un té con doña maría luisa
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Doña María Luisa ha preparado el té de esta tarde con especial cuidado. Sándwiches de rosbif recién hechos –el rosbif también lo ha hecho ella misma– y unas excelentes pastas de té cuya receta heredó de tía María Teresa y nunca reveló a nadie más. Vive en un piso muy alto del Muelle con un mirador que da a la bahía y que solo tiene, para librarse del sol intermitente y picante de Santander, unas hermosas plantas, entre ellas una Pachira aquatica, a la sazón muy frondosa. Siempre sitúa su mesa al borde de ese mirador y, si no hace frío, que no lo hace en otoño todavía, deja abierta una ventana para que entre la luz del mar, el olor a mar, el mar y la aventura. Acaba de cumplir ochenta y un años y espera cumplir nueve más. Lo espera con la seca confianza de quien espera que le paguen una deuda pendiente. Esto resulta entre conmovedor y cómico. Hoy tiene un visitante divertido, cuarenta años más joven, un joven filósofo de abundante pelo negro y ojos negros que se acicala especialmente en estas ocasiones. Se pone un traje y deja su ropa deportiva y sus vaqueros a un lado. A doña María Luisa le gusta pensar que este prometedor joven filósofo habla con ella de igual a igual, aunque en el fondo sabe que eso es un tanto imposible porque doña María Luisa no sabe una palabra de filosofía. Lo único que ella exige de sus visitantes –aparte de una cierta prestancia física que incluye una cierta elegancia anticuada de chaquetas y corbatas– es que estén despiertos. «Está despierto o despierta tal o cual persona joven que pretende visitarme» es una cuestión que hay que responder siempre. De Javier Ochoa le dijeron: «Tan despierto está este Javier, Mariali, que dentro de nada se morirá de no dormir, de no poder dormir, como Max Scheler». Doña María Luisa sabe muy bien quién es Max Scheler. Sabe que propuso una original reclasificación de la tabla de valores. Ah, por cierto, en lo que sí saca ventaja doña María Luisa a casi todo el mundo es en la memoria fotográfica que tiene: ¡una vez que oye contar una cosa, sea insignificante o esencial, nunca la olvida! Siempre, por cierto, o casi siempre que se habla de jóvenes despiertos, recuerda doña María Luisa que en su juventud los alemanes tuvieron una política del Deutschland, erwache. Y suele comentar: «Muy interesante, pero muy agresiva. En fin, ¡eso es el pasado!».
«En fin –piensa Javier Ochoa mientras sube las escaleras de mármol, deformadas, por cierto, desde hace muchos años, que conducen al piso de doña María Luisa–, que la idea de despertar haya sido tan alemana no la invalida ahora. También san Pablo de Tarso la usó en una frase célebre: «Hora est iam de somno surgere». Sonríe mientras se encarama ágilmente al cuarto piso con ocasional apoyo de la elegante barandilla de las escaleras de mármol. Los tés de María Luisa no son nunca soñolientos. Sus ojos azules, a través del cristal de las gafas, pueden ser como alfileres a veces. Una anciana despierta, pues, con un joven despierto que se dispone a tomar el té con ella esta tarde. La acompañante habitual de estos tés es doña Anunciación, doña Nuncia.
¿Qué sabe y qué no sabe doña María Luisa acerca de cada uno de nosotros? Nos considera en nuestras posibilidades, nuestros posibles, a cada cual o a todos en general como pertenecientes a una u otra generación. Hay que decir que los puntos de vista de doña María Luisa –su curiosidad– son intergeneracionales, y no como la curiosidad de su amiga y acompañante, doña Nuncia, que definitivamente ha optado por no entender a las generaciones jóvenes y tampoco, quizá, a las viejas. Y es característico de doña María Luisa olvidar o fingir que se olvida de cosas que por haberlas preguntado muchas veces tiene que saber de sobra en cada nueva ocasión. Una de esas preguntas, supuestamente respondidas ya muchas veces, vuelve a surgir ahora:
–¿Qué diablos estudias tú, Javier, que tienes pinta de no haber estudiado nunca nada, ni ganas?
–Estudio, doña María, como usted sabe de sobra, Filosofía y Letras. Más Filosofía que Letras, porque estoy matriculado en esa sección.
–Eso ya lo sé, claro. Lo que no sé es si de verdad estudias lo que estudias o solo te lo aprendes de memoria.
–Soy un estudiante cuidadoso, doña María. La filosofía es muy aburrida si no se estudia cuidadosamente.
–¿Y eso por qué?
