la moto
spanish
Rosa, viuda tras quince años de matrimonio, se había quedado con su hijo, Manuel, como casi única preocupación y tenía que estar atenta para que esa exclusividad de su cuidado no agobiase al chico, que era, recién cumplidos los dieciséis, un mozo guapo y tranquilo. No podía preverse todo, ni siquiera la mitad, pensaba Rosa, pero podía ir vigilando, sin excesos visibles, a Manuel, que era bien mandado y en conjunto buen estudiante. Rosa contaba ya con el inminente tiempo de las novias, que, pensaba ella, sería fácil de capear si se tenía sensatez. Si ella misma, para empezar, era sensata, el novierío lo sería también. Lo malo, en opinión de Rosa, era que antes del tiempo de las novias hubo el tiempo de las motos, con el cual ella no había contado. Tanto las motos como las novias suponían, entre madre e hijo, una conversación constante, porque la relación entre ellos había sido siempre cómoda, excelente, tranquila. A Rosa le parecían bien las novias, que apenas habían aparecido todavía, y mal las motos. El asunto era que la casita donde vivían estaba expuesta a un continuo show motorístico. Rosa comprendía dos cosas a la vez: que las motos tenían un encanto cinéfilo, romántico, una especie de «trassueño» de James Dean, el héroe cinematográfico de la época, pero también una exposición física demasiado intensa. En la carretera secundaria se habían visto, durante estos años, varios estrepitosos accidentes de moto. Las motos le parecían peligrosas a Rosa. Al fin y al cabo, había una cuestión de estabilidad implicada en esto que Rosa no teorizaba pero que comprendía intuitivamente: las motos, como las bicicletas, son vehículos de dos ruedas que el usuario tiene que mantener en equilibrio y en movimiento. Pero todos comprendemos la diferencia entre las bicicletas y las motos. Los motoristas que Rosa veía le daban sensación de peligro. Había oído decir, incluso, que el punto del motorista es un cierto gusto por el peligro que supone la conducción de una moto. ¿Tenía su hijo Manuel también esa voluntad de arriesgarse, de torear un potencial peligro? El caso fue que sí. Pero lo que declaró verbalmente sonaba sensato.
–Con una moto, mamá, una Moto Guzzi, ahorro tiempo al ir y volver del pueblo. Te haría los recados más deprisa y podría traer más cosas. Incluso podría llevarte encima, cosa que no puedo hacer en la bicicleta. Para ir y volver del instituto también...
–¡Déjate de encimas, Manolín! Estábamos bien de movilidad y de recados hasta ahora. No nos hace falta una moto para eso. Cuando cumplas dieciocho, que está a la vuelta de la esquina, te sacas el carnet de coche si quieres.
–¡Para eso falta un siglo todavía, mamá! La moto que yo hablo es provisional. Una motillo como la que tiene Pedro Ríos, mi compañero de instituto, al que tú conoces.
–Claro que le conozco, pero Pedro tiene un año más que tú, o dos, no sé.
–No llega al año. Lo que yo digo no es una supermoto, no es una Harley Davidson, es una Moto Guzzi, que se pone como mucho a cincuenta y que tiene un portaequipaje para llevar y traer paquetes o las bolsas de la compra.
Rosa no podía decirle a Manuel que la única razón o sinrazón que ella tenía era que las motos la aterrorizaban. No era una persona de naturaleza miedosa, solo era que había visto demasiados accidentes de moto entre los hijos de sus conocidos del pueblo como para no temer un accidente también de Manuel. Y un golpe serio en moto a quien seriamente golpea es al conductor de la moto. A diferencia de los coches, pensaba Rosa, que la carrocería absorbe los golpes.
–¡Es muy peligrosa una moto, Manuel! –repitió Rosa.
–¡Son peligrosas las motos grandes! Bueno, son peligrosos los conductores de las motos grandes, porque como corren mucho no van despacio. Pero lo que yo quiero, que es lo que puedo llevar con mi edad, corre un poco más que una bicicleta, y no es más peligrosa.
Acerca de las motos, Rosa había oído hablar tanto y tan malo que sabía que lo que decía su hijo Manuel era una verdad a medias. Era verdad que las motos grandes corrían más, pero el peligro es el conductor de la moto si corre más de la cuenta. Aunque en realidad las motos grandes, llevadas con cabeza, son menos peligrosas que las motos pequeñas, que no corren lo suficiente y están mucho más expuestas al resto de vehículos.
–Además, mamá, yo sé llevar la moto. De vez en cuando cojo la de Pedrito y la sé llevar perfectamente.
–¡Eso no me lo habías contado!
–Te lo cuento ahora... Ahora es la hora de contarlo. Solo es de vez en cuando. Pedro no es de dejar la moto a nadie. A mí porque soy yo y sabe que conduzco bien. Llevo la moto mejor que él cuando me trae a casa.
–¡Con el miedo que paso cuando oigo que venís en la moto los dos, imagínate ahora cuando piense que la conduces tú!
