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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

osito diosito

spanish

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Aquel febrerillo loco anduvo loco hasta el 28. La locura procedió del abuelo Carlos, que se despertó un buen día loco de remate, y la reeducación la proporcionó una coalición precipitada de sus tres nietos.
El abuelo se despertó el 1 de febrero más paticojo que de costumbre, de peor humor que de costumbre, y por culpa de un mayor estreñimiento que de costumbre anunció que prefería cagarse por las patas abajo, como, según dijo, dicen en Canarias, que ese estreñimiento multisecular que venía padeciendo todo enero.
Los cuatro formaban una familia atípica: a cargo del abuelo Carlos, que era un celebrado narrador, estaban los tres nietos, que tenían fama de buenos lectores y malos estudiantes.
–Nosotros, abuelo, no estamos aquí para que nos preguntes si hemos copiado como nos mandaron las tediosas láminas de dibujo artístico, o si las hemos calcado en el cristal. Y no estamos aquí para que te venga el tedioso padre Manzanares a contarte que no hace carrera de nosotros. Y Maritere no está aquí –Maritere era la tercera nieta por parte de la hija del abuelo Carlos– para que la madre Celestina del Corazón de Jesús venga a decirte que el último novio de Maritere era el chico de la limpieza...
–La madre Celestina –intercaló Maritere aprovechando la ocasión– tiene mucho que purgar. ¿A qué anda ella viendo a ver si tengo un novio o dos o tres o seis, o estoy por quedarme a vestir santos? ¿Por qué es tan infiernina la madre Celestina, abuelo, tan chismosa? ¡Pues porque la consientes tú!
Fernando y Maritere estaban a punto de acabar sus denuncias a gritos. El abuelo Carlos estaba sentado en la cama deshecha, en pijama, descalzo, y parece ser que dijo varias veces: «¿Me dejáis hablar?». Ninguno de los tres nietos allí presentes tenía intención de hacerlo hasta que oyese lo que tenía que decir el tercer nieto, Felipe, que tenía un porte más regio que los otros dos y le llamaban de broma «Felipe II, el Rey Prudente»; en esa ocasión dijo:
–Lo que yo tengo que decir, abuelo, es que estos dos bocazas se van a callar, tú te vas a poner tu bata y tus zapatillas y vas a bajar a tomar el desayuno. Eso es lo que yo tengo que decir. Una vez después de eso, vuelve a escuchar, si quieres, a estos dos querulantes. Así que vamos.
Los querulantes le acercaron por fin las zapatillas y le echaron el batón por los hombros, y levantaron al abuelo de la cama entre gruñidos. El abuelo a ratos parecía un poco osezno. Gruñía como un osezno y podía liarse a zarpazos con los nietos, o animarlos. Era en resumidas cuentas el peor y más injusto educador posible, quitando que tenía a su manera gracia y los nietos le reían las gracias, a la vez que le daban empujones. El propio Felipe II, viendo las trazas de la situación, le impulsó con fuerza para que se decidiera a bajar las escaleras. «¡Que me vas a tirar por la escalera, ten cuidado, soy un pobre hombre mayor! ¡Estamos buenos en la casa esta!», dijo el abuelo. Al oírle decir esto los tres nietos cantaron a coro:
En esta casa vivimos los feroces,
más feroces nietos de Las Hoces,
un pueblo de quinientos habitantes,
porque hemos asesinado a los restantes,
oe, oe, oe, viva el ron.
El desayuno del abuelo consistía desde hacía muchos años en tres huevos fritos, uno por nieto. Más una buena raja de tocino blanco con su corteza que daba gusto ver freírse. A la vez tomaba un tazón de café. Y, en ocasiones, dos, y también sopas de pan del día anterior. Pero el segundo tazón dependía del humor con el que había tomado el primer tazón y los huevos. Los tres nietos se sentaron alrededor de la mesa a contemplar cómo el abuelo tomaba el desayuno y a discutir si era un cochino o no untando el tocino en el pan.
–Aquí cochinos –sentenció Maritere–, sin maneras en la mesa, somos un poco todos. Tú, Fernando, que eres el pirata, eres el más cochino de los tres. Yo soy medio cochina y Felipe II casi fino, por eso es el rey.
