Korimba

Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

los colegios, los himnos, los eros

spanish

Save as PDF
Como todas las autobiografías –mejor o peor escritas, da igual–, esta mía de ahora da cierto repelús. El dictum kantiano de la Crítica de la razón pura, tomado de Francis Bacon, sigue vigente: «De nobis ipsis silemus». Callemos acerca de nosotros mismos. Pero quizá sea más fácil cumplir esta máxima si se trata, como en el caso de Kant, de escribir una obra científica que si uno escribe una obra literaria, que, desprovista de la peculiar subjetividad de su autor, nos cansaría muy pronto. La singularidad del texto lo es todo. ¿En qué medida la singularidad del texto y la singularidad del autor difieren o se identifican? Hay aquí envuelta una cuestión de gusto estético que preocupó muy seriamente, por citar únicamente a un autor, a Henry James, que la resolvió, como haré yo con toda probabilidad, solo a medias.
Todo tuvo lugar hace muchos años en el colegio de San José de los Jesuitas de Valladolid. Fue en sexto curso, el último que pasé en ese colegio. Al año siguiente hice el preuniversitario en el Instituto Nacional de Valladolid. Tendría yo entre diecisiete y dieciocho años. Los años de toda esa juventud congelados ahora en la fotografía de la orla de los alicatados pasillos del instituto de Valladolid. Era un colegio elegante. Recuerdo la decimonónica sala de visitas del primer día, acompañado de mis padres, presidida solemnemente por una enorme estatua polícroma del Sagrado Corazón de Jesús en su trono. En mi semiconsciencia juvenil de entonces funcionaban dos sensibilidades pedagógicas, más una tercera sensibilidad, la mía propia, que en aquellos tiempos era aún muy difusa. Había una sensibilidad religiosa católica heredera del «dulcísimo recuerdo de mi vida / bendice a los que vamos a partir» citado en Pequeñeces del padre Luis Coloma. Una religiosidad católica muy sentimentalizada. El himno que cantábamos –un célebre himno escolar–: «Fundador sois Ignacio y general / de la Compañía Real / que Jesús / con su nombre distinguió. / La Legión de Loyola/ con fiel corazón, / sin temor enarbola / la cruz por pendón». Es interesante ver el fuerte contenido de marcialidad militar presente en la sentimentalidad jesuítica. Eso la hacía, a mis ojos, muy atractiva. Comparado con el himno del colegio de los Padres Escolapios, excelentes pedagogos también, el himno de la Compañía de Jesús me resultaba mucho más contundente. La segunda sentimentalidad era humanística, lúdico-deportiva, de José María Cagigal. Quede la semblanza de Cagigal pendiente aquí, donde lleva estando ya toda la vida. He aquí el himno del colegio de los Escolapios: «El alma de los niños / imán de tus amores, / celebra tus favores, José de Calasanz, / y a impulso de cariños / que son del cielo encanto / ensalza con su canto / tu Ciencia y tu Piedad».
Aquel colegio de San José de Valladolid, con su enorme patio de Intendencia, donde estaba la piscina y donde en mayo rezábamos el rosario dando vueltas alrededor, es todavía una potente estufa de pared, irradiante. De viejo te sientas ahí, a hacer tus necesidades, y las dos barras de estufa de pared te hacen sentirte bien. Y el malestar de la mala digestión queda atrás como mis restos mortales. San José fue irradiante. De niño fui yo accident-prone. Queda mejor en inglés, más chulo, y significa lo mismo: propenso a los accidentes. He aquí algunos: a los seis años me llevaron por primera vez a la Dehesilla en verano. Era una finca horrible y Ampudia de Campos era un pueblo horrible, comparados ambos con el verdeante campo montañés. A consecuencia, según decían, de sustituir la ingesta de leche de vaca del tazón de leche del desayuno por un tazón de leche de oveja, tuve el verano de la colitis. De algún modo duró todo el verano. Un asqueroso no parar verdoso. Aquella desacostumbrada leche de oveja tan olorosa, muy distinta de la herbosa leche santanderina, ligera, inodora –de vacas tísicas, se decía–, me sentó todo lo mal que pudo. De ahí la colitis. Y el siguiente verano, para acreditar, supongo inconscientemente, mi condición de niño propenso a los accidentes, me partí el codo del brazo derecho en el suelo empedrado del caserío. El pollino –un asno joven– sin albarda, solo con una cadena plateada en el cuello, frotó su cabezón contra mí, afable. Los dos éramos muy jóvenes, el pollino y yo. Entonces me monté de un salto y el pollino, pobre, me tiró por encima de su cabeza al suelo a la vez que dio dos coces con las patas de atrás. No tenía agarradero. Montar a pelo es lo que tiene. Se me partió el brazo por el codo. Al principio pareció que era un trompazo sin más, pero luego, al enfriarse, dolía crecientemente, agudamente. Me tuvieron que llevar a Palencia a escayolar. Fue un verano de brazo derecho escayolado y ejercitaciones en la mesa de mi cuarto de estar-dormitorio con Fraulein, hechas, la verdad, de mala gana. Peor, si cabe, que el escayolón era la picazón que causaba. Para aliviarla usaba yo una larga aguja flexible de hacer punto. Los dos veranos siguientes vino José Ramón conmigo. Todo el día de alpargatas y sombreros de paja, como cowboys, encaramados en la maquinaria agrícola de la finca. Nos hacíamos pajotes en el Montecillo, todavía muy bajo, durante las fiestas en la panera y leíamos las series del Pato Donald que nos traían de Palencia.
