los acantilados tallados como espaldas
spanish
Eran casi las once de la mañana de un 10 de mayo. Estábamos tomando un café con leche en una de las mesitas altas que ponían en La Reguera a cada lado de la puerta. Le vi salir de un local contiguo, dos zancadas rápidas y cruzó delante de nosotros como una racha de viento. Pensé que tenía el aire de quien va a hacer un recado con prisa y planea volver pronto. Estuve pendiente y así fue. Volvió con las mismas zancadas y le paré en la calle.
–Perdona, joven, ¿trabajas aquí?
–Sí, es una sala de entrenamiento.
–¿Y podrías hacer algo con un viejo como yo?
–¡Siempre se puede hacer algo!
Yo tenía entonces setenta y cinco años. Me dio su tarjeta de visita: ignacio laguna, entrenador personal (aunque él se presentó como Iñaki). Con el tiempo me confesó que nunca creyó que le llamaría, pensó que sería un vecino cotilleando qué era ese nuevo negocio. Le llamé esa misma tarde y quedamos un día de esa semana. Me vestí lo más de sport que pude, que no era gran cosa en aquel momento: un pantalón de chándal y una camiseta. Imposible empezar algo tan importante y que ha durado tanto tiempo de una manera más sencilla. Me recibió y nos sentamos en un banco fabricado con palés que aún sigue en uso, pero ahora en mi terraza y cubierto de macetas. Una de las primeras cosas que Iñaki me preguntó fue si podía tratarme de tú. Yo dije que sí, claro. Le dije que mi ayudante literario de aquel momento, Ernesto, había visto su tarjeta de visita y le conocía de las pistas de atletismo por haber sido atleta él también. Yo había ido en varias ocasiones a ver correr a Ernesto los 1500 m, pero no tenía una idea muy clara, excepción hecha de los recuerdos de José María Cagigal, de en qué consistía ser un corredor profesional, que es lo que Iñaki había sido tiempo atrás. Acababa de empezar con su negocio. Comencé yendo una vez por semana y con el tiempo fuimos subiendo hasta tres sesiones semanales. Los primeros días fueron asombrosos. Me explicó cómo íbamos a hacer una serie de ejercicios a modo de pruebas para saber en qué estado físico me encontraba. Con una reciente prótesis de rodilla, caminaba por las calles del barrio ayudado del brazo de Ernesto. No debió de ser fácil para Iñaki entrenar a ese señor muy mayor, como él me denominaba con toda justicia. Recuerdo los primeros ejercicios. Uno de ellos fue ver si era capaz de tumbarme en una esterilla y levantarme yo solo. No pude. Tardé semanas en aprender a hacerlo. Otro ejercicio que recuerdo fue el del dichoso balón gris inflable –un fitball–, que resultaba muy poco confortable, aunque preferible, quizá, a echarse y levantarse del suelo. Otro ejercicio que recuerdo fue subirme en el endiablado bosu con las manos apoyadas en la pared. Endiablado se volvía cuando tenías que apoyarte en una sola mano o en ninguna. Creo que el bosu fue lo más complicado del primer año de ejercitación. Acabé haciendo series de dos minutos en medio de la sala y sintiéndome muy reconfortado cuando las conseguía llevar a cabo de un tirón. Años más tarde descubrí que en una antesala de su cuarto de baño, mi primo Jaime tenía un bosu muy parecido, pero no le pregunté si se entrenaba con él. Al cabo de unos meses, cuando fui ganando fuerza en las piernas y en los brazos, empezamos a salir al parque del Oeste. Endiablado, también, por sus propios méritos, este precioso parque ondulante que rodea nuestro barrio de Argüelles. Bajar era estupendo, subir era infernal. Y tenía un punto infernal también sencillamente caminar al paso militar de Iñaki por los senderos del parque. Es un lugar que yo conocía bien por los muchos paseos cansinos que había dado desde que vivía en Martín de los Heros. Pero ahora la cosa había cambiado. Lo cansino se había cambiado por lo rítmico. Y lo rítmico, lo deportivo, fue una vez más endiablado. Tanto como recorrer paso a paso, un pie tras otro, los bordillos de las aceras y de los macizos. Parecía mentira que fuese necesario hacer equilibrios para moverse por esos estrechos pasajes. Pero lo era, y eran muy de agradecer los descansos que hacíamos entre los ejercicios debajo de los árboles. Iñaki era fabulosamente fuerte. Lo curioso es que cuando le vi la primera vez en chándal pensé que era un flaco, pero resultó ser todo menos eso. Era puro músculo acerado. Sometido a toda clase de torturas chinas por este elegante atleta, fui reaprendiendo a padecer la gimnasia como una metafísica del cuerpo, que es lo que José María Cagigal predicaba en el colegio de Valladolid. No era física sin más, sino metafísica: es decir, un tratado totalizante que ponía en marcha –y en jaque– todo el cuerpo, de los pies a la cabeza.