El rey contempló a sus hermanos de reojo. Era el que más se parecía al abuelo Carlos. Ese parecido era muy chocante porque el abuelo Carlos en aquella época había cumplido ya los ochenta y Felipe andaba por los quince. El parecido que le había quedado eran las formas de los huesos de la cara, la misma cara en viejo y en joven, los mismos rasgos expuestos a los ochenta y a los quince. Eso hacía del abuelo Carlos un viejo relativamente guapo y de Felipe un chaval relativamente aviejado, que tenía rasgos demasiado solemnes, como correspondería a un rey de los Austrias. Eran regios.
Irse a vivir a casa del abuelo era a consecuencia de la movilidad de sus padres. No se les podía dejar solos, a los dos chicos y a la chica: había que tenerlos arreglados, comidos; tenían que estudiar, tenían que tener una figura de respeto y una casa respetablemente organizada, y la casa del abuelo estaba organizada y el abuelo a su manera era respetable, pero su temperamento era saltón: de alguna manera era joven para su edad, y ser joven implicaba ser un tanto imprevisible, y quizá caprichoso. De lo que más se resentía era de que le dejaran solo, pero a veces los tres nietos tenían que irse al colegio y entonces los sustituía una antigua doncella, doña Genoveva, con quien se llevaba bien, pero que le daba una conversación melancólica.
–Nos estamos quedando solos, don Carlos, usted y yo. Es como si estuviéramos al borde de un agujero y nos fuésemos resbalando hacia abajo, uno tras otro.
–Bueno, chica, pero eso también tiene su gracia, a ver cómo es el otro lado –comentaba el abuelo, más que nada por despejar el convencimiento metafísico que tenía esa mujer del final de todas las cosas.
–Todos desaparecen, don Carlos. Preguntas por cualquiera y te dicen «No, ese ya murió», y no te habías enterado. ¿Por qué no te habías enterado? Pues porque da la casualidad de que a nuestra edad ya no nos interesa enterarnos, don Carlos. Estaríamos mejor del otro lado que de este.
–Ya sé que este es tu tema, Genoveva, pero es un tema del cual no puede tener idea ni tú ni nadie. No tenemos una idea del más allá, aparte de lo que siempre se nos ha dicho. Salimos de aquí y nos llevarán de alguna manera, seremos arrastrados a otro aquí en donde seremos o no seremos conscientes, seremos o no seremos cuerpos, tendremos o no tendremos compañía. Se dice «con los mismos cuerpos y almas que tuvieron», pero ¿eso quiere decir que va a estar el cielo lleno de octogenarios? Todos somos viejos y yo tengo la suerte de que mis nietos son jóvenes todavía. Son pesados a ratos, pero en general incluso cuando son pesados son alegres de ver. Da gusto verlos. Y da pena vernos a nosotros al borde del hoyo, pero todavía afuera, tratando con dificultad de llevar nuestras sillas de ruedas lo más lejos posible del agujero.
–Está usted hoy deprimido, don Carlos. Usted está de buen humor habitualmente, pero hoy está deprimido. ¿A qué viene eso?
–No estoy deprimido, pero estoy aburrido de mis achaques. Estos días, por ejemplo, se me hinchan las piernas, vete tú a saber por qué. En sus diarios de hospital cuenta Thomas Mann que se le hinchaba una de las dos piernas, no recuerdo cuál, desmesuradamente. Sería que tenía retención de líquidos Thomas Mann al final. En mi caso es eso, tengo retención de líquidos y tengo que tomar una pastilla que me tiene en vilo todo el día con el pis, ¿tú entiendes esto?
–Mire, don Carlos, yo entiendo lo que puedo, que no es mucho. Entiendo que hay que aguantar, y eso quizá tampoco sea mucho, pero nos parece mucho a cada cual, y a veces nos cuesta distraernos. A veces, por ejemplo, yo no tengo adonde ir, no tengo muchas amigas, he trabajado toda mi vida y no tengo muchas amistades, y las pocas que tengo están ocupadas. Y entonces me quedo sola en mi cuarto oyendo traquetear la lavadora durante toda la mañana. A mí me gusta, por ejemplo, venir a acompañarle a usted: es una distracción, y usted es entretenido y divertido.
–¿Estás segura de eso?
