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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

una querida color blanco

spanish

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La tarde se ha enardecido al irse enfriando alrededor de Gabriel Atienza la bruma gris de todo el día. El sol ha dejado de ser la debilitada aureola que beatificaba los tejados hace un rato. La luz cede su sitio al anochecer movedizo. Es a mediados de enero. Atienza observa, para su capote, una vez más, que siempre parece ser mediados de enero en la ciudad de su infancia. Suspira al evocar la confortable salita de Ana María, que le estará esperando. Esa salita del quinto y último piso de una ciudad de provincias con mirador encristalado que da al mar resume –igual que el mes de enero– el lugar de nacimiento y todas las queridas pasadas, presentes y futuras de Gabriel Atienza. «¡Deliciosas queridas chicas mías!», piensa Atienza, como quien paladea una segunda trufa helada. Ayer pronunció en el Ateneo su insulsa conferencia sobre los novelistas y la democracia. Es la misma de los cuatro últimos años. Ana María no fue a escucharle, como quedaron por teléfono. Cenó con los organizadores. No pudieron verse durante el día porque durante el día ella tiene clases.
Atienza contempla desde el muelle la línea del paseo de plátanos sin hojas. Paladea el sepia y el azul y el color zanahoria de la luz de las farolas. Es el introvertido invierno marítimo, al empezar la noche. Ana María ya habrá corrido las cortinas, de terciopelo claro. Habrá contemplado, por un instante, el muelle desierto, las luces de posición de los cargueros fondeados en medio de la rada, que giran con la marea melancólicamente. Ahora empieza a chispear un poco. Entre la casa de Ana María y el muelle hay un parque con un estanque pseudojaponés sobre el cual se tiende un puentecillo de cemento armado con barandas de hierro. Dan las siete en el reloj de los jesuitas. La melancolía es dulce y furtiva y el ligero abatimiento de la conciencia no es desagradable. Nada es ya desagradable a estas alturas de la vida de Gabriel Atienza. Se siente seguro en el acuario de su propia piel. Y todo es interior. Y no queda nada que valga la pena visitar afuera.
De ese interior es parte Ana María. Desde hace quince años son amantes. ¡Qué deprisa pasan quince años! Pasarán juntos esta noche. Mañana por la mañana Gabriel Atienza regresará a Madrid en avión. Todo es interior y, por lo tanto, no ocurrirá nada que no haya ocurrido muchas veces antes. La misma conversación circular. Y la tiranía indolente de una atracción que Atienza ha dejado de sentir hace miles de años. No pasará nada importante, no pronunciarán ninguna promesa definitiva, no se harán ningún daño. Una melancolía confortable. Ahora ha dejado de chispear y ya llueve. Reluce la avenida desierta. Atienza se vuelve cara al mar, por última vez, y contempla las mansas siluetas de trapo de las grúas como jirafas inmóviles. Por todo su paisaje interior, incluidas Ana María y las grúas, siente Atienza una consistente curiosidad distanciada. Todos los sentimientos son menores, todas las debilidades veniales. De pronto su curiosidad desganada se transforma en un dolor punzante como una especie de dolor reumático.
Atienza, que había ya cruzado la avenida y se había ido acercando lentamente al portal de la casa de Ana María, se da cuenta de que su punzante desgana se convierte en un obstáculo insalvable. «No tengo ganas de subir», piensa Atienza. La salita confortable, la ordenada salita escrupulosamente limpia de Ana María y su rica cena casera y la previsible sorpresa de su nuevo traje largo y flotante –un raso estampado donde predominará lo rosáceo y lo florido, por desgracia–. Ana María al atardecer ataviada expresamente para disimular la anchura irreverente de sus caderas y sus pechos y la desaparición de su cintura, sus carnes congeladas como basaltos. Todos los detalles, hasta los más mínimos, embravecidos y encrespados impiden que Atienza llame al timbre de la entrada.
Para no dar la nota, de pie delante de un portal cerrado, Atienza camina unos quinientos metros y entra en un salón de té-pastelería que recuerda de su niñez. Ahí se reúnen después de cenar los ateneístas más conspicuos de la localidad, todos los conocidos literarios de Atienza, cada cual con su propia envidia independiente en una botellita color verde. «Por suerte –piensa Atienza–, todavía es pronto para esos.» Desde ahí llamará a Ana María por teléfono. Se disculpará por haberse retrasado.
