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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

la niña austriaca

spanish

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En casa de tío Gabriel y tía Rosa se percibía lo sempiterno porque no había niños. Les hacía yo visitas semanales entre mis ocho años, quizá, y los quince. Recuerdo que me ponía mi mejor jersey y mi pantalón de franela de los domingos y me repeinaba mucho. Me encantaban esas invitaciones porque eran como estampas un poco anticuadas ya entonces. De vez en cuando almorzábamos chipirones en su tinta, que se servían en una rosca de arroz blanco. Por finamente que comieras, la tinta es la tinta, en memoria del salvaje calamar que se pescaba con las elaboradísimas guadañetas. Con su dubitante tono de voz, tía Rosa siempre decía que uno debería aislarse para comer estos maganos que dejaban feas huellas de labios en las grandes servilletas bordadas. Era un comedor gótico de madera oscura encerada, catedralicio, con sillones y sillas británicos muy confortables. Los almuerzos se alargaban más que en mi casa, quizá porque el aura de todo ese hermoso tercer piso de tío Gabriel y tía Rosa era pausada, litúrgica, incluido el sonido de una campanilla de plata que tía Rosa usaba para llamar a la doncella. Se almorzaba a la una y media en punto. La puntualidad era sagrada para tío Gabriel, indispensable como una adicción.
Las meriendas eran análogamente formales, pero más distendidas. Solía asistir tía María Teresa Pombo Roiz de la Parra, sobrina de tío Gabriel, que servía los tés. Este acto de servirnos el té movilizaba un poco la escena. La gracia estaba en hacerlo todo cuidadosamente sin moverse mucho. Como parece que sucede en una estampa japonesa. En Navidades se merendaba chocolate a la francesa con churros dorados recién hechos. Nunca pasaría algo irreparable o temible si se escuchaban las encapsuladas noticias del locutor de Radio Nacional, su canónica elocuencia. Más vale –pensaba yo, muy rata sabia aquellos años– que Radio Nacional no nos perturbe mucho las ingestas diarias. Ya nuestras solitarias noches de cuentos contados en la oscuridad nos asustan de sobra. Lo deslumbrante y estimulante del día se vuelve terrorífico y plurisombrío de noche. Así que nada grave sucede si puede anunciarse oficialmente en Radio Nacional, ni siquiera una declaración de guerra, que, en el fondo, recuerda más a una competición deportiva que al inicio de una catástrofe.
Lo más sorprendente y sísmico que tuvo lugar en la tercera planta, en casa de tía Rosa, fue la adopción de la niña austriaca. Se llamaba Irma Kalch.
Abajo, en la primera planta, no tuvimos noticia del acontecimiento hasta que fue ya demasiado tarde y se volvió precipitado mantener cualquier opinión al respecto. Porque, debe añadirse, las charlas alrededor de la mesa de la cocina consistían en un continuado comentario de los acontecimientos de las vecinas plantas, ocupadas todas por familiares en uno u otro grado. Manuela, la cocinera que, de corazón, era muy roja y nunca lo ocultaba, afirmó que adoptar una criatura de esa edad y procedencia venía a ser como una declaración de guerra fría.
–¿Qué es lo que se proponen con este gesto Franco y los suyos? ¡Pues se proponen, hipócritamente, salvar a los pobres niños católicos germanoparlantes de la toxicidad aliada!
En la cocina, pues, de la primera planta del Muelle 35 hubo un cierto tumulto antiapostólico romano con la llegada de Irma. La opinión generalizada era que el papa quería que se adoptasen niños y niñas austriacos para que se le difuminara el sombrerón americanista, aliadista que parecía tener. Y se añadía que siempre fue y siempre será el director espiritual del Eje. Las cruces gamadas le parecían mucho más espirituales que el contubernio judeo-masónico americanista.
En cualquier caso, Irma Kalch se nos metió de sopetón en los cuatro pisos o cinco que ocupábamos la familia en el inmueble del Muelle 35. De tal suerte que no le dio tiempo a tía Nené de oponerse a la adopción con todas sus fuerzas. Aun así, llegó a decir:
–Lo de tía Rosa y tío Gabriel es un chafarrinón mal aconsejado para tapar la maldad rentista de los Roiz de la Parra. Con una mano vivo de la injusta renta y con la otra emperifollo a una niña austriaca.
Tía Nené consideraba que tío Gabriel y tía Rosa eran unos capitalistas inconscientes de sí mismos. En la tercera planta, por supuesto, ni siquiera oyeron nada de todo esto, que en el fondo eran comineos de cocina. Cuando Irma apareció ante nuestros mortales ojos iba emperifollada hasta los límites de la inverosimilitud y todos nos preguntábamos cómo se le habían ocurrido a tía Rosa, tan elegante siempre, esos lazos rosas atados sobre un destellante vestido blanco todo plisado de los pies a la cabeza. Todos pensamos que iba la pobre niña hecha una cursi.
¿Tenía lo anterior que ver con la posible deflación de las jugosas mandas que tía Nené vanamente esperaba? ¿Y era, por lo demás, una virtuosa acción adoptar a la niña austriaca, o un embeleco de la compasión menos nítida? En opinión de tía Nené no daba igual que fuese o se dijese que era lo uno o lo otro.
