¿un paisaje es un estado de ánimo?
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Lo cierto es que un estado de ánimo no puede ser no paisajístico. Hay que tener cuidado con los estados de ánimo cuando dan señales de ser situaciones cerradas y no contener relatos. ¿Qué contiene un estado de ánimo cuando no contiene un relato preciso? Contiene una incómoda imprecisión. Se parece a un malestar. Hay una anécdota célebre de Pío Baroja rodeado de chicas del Ateneo, guapas chicas jóvenes, recientes universitarias, que querían saber todo lo que puede saberse de un gran escritor preguntándole por su estado de ánimo: «¿Cómo está usted, don Pío?». La respuesta de Baroja es en cierto modo irritante: «Pues no sé, señorita, si estoy muy bien o muy mal». ¿Qué quería decir Pío Baroja con esta impertinencia del no saber cómo se encontraba? Quería decir casi seguro que se encontraba indispuesto, una indisposición psicosomática que le impedía alcanzarse a sí mismo y soltarse a hablar. Soltarse a contar cosas. A mí me sucede algo parecido los lunes por la mañana. Como si con la elocuencia se hubiese retirado también la inventividad. No se le ocurría a don Pío Baroja nada de nada, y ese estado de ánimo mixto que precede al hablar resulta muy incómodo, porque todo escritor, ya sea uno grande como Baroja, ya sea uno como yo mismo, grandemente aclamado en este instante, pero desalumbrado, abandonado por la falsa diosa de la inspiración, titubeante y sin saber qué contar. Voy ahora por, aproximadamente, la mitad de un libro titulado Iris Murdoch. A Life (Iris Murdoch. Una vida). Es una excelente biografía publicada en Londres en 2001. En este momento, en la página 184 del relato de Peter Conradi, Frank Thompson, en una de sus cartas a Iris Murdoch, dice lo siguiente: «Sabes de sobra que no hay peligro por tu parte de sucumbir a un cansancio (weariness) del alma. Tú tienes resortes interiores que no fallarán nunca... No puedo decir con precisión qué papel te corresponderá a ti a lo largo de la vida, pero yo diría que con toda seguridad es un papel literario humanístico». Están en plena Segunda Guerra Mundial. Esa guerra que en Inglaterra supuso una movilización total de la juventud masculina tenía un lado preciso: saber que había que derrotar al fascismo, había que derrotar a la Alemania de Hitler y había, al mismo tiempo, que derrotar, contener los temores y las vacilaciones del alma propia. A esto segundo es a lo que se refiere Frank Thompson. Recomiendo la lectura de este voluminoso libro a escritores jóvenes o incluso a escritores en su madurez o en su vejez que no sepan de pronto en qué dar, qué nota espiritual pulsar: una ocurrencia es una nota musical. A veces es difícil enganchar esa nota con otras anteriores, o con la continuación de la vida. La continuación de la vida de un escritor es la continuación de su escritura, pero acosado por circunstancias exteriores: incluso la simple modorra que sucede a un dormirse incierto a altas horas de la noche parece poner en peligro toda una obra literaria. Cualquier escritor serio tiene miedo a ese momento de parada, de detención y, si se quiere, de suspense. ¿Qué voy a escribir a continuación? Con frecuencia yo cito al dramaturgo español Antonio Buero Vallejo diciendo: «Lo importante, señorita, no es escribir sino haber escrito». Hay ocasiones en que lo único que nos sostiene es echar una ojeada a las muchas cosas que hemos ido escribiendo a lo largo de los años. Nos reconocemos ahí como escritores en activo, y no como lectores o simples ciudadanos: no somos simples ciudadanos, somos complicados narradores que de pronto se quedan sin saber cómo contar un cuento ya empezado. Carmen Martín Gaite contaba que su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, aparecía de pronto una mañana tras una semana de encerrona en su habitación diciendo: «¡Tengo frase!». Suena a chiquillada insustancial, pero es el principio de casi cualquier texto medianamente inspirado: tener frase. La frase única que yo tengo para el nuevo personaje de mi cuento, un tal Cirilo Gavioto, es justo eso: tengo cuento. ¿Y qué cuento tienes, Cirilo? Yo mismo soy el cuento que cuento. Y esto, que es animoso, es a la vez insufrible porque el yo mismo puede rehuir todo intento de fraseo posterior al «tengo frase». De esta descripción se sigue que el escritor inspirado debe verse a sí mismo como una criatura rutinaria que lleva a cabo el rutinario oficio de escribir cuentos. No hay nada peor que creer que la frase que tiene producirá, por sí sola, un relato inspirado. La inspiración –que sí que es en parte un don de las musas, un don divino– viene de fuera como una fiebre o una gripe en invierno. Y uno se pregunta dónde demonios le cogió la gripe. Y la única respuesta es, si es una buena y severa gripe: le cogió escribiendo. Escribir es un estado de desequilibrio sumamente controlado.
