Korimba

Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

manuel hernández y la insania

spanish

Save as PDF
Manuel Hernández ha mirado disimuladamente su reloj un par de veces. Van a dar las siete de la tarde. Lleva en esta habitación, en este salón-dormitorio, casi dos horas. Marcos, su amigo novelista, lleva un año metido en la cama. Al parecer no puede andar ni siquiera con muletas, y usa, para trasladarse de un lado a otro de la habitación o del piso, una silla de ruedas. Manuel le visita una vez por semana por las tardes al salir del banco. Antes lo hacía con más frecuencia y con más ganas. Lleva ya un mes de desgana que le hace sentirse culpable. ¿Culpable de qué? Culpable de no creer, para empezar, que Marcos esté realmente enfermo. Que cojee es un asunto, que esté enfermo es otro distinto, y después de un año de visitas, cada vez menos asiduas, Manuel ha empezado a pensar que la enfermedad de Marcos es imaginaria, una especie de actividad teatral que consiste en fingirse enfermo, para lo cual, quizá, necesite sentirse un poco enfermo. El propio Marcos lo ha reconocido a su manera ambigua:
–Es ya tu hora, Manuel. Llevas dos horas aquí. Empiezo a sentirme incómodo por ti.
–Por mí no te preocupes. De los dos, soy yo el que está sano y tú el que está en cama, enfermo.
–¿Estoy enfermo, tú crees? ¿No seré solo como una botella descorchada, un buen champán que ya bebimos y cuya botella hemos guardado de recuerdo? Yo soy la botella descorchada. Tú eres el que guardas el recuerdo. Pero va siendo hora, creo, de que yo mismo te salve desde este sinsentido de mi estar en la cama y estar enfermo, o estar decaído. Estoy cansado de darte conversación...
–¡Hombre, lo siento! Creí que era yo quien daba conversación.
–Al principio sí, al principio tú dabas conversación y yo estaba asustado, enfermo, pero ahora la médica colombiana que sube a verme cada quince días me dice que mi tensión arterial es perfecta, 11/6, y lo que llaman presión digital, 95. Respiro normalmente y como con apetito. Está empezando a suceder un acontecimiento negativo: que no me pasa nada. No me pasa nada y te entretengo aquí como si me pasara, soy sin querer un impostor a quien tú entretienes hablando y que te agradece el entretenimiento, pero que no lo necesita ya.
–Perdona, pero yo creo que no sabes tú mismo qué es lo que necesitas y lo que no. Yo estoy encantado de venir a verte una vez por semana y vendría más si tuvieras menos visitas, pero la realidad es que estás muy bien acompañado y tengo la impresión de que mis visitas, junto con las otras, han acabado poniéndote de los nervios. Has acabado teniendo que fingir que estás enfermo para no desilusionarnos.
–Eso que dices tiene gracia. No solo es inverosímil, sino que es falso. Pero tú dices la verdad. Tú me estás diciendo que quizá yo me estoy figurando la enfermedad que en un principio padecía y que llevo un año padeciendo y despadeciendo a la vez. A estas alturas me he curado de la dolencia y he enfermado de atención, me he vuelto un interesante objeto de atención para todos vosotros, que venís a verme y descubrís, no solo que no tengo nada que decir, nada que añadir, sino que no me pasa nada. ¿Qué me pasa entonces?
–Yo creo que has cambiado una enfermedad por otra. Las dificultades para moverte te han conducido a un estancamiento intelectual: solo puedes pensar que no estás enfermo y que lo que ahora te ocurre es imaginario, pero yo no lo creo. Pero es verdad que yo no soy médico y no tengo manera de saber en qué estado realmente te encuentras. Supongo que a tus otros visitantes les pasa más o menos lo mismo.
–Así es, y acudís a verme como un ejercicio espiritual. ¡Que por mí no quede!, parece que exclamáis cada uno interiormente. Y no queda: todos venís puntuales a vuestra hora, me preguntáis por mi salud y yo os contesto que estoy bien, y entonces me habláis de vuestra vida. Eso está muy bien. Solo que es ridículo. ¿No te parece a ti ridículo?
La habitación donde se encuentra Marcos: una habitación grande, un salón con cuatro ventanas a la calle, una terraza. En una esquina bajo una ventana tiene instalada su cama de enfermo. Ahí pasa las horas y los días. Le traen las comidas, tiene una hacendosa ayudante ecuatoriana que hace de doncella, y un amable acompañante por las noches. Está cómodo. Está a la vista que no sufre. Se ha convertido en un personaje imaginario.
–¿Te gusta cómo he decorado la sala? Tengo flores y frutos, e incluso una Pachira aquatica en la esquina. Estoy bien.
–Estás... no sé qué decir... maniático, insano...
–Oh, insano es una gran palabra negativa. Significa a la vez que no estoy sano y que no dejo de estarlo del todo. Es cómico.
