retrato breve del remoto actor-autor
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Se sabía que llegaban muy cansados esa tarde. El incipiente actor no podía evitar pensar en eso. Tampoco se podía en la cocina, en el cuarto de plancha, en el dormitorio del servicio, ese del armario blanco al final del pasillo de atrás, frente por frente del cuartobañón convertido en lavadero contiguo a la despensa y al obturado ventanal del amenazante ascensor. El cuarto de plancha puesto a punto, la gran mesa de plancha libre del cesto de la ropa y de las mudas. Y la gran cocina de carbón y gas ciudad que calentaba también el agua de los baños de los señores de Fräulein Maria y de Alvarito.
La calle de delante era el Muelle 35, el paseo de Pereda, calle esta que daba a la bahía y que tenía un gran interés sociomercantil. Pero lo más interesante, lo suyo, era la calle de atrás, que daba al despellejado bar de Las Olas, el mundo exterior, tan remoto este como la remota niñez del actor. Desde la ventana de la cocina podía espiarse a las pescaderas airosas con sus cestos en la cabeza anunciando con poderosas voces las sardinas frescas. Cuarentonas la mayoría como Manuela, la cocinera, con sus moños repicados y sus grandes pechos y sus grandes culos, musculadas como atletas de edad madura. Niñez y madurez se combinaban graciosamente a ratos, ásperamente a ratos, en los cuartos de atrás, en la calle de atrás, que el actor, para su capote, esperaba siempre ver con lluvia o con lluvia recién detenida, mojada por la lluvia, como la cubierta de las «parejas» amarradas provisionalmente en la dársena de Puertochico. Fue a la vez un tiempo de intensa exterioridad –el mundo exterior, con su explosividad fascinante y local, te entraba por los ojos–. «Somos de Santander y aquí no hay más que hablar», pensaba yo al hilo de la cancioncilla popular que decía lo mismo. Y a la vez era el tiempo del recogimiento sin palabras. El incipiente actor era un incipiente autor que suspendía cinco asignaturas en junio y que llenaba la revista del colegio de los Padres Escolapios con dos o tres colaboraciones mensuales. Era el tiempo del padre Constantino y del padre Manuel Sedano, que no entendían cómo un estudiante tan mediocre como el actor prometía ser un autor tan prometedor y prolífico al mismo tiempo. Era un tiempo de incómoda responsabilidad mientras los señores estaban en casa y de deliciosa irresponsabilidad escolar cuando se iban. El autor-actor ¿empezaba a ser un sinvergüenza? Lo cierto es que su pluma cubría vastos espacios: el teológico bajo el pseudónimo de doctor Corazón y el filosófico-literario –dicho sea esto grandilocuentementecon las demás colaboraciones bajo su propio nombre y apellidos. Tendría entonces entre trece y quince años. Resulta difícil ahora, a los ochenta y seis, precisar más. Se puede precisar, sin embargo, lo impersonal vivamente recordado, emborronado por su propia viveza y por el sentimiento de sorpresa que le producía la capacidad de escribir habilidosamente, tramposamente, que le hacía sentirse ya un escritor de verdad, tan de verdad como Alfonso Peña Cardona, el escritor y poeta oficial del colegio de los Padres Escolapios de Santander.
