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Stories / Poems

Stories by manuel rivas

una flor blanca para los murciélagos

spanish

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El viejo acarició rudamente al niño, pellizcándole la piel del cogote como a un perro de caza. Luego lo izó por el costillar y dejó que se deslizara por la cripta oscura y hedionda de la cuba.
—Vamos, Dani. ¡Duro con esa mierda!
El crío sujetaba un caldero de agua y una escobilla de codesos. Restregó las superficies más lisas y luego, concienzudamente, azuzado por el viejo, las juntas de las tablas de roble y las partes más esquinadas, allí donde se fija la borra, los restos de la fermentación pasada, como un liquen sucio y pútrido. Cuando el viejo, a una señal convenida, hizo mover la cuba, el chaval se sintió rodar por el intestino de un animal gigante y antiguo, de esos que sestean en la imaginación de los bosques húmedos y frondosos y que, acosquillado en la panza, se voltea con parsimonia.
—Vamos, Dani, ¡que no quede nada!
La escoba de arbustos arañaba en la roña y el agua iba descubriendo la memoria del olor de la madera. Al principio, había sentido un disparo avinagrado en la nariz. A la caída de la tarde, husmeaba en las hendiduras y las rajas, a la búsqueda de los últimos restos. Escuchaba el murmullo del viejo como una letanía de los ancestros: una pizca de mierda puede estropear la mejor cosecha. La del abuelo era una pequeña viña, Corpo Santo, no más de cien cepas, pero era una de las joyas del Ribeiro de Avia, un bendito pedazo de tierra que enorgullecía a la estirpe. De allí salía un vino envidiado, el mejor amigo que uno puede encontrar.
—¡Dale, Dani! ¡Déjala como el culo de un ángel!
La patria del hombre es la infancia. El Señor da a unos unas cualidades y a otros, otras. Algunos las desarrollan y muchos las malogran. A mí el Señor me dio una escobilla de codesos y una facultad innata para detectar la mierda. Puedo olerla a distancia y bien sabe Dios que, en lo que esté de mi parte, le daré un buen fregado allí donde se encuentre.
Voy a contarles ahora cómo funciona mi nariz. La lancha de vigilancia zigzaguea entre las bateas mejilloneras de la ría de Arousa. De repente, noto el característico picor, mi nariz que se mueve como una brújula. Le hago una señal al piloto y la embarcación queda al ralentí. El mar está calmo y ronronea al compás del motor. Todo el litoral es como una cenefa luminosa, verbenera. La Atlántida. Pero la tripulación escruta la mejillonera más próxima, como si nos acercáramos a un palafito fantasmagórico.
—¡Ahora!
El potente foco de la lancha corta la noche en dos. Una banda de gaviotas se despierta indignada y comienza a insultarnos. Sobre la gran balsa van tomando forma perezosamente montones de algas y de gruesas cuerdas retornadas del mar con racimos de conchas. Más que mástiles, los troncos que tensan los cabos parecen supervivientes de un primitivo tendido eléctrico. Los ojos se desplazan al compás del foco. Hay un cobertizo de tablas con techumbre de retama seca. Cuelga, como un pellejo de plástico, un traje de aguas. Mi nariz aletea con fuerza a medida que el foco se desplaza hacia el extremo de la plataforma.
—¡Ahí, apunta ahí, Fandiño!
Salto de la lancha y brinco por las traviesas. Para ser de un tanque de flotación, la escotilla es desmesuradamente grande, como de un submarino o algo así. Forcejeo con las manos, intentando abrirla, pero la nariz me alerta. Grito a los hombres para que apuren con la linterna y una palanca. Con un impulso sobre la herramienta, hago saltar
la tapadera. ¡Mierda! El oscuro agujero empieza a escupir plomo compulsivamente y nos maltiramos sobre las traviesas. A un palmo de la cara, el mar chapotea como un tonto feliz.
—Tu turno, Fandiño.
La voz de Fandiño retumba como la de un inmisericorde conserje del Juicio Final.
—¡Escuchad bien hijos de la gran puta! ¡Ahí abajo hay miles de fanecas hambrientas deseando comer pichas de cadáveres frescos! ¡Fanecas comepollas! ¡Y
cangrejos sacaojos! ¡Y pulpos chupahuevos! ¡Así que vais a salir cagando chispas y en pelota picada! ¿Me escucháis, cabrones? ¡Vamos a meter toda la artillería por ese agujero! ¿Habéis entendido? ¡No vais a tener ni esquela en los periódicos! ¡La familia se acordará de vosotros cada vez que abra una lata de conservas!
