Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

aunque siga brillando la luna [junio de 2001]

spanish

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Hacía tanto frío cuando salieron del cohete a la noche que Spender empezó a recoger leña marciana seca para encender una hoguera. No mencionó nada de ninguna celebración; se limitó a recoger leña, encenderla y ver cómo ardía.
Frente a las llamas que iluminaban el aire enrarecido de aquel mar seco de Marte, miró por encima del hombro y vio el cohete que los había llevado, al capitán Wilder, a Cheroke, a Hathaway, a Sam Parkhill y a él, a través del silencioso y oscuro espacio estelar, para aterrizar en un mundo muerto, onírico.
Jeff Spender esperó a que se oyera el ruido. Observó a los demás y esperó a que saltaran dando gritos. Algo que iba a suceder en cuanto se pasara la perplejidad de ser los «primeros» en pisar Marte. Ninguno lo dijo, pero muchos guardaban la esperanza de que, quizás, el resto de expediciones hubiesen fracasado y aquella, la Cuarta, fuese la buena. No le deseaban ningún mal a nadie. Pero aun así lo pensaban, pensaban en el honor y la fama, mientras sus pulmones se acostumbraban a aquella atmósfera enrarecida, en la que casi acababas borracho si te movías demasiado deprisa.
Gibb se acercó al fuego recién encendido.
–¿Por qué no usamos el fuego químico de la nave en vez de la leña esa? –dijo.
–Qué más da –dijo Spender, sin levantar la vista.
No era buena idea, la primera noche en Marte, armar un escándalo, introducir un objeto extraño, brillante y absurdo como una estufa. Sería una especie de blasfemia de importación. Ya habría tiempo para eso; para tirar latas de leche condensada a los vanagloriados canales de Marte; para que volaran ejemplares de The New York Times y susurraran entre cabriolas por los solitarios lechos marinos grises de Marte; para las pieles de plátano y envoltorios de pícnics en las estriadas y delicadas ruinas de los antiguos pueblos de los valles marcianos. Tiempo más que de sobra. Y al pensarlo, sintió un escalofrío.
Alimentaba el fuego a mano, como si de una ofrenda a un gigante muerto se tratase. Habían aterrizado sobre una inmensa tumba. Allí había muerto una civilización. Que la primera noche la pasaran en silencio era pura cuestión de cortesía.
–No es mi idea de cómo celebrar las cosas. –Gibb se volvió hacia el capitán Wilder–. Señor, he pensado que podríamos repartir raciones de ginebra y carne para animarnos un poquito.
El capitán Wilder miraba hacia lo lejos, hacia una ciudad muerta a algo más de un kilómetro de distancia.
–Estamos cansados –dijo, distante, como si tuviese puesta toda su atención en la ciudad muerta y sus hombres olvidados–. Mañana por la noche, quizás. Esta noche deberíamos alegrarnos de haber cruzado el espacio sin que ningún meteorito haya atravesado la nave y sin que hayamos muerto ninguno.
Los hombres caminaban inquietos de un lado a otro. Eran veinte, iban cogidos del hombro o se reajustaban el cinturón. Spender los observaba. Estaban insatisfechos. Habían arriesgado la vida en pos de algo grande. Ahora querían emborracharse y gritar, disparan al aire para demostrar lo fabulosos que eran por haberle hecho un roto al espacio y haber llegado a Marte a bordo de un cohete.
Pero nadie gritaba.
El capitán dio una orden a media voz. Uno de los hombres corrió a la nave para traer latas de comida, que abrieron y repartieron sin mayor jaleo. Los hombres empezaban a hablar. El capitán se sentó y les relató el viaje. Ya lo sabían todo, pero resultaba agradable oírlo, como cuando terminabas algo y por fin te lo quitabas de encima. Nadie hablaba del viaje de regreso. Alguien lo mencionó, pero lo mandaron callar. Las cucharas se movían a la luz de las dos lunas; la comida estaba buena y el vino, aún mejor.
