el duelo final
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Él tenía aquella manía de llevar siempre la contraria. Adornaba mucho sus opiniones con juramentos y blasfemias, aunque su maldición preferida era más bien inocente: «¡Mala mar te trague!». Había una que a mí me parecía terrible y que él reservaba para atemorizar al rival en momentos decisivos: «¡Me escarbo los dientes con el Palo de la Santa Cruz!». Un día, un guardia de tráfico le pidió que se identificase, después de adelantar a más de cien por hora en una curva con raya continua, y él profirió toda una filosofía: «¡Me llamo André Dosil y me cago en Copito de Nieve y en la Raíz Cuadrada de Tres!».
Pero lo que a mí me llamaba la atención era la vehemencia con que se oponía al parecer de los demás, fuera quien fuera y fuese sobre lo que fuese. Dosil luchaba contra el mundo. Tenía un anzuelo clavado en las entrañas. Yo comprendí muy bien, mejor que en la clase de Lengua en el instituto, lo que eran las oclusivas, esa implosión que contenía por ejemplo la «p», cuando Dosil se revolvió con vehemencia contra un viajante algo chinchón que había invocado como argumento decisivo en su favor la opinión de la mayoría. Se escucharon dos auténticos petardos fonéticos en aquel templo del saber que era el bar de mis padres: «¡Me cago en la opinión pública!».
La propia manera que tenía de afincarse en una esquina de la barra del Universal recordaba a esos boxeadores que se clavan en un ángulo del ring, resistiendo la andanada inicial mientras planean el fatal contragolpe. Era soltero. No tenía amores conocidos. Y trataba a las mujeres como seres invisibles. Sólo lo vi dos veces vencido.
Una fue cuando murió su madre: «Ponme una copa, chaval. ¡Me cago en la pena!».
Con la televisión luchaba cuerpo a cuerpo. Sin tregua. Nada más escuchar la sintonía del noticiario, se ponía en guardia, ojo avizor, acodado en la barra, y con las mandíbulas apretadas. Defendía a Milosevich, al presidente de Corea del Norte, a Sadam Hussein, a Fujimori, e incluso, en alguna ocasión, a Fraga Iribarne. ¿Gaddafi?
¡Gaddafi es una bellísima persona! Y como ya nadie le llevaba la contraria, se enfrentaba en voz alta a la pantalla: «¡Hijos de la Coca-Cola! ¡Me cago en Todo!».
Una noche, entró Charo en el Universal. Trabajaba en el horno de una panadería cercana. Traía en la cara el dorado de la hogaza, y una melena ondulante, del color del pan de maíz. A mí me ponía nervioso la holgura libre de su mandilón blanco. Dosil, sólo atento a la tele, la había tomado con unos manifestantes. «¡Había que caparlos a todos! ¡Me cago en la inocencia!» Y Charo le espetó: «¡No digas barbaridades, André!
¡Eres un animal de bellota!». Esperamos la réplica con pavor. Pero Dosil, ruborizado, bajó la cerviz: «¡No te enfades, Charito! Calla el cerdo cuando canta el ruiseñor».