algunos viven como lázaro
spanish
No os lo vais a creer, pero estuve aguardando un asesinato más de sesenta años, esperanzada ante su posibilidad como solo puede estarlo una mujer, y cuando al fin llegó el momento, no moví un dedo. Anna Marie, pensé, no puedes montar guardia eternamente. El asesinato, cuando han pasado diez mil días, más que una sorpresa, es un milagro.
–¡Sujeta! ¡No me sueltes! –La voz de la señora Harrison.
¿La oí, durante medio siglo, decir algo entre susurros? ¿Fueron siempre gritos, chillidos, demandantes, amenazadores?
Sí, siempre.
–Venga, madre. Ya está, madre. –La voz de su hijo, Roger.
¿Lo oí, durante todos esos años, decir algo por encima del murmullo, protestar, o al menos, con la levedad del trino, discutir?
No. Siempre el adorable tono monocorde.
Esta mañana, idéntica a todas sus primeras mañanas, llegaron en su enorme coche fúnebre negro para veranear, como cada año, en Green Bay. Ahí estaba él, tendiendo la mano para ayudar a salir al maniquí, a esa vieja saca de huesos y talco a la que llamaba, sin duda a modo de terrible broma macabra, madre.
–Despacito, madre.
–¡Me haces daño en el brazo!
–Perdona, madre.
Vi desde una de las ventanas del pabellón del lago cómo la empujaba por el camino en su silla de ruedas, ella blandiendo el bastón como un mosquete para reventar cualquier Destino o Furia que pudieran salirles al paso.
–Cuidado, vas a méteme en el parterre, gracias a Dios que al final tuvimos el buen juicio de no ir a París. Me habrías dejado tirada en el tráfico inmundo. Vaya chasco para ti, ¿eh?
–No, madre.
–Iremos a París el año que viene.
El año que viene…, el año que viene…, qué año ni qué año, oí murmurar a alguien. A mí misma, aferrada al alféizar. Llevaba prácticamente setenta años oyendo cómo le hacía la misma promesa al niño, al chico, al hombre, al hombre-saltamontes y a la lívida mantis religiosa que era ahora, empujando a aquella mujer perpetuamente fría y envuelta en pieles frente a la balaustrada del hotel en la que, en otras épocas, abanicos de papel habían revoloteado como mariposas orientales en las manos de mujeres apoltronadas.
–Listo, madre, ya estás en la cabaña… –su hilo de voz se apagó aún más, siempre joven pese a ser mayor, siempre mayor incluso cuando fue muy joven.
¿Qué edad tendrá ahora la vieja?, me pregunté. Noventa y ocho, sí, noventa y nueve malditos años. Parecía la reposición anual de la misma película de miedo porque el hotel no tenía dinero para pagar una película nueva que proyectar durante las noches salpicadas de polillas.
Así, a través de todas las repeticiones de las llegadas y salidas, mi mente retrocedió hasta el año en que los cimientos del Green Bay Hotel estaban recién vertidos y los parasoles eran del verde de las hojas nuevas y del dorado de los limones, aquel verano de 1890 en que vi por primera vez a Roger, que tenía cinco años, pero en cuyos ojos ya había vejez, sabiduría y cansancio.
Se detuvo en el jardín del pabellón, miraba el sol y los banderines brillantes mientras me acercaba a él.
–Hola –dije.
Se limitó a mirarme.
Dudé.
–¡Tú la llevas! –le dije, y eché a correr. No se movió.
Volví e hice lo mismo.
Se miró la parte donde lo había tocado, en el hombro, y estaba a punto de correr detrás de mí cuando la voz de su madre se oyó a lo lejos.
–¡Roger, no te manches la ropa!
Y Roger se alejó despacio hacia su cabaña, sin mirar atrás. Aquel día empecé a odiarlo.
Los parasoles han ido y venido en un millar de colores veraniegos, los abanicos se han marchado volando como mariposas con los vientos de agosto, el pabellón ardió y fue reconstruido con el mismo tamaño y forma, el lago se ha secado como una ciruela en un frutero y mi odio, como todas estas cosas, iba y venía, creció muchísimo, se detuvo ante el amor, regresó y luego disminuyó con los años.
