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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

lumen gloriae

spanish

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No entendíamos del todo lo ajeno, bien del todo no, porque lo propio era intrincado, difícil de contar, fascinante, demasiado evidente en ocasiones, como una corona real para pasearse con ella por las calles. ¿Nos parecía de verdad que lo nuestro era equivalente, por lo llamativo, a una corona real? Era, por lo pronto, mucho menos llamativo. De puro llamativo que era, de puro altivo, casi era invisible. Esto de la altivez, por cierto, era lo que la familia entendía peor. Ni siquiera a medias. Lo llamativo éramos mi madre y yo, que, por eso, rara vez nos fotografiábamos juntos. Las comparaciones son odiosas. Mi padre escribía, año sí año no, novelas de terror. Y escribió el guion de una película titulada Lumen gloriae, que fue llevada al cine por amigos suyos que consideraban a mi padre genial. Lumen gloriae duró en la cartelera un día, el del estreno, y otro más por compasión, supongo. Al público en general, el Lucifer paterno debió de parecerle tediosamente acartonado y demasiado viejo para resultar luciferino. «Un Lucifer guapo y joven, como yo mismo, hubiera sido preferible», declaró exhausto el productor después. Lumen gloriae fue un experimento caro que hubo que retirar de las carteleras sin pena ni gloria. Cuando cumplí quince años, mi padre tenía treinta y nueve y mi madre treinta y seis. Ella, con la poca herencia de su madre, montó una boutique de sombreros hechos a mano y bisutería elegante en una travesía de la calle Serrano a la cual llamó La Butica y que llevábamos directamente ella y yo. Los primeros años yo vestía un uniforme de botones granate y oro y recordaba a un torerito. Mi madre vestía sabias faldas con volantes y cintura apretada de crespón los inviernos y de seda los veranos. No parábamos en casa, donde se quedaba doña Nuncia, no del todo en sus cabales, pero aún eficiente en su ayuda doméstica. Un lucrativo ramal de La Butica fue Los Últimos Posados, una empresa fotográfica menor que mi madre montó a título de complemento recaudatorio mensual con ayuda de un figurinista teatral que me tiraba los tejos y que se las ingeniaba para presentar a los difuntos en las peceras de los tanatorios tal y como todo el mundo, su familia incluida, les recordaba en sus mejores tiempos. Ahí resplandecían con naturalidad en sus trajes de cóctel o de calle, una habilidad aprendida, creo, en Estados Unidos para amansar la imagen terrible de las muertes propias.
Florentino de Breed, el figurinista, no era grano de anís. Era un jeta y un gorrón de alto standing. Jamás le oí decir una mala palabra, expresar una opinión o un afecto propio, significarse religiosa o políticamente. Un ejemplo tardío –llegué a pensar– del hombre sin atributos que, sin embargo, tenía para mi madre la impagable virtud de quedarse con ella en la tienda y de no irse ni ligar afuera.
Las mujeres de la edad de mi madre, según creo, le consideraban guapísimo, chic, en una línea exótica. Pero solo era puntiagudo. Y yo imaginaba, con cierto fundamento in re –no hace falta decir más–, que en pelota picada resultaría esquelético, cadavérico incluso en taparrabos.
Los guiris transatlánticos ricos traían consigo a Madrid mucha depresión y neurastenia acaudaladas con tanto ir y venir de Dubái a Puente Arce, a Puente Viesgo, a Barcelona o a Madrid. Madrid durante un tiempo considerable fue el sueño fino de los guiris ricos, el sueño fino de ser comprendidos y alabados, aprender un poco a torear en las tientas a la vez que finamente se les descargaba de unos cuantos onerosos miles de euros. De Breed y mi madre se sentían en la gloria, season tras season.