Una pincelada de fuego cruzó el cielo, y unos instantes después el cohete auxiliar aterrizó más allá del campamento. Spender lo observó mientras se abría la portezuela y Hathaway, el médico-geólogo –todos tenían doble capacitación, para ahorrar espacio en el viaje–, salía de la nave. Se acercó despacio al capitán.
–¿Y bien? –dijo el capitán Wilder.
Hathaway miró hacia las ciudades remotas que titilaban bajo la luz de las estrellas. Tragó saliva y entornó los ojos para ver mejor.
–Capitán, aquella ciudad –dijo– está muerta y lleva muerta varios miles de años. Las otras tres ciudades de las colinas, lo mismo. Pero hay una quinta ciudad, señor, a algo más de trescientos kilómetros, que…
–Qué pasa.
–Hasta la semana pasada estuvo habitada, señor. –Spender se levantó–. Marcianos –dijo Hathaway.
–¿Dónde están?
–Muertos –dijo Hathaway–. Entré en una casa de una calle. Pensé que, como el resto de ciudades y casas, llevaba siglos deshabitada. Había cadáveres dentro, Dios. Era como caminar por una pila de hojarasca. Como palos y trozos de periódicos quemados, tal cual. Y recientes. Llevaban muertos diez días, al parecer.
–¿Ha comprobado las demás ciudades? ¿Ha visto algo con vida?
–Nada de nada. Por eso fui a comprobarlas. Cuatro de cinco llevan miles de años vacías. No tengo ni la más remota idea de qué pasó con los habitantes originales. Pero en la quinta ciudad solo encontré lo mismo. Cadáveres. Miles de cadáveres.
–¿Cómo murieron? –Spender avanzó unos pasos.
–No se lo va a creer.
–¿Qué acabó con ellos?
–La varicela –dijo Hathaway sin más.
–¡Ay, Dios, no!
–Sí. Hice pruebas. Varicela. En la Tierra nunca impactó como lo ha hecho con los marcianos. Su metabolismo reaccionaba de manera distinta, supongo. Los achicharraba hasta dejarlos más secos que la harina. Sin embargo, fue varicela. O sea que York, el capitán Williams y el capitán Black, las tres expediciones, tuvieron que recorrer Marte. Sabe Dios qué pasó con ellos. Lo que sí sabemos es qué les hicieron a los marcianos sin querer.
–¿No ha visto ninguna otra forma de vida?
–Es posible que algunos marcianos, si fueron listos, huyeran a las montañas. Pero debieron ser pocos como para crear problemas, me juego lo que sea. Este planeta está finiquitado.
Spender fue a sentarse junto al fuego, con la mirada perdida en él. Varicela, Dios, ¡varicela, imagina! Una raza que tardó millones de años en surgir, en perfeccionarse, en erigir ciudades como aquellas de allí, en hacer lo posible por ganarse el respeto, por alcanzar la belleza, para luego desaparecer. En su momento, una parte desapareció poco a poco, antes de nuestra era, con dignidad. ¡Pero el resto! ¿El resto de los marcianos han muerto de una enfermedad con un nombre bonito, o uno terrorífico, o uno majestuoso? No, por todos los santos, ha tenido que ser la varicela, una enfermedad infantil, ¡una enfermedad que en la Tierra ni siquiera mata a los niños! No es justo, no lo es. ¡Es como decir que a los griegos los mató la papera, o que a los romanos, en sus preciosas colinas, los mató el pie de atleta! Ojalá les hubiésemos dado a los marcianos tiempo suficiente para preparar sus mortajas y tenderse, lozanos, a pensar en otra excusa para morir. ¡No puede ser de algo tan sucio y tan absurdo como la varicela! No cuadra con su arquitectura; ¡no cuadra ni lo más mínimo con este mundo!
–Está bien, Hathaway, vaya a comer algo.
–Gracias, capitán.
Y el asunto se olvidó enseguida. Los hombres charlaban entre ellos.
