Korimba

Stories / Poems

Stories by manuel rivas

la sinceridad de las nubes

spanish

Save as PDF
Era uno de los pocos jóvenes que continuaban en el valle, trabajando el campo y cuidando ganado. Al preguntarle la profesión, en unos documentos escribía agricultor; en otros, granjero. A veces, nada. Podría haber emigrado. A la ciudad o al extranjero.
En realidad, tenía tantos oficios como dedos. Podría levantar paredes. Colocar una instalación eléctrica. Empalmar cañerías y reparar la bomba de agua del pozo. Lijar y pintar una verja. Hacer una escalera de caracol. Injertar un frutal en un espino, ajardinar un yermo. Y era un buen mecánico: nadie maneja hoy tantas máquinas como un hombre de aldea. Fuerte, decidido, animoso, ¿por qué no se marchaba?
Sabía que el tener automóvil le obligaba a ciertos servicios colectivos. El viernes por la tarde, la abuela de Inés le pidió, como otras veces, que fuese a buscar a su nieta a la parada del autobús, allá, en el lejano cruce de carreteras. Inés estudiaba Medicina en Santiago de Compostela, pero, al bajar del transporte, parecía que había atravesado Europa. La mirada algo extraviada, verde tormenta, en la orla frondosa de las ojeras.
Vestía un suéter de cuello cisne. El la saludó como un chófer profesional y guardó el equipaje en el maletero. Antes de ir a casa, dijo ella, llévame, por favor, a ver el mar.
Él sabía en qué sitio estaba pensando. A veces, en su ausencia, él se sentaba allí, en la grupa de la duna. Por el camino, los pies descalzos de Inés nombraban, embrujaban: Estrella de la junquera, anémona, melga, manzanilla, lirio del mar, cardo marino. Ahora, silencio. En la fragua oceánica del poniente, entre ascuas que chirrían, germinaban a un tiempo las olas y las nubes. Creo que voy a dejarlo, dijo ella. No sirvo para médico. No soporto el dolor.
Todo se aprende, dijo él. Y pensó, sin decirlo: Descubrirás que eres valiente de un día para otro. Además, no hay trabajo. Te matas a estudiar, y después ¿qué? Él la animó: Siempre habrá trabajo para los médicos. Especialízate en lo de los viejos, ¿cómo se dice? Geriatría. Eso, geriatría.
Una ola rara, de las que no embisten ni besan la arena, cruzó veloz de izquierda a derecha, como una mecha encendida de espuma. Todo resultaba sincero en la playa desierta: Las olas, las nubes. Una bandada de gaviotas reidoras. Galicia entera debería estar sembrada de marihuana, dijo ella de repente. Le ofreció una calada y él negó con la cabeza. ¿Sabes? Romeo y Julieta bebían vino caliente con canela y frambuesa; venga, hombre, ¡una calada! Una nube. Una ola. Y otra. Y otra.
Save as PDF