Recuerdo a Roger con siete años, llegaron en coche de caballos, su pelo largo le rozaba los hombros achantados, encogidos. Iban de la mano y ella decía:
–Si este verano te portas muy bien, el año que viene iremos a Londres. O al otro, a más tardar.
Y yo observaba sus rostros, comparaba sus ojos, sus orejas, sus bocas; y así, un mediodía de aquel verano, cuando Roger vino a por un refresco, fui directa hacia él.
–¡No es tu madre! –le grité.
–¿Qué? –Miró aterrado a su alrededor, como si ella pudiera andar cerca.
–¡Ni es tu tía ni tu abuela! –grité–. Es una bruja que te robó cuando eras un bebé. No sabes quiénes son tus padres. No te pareces a ella en nada. ¡Te tiene secuestrado a cambio de un rescate de un millón que algún duque o un rey pagará cuando cumplas los veintiuno!
–¡No digas eso! –gritó, dando un salto.
–¿Por qué no? –dije, enfadada–. ¿Qué haces aquí? No puedes jugar a esto, no puedes jugar a lo otro, no puedes hacer nada, ¿qué pintas aquí? Ella hace y deshace. ¡La conozco! ¡A medianoche se cuelga boca abajo del techo de la habitación vestida de negro!
–¡No digas eso! –Tenía la cara pálida, aterrada.
–¿Por qué no?
–Porque… –se lamentó–, es verdad.
Salió por la puerta y echó a correr.
No volví a verlo hasta el verano siguiente. Y una sola vez, brevemente, cuando fui a llevar ropa de cama limpia a su cabaña.
El verano en que los dos teníamos doce años fue el primer verano en que no lo odié.
Gritó mi nombre frente a la puerta mosquitera del pabellón y cuando me asomé, dijo:
–Anna Marie, cuando los dos tengamos veinte años, voy a casarme contigo.
–¿Con el permiso de quién? –pregunté.
–Con el mío –dijo–. No lo olvides, Anne Marie. Espérame. ¿Prometido?
Solo pude asentir.
–Pero ¿qué pasa con…?
–Ya estará muerta –dijo, con tono muy solemne–. Es vieja. Es vieja.
Luego dio media vuelta y se fue.
Al verano siguiente, no aparecieron por el complejo. Oí que ella estaba enferma. Rezaba cada noche para que se muriera.
Pero dos años después regresaron, y también al siguiente, y al otro, hasta que Roger cumplió diecinueve, igual que yo, y luego los dos llegamos por fin a los veinte; fue una de las pocas veces en que ambos aparecieron juntos por el pabellón, ella en silla de ruedas, más hundida que nunca en sus pieles, la cara un montón de polvo blanco, un pergamino arrugado.
Clavó sus ojos en mí mientras le servía una copa de helado, y después en Roger, cuando dijo:
–Madre, quiero que conozcas a…
–No me gusta conocer a niñas que sirven mesas –dijo–. Solo sé que existen, trabajan y cobran por lo que hacen. Pero enseguida olvido sus nombres.
Cogía y lengüeteaba un trocito de helado, cogía y lengüeteaba un trocito de helado, mientras Roger ni siquiera probaba el suyo.
Aquel año se fueron un día antes de lo habitual. Vi a Roger cuando fue a pagar la factura, en el vestíbulo del hotel. Me estrechó la mano para despedirse.
–Se te ha olvidado –dije, no pude evitarlo.
Retrocedió medio paso, se volvió a un lado y a otro, palpándose los bolsillos del abrigo.
–Equipaje, factura pagada, cartera, no, creo que lo llevo todo –dijo.
–Hace mucho tiempo –dije–, hiciste una promesa.
Guardó silencio.
–Roger –dije–. Tengo veinte años. Tú también.
Me tomó otra vez de la mano, rápidamente, como si fuese a caer por la borda de un barco y yo siguiera adelante, abandonándolo para que se ahogara.