—Vale ya, gordo —le digo a Fandiño—. ¡Policía! ¡Un minuto!
No hace falta esperar.
—¿Y esto?
Por la escotilla asoma una figura increíblemente menuda. Tan menuda como un crío.
—¡Por los clavos de Cristo! —exclama Fandiño, separando el dedo del gatillo—
¡Pero si es un crío!
El aparecido se tambalea al intentar apoyarse sobre los troncos, como si la fuerza de la luz del foco le astillase sus piernas de bambú. Es tan delgado como una hoja de bacalao.
—¿Fuiste tú quien disparó?
—Tenía miedo. Mucho miedo, seseñor —dice tartamudeando.
Fandiño baja por la escotilla y vuelve a asomar rápidamente.
—¡Hay coca aquí para un millón de napias!
—¿Cómo te llamas? —preguntó al muchacho.
—Sebastiáo.
A veces hacen esto. Mientras no recogen la mercancía, dejan guardia en los flotadores. Hay robos entre ellos. Es el trabajo de los más pringados. Días y días ahí metidos, como para volverse loco. Pero, ¡coño!, no recuerdo nada parecido. ¡Este es un chaval!
—Bien, Sebastiáo. ¿Sabes una cosa? Voy a hacer tu trabajo.
Así que la lancha se marcha y ahí me quedo yo, metido en el tanque. Tengo mucha paciencia. Veo como me crece la barba. Hasta que siento el ronroneo de un motor.
Pongo a punto la pipa. Pero, de repente, mi nariz dice que tengo que salir volando.
Cuando consigo abrir la escotilla, la humareda apenas me deja ver. Empapada en gasóleo, la batea arde como una queimada en medio de la ría.
Fue la primera vez que escuché la carcajada de Don. Seguro que él no estaba allí, pero escuché su carcajada. Se ha reído de mí muchas veces y alguna en mis narices. La última vez, lo recuerdo muy bien, fue en O Elefante Branco, en Lisboa. Me había vuelto a crecer la barba esperándole. Y estaba seguro de que en aquella ocasión lo iba a fotografiar por fin con el otro Don, llegado de América. Había trabajado durante semanas desentrañando códigos, descifrando mensajes telefónicos, buscando sentido a frases absurdas. Fue una tontería, «recuerdos a Santo Antonio de parte del elefante blanco», la que me dio la pista. De repente, me vi preguntando: «¿Cuándo es el día de San Antonio?» Pero algo, alguien, les hizo cambiar de planes. Y Don salió de O
Elefante Branco con una espectacular mulata. Pasaron al lado de mi mesa, los dedos de él repicando la música en aquellas nalgas soberanas, delante de mis narices. Poco después, mi coche se salía de la autopista hacia Oporto. No funcionaron los frenos. Un trabajo de bricolaje.
Mi ambición fue siempre llegar con la escobilla de codesos adonde la mierda más alta. No es una labor fácil ni agradecida. Con frecuencia la encuentras donde menos te esperas. En despachos de moqueta impecable. Incluso en el de algún superior. El olor sale por debajo de la puerta, se extiende por los pasillos y rezuma por las líneas telefónicas. Te aguantas hasta que la peste se hace insoportable. Como el purín de los pozos negros.
—Me están vendiendo, jefe. Aquí hay algo que huele mal, muy mal.
—¿Qué está insinuando?
—Bueno, no son precisamente mis calcetines.
—Por esta vez, no he oído nada. Cambio de destino. Y, ¿quiere un consejo de veterano?, relájese.
Unas veces se gana y otras se pierde. Hay que tomárselo con filosofía. Me pusieron delante de una máquina de escribir y detrás de un mostrador. Fue como ingresar en Manos Unidas. Desde el primer momento, y en lo que a mí respecta, la gente siempre tuvo claro que tenía ante sí a un servidor público y no a un funcionario remolón. La gente buena ha venido al mundo para joderse y la mala anda por ahí pisando fuerte.
Puede que el Señor lo haya querido así para ponernos a prueba, pero, por mi parte, y allí donde me encuentre, hago todo lo posible para equilibrar un poco la balanza. Hay casos de duda, pero el olfato, al final, nunca me falla.
Infancia desgraciada. Incomprensión paterna. Las malas compañías. La sociedad, etcétera, etcétera.
Bueno, le digo, podría darte por ir a misa, ¿no?, en lugar de joder al prójimo.