¿Era tranquilizadora aquella masiva presencia de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en la decimonónica sala de visitas del colegio? «Venid a mí todos los que dais vueltas y lleváis cargas. Yo os reconfortaré y encontraréis descanso y paz en vuestras almas.» ¿Quién más ambulatorio y cargado de pesos que yo mismo, que acababa de suspender tres asignaturas en junio, había falsificado el boletín de notas y no me había presentado ni a las clases preparatorias ni a los exámenes de septiembre? Había estado despertándome en la Dehesilla a las seis de la mañana para montarme en el carro del señor Benito que traía el periódico, el Ya, y la correspondencia. Lo hice todos los días. Incluso antes de las seis estaba al tanto. Miraba el correo y daba conversación al señor Benito, que tenía un burro y un carro con un toldillo. Venir en carro desde Ampudia a la Dehesilla, que serían tres kilómetros, llevaba tres cuartos de hora si no ibas muy acelerado. La única mañana que me quedé dormido y no pude revisar la correspondencia fue la madrugada del 16 de agosto. Habíamos aprovechado esa fiesta agostera del 15 de agosto para viajar a Madrid y visitar a la abuela Anita y a Pablo Olivera en Tebas, su tienda de antigüedades. Regresamos a la Dehesilla por la noche y yo no me desperté suficientemente a tiempo. Me llamaron al cuarto de mis padres. Y ahí estaba encima de la cama, de par en par abierta, la carta del colegio diciendo que no me había presentado a las clases preparatorias para los exámenes de septiembre y que era tarde ya para arreglarlo. «Su hijo de ustedes, señores de Pombo, tendrá que repetir el quinto curso.» Mi madre entendió que lo más grave de todo este lío de las falsificaciones y de los suspensos y de la carta del director era culpa suya por haberme desatendido de crío. Inmersa, pobre criatura mi madre, en el inmenso y generalizado sentido de culpa del catolicismo de entonces. Era desolador. No era culpa suya. El colegio de San José, con todos los compañeros del quinto curso, que yo repetía, fue como echarse al mar en el Sardinero los veranos. Un rompeolas regocijante, aturdidor, natatorio. Era el gran mar, el Cantábrico abierto, la felicidad playera de la época. Cuando salíamos del agua y nos secábamos, comprábamos un cucurucho de patatas fritas. Ya no las hacen igual, ni las patatas ni los churros.
En los Jesuitas entré con facilidad en uno de los grupos del quinto curso. Ahí estaban en los patios de recreo LópezChicheri, nuestro intelectual; Fernández de Velasco; Ulpiano González, un extremeño que me pareció desde un principio muy inteligente y perspicaz, a ratos resentido, quizá; Nacho, el asturiano de baloncesto. Mi entusiasmo por Nacho duró dos cursos y se extendió ya sin verle por los primeros cursos de la universidad de Madrid. Ahí, en el colegio mayor, me encontré a un primo suyo, Antonio Fernández Rañada. Un amor imposible que en aquel tiempo no hacía falta discutir y que, por supuesto, nunca se manifestó expresamente por mi parte. Otros tiempos, pues, eso somos.
