london times - un mundo nuevo
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La excitación del largo viaje en tren Madrid-París. Arrastraba una robusta maleta de cuero que pesaba en sí misma más que su contenido. Una maleta del tiempo de los maleteros de las estaciones. Una vez en París, en la Gare d’Austerlitz, tomé un taxi conducido por un híspido taxista que no parecía estar dispuesto a entender mi mal francés. Se trataba de cruzar desde esta estación de llegada a la de Gare du Nord para tomar el ferry a Dover y ver, de paso, encimándose sobre el mar del norte, los célebres acantilados blancos. Contrastaba –casi cómicamente– con el taxista mi entusiasmo por París, por cruzar París, por parlotear el francés, por llegar, por cruzar el estrecho de Calais en ferry, por llegar a Londres. Tendría yo veintiséis años entonces. Eran los años sesenta. Después del incidente de Gobernación me sentía de más en Madrid. Tenía ganas de salir de España. Mi madre se acababa de casar por segunda vez. Y ¿por qué Londres? Yo he sido anglófilo de siempre por la influencia combinada de tío Gabriel Roiz de la Parra y, por el lado de los Botín, de tía Anita, la hermana mayor de mi madre, tío Emilio, su marido, y mis primos Jaime y Emilito. Yo no era misántropo en aquel entonces, pero estaba muy desconectado de la gente de mi edad, que traté doce años después, de regreso a España con la democracia, a finales del 77. A la vuelta, todo Madrid me pareció incomprensible y mal trajeado.
El ferry fue fascinante, con su chimenea de carbón combinado con leños. La sala rectangular debajo del puente era una versión de lo que más adelante llamaría pub, con sillones confortables y un tanto raídos. Era un sitio romántico e intensamente extranjero para mí en aquel momento. Lo curioso era que a la vez reconocía el sitio, el estilo brumoso de los pubs británicos, por la lectura de las novelas policiacas de Agatha Christie y también de Robert Louis Stevenson y los primeros libros de Henry James. Era capaz de degustar el ambiente e incapaz aún de mantener una conversación seguida que no fuese en broken english. No tenía la menor idea de mi aspecto. Y aún hoy, con ochenta y cinco, sigo sin saber –no hice fotografías nunca– qué parecía yo en aquellos tiempos. Tengo idea de que me había dejado un incipiente bigote parecido al del autor de La isla del tesoro. A pesar del bigote, supongo, y del pelo rubiazco que aún conservaba, debía tener un aspecto realmente desalado o trastabillado. Lo único sólido, creo recordar, era la excitación, la voluntad de adentrarme en aquellas tierras nuevas para mí que había conocido por las lecturas. No tenía ningún plan laboral, ningún proyecto específico excepto estar en Londres, y andaba justo de dinero, como es natural. A esa edad se puede sentir uno feliz sin dinero e incluso un gran poeta sin haber escrito todavía casi nada.
Mi padre, Cayo Pombo Caller, había sido un campeón de tenis –supongo que de segunda o tercera fila– en Cambridge, mientras estudiaba en la universidad. Conservo todavía fotografías de él con sus elegantes uniformes del college. Esto fue, claro está, antes del 36, antes de casarse con mi madre. Murió del riñón muy joven, con cincuenta años, un par de años antes de irme yo a Londres, aunque no recuerdo detalladamente las fechas.
En mi casa siempre había habido un ambiente muy europeísta: el tío Álvaro, el falangista de primera hora que mataron en el Alfonso Pérez con diecinueve años, estudió en Pau, Francia, y todavía conservo sus textos de clásicos franceses firmados por él. La abuela Anita había triunfado en París como directora de moda en la casa Paquin. Había, pues, en mi casa un ambiente viajero, intercultural. Las novelas de Julio Verne fueron para mí mi primera salida al extranjero como ámbito imaginario y aventurero. Naturalmente estaba Charles Dickens, el novelista inglés. Y yo, personalmente, no veía el París de Sartre y del existencialismo dotado de un atractivo excesivo. Lo más fascinante que pensaba que iba a encontrar en Londres era el fog, la niebla londinense, que era, por cierto, menos densa que la de Valladolid en mi época de estudiante. Las calles londinenses eran en mi memoria más íntimas y familiares gracias a esa bruma pea soup, y el olor de las chimeneas y el tabaco rubio y el tabaco de pipa. Yo mismo adquirí una pipa en la que fumaba cuando viajaba en el metro. Un pardillo español, sin ninguna duda, que acabó abriéndose camino de cleaner antes de entrar en el Birkbeck College, una facultad londinense para estudiantes postgraduados.
