la medida del agrimensor
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¡Le va a devorar el frutal!
El tallo de la hiedra abrazaba el tronco del manzano como una boa. Tenía el color de la piedra lavada y una pelambre crespa, de estera, que se alisaba como un músculo tenso a medida que ascendía. Allí donde había una rama, brotaba de la hiedra una lengua bífida, codiciosa, que al besar hincaba con raíces y se ceñía con ventosas en un posesivo beso. Entre los trinos de los pájaros, se oía crecer y reptar como el sonido de un contrabajo cuando el músico deja de tocar las cuerdas.
Las hojas del manzano eran de un verde manso, que dependía del humor de la luz.
Un verde que tenía edad, como las piezas de un tendal humano. En la infancia, al germinar, un verde lavanda, tierno, casi transparente. Y después estaba aquel verde alegre de la juventud, de guirnalda en domingo festivo, de paño de chaleco de gaitero en alborada. Un verde de traje de faena, un verde mandil, en días laborables, mientras se lograba el fruto. Tembloroso más tarde como el ánima de un verderón en el cielo oxidado. En el otoño, hay un día en que las nubes adquieren sonido, como el día aquel en que por vez primera Pedro Madruga incorporó la pólvora a los campos de batalla de Galicia. El verde viejo del manzano se tiñe entonces de pigmentos. Esos colores interesantes no son señales de muerte, como acostumbramos a pensar, sino estrategias para ahorrar luz y prolongar la vida.
Pero, como es sabido, las hojas caen.
En esa época, las ramas desnudas del manzano quedaban sin el porqué, en un coma profundo, mientras se sentía respirar guerrera a la siempreverde, el jadeo de su taimado avance por aquellos senderos suspendidos en el sueño.
¡Le va a devorar el frutal! Al principio, la amistosa advertencia de los vecinos tenía un deje de ironía. Quizás ese hombre no se daba cuenta de lo que estaba sucediendo en su huerta. Quizás no sabía distinguir entre el verdugo y la víctima. El árbol descansa, pero esa hiedra no. El árbol duerme, pero la hiedra es insomne. Lo va a consumir. Lo va a ahogar. Tiene estudios, pero él no debe de saber. Dicen que es un perito con carrera, pero una cosa es medir la tierra y otra conocerla. Lo que pasa dentro de la tierra no es broma. Se muere y se mata. ¿Por qué mira los avances de la siempreverde con esa indiferencia?
A mí me gustan así, confesó él ante la insistencia, sabiendo que esa respuesta sería comentada como una rareza. Pero ésa era la verdad. Lo hechizaba la hiedra, aquella lujuria oscura, incansable en el robo de la luz, sorbiendo todo para su disfrute.
Me gusta por la sombra. Es por la sombra, añadió para no parecer inconsciente.
Aquí la sombra nos la da Dios de balde, le respondieron.
Y era cierto que el país era sombrío la mayor parte del año. Vicioso de toda la gama de nieblas y la escala de lluvias. Hasta la luz de las lámparas eléctricas parecía sentir escalofríos, intimidada por unas tinieblas corpóreas que tenía que doblegar en cada anochecida. Y fuera, también en la noche, allí estaba la hiedra, ceñida al ser lisiado.
Exuberante. Loba.
Quien más se preocupaba por la suerte del manzano era una mujer, Dora. Un día, en el verano siguiente, se detuvo al lado de la cerca, posó el gran cesto que llevaba en la cabeza, almohadillada con un paño, y le hizo un elogio tan sentido de aquellas
manzanas que sorprendió al hombre: Si todavía fuese joven, sería capaz de robarlas. Así mismo se lo decía. Dar, ya daba muy pocas. El había probado una y le parecía amarga y dura de más. ¡No estaría madura, hombre, que son muy sabrosas! Dora, en el encomio, con la corona del paño en la cabeza, imitó la degustación con la naturalidad de una gran actriz. Cerró los ojos, suspiró de gozo, como si saboreara un mosto, y sonrió al final, de una forma que ruborizó al hombre. En todas las hectáreas del mundo habitado, ¿cuántas escenas se seguirían dando en las que aparece una mujer, un hombre y una manzana?
Ella misma se ofrecía para podar la hiedra si él quisiera. El hombre dijo: Lo haré yo, no se preocupe.
Ella lo miró con desconfianza y su despedida fue como un juramento: No lo deje morir. ¡Quedamos en eso!
Fueron las manzanas podridas, caídas al suelo, las que hicieron que el hombre recordase su promesa. Cerró los ojos y vio a Dora. El paño del mullido era un aro de luz fluorescente. Después de comer la manzana y sonreír, le decía con sorna: ¡Valiente hombre eres tú! De acuerdo, se rindió él, ¡acabemos de una vez! Y entonces se enfrentó a la siempreverde. Ese invierno, si la dejaba, devoraría definitivamente al frutal. No es que sólo fuese umbría. Se estremeció: Era la sombra. Sus hojas estaban hechas de cartílago de sombra.
Al terminar la poda, sacudió el polvo de la sombra con las manos y en dirección al poniente. Los tentáculos de la hiedra formaban un montón informe esparcido por el suelo de la huerta. Nunca antes se le había ocurrido pensar, a él, al agrimensor, que la extensión de la tristeza de un hombre pudiese abarcar tantos metros cuadrados.