Spender no dejaba de mirarlos. Tenía el plato en las manos, con la comida intacta. Sentía que el suelo estaba enfriándose. Que las estrellas estaban cada vez más cerca, muy nítidas.
Si alguien levantaba demasiado la voz, el capitán le respondía en voz baja y eso hacía que los demás lo imitaran.
El aire olía a limpio, a nuevo. Spender estuvo un buen rato allí sentado disfrutando de su composición. Había un montón de cosas que no alcanzaba a identificar: flores, químicos, polvo, viento.
–En Nueva York estuve una temporada con una rubia, ¿cómo se llamaba…? ¡Ginnie! –gritó Biggs–. ¡Eso! –Spender se tensó. Las manos empezaron a temblarle. Sus ojos se movían tras los párpados finos, magros–. Y Ginnie me dijo… –gritó Biggs–. Los hombres rugieron–. ¡Total, que le zurré! –gritó Biggs con una botella en la mano.
Spender soltó el plato. Escuchó el viento rozándole los oídos, fresco y susurrante. Miró hacia los témpanos que eran los blancos edificios marcianos a lo lejos, en las vacías tierras marinas.
–¡Qué mujer, qué mujer! –Biggs se vació la botella en la boca bien abierta–. ¡Con la de mujeres que he conocido! –El olor del cuerpo sudoroso de Biggs flotaba en el aire. Spender dejó que el fuego se apagara–. ¡Oye, ven aquí, Spender! –dijo Biggs, mirándolo un instante, luego otra vez la botella–. En fin, una noche, Ginnie y yo…
Un hombre llamado Schoenke sacó un acordeón y se puso a bailar dando patadas al aire, levantando polvo a su alrededor.
–Yuju… ¡Estoy vivo! –gritó.
–¡Yepa! –rugieron los hombres.
Arrojaron sus platos vacíos. Tres de ellos se pusieron en línea a lanzar patadas como un coro de cabareteras, bromeando a voces. Los demás daban palmas, gritando para que la cosa fuera a más. Cheroke se quitó la camisa y se quedó con el pecho desnudo, sudando mientras daba vueltas. La luna iluminaba su pelo cortado a cepillo y sus jóvenes mejillas bien afeitadas.
El viento agitaba leves vaharadas por el lecho marino, y desde las montañas grandes semblantes de roca contemplaban el cohete plateado.
El ruido aumentó, más hombres saltaban, otro se puso a tocar la armónica y otro un peine hecho con un pañuelo de papel. Abrieron veinte botellas más y bebieron. Biggs iba dando tumbos, agitando los brazos para dirigir la coreografía de los hombres.
–¡Venga, señor! –le gritó Cheroke al capitán, mientras cantaba a voces.
El capitán tuvo que unirse al baile. Aunque no le apetecía. Tenía la cara seria. Spender observaba, pensando: pobre hombre, ¡menuda nochecita! No saben lo que hacen. Tendrían que haber asistido a un curso de orientación antes de venir a Marte para que les hubiesen enseñado a comportarse y a saber estar durante unos días.
–Suficiente –se disculpó el capitán, y se sentó, diciendo que estaba agotado. Spender se fijó en el pecho del capitán. No se movía deprisa. Ni tenía sudor en la cara.
Acordeón, armónica, vino, gritos, bailes, alaridos, corrillos, sartenazos, risas.
Biggs fue haciendo eses hasta el borde del canal marciano. Llevaba entre los brazos seis botellas vacías y las tiró una a una a las profundas aguas azules del canal. Hicieron ruidos sordos, huecos y regurgitantes mientras se hundían.
–Yo te bautizo, yo te bautizo, yo te bautizo… –decía Biggs con voz pastosa–. Yo te bautizo, canal de Biggs, de Biggs, de Biggs…
Spender estaba de pie, frente al fuego, y, aparte de Biggs, nadie se movía. Dio a Biggs un puñetazo en la boca y otro en la oreja. Biggs se tambaleó y cayó al agua del canal. Después del salpicón, Spender esperó en silencio a que Biggs trepara a rastras a la orilla de piedras. Para entonces ya estaban sujetando a Spender.