Mientras, acodado en la barra, toma a sorbitos un coñac crece en Atienza la necesidad de retrasar el momento de encontrarse con Ana María. «No estoy en condiciones de subir», diagnostica Atienza, como si contemplara su propia temperatura emocional en un termómetro. Se siente fríamente febril e incapaz de reproducir –de momento, por lo menosel ritual mortuorio de ser el amante de Ana María. Subirá a verla, desde luego. Pero no ahora. Subirá luego, desde luego. Mientras tanto el coñac hace que sus nervios peguen un buen brinco. Un brillante y delicioso brinco melancólico. Un regocijo funerario. De ahí vienen las mejores páginas de Gabriel Atienza, la mordacidad más precisa de su sentido del humor. Noli foras ire. Pero tiene que llamar. No está en condiciones de subir. Pero tiene que llamar. Tiene que llamar para decir que va a subir dentro de un rato. Cuando amaine el efecto de la copa, cuando la llameante sensación de poder que ahora le embarga se desacelere un poquitín.
Pide otra copa y, mientras se la sirven, va al teléfono.
–Ana María, soy yo. Ahora subo, estoy abajo, donde siempre. Me atraparon al salir, uno del colegio y su mujer, un tal Manolo Soler, que no conoces tú. Fuimos muy amigos. No tengo más remedio que quedarme. Nadie cree en provincias que a las celebridades no siempre nos viene bien tomar una copa con un amigo de la infancia...
Le sorprende el silencio de Ana María, su contenida respiración, que llega intacta hasta su auricular.
–¿Ana María, qué te pasa?
–Nada. Nada, no...
–Igual te has enfadado. ¿Estás enfadada, Ana María? No podía no aceptarles esta copa, entiéndeme... Lo ventilo en un momento y subo...
–No te preocupes...
–Calcula media hora, tres cuartos como máximo.
–Cuando quieras, sube cuando quieras.
–Lo antes que pueda. Ya sabes cómo son... En media hora les ventilo y subo...
–Hasta ahora.
–Hasta ahora mismo, bonita.
Regresa a la barra y a su segundo coñac de esa tarde. Desde ahí, a través de la vidriera del gran escaparate donde se exhiben las tartas y las pastas de la confitería, ve Atienza el largo muelle reluciente y hueco. Ahora que ha dejado de llover aumenta el brillo de las farolas y el asfalto, y desolados reflejos, serpenteantes espíritus animales, potestades húmedas de la noche portuaria entran y salen con mudo regocijo por las puertas y ventanas del alma de Gabriel Atienza. «Si no fuese porque nada hay fuera –piensa Atienza– se diría que ahora, en este instante, todo pasa fuera y no hay dentro. Ningún interior donde podamos regresar ninguno.» Una pareja, de la edad de Atienza, entra por la puerta giratoria. Una vez dentro, los dos a la vez cuchichean y miran hacia la barra. Atienza desvía la mirada. La pareja se dirige a él.
–Tú no te acuerdas de mí, claro –dice el hombre.
«Ser reconocido en provincias es un gaje del oficio», piensa Atienza. Es un buen profesional y consigue fingir en un instante que recuerda a ese hombre con todo lujo de detalles. El recién llegado, satisfecho, dice:
–Te voy a presentar a mi mujer.
Y Atienza dice:
–Por ti no pasan los años.
Los tres se instalan en la barra. Un escalofrío a contrapelo le recorre a Atienza la conciencia: es inquietante que el recién llegado sea la encarnación, la justificación de la mentira que acaba de decir por teléfono. Atienza sonríe. «Las mentiras son verdades que se dan la vuelta», piensa al buen tuntún.
Ahora ya es verdad que los recién aparecidos se le pegan como lapas. A fuer de cortés se ve obligado Atienza a acompañarles a cenar. La cena es un gran éxito porque Atienza acaba por encontrar encantadores a los valedores de la verdad de la mentira. Es halagador, sin asomo de la menor contrariedad, que a este matrimonio le parezca Atienza un gran hombre incuestionable.
Esa cena, ese encuentro, la sensación de estar haciendo lo que debe, todo ello constituye una figura perfectamente redondeada que, como la del propio Atienza, solo se improvisa tras largos años de preparación. Y el hecho de que Ana María, la querida, le espere sin haber recibido nuevo aviso no es, dada la marginal naturaleza de la relación, nada más que una desafortunada incompatibilidad de los horarios, los deseos, los sentidos y sinsentidos de la realidad misma considerada globalmente. Las queridas son la pasión dulce del alma porque no padecen cuando las hacemos esperar. Pero la hora de Ana María llega por fin con la cuenta y los cafés. Ahora Atienza consulta su reloj y el matrimonio exclama:
–¡No mires el reloj porque aquí la hora nos da igual! Es lo bueno de las capitales de provincia. Y...
