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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

un encuentro con henry james

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La clave de mi entusiasmo por Henry James, tanto el joven como el intermedio como el último, procede de la idea de la maravilla del estar siendo consciente en todo: «The wonder of consciousness». Lo que Henry James quiere a todo trance es incrementar y refinar la atención cuidadosa de sus lectores, y en esto otra escritora inglesa de finales del siglo xx, Iris Murdoch, se le parece mucho. También sus novelas son un ejercicio de atención de los personajes y las tramas, y reclaman una concentración especial del lector. Los libros de Henry James, antes de dar con La campana de Iris Murdoch, fueron mi guía de Londres. Recuerdo que vivía en un estado de ánimo intenso que yo sentía como insustancial, vacío de significación, me sentía de más. Esto significaba entonces, quizá, la cualidad del hechizo londinense. Durante un año por lo menos, mi muy deshilvanada capacidad de leer textos largos o complicados en inglés tuvo su parte. Puedo mencionar, sin embargo, dos libros fáciles de nuestro autor, y comentar después mi primera lectura de Retrato de una dama, esta ya una novela muy extensa y elaborada. El asunto a que había que prestar atención en Otra vuelta de tuerca era la circulación del otro mundo por este con un componente claro de malignidad, de mala intención. Una vez que empezabas el libro, por cierto expuesto solemnemente, calmosamente el principio, luego te ibas internando más y más en la vida de los dos niños abandonados en una casa de campo al cuidado de criados, y en la evolución de sus almas. El segundo libro, Washington Square, era, al decir de Graham Greene, un libro felino. Esto quería decir que, excepción hecha de la sincera pasión (equivocada) de la protagonista por el seductor que quería casarse con ella, los sentimientos de los demás personajes tenían ese carácter educado, sedoso, repentino, que parece que puede atribuirse a las panteras negras o a los tigres. Son estas criaturas que saltan y que asaltan a sus presas de pronto. Aun a media distancia o de lejos parecen ágiles y maravillosos. Una vez encima, de improviso, son carnívoros terribles. Los gatos domésticos han heredado esta condición de sus ancestros selváticos, y, por muy educados y tranquilos y dormilones que sean, pueden a veces caerte encima y destrozarte una mano con sus incisivos caninos, que muestran cuando bostezan. Volvamos a Retrato de una dama y también a un texto anterior, Las bostonianas, que ha tenido para mí gran importancia. Este texto ha sido traducido del inglés por Sergio Pitol, y quizá pueda dar una idea de la voz de Henry James incluso en una traducción ahora mismo: «Debo confiarle al lector, a quien en el curso de nuestra historia me veré obligado a impartir mucha información secreta, que la señorita Chancellor era víctima de ataques de tremenda timidez, durante los cuales no era capaz ni siquiera de sostener su propia mirada ante un espejo. Una de esas rachas la había poseído en aquel momento sin ninguna causa evidente, aunque desde luego la señora Luna había agravado la situación con sus impertinentes comentarios». He aquí la cautelosa traducción de Pitol, un excelente autor mexicano ya fallecido. Y he aquí por parte de H. James un texto cauteloso escrito por un autor caudaloso. Henry James es definitivamente ambas cosas: caudaloso porque escribió muchísimas novelas y artículos cortos y largos durante toda su vida, y muchísimas cartas, y cauteloso a la vez porque la cautela de un novelista consiste en no precipitarse e ir despacio detallando la emergencia y la peripecia de sus personajes en el texto. Pero, a la vez, requiere intensidad, y, por decirlo así, capacidad sorpresiva para que el lector de la novela en cuestión no abandone su lectura. Leer novelas, dicho a simple vista, no es ninguna obligación para nadie, pero sí constituye un gran ejercicio de ampliación de la atención y la percepción. Debe tenerse en cuenta este último detalle y combinarlo con el fuerte carácter de entretenimiento que las novelas tienen. Debemos tener en cuenta que no nos encontramos al leer las de Henry James –un escritor realista de finales del siglo xix y principios del xx– ni con un realismo bruto puro o naturalista, ni con una ficción casual y ligera. La tendencia a reflexionar sobre personajes ficticios tomados de la realidad es muy importante y muy fructífera en Henry James. ¿Quiere esto decir que sus novelas deben leerse como ensayos? Yo creo que no. Debe empezarse a leer estas novelas con una voluntad de divertirse y de entretenerse, pero a la vez tenerse en cuenta que se trata de un entretenimiento refinado, preparado minuciosamente. El lector no disfrutará si cree que puede leer deprisa o de cualquier manera. No se trata de leer mucho, se trata de leer bien. El entretenimiento que en Las bostonianas nos ha preparado Henry James es la relación entre dos mujeres, una mayor que la otra, una pobre y la otra rica, que se encuentran, que se aman y que coinciden en su deseo de formar los primeros grupos activos de los movimientos femeninos. En este último sentido Henry James fue pionero. El feminismo es en este libro la clave del asunto. Pero como en todos los buenos libros, ninguna clave, ninguna llave, ninguna pista es única. Hay que atenerse a la totalidad, y la totalidad está repleta de retratos psicológicos, no solo de las dos protagonistas, sino de toda la sociedad bostoniana machista y feminista de su tiempo: está retratada incluso la propia ciudad de aquel entonces, aún por construir, preludiando ya lo que iba a ser unos años más tarde. Boston y sus alrededores son el paisaje de los personajes. Adviértase que en cuatro líneas he indicado aquí que la novela, esta novela, que es corta, es polifacética. Adviértase que la gracia narrativa no es nunca monocorde. Lo que