Cirilo Gavioto se tranquilizaba a sí mismo pensando que a esas alturas de su vida, la vejez, había escrito lo suficiente como para no temer la falta de inspiración. Siempre pensaba que había tenido algo que decir a cualquier hora del día. ¿Qué le pasaba hoy? ¿Que no tenía nada que decir o no tenía nada que añadir? «Os envidio a Michael y a ti, Iris –escribe Frank Thompson en un sentido muy preciso–: durante todo este tiempo vosotros dos habéis estado haciendo cosas importantes como enamorarse y desenamorarse, falling in and out of love. Enamorarse y desenamorarse son cosas que ensanchan y profundizan y dan fuerzas al carácter con más seguridad que nada. Yo puedo decir de mí mismo, si quiero hablar honradamente, que nunca he estado enamorado. Cuando yo sufría por ti, por tu amor, era demasiado joven para saber lo que estaba haciendo. Desde entonces no he perdido ni una hora de sueño pensando en las hijas de Eva. Eso significa que estoy creciendo torcido. Soy el chico recrecido, overgrown, y torcido. ¡Pero encontraré el tiempo, Cassius! Encontraré el tiempo.» En mi caso encontrar tiempo pasa por no dejar pasar el tiempo, estancarme. Si quiero seguir escribiendo tengo que estancarme, aburrirme, desesperar. Con la desesperación llegará por fin la rutinaria inspiración, el lujo espiritual y anónimo de dar con un asunto y resolverlo con facilidad, con gracia. Por eso la única oración que yo recito con gusto es «Veni creator spiritus / Mentes tuorum visita / Imple superna gratia / Quae tu creasti, pectora / [...] Infunde amorem cordibus». Sin amor no salen los cuentos, no salen las vidas.
¿Qué le pasa a Cirilo Gavioto? El nombre es un pseudónimo burlón adrede. Su situación como escritor, sin embargo, es curiosa, un tanto incomprensible a su edad, cumplidos ya los ochenta. Tampoco Cirilo se ha enamorado nunca. Escribir en su caso no ha estado nunca conectado con el amor interpersonal, sino con el amor propio. ¿Qué se quiere decir con esto? Se quiere decir con esto que el amor propio no debe desprestigiarse demasiado. Yo mismo tengo tendencia a provocar ese desprestigio: frases como la que acabo de decir no valen nada, son superficiales; a quién pueden interesarle: no son frases de la vejez, sino de la juventud. Recuerdo mi juventud desprestigiada por mí mismo. No creo que fuese menos brillante que las otras, pero fue lentamente improductiva. Recuerdo esa juventud como un defecto insoslayable. Tenía la sensación de tener que decirlo todo y no sabía por dónde empezar. En aquel tiempo pasaba los veranos con mis padres en el campo, en una finca heredada de mi abuelo paterno, una finca grande de unas quinientas hectáreas. Era un mundo laborioso, agropecuario, concienzudo, que dio al cabo de dieciséis o dieciocho años un resultado de éxito: la finca obtuvo el título de Explotación Agraria Ejemplar en la Feria del Campo de aquel año. El ministro de Agricultura y Trabajo de entonces era él mismo un agricultor serio, Rafael Cavestany, cuyo mandato de casi seis años duró de julio de 1951 hasta febrero de 1957, de mis doce a mis diecisiete años. Fue un tiempo de exaltación agropecuaria en nuestra finca palentina, a ocho kilómetros de Ampudia de Campos. ¿Cómo rebotó la ejemplaridad en cada uno de nosotros tres? Me atrevo a asegurar que en mi madre constituyó una exaltación interior, una sensación del deber cumplido, las cosas bien hechas. La gente del campo, los ampudianos que subían a trabajar, estaban contentos con su suerte, que era la nuestra; había, por supuesto, en aquel momento muchísimo que hacer en aquellas tierras pedregosas sin agua: fue la época de la perforación de los pozos, unos treinta, creo recordar, de donde procedía un agua fresca y muy caliza que convenía a la remolacha azucarera y a las huertas, pero que no podía beberse con tranquilidad intestinal. En la mesa bebíamos Agua de Solares embotellada y enfriada en una cámara refrigerada donde se guardaba también la leche de las vacas y las ovejas. Fue un tiempo de muchas moscas, que tapizaban de negro después del almuerzo las paredes de la cocina. Las moscas venían, claro está, acompañando al ganado mular: se labraba el campo con mulas, y teníamos solo un tractor. En la sala de estar teníamos siempre matamoscas a mano. Por aquel entonces leíamos un artículo de Ortega y Gasset en El Espectador titulado «No ser hombre ejemplar». Tenía razón Ortega en un sentido bíblico. Que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda. Que tu idea de ti mismo esté edificada sobre una idea superior a ti mismo: alguien igual que tú, pero mejor que tú. Proyecto imposible, supongo. A mi padre el premio le hizo pensar con un cierto resentimiento guasón en las enormes y productivas fincas de Andalucía; se hubiera contentado con una finca de mil hectáreas