Atienza desmorona la ilativa levantándose y marchándose casi bruscamente. «Comprensible», piensa la pareja. Los hombres de letras son imprevisibles. Se comprende que no se les comprenda. Gabriel Atienza es un primer violín. Y este matrimonio no se pierde nunca un buen concierto. Se levanta con aire de aplaudir. Atienza, encaminándose raudo a pasar la noche por fin con su querida, les olvida. Pero la pareja, en cambio, le recuerda todavía un rato. Al final la mujer formula con toda precisión lo poco que les queda ya por formular:
–Ya se sabe que los artistas así son. Acuérdate del pobre Argenta. Todo el unte (la fuerza, vamos) de sus obras lo sacan de lo que tienen todos en la vida que sufrir...
«No hago ni el bien que quiero ni el mal que no quiero. Simplemente estoy en dos. Y siempre lo estaré...» Ahora recibe la inesperada ayuda de la inverosimilitud que siempre ha presidido sus relaciones con Ana María. «¡Pobre chica! Si en vez de conmigo llega a liarse con un hombre de una sola pieza, lo tritura. Pero conmigo nunca le valió. Cada vez que cree que ya me tiene yo me alejo el doble que la última vez en que creyó que por fin ya me tenía...» Es inverosímil en provincias que nuestros actos tengan consecuencias. No las tienen porque las mujeres no se pueden ir y los hombres siempre nos tenemos que marchar. En provincias nunca pasa nada, por eso nos tranquilizan tanto cada vez que vamos de visita.
Resuena en la calle amplificada y deformada, metalizada por el telefonillo, la voz de Ana María que dice: «Sube». O algo así. Mientras sube piensa Atienza: «Por mi culpa no ha sufrido nunca. Al contrario, gracias a mí ha tenido lo poco que ha disfrutado de felicidad. Una vida confortable con un amante algo mayor que va y viene. Casi nadie tiene más. Yo mismo ni siquiera tengo eso...». Por fin le deposita el lento ascensor en el descansillo de la última planta. Ana María ha dejado, como otras veces, entreabierta la puerta del piso. Atienza entra. La salita a la izquierda está muy iluminada. Atienza entra en esa salita. No hay nadie.
–Ana María –dice en voz alta.
La salita es un estar-comedor. Está puesta la mesa. Está encendida una estufa eléctrica que imita una chimenea de leños. Toda la habitación imita conmovedoramente un hogar. Todos los detalles están bien. Ana María es muy detallista.
–Ana María, estoy aquí.
No, no se oye nada. Es muy posible que se haya escondido. No sería la primera vez. Ana María le espera escondida algunas veces como una niña en los armarios. Atienza sale al vestíbulo y entra en la cocina. Es muy blanca. No le falta detalle a esta cocina blanca. Y las encimeras, a juego con los azulejos blancos, también son blancas. Y en el fuego hay una cacerola que Atienza destapa para oler el guiso de carne recién hecho. Todo está recién hecho. Atienza deja la cocina y entra en el cuarto de dormir. Y abre la puerta del armario. Ahí están los inmensos trajes de Ana María colgados todos idénticos y distintos, como las figuritas de Lladró, los enormes trajes lacios de todos los colores que se pone Ana María. Ahí dentro es visible el olor de su perfume como un floripondio de dudoso gusto. «¡Pobre Ana María!», piensa Gabriel Atienza. Ahora, por si acaso, mira debajo de la cama. Ana María no cabría debajo de la cama. Nunca cupo, ni de joven, y ahora menos.
–Ana María, sal, ¿dónde te has metido? No te encuentro, Ana María, sal.
Solo queda por mirar el cuarto de baño. La puerta es de esmalte blanco. La única cerrada. Con los nudillos llama un par de veces. Luego dice:
–Voy a entrar.
Abre la puerta. La luz está apagada. De la ventana que da al patio viene algo de luz junto con un olor de lluvia y patio de vecindad. Junto con gritos. Atienza se asoma a la ventana. Hay mucha gente en el patio abajo, gritando. Y hay un bulto en medio, de color blanco como el revoltijo blanco de la colada. «Gritan demasiado –piensa Atienza–, demasiadas mujeres en el patio para que lo blanco que hay en medio sea solo el bulto de las sábanas...»
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