–¡Eh! ¿Qué mosca te ha picado? ¿Eh? –le preguntaron.
Biggs subió y se puso de pie. Vio que los demás tenían sujeto a Spender.
–Bien –dijo, y fue hacia él.
–Ya basta –dijo el capitán Wilder con sequedad. Los hombres se apartaron de Spender. Biggs se detuvo y miró un instante al capitán–. Ya vale, Biggs, póngase ropa seca. ¡Los demás, que siga la fiesta! ¡Spender, venga conmigo!
Los hombres retomaron la fiesta. Wilder se alejó un poco para hablar con Spender.
–Supongo que puede explicarme lo que acaba de pasar –dijo.
Spender miró hacia el canal.
–No lo sé. He sentido vergüenza. De Biggs, de nosotros y del ruido. Por Dios, vaya un espectáculo.
–El viaje ha sido largo. Necesitan divertirse un poco.
–¿Dónde queda el respeto, señor? ¿No distinguen lo que está bien de lo que está mal?
–Está cansado, Spender, y ve las cosas de otra manera. Le pondré una multa de cincuenta dólares.
–Sí, señor. Ha sido la idea de que estuviesen viéndonos mientras nos ponemos en ridículo.
–¿Viéndonos?
–Los marcianos, estén muertos o no.
–Están muertos, sin duda –dijo el capitán–. ¿Cree que saben que estamos aquí?
–Lo viejo siempre sabe cuándo llega lo nuevo, ¿no?
–Puede ser. Lo dice como si creyera en los espíritus.
–Creo en las cosas que se han hecho, y hay pruebas de que en Marte se han hecho muchas cosas. Hay calles y casas, y hay libros, imagino, y grandes canales y relojes y establos, si no para caballos, en fin, pues para otros animales domésticos, igual con doce patas, quién sabe. Mire adonde mire veo cosas que tuvieron su uso. Se tocaron y se manejaron durante siglos.
»Y si me pegunta si creo en el espíritu de las cosas que tuvieron su uso, le responderé que sí. Están todas aquí. Todas las cosas que tuvieron su uso. Todas las montañas tenían nombre. Y nunca seremos capaces de usarlos sin un sentimiento de incomodidad. Y, por algún motivo, las montañas no nos sonarán bien; les pondremos nuevos nombres, pero los antiguos están ahí, en algún lugar del tiempo, y las montañas tenían la forma y la apariencia que esos nombres les daban. Los nombres que pondremos a los canales, a las montañas y a las ciudades caerán como el agua por el lomo de un ánade. No importa cómo toquemos Marte, nunca llegaremos a tocarlo. Y luego nos enfadaremos con él, ¿y sabe lo que haremos? Lo despedazaremos, lo despellejaremos y lo cambiaremos para que se ajuste a nosotros».
–No vamos a arruinar Marte –dijo el capitán–. Es demasiado grande, demasiado rico.
–¿Eso cree? Los terrícolas tenemos un talento natural para arruinar todo lo grande y hermoso. El único motivo por el que no hemos plantado puestos de perritos calientes en mitad del templo de Karnak en Egipto es porque nos pillaba a desmano y las perspectivas comerciales eran escasas. Y Egipto no deja de ser una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí, todo esto es antiguo y distinto, y en alguna parte habrá que asentarse para empezar a echarlo a perder. Llamaremos Canal Rockefeller a ese canal y Montaña del Rey Jorge a aquella montaña y Mar Dupont a este mar y habrá ciudades llamadas Roosevelt y Lincoln y Coolidge y eso no va a estar bien, porque estos lugares ya tienen nombre propio.
–Como arqueólogo, esa será su tarea, descubrir los antiguos nombres, y los usaremos.
–Un puñado de hombres como nosotros contra los intereses comerciales. –Spender miró hacia las montañas de hierro–. Saben que hemos llegado esta noche, para escupir en su vino, e imagino que nos odian.
