london times y el servicio doméstico
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Desde mi estancia en Londres hasta hoy han pasado muchos años. Me resulta difícil acordarme de todo lo que, de hecho, recuerdo. Lo más parecido a acordarse del propio pasado es el olvido. La sensación melancólica de haber olvidado casi todo. Y, a la vez, querer a todo trance recordarlo. Tan inquietante como querer recordar es querer seguir des-recordándolo todo. Supongo que hacer memoria es también hacer un juicio de faltas. No dice casi nada bueno de mí, que aparezco y que soy tan responsable de mi pasado como ahora de mi futuro.
¿Fueron años frívolos aquellos? La respuesta está en la excusa. Excusarme, ¿no equivale a pedir perdón por todo aquello? Sé que no hice nada obviamente malo o malvado. Pero sí fui desatento. «Acelerado aire era mi sueño», dice Alberti. Y añade: «Los ángeles de la prisa no querían que yo me parara en nada». Pero ¿qué prisas tenía yo entonces en Londres? Cabe decir algo paradójico y vacuo: prisa por dejar de tener prisa. Y es que con veintiséis años lo tenía todo sin hacer, incluido este cuento autobiográfico que estoy contando. ¿Soy ahora aún más desatento que entonces? Un texto como Protocolos (1973) parece serio y elegante ahora, inspirado incluso, pero también resulta quebradizo, como el habla de un poeta de vidrio. Un joven licenciado Vidriera succionado por la poderosa subjetividad urbana y lingüística londinense, que me venía grande. También la fe cristiana me venía grande. Me viene grande ahora.
¿Fui feliz en Londres? La excitación, el enhechizamiento, ¿son algún tipo de felicidad? La felicidad tiene que ser tranquila. Y yo estaba intranquilo entonces, agitado. En el fondo, ahora pienso que la cuestión no es preguntarse uno a sí mismo acerca de la felicidad sino acerca de si ha logrado con los años una vida llevadera. Y ¿qué es una vida llevadera? ¿Es una versión o imitación rebajada, aguada de la felicidad? ¿Una consolación resignada de criaturas que han sobrevivido, que han tenido un cierto éxito en sus profesiones y que son más o menos reconocidas u honradas por sus iguales? Todo esto, en efecto, es preferible a la desdicha, pero ¿no es cierto que excluye al amor? El amor, por cierto, ocupaba casi el último lugar de mis preocupaciones de aquel tiempo. ¿Quién se acuerda del amor que le falta, como era en efecto mi caso, cuando tiene por delante la aventura de recorrer una ciudad inabarcable? Londres me pareció maravillosamente inabarcable y yo, a mi vez, fascinantemente diminuto. Así se pueden, pensaba yo en aquel tiempo, ver mejor las cosas, desde una perspectiva personal recortada o achicada para que lo inmenso y lo nuevo, que confrontamos, nos entren literalmente a bocanadas. Una incesante lluvia.
Al incesante pasear de los primeros días, dio fin la residencia que encontré cerca de Brent Station. Era claramente un sitio provisional al lado de Golders Hill Park, la casa particular que ofrecía bed & breakfast con los dos compañeros a los que no entendía una palabra al principio. Supongo que a la gente que viene a Madrid por primera vez le pasará un poco lo mismo que me pasó a mí cuando llegué por primera vez a Londres: al principio pensaba que sería para un mes, conocer un poco la ciudad y poco más. Pero Londres no se deja reducir tan fácilmente. Me pareció inacabable, y con veintiséis años yo estaba dispuesto a recorrer aquella infinitud urbana a pie o, como mucho, en metro. El metro era, por cierto, delicioso. Y también lo eran los autobuses rojos si conseguías un asiento en primera fila en el piso de arriba. Di grandes paseos en autobús por Londres.
Mis ininteligibles compañeros de habitación me dieron una dirección interesante: Betina Staff Agency, que quedaba en un barrio elegante en la última parada de la Northern Line. Encontré la casa y me introdujeron en un semisótano que era un despacho con tres mesas. Ahí estaban Betina, Mrs. Arnold y creo recordar que Mrs. Marcus, tres elegantes inglesas de origen judío, según supe después. Era una agencia de colocaciones para limpieza de casas. Los ingleses habían renunciado a buscar esos puestos y así fue como una tropa de recién llegados extranjeros nos beneficiamos de esa oportunidad. Al principio iba todas las semanas a buscar mis clientes –clientas, más bien–, que me daban apuntados en una hoja de papel. Pronto resultó que hice una clientela fija de amas de casa de clase media acomodada londinense que contrataban a extranjeros para la limpieza de sus casas. Ese era un trabajo que los chicos y chicas ingleses de mi edad consideraban inferior. Fue mi primer golpe de suerte británico. Más o menos, la rutina era la misma en todas las casas. Eran hogares anglo-judíos en su mayoría, muy limpios y ordenados. Lo que se destinaba al cleaner era la limpieza de cristales, hornos de asar y cuartos de baño. Resulté ser, asombrado inclusive yo de mí mismo, un eficaz sirviente por horas. Tenía entre seis y siete clientas en total. Unas tres horas por casa a la semana y dos casas al día, una por la mañana y otra por la tarde. Estaba bien pagado. Yo venía a ahorrar unas dos o tres libras por semana. Pero la gran ventaja, lo estupendo, era la agilización del inglés. Y aún había otra ventaja, otra suerte, con la que yo –un solitario crónico, incluso en esos jóvenes años– no había contado, el microdescubrimiento de las maneras de vivir de unas familias étnicamente distintas de la mía propia. Muy distintas a su vez, pese a vivir todos en la misma época, de las familias españolas que yo conocía.
