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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

la transparencia del gato

spanish

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Se decía en el colegio que la carne de burro no es transparente cuando alguien se interponía entre nuestros pitañosos ojos y la pizarra. La carne de burro, sin embargo, es transparente en Platero y yo. Ahora mismo Michi, mi gato pelirrojo, almuerza cuidadosamente sus Friskies del día. A continuación bebe agua en su bebedero metálico y después se sube a mi cama a comprobar que estoy leyendo y no durmiendo, como un vago. Como, por cierto, él mismo hace después de cada comida, que son varias al día. Este gato mío eligió su propio destino. Una calurosa tarde de principios de julio mi amigo Iñaki se cruzó con Michi en un jardín. Todavía no se llamaba Michi, o quizá sí, no sabemos... The naming of cats es todo un divertido problema para T. S. Eliot en su libro Practical Cats. Entre otras cosas porque, como dice Eliot, frecuentemente con los gatos uno nunca llega so far as names. Los nombres de los gatos, como los de Dios, son infinitos. Y es siempre sorprendente para la mente humana este no alcanzar a Dios por más que se le nombre. Con los gatos pasa igual. Y en este caso optamos por el nombre más común posible. Michi aceptó su nombre cuando lo pronunciamos, orientando su oreja primero y emitiendo un suave maullido intimista después. Siempre he tenido la impresión –y también Carmen, la madre de Iñakide que Iñaki robó el gato. El motivo de esta acusación es que desde un principio nos pareció tanto a él como a mí mismo demasiado dócil para ser un gato callejero. La historia que Iñaki me contó desde un principio –y que yo graciosamente no termino de creer del todo– es que se cruzó con Michi en un jardín no muy lejos de su casa y se paró a acariciarlo. Esto es algo habitual en Iñaki: pararse a saludar a todos los perros y gatos y pájaros que se encuentra a su paso. Preguntó a los camareros de la terraza de un bar cercano y le dijeron que llevaba unos días por la zona, pero que no lo habían visto antes. Preguntó a una vecina del portal frente al jardín, que salía en ese momento a pasear a su perro, y esta le dio la misma respuesta. Mi amigo Iñaki –el defensor de los animales– no dudó en llevarlo a un veterinario cercano para ver si era un gato perdido y tenía chip, pero resultó que unos días antes ya lo habían llevado otras chicas y nada, así que lo devolvió al jardín donde lo había encontrado. Lo gracioso fue que Michi, en esta ocasión, decidió no quedarse allí y siguió a Iñaki por la calle un par de kilómetros hasta su casa, cruzando la M-30 por la barandilla de un puente como un equilibrista. Llegaron a casa, Iñaki abrió la puerta y Michi entró sin dudarlo, como si fuera algo que había hecho siempre. Comió un poco de comida de perro, bebió un poco de agua y se subió a descansar en posición de esfinge a lo alto del sofá como si esperase su próximo destino. Hacía unos meses que nos había dejado Rudyard, mi anterior gato, fallecido de leucemia felina. Yo no quería más gatos, pero cuando Iñaki trajo a este nuevo no pude evitar quedarme con él. Y ahí está ahora, arrellanado en el viejo sillón de almohadones de colores, sub specie aeternitatis.
Michi se despierta, y me despierta a mí, a las siete de la mañana maullando un poco a su manera reposada. Yo me levanto a trancas y barrancas a ver si tiene agua y Friskies. Siempre los tiene. En primavera y verano abro la puerta que da a la terraza y Michi pasa dos horas contemplativas observando la calle desde un balconcillo alfombrado que hemos hecho en el alféizar. En esas ocasiones no siempre se duerme, pero sí se recoge sobre sí mismo como una bola. Es la primera sensación de eternidad que tengo yo con él. Yo soy un reumático crónico, me muevo por la casa en silla de ruedas y no siempre tengo la puerta de la terraza abierta. Michi, sin embargo, no cambia sus costumbres: me exige amablemente que le abra la puerta para cumplir con su rutina contemplativa. Al cabo de dos horas ha absorbido la calle y se dispone a reabsorberse felinamente en el interior del piso, su piso, el 5.º B del gatomundi. Todos los gatos quisieran estar dentro y fuera a la vez, lo cual es imposible. Los gatos odian las puertas cerradas, incluidas las de los armarios. Dentro o fuera, acaba siempre maullando y dando con la patita en la puerta de cristal. La invariabilidad de las costumbres de Michi me hace pensar con frecuencia en los célebres gatos de piedra arenisca hallados en las tumbas egipcias. Los gatos eran considerados animales divinos en el Egipto faraónico. Acompañaban a los difuntos con su entereza simbólica, arenosa, milenaria. Y tras ser enterrados a cal y canto de una vez por todas, maúllan hasta la fecha a todas horas en homenaje a Amón-Ra. A ciertas horas, ciertos días especiales, en los garitos más especiales de El Cairo, puede escucharse, en la remota distancia desértica, ese maullido de todos los gatos del pasado embalsamados y liberados, acompañantes de los dioses. Expresar lo anterior con mis propios morfemas privados de comprensión me resulta imposible. Quede ahí a título testimonial. No es seguro, por lo demás, que todos los gatos sean mortales, como concluye el silogismo. Algunos no lo son. Y de la misma manera que una modelo elegante nunca repite sus guantes ni sus zapatos ni sus bolsos, Michi jamás se duerme colocando sus cuatro patas de la misma manera. Todo gatomundi, pobre o rico, es único. Es evidente que Michi, instalado en el sillón a muy poca distancia de nosotros, ha estado escuchando y supervisando todo este relato. Me temo que tendrá que rerevisarlo Michi para que quede todo a su gusto antes de su publicación.
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