–A mí no me parece cómico. Me parece preocupante. Si literalmente fuese verdad lo que tú dices, cualquier médico en sus cabales te hubiese sacado de la cama. Te dejan en la cama porque piensan que es el lugar más seguro para ti. Y lo es. Yo también lo pienso...
–¿Y hasta cuándo crees tú que durará esta situación? ¿Hasta cuándo será verosímil, autentificable?
–Si todo, es un suponer, se redujese a que estás mayor, porque eso sí es un dato indiscutible... Vas a cumplir ochenta el mes que viene...
–El presidente de los Estados Unidos, el Trump, va a cumplir la misma edad que yo y anda ocupando militarmente Venezuela. ¿Desearías que yo ocupase militarmente Venezuela?
–Me alegraría saber que estás en condiciones de hacerlo.
–No tengo una fuerza armada disponible. Ni ganas de disponer de ella para tomar Venezuela. Estoy bien como estoy.
–Pero no estás bien como estás. ¡Estás paralizado! Te has organizado para seguir así lo que haga falta. Y seguro que te puedes tirar así otro año entero. ¿Y después qué?
–Después vendrá el año siguiente.
–Eso es un mal chiste, Marcos. Tú sabes que hay dos clases de perezas distintas: hay la pereza del perezoso, que es una desgana del bien obrar, y hay la pereza del convaleciente, que es también una desgana, pero no del obrar sino del vivir.
–Hombre, eso me gusta. No tengo muchas ganas de vivir con ochenta. Podría dormirme para siempre. Entre las doce y las cuatro de la mañana podría dejar de ser, dependiendo de la cantidad de pastillas que fuera capaz de ingerir todas juntas en un momento dado.
–Eso sería terrible. No creo que tengas intención de hacerlo.
–Lo que no tengo es la decisión de hacerlo, pero sería un gran salto.
–Sería un gran disgusto para todos tus amigos. Por hablar solo de mí, te echaría desesperada, angustiosamente de menos. ¿Es eso lo que quieres?
–Eso sería bonito, sí, que se dijera: «Lo echó tanto de menos que se suicidó él mismo a continuación». Sería como una historia de amor falsificada, impostada, teatral. Sería una insania, una locura. Afortunadamente, para cometerla hay que estar loco. Y yo no estoy loco. ¿Tú crees que sí? –pregunta Marcos.
–Yo creo que no –contesta Manuel.
–Pero ¿tú qué piensas de verdad acerca de mí? Yo no sé, Manuel, si las imágenes o las ideas que tenemos el uno del otro coinciden en algún momento o son solo superposiciones rápidas, encuentros: tú vienes por aquí y me ves, y así sucesivamente las demás visitas. Ninguno entramos en detalles. Ninguno conoce al otro. En cierto modo es una imagen pavorosa de nuestras vidas. Y eso sucede porque nuestras vidas no transcurren en la realidad sino en la ficción. Somos aficionados a la ficción, herméticamente aficionados. Nos bastan cuatro trazos para tener un personaje, un interlocutor. Nos resultaría terriblemente pesado tener un interlocutor, el mismo, para siempre. Vivimos en un mundo de solteros. El soltero está suelto y bien se lame y se deja ver de vez en cuando: nadie acaba queriéndole ver más que un rato corto. Yo soy una figura incongruente que oscila entre la realidad de este cuarto y esta cama y esta ventana, y la ficción de este cuarto y esta cama y esta ventana. ¿Qué pasa cuando leemos una novela de personajes? Por ejemplo, Iris Murdoch es una novelista que crea muchísimos personajes. Sus personajes duran lo que duran las cuatrocientas o quinientas páginas de su voluminosa novela. Y mientras la leemos, y solo leemos eso, esos personajes, con sus situaciones, sus manías, sus fracasos y sus heroísmos, nos hacen pensarlos como reales. Una novela, si te fijas, es un argumento ontológico al alcance de todas las fortunas. Ni siquiera tienes que leerla, aunque es mejor que lo hagas para que la emoción sea más intensa: en la novela, en cualquiera de estas novelas de Iris Murdoch que aquí tengo, los personajes aparecen, duran quinientas páginas y desaparecen con el final. ¿Tú crees que yo soy muy distinto de eso?
–Hombre, tú eres una persona real, no un personaje: te reconoce cada día mucha gente. E incluso si no fuese así y no te reconocieran cada día, no serías un personaje de ficción. Serías un ser humano, un individuo real, un solitario. En cierto modo inagotable, imprevisible, cuyos cambios de humor y de actitud, por bien que te conozcamos, siempre nos sorprenden...
