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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

una inspiración deportiva

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Birkbeck College era un red brick college de la Universidad de Londres. Era un colegio que funcionaba de noche, a partir de las cinco o seis de la tarde. Los alumnos matriculados allí teníamos que tener todos ya un título universitario previo. Yo había estudiado Filosofía y Letras (Filosofía) en la Complutense de Madrid.
Siempre, desde muy joven, he tenido el proyecto de leer filosofía y de escribir ensayos filosóficos. Un proyecto que, en parte, se ha disuelto en el mar de las novelas, narraciones y poemas que de hecho he escrito, quedando, como el propio mar, al fondo, con sus litorales bravíos del norte de España, sus historias de pesca y de pescadores, mis aventuras a bordo de un chinchorro –el pequeño bote de remos–, mi juventud santanderina en un Santander estival –porque mis inviernos estudiantiles son de tierra adentro–, la Dehesilla y Valladolid. Más Valladolid, por el colegio San José de los Jesuitas, que Palencia, que quedaba más a mano de la Dehesilla, a unos treinta y tantos kilómetros. Valladolid fue para mí equivalente al romanticismo juvenil. Entre las indecisiones teológicas y el maravilloso tramo del Pisuerga que baña la ciudad, Valladolid fue la gran ciudad eximperial de mi juventud. El colegio de San José de los Jesuitas era en aquel entonces un colegio elegante. Los jesuitas educaban a alumnos de la clase media-alta y aristocrática. Nacho Collantes y yo pertenecíamos a la primera y Javier Urzáiz Azlor de Aragón a la segunda. Dejando aparte a los compañeros de quinto y sexto de bachillerato, lo más notable de ese colegio fue José María Cagigal, que era entonces un maestrillo, es decir, uno de los jóvenes jesuitas que, entre Filosofía y Teología, dedicaban tres años a la práctica de la educación. Es fácil recordar a Cagigal en líneas generales. Al dejar la Compañía de Jesús fundó en Madrid el Instituto Nacional de Educación Física. Inspirado por Cagigal leí mi primera novela literaria seria: Nada, de Carmen Laforet. Vale la pena recordarla. Fue la primera publicada por la autora, Premio Nadal en 1945. Resulta curioso ahora recordar la importancia que tuvo para mí aquella primera novela de Laforet. Inmediatamente después leí La isla y los demonios y La mujer nueva, que me impresionaron mucho menos. ¿Por qué me impresionó tanto Nada? Porque fue la primera vez que yo me encontré con un tema que iba a ser central en mi propia producción literaria años después: los relatos sobre la falta de sustancia. La joven estudiante que hace el primer curso de Humanidades en la Universidad de Barcelona se instala en casa de su abuela materna en un inmueble de Aribau. Mi primera visita barcelonesa en 1977 fue a esa calle. Era una calle del centro de Barcelona, espaciosa pero de algún modo común o ensombrecida por las casas vecinas, que eran sólidas casas de la clase media acomodada barcelonesa. Nada era una novela escrita con gran vivacidad en primera persona del singular. Oía y veía a Andrea, la protagonista, en aquella Barcelona de posguerra apañándoselas como podía en casa de la abuela, oprimida por su tía Angustias e iluminada, pero ambiguada a la vez, por la presencia de su tío Román, el violinista fracasado que tenía una buhardilla en el último piso de la casa. Ahí leí por primera vez cómo era posible describir literariamente los sonidos del violín de un músico lleno de talento y a la vez lleno de desesperación y sensación de fracaso. La idea de Nada ahí era, si se quiere, metafísica: ex nihilo nihil fit; de la nada, nada se hace. ¿Y qué es la nada? La nada es la reducción del mundo, del ser real, a una abarrotada suma de sentimientos, sensaciones, ocurrencias y, en última instancia, ambigüedad y fracaso. En la biografía de Román y de los habitantes de la calle Aribau hay todo eso junto con una negación de toda trascendencia. Todas sus vidas son inútiles y absurdas. Contado así suena demasiado esquemático. Descrito y leído por primera vez, a mí me pareció que reproducía mi propia vida interior, sentimental, sensiblera, infirme, estudiantil, completamente envuelto en el aquí y el ahora de mi circunstancia. Cagigal pensaba que Nada era una fascinante reproducción de la juventud intelectual de posguerra, de la cual yo podía considerarme alumno. Él mismo había optado por entrar en la Compañía de Jesús y servir al ente necesario y dejar al ente contingente atrás. La nada se convertía en una nadería y la espiritualidad católica en un sistema de verdades trascendentales. Todas esas verdades eran electrizantes para mí entonces. Vivía en un estado próximo a la ebriedad, al hermoso y puro entusiasmo, cuyo fundamento era de momento solo la figura de un futuro jesuita de veintiséis años. Yo tuve mucha suerte, esa es la verdad. Cagigal no era, pese a sus convicciones religiosas, dogmático, sino deportivo, emprendedor, empírico. El mundo real, el ser real, no era angustioso, sino, sobre todo, grande y abierto. Oíamos la gran música de Bach al levantarnos los domingos por la mañana. Sin darme cuenta viví en aquel momento una religiosidad barroca muy española, muy de posguerra, muy fecunda pedagógicamente, al menos para mí. Había entrado por primera vez en el mundo de la filosofía y la teología y la literatura, que iba a ser el mío de ahí en adelante hasta el día de hoy. El mundo de José María Cagigal, sin embargo, era el del gran deporte, el deporte de todos los deportes, el atletismo, que puso de moda en el colegio de San José, rebajando así la omnipresencia del fútbol. Lo fascinante, deportivamente, eran los grandes campeonatos de atletismo, filmados o contemplados en realidad en las pistas deportivas de Valladolid, y no los partidos de fútbol, que continuaban, sin embargo, teniendo su aquel para mis compañeros estudiantes. Cagigal tenía la capacidad de convertir a dos personajes como Javier Urzáiz y yo, adeportivos, en admiradores del deporte, aunque solo fuera por lo que respecta a la contemplación de las competiciones. Esa admiración me ha durado hasta hoy en día. Resulta que, con los años, cumplidos ya los ochenta, he ido a animar a las pistas y los estadios a mi amigo Ignacio Laguna, Iñaki, exatleta, a sus últimas competiciones profesionales en los 400 y los 800 metros. También resulta que iba a verle entrenar a las pistas del INEF, el Instituto Nacional de Educación Física fundado por el propio José María Cagigal.
Mi vida cambió radicalmente con los viajes a Londres. Todo lo anterior me inspiró para ser, dentro de mis posibilidades, un escritor abierto a la alegría deportiva, consciente de la función del cuerpo humano en relación con la inteligencia y con el corazón. Gracias a Cagigal, y no obstante mis achaques reumáticos y digestivos, soy todavía un vigoroso creyente en la espiritualidad deportiva. La generosidad, el buen humor, el saber perder y saber ganar a la vez. El fair play.
La filosofía que se estudiaba en el Birkbeck College era la filosofía analítica, con predominio del pensamiento científico, de la lógica material y formal, a diferencia de la filosofía continental, con el existencialismo y la ontología. La filosofía analítica e inglesa fue una forma nueva de ver la filosofía para mí. Un mundo nuevo con voluntad de adecuación entre los pensamientos y las cosas, contrario en muchas ocasiones a la ebriedad de las grandes profundidades en las que caían con facilidad los filósofos continentales de la época. Cagigal, Laforet, la práctica deportiva fueron para mí inspiración e impulso para querer estudiar filosofía por segunda vez, una filosofía nueva, la filosofía anglosajona del Birkbeck College.
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