Confieso que el dichoso Florentino, el Floren, al principio me hacía gracia más que por sus sosas ocurrencias estéticas por su don de lenguas, que chapurreaba por teléfono y en persona todo el santo día. Saltaba, como quien no quiere la cosa, del inglés al francés, al portugués, al griego, al gaélico, viniese a cuento o no, aunque la verdad es que venía mucho a cuento en La Butica, con los adinerados y despistados guiris que nos fueron tocando en suerte. Mi madre y De Breed hacían una pareja insuperable combinando los dos dones, el de lenguas y el de gentes, sazonados ambos de una especia de desdén olímpico a la hora de las ventas: nunca daban la impresión de querer vender nada a nadie. Tardé años –quizá tres– en darme cuenta de que esto era una falsa impresión. Ambos eran intereseros insaciables, mi madre la que más, porque, pese a lo joven y a lo guapa, tenía terror a una vejez descapitalizada y pobre y dependiente de las hermanitas de los pobres. Don Lucio Gil-Fagoaga, nuestro extravagante y adinerado catedrático valenciano de Antropología, aseguraba que los pobres son pobres porque son tontos. En aquel entonces esto sonaba deletéreo, no sé si hoy en día, con tanto listo forrándose, resulta ultramoderno.
De algún modo disfruté yo de una niñez y una primera juventud arcangélicas. Yo era el niño-pet, un niño-gato mal estudiante y guapito que encantaba al presunto amante de mi santa madre. Era una posición muy agradable ser el preferido de los dos. Era también una situación muy licenciosa, cosa que yo no advertía entonces. ¿Es esto, por cierto, un relato autobiográfico o un cuento chino? Contemplo mi cara en un espejo de mano oscarwildeano y no sé qué pensar. En cierto modo los tres éramos buena gente, gente bien. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué les pasó a los dos? ¿Fue culpa de mi madre o de De Breed o de ambos? Fue estrepitoso y silencioso. Se separaron un buen día, de buenas a primeras, y todo quedó patas arriba. Toda la mercancía sin vender. Toda la elegancia desbaratada. Toda la amistad, enemistad de pronto. Que fuese silencioso resultó lo peor porque yo no me di cuenta hasta que se me vino encima el catatrac. Tuve que irme a vivir con mis tíos como medida cautelar. Estos eran mi tía Rosalinda, viuda reciente de mi tío, y mi difunto tío Fernando, «el gran merluzo» –así solíamos apodarle en casa–. Pero mi tía Rosalinda le echaba de menos y le lloraba todavía al cabo de dos años de morirse.
Era evidente que mi madre había armado un escándalo público en su círculo madrileño, excluyendo a su legítimo marido primero e incluyendo a su legítimo amante, Florentino de Breed, después. La casa de mi tía, sin embargo, era aún peor. Ahí transité, orejudo y lumio, del escándalo público –que según mi madre ella misma cometía, con todo Madrid al tanto; yo lo dudaba– a la escandalización privada postcatólica. En casa de mi tía nadie quería saber nada, nadie –supuestamente– hablaba mal de nadie y mi propia tía y sus amigas y adjuntas lo sabían todo y lo cuchicheaban y lo chismorreaban todo entre ellas sin cesar. Era odioso.
Todo lo que no me había confundido ni escandalizado la liaison de Florentino y mi madre me escandalizaron elevadas al cubo las chismorrerías de las amigas de mi tía y adláteres. Lo volvían todo malicioso simplemente sentándose alrededor de sus vasos de café con leche y su plato de galletas maría de Fontaneda, que era lo único que mi tía ofrecía de merienda por las tardes. De esas meriendas participaba yo también por no desperdiciar tanta galleta. Y un día, de pronto, no sé qué me pasó, me encontré insultándolas a todas en conjunto, incluida mi tía.
–¡Víboras! ¡Sea mi madre lo que sea, vosotras sois peores! ¡Víboras! ¡No hay quien aguante en esta casa el cuchicheo escandalizador! Me largo ahora. ¡Ahora mismo me largo! ¡Ya ves tú! –le grité a mi tía–. ¡De chapero en el Café Gijón estaré más limpio que en vuestra puñetera compañía!
Y con las mismas cogí y me fui. Y volví a casa de mi madre. Lo de «chapero» era un palabro que acababa de aprender y que me parecía ferocísimo. Por eso se lo aticé a las víboras sin dudarlo.
Nunca más volvieron a cuchichear. O sí. O quizá desde aquel momento solo cuchichearon lo malcriado y maleducado y descastado que era el niño-gato. Y mi padre nunca mencionó el tema con mi madre. Y mi madre nunca habló de La Butica. Y el local de La Butica se cerró y se puso en alquiler otra vez. El almacén de atrás quedó lleno de elegantes sombreros hechos a mano cubiertos de polvo, a oscuras olvidados y tirados apelotonados en burruños en bolsas de basura negras cuando se volvió a alquilar el local.
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