–Entonces, ¿tú, Manuel, mides la realidad o la irrealidad de tus amigos por lo que te sorprende de ellos de pronto? ¿Te sorprende que se enfaden por una cosa que no te enfada a ti, o que no les guste una comida que te gusta a ti? A mí me sorprende la gente a la que no le gusta el pescado y nunca lo come. Es un asunto superficial. Qué más da: el paladar se acostumbra a unos sabores u otros, a unos olores u otros. He conocido a niños muy pequeños que ya eran carnívoros, y a otros que ya eran vegetarianos, pero, naturalmente, eso no es cuestión de tener una esencia u otra, es cuestión de costumbres: nos acostumbramos a una cosa o a otra. Costumbres, decía Rilke, no tenemos suficientes costumbres: ¡todo pasa y muere hablándose! Cuantas menos costumbres tienes, más ficticio te vuelves, Manuel. Y al revés. Yo mismo me he vuelto fantasmal y ficticio a fuerza de querer serlo siempre, o de describir siempre situaciones inesperadas, fantasmales. ¿Qué te parece esta nueva teoría de la narración?
–Pues me parece efímera. Si damos unas cuantas vueltas a estas cosas que dices, aparecerán individuos reales, más o menos ilustrados, más o menos leídos, más o menos reales, porque la realidad de los individuos se da a cada cual por grados.
–No me creo, Manuel, que tú creas que eres más ficticio que yo, o menos; no creo que la distinción entre personaje e individuo concreto pueda formularse así. Los personajes, por reales que nos parezcan, solo viven en los libros o en las películas o en las voces de los guiones radiofónicos. Se parecen, si están bien hechos, a nosotras las personas reales, pero son ficciones. Son entes de ficción. Quod est obiective tantum in intellectu. Que el licenciado Vidriera se creyese de vidrio no es solo una ficción. Hay personajes psicóticos que se sienten así. Frágiles, quebradizos, de cristal, de vidrio. ¿O no?
Manuel se sintió en ese momento cansado y a la vez excitado por el argumento de Marcos. Es cierto que si descontamos ciertas inefabilidades, individuum est ineffabile, los seres humanos nos parecemos mucho unos a otros. Nos reconocemos de inmediato a simple vista como un hombre o una mujer, o incluso como un inglés o un francés, o un americano o un chino o un indio con turbante: somos iguales, y alguien malicioso puede decir: «Sois muñecos iguales». Estamos en un gigantesco kindergarten y niños escondidos en las nubes o detrás de los árboles tiran de nosotros, nos empujan. Pero esos niños serían reales entonces. Serían ángeles de la guarda, que no han sido nunca reales propiamente hablando. Quizá cuando decimos que alguien es ficticio e impresionante queremos decir que es angélico: «No es de este mundo», decimos a veces. Las personas muy guapas o muy llamativas nos parecen angélicas o demoniacas, demasiado reales para ser reales. Si nos atenemos a la lectura del Nuevo Testamento podríamos decir que a Jesús de Nazaret le faltó realidad humana y por eso no pudo mostrar que tenía una realidad divina. ¿Le faltó realidad humana o le sobró? Sin lo humano no vemos lo divino. Y lo divino solo nos preocupa relativamente. Solo nos preocupa cuando alguien dice que lo es o alguien cree que lo es y fantasea o hace cosas contra nosotros. Un asesino, por ejemplo, que mata a un viejo para robarle cien euros nos parece demasiado maligno para ser del todo real, del todo humano; nos parece incomprensible, y nos resulta incomprensible ponernos en sus zapatos, como suele decirse en Inglaterra.
–O sea, Manuel –dice Marcos–, que tú mantienes esa distinción entre persona y personaje, entre persona real y persona ficticia, como una distinción teórica que no aplicas después en la práctica. Te basta con que una persona sea medio real, o lo parezca, para que tú la pienses como una realidad completa. La ley de la perspectiva te ayuda a completar lo poco o mucho que conoces de una persona incluyéndola en una perspectiva más amplia: es uno de mis amigos, o es uno de tal pueblo, o es un francés. Y luego está que todos vivimos de realidades, pero no podemos vivir sin ficciones. Por ejemplo, todos tenemos que tener una imagen del bien, un bien mayor sin el cual nada puede pensarse, que participa o se derrumba sobre todos los pequeños bienes que nosotros tenemos. Cualquier cosa bella requiere de la idea de belleza. En el fondo todos somos platonistas, infecundos discípulos de Platón.
–Lo que estamos aquí debatiendo –dice Manuel– es si tu enfermedad es real o fingida. Y si es fingida, el problema no es que la finjas, sino que la ficción te posea. El problema es ser ficcionado, imaginado, tratado como una presencia imaginada. No creo que yo haga eso contigo. Pero acaso tu manera de estar enfermo, ese padecimiento psicosomático, ese padecimiento sin nombre que tú tienes, consiste en hacerme creer a mí que es debido a que estás loco: un loco hace a otro loco.
Save as PDF