El capitán meneó la cabeza.
–No veo odio. –Escuchó el viento–. Por el aspecto de sus ciudades, este era un pueblo agraciado, bello y filosófico. Aceptaron su destino. Que sepamos, aceptaron la extinción de su raza sin que la frustración los arrojara a una guerra desesperada que habría destruido sus ciudades. Las ciudades que hemos visto hasta el momento están perfectamente intactas. Que estemos aquí les preocupa lo mismo que les habría preocupado que unos niños estuviesen jugando en su jardín, seguramente, sabiendo y entendiendo cómo son los niños. Y quién sabe, puede que todo esto nos haga cambiar para mejor.
»¿Se ha fijado en lo callados que estaban los hombres hasta que Biggs los ha obligado a alegrarse, Spender? Los he visto bastante achantados y asustados. Vemos todo esto y entendemos que no somos la hostia; somos críos en pantaloncitos cortos, gritando con nuestras naves y nuestros átomos de juguete, ruidosos y llenos de vida. Pero llegará el día en que la Tierra esté como hoy Marte. Eso nos bajará los humos. Sirve de clase práctica sobre civilizaciones. Podemos aprender de Marte. Y ahora alegre esa cara. Volvamos y finjamos que estamos contentos. La multa de cincuenta dólares sigue en pie».
La fiesta no iba demasiado bien. Seguía soplando viento del mar muerto. Rodeaba a los hombres, y rodeaba al capitán y a Jeff Spender mientras regresaban con el grupo. Viento que levantaba polvo, que agitaba el cohete resplandeciente y el acordeón, polvo que fastidiaba las improvisaciones de la armónica. Polvo que se metía en los ojos y viento que hacía un ruido fuerte y siseante en el ambiente. Y tal y como había saltado, el viento cesó.
Y también cesó la fiesta.
Los hombres estaban de pie, con el cielo oscuro y frío al fondo.
–¡Vamos, señores, vamos! –Biggs salió brincado de la nave con un uniforme limpio, sin mirar a Spender ni una sola vez. Su voz sonó como la de alguien en un auditorio vacío. Era la única–. ¡Vamos!
Nadie se movió.
–¡Whitie, a ver esa armónica!
Whitie tocó un acorde. Sonó raro y desafinado. Whitie limpió la humedad de la armónica con unos golpecitos y la guardó.
–¿Esto es una fiesta o qué? –Alguien estrujó el acordeón. Sonó como un animal agonizante. Eso fue todo–. Vale, pues mi botella y yo vamos a organizar una fiesta privada. –Biggs se sentó apoyado contra el cohete, bebiendo de una petaca.
Spender lo observó. Spender estuvo un buen rato sin moverse. Luego sus dedos treparon por su pierna temblorosa en busca de su pistola enfundada, muy lentamente, y acarició y dio unos golpecitos a la cartuchera de cuero.
–Los que quieran pueden acompañarme a la ciudad –anunció el capitán–. Montaremos guardia en el cohete e iremos armados, por si acaso.
Contaron a los voluntarios. Catorce querían ir, entre ellos Biggs, que se apuntó entre risas, agitando la botella. Seis preferían quedarse.
–¡Venga, vamos! –gritó Biggs.
El grupo se internó en silencio en la luz de la luna. Avanzó hacia las afueras de la onírica ciudad muerta a la luz de las apresuradas lunas gemelas. Bajo las dos lunas, los hombres proyectaban sombras dobles. No respiraron, o eso pareció, durante varios minutos quizás. Estaban a la espera de que algo se agitara en la ciudad muerta, que surgiera alguna forma gris, una silueta antigua, atávica, apareciera al galope por el vacío lecho marino sobre un antiguo y guarnecido corcel de linaje imposible, de casta increíble.