–¡Un año más, Anna! ¡Dos, tres como mucho!
–Ay, no –dije, entristecida.
–¡Cuatro años a lo sumo! Dicen los médicos que…
–Los médicos no saben lo que yo sé, Roger. Es inmortal. Va a enterrarnos a los dos y a brindar con vino en nuestros funerales.
–¡Está enferma, Anna! Dios, ¡apenas le queda vida!
–De eso nada, la fuerza se la damos nosotros. Sabe que queremos que se muera. Y eso le da energía para seguir adelante.
–No puedo hablar de esto, ¡no puedo! –Cogió las maletas y se dirigió a la salida.
–No pienso esperar, Roger –dije.
Se volvió en la puerta y me lanzó una mirada tan desvalida, tan descolorida, una polilla clavada a una pared, que fui incapaz de repetirlo.
La puerta se cerró de golpe. El verano terminó.
Al año siguiente, Roger fue directo a la barra, y dijo:
–¿Es verdad? ¿Quién es?
–Paul –dije–. Lo conoces. Algún día se hará cargo del hotel. No casaremos en otoño.
–Eso me deja poco tiempo –dijo Roger.
–Ya es tarde –dije–. Estamos prometidos.
–¡Prometidos y un cuerno! ¡No lo amas!
–Yo creo que sí.
–¡Crees, maldita sea! Creerlo es una cosa y saberlo, otra. ¡Tú sabes que me amas!
–¿Sí, Roger?
–¡Deja ya de regodearte en esto, puñetas! ¡Sabes que sí! Ay, Anna, ¡vas a ser una desgraciada!
–Ya lo soy –dije.
–Ay, Anna, Anna, ¡espérame!
–Llevo media vida esperándote. Y sé lo que va a pasar.
–¡Anna! –barbulló, como si le hubiese salido de las entrañas–. ¿Y si…? ¿Y si se muriera este verano?
–Eso no va pasar.
–Pero si muriera, si su estado empeorara definitivamente, o sea, durante los dos próximos meses… –Escrutó mi cara. Lo redujo–. El mes que viene, Anna, en dos semanas, escucha, si se muriera dentro de dos semanas de nada, ¿esperarías? ¡¿Te casarías conmigo entonces?!
Empecé a llorar.
–Ay, Roger, ni siquiera nos hemos besado. Esto es absurdo.
–Respóndeme, si se muriera en una semana, dentro de siete días… –Me sujetó los brazos.
–Pero ¿cómo puedes estar tan seguro?
–¡Yo me aseguraré! Te juro que, si en una semana no está muerta, ¡no te vuelvo a molestar con esto nunca más!
Abrió la mosquitera de par en par y salió en tromba a un día que, de repente, era demasiado luminoso.
–Roger, no… –grité.
Pero por dentro pensaba: Roger, hazlo, haz algo, lo que sea, para darle comienzo o ponerle fin.
Aquella noche, en la cama, pensé: ¿Qué maneras hay de matar que sean indetectables? ¿Roger está pensado lo mismo, a cien metros escasos de aquí? ¿Va a recorrer mañana el bosque en busca de setas venenosas que parezcan champiñones, o a acelerar el coche y a abrir la puerta de golpe en plena curva? Vi a la bruja volando por los aires como un monigote describiendo un arco perfecto para romperse como la cáscara irrisoria de un cacahuete contra un roble, un olmo, un arce. Me incorporé en la cama. Reí hasta que lloré. Lloré hasta que volví a reír. No, no, pensé, encontrará un modo mejor. Un ladrón se colará en su casa de noche y el corazón se le saldrá por la boca. Y cuando se le salga, el ladrón se lo meterá otra vez para que se ahogue en su propio pánico.
Y entonces, el pensamiento más antiguo, más oscuro, más infantil de todos.
Solo hay un modo de acabar con una mujer con la boca del color de la sangre. Al no ser pariente, ni tía, ni bisabuela, por ser lo que es, ¡sorprenderla clavándole una estaca en el corazón!
La oí gritar. Un grito tan fuerte que todas las aves nocturnas saltaron de los árboles para tapar las estrellas.