Conozco a un muchacho que es campanero. El padre, borracho. La madre, ni se sabe. El se levanta todos los domingos y va a tocar las campanas. ¿Por qué no tocas tú las campanas? Conozco a otro que es bizco y está especializado en parar penaltis. Y hay muchos jóvenes que aman la naturaleza y se echan al monte a observar los milagros de la vida. ¿Sabes que hay flores blancas que se abren en la noche para los murciélagos?
Por otro lado, un mal pequeño puede causar un grave daño. Así es que, primera regla: nunca minusvalores un caso. Siempre procuré ser coherente con este principio y me labré una cierta reputación entre la mayoría silenciosa.
Por ejemplo.
Una viejecita se presenta en comisaría a las cuatro de la mañana. Un taxi la dejó en la puerta. Debió ser una guapa señora. Viste un abrigo que seguramente resultó elegante hace cuarenta años, se apoya en un bastón y, aun así, al andar arrastra los pies como si el suelo estuviese cubierto de nieve. Por lo visto, es ya conocida en el servicio nocturno.
Fandiño, el compañero de guardia, me hace la típica seña del tornillo en la sien. Y a continuación se oculta tras la trinchera de denuncias no resueltas. Fandiño es un buen tipo, pero mucho más escéptico que yo sobre las posibilidades de la virtud contra el imperio del mal. Sobre todo desde que se casó y tuvo que mantener una familia. Ahora recuerdo con nostalgia nuestros tiempos de acción en la ría, cuando su voz poderosa resultaba más útil que un cañón humeante. Metido en la oficina, no era más que un gordo somnoliento. Sin mediar palabra, la viejecita golpea con el bastón en el mostrador. Diría que tenía unos hermosos ojos azules si no estuvieran desorbitados, con el esmalte cascado, y hundidos en dos simas negras.
—¿En qué puedo servirla, señora? —le dije con mi mejor sonrisa.
Dejó el bastón con empuñadura de caballo sobre el mesado y buscó un pañuelo en el bolsillo. Ahora lloraba. Los ojos recuperaron el brillo perdido. Las lágrimas son el mejor colirio. Las larguísimas manos temblaban como esqueletos de garza bajo la lluvia.
Bueno, yo no soy de esos que dicen: tranquilícese, señora. Si alguien tiene que estar nervioso, qué mejor sitio que en una comisaría. Una buena llorera le da un cierto orden al universo, es la antesala de la sensatez.
—Va a volverme loca, va a acabar conmigo —dijo después de secarse las lágrimas y repeinarse con los dedos.
—¿De qué se trata, señora?
—Usted parece bueno, inspector.
—Lo soy, señora.
—Verá. Yo comprendo a la juventud.
—Me parece muy bien.
—Yo también fui muy alegre, ¿sabe? —dijo con una sonrisa melancólica.
—De eso estoy seguro, señora.
—Verá. No consigo dormir. Tomo pastillas. Valium, Tranxilium... Todo eso. Pero,
¡oh, Dios!, tengo la sensación de que él va a venir, de que fuerza la puerta sin que yo me entere, y que entra en la habitación, y que con ese horrible cuchillo de matar cerdos...
—¡Vamos, señora, no pasa nada!
—Usted no sabe lo horrible que es él. Lo rematadamente malvado que es él. Es, es...
—¿Quién es él, señora? —pregunté realmente intrigado.
Volvía a tener la mirada hecha añicos, como un cristal roto por una pedrada. Hizo un gesto para que me acercase y me susurró al oído:
—Toni. Toni Grief. ¡Quiere matarme, señor!
Busqué con la mirada a Fandiño, pero se había perdido en un crucigrama.
—Así que alguien quiere asesinarla y usted sabe quién es.
—¿No conoce a Toni Grief? No me diga que no conoce a Toni Grief. ¡Claro, así funciona la policía!
La voz de la anciana iba subiendo de volumen. Ahora estaba indignada. Se apoderó de nuevo del bastón y se diría que lo blandía amenazadoramente. Volví a mirar en dirección a Fandiño. Me guiñó un ojo por encima de la trinchera. Para entonces, el bastón de la anciana traqueaba sobre el mostrador.
—¿Es que usted no ve la televisión? ¿Cómo piensan encontrar a los criminales, si no? ¿Por qué no tienen aquí un televisor? ¿De qué les sirven tantos papeles? ¿Para eso pagamos nuestros impuestos?