–Porque no sirve para nada. No es un saber práctico sino teórico. Pero usted sabe eso de sobra porque lo hemos hablado muchas veces. Y fue usted quien me empujó a estudiar Filosofía en vez de Derecho, como quería mi padre, o Económicas.
–Hice bien si te empujé a eso. Inspirada debía estar. Con esa pinta romántica que tienes solo te pega estudiar Filosofía.
–Coincidió con que Filosofía era mi asignatura favorita en el bachillerato. Estudio lo que quería a sabiendas de que no me valdrá para nada, y así será.
–¿Y estás descontento y resentido por eso? Que no has tomado ni uno solo de estos deliciosos sándwiches que te he preparado esta tarde. Siempre podrás dar clases particulares de filosofía. Hay mucho asno que desasnar hoy en día.
Javier Ochoa se encontró a sí mismo, siendo sobrino carnal de doña María Luisa, un atardecer de domingo cuando sus padres le llevaron a conocer a su tía filosófica.
–Ya verás como es lo más –aseguró su madre–. No hay nadie como ella.
Y su padre comentó que desde luego no había nadie tan maniáticamente ordenado y limpio como doña María Luisa. La verdad es que, al matrimonio, doña María Luisa le inspiraba un cierto temor reverente.
–No sabes bien –dijo el padre de Javier– hasta qué punto se ríe de ti. Se está riendo de ti constantemente. Sabe demasiado. Aunque seguramente menos de lo que cree.
–Bueno, viene de una rama académica de mi familia –puntualizó la madre de Javier–. Todos han cursado carreras de ciencias y de letras. María Luisa ahora es la última que queda. Y ha sido ella siempre la que nos ha rehuido. Se sabía que vivía como en vilo leyendo esos libracos que almacena. Aunque tampoco son tantos. Parece ser que lee solo dos o tres. Con ella tuve siempre un poco de miedo. Miedo de parecer tonta, la verdad.
Y no es que la madre de Javier sea tonta, eso no es cierto. Es una mujer sensata, sin estudios, dedicada a su casa, sus labores, su familia, que a lo largo de los años ha ido, como un personaje apócrifo de Agatha Christie, fijándose mucho en todo el mundo, en todos los detalles. Sabe mucho de la vida, aunque habla poco.
–En casa se decía, decían mis tías hace muchos años, que María Luisa era una niña-loro, que todavía no hablaba pero se fijaba. También yo era una niña-loro, pero eso no se decía de mí porque a diferencia de María Luisa yo era muy casera y hacendosa. No daba la impresión de que conmigo fuera a levantar nunca al atardecer el vuelo la sabiduría, que es un búho que echa a volar entonces. Yo era más bien un búho soso. La fama de sapiente que tuvo siempre María Luisa se consideraba un prestigio familiar, una hidalguía especial. No hace nada más que leer. Bueno, ¿y qué más tiene que hacer? ¿No es mejor leer que coser?
–Bueno, no sé, si tú no cosieras yo iría descamisado por el mundo –aclara sonriente el padre de Javier.
La familia es el tema casi único de esta familia. Les parece glorioso el estar-ahí, en el mundo, siendo una familia de clase media que entra y sale de la abundancia con relativa regularidad. Han tenido buenas rachas económicas y se han comprado pisos y hasta casas con jardín. Y han tenido rachas malas y les ha tocado vender una parte de su patrimonio inmobiliario. Ser una familia, sin embargo, ha superpuesto a todos sus miembros una identidad colectiva, como un título de nobleza. Venimos todos de una misma casa, de una buena casa. Ese proceder es a la vez mucho y poco tal y como están las cosas hoy en día, que para todo hace falta un dineral que nadie tiene; nadie que ellos conozcan, por lo menos.
Como familia, les encantan las costumbres. Y alguien, alguna vez, hace mucho tiempo, santificó ese gusto diciéndoles que eso es justo lo que dice un poeta alemán o checoslovaco cuyo nombre se ha olvidado: «Costumbres, no tenemos suficientes costumbres, todo pasa y muere hablándose». La familia de Javier tenía costumbres de sobra y a la vez se había pasado la vida hablando de la vida. Se la consideraba una familia original, pero de algún modo también introvertida, o reservada, o quizá engreída, por ser conscientes de un saber que solo ellos tenían. ¿Qué saber era ese? Podría decirse que era el saber vivir de los viejos ilustrados españoles o de las viejas clases ilustradas españolas: el mundo entero, los hombres y mujeres individuales que lo componían y que formaban o formaron parte de la circunstancia de esa familia a lo largo de los años eran enormemente fascinantes. No eran una familia de ensimismados, al contrario, eran una familia de videntes que buscaban evidencias en la horticultura y en la biología y en el trato con los demás. Filósofos y filósofas en ciernes, como buenos ilustrados españoles.