Me tumbé. Querida Christian Anna Marie, pensé, ¿esto qué es? ¿Quieres matar? Sí, pues ¿por qué no asesinar a una asesina, a una mujer que estranguló a su bebé en la cuna y no ha aflojado la asfixiante cuerda desde entonces? Pobrecito, está tan pálido porque lleva toda la vida sin respirar aire puro.
Y entonces, sin pretenderlo, me vinieron a la cabeza los versos de un antiguo poema. No supe decir si los había leído ni quién los había compuesto, ni si los había escrito yo misma:
Algunos viven como Lázaro, y su tumba es su vida,
Curiosos, se levantan y andan por hospitales y mortuorios, en un crepúsculo tardío.
Los versos se desvanecieron. Durante un rato, fui incapaz de recordar más, y entonces, incapaz de contenerlo, pues me salió solo, un último fragmento apareció en la oscuridad:
Mejor ver cielos gélidos en el amargor del norte
Que la quietud del nonato, ciego y vuelto espectro. Si Río se ha perdido, ¡amemos la costa Ártica!
Oh, viejo Lázaro, levántate y anda.
El poema concluyó y me dejó en paz. Finalmente me dormí, inquieta, esperando el amanecer y buenas noticias, noticias definitivas.
Al día siguiente, lo vi paseándola en silla de ruedas por el embarcadero y pensé, ¡Sí, eso es! Desparecerá y la encontrarán dentro de una semana en la orilla, varada como un monstruo marino, todo cara y nada de cuerpo.
El día transcurrió. Bueno, pensé, seguro que mañana…
Pasó el segundo día de la semana, y el tercero, y el cuarto y luego el quinto y el sexto, y al séptimo, una de las camareras subió corriendo el camino, gritando.
–¡Ay, es terrible, terrible!
–¿La señora Harrison? –grité. Sentí en mi rostro una sonrisa horrible e incontrolable.
–¡No, no, su hijo! ¡Se ha ahorcado!
–¿Ahorcado? –dije, de manera absurda, y, estupefacta, explicándoselo–. Ah, no, no era él quien iba a morir, sino… –balbuceé. Me detuve, la camarera me había cogido del brazo y tiraba de mí.
–Hemos cortado la cuerda, ay, Dios, ¡está vivo, rápido!
¿Vivo? Todavía respiraba, sí, y siguió caminando durante muchos años, sí, pero ¿vivo? No.
Fue ella quien ganó fuerzas y sobrevivió al intento de Roger de escapar. Nunca le perdonó que intentara desaparecer.
–¿Qué pretendías, qué pretendías?
Recuerdo que le gritaba mientras él estaba tirado en el suelo de la cabaña, tocándose la garganta, con los ojos cerrados, abatido, y yo entraba corriendo por la puerta.
–¿Qué pretendías, qué, qué?
Y al mirarlo supe que había intentado escapar de las dos, que las dos éramos imposibles para él. Aquello tampoco se lo perdoné, durante un tiempo. Aunque sí sentí que mi antiguo odio por él se transformaba en otra cosa, en una especie de dolor sordo, mientras salía para avisar al médico.
–¿Qué pretendías, imbécil? –gritaba ella.
Ese otoño me casé con Paul.
Después de aquello, los años pasaron volando. Una vez al año, Roger entraba en el pabellón y, con las manos flácidas, sin guantes, se sentaba a tomarse un helado de menta, pero no volvió a llamarme por mi nombre, ni a mencionar su antigua promesa.
De vez en cuando, durante los centenares de meses que pasaron, pensaba: Por su bien y por el de nadie más, en algún momento, debería levantarse y destruir sin más al dragón de rostro y rugido horrible y manos de escamas herrumbrosas. Por el bien de Roger y por el de nadie más, debería hacerlo.