—Toni Grief —dijo Fandiño, molestándose por fin en echar una mano—, el de Tiempo de crisantemos. Una serie de mucho tomate.
—¿Sabe una cosa, señora? Si hay una clase de indeseables que odio —dije con vehemencia— es la de los tipos que no dejan dormir a las viejecitas solitarias.
Mi interés la dejó confundida. Por la reacción de Fandiño, no debía ser la primera vez que se presentaba en comisaría para denunciar el caso. Lo más probable es que, en anteriores ocasiones, la hubiesen sacado en volandas, metido en un coche celular y depositado en el portal de su casa, si no al fresco en el monte del Castro o en la playa de Samil.
—¿No tiene nadie que la ayude? ¿No tiene hijos?
—Tengo un hijo. Pero, ¿sabe usted?, está siempre muy ocupado.
—Voy a decirle lo que vamos a hacer. En primer lugar, formalizamos una denuncia contra este sujeto, Toni Grief, para lo que es necesario rellenar este impreso. Con razón usted se dirá qué coño de papel hay que cubrir cuando la vida está en juego, pero ya sabe que hay un montón de parásitos a los que los impresos dan una razón de vivir. Una vez hecho el trámite, lo que justificará mi salida de esta lúgubre conejera, nos dirigimos
a su domicilio y arreglaremos cuentas con ese gusano. Dígame, ¿qué le hace pensar que su vida está en peligro?
Por un momento pensé que la anciana iba a volver a la sensatez. Suele pasar con la gente que pierde el juicio. Cuando te haces el loco con ellos, el instinto les hace recuperar la cordura. Es una ley física, como la de los vasos comunicantes. Pero, consternado, pronto comprendí que esta vez no iba a funcionar. La vieja me miró encantada. Por fin había encontrado un socio a la altura de las circunstancias.
—Mire usted, yo tenía a Toni Grief controlado. No soy una demente. Todo iba bien mientras estaba en la pantalla. Lo odiaba, porque es un tipo realmente repugnante, pero a la manera en que se odia a un malo de las películas. Es cierto que lo insultaba, que lo amenazaba con el bastón. Pero, bueno, no hay mucha gente con la que hablar, ¿sabe? Y
yo fui siempre muy habladora. También les riño a los políticos, en el telediario. Les digo mentirosos y esas cosas. Hay otros personajes que me caen simpáticos y les envío besos soplando sobre la palma de la mano. ¡Pero ese Grief! Creo que me sobrepasé en los insultos, porque en los últimos capítulos me miraba. Iba a paso rápido por esas calles siniestras, con el viento silbando como un caballo desbocado y, de repente, se detuvo, la cara medio iluminada por una farola, y me miró fijamente, con sus ojos inyectados en sangre.
—Supongamos que, efectivamente, la miró. Pero ese Toni Grief siguió su camino,
¿o no?
—Usted piensa que estoy loca. ¿Cree que no distingo un retintín?
Bueno. Tenía razón en creer que yo creía que estaba loca. Pero no era mi intención tomarle el pelo. Lo que pasa es que empezaba a estar un poco harto del dichoso Toni Grief.
—Señora, tenga la seguridad de que estoy dispuesto a llegar al fondo de este asunto
—dije con toda la seriedad del mundo.
—El televisor se estropeó.
—¿Cómo?
—Sí. Poco después de que Toni Grief clavase su apestosa mirada en mí, la pantalla se llenó de rayas. Cambié de canal, pero nada. No había nadie con quien pasar la noche.
—Pues sí que es una casualidad.
—No es una casualidad.
—¿Y cuándo fue eso, señora?
—Hace ya una semana. Pero verá usted, déjeme que le cuente. Aquella noche no dormí. Eché todos los cerrojos. Había una sombra merodeando por la acera. Yo vivo en el tercero y la vi con estos ojos... Oí sus pasos con estos oídos. Al día siguiente, el televisor continuaba averiado. Yo no puedo andar por ahí con un televisor a cuestas. Así que busqué en la guía un taller de reparaciones y llamé por teléfono para que viniesen a arreglarlo.
—¿Y su hijo? ¿Por qué no llamó a su hijo, señora? Los hijos están para eso, para un momento de apuro.
—Lo hice —dijo en un tono triste, bajando la mirada—. Pero mi hijo está muy ocupado. Ni siquiera se pone al teléfono.
—¿Y le arreglaron el aparato?
Pude ver un videoclip de espanto en los ojos de la vieja. Se había enredado en una maldita madeja. Como diría mi abuela, que en paz esté, se había metido el sistema nervioso en la cabeza.