Daba la impresión, visto desde fuera, de que estaban en un atasco: los motivos de Manuel eran hasta cierto punto razonables y los de su madre también. El problema era el asunto del riesgo. Rosa no quería correr ninguno y menos aún que los corriera su hijo. Y Manuel encontraba en la imagen del riesgo –de momento solo pensada, imaginadauna estimulación fascinante.
–Mira, no, Manuel. Sabes que nunca te he prohibido nada. Cuando cumplas los dieciocho te prometo que te pago el carnet y buscamos un cochecillo.
De momento, pues, Manuel se quedó sin la moto. Manuel era un buen chico y replicar a su madre no era su estilo. ¿De dónde venían esas repentinas ganas de tener una moto? Venían justo del novierío, que se había adelantado un poco en la vida de Manuel. También la edad de ennoviarse y de salir con chicos se había adelantado para las chicas en aquellos años. Se decía con facilidad –y con gusto–: esta es mi novia o este es mi novio. Incluso se presentaba a la pareja así a los amigos. Pero a la madre se le mantenía un poco oculto esto, más que nada porque en sí mismo el propio Manuel no lo consideraba definitivo. Manuel había conocido a una chica, Loles, del centro del pueblo, que iba un curso por encima de él. Manuel deseaba impresionarla. Esa era la raíz de todo su empeño en tener una moto. La otra raíz, por supuesto, era la fascinación por la moto de Pedrito. La fascinación por todas las películas de motos que Manuel y Pedro habían visto durante esos años. Pedrito le dejaba de vez en cuando su propia moto a Manuel para ir a visitar a su novieta. Todo esto era normal, pero también lo era no dar excesivas explicaciones a la madre. Las madres, por excelentes que sean, son miedosas. No temen a las chicas, temen las motos, temen los coches, temen la vida moderna y no han visto las mismas películas que sus hijos, o bien la diferencia de edad entre madre e hijo hacía que las frecuentes películas de motos no causaran el mismo efecto en ambos. En aquellos tiempos, a los cuarenta o cincuenta años una mujer o un hombre se consideraban ya casi viejos, muy maduros, hiperconscientes incluso de la peligrosidad de las vidas juveniles. En parte todo eso venía de tertulias que la madre de Manuel frecuentaba los sábados en el bar del pueblo con las vecinas.
Aunque no había salido de nuevo el tema de la moto en casa, Rosa se había quedado con el runrún de que Manuel cogía la de Pedro o montaba con él de paquete. Y este, precisamente, era un tema muy de las madres de mediana edad que se reunían a tomar el café en el bar. Todas tenían hijos de una edad parecida. Rosa y la madre de Pedrito tenían buena relación porque sus hijos eran amigos y vivían en casas parecidas a las afueras del pueblo.
Pasaron las semanas y ninguno de ellos, ni Manuel, ni la madre de Manuel, ni Pedro ni su madre pensaron más en el asunto de las motos. Si podías tener una la tenías y si no, tranquilidad y buenos alimentos. Era un tiempo sosegado aquel. Y, en cierto modo, resignado. Manuel parecía resignado, en opinión de su madre, a no tener la moto, ni siquiera una más pequeña mucho más modesta que la de Pedrito. Había, todo hay que decirlo, en Pedrito y su moto una cierta dosis de ostentación. Era un pavoneo inocente que le hacía sentirse un poco jefecillo o, por lo menos, cabeza visible del grupo, entre cuyos miembros estaba Manuel. Ninguno de los amigos tenía una moto. La moto era un plus peliculero.
Rosa solía ir a hacer la compra al mercado del pueblo. Ahí circulaban con gran velocidad las informaciones y los chismes. Ambas cosas le parecían muy interesantes a Rosa, que de ordinario se limitaba a oír las conversaciones porque no tenía gran cosa que decir ni era chismosa. Aquella mañana percibió Rosa, nada más entrar, una como electrificación inusitada. Aparte de una necesidad, hacer la compra era un entretenimiento para ella. Bajaba caminando al pueblo y subía con las bolsas de la compra en la camioneta del mediodía para preparar la comida y comer con su hijo cuando volvía del instituto. Rosa pensó que el dependiente de ultramarinos la miraba raro, pero quizá fuesen las feas gafas que llevaba, y que era, como todo el mundo sabía, muy mirón. Un ama de casa, con la que Rosa coincidía en el mercado, se dirigió al dependiente:
–¿Te has enterado de lo que ha pasado?
–Lo del chico... Sí, sí, lo sé todo –respondió el dependiente mientras hacía un rápido movimiento con los ojos como refiriéndose a Rosa: «A ver si va a ser esta la madre del chaval».
Rosa preguntó:
–¿Qué es lo que ha pasado?
–Un camión de reparto, que se ha llevado por delante a un chico que iba en moto.
Un escalofrío recorrió a Rosa de arriba abajo. «¡Por Dios, que no sea el mío!», pensó. Corrió con sus bolsas de la compra a preguntar a uno al que conocía mejor que al dependiente gafoso.
–Juanín, ¿qué ha pasado?