–Estoy segura de divertirme con usted. Cambiar de idea, por ejemplo, es muy importante. Cuando estoy sola me cuesta mucho trabajo. Vuelvo una y otra vez sobre lo mismo; en cambio, al entrar aquí y estar con usted, tengo que concentrarme en otra persona, en otra cosa y en otro modo de vivir. Y el modo de vivir suyo ha sido y sigue siendo muy especial para mí. Usted ha sido un aventurero y un sabio y un artista, todo en uno. Y sin que se lo proponga todo eso va saliendo, lo va contando usted, lo va recontando... Como Sherezade. Un estilo así, pero menos historiado, menos fabuloso, más cotidiano. Entre lo que usted dice y lo que yo vivo hay continuidad; aunque no venga todos los días, vivimos una vida parecida, comemos comidas parecidas, tenemos problemas de salud parecidos, a mí también se me hinchan las piernas...
–Sí, eso es verdad. Yo he vuelto al orinal. Odio eso.
–Ya... Pero lo lleva usted bien: para no darle vueltas se ayuda usted de sus nietos, y así les ayuda a ellos. Cuando yo vengo aquí usted sin darse cuenta me ayuda a mí; no me refiero al salario, me refiero a la conversación, a la incesante conversación remansada que tenemos siempre. Yo lo considero una gran suerte: poder venir, quiero decir...
–Por poder podrías venir todos los días, lo que pasa es que la mayoría de las veces andan los nietos por aquí y con eso tengo suficiente. Contigo en cambio tengo un espejo, una imagen de mí mismo ajustada a mi tiempo, más verdadera que la juventud de mis nietos, que me distrae, pero que no me refleja, y hay días que necesito reflejarme en algún rostro humano: «No es ya mi grave enigma este semblante / que en el íntimo espejo se recrea, / sino el misterio de tu voz amante». Aunque no sea tu voz cotidiana, es refrescante, es el infinito presente. Tú eres el infinito, Genoveva. Y mis nietos son el mar, que es el infinito viviente. Así que tengo una vida infinita ahora mismo, una vida llevadera; no necesito ser feliz, solo llevar una vida llevadera, y tener tres nietos y tenerte a ti para que organices la ropa blanca y las mantas y las comidas y las meriendas y las cenas. Tú lo organizas todo en un momento y vienes a sentarte aquí conmigo. Eso es lo mejor de todo. ¿Te casarías conmigo, Genoveva, si tuviéramos la edad apropiada?
–No, don Carlos, no me casaría con usted ni harta de vino.
–¿Por qué no, si puede saberse?
–Porque, para ser francos, usted es un viejo guapo, de buen ver, pero muy pelma. Si me casara con usted me tendría pendiente las veinticuatro horas, y a mí me gusta disfrutar de mi libertad condicionada. Me gusta el sueldo que cobro aquí, y me gusta tener mi piso y mi libertad condicionada, que básicamente consiste en ir de compras, visitar a las amigas, que son una o dos, y, por cierto, volver aquí y verle a usted y trabajar en su casa cada día. Y me gusta cobrar por trabajar todavía a mis años, y me gusta saber que soy útil, porque soy útil: no sería útil de casada. Soy útil tal y como soy ahora.
–Y dime, Genoveva, ¿a qué llamas tú ser útil de casada? Tú eres útil de soltera, lo eres, y de casada serías doblemente útil porque estarías todo el día pendiente de mí.
– Ahí lo tiene usted, don Carlos. Eso sería un error. Eso le volvería un niño mimado. Produciría irrealidad, y al final desafecto. El afecto requiere una cierta distancia, a diferencia del matrimonio, que requiere una considerable dosis de posesión.
–Entiendo más o menos tus palabras, pero el supuesto de lo que dices es que los matrimonios dejan de quererse con el tiempo. No se separan, se sobrellevan, pero han de necesitarse, han de quererse. Eso no es fácil de precisar. Mi idea del matrimonio es claramente una idea de viudo. Yo echo de menos el matrimonio porque mi primera mujer, a quien quise mucho, murió muy joven. Entonces he conservado una especie de ideal platónico del amor conyugal, que es amistad, que es conllevancia, lo que tiene que ser también ternura y amor físico de alguna manera. Y te tiene que gustar acostarte con tu mujer, aunque sea solo eso lo que hacéis, acostaros, dormir un poco. ¿Tú dirás que esto es una idea ramplona de la felicidad conyugal?
