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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

una decisión moral

spanish

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«A empeorar, siempre hay quien nos gane. A mejorar, en cambio, si uno se empeña, cada vez hay menos.» Mientras llamaba al ascensor, y metía hábilmente en él su bicicleta de montaña, recordó aquella frase una vez más y, con la frase, la voz y el gesto y las gafas de la profesora aquella –catedrática después de la Universidad de Valencia– de Filosofía de su instituto de bachillerato. A los diecisiete años, durante todo aquel largo y desértico y desolado verano en Madrid tras aprobar brillantemente su preuniversitario, pensó mucho en esa profesora –llegó incluso a escribirle un par de cartas que desde un remoto pueblecito de Pontevedra recibieron pronta respuesta: un par de tarjetones con la letra nítida e impersonal de la profesora de Filosofía, dándole las gracias por sus cartas y animándole a combinar la diversión y la lectura aquel verano–. Lo cierto es que no leyó nada ni se divirtió nada, no sabiendo si sentirse irritado o complacido por aquellas dos sosas y puntuales respuestas de la profesora. Era un introvertido y no habló con nadie del asunto. Pero para su capote, durante todo el verano, creció en él la convicción de que aquella mujer se había enamorado de él y que aquella prudente e impersonal factura de las cartas era la prueba más viva y visible de eso.
Una vecina –la única vecina en toda la calle ese mespasó rápidamente junto a su bicicleta y le miró de refilón sin decir nada. Echó a andar por el Madrid desierto, rutilante, mágico, totalmente vacío de aquel 15 de agosto. Mientras pedaleaba, la frase de la profesora, allá en aquel otro remoto agosto de su adolescencia, le pareció una inmensa falsedad. O, mejor dicho, una verdad a medias, insulsa, que a él, sin embargo, le había lanzado por la laberíntica vertiente –no sabía bien si hacia arriba o hacia abajo– de tratar de mejorarse a sí mismo para tener cada vez menos competidores, para ser más él mismo. Lo que había ocurrido, sin embargo, no casaba del todo con la frase de la profesora. Tanto a la hora de empeorar como a la hora de mejorar, uno encontraba siempre que alguien le ganaba. «En el esfuerzo por alcanzar la excelencia –pensó el ciclistame he quedado justo a mitad de las dos cosas: ni excelente ni pésimo, soy uno cualquiera.» Y este pensamiento que tantas veces, a lo largo de sus treinta y cinco años, le había desesperado a medias, consolado a medias, le pareció ahora mientras bajaba a toda velocidad Marqués de Urquijo, parque del Oeste, hacia la Casa de Campo, una absoluta estafa. Se detuvo en el pinar, no lejos del bar del cerro Garabitas, a descansar un rato, a beber agua, a contemplar la hueca sonoridad de las chicharras en el secarral, en el aire vacío e inmóvil de aquel 15 de agosto.
Se sentía repentinamente más cansado de lo que cabía esperar de un paseo como aquel. En el ciclismo, como en la natación, como en el atletismo, como en su trabajo en el bufete de abogados, era realmente bueno si no se comparaba con ningún otro deportista o colega en Derecho. Lo malo era que las comparaciones se abalanzaban de inmediato cada vez que nuestro personaje decía «He mejorado mucho en esto o en aquello». El veneno de la frase de la profesora estaba en haber incluido en la noción de excelencia, y por tanto también en la noción opuesta, una perpetua, desasosegante comparación. ¡Ojalá se hubiera limitado a decir que empeorar y mejorar eran cantidades absolutas que se determinaban solo en referencia al propio interesado! Pero al introducir en esto a otros que empeoraban o que mejoraban paralelamente a él mismo, había introducido el desasosiego para siempre. Pensó, con cierta envidia, en sus colegas del bufete o en algún que otro conocido del ciclismo o del atletismo que vivían totalmente de espaldas a cualquier preocupación por superarse más allá de lo razonable. Aquellos envidiables colegas y amigos eran capaces de tomar todo lo que hacían un poco como un hobby. Algo, por lo tanto, que requería al ejercerse, para ser divertido, dedicar toda la atención pero que no requería sin embargo la contrapartida de la comparación y de los resultados. Montar en bicicleta o resolver un asunto legal, si se hacía como un hobby, no exigía aquella dolorosa curvatura de la conciencia, aquella insoportable tensión que