Korimba

Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

lisbeth

spanish

Save as PDF
María Popliceanu ha hecho una buena comida. Puré de calabaza y un lomo de pescadilla rebozada. Unos doscientos gramos. Casi sin aceite. Después de una buena comida, una buena siesta. En el sueño profundo, un fragmento del sueño parece realidad: mi madre y Mario coincidiendo en el comedor de la casa del Muelle 35. Mario no conoció a mi madre. En el sueño yo le decía: «Estás muy guapa con esa tiara». No tuve la impresión de que los tres habláramos de nada en particular. Más precisos, incluso, que los rostros de mi madre y Mario eran los detalles de ese comedor del muelle tan bonito con sus dos armarios de cristal iguales para colocar la plata y los juegos de té más de cumplido. No sé qué he querido decir con la palabra tiara. He deseado designar algo exacto, pero el término tiara se me escapa un poco. En una de sus acepciones es una especie de diadema ornamentada con joyas, popular en el siglo xviii para los atuendos formales femeninos. Mi madre, Pilar, pues, aparece en el sueño como yéndose o regresando de alguna clase de fiesta o banquete. Difícil precisar la hora de la luz en los cuartos de aquel piso. Tuvieron siempre un aire otoñal, quizá porque los muebles venían del mobiliario de la Remonta, la finca del abuelo a las afueras de Santander, y anduvieron arrumbados en un sitio y otro durante unos años. Los dos armaritos de cristal hacían juego con las sillas de rejilla y con la mesa ovalada que podía abrirse con un tramo más en las ocasiones señaladas. Recuerdo también un gran aparador de la misma factura protegido por una cubierta de mármol rosa encima del cual había un gran servicio de té de plata que todavía existe. Los fragmentos de los sueños no dan explicaciones ni deben, a mi juicio, explicarse, como hace Freud, racionalmente. Deben dejarse ir en su aparecer-desaparecer siempre sorprendente y, con frecuencia, melancólico. Como de costumbre, yo hubiera deseado hacer algún comentario verbal –un buen charlatán nunca pierde su ocasión–, pero el sueño me dejó suspendido en el vilo carismático de lo inesperado: si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue. Y yo siempre espero lo inesperado, aunque no sé si cuando llega lo reconozco o no.
La emoción narrativa que precede a este cuento no se corresponde con su sentimentalidad propia. Corresponde más bien a la actualidad de estos últimos días y a una visita de Lisbeth, la fotógrafa venezolana que me hizo fotos hace años y que ahora reaparece con todas ellas metidas en un sobre. Relucientes, barnizadas, sudamericanas, como si hubieran sido ejecutadas en Buenos Aires o en Bahía Blanca por un amigo de Pablo Olivera, el tercer marido de mi abuela Anita, que hubiera hecho las fotos de mí mismo tal y como soy ahora veinte años atrás. ¡O treinta años atrás! Doy bien, creo yo, en esas fotos de Lisbeth. Un tanto fantasmón en casi todas. Tengo un aire sobrevenido de observador inesperado, indeseado y, de algún modo, malencarado, encarnado en un careto frailuno, un falso monje de algún modo. La edad ha hecho de mí una buena imitación, falsificante, de un monje de clausura.
A todas luces, no acabo de parecerle yo un monje del todo a Lisbeth. Pero sí estoy persuadido de que me ve como una criatura más exótica y urbano-selvática de lo que en realidad soy. Creo que me ve como el protagonista de una historia de pasiones amorosas y luchas fratricidas o políticas que ciertamente me quedan a miles de años luz. Ahora soy un viejo estoico, tranquilizado, farmacoadicto, precavido, dependiente de la ayuda de mis prójimos próximos, sin la cual estaría destartalado. A estas alturas de mi vida es sano entreaprender o esforzarse en aprender el arte de la dependencia creadora. Necesito que Iñaki copie mis fraseos incesantes, mis libros. Lleva años haciéndolo. Necesito que cuiden la casa. Que me hagan la comida. Necesito, sobremanera, buenos ratos de conversación. Las conversaciones con los amigos, con José Antonio, con Mario, con Iñaki, ahora con Lisbeth, tienen, con todo y ser muy realistas, cotidianas, un aire irreal, como tienen las iluminaciones. Las conversaciones son iluminaciones. ¿Y las fotos? ¿Qué pasa con las fotos? Lisbeth, por ejemplo, utiliza solo una cámara de fotos negra con un aire pringoso de haber sido muy usada. ¿Dónde están las pantallas y los focos y las otras cámaras que suelen meterme en casa los fotógrafos aturdiendo a mi tranquilo Michi, el gato pelirrojo a quien nunca nada desconcierta excepto los flashes de las fotografías?