–Lo que digo es que no es que sea una idea ramplona, es que de algún modo es melancólica, como si todas las sorpresas se hubieran suprimido ya, y todos los encantos fueran ya innecesarios, y que tu mujer se vista para cenar o que nos vistamos los dos para cenar ya dé lo mismo. Y no da lo mismo. Pero eso lo tiene usted conmigo: yo vengo muy pizpireta, muy mona y muy arreglada a trabajar a su casa, ¿o no?
–Sí que vienes pizpireta y mona, pero trabajas demasiado, en vez de sentarte y charlar, que es lo que a mí me divierte.
–Eso es corregible, don Carlos. Pero si luego las cosas se quedan sin hacer, y se quedarán, porque esta casa da trabajo, la culpa será suya, no mía.
–Oh, la culpa, la culpa. ¿Tendrán mis nietos noción de culpa? Yo sí la tengo, y tú también, pero ¿mis nietos? En realidad son angélicos los tres, esos niños y la niña: ángeles traviesos, sobrenaturales.
–Esa es una bonita idea, don Carlos: que una naturaleza humana juvenil nos parezca sobrenatural es muy natural, y alegra la vida. ¿Quién es el más sobrenatural de sus nietos según usted?
–La más sobrenatural es Maritere. El más natural es Rodrigo, el del medio. Y el mayor es el más regio; también el más guapo. He tenido suerte con ellos.
Genoveva vuelve a pensar una vez más en la extraña estructura de la familia de don Carlos. ¿Dónde están los padres de los tres nietos? La impresión que se tiene es que los padres no cuentan: solo el abuelo y ellos mismos. ¿Es eso natural o es el fruto de una vieja quiebra matrimonial, una pareja fallida que acabó yéndose cada cual por su lado y dejó a los niños a cargo del abuelo? Eso estaría bien, piensa Genoveva, pero ¿no sería triste si así fuera? Una vez más se dice a sí misma que, salvo que directamente se lo cuente alguno de ellos, nunca se enterará de la verdad porque sería una grosería hacer una pregunta en ese sentido. «En esta casa hay lo que hay, y es alegre, y es de sobra.»
–Siento, Genoveva, una alegría irreprimible al estar contigo, que estemos aquí los dos es una alegría irreprimible, pero te acordarás de que los viejos filósofos pitagóricos griegos, los presocráticos, nos previnieron expresamente contra ella: «¡Que no te posea una alegría irreprimible!». Siempre me ha escandalizado esa frase porque en mis buenos tiempos, y estos de ahora lo son, he procurado tener y he procurado sentir una alegría irreprimible por casi todo. ¿Por qué nos dijeron los pitagóricos que fuéramos cautelosos, precavidos? ¿Por qué tendría la alegría que ponerse un bozal? ¿Por qué tiene un perro que ponerse un bozal?
–El caso del perro, don Carlos, es fácil de entender. Los perros grandes pueden ser peligrosos, incluso sin proponérselo. Y nosotros, los humanos, ¿sabemos ser alegres? Cuando lo somos, ¿tenemos de verdad capacidad para dejar de serlo? ¿No es demasiada alegría cualquier alegría? ¿No sería mejor para usted y para mí ser circunspectos?
–Si fuésemos circunspectos, no nos poseería nunca una alegría irreprimible. Estaríamos alegres, pero a la vez en suspensión, a la espera de desalegrarnos. Como si la tristeza fuese un enterramiento, una opacidad insalvable. Y es verdad que es eso la tristeza, y es verdad que nos embarga con frecuencia, y es verdad que instintivamente controlamos nuestras alegrías: por eso hablamos de bienestar más que de alegría, porque la palabra alegría contiene un dinamismo infinito, una continuidad pura y eterna que, por supuesto, no es cosa nuestra. Los pitagóricos eran geómetras, científicos en ciernes, matemáticos, calculaban y controlaban el mundo. Hay alegría y terror, en cambio, en la tragedia, hay entusiasmo y muerte, alegría y dolor a la vez...