atravesada por un río, o significada por un monte boscoso. No era envidia, pero eran sentimientos divisivos. «Ojalá tuviera una finca mayor» significaba «ojalá mi trabajo tuviera más relevancia en el campo castellano». Las fincas andaluzas no siempre fueron ejemplares: por esas fechas eran más bien cotos de caza. Fincas de señoritos. Mi padre era un señorito de Santander que añoraba ser más señorito todavía, ser un señorito ocioso con una gran piscina en medio de la finca e invitaciones de unas fincas a otras. La nuestra, la Dehesilla, era una finca muy castellana, grande para Castilla la Vieja, pero retirada, soberbiamente plana y pedregosa, con muy poco monte bajo y muy poca arboleda. Debió de parecerle un verdadero desierto a mi padre cuando la heredó de mi abuelo Cayo y fueron a visitarla por primera vez. Eso debió ocurrir entre los años 40 y 41, después de la guerra. Hubo que agarrarse a lo que había: todo el mundo hizo lo mismo, si pudo. Hacer de esa oportunidad un negocio ejemplar fue realmente brillante, pero la brillantez fue, a su vez, transeúnte. Había que ir a más. El campo es exigente; aquel campo castellano lo era en especial. Solíamos compararlo con los verdes campos de la provincia de Santander. Nosotros éramos de ahí, santanderinos. Cualquier cosa que plantaras en Santander, desde un repollo a una arboleda entera, crecía brillantemente a ojos vistas. Era digno de verse. Pero era una visión estética más que ética. La Dehesilla suponía una eticidad continua para no desvencijarse. Llevar muy bien las cuentas anuales y llevar muy bien el trato con el personal del campo, que subía del pueblo a casa en un remolque. ¿Era todo eso divertido? Era un asunto serio. Pero, una vez iniciado, hubo un momento en que pareció genial. Mis padres y yo mismo, de rebote, nos sentimos geniales, austeros personajes del campo castellano, austeros labradores que nos movíamos a lomos de yeguas o de mulas, en bicicleta o en Moto Guzzi, de un lado para otro. Se hacía un viaje semanal a la capital de la provincia, a Palencia. De ahí venían los cómics del Pato Donald de regalo –todo un lujo– y las relaciones amistosas con el Servicio Nacional del Trigo y otros agricultores que se reunían antes de regresar a sus fincas en un célebre bar llamado Palentino. Por esos años toreó en Palencia un joven torero, Marcos de Celis, que tuvo mucha fama momentánea y un éxito muy restringido. «Marcos de Celis, / torero, / Palencia se viste de luz y plata / y en el ruedo se retrata / el eco de la impaciencia.» Era un mal buen torero que duró muy poco, pero que me llevó a mí a acompañar a mis padres en dos jornadas taurinas; fue una novedad que me entretuvo, aunque en todo caso me entretenía yo mejor en la finca cabalgando en una yegua tranquila que llamábamos Estrella, una yegua gris que tenía una estrella blanca en la frente. Montando en ella llegué a bajar a Valladolid en varias ocasiones. Todo esto me parecía sensacional entonces; el toreo, en cambio, me aburrió un poco.
Todo iba bien hasta que de pronto dejó de ir bien. Y todo empeoró y se convirtió en reflexión por mi parte. En angustia. Mi padre se echó una amiga en Marbella. Y que fuera en Marbella, el lugar menos pensado de mi vida, fue en parte el resultado de algo menos pensado todavía que Marbella: la reaparición en España de la madre de mi padre, mi abuela Anita, casada con un guapo argentino, Pablo Olivera, treinta años más joven. En poco más de un año la atención familiar cambió de signo: el campo dejó de ser el signo de nuestra vida y Madrid, Marbella y los viajes de mi padre en un nuevo coche rojo de dos plazas se convirtieron en el signo equívoco de nuestra nueva existencia. Fue un cambio de significado, al menos para mí. Ya no eran mis padres quienes habían sido, los señores; ahora eran un matrimonio con desavenencias. Graves desavenencias, sin duda, que sin embargo mi madre y yo tratábamos con soltura dando al principio por bueno que los viajes de mi padre eran viajes de negocios. ¿Me daba cuenta yo en aquel entonces, con dieciséis, diecisiete años, de lo que sucedía? ¿Me parecía grave o leve? Me parecía muy grave. Mortalmente grave. Pero no tenía ni la más remota idea de cómo pensar el asunto, salvo en términos de detestación. ¿Pasaba o no pasaba en todos los matrimonios lo mismo? Esta era la idea de mi padre: después de dieciséis o diecisiete años seguidos de matrimonio el interés se acaba, el amor por supuesto también, y solo queda una especie de antipatía angustiada y un sentido profundo de absurdo o de injusticia al cual se añade el no saber, ni mi madre ni yo, pero sobre todo mi madre, qué hacer con todo aquello. Irse o quedarse parecían las únicas alternativas posibles. El paisaje no es un estado de ánimo, es un circuito pedregoso irrompible.