Al principio solo pensaba ver cómo era. Echar ahí unos meses. Pero no tenía previsto quedarme mucho tiempo. Luego llegó un momento en que no pensaba más que en quedarme. Decidí quedarme, gracias al reconfortante breakfast de mi primer hotelito en el centro, tres o cuatro días más, con el fin de dejar el maletón a buen recaudo y buscar una residencia más estable. A la excitación inicial –que tenía un punto de nocturnidad porque llegué muy tarde en el día la primera vez– se unía ahora una sedación o tranquilización compatible con la excitación pero debida a la solemnidad gigantomáquica de los edificios del centro de Londres. Me pareció pétreo, victoriano, eficiente, ¡imperial! Una desmesura humana abigarrada y controlada al mismo tiempo. Me encantaron los bobbies tradicionales con sus uniformes y sus cascos azules. Dio la casualidad de que el hotelito inicial quedaba junto a Tottenham Court Road. Ahí tomé un tren de la Northern Line y me apeé en Camden Town y, una vez en la calle, una vez más por casualidad, me encaminé en dirección a Golders Hill Park, un parque en un montículo. Acogedor, encantador. Al salir de ahí encontré una casa próxima que ofrecía habitaciones compartidas. Subí y me ofrecieron una cama en un cuarto con otros dos chicos. Acepté y regresé a mi hotelito en busca de la maleta. Era un dormitorio grande con tres camas. Ahí dormíamos un inglés, un irlandés y yo. Recuerdo que la primera noche, al acostarnos, me dijeron desde las dos camas: «Álvaro, switch off the light!». Y no sabía qué significaba. Por lo tanto no apagué la luz. Por consiguiente nos reímos los tres cuando se enteraron de que no sabía cómo se decía apagar y encender la luz. Esa habitación, que había que dejar ordenada al irnos por las mañanas, incluía un espléndido breakfast servido por la dueña: huevos fritos, beicon, un cucharadón de red beans y té o café con leche. Creo que también un vaso de naranjada de frasco. Tanto el chaval inglés como el irlandés tenían oficios. El inglés se había comprado un bowler hat impulsado cómicamente –pensé yo– por la frase «If you want to get ahead, get a hat». Debí pasar en ese bed & breakfast place un mes o mes y medio. Y una vez más, en la Northern Line, tomé un tren hasta Golders Green, fui a pie hasta Brent Station y me instalé en casa de Golda y Sylvia Casimir en una buhardilla maravillosa con un calentador eléctrico. Era muy húmeda en invierno y ahí pasé varios años. Tampoco muchos. De ahí, subiendo Finchley Road arriba, di con un apartamento muy ancho y bonito con su cocinita incorporada en Fairhazel Gardens. Ahí me quedé hasta entrar en la universidad y dar con un service flat en 12A Paddington Green que me costaba cinco libras al mes y que incluía un baño completo con su lavabo y su retrete, una cocina y un refrigerador. Con quien más inglés aprendí fue con Golda y con Sylvia, que eran inglesas de origen ruso y de raza y religión judía. Golda era una actriz de segunda o quizá tercera fila que hacía el papel de mujer barbuda en películas antiguas de serie B. Tenía un aire ruso mediterráneo y sin duda tenía que afeitarse el bigote. Era sumamente didáctica a la hora de hablar su perfecto inglés. Y Sylvia trabajaba como secretaria en una ONG. Tengo fotos de ellas dos en su salón con ocasión de la visita que me hicieron mi madre, Pilar, y José Antonio Marina. No entendí las conversaciones de las películas inglesas hasta pasado un año. Entendía los periódicos y las novelas y lo que leía. Medio entendía las conversaciones con la gente. Me salvaba en esto que yo soy hablador por naturaleza y me esforzaba mucho en comunicarme. No me junté nunca con españoles. Al final sí. Hacia el final conocí a algunos parientes míos en cuyas casas pasaba los fines de semana. Antonio Noriega, López-Chicheri, Soledad Muñoz Bayo. Eso ya fue con ocasión de mi trabajo de telefonista en el Banco Urquijo LTD. No tenía ningún amigo español. Eso fue en parte cansancio y en parte me vino bien. Decían que llegué a hablar inglés muy bien.
Hay una anécdota que no quería contar pero que a mi amigo Iñaki le hace mucha gracia. Hacia el final, entre algunos de los españoles que conocí, que se habían marchado temporalmente del país como yo, hubo uno que se llamaba Joaquín Sabina. Ni a él le conocían en España como cantautor, ni a mí como escritor. Me regaló un cuaderno con sus canciones que conservé muchos años y que a su vez le regalé yo a un amigo. Estaba igual de destartalado o más que yo. Vivía en el centro y no recuerdo en qué circunstancias nos conocimos. De vuelta en España, con la democracia, a él no se le dio mal eso de cantar y a mí no se me dio mal eso de escribir. Volvió a unirnos nuevamente el mandato de Esperanza Aguirre, que era muy amiga de Sabina y también mía, en memoria de su cuñado, Javier Urzáiz. Sabina ha resultado mi cantautor español preferido.