Javier consideraba que sus visitas a doña María Luisa, que era en realidad tía carnal suya por parte de madre, tenían una cualidad introductoria, como una presentación privada de cartas de los embajadores al jefe de Estado. Tía María Luisa era su jefe de Estado y exigía –sin exigirlo nunca verbalmente– un cierto protocolo introductorio. Javier Ochoa sabía que estaba sumergido en ese protocolo. Eso incluía subir de vez en cuando a tomar el té y hablar de vez en cuando de lo que María Luisa denominaba filosofía y que era un compendio de ocurrencias tomadas de unos y otros pensadores y ensartadas, cuando le daba por ahí, con una elocuencia ingeniosa, incluso pizpireta. Javier tenía por seguro haber aprendido en esas entrevistas con su tía muchas cosas que sin embargo no era capaz de enumerar ordenadamente: una de las más notorias era que hablando se entiende uno a sí mismo. Uno está en un mundo real más o menos asegurado, más o menos tranquilo, más o menos de buen humor, y hablando se entiende el mundo que cada cual vive y la conciencia que cada cual tiene de sí mismo. Para hablar así había que estar tranquilo. La serenidad o tranquilidad era una de las condiciones indispensables para estar a gusto con doña María Luisa. Si uno estaba nervioso o preocupado por algo exterior que no tuviera que ver con aquella casa y aquella particular persona que era la tía carnal de Javier, más valía abstenerse de ir a visitarla, porque la intranquilidad, decía siempre la anciana, es contagiosa como un catarro. Cuando uno quiere recordar, ya está acatarrado. Y entonces empiezan los retrasos y sobre todo las dubitaciones acerca de uno mismo. En la intranquilidad se nos ocurre plantearnos, por ejemplo, si hemos vivido una vida propia o una vida impropia. Eso es un error. Ese planteamiento debe suprimirse y debe darse por supuesto que nuestra vida ha sido todo lo apropiada posible para llegar a ser lo que quisimos ser.
–Yo quise ser una escritora, una pensadora, incluso, por cómico que te parezca, una gran dama de la cultura local que tendría tertulias todas las semanas con lo más distinguido intelectualmente que pasara por aquí. Y hasta cierto punto es lo que he sido. Pero para serlo tenía que estar tranquila, porque si estaba intranquila todos los problemas se convertían en uno solo, mi problema, que era en el fondo insignificante.
Javier Ochoa recordaba cómo había leído para la clase de Historia de la Filosofía el Ser y tiempo de Heidegger. Lo habían leído entre los dos en la traducción de José Gaos. Habían procurado entender todos los términos y problemas. Qué quería decir «cotidianeidad», qué quería decir «estar en el mundo» o «ser en el mundo», qué quería decir ser-ahí aplicado al hombre en general y en cada caso al hombre o la mujer que ella y él eran. Había sido una experiencia enriquecedora que tenía similitudes con hacer entre los dos un guiso complicado, un pastel complicado. La tía María Luisa, y por extensión también Javier Ochoa, su sobrino, llegaron a tener un concepto repostero de la filosofía: volverla substanciosa, paladeable, fácil de contar, incluso los escritos heideggerianos, que resultaban siempre pedregosos y difíciles de contar.
–Esto nos ha llevado días y semanas y años. He pasado años viniendo por aquí y hablando de una cosa y otra, hablando en gran medida de libros.
–A mí me corresponde ahora, por mi edad, sacar todo eso adelante, convertirlo en una formación, en una ilustración, pero la verdad es que no sé si puedo, no sé si quiero, no sé si una manera de hacerlo sería sacar una cátedra de Filosofía en un instituto de bachillerato...
