algo de comer
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Mi madre lanzaba de vez en cuando miradas de reproche que no impresionaban a nadie, como balas de fogueo. Mi padre las esquivaba parapetado detrás de las cartas o encogiéndose de hombros.
Y yo me había hecho invisible entre la bruma de tabaco que invadía la sala y que se acampanaba en nube densa sobre la ciénaga de la mesa. En camiseta, sudorosos, como una cuadrilla de soldados cansados pero tercos, mi padre y sus amigos encaminaban la partida de tute hacia el alba. Uno de ellos, el que llamaban Curtis, agitó el tronco seco de una botella de whisky. La inclinó y todos esperaron la última gota como una prueba de la que dependiese el orden del universo. Curtis, yo lo sabía de otras noches, era un hombre imprevisible. Lo que prestaba ahora, dijo después de chascar la lengua, era algo de comer.
Habían cenado horas antes. Los platos todavía estaban apilados en el lavabo de la cocina. ¡No hay nada que rascar!, exclamó mi madre, como si tratara con prófugos a los que era inútil ilustrar con oraciones subordinadas del tipo: A estas horas de la noche...
Algo habrá, dijo Curtis. Siempre hay algo.
Y luego preguntó, señalando mi pecera: ¿Cómo se llama ese pez, chaval? Dragón Dorado, respondí con pánico. Mi padre encontró un bote de aceitunas en la alacena. La carne más rica es la de la iguana, dijo de pronto Curtis, con un resplandor verde en la mirada. Sin duda alguna. Pero lo más raro que comí fue la piraña grande, el capaburros.
Hay que freiría en la manteca de sus propias tripas, como hacen los indios del Orinoco.
Dejaron la baraja a un lado y hablaron de comida. Sólo había dos cosas en las que ponían un alegre entusiasmo de hermandad: En el escarnio de algún ausente o en la comida. Mi madre se había puesto a fregar el suelo bajo la mesa, para echarlos. Pero eran gente demasiado bregada como para hacer caso a tan elemental indirecta. En cuanto a comer, todos habían probado cosas muy extrañas. Desde hostias a granel a guiso de caimán. El único que permanecía en silencio era Lens. Era también el único que no se había descorbatado. Siempre vestía como un dandy. ¿Y tú, Lens? ¿Qué fue lo más raro que te comiste? Era tardo en hablar. Por fin, escupió dos huesos de aceituna en la palma de la mano y los mostró como un tosco jeroglífico. Entonces, ¿es cierto eso que cuentan?, preguntó Curtis. No tuve más remedio, dijo Lens. Nos habíamos encariñado. Yo y aquella chica rumana del club. Él le cortó de un tajo un dedo del pie.
La marcó como a una esclava. Y yo... Lens cerró el puño sobre el par de huesos. Esto, sentenció, que no salga de aquí.
El alba asomaba con perfume de lejía.