Yo he sido siempre paseante en corte en Madrid y paseante incansable en Londres. Me considero un buen conocedor de London Town porque he recorrido la ciudad varias veces. Pero ir a pie como yo iba e ir a paso ligero como iba ahora con Iñaki eran dos opciones muy distintas. La primera era cansina, literaria si se quiere; la segunda era deportiva, aunque de menor cuantía, claro está. La primera vez que me puso a caminar un kilómetro seguido me costó hacerlo en menos de veinte minutos. Acabé haciéndolo en ocho para mi asombro y el de mi propio entrenador. Conviene hacer memoria de cómo era Iñaki en aquel tiempo; conviene recordar su aspecto de entonces, porque verle resplandecientemente ágil, como un arcángel caminando a mi lado o siguiendo su estela, me llenaba de satisfacción. Era el momento más divertido de la semana.
Yo he entendido siempre el ora et labora monástico, entendiendo por orar no tanto rezar a Dios como escribir. «Escribir es rezar», dice Kafka en uno de sus diarios, y yo he creído eso toda mi vida. A la vez yo he laboreado mucho en el campo, en casa de mis padres en la Dehesilla. He regado la remolacha, he trazado con la azada los surcos del riego... En la finca de mis padres se consideraba que los trabajos del campo, en todas sus variantes, que eran muchas, eran definitivos. No teníamos una finca de recreo. No vivíamos como señoritos. No viví nunca como un señorito. Vivíamos al hilo de trabajar al ritmo de los obreros que subían del pueblo, de Ampudia de Campos, a hacer las labores.
Iñaki era –y es– un decidido entusiasta de la didáctica deportiva, pero esa didáctica no era paternalista: no implicaba echar una mano al educando. En las primeras sesiones, levantarme del suelo por mis propios medios era literalmente penitencial. Yo tenía setenta y cinco años y pesaría entre setenta y ochenta kilos por entonces. Ahora que peso veinte menos sigue pareciéndome penitencial levantarme del suelo por mis propios medios. Pero en esto hay un rasgo muy militar, inconscientemente militar de Iñaki; es una ordenanza del libro de ordenanzas de mi época: el soldado se desplazará por sus propios medios. Eso significaba a pie. Ejercitarse con Iñaki era remilitarizarse. Me hacía recordar mis tiempos de estudiante llamado a filas y mis tiempos de alférez en Melilla, en que yo estaba obligado a dirigir un pequeño curso de gimnasia y a montar a caballo en los desfiles. Los chavales más fuertes de la compañía disfrutaban más la mili que los que venían directamente del campo sin apenas prácticas deportivas. No bastaba ser fuerte, había que ser también ágil. Iñaki hizo que me diera cuenta de que había ejercicios que creía que no podía hacer, pero que sí podía, aunque no lo sabía porque no sabía cómo se hacían. Una máxima constante de Iñaki era: «No hagas más, hazlo mejor». Porque llegó un momento en que yo quería hacer más horas y él se negaba a eso. No eran más horas sino más mejor. Mejor calidad que cantidad.
Llegó el invierno y llegaron las partidas de front-pádel, que no eran del todo pádel y no eran del todo frontón, pero que eran muy emocionantes y divertidas y sustituían las caminatas por el parque del Oeste los días de frío y lluvia. Podíamos estar una hora jugando al front-pádel. Llegué a defenderme muy bien. Nos divertíamos mucho. Lo que más admiraba de Iñaki no eran sus habilidades para hacer los ejercicios difíciles con tanta facilidad, sino su estilo didáctico para evitar utilizar el método habitual de ordenar-ejecutar y enseñar a hacer cada ejercicio con minuciosidad. Aprender a entrenar en lugar de entrenar sin más. Él era profesor de Anatomía en una escuela por las tardes y eso lo aplicaba también en la sala. Iñaki, más que mi entrenador era mi profesor, como lo fue Cagigal en el colegio de Valladolid.
Han pasado once años. Once años no solo de relación profesional y gimnástica sino también de amistad. Como diría Lévinas: «de un conocimiento cara a cara». Hemos viajado juntos por España, hemos pasado Navidades y cumpleaños con Miguel y Mari Carmen, los padres de Iñaki, y hemos escrito seis novelas. De momento. Esa ha sido mi venganza: igual que yo creía que había ejercicios que no sería capaz de hacer, Iñaki siempre había pensado que lo suyo era el deporte y no las letras. Ahora intercalamos filosofía y letras con ejercicios endiablados y yo he recobrado mucha de la agilidad y la flexibilidad que tuve de joven. Con Iñaki recuperé la inspiración deportiva que había encontrado con Cagigal en el colegio de Valladolid, e Iñaki encontró una inspiración literaria que nunca pensó que tendría.