Es dudoso que la correosa sociedad santanderina fuese visitada por un espíritu de beneficencia. Quizá lo fue por un espíritu estético de «lo que se hace aquí bien hecho está, somos de Santander y aquí no hay más que hablar», pensamientos que sacudieron el Muelle y Alto de Miranda bajo la fórmula desorbitada de «ángel del cielo». La niña austriaca era un ángel del cielo. Y sí, era muy guapa, guapita, dotada curiosamente de un como don de lenguas, quizá a causa de la invasión políglota que había empapuzado la católica Viena y Austria con la guerra. Quizá surgió lo anterior a compás del milagrerismo que hacia 1949-1950 atribuía a Franco el don de hablar a los miembros de la Guardia Mora en chelja, en inglés a la BBC, en italiano a Pío XII.
Una hija adoptiva: ¿qué iba a pasar con ella? Por de pronto, hasta que aprendiese a hablar bien español, la bajaban a jugar con nosotros. Pero nosotros no jugábamos a nada definido, jugábamos a ser piratas que asaltaban el Palacio de la Magdalena o a ser soldados embutidos en trincheras: esto requería un cierto grado, una cierta capacidad de impersonación que quizá Irma –niña como era– no acababa de lograr. Iba demasiado bien vestida, hablaba un español alemanizado o, lo peor de todo, en vez de participar en el juego se sentaba en el césped o en una silla traída de la cocina y nos miraba mientras jugábamos nosotros. Esto de tener una espectadora extranjera, que nos gustó al principio, acabó siendo desesperante. Por otro lado, tener a la niña diariamente entre nosotros en el jardín de la abuela Carolina o en el gran cuarto de jugar de nuestra casa terminó resultando familiar: era como si hubiésemos anexionado una nación nueva a España. Jugábamos a juegos que imitaban películas. Y que incluían algunos detalles de gran realismo: un salacot que encontramos entre los sombreros de mi padre y que usábamos por turnos. En aquel tiempo feliz, porque lo fue, todo era mucho por turnos, así que éramos, por turnos, un tanto caprichosos y difusos, soldados británicos de casaca roja o indios de la India en camiseta, o incluso sin ella. Esta variante nudista incluía salvajes gritos y feroces sables y gubias y turbantes, más fascinantes aún que las casacas rojas de los británicos, difíciles de imitar. Creo que la película que inspiraba lo mayor de aquel juego era Las cuatro plumas. Ser, por turnos, disciplinados oficiales británicos y tomar el té a las cinco de la tarde, antes de salir de cabalgada –el té era una taza de agua–, y feroces hindúes de turbantes –una prenda fácil de imitar– era parte del juego, que envolvía frecuentes discusiones acerca de qué era quién; sobre todo quién, por turnos, era el general británico y quién el Gran Visir, e incluso quién Gandhi, que había que serlo con solo una toalla alrededor de la cintura, un fascinante taparrabos con los aros de madera de las cortinas a modo de pulseras sagradas. Con todo y con ser un incordio, a diferencia de María del Carmen, que representaba a la perfección el papel de comandante de Caballería, de los lanceros, arremangadas las faldas y esgrimiendo una larga vara recogida al podar los árboles de los plátanos del Muelle, Irma acabó haciendo un gran papel de princesadiosa hindú, con hermosas plumas de gallo de la abuela en la cabeza. A medida que iba Irma entendiéndonos mejor a nosotros, íbamos entendiéndola nosotros mejor a ella. Así resultó que esta sobrina-hija de tía Rosa perdió en muy poco tiempo toda la timidez y estiradera del principio y se volvió felizmente bruta como nosotros, dando palos con la vara de plátano del Muelle. Dejamos, pues, de pensar qué pasaría con ella en el futuro a la vez que dejamos de pensar, si es que alguna vez lo pensamos, qué pasaría en el futuro con nosotros. La gracia divina de aquel tiempo fue el don de la desubicación, el don de la irrealidad, la claridad lluviosa del olvido de todo lo real en cosa de año y medio.
Las visitas a tía Rosa resultaban más fáciles ahora, más amistosas y ligeras, porque Irma Kalch representaba al regimiento de lanceros bengalíes con su frágil belleza, con su aura ausente y perspicaz, a la vez, de niña adoptada, la niña austriaca.
Irma creció como la única hija de tía Rosa y tío Gabriel, que habían tenido antes dos hijos, ambos prematuramente fallecidos. Cuando falleció tía Rosa, Irma acompañó a tío Gabriel aún muchos años. Y pasó, saltó el fascinante tiempo de la vida sin que yo volviera a saber nada de la niña austriaca, hasta que por fin una tarde, tras dar yo una, supongo, tediosa conferencia en Oviedo, apareció ante mí una mujer rubia de una fisonomía muy marcada para decirme:
–¡¿A que no sabes quién soy?!
–Lo siento, no caigo ahora mismo –le respondí.
–Soy Irma Kalch.
Venía acompañada de un marido ovetense y, según me contó, habían tenido varios hijos. Dijo, por cierto, que se acordaba mucho de mí de niño, de cómo recitaba la «Canción del pirata» y «El Dos de Mayo», y de los juegos que jugábamos en mi casa del Muelle. Me encantó verla. Se lo dije. ¿Dónde había ido a parar su delicada belleza? ¿Dónde ha ido a parar mi valentía de Guerrero del Antifaz? Solo Dios lo sabe o, muy probablemente, ni siquiera Él lo sepa.
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