las islas. No solo cualquier porción de tierra rodeada de agua por todas partes, sino que las islas no tenían que ser fijas. Por eso se dividían en inmóviles y móviles. Así en la gran bahía florecían islas de arena con la bajamar. A veces había muchas de estas islas, recién aparecidas, donde varar el bote. Se decía que había que dragar de cabo a cabo la bahía, que se ahogaba de ciega arena floreciente. Duraban, por ejemplo, toda una mañana. Llegabas de sopetón, todo recto. Desde el Club Marítimo hasta la isla de arena habría un kilómetro. Y una vez en la isla, sentados en aquella arena submarina –sombría y húmeda, aunque hiciera sol–, se esperaba a que subiera la marea. Una emoción lenta y fascinante, como correrse, solo que mejor. Y cuando poco a poco la marea iba entrando, uno se veía sentado en cuclillas en medio de una resplandeciente y gris lámina inmóvil, la bahía entera, que alrededor resplandecía peligrosamente. Y pensar en aquella situación de gran naufragio cómo podía ser uno visto desde el muelle, o el Club Marítimo, con prismáticos. Cabía entonces poner caras extrañas y torcidas y abrir la boca como dando gritos de terror con la esperanza de que, visto desde el puerto, horrorizados los prácticos, mandaran inmediatamente la lancha inconfundible a buscarnos. Y la isla, por pequeña que fuese, arrastraba consigo una inquieta teatralidad, como un aura. Las islas arrastraban consigo su anterioridad submarina como un aura. Los peces rozarían, una vez de nuevo en el fondo, levemente una arena, la misma sobre la cual ahora nos sentábamos, gruesa y zafia y más gorda que las católicas arenas de la playa de la Concha a las que bajaba la abuela Carolina a poner coto a los desmanes de las francesas descocadas. Y los peces levantarían levemente la arena rozándola, los silentes gránulos diminutos de rocas y de conchas. Que los puntitos rojos de la arena eran incluso de crustáceos y cámbaros molidos por el fragor del mar contra los farallones. Uno se imaginaba, sin embargo, que el movimiento submarino de la arena fuera análogo al de la arenilla del fondo de una pecera. La imagen de la vastedad del mar lo cambiaba todo. El fondo del mar, por oscuro que fuese –como probablemente lo sería alrededor de la isla de Mouro; que la misma palabra mouro evocaba una mar profunda y densa, friolenta, con el cuerpo resbaladizo de grandes peces negros, besugos y mules gigantescos devorándose unos a otros–, por lento y violento e inhabitable que fuese el fondo del mar, siempre nos parecía ancho y largo, iluminado, réplica ennegrecida y asfixiante de la temerosa superficie azul oscuro que se dilata ondulada hasta el horizonte. Había que recorrer esta profunda superficie, sensitiva y mecánica, en el chinchorro, a remo. Haciéndolo así se entendía el mar, no de otro modo. La bahía era el mar, las playas eran el mar, incluso los tamarindos de Piquío eran el mar, pero sobre todo era el mar el mar adentro y, aún más sobre todo, el fondo del mar era el mar, como la superficie poderosamente flexible y enramada de crestas blancas los días de viento así lo delataba. Desde todas partes se veía el mar, todo el otoño y el invierno y en Semana Santa y los oficios larguísimos y el sermón de las siete palabras en la Plaza Porticada, solo asomarse a la ventana, se veía el mar gigante y cerca. Era un mar retraído, siempre cambiante, de las islas veladas. Un mar para ser mirado y dejarle tranquilo, bahía abajo, casi hasta la Remonta, el barrio pesquero y la Remonta, donde habían vivido tío Álvaro y mi padre. Durante el otoño y el invierno de sombreros y boinas, de gabardinas y paraguas y del cine Alameda, o de viento sur color verde botella, pensaba en el mar como en un lugar prohibido, infinitamente deseable. Eran los meses de mentalmente embarcarnos y zarpar sin ya pensar en nadie más, ni en el puñetero padre superior, ni en las notas. Porque zarpar era un instante y una estampa completa. El borroso más allá de los trasatlánticos e incluso los cargueros que iban a Gijón, el cabotaje, cuyos nombres conocíamos, cuyos marineros conocíamos, de jersey azul y cigarrillo a un lado de la boca, por lo menos algunos. Por eso durante todo el invierno los domingos e incluso por las tardes al salir de clase, íbamos a ver las pilas de carbón verdinegro, en los muelles de carga, pasado Ultramarinos Casa Peña, que en paz descanse, y la estación y los depósitos francos