Leyendo la vida del joven Heidegger, por ejemplo, en la versión de Safranski se tenía la impresión de hallarse ante un superdotado, un inesperado superhombre que lo tenía todo claro ya a los veinticinco. Claro y oscuro a la vez, pero desde luego convertido en una misión, una conducta regulada, un destino aceptado. Javier, en cambio, veía en sí mismo más bien otro tipo de destino, menos ambicioso pero más comprensible, más conversacional. ¿Era charlatanería lo que Javier y su tía María Luisa consideraban un hablar ilustrado? Las charlas ¿no eran el gran enemigo de la seriedad y profundidad intelectuales, según Heidegger? Pero es que también había un charlar entre doña María Luisa y su dama de compañía, doña Nuncia, que no podía definirse sin más como Gerede, como una charla insustancial. Era por de pronto para doña María Luisa el pan conversacional de cada día. Charlar con doña Nuncia significaba, por un lado, estar al tanto del mundo circundante común a ambas, la vida de la ciudad montañesa donde vivían; por el otro, participar del juego de las actividades caseras, como coleccionar recetas de postres de cocina –y ponerlas en prácticae ir de compras a los mercadillos semanales de la Vega de Pas. También hubo en un principio un momento confesional de las dos en el cual cada una hizo para la otra un resumen amplio –una confesión de boca, si se quiere– de sus vidas pasadas. Comparada con la vida sosegada y meditativa de doña María Luisa, la vida de doña Nuncia había sido activísima, y a partir de cierto punto, tras la muerte de su marido, peligrosa. Sucedió que doña Nuncia tenía una experiencia romántica y trágica del amor en la pareja que recordaba un poco a doña María Luisa los grandes amores de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë. Resultó que al principio, años atrás, cuando falleció su marido, doña Nuncia no fue capaz de soportar en frío, digamos, ese fallecimiento, y se dio a la bebida. Se dio, sobre todo, a la ginebra, lo que solía denominarse en Inglaterra mother’s ruin, el gin bebido solo y del tiempo. Un primer trago conmovía a doña Nuncia. Un segundo trago hacía que sus recuerdos saltaran en lágrimas y suspiros. Y un tercer trago la llevaba a salirse de su propia casa matrimonial del pueblo, irse al campo y quedarse allí toda la noche apurando, tal vez, media botella y, en cualquier caso, helándose de frío en invierno. El campo era tan sedante para doña Nuncia como el gin. Los árboles acariciaban el firmamento, o lo atormentaban si los veías tumbado cuan largo eras en la hierba del prado. Era un pueblo de arboledas y valles, de vacas y de aldeas dispersas por toda la comarca. Allí se podía vivir en buena compañía –había tabernitas y restaurantes pensados para eso–, pero también podía vivirse envuelto en una inmensa soledad pastoril. Cuando se conocieron las dos andaban ya por los sesenta y pico. Y doña Nuncia acababa de salir de una ingrata desintoxicación que implicaba, quizá sin mala voluntad de los médicos envueltos en el asunto, un vaciamiento de las más íntimas y sagradas vivencias del sujeto. La desintoxicación etílica era un vaciamiento del alma y del cuerpo, por supuesto. Y ese vaciamiento era una soledad invisible que se sumaba a la visible soledad de los hermosos campos verdes y los todavía gigantescos árboles con un siglo de existencia, los hayedos, las cajigas, los manzanos que alegraban las cestas del corazón con su fragancia y su luminosidad de frutos recién echados en las cestas de mimbre. Todo este paisaje y sus frutos y frutas, sus árboles y sus zarzamoras, sus cielos límpidos o borrascosos, habían sido el paisaje de su noviazgo y de su entregado matrimonio. Su marido y ella fueron una pareja entregada el uno al otro. No lograba, al parecer, doña Nuncia por sí sola volver a apegarse a la existencia comunitaria, volver a tener las amigas que tuvo de joven soltera, a interesarse por sus partos, sus hijos o sus nietos. Hubo un desapego voluntario, un inconsolable duelo de viuda joven.
Doña Nuncia se ofreció de improviso a doña María Luisa y esta la aceptó encantada, al principio, con esta idea de tener una compañía suplementaria. A doña María Luisa le hizo buen efecto aquella desenvoltura y el compromiso oral de doña Nuncia de convertirse en señorita de compañía. No se habló de dinero. Y doña María Luisa decidió por su propia cuenta que le pagaría lo mismo que a la doncella. A doña Nuncia, igual que a la doncella, le resultaba muy cómodo disponer de un techo y de una manutención, y de un pequeño sueldo, y a doña María Luisa le salía muy barato. Doña María Luisa era una rentista de otro tiempo, que después de la Guerra Civil tuvo que ajustar mucho su presupuesto para tener un servicio parecido al que tenía antes. Algunos de sus familiares pensaban que, con todo y con ser de la familia, se aprovechaba de la necesidad de personas como doña Nuncia o como la doncella Paquita. Cuatro perras y un espacio en la casona de doña María Luisa