En el tren a Londres, un británico de mediana edad me ayudó con la maleta. Comprendió o fingió comprender mi broken english. Resultó ser guionista de la BBC y me ofreció su ayuda en las primeras semanas. Me dio su dirección, su teléfono, su nombre. Lo apunté todo en un papel que guardé en la cartera y que, absurdamente, traspapelé y perdí al ver el cielo abierto por aquel amable inglesísimo inglés vestido de tweed con boina francesa en vez de gorra de visera. Un detalle bohemio –pensé entonces–, como correspondería a un colaborador de la BBC. Desapareció al llegar a Victoria Station entre el gentío. No sé cómo acerté a dar con un hotel próximo a Victoria Station para una noche. Era del Salvation Army. Cada habitación tenía dos camas y en mi mesilla de noche había una Biblia, lo cual me sorprendió. Era un lugar austero, quizá mugriento, aunque ese detalle no me interesó en aquel momento, no era acogedor, pero me albergó con gran facilidad aquella primera noche que creí que tendría que pasar al raso. Sí que pasé, por cierto, algunas noches al raso durmiendo en los maleteros grandes de King’s Cross. Ahí me entraba todo el cuerpo menos las piernas, por lo que dejaba la puerta abierta. Yo pesaría unos setenta kilos por aquel entonces. Temprano por la mañana entraba el bobby que patrullaba por la estación y te despertaba dándote con la porra en los zapatos. Creo recordar que en aquel hotel se ofrecía una taza de té y unos biscuits gratis. Son detalles significativamente insignificantes. Son insignificantes ahora, pero eran significantes para un despistado como yo en aquel momento.
No me desanimé hasta el tercer o cuarto día. Tenía a la sazón veintiséis años y London Town me reanimaba en la calle, en el callejeo monumental grisáceo, a lo largo de sus dickensianas fachadas de oficinas. No recuerdo cómo pasé del Salvation Army Hotel hasta el siguiente hotel en Tottenham Court Road, pero el caso es que di ahí con una posada, no sé si tenía una estrella, un bed & breakfast, donde pude dejar durante unos días el maletón. El tercer o cuarto día, al caer la tarde y verme instalado en la desnuda habitacioncita que me correspondió, sentado con los pies sobre la cama, un catre de madera sintética, liviana, y la maleta a medio deshacer en el suelo, me sentí de pronto desanimado. El desánimo acabó dejándome dormido. Así que no sería gran cosa, supongo. Lo del bed & breakfast, eso sí, fue un puntazo. Ahí tomé mis primeros desayunos ingleses. Es un recuerdo intenso este, como un cuadro impresionista de borrosos detalles de paisajes urbanos emergentes en la bruma. Me sentía, en medio de todo, aventurero. Estaba –estoy seguromuy asustado. Liberado solo de la paralización miedica por la magia poética de aquellos primeros callejeos londinenses a toda velocidad. Caminaba yo en aquel entonces a zancadas, muy rápidamente de un sitio a otro. Las mañanas y las tardes de esos primeros días eran un continuo. Uno de esos días debió de llover porque me sentía sudoroso y calado de agua todo el rato. Años más tarde resumí esa impresión en Variaciones: «y recuerdo que estuve donde estuve / y que hice un viaje / aunque no hablé con nadie y viajé solo». En una pequeña librería de Hampstead compré un libro titulado Life and Letters of John Keats, que tengo ahora mismo en mis manos reumáticas, casi sesenta años después.
Sentirme asustado me rejuvenecía. Quizá también me rejuvenecía atinar casi solo a preguntar nombres de calles y de plazas, que se volverían luego, bastante deprisa, la verdad, lugares familiares. Todo aquello fue como una súbita crecida de la autoconciencia, como un bloqueo del desmoronamiento natural de un pardillo español. Sufría súbitos ataques de nervios relacionados con mi mal sentido de la orientación, que sigo conservando. Estoy a miles de leguas ahora de las fantasmáticas fantasmonas fotos en la prensa del Pombo literato medio famoso. Imagino que aceleré mi aprendizaje de la lengua hablada por las muchas ganas que tenía de hablar, por el esfuerzo que hacía por expresarme, cosa que sigo haciendo.
Aquel Londres de mi primera visita no era, desde luego, el Londres de tío Gabriel Roiz de la Parra, que había sido mi inspiración durante muchos años en Santander. Tío Gabriel fue, según dicen, el chico más rico de su generación. Y yo, que en España andaba medio bien de dinero, anduve en Londres medio mal, como es lógico. Pero no depauperado. Me sentía desprotegido y a la vez liberado de ataduras españolas que nunca, a decir verdad, me ataron. Este asunto del sentimiento de libertad londinense, comparado con mi sentimiento de libertad matritense, combinado con sentirme desprotegido, tiene importancia porque implica un autoengaño consentido. Al cabo de un mes ya parloteaba con extranjeros que también visitaban Trafalgar Square. Al decirles que era español, la conversación giraba hacia Franco, contra Franco y el franquismo. Una dictadura brutal según casi todos, lo cual, en mi experiencia, incluido mi paso por Gobernación, no acababa siendo del todo justo para el régimen. Podía tener sus dificultades hacerse entender en esto. Por otro lado, me daba igual que me entendieran o no. Yo era, como la mayor parte de mi generación, apolítico entonces. Un poco lo mismo que era católico, sin sentirme religado al credo o a Dios, por usar la expresión de Zubiri.