y los vagones madereros, carboneros, que Dios tenga en su gloria. El mar olía entonces invernizo, con un reflejo de cuarto de estar del mirador, al anochecer, con una lámpara de latón de oro y espejos y una pantalla sucia color crema. Ahora que en el invierno era muy buen paseo ir los jueves a ver el bote varado en Pompeyo. Ahí se le veía, verde y blanco, con el fondo lleno de agua negra de la lluvia rabiosa y las costillas flacas y algo frágiles, como los raqueros. Porque también el invierno era el lugar de los gatos, el gato del otro bloque y el gato de las patatas fritas que se pelean a muerte en la plazuela de Pombo. Íbamos a pescar porredanas y panchos. Eran pescas de tarde soleada, o nublada sin lluvia en el malecón que cierra Puerto Chico. Que en la punta había un farito rojo, diminuto, de posición, y se besaban las parejas de novios al atardecer, a escondidas. Como Manuela y el cojo, que se encontraban en el mismísimo tranvía. Cada cual por su lado, que en la parada fingían ni siquiera saludarse, para que la Negra no les viera. O como Rosalía, pelirroja, la sobrina de Godofredo, que se enamoró de un delineante casado, frente por frente la ventana, un rubio patilargo; Rosalía, que provenía de Alhucemas, por parte de la Goda, que a su vez se tiró por la ventana, por el ventanuco del retrete, sin que nadie entendiera cómo cupo. Desde el cuarto de Fraulein Maria Hirschle, que todavía existe. El tormento lejano que a través de la ventana y la bóveda ligera de los dos visillos todavía se repite, aquella piel lechosa, moteada de motas, con sus grandes ojos de huevo martirizado, el amante imposible de la patita fina, cinturita de anís. Eran tardes cerca de las grúas o, mejor todavía, junto a los barcos atracados, que alimentaban los cocineros a los peces, macizando sin proponérselo todo un trecho debajo de la popa, de peladuras de patatas y de restos de rancho. Así que se los veía a los peces brillar hambrientos al volverse, el lomo plateado, verdecillo y rosado y dorado. La gran pesca, sin embargo, era el pulpo. Que por aquel entonces leía El cazador de tesoros y Veinte mil leguas de viaje submarino. Y todos los pulpos muertos que veía en la plaza de la Esperanza eran imagen de aquellos terribles calamares gigantes con pico. Así que el pulpo era de suyo cefalópodo, separado de los peces, todo patas, una criatura incalculable, con su halo de navegante flor carnívora que podía arrastrarte al fondo de una cueva con algas para siempre. Los días de bajamar, los veranos, solía ir con el esquilero a las esquilas de las pozas, que no eran, como en el cucurucho, coloradas y saladas, sino crudas. Y las había gordas y verdosas, nerviosas y saltonas, olisqueaban con las antenas tiesas invisibles los lados florecidos de las rocas. Que podías entrar descalzo dentro de la misma poza porque no tenían escape. Y las había pequeñas y delgadas, las quisquillas, que valía más dejar vivir un poco. Pero la representación más verde y más oscura del mar era el pulpo. No solo por Julio Verne, sino por el propio pulpo difunto, que yacía en las cajas de madera escamosa de la pescadería, con la cabeza vuelta, más amenazador que nunca, muerto más espectacular casi que vivo. Ahí inerte se descubría su verdadera peligrosidad marítima. Los tentáculos rosinegros y tiesos recordaban feroces ventosas pegadas a la cintura y a las piernas. Eso, aunque nunca se llegaban a ver los pulpos verdaderamente gigantescos y ancianos que no se dejaban capturar y que, alargados, abriéndose y cerrándose, navegan por los alrededores de Mouro. Ya incluso los medianos mismos parecían peligrosos de sobra. Que uno mediano tenía fuerza inclusive para arrastrar un perro al fondo, un perro de aguas grande. Y el tirón de un pulpo que te cogiera por el pie era ya suficiente para hundirte la cabeza y sujetarte hasta que te ahogaras. Porque la inmovilidad del pulpo en las pescaderías era y es engañosa. El pulpo aguarda quieto con todos los tentáculos esparcidos por una roca resbaladiza y limpia. A los pulpos les gustan más las rocas peladas, y siempre que pueden evitan las de algas, con quienes detestan confundirse. El pulpo es el molusco valeroso y carnívoro que ataca al hombre porque puede, a los que miran el mar embobados. Por eso la gente de Palencia y de Madrid y de Ávila, los veraneantes terrestres están más expuestos. Los veraneantes iban siempre con sandalias