Este año, seguro, pensé, cuando cumplió los cincuenta, los cincuenta y uno, los cincuenta y dos. En temporada baja, me sorprendía escrutando los periódicos de Chicago, con la esperanza de encontrar una foto de ella abierta en canal como un monstruoso pollo amarillo. Pero no, pero no, pero no…
Casi me había olvidado de ellos, pero esta mañana han regresado. Roger está muy mayor, más que el hijo parece un marido senil. Parece hecho de cerámica gris, con lechosos ojos azules, boca desdentada, uñas de manicura que parecen más fuertes porque la carne se ha consumido.
Hoy al mediodía, tras unos instantes quieto, un halcón gris solitario, sin alas, miraba fijamente al cielo por el que nunca había volado ni planeado, entró a hablar conmigo, levantando la voz.
–¿Por qué no me lo has contado?
–¿Contarte el qué? –dije, preparándole la tarrina de helado antes de que me la pidiera.
–Una de las camareras acaba de mencionarlo, ¡tu marido murió hace cinco años! ¡Tendrías que habérmelo dicho!
–Pues ahora ya lo sabes –dije.
Se sentó despacio.
–Dios –dijo, probando el helado y saboreándolo, con los ojos cerrados–, está amargo. –Luego, un buen rato después, dijo–: Anna, nunca te lo he preguntado. ¿Tuvisteis hijos?
–No –dije–. Y no sé por qué. Supongo que nunca lo sabré.
Lo dejé allí sentado y fui a lavar los platos.
A las nueve de la noche oí una risa cerca del lago. No oía reír a Roger desde que era niño, así que creí que no era él, hasta que la puerta se abrió de golpe y entró, haciendo aspavientos, incapaz de controlar su hilaridad rayana en las lágrimas.
–¡Roger! ¿Qué pasa? –pregunté.
–¡Nada! ¡Ay, nada! –gritó–. ¡Todo es precioso! ¡Una cerveza, Anna! ¡Sírvete una tú también! ¡Bebamos!
Bebimos juntos, reímos, nos guiñamos, y luego se hizo una calma inmensa.
Sin embargo, todavía sonriendo, de repente lo vi joven y hermoso.
–Anna –susurró de un modo intenso, acercándose–, ¿sabes qué? ¡Mañana me voy a China! ¡Luego a la India! ¡Luego Londres, Madrid, París, Berlín, Roma, Ciudad de México!
–¿Sí, Roger?
–Sí –dijo–. Yo, yo, yo me voy, no nos vamos, yo me voy, yo, Roger Bidwell Harrison, ¡yo, yo, yo!
Lo miré fijamente y él, despacio, me devolvió la mirada, y debí de ahogar un grito. Porque supe qué había hecho por fin aquella noche, aquella hora, hacía apenas unos minutos.
Ay, no, debieron de murmurar mis labios.
Ay, sí, sí, respondieron sus ojos, increíble milagro entre milagros, después de tantos años de espera. Esta noche al fin. Esta noche.
Lo dejé hablar. Después de Roma, Viena y Estocolmo, había guardado miles de horarios de trenes, de vuelos, folletos de hoteles, durante cuarenta años; se sabía los ciclos lunares, las mareas, las idas y venidas de cuanto había en el mar y en el cielo.
–Pero lo mejor de todo –dijo finalmente–, Anna, Anna, ¿vendrás conmigo? He ahorrado muchísimo dinero, ¡interrúmpeme! Anna, dime, ¿vendrás?
Rodeé despacio el mostrador y me vi en el espejo, una mujer de setenta años que llega medio siglo tarde a una fiesta.
Me senté a su lado y meneé la cabeza.
–Ay, Anna, por qué no, ¡no hay excusa!
–Sí la hay –dije–. Tú.
–Yo, ¡pero yo no cuento!
–No, Roger, sí que cuentas.
–Anna, podríamos pasarlo de maravilla…
–No lo dudo. Pero, Roger, has estado casado setenta años. Y ahora, por primera vez en tu vida, no lo estás. No tienes por qué ir corriendo a casarte otra vez, ¿no?
–¿No?
–No, la verdad es que no. Te mereces pasar, al menos una temporadita, contigo mismo, ver mundo, llegar a conocer a Roger Harrison. Una temporadita lejos de las mujeres. Y luego, cuando vuelvas después de haber recorrido el mundo, habrá tiempo de pensar en otras cosas.