innegablemente se hallaba en la frase de su profesora. De pronto, allí sentado, a la sombra de su bicicleta en el pinar vacío, le pareció que había llegado realmente al final de su existencia. Cualquier continuación, caso de haberla, sería una tediosa repetición de lo que hasta ahora había hecho de él mismo un alguien, una persona como todas las demás. Volvió a montar en la bicicleta y se internó a toda velocidad por los senderillos resecos del monte. Se le echó encima el anochecer sin que lograse ni cansarse ni olvidarse de aquella aprensión de haber llegado ya al final y que diera por lo tanto igual lo que hiciese de sí mismo. Se encaminó hacia Madrid pensando que se había vuelto un hipocondriaco moral: cada sentimiento, cada emoción, cada acción, cada proyecto, todos los lados de su vida se le iban volviendo malestares porque en todos ellos percibía una sustancial insuficiencia. Ninguna cosa estaba bien del todo porque siempre podía empeorarse o mejorarse y siempre había alguien que –aparte de él mismo– sería capaz de empeorarla o mejorarla. Cuando entró en su casa y contempló de refilón su rostro en el espejo del portal, se asustó de aquella imagen alargada, ojerosa, pálida de ira. Subió con su bicicleta en el ascensor evocando la imagen que acababa de ver en el espejo como quien evoca un recuerdo precioso y esencial. Por primera vez había dado con el sentimiento adecuado. Una ira que no admitía comparación con ninguna otra porque era toda ella inexpresable y suya propia, un odio llameante y helado que volvía todas las demás cosas de su vida irreales, por comparación. De pronto se dio cuenta de que solo alcanzaría la paz si lograba hacer saber a la culpable de toda aquella desmesura que su vida era un infierno. De pronto todo estaba claro: encontró enseguida su vieja libreta de direcciones, el nombre de la profesora y el teléfono de la casa de sus padres, allá en Pontevedra, donde pasaba los veranos. Eran las diez de la noche. Bebió dos vasos de agua antes de marcar el número. Una voz anciana respondió a lo lejos. Tardó un rato en hacerse entender, como si hablara en otro idioma. Por fin otra voz, más joven, tomó el teléfono y le explicó que había hablado con su abuela, que apenas oía nada. La nueva voz era la de la madre de la profesora, que le proporcionó un teléfono en Canarias.
–Mi hija está pasando unos días con unos amigos allí, en Santa Cruz de Tenerife.
Se movía por su habitación como un sonámbulo. Agitaba los brazos, iba y venía al teléfono sin decidirse a marcar aquel número. ¿Qué le detenía? Varias veces se hizo a sí mismo esta pregunta sin ser capaz de responderla. La decisión de llamar se estaba convirtiendo en una marca, un logro ideal que nunca sería suyo, por más que se esforzase. De pronto se detuvo y recorrió de un vistazo todos los sentimientos de aquella insensata, calenturienta, irracional tarde de mediados de agosto. Por un instante se vio a sí mismo como un absurdo adolescente que se toma literalmente lo que se dice de pasada y solo a título analógico. Pero esa misma visión de sí mismo, juvenil y desolado en el recuerdo, volvió a encender el odio contra quien fingiendo amarle le había despeñado –no sabía si hacia arriba o hacia abajo– por la ladera del esfuerzo moral. Por fin marcó el número que le habían dado. Se puso un hombre al teléfono. Se oía música al fondo, tal vez la radio o la televisión, se oía rumor de conversaciones en un lugar abierto, tal vez una terraza, una piscina, un sitio delicioso. Dio su nombre y el nombre de la profesora y le dijeron que esperase un momento, que enseguida se ponía.
–¡Cuánto tiempo! –oyó decir.
Era la misma voz, era la misma realidad, la misma criatura individual y la doble lejanía del espacio y del tiempo que regresaba toda de golpe en las insulsas frases de reconocimiento y de saludo. Tuvo que explicar que había llamado a la casa de Pontevedra para pedir su teléfono. Y tuvo, por fin, que explicar por qué llamaba a aquella hora, con aquella urgencia. Pensó: «Ha llegado la hora de matar. Ahora es mi ocasión. Voy a destrozarla para siempre». Vio todo su odio alzándose a la vez como una lámina de acero invulnerable. Oyó decir al otro lado:
–¿Estás ahí? Parece que se ha cortado de repente.
Entonces, como un corredor que se dispone a aprovechar toda la fuerza del impulso de salida, dijo:
–Te llamaba para darte las gracias. Solo eso.
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