Al trabajar en un barrio de las afueras –suburbano–, los alrededores de Londres me recordaban los pueblecitos de las afueras de Santander, los pueblecitos de la montaña con chalets unifamiliares. «My home is my castle», por usar un dicho inglés muy generalizado. Los ingleses que traté en las calles de Londres me parecieron amables y distantes conmigo. Este ligero distanciamiento anglosajón del «we haven’t got as far as names» me resultaba fascinante, eliotiano. Al atardecer, cuando regresaba a mi propia casa en Golders Green, que era también un chalet, una buhardilla, todo aquel barrio londinense tenía un aire como navideño. Yo pensaba en lo confortables que se veían los interiores de muchas de esas casitas, que daban a la calle, a través de los cristales, a través del jardincillo que generalmente las precede. Que cada casa tuviera, como descubrí pronto, su poco de jardín delantero y su poco más grande jardín trasero –que servía de tendedero entre otras cosas–, me pareció a mí una ingeniosa, ideal incluso, fórmula de encerramiento de los ingleses en sus vidas individuales. Apenas se veían en aquel entonces grandes colmenas habitacionales. Paseando por allí me pareció que había dado con un mundo nuevo, un modo de vivir la clase media individualizándose sin necesidad de ser, como el madrileño El Viso o Fuente del Berro, lugares para gente adinerada. Esa independencia de las casas me pareció, al ser tan masiva, signo de una sociedad socialmente más ilustrada y avanzada que nuestra sociedad española de la época. Todas estas son apreciaciones hechas al vuelo, impresiones de visitante asombrado. Y era curioso también que todos estos grupos de casas unifamiliares se congregaran en torno a una calle mayor, High Street, donde se congregaban los comercios, los pubs, las iglesias de las diferentes denominaciones y las oficinas locales. De tal suerte que, a la hora de la compra o los fines de semana, se hacía una vida comunitaria de grupos amables y distanciados entre sí.
¿En qué consistía ser un cleaner? Supongo que era más o menos equivalente al papel de asistenta por horas español. Era, pues –y no acababa de serlo del todo–, servicio doméstico. La mayoría era gente de mi edad, chicos, sobre todo estudiantes. De hecho, durante muchos años, tuve yo que ir al Home Office a mostrar que tenía un certificado de inscripción en una escuela lingüística y a demostrar, visualmente incluso, que tenía unas libras, dinero suficiente para una manutención mensual. Durante años, la única comunicación sostenida que mantuve fue esta curiosa relación del cleaner con las amas de casa. Trabajé, entre otros sitios, en la casa del párroco anglicano de Golders Green. Esta casa, mayor e instalada en medio de un jardín más grande, que estaba al cuidado de Miss Pearson, la hermana del párroco. Ambos, a su vez, estaban al cuidado de dos gatas persas, madre e hija, que le habían regalado a Miss Pearson siendo aún gatitas muy pequeñas. Fue un sitio notable para mí porque me pareció un ejemplo de religiosidad anglicana: de high church. La vida del párroco y su hermana no solo me recordaba las novelas y las figuras de Jane Austen, sino también, espasmódicamente, los grupos familiares universitarios de clase media ilustrada de Iris Murdoch. Ambas autoras había comenzado yo a leer muy pronto con admiración desbordante. Supongo que aquella inmensa, sin duda exagerada, simpatía por el mundo anglosajón que iba descubriendo me hizo a la vez simpático para la mayoría de mis clientas. Fue una época integradora, laboriosa e insípida. Muchísimos años después, instalado en Madrid, al final de mi vida, he redescubierto que una sosa, rutinaria manera de vivir es la mayor perfección posible.
Al cabo de cuatro años deseaba seguir viviendo en Londres. Había tenido una experiencia muy satisfactoria asistiendo a los cursos del City Literary Institute, que eran unas clases nocturnas para personas adultas y ya graduadas. Éramos muy variopintos. Con esas clases en ese curso descubrí, no solo a Iris Murdoch, sino a otros muchos autores ingleses de importancia. Las novelas de Iris Murdoch supusieron todo un cambio de régimen mental: de pronto me di cuenta de que se podía utilizar la novela con una carga de reflexión filosófica o antropológica o teológica que siempre ha existido en mi vida. Iris Murdoch usaba la filosofía no solo por su atractivo color intelectual, sino también porque estaba profesionalmente conectada con los tutores y profesores de Oxford y Cambridge. Ella misma había sido profesora en Oxford. La primera novela suya que leí fue The Bell. La leí y releí veinte veces pensando que una novela así, desde ese ángulo de reflexión y de sensibilidad psicológica, podría escribirla yo mismo más adelante. La convicción filosófica –por llamarla así– que yo traía de mis estudios y graduación en Filosofía de Madrid contenía, en germen, la idea de que el relato literario, la novela, son formas apropiadas de investigar y hablar de las circunstancias que nos rodean a cada uno de nosotros. El modo reflexivo e irónico de las descripciones murdochianas me pareció darme la razón. Deseaba que la vida de mis personajes fuese tan realísima, tan identificable desde afuera como la de los personajes británicos de Iris Murdoch.
El caso es que fui cogiendo seguridad en mí mismo. El hecho de trabajar, ganarme la vida, el sustento y la habitación por mis propios medios, y, a la vez, mantenerme escribiendo y leyendo, me reanimó mucho. Me reintegró. Ese momento significó una aceptación satisfactoria de mí mismo y un renovado deseo de publicar mis propios relatos y poemas. Londres me sirvió, esos primeros años, para darme cuenta de lo muy interesado que seguía estando en las clases y el estudio de la filosofía y de la literatura inglesa y en mis propios trabajos literarios.