—Bueno. Verá. Como le dije, llamé por teléfono a un taller. Al poco tiempo, sonó el timbre. Yo apuré por el pasillo para abrir. Pero, cuando estaba a punto de correr el cerrojo, me dio una corazonada. Y pregunté. Pregunté quién era.
Se quedó en silencio, mirándome. Buscaba mi protección. Me imploraba que le siguiese el hilo.
—Era Toni Grief —le dije con voz grave.
—Sí —dijo ella—. Contestó que era el del taller de reparación. «¿No ha llamado usted para arreglar un televisor?» Era su voz. Esa voz cínica, achulada. No había duda ninguna. Cuando comprobó que no le abría, se puso furioso. Aporreó la puerta y dijo:
«¡Vieja chocha, ojalá te mueras!» Sí, era Toni Grief.
Creo que hasta Fandiño estaba impresionado.
—Volverá. Estoy segura de que volverá. Y esta vez echará la puerta abajo.
—Bien, señora. Vamos a hacer una cosa. Voy a recoger mi abrigo y voy a acompañarla a casa. Echaremos un vistazo, ¿qué le parece?
—Usted es bueno. Me di cuenta desde el primer momento. Me dije: ése es un hombre bueno.
—Sí, soy bueno —murmuré mientras me ponía el abrigo.
El de la señora era un piso de la parte antigua, sobre el Berbés de los pescadores.
Las escaleras crujían, pero valía la pena llegar hasta allí. Desde el ventanal, la vista de la ría de Vigo, en la noche, el cinemascope de la luna sobre las islas Cíes despertaría el sentido poético a un traficante de armas. Era el lugar ideal para que dos enamorados cabalgasen por el mar hasta el amanecer.
—Es un bonito sitio para ser feliz, señora —le dije, buscando un interruptor en su cabeza.
—Venga, mire —contestó ella sin hacerme caso, indicándome la sala de estar.
Allí estaba el dichoso televisor, como en un altar, rodeado de piezas de un museo doméstico. Sobre tapetes de encaje de Camariñas, fotografías enmarcadas, candelabros, un reloj engarzado en una piedra de cuarzo, un gallo de Barcelos, un hórreo de alpaca, un artístico botijo de Buño, un botafumeiro de plata, un Cristo de la Victoria, conchas de peregrino. En la pantalla, rayas, una continua interferencia.
—¿Ve usted? Así, durante una semana.
—Bueno, señora, ahora usted va a descansar. Va a dormir tranquila. Yo velaré aquí.
No parecía segura. Seguramente pensaba que me largaría nada más verla acostada.
Así que decidí darle una señal.
—Si se presentase Toni Grief, va a llevarse una desagradable sorpresa.
Abrí el ventanal, saqué la pistola y disparé a la luna de las Cíes para ver si se desangraba.
—Así haremos con Toni Grief.
Aquello pareció convencerla y creo que ya dormía cuando llegó al final del pasillo.
Yo, en cambio, por alguna razón, me sentía ahora sin sosiego. Después de dedicar un pitillo a la salud de la ría, me senté en el sofá, enfrente del televisor, y esperé a que actuara como un somnífero. Creo que ya estaba duermevela, cuando mi nariz empezó a agitarse. Era un olor de baja intensidad, pero inquietante. La de la pantalla era ahora una luz de sala de autopsias que impregnaba toda la habitación. Por vez primera me fijé en las fotografías. Me levanté de un brinco y las miré de cerca, una a una. Don con su madre. Don vestido de soldado. Don sonriente, con autoridades. Don más sonriente, al timón de un yate. Don con un trofeo, de corbata, en el centro de un equipo de fútbol.
Don de niño, con el traje de primera comunión.
El sueño había sentado bien a la señora. Con el desayuno en la mesa, me miró con algo de zozobra.
—Tiene que disculparme. Cuando llega la noche, pierdo la noción de las cosas.
—No se preocupe. Sé lo que es la soledad.
Iba a pedirle un favor y sabía que no podía negármelo. Quería que me acompañase a un sitio. Subimos al coche y fuimos bordeando la costa hasta Arousa. Ella se daba cuenta del destino, pero permaneció en silencio. Y tampoco dijo nada cuando tuvimos delante a Don, en el portalón de su pazo de Olinda.
—Cuide de su madre. Lo necesita.
Sé que nunca lo meteré en el trullo. Pero me sentí tan bien como si le restregase las tripas con una escobilla de codesos.
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