deseamos, al menos yo, es que se nos hagan ver todas las riquezas de la vida, todas las arbitrariedades y singularidades de la existencia singular como de reojo. Porque tenemos que estar atentos al asunto principal, pero no lo estaremos de verdad, no disfrutaremos de verdad, si no nos dejamos empapar o invadir por los caracteres menores y por las peripecias complementarias ficticias. La buena ficción nos da a veces la impresión de tener tanta sobreabundancia como la realidad misma a partir de la cual escribimos. Es conveniente que el lector se pregunte como yo: ¿es Las bostonianas una novela de costumbres o una novela histórica? Porque participa de ambas cualidades, del todo nos interesa separar sin desunir la adquisición del conocimiento positivo del mundo. Yo he vivido como Henry James de contar historias, y siempre he pensado, como Picasso, que aunque mis retratos no den la impresión de parecerse a nadie, al final acabarán haciéndolo, acabarán cobrando un parecido inconfundible. Este paso del no parecerse a nadie a asemejarse a alguien –un personaje ficticio parece real y uno real parece ficticio– es el más arriesgado y fascinante paso de cualquier novelista: que dudemos. Tenemos que dudar si leemos bien: ¿es o no es real? ¿Es o no es ficticio? Es que hay en el arte de escribir novelas, decía Iris Murdoch, una cierta humildad natural, un interés por conocer una vida imaginada, y ver si coincide con una vida real, o al revés. Una novela es siempre una cuidadosísima confusión de la realidad y la ficción. ¿Pueden entonces las novelas utilizarse con fines científicos, por ejemplo, en los análisis psiquiátricos o psicológicos de los individuos? A veces resulta difícil deslindar en los escritos de Freud acerca de sus pacientes lo que fue en su momento realidad narrada y lo que se contó al doctor Freud. Si el paciente de Freud hubiese sido yo, hubiera contado sobre mí mismo verdades y mentiras a la vez; yo hubiera pensado soy un pez que escapa del anzuelo freudiano: está a punto de engañarme, pero yo desconfío de las brillantes gusanas oscilantes y no muerdo el anzuelo, le engaño. ¿Vale la pena perder el tiempo en eso? ¿Vale la pena pagar lo caro que salen los psiquiatras solo para eso, para tomarles el pelo? Yo creo que sí. Si hay que pagar y se debe pagar a una persona para que te acompañe y te dé conversación, cómo no vas a pagar al doctor Freud para hacer más o menos lo mismo. Los médicos no te curan si no eres un caso grave, y los casos graves se quedan más allá de los juegos: lo que más vale para la conversación es el malestar. Así, por ejemplo, el malestar del sultán, su tedio nocturno, dio lugar a Las mil y una noches. A la manera absolutista y sultánica de aquella época, este aseguró a la narradora que la degollaría si no lo entretenía permanentemente, y la narradora –parece que la estoy viendo– dijo que no faltaba más. Y empezó la retahíla de cuentos. Carmen Martín Gaite tenía también esta especie de instinto de contadora-narradora: había que mantener la retahíla en marcha del amanecer al anochecer y hasta más tarde. Nos animó mucho a todos los jóvenes escritores de aquella época. Si no entretengo al lector, se va. Si no lo apreso, se desvanece, se aburre, sobre todo desaparece. Recordemos la infinitamente generosa postura de un lector acostumbrado a oír leer en voz alta: el gesto de atención que envuelve todo su cuerpo, su posición sentado o tumbado, su atención visible, lo audible que se esparce o se entreteje entre el narrador y el oyente, un lazo intencional, un acto puro inmaterial intelectual de exposición y comprensión. La época de leer cuentos en voz alta se ha perdido ya; deberíamos volver a ella, por lo menos quienes nos dedicamos a escribirlos. Porque solo escribir no es suficiente, tienes también que ser oído, leído, en un sentido quizá análogo al de que para amar tienes que ser amado. Sentirse leído probablemente dio lugar a la confesión de Henry James que acabo de citar. Mi primer encuentro con Henry James se produjo en 1960 en el puente de Londres. Estaba anocheciendo con ese anochecer lento londinense. Como si la noche fuese un hilo que se enhebrase en el ojo de una aguja. Anochecer es en Londres un proceso demorado: no termina ya de ser de noche y no termina ya de ser de día. Entre dos luces es la mejor expresión española para describir la luz de los atardeceres londinenses viendo transcurrir el impetuoso y sucio Támesis desde el puente de Londres. Uno puede sentirse absolutamente solo en ese lugar. Los edificios del Parlamento y la Torre de Londres y nadie o casi nadie en la calle. Londres es una ciudad de interiores a partir de media tarde. Bulliciosos interiores de pubs, familiares y amistosas horas del tea time. Me parece que todo es interior y que en el exterior solo vagabundean jóvenes extranjeros como lo era yo mismo entonces. A mí me pareció uno de esos atardeceres que la figura con sombrero de copa, un caballero anticuado con levita y un bastón de puño de plata, contemplaba el gran paso del río hacia el mar del mismo lado que yo. Quedábamos cerca de la gran sala de conciertos. Fui yo quien se acercó primero, temeroso y curioso a la vez, y declaré:
–Perdone, señor, me recuerda usted intensamente las fotos de mi escritor favorito, fallecido en 1916. ¿Estoy teniendo el honor extraordinario de saludar a míster Henry James en persona? Sería extraordinario.
–Ese soy yo, young man. He vuelto de improviso, fugado por un instante de mi sempiterna cárcel de difunto para dar una vuelta por mi viejo London Town. ¿Es usted extranjero?
–Soy español –dije yo–. Llevo ya unos cuantos años aquí, en Londres, y he leído muchas de sus novelas y relatos y opiniones sobre ellos y su literatura. No soy un erudito, sin embargo, un experto en míster Henry James: solo un entusiasta.
–Eso es, joven, infinitamente preferible. Prefiero un lector entusiasta a un erudito minucioso.
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