dadas de blanco España (nombre aplicado indistintamente al subnitrato de bismuto y otros subnitratos). Porque era precisamente aquel blanco grumoso y denso, que olía a alfombra y pasillo encerado, lo que sacaba de quicio al pulpo y le descomponía hasta el punto de llegar a la agresión; el olorcillo a limpio y recién puesto que los pulpos detestan. Así como también odiaban a los chicos de Valladolid, mayores que nosotros, que aprendieron a nadar en una piscina de reglamento y nadaban a crol. El verdadero pulpo respeta la braza únicamente, como nadan los marineros, que no andan con deportes ni leches, los que viven del mar. Al pulpo se le tenía un respeto, casi como a la ralla o raya, o a la medusa; aunque la medusa sea guarra, una ortiga de mar que come mierda transparente de lo que sale hecho papilla de la cloaca. De aquí que el celentéreo sea un animal intestinal, asexuado como las niñas; solo que la medusa era sexuada y tenía picha, que te tocaba y te meaba. La ralla o raya lo que tiene es que es eléctrica. Agazapada plana en la arena, de color arena, con un pincho electrificado que paraliza al hombre. Así que en las playas de bajamar hay que ir con cuidado, tanteando con el remo si ves un poquito de protuberancia, eso es la ralla o raya. Pero la isla que reunía todo lo velado de las islas, más una cierta facilidad para ir y venir a cualquier hora, era la isla de los Ratones, con su club destartalado y cubista (en aquel tiempo), el tiempo de la casa de Laxen Busto yendo al faro. Con la isla de los Ratones ocurría que por un lado te familiarizabas y por otro te asustabas bastante. Se comprendía que era un sitio muy de pulpos. Con la canal profundísima a menos de un kilómetro. Y con el recuerdo omnímodo de Diez negritos. Ahí podía muy bien siempre ocurrir algo, ojalá un crimen. Cuando aún tío Pedro no me dejaba el bote, íbamos en un bote grande lentamente, lo cual dejó de tener muy pronto gracia, menos Paco Vázquez, con el pelo tieso y rubio, que llegaba nadando maravillosamente. Conque una vez era bajamar de nuevo. Casi podía llegarse a pie. Era un día, desde por la mañana, con claros muy azules y nubes deshilachadas viajando muy rápidamente. Había ido muy temprano, él solo, con el esquilero, a investigar las nuevas pozas, algunas verde oscuro, muy profundas, entre rocas peladas, lamigosas. Debía ser septiembre. No hacía mucho calor, ni poco tampoco. Iba con el Meyba y la camisa puesta. Aunque era a ojos vistas un claro día de pulpos, no pensaba en pulpos sino en esquilas suculentas, casi gambas, que tendría que haber en las profundidades, entre la isla y la playa, alimentadas con lo más fresco y menos negro de las algas. De hecho, cogió algunas muy buenas, menos de lo que esperaba. El sitio era en realidad algo sombrío; era, de hecho, el fondo mismo recorrido a pie por primera vez. En esto una poza redonda entre rocas lamidas: se veía la arena y una estrella de mar sobre la arena, transparente el agua, había hasta porredanas, por lo menos una que se viera. Y, por coger la estrella, metió hasta la mitad o más del palo el esquilero, que se caló toda la manga de la camisa hasta el hombro, y revolvió la arena alrededor, que se enturbió la poza, y la estrella a pesar de eso aún se veía. Y en esto, pataplaf, que sale el pulpo. Salió de lado como él esperaba. Extendiendo la pata triple, cuádruple, a por la estrella. Que se veía que por eso se habría quedado agazapado en la poza, persiguiendo a la estrella. Daba verdadero miedo, y eso que era mediano, más bien tirando a joven, aquel pulpo. No tuvo que pensarlo. No se veía nada más que el turbio pulpo blanquecino y rosa, agitadísimo, dilatado e inflado en toda el agua removida. Iba a atacar. Lo cogió con el esquilero que se vencía, todo de una vez, el increíble pulpo, alterándose de pura ira y asfixia, queriéndose salir mientras corríamos, cagando leches, a donde había gente. El final fue algo triste. Uno forzudo que yo no conocía le agarró por la cabeza tierna y se lió a golpes. Como un calcetín indefenso se la volvió de dentro afuera. Y más golpes hasta matarle contra una roca seca. Me dieron el pulpo, al final, horroroso y vencido. Casi no tuve tiempo para verle en la poza como una gran flor viviente que se comía la estrella. Hubiera preferido que me agarrara el brazo, e incluso que me ahogara, que matarle. Creo que he contado todo lo esencial. Este relato era así.