Genoveva ve cómo don Carlos se atasca en este asunto. Ella misma, al acompañarle, se atasca también: ¿cómo se sale de ahí? Para poder pensar en una alegría incesante hay que poder pensar en un ser incesante. ¿Y quién es incesante? El ser necesario es incesante o lo sería si existiese, y para nosotros sería espléndido ser sus criaturas, participar en su incesantía. ¿Participamos nosotros en la incesantía del mundo? ¿Qué significaría ser incesantes? ¿Estar a salvo de la muerte? Pero no estamos a salvo de la muerte: somos seres para la muerte.
Este cuento no se acaba nunca. Yo al menos no sé acabarlo. Por eso lo dejo aquí. Más adelante intentaré enfrentarme con la incesantía del mundo que tenemos alrededor, con la incesantía del corazón humano, que es, por supuesto, obviamente cesante. ¿Qué alegría incesante puede tener un corazón cesante?
Don Carlos está acostumbrado a charlar con Genoveva. De esas charlas salen ocurrencias brillantes a veces. Es como si Genoveva no tuviese un sentido de la verosimilitud, como si creyese que lo inverosímil es verosímil a la vez. Esa tendencia, aunque podría ser desesperante, siempre le ha parecido reconfortante a don Carlos. Hace que tenga él también ocurrencias inverosímiles. Ahora se acuerda de un osito de peluche que tuvo. Y, a la vez, de una doncella ecuatoriana de por aquella época que hacía un uso habitual del diminutivo ito; así, decía «el gatito», «el diosito». Había cosas en aquel tiempo que había que hacer porque el diosito quería que se hicieran, y de alguna manera don Carlos recuerda que el osito era el diosito y el diosito era el osito, y recuerda que eso le hacía reír.
–Igual, Genoveva, el osito aquel es el diosito aquel: sería un caso en que utilizar un diminutivo infantil para enunciar el nombre de Dios estaría justificado por mi edad y la gracia de...
Lo chocante era que la disminución del nombre de Dios acercaba a Dios: Dios era el diosito, el osito Dios, porque entre sus atributos estaba el que se metía en la cama con don Carlos, que entonces era Carlitos, y se abrazaban hasta dormirse los dos: osito diosito, decía Carlos. Era un ensalmo que le dormía o que le tranquilizaba, o que le parecía verdadero: si era verdad que Dios bajó a este mundo y se hizo hombre, ¿por qué no iba a ser verdad que bajó a este mundo y se hizo juguete? La palabra diosito ¿no evocaba realmente al propio osito de felpa rubio con ojos de cristal marrón, que se podían meter y sacar, y que se dormía a la vez que Carlitos? Todo eso era una chiquillada, una insensatez, un privadísimo recuerdo sin sustancia teológica. Pero sí tenía una cierta consistencia anímica. Don Carlos, Carlitos, era en aquel entonces un niño, y solo podía representarse un Dios a su medida, una criatura articulada tan grande como él mismo que le abrazaba con dos brazos peludos y unas manitas de trapo sin dedos. Había en aquel tiempo un comprador callejero que iba por las calles canturreando en voz alta: «¿Hay quien vendi algo por ahí? Todu se compra». Y el padre de Carlitos, que no estaba en el ajo de la educación del niño (casi no estaba nunca en ningún ajo del corazón: era un hombre poderoso como es debido, creíamos todos, un hombre serio), dijo un día: «¿Por qué no vendemos al osito, que se está volviendo un juguete ya viejo?». Y don Carlos recuerda todavía que en aquella ocasión nada impedía coger el oso de una pata y bajarlo a la calle y vendérselo al trapero, esa catástrofe podía ocurrir; solo supondría quitar un juguete viejo de su cuarto de estar, y probablemente le regalarían otro parecido pronto: un caballo de cartón piedra, por ejemplo. Don Carlos se asoma ahora a un pasado definitivamente profundo. ¿Hasta qué punto una representación de un animal en realidad peligroso se ve convertida en una imagen de un animal cariñoso que se duerme a la vez que el niño? En un mundo infantil eso era comprensible, en un mundo adulto era más o menos una guarrada: el osito había acabado estando francamente sucio, el osito era un diosito sucio de arrastrarle por la casa y de llevarlo siempre encima, un trasto. Ese fue, que don Carlos recuerde, el terror más grande de su infancia, el más punzante: que su padre desbaratara de un golpe su relación profunda con el osito diosito.
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