Spender llenaba las calles con la mirada y la mente. La gente se movía como luces azules y vaporosas por las avenidas adoquinadas, y se oían débiles sonidos susurrantes y animales extraños se escabullían por la arena roja y grisácea. En cada ventana puso una persona asomada que saludaba despacio con la mano, como sumergida en unas aguas intemporales, a una forma móvil en los espacios insondables bajo las torres que las lunas plateaban. Sonaba música en el oído interno, y Spender imaginó la forma de instrumentos que evocaran aquella música. Aquella tierra estaba encantada.
–¡Eh! –gritó Biggs, muy erguido, haciendo bocina con las manos–. ¡Eh! ¿Hay alguien en la ciudad o no?
–¡Biggs! –dijo el capitán. Biggs se calló.
Avanzaban por una avenida enlosada. Ahora todos susurraban, pues era como entrar en una inmensa biblioteca diáfana o en un mausoleo en el que habitaba el viento y sobre el cual brillaban las estrellas. El capitán hablaba en voz baja. Se preguntó dónde se habría metido la gente, a qué se dedicaban, quiénes eran sus reyes y cómo habrían muerto. Y también, en voz queda pero audible, cómo habrían construido aquella ciudad para que hubiese perdurado durante siglos, y si habrían estado en la Tierra alguna vez. ¿Fueron eliminados los ancestros de los terrícolas diez mil años atrás? ¿Y habían sido similares sus amores y sus odios, y similares las tonterías que hacían cuando hacían tonterías?
Todos se detuvieron. Las lunas los abrazaron y los inmovilizaron; el viento batía despacio a su alrededor.
–Lord Byron –dijo Jeff Spender.
–¿Lord qué? –El capitán se volvió y lo miró.
–Lord Byron, un poeta del siglo diecinueve. Escribió un poema hace muchos años que se adecúa perfectamente a esta ciudad y a cómo deben de sentirse los marcianos, eso si queda alguno capaz de sentir. Podría haberlo escrito el último poeta marciano.
Ninguno de los hombres se movía, tampoco sus sombras a sus pies.
–¿Qué dice el poema, Spender? –preguntó el capitán.
Spender cambió el peso de un pie a otro, levantó a medias la mano para recordar, entornó los ojos unos segundos en silencio; entonces, al recordarlo, su voz lenta y queda recitó las palabras y los hombres escucharon todo cuanto dijo:
«Así, ya no saldremos a pasear, tan de madrugada,
aunque el corazón siga enamorado, y aunque siga brillando la luna».
La ciudad inmóvil era gris y alta. Los hombres tenían el rostro vuelto hacia la luz.
«Pues desgasta la espada su vaina, y nuestros pechos el alma desgasta, y el corazón ha de detenerse a respirar,
y el amor descansar debe.
Aunque la noche fue creada para amar, y regresa demasiado pronto la mañana,
aun así, ya no saldremos a pasear a la luz de la luna».
Los hombres seguían quietos en mitad de la ciudad. La noche era clara. No se oía nada salvo el viento. Bajo sus pies el suelo azulejado mostraba un mosaico de animales y pueblos antiguos. Lo miraron.
Biggs hizo un ruido asqueroso con la garganta. Tenía los ojos nublados. Se llevó las manos a la boca; se atragantó, cerró los ojos, se agachó, un embate de líquido espeso le llenó la boca, salió disparado y se derramó por los azulejos, cubriendo el diseño. Biggs vomitó de nuevo. Un hedor penetrante y avinagrado llenó el aire frío.
Nadie hizo nada por ayudar a Biggs. Siguió con las arcadas.
Spender lo miró unos segundos, luego dio media vuelta y se alejó por las avenidas de la ciudad solo, bajo la luz de las lunas. Ni una sola vez se detuvo para volver la mirada hacia el corro de hombres.
Se acostaron a las cuatro de la madrugada. Se tumbaron sobre mantas, cerraron los ojos e inhalaron el aire quieto. El capitán Wilder se sentó a avivar el fuego con palitos.
Dos horas más tarde, McClure abrió los ojos.
–¿No duerme, señor?