¿Por qué se llama aquí actor a aquel Álvaro de los trece, catorce o quince años? No era todavía un autor, eso está claro, pero ¿por qué se consideraba a sí mismo un actor? Se lo consideraba porque disimulaba, fingía ser un personaje y mentía. Mentir era considerado en su casa un gran vicio. Al revés que la Iglesia católica, que consideraba en aquellos tiempos que el gran vicio era la sexualidad incontenible. Los pecados de la carne. Mentir implicaba, como mínimo, una duplicación de carácter. Fingía, por ejemplo, querer a sus padres, a quienes temía y no amaba. Amaba a Fräulein Maria y a Manuela y al criado-actor, un intérprete muy de segunda fila de Madrid que a su vez amaba a otro actor muy de segunda de Madrid también. Este actor que entró en la casa a título de «criado», como se decía entonces, y cuyas obligaciones eran básicamente teatrales –servir la mesa, bajar y subir las maletas cuando los señores llegaban, hacer unas pequeñas reverencias mientras le hablaban o al despedirse de quienes le habían dirigido la palabra–, era fascinante: le lloraban los ojos. Daba la impresión de tener un alma líquida, una cierta especie de mercurio que no le garantizaba identidad ninguna porque su única identidad era haber sido y querer seguir siendo un actor de segunda fila. Era difícil entender en aquel tiempo cómo una persona tan insegura de sí misma podía estar segura de que interpretaría con exactitud varios papeles. Uno de ellos, como es natural, ser un criado del Palacio Real. Al Alvarito de aquel tiempo le parecía un hombre enamorado y bueno y flotante que solo había encontrado su identidad en la sucesión de sus papeles, que entonces eran ser un criado en el Muelle 35. Parecía una criatura de Dios, un gato callejero, un perro callejero, una polilla obstinada. Su labilidad era compatible, sin embargo, con cierta especie de bondad, un inclinarse, con reverencia incluida, ante todo el mundo dándoles la razón a todos, a esas razones sentimentales que todos, en aquel tiempo, llevábamos en la cabeza como adminículos inservibles constantemente utilizados. Vivíamos de sentimientos, de figuraciones, de apariciones y desapariciones, como personajes de una remota acción teatral. Por eso yo mismo me consideraba un actor antes que nada. Cualquiera podía pensar de mí cualquier cosa, que yo me apresuraría a confirmar que eso era justo lo que era. Pero lo cierto es que nadie puede acomodarse a las condiciones de todas las miradas que le miran, sean pocas o muchas. Solo puede fingir que accede al corazón ajeno. Pero no accede porque él mismo no tiene todavía corazón, solo impulsos. ¿Es esta la descripción de un psicópata de catorce años? En aquel tiempo yo me sentía desencuadernado y a la vez poderoso solo porque acertaba a escribir artículos y poesías igual que Alfonso Peña Cardona. Alfonso Peña era el modelo a imitar cuando quería ser o trataba de ser un joven personaje público. El padre Constantino llegó a decirme:
–Pombo, a ti te dirige alguien seguro.
Yo le dije:
–No, padre, a mí no me dirige nadie.
Y era verdad. Nadie podía dirigirme porque yo era instantáneamente adaptable. Encarnaba todas las figuraciones de mí mismo que los demás hacían de mí. Era un niño viejuno, un joven viejuno: era un falso. Pero ¿cómo iba a ser un falso si todo lo que pasaba por mi corazón y mi cabeza parecía verdadero? «El yo es todo», había leído en el manual de filosofía, e inmediatamente me lo había aplicado a mí mismo. Yo soy el yo que lo es todo a la vez y por consiguiente nada en especial. Luego aprendí otra frase, de Keats, el poeta romántico inglés: «Yo soy el camaleón poeta». Yo era un camaleón también, que cambiaba de colores casi sin darme cuenta. A diferencia del camaleón, que quizá no tenga conciencia reflexiva, yo sí la tenía en aquel entonces, como una aguachirle venosa. Daba la impresión de ser un buen chico y era a la vez un mal chico. Pero eso hacía que me sintiera impredecible e indefinible: justo como el camaleón poeta de Keats, justo como Alfonso Peña Cardona, que recitaba poemas propios en todas las festividades colegiales.
Las cosas cambiaron. Las cosas cambiaron de medio a medio cuando me vi interno en el colegio San José de Valladolid repitiendo el quinto curso de bachillerato y disfrutando mucho de los entretenimientos de los internos. Comíamos bocadillos de anchoas en la tienda del Sabas. Desde el punto de vista pedagógico, el colegio de los Jesuitas era más realista. No había que fingir nada delante de nadie. Formé parte de un círculo teatral e interpretábamos obras como La venganza de don Mendo. Me volví un personaje popular para los chavales de los cursos anteriores al nuestro. El teatrerío me vino muy bien para convertirme en un personaje real. Y ese fue uno de los factores –aparte de la tutoría de José María Cagigal– para que mi madre y yo iniciáramos una relación entretenida y fecunda lejos de Santander y del mundo infantil del Muelle 35. Mi madre resultaba ser una mujer trabajadora, emprendedora y muy inteligente. Hablábamos mucho ella y yo. Esto fue parte para que mi postureo como artista o escritor se acabara. Tuve un final de bachillerato, de primera juventud, con modestos resultados académicos a la vez que descubrí a los diecisiete años que mi madre era una mujer muy elegante y muy guapa. Tengo unas pocas fotos donde salimos ella y yo bromeando con un buitre disecado de por medio.