Hacíamos ejercicios espirituales antes de Cuaresma, que va antes de la Semana Santa. Yo aborrecía ambas cosas porque me interrumpían el día a día con la pandilla y con Nacho. La gran figura pedagógica de aquellos dos cursos era José María Cagigal. Un maestrillo entonces durante tres años entre Filosofía y Teología. El primer año hicimos los ejercicios con un padre jesuita mayor, canoso, que durante los recreos nos hacía correr a buen ritmo alrededor del patio rectangular de la casa de ejercicios. Nos daba unas pláticas muy tradicionales, ignacianas, sobre las dos banderas, el demonio, el mundo y la carne. Todo ello, para mí, más o menos consabido, reoído además en los Kostkas de Santander. Estaba todo bien. Todo igual. Era, comentábamos, más bien rollo. Para gran sorpresa de todo el curso, en los ejercicios apareció el padre José Luis Martín Vigil. Ahora ya no estaba todo igual, estaba todo al revés. Descolocado, al menos. Nos reíamos muchísimo en las charlas con este novísimo padre espiritual asturiano. Recuerdo que yo protesté en privado ante Cagigal porque me hacía mal efecto toda esa espiritualidad festiva. Era un cura festivo que había luchado como teniente o capitán en la Guerra Civil y luego había ingresado en la Compañía de Jesús. Sus pláticas eran rápidas, tenían un tono comprensivo, jocoso, levemente legionario, paraeclesiástico, un catolicismo nuevo, quizá. Debí sonarle a Cagigal reviejo y carca, yo mismo. Cagigal no me tomó en serio. Me llevó la contraria. Dijo: «¡Ahora verás como os mete a todos en cintura!».
Y así fue. Todos se enamoraron de Martín Vigil menos yo. Hubiera mordido el anzuelo –si es que hubiera un anzuelo– yo también, sin duda. Era un cura encantador, pero llegué a entrar en el grupo de sus repentinos favoritos. Yo no era tímido entonces pero sí era reservado. No me interesó mucho el personaje porque me pareció un chisgarabís, un defecto que se consideraba muy grave en mi casa. Se consideraba una chisgarabís a mi abuela Anita, por ejemplo. Yo no necesitaba mucho más. Tenía un tutor irreemplazable, Cagigal, y un compañero de pupitre, con eso tenía suficiente. Me limité, pues, a contemplar la escena conmovedora y ridícula a la vez de los compañeros. Muchos de mi pandilla adquirieron su novela La vida sale al encuentro. También yo la leí, y me pareció superficial. Juvenil y superficial. Pero yo era un pedante en aquellos tiempos. Yo me reconocía en aquel entusiasmo sentimental por nuestros maestros y curas. Pero en este caso a Martín Vigil le encontraba demasiado ofertado, auto-ofertado. Es una visión borrosa por mi parte que luego, a lo largo de los años, se ha ido completando. La vida que le salió al encuentro fue, al parecer, eróticamente placentera y sacerdotalmente ineficaz. Fue divertido y amable con nosotros, nos encantó a todos. Quizá también fue un encanto más bien colectivo que de uno a uno. El tiempo del amor platónico se nos había echado encima a casi todos. Y era un amor que se encendía y se esfumaba, como los cursos, por trimestres, y se dispersaba del todo con los exámenes de fin de curso. Yo me alegraba de que así fuera, obnubilado, en lo que respecta a Martín Vigil, por una cierta envidia adolescente. Esta envidiosidad mía la aborrecía yo entonces pero sí mostraba lo que podía llamarse mi buen juicio. El encuentro con Martín Vigil sirvió para imaginar, desde fuera, el amor que sentía yo por dentro. Nacho lo fue secretamente todo para mí pero no fue una amistad correspondida a ese nivel. Los encantamientos de aquella época para mí dependían más del silencio que de la declaración. Cualquier declaración explícita era impensable. Incluso quienes la entendían e incluso quienes simpatizaban con ella, fingían no oírla o no entenderla. A mis ojos, la legitimidad de mis sentimientos era absoluta, y la declaración de ellos, inverosímil. Hubiera sonado inverosímil en aquellos años. Recuerdo que, en mi prudencia, detestaba yo la inhibición, que me parecía de origen ambiental. Las verdades del corazón no podían entonces manifestarse porque sonaban ridículas o agresivas o incluso viciadas.
Aparte de la irritación por las prohibiciones morales de la época, había en mi conciencia una fuerte autocensura a toda manifestación externa de un sentimiento semejante. Era una sosa renuncia, una evitación miedosa a manifestar los propios sentimientos. Los años cincuenta fueron para mí un tiempo de cohibición, pero también de descubrimientos maravillosos. Y escribir fue entonces –y sigue siendo ahora– un modesto ejercicio de musculación, agotador, fascinante, que, a estas alturas, me deja con frecuencia insatisfecho. Confío en que mis libros resulten más brillantes que yo mismo.
Save as PDF