–No sé decirle, Rosa. Solo lo que se oye aquí, que ha habido un accidente de moto. Un accidente grave.
Eran ya casi las dos y Rosa había dejado las bolsas en el suelo. Corrió despavorida al instituto a buscar a su hijo Manuel. Le dijo el bedel que no se le había visto por allí aquella mañana.
–¡Pero si siempre viene al colegio! ¡No hace novillos, mi hijo Manuel!
–No sé decirle, señora. Conozco a su hijo y ya le digo, no le he visto esta mañana.
Rosa palideció y pensó en su hijo Manuel y la dichosa moto de Pedrito. ¿Y si era Manuel quien se había estrellado? Sin saber qué hacer se fue al cuartelillo de la Guardia Civil, donde le confirmaron que había habido un accidente. Un camión de reparto se había llevado por delante en un cruce a un chaval de unos quince o dieciséis años con la moto y lo había matado.
–Es mi hijo. Es Manuel –dijo Rosa como para sí. Temblaba como una hoja.
–Lo siento mucho, señora. No puedo darle más detalles de momento porque no los tenemos todavía.
–¡Quiero verlo! ¡Quiero ver a mi hijo!
–Lo siento mucho, señora –repitió–. Todavía no puede verlo. Tiene que esperar un rato.
–¡Pues espero aquí!
–Aquí no puede quedarse, mujer... Váyase a casa y la llamamos en cuanto pueda venir a verlo.
Rosa salió caminando despacio, con la mirada perdida: temblaba y no podía centrar un solo pensamiento. Mientras iba de vuelta a casa reparó en las bolsas de la compra que habían quedado tiradas en el mercado cuando salió corriendo al instituto de Manuel. En ese momento rompió a llorar. A la hora que llegó a casa, Manuel debía haber estado ya allí y no estaba. Algunos días se retrasaba un poco. Muy poco. Solo quedaba sentarse a esperar la llamada. Es fácil decirlo, difícil hacerlo. Y, sin embargo, las casas pequeñas no tienen muchas opciones. O te sientas a esperar o das vueltas a la cocina esperando. Rosa hizo ambas cosas con un terror creciente. No podía ser. Era imposible que lo que había temido hubiera sucedido tan rápido. Imposible pensar eso. Imposible pensar nada. Manuel había sido un anclaje sólido tras la muerte de su marido. Rosa había procurado no cargarle con responsabilidades caseras demasiado pronto, aunque el propio Manuel ya iba haciéndose cargo de su posición como hombre de la casa. En el fondo de su corazón Rosa pensaba que era digno de verse ese desarrollo: Manuel, anticipándose a su edad para cumplir las obligaciones correspondientes al hombre de la casa. La idea de accidente mortal se le difuminaba un poco a Rosa una vez en casa rodeada de sus cosas de siempre, inserta en sus costumbres como en un traje ignífugo. Contempló la foto de su boda con su marido, que lucía un cómico bigote de hombre casado que se afeitaría más tarde. Y Manuel de niño y, más atrás, el bebé Manuel y, más adelante, el Manuel crecido, casi autoritario en su ingenuidad quinceañera. Y más adelante todavía, últimamente, el encaprichamiento por la moto. ¡Y mira ahora! ¿Qué había pasado con Manuel o con Pedro o con los dos o con ninguno?
Chirrió la puerta del jardincillo. Alguien se acercaba a la casa. Rosa pensó que era la Guardia Civil. Afantasmada repentinamente, abrió la puerta como un alma en pena. ¡Ahí estaba Manuel! Como siempre, aunque a su madre le pareció que le veía por primera vez tal como era, íntegramente ahí, sano y salvo.
–¡Manuel! –gritó, y se abrazó a él ferozmente.
Era una mujer delgada, y Manuel se deshizo del abrazo con facilidad.
–¿¡Qué te ocurre, mamá!? ¿Qué ha pasado?
–¡Pensaba que eras tú! ¡Pensaba que eras tú el del accidente!
–¿Qué accidente?
–El de esta mañana, con una moto. Un chaval de tu edad. Lo ha matado un camión con la moto. ¡Y tú no estabas en el instituto! Fui a buscarte y no estabas.
Sin responder, Manuel salió corriendo a casa de su amigo Pedro. Al llegar se oía ya antes de entrar la desusada agitación de la casa. La puerta estaba abierta. Se plantó Manuel sin más en el cuarto de estar, que le pareció lleno de gente, aunque solo estaban los padres de Pedro. La madre de Pedro vivía lo mismo que había estado viviendo su madre hacía un rato en su casa. Una mujer aterrada a esa mediana edad no es una escena fácil de entender para un despreocupado joven como Manuel: lloraba, hipaba, se le entreoía decir «¡Mi hijo, mi hijo!» con desesperación. Era la súbita descomposición escénica que aún presidía el cuarto de estar, sus jarroncillos y bibelots en sus sitios de siempre, los sillones, la mesita del café, la radio y todos los cachivaches después de una llamada de la Guardia Civil para confirmar lo peor: Pedrito se había matado con la moto.