que ella misma nunca ocupaba le hacían una vida muy cómoda. A cambio de resultar un agregado barato a su servicio doméstico, doña Nuncia resultó ser refitolera. Empezó contando que se había quedado viuda joven y que había trabajado como asistente de las enfermeras de Valdecilla. Un puesto al parecer inexistente, pero doña María Luisa no tuvo interés en comprobarlo. Lo que le interesó más de doña Nuncia fue que daba buena conversación. Una conversación, diríase, campesina acerca de las gallinas rurales y de sus polluelos y de cuáles eran los mejores mercadillos semanales para comprar huevos, o maíz, e incluso cacharros de cocina. Doña María Luisa no necesitaba ya cacharros de cocina, pero le divirtió la idea de darse paseos acompañada de doña Nuncia por la provincia e inspeccionar la vida agrícola de la montaña. Lo único que no contó doña Nuncia fue su afición a la ginebra. Como muchos alcohólicos anónimos, doña Nuncia consideraba que solo bebía de vez en cuando y que lo tenía controlado. Y era verdad que tenía un aguante considerable. Incluso doña María Luisa prefería que bebiese un poco porque cuando bebía era más entretenida. Su relación se basaba en hacer recados entre viajes por la provincia, visitas de la familia de doña María Luisa –incluidas las frecuentes de Javier– y el monumental silencio del resto del servicio. Doña Nuncia les caía bien a todas. Y una vez retirada doña María Luisa a su dormitorio, doña Nuncia estaba aún en plena forma y se iba a la cocina a jugar al naipe con la cocinera y con la inmutable Paquita. Jugaban al cinquillo y a la brisca, sobre todo a la brisca. De esas reuniones fue de donde empezaron a salir las malas lenguas, porque doña Nuncia, que una vez desintoxicada había dejado de beber por las mañanas, bebía un poco más de la cuenta al caer la tarde, pasada la hora de la cena, retirada ya doña María Luisa. Doña Nuncia jugaba bien al naipe, o bastante bien. Solo se equivocó al empeñarse en hacer buenas-malas migas con la cocinera y la doncella. Estas migas traían máquina. La máquina de la convivencia en las cocinas y los cuartos de atrás de las casas de aquella época. De hecho, doña Nuncia era comiche, le gustaban unas comidas sí y otras no. Eso indignaba a Manuela, la cocinera, y era motivo de peleas. También había ciertos celos por parte de Paquita con la recién llegada por la cercanía y el supuesto secreteo con doña María Luisa. Doña María Luisa se ponía de perfil a todo esto. Y cuanto más de perfil se ponía más le llegaban noticias adversas del comportamiento de doña Nuncia en lo relativo a sus chinchorrerías gastronómicas. No comía cocido montañés porque decía que en la casa no lo hacían tan bien como en su pueblo.
–En mi pueblo –comentaba– poníamos auténtica berza de asa de cántaro, la berza blanca, en vez de las vulgares acelgas, los hierbajos.
El que más disfrutaba con todo este mejunje cocineril era Javier. Él era el señorito Javier, y, de algún modo, el preferido de Manuela y de Paquita. Doña Nuncia no las tenía todas consigo con él. Le adivinaba listo como el hambre, listo como lo era ella misma, capaz de percibir lo más sutil e invisible de las deficiencias y deterioros de la propia doña Nuncia. No era una idea infundada, pero sí exagerada. Y Javier era asimismo consciente de que doña Nuncia le temía un poco. Esto le hacía gracia porque a él la propia doña Nuncia le parecía absolutamente impecable, pintoresca, un ejemplar único de viuda montañesa. En este punto hay que reconocer que los asuntos cotidianos marchaban cada vez mejor en casa de doña María Luisa. La que no acababa de ir a mejor era la propia doña María Luisa, que con frecuencia padecía jaquecas y últimamente daba la impresión de padecer del hígado por lo flaca y amarillo-verdosa que iba quedándosele la piel. Empezó entonces, en plena felicidad doméstica, un ir y venir del médico a casa. Doña María Luisa se trancaba con el médico en el cuarto de estar y al acabarse la visita parecía rejuvenecida. No daba explicaciones, pero sin duda el buen doctor la reanimaba en una como curación por la palabra. No daba explicaciones de cómo se encontraba, pero el deterioro era visible desde fuera. Y se vivía en casa de doña María Luisa en vilo. Todo era llevarle tacitas de manzanilla y cardamomo y, como mucho, té con limón. Apenas probaba bocado. Era angustioso verla así. Doña Nuncia dejó de beber lo poco que aún bebía y suspiraba para sus adentros temiendo lo peor. Y a Manuela y Paquita les pasaba lo mismo, con ese instinto para la desgracia y el aguante de la gente de su clase. Doña María Luisa nunca se quejaba, y quejarse, de algún modo, quedaba excluido de las posibilidades de todos los demás también. Un día, cuando Paquita entró en el dormitorio de doña María Luisa con el té de la mañana, la encontró como encogida sobre sí misma, apelotonada en el cómodo almohadón de plumas de su cama, como un gato acurrucado en su propia muerte y no entendiéndose a sí mismo en su mortalidad.