Al ser fotografiado me convierto, sin proponérmelo, en Dorian Gray o, mejor aún, en el pintor que pintó su retrato, Basil Hallward, el desdichado amigo de Lord Henry Wotton. A Basil le gustaba, mientras retrataba a una persona, en este caso a una persona guapa y súper rubia, que le dieran conversación durante el posado. No deseaba este retratista que su objetivo estuviera siendo demasiado consciente de sí mismo. Eso lo logran los fotógrafos y retratistas buenos hoy en día a base de tirar cientos de fotos. Llega un momento que el sujeto fotografiado solo es consciente del cliqueo en torno suyo, como un mosconeo, y se entretiene dando conversación, mi especialidad profesional.
Hoy es 23 de diciembre. Pasado mañana es Navidad. Tendré todo el día libre porque la silla de ruedas me impide asistir, como otros años, a la cena de Navidad de Miguel y Mari Carmen o al almuerzo familiar de María de la Válgoma. De momento, la silla me vuelve indeseablemente monumental. Mejor la estatua en casa. Ayer fue un domingo de calor-frío, verdugo de reumáticos. Y mañana, víspera de Navidad, dará Michi, mi admirable gato pelirrojo, mal ejemplo de terraza tentadora y congelada. Mejor dentro de casa Michi, el gato confortable. Este es, pues, el escenario doméstico que le espera a Lisbeth. Lisbeth ya ha anunciado por teléfono que traerá un pollo asado y otras viandas, quizá venezolanas, deliciosas sin duda y, probablemente, inmasticables para mí. Casi todo viene a serlo hoy día excepto el arroz blanco o los purés o los plátanos. Estoy regresando a una especie de sobrevenida tierna infancia alimentaria. Es posible que resulte yo ahora un objeto fotográfico cómicamente polivalente. Mitad y mitad, licenciado Vidriera y licenciado Pombo, el lisiado momentáneo. Más locuaz, por cierto, que nunca. ¡Quizá también más fotogénico que nunca! ¡A contre coeur!
¡Ah, mi rudimentaria juventud escolar! Aquella opacidad radiante como una milagrería sobrevenida. Sentirme adyacente me iba bien. El mundo solo podía ser visto y pensado de refilón. Ideas que se me metían en la cabeza y que, a la par, se me iban de la cabeza. Y afuera el emocionante mundo exterior que podía ser contado, recontado. Podía uno lucirse escribiéndolo a cambio de no darse ninguna otra maña ni pirueta. La sensación, pues, de ser mayor de edad mucho antes de tiempo. Sentirme atemporal, sabio y torpe, todo en uno. ¿Y qué tiene esto que ver, todo lo anterior, con las fotos que ha hecho o que hará Lisbeth el día 25 de diciembre? ¿Qué tengo yo que ver con las fotografías de mí mismo? Yo nunca tuve una máquina de fotografiar. Creo recordar que tuve, brevemente, una cámara de instantáneas. Una Polaroid que tenía la gracia de sacar de inmediato la foto que habías hecho. No recordaba conservar ninguna fotografía de esas. Pero ahora, haciendo limpieza, Iñaki ha encontrado algunas. Más valdría que no hubiesen aparecido. Yo estaba gordo entonces. Y más intranquilo conmigo mismo que nunca. Aunque quizá no me daba cuenta. Esto debió ser más de treinta años atrás. Así que ahora me sorprende la edad de mis propios recuerdos. La edad, también, de los fotografiados. Un par de amigos de entonces. He aquí, pues, que la intervención ingenua de Lisbeth, venezolana y fotógrafa que apareció hace unos días en casa recordándome que me había hecho fotografías años atrás, me llevó a recordar que yo mismo tuve una Polaroid y que hice fotografías yo mismo de amigos que había olvidado y que supongo me habrán olvidado también. Y una vez más, en pleno dictado de este texto, aparece en mi memoria lo que de verdad quería recordar esta tarde antes de venir Iñaki: comentar mis fotos de colegial de los Jesuitas, una foto de Nacho y otra mía rescatadas por Mario en un viaje a Valladolid. Y recordar las fotos de mis padres y yo mismo en la Dehesilla bajo un árbol. Y recordar las fotos de mi madre conmigo de mi primera comunión a los siete años. Y muchos años después, de mi madre y yo sosteniendo un aparentemente recién capturado buitre –en verdad un buitre disecado que teníamos en la sala– que da bien en la foto, como yo, que también soy un buitre disecado. Yo llevaba en el brazo una escopeta de caza de dos cañones que no creo que llegara a utilizar nunca. Ni el buitre estaba recién cazado ni la escopeta era mía. Todo escenografía que ahora, mucho tiempo después otra vez, resulta poética. Mi madre, Pilar, una vez más, está muy joven y delgada y guapa en la foto del buitre.
Me estoy saliendo mucho y a la vez estoy adentrándome mucho en un pasado fotográfico que no recordaba haber tenido. Lisbeth ha resultado ser una excelente inspiración.
Save as PDF