–Si tú lo dices…
–No. No soy yo quien debe decir o saber o decidir lo que tienes que hacer. Ahora mismo eres tú quien te diga qué conocer, qué ver, qué hacer. Ve a pasártelo en grande. Y si puedes, sé feliz.
–¿Estarás esperándome cuando vuelva?
–A mí no me queda nada que esperar, pero aquí estaré.
Fue hacia la puerta, pero se detuvo y me miró como si acabara de venirle a la cabeza otra pregunta que tenía que hacerme.
–Anna –dijo–, si todo esto hubiese sucedido hace cuarenta, cincuenta años, ¿te habrías venido conmigo? ¿De verdad te habrías casado conmigo?
No respondí.
–¿Anna?
–Hay ciertas preguntas que es mejor no hacer –dije, después de un buen rato.
Porque, continué, pensando, no existen respuestas. Con la mirada puesta en el pasado, en el lago, no recordaba, o no sabía decir, si alguna vez habíamos sido felices. Quizás cuando era niña, al sentir que Roger era un imposible, mi corazón se había aferrado a lo imposible, y por tanto a lo raro, solo porque era imposible y raro. Él era un ramillete de despedidas veraniegas entre las páginas de un viejo libro, uno que sacabas, girabas y admirabas, una vez al año, pero ¿era algo más? ¿Quién sabría decirlo? Yo no, seguramente, tan tarde, después de tantos años. La vida está hecha de preguntas, no de respuestas.
Roger se había acercado mucho para escrutar mi rostro, mi mente, mientras yo pensaba todo aquello. Lo que vio lo hizo apartar la mirada y cerrar los ojos, luego tomó mi mano y se la llevó a la mejilla.
–Volveré. ¡Te lo juro!
Al otro lado de la puerta, desconcertado, se detuvo unos instantes bajo la luz de la luna, mirando el mundo en todas direcciones, este, oeste, norte, sur, como un niño que sale del colegio en sus primeras vacaciones de verano sin saber adónde ir, y solo saber respirar, escuchar, ver.
–¡No tengas prisa! –dije, con fervor–. Ay, Dios, hagas lo que hagas, por favor, disfruta, ¡no tengas prisa!
Lo vi correr hacia la limusina aparcada junto a la cabaña a cuya puerta que se suponía que tenía que llamar yo por la mañana sin obtener respuesta. Pero sabía que no iba a ir a esa cabaña, y que daría instrucciones a las camareras para que no fueran porque la vieja había pedido que no la molestaran. Eso daría a Roger una oportunidad, la ventaja que necesitaba. En una, dos o tres semanas, llamaría a la policía. Luego, si esperaban a Roger en el puerto a su regreso en barco de aquellos lugares increíbles, no importaría.
¿La policía? Quizás ni eso. Quizás murió de un ataque al corazón y el pobre Roger cree que la ha matado él y ahora zarpa con orgullo a recorrer mundo, un orgullo que le impide saber que solo es libre gracias a la muerte natural de la vieja.
Aunque, si por fin el asesinato que había estado posponiendo durante setenta años lo había obligado aquella noche a ponerse manos a la obra y matar a ese pavo horrendo, la única pena que encontraba en mi corazón no era por ella, sino por la enorme cantidad de tiempo que había tardado en ejecutar la sentencia.
La carretera está en silencio. Ha pasado una hora desde que la limusina desapareció con un rugido carretera abajo.
Acabo de apagar las luces y estoy sola en el pabellón, mirando el resplandor del lago en el que, en otro siglo, bajo otro sol, toqué a un niño pequeño con cara de viejo para invitarlo a jugar al «tú la llevas» y que hoy, muy tarde, ha hecho lo mismo conmigo, me ha besado la mano y ha echado a correr, y esta vez soy yo, estupefacta, quien no lo ha seguido.
Esta noche hay muchas cosas que no sé. Pero de una cosa sí estoy segura.
Ya no odio a Roger Harrison.