terra nullius
spanish
No es obvio que la memoria sea tierra de nadie. Cada cual tiene la suya propia, así que hay en el planeta Tierra millones de memorias activas en este mismo instante. El hecho de que, en mi caso particular, me parezca que no hay nada en mi memoria privada, o más bien que está todo ahí deshilachado, fantasmal, y el hecho concomitante de que tenga yo la sensación en ocasiones de recordar mucho sin recordar nada en concreto –recuerdo los nombres, las situaciones de personas con quienes conviví durante muchos años y a la vez no los recuerdo bien del todo–, son memorias deshiladas. Ahora me esfuerzo en acordarme de Nacho Collantes. Recuerdo mis sentimientos, pero no le recuerdo a él claramente, y eso me deja un recuelo de angustia, un poso de melancolía que no acabo de saber manejar. Para apartarla ahora, escribo lo que sigue. Me acuerdo de él como me acuerdo del chinchorro de tío Pedro Escalante amarrado a la «corza». Salíamos a pescar maganos las tardes lluviosas y el bote nos seguía, verdiblanco, dando saltos de pez recién pescado en la espumeante estela de nuestra motora. Todo se me va volviendo ahora un ultimar. Un ultimar los cuatro trastos que me quedan, mis papeles inéditos, por suerte, por el cuidado premioso y racional con que fueron escritos, guardados, olvidados hasta hoy. Hoy son los últimos años, meses o semanas, según vaya viendo el Dios del corazón, el inasible Dios deshilado también en mi memoria.
No pudo ser más precisa la muerte cuando dijo: «Ahora tú». Y respondí yo: «Ahora yo, faltaría más». ¡Oh, inoportuna hermana, cada día más guapa y más vistosa, al revés que yo mismo! Ninguno de los dos tenemos ni hemos tenido nunca mala leche y sí que somos los dos indivisibles, solo que yo he de precederte y tú, como quien lava, has de matarme. Dados la muerte y yo a un tiempo, no hay mala voluntad en ningún lado. Tú contaste conmigo y yo contigo desde el 23 de junio de 1939. Hasta la fecha, los dos fuimos puntuales, y aún lo somos. Fuimos y somos los dos soldados figurados de una guerra que era continuamente imprecisa en aquel entonces y aún en este ahora. Imposibilidad de captar como un todo inclusive la más mínima parte de mi vida. Recuerdo que Nacho y yo nos escribíamos cartas. No quiero decir que me acuerde de su contenido. Quizá no era más que el propio sobre que llegaba en agosto a la Dehesilla con sus sellos de Franco de perfil con gorra cuartelera en distintos colores, según los céntimos de las distintas distancias. Y recuerdo su letra juvenil con la portentosa sombra aún de los palotes. Hace poco, tal vez un año o dos, nos encontramos envejecidos en un bar-restaurante de la calle Serrano, off Serrano. Esa fue la última vez, en un bar-restaurante abarrotado, donde almorzamos sin decirnos gran cosa. Antes y después de los dormitorios que daban al Patio de Columnas, los dos fuimos valientes, comprendiéndonos a la vez que ignorándonos. ¡Había mucho que hacer domingos y festivos! Las dos figuras que recuerdo, Urzáiz y Cagigal, han fallecido ya. Ya no hay testigos. Hemos acabado los dos bien, al parecer, tan alejados a lo largo de los años como entonces nos alejábamos durante todo un mes los veranos de agosteros y de áridos. A bordo iba yo en las eras de un trillo que arrastraron sucesivas mulas de carga ensangrentadas de tábanos y blasfemias. ¡Oh, muerte, no me enfermes tanto tan pronto que no pueda recibirte en pie, en posición de firmes, oír a lo lejos las últimas salvas de ordenanza! Nacho y yo nos conocemos bien desde hace mucho. Ninguno de los dos lloriquearemos a la hora de la muerte.