–Estoy esperando a Spender. –El capitán sonrió débilmente.
McClure lo pensó unos instantes.
–¿Sabe, señor?, me parece que no va a volver. No sé cómo lo sé, pero esa es la sensación que tengo, señor, que no va a volver.
Se dio la vuelta y se quedó dormido. El fuego crepitó y se apagó.
Pasó una semana y Spender no regresó. El capitán envió grupos de búsqueda que volvían diciendo que no sabían adónde podría haber ido Spender. Volvería cuando le diera la gana. Era un cabezota, dijeron. ¡Al cuerno con él! El capitán no dijo nada, pero lo anotó en su cuaderno de bitácora…
Aquella mañana habría podido ser lunes o martes o miércoles o cualquier día en Marte. Biggs estaba en la orilla del canal; tenía los pies metidos en el agua fría, a remojo, mientras el sol le daba en la cara.
Un hombre caminaba en paralelo al canal. La sombra de aquel hombre cayó sobre Biggs. Biggs levantó la vista.
–¡Me cago en la leche! –dijo Biggs.
–Soy el último marciano –dijo el hombre, sacando un arma.
–¿Qué has dicho? –preguntó Biggs.
–Voy a matarte.
–Corta el rollo. ¿Qué broma es esta, Spender?
–Levántate, voy a dispararte en el estómago.
–Guarda el arma, por el amor de Dios.
Spender apretó el gatillo una sola vez. Biggs se sentó en la orilla del canal unos segundos y luego se inclinó hacia delante y cayó al agua. El arma no había hecho más que un zumbido susurrante. El cuerpo flotó con lenta despreocupación a la deriva de las lentas corrientes del canal. Hizo un ruido hueco y burbujeante que cesó unos segundos después.
Spender enfundó el arma y se alejó sin hacer ruido. El sol brillaba sobre Marte. Spender sentía cómo le calentaba las manos y se deslizaba por los lados de su cara tensa. No corría; caminaba como si la única novedad fuese la luz del día. Fue hacia el cohete, donde varios de los hombres estaban tomándose el desayuno recién hecho bajo un refugio que Cookie había levantado.
–Por ahí viene el Solitario –dijo uno.
–¡Hola, Spender! ¡Cuánto tiempo!
Los cuatro hombres sentados a la mesa observaron al hombre que los miraba fijamente y en silencio.
–Tú y esas puñeteras ruinas… –rio Cookie, removiendo una sustancia negra en una perola–. Eres como un perro en un solar lleno de huesos.
–Puede ser –dijo Spender–. He averiguado algunas cosas. ¿Qué diríais si os dijera que me encontré con un marciano merodeando por ahí?
Los cuatro hombres soltaron los tenedores.
–¿En serio? ¿Dónde?
–Da igual. Voy a haceros una pregunta. ¿Cómo os sentiríais si fueseis marcianos y una gente llegara a tu tierra y empezara a destrozarla?
–Sé perfectamente cómo me sentiría –dijo Cheroke–. Tengo sangre cheroqui. Mi abuelo me contó muchas historias sobre el estado de Oklahoma. Si un marciano anda por ahí, dejádmelo a mí.
–¿Y vosotros qué? –preguntó Spender, muy despacio.
Nadie contestó; el silencio lo dijo todo. Coge cuanto puedas mientras puedas, el que lo encuentra se lo queda, si te ponen la otra mejilla, bofetón, etcétera…
–Bien –dijo Spender–. Pues he encontrado un marciano. –Los demás lo miraron con los ojos entornados–. En una de las ciudades muertas. Nunca pensé que lo encontraría. No sé qué estaba haciendo allí. Estuve viviendo en un pueblecito en un valle durante una semana o así, aprendiendo a leer los libros antiguos y observando sus extrañas formas de arte. Y un día vi al marciano. Se quedó quieto unos segundos y luego desapareció. Tardó dos días en regresar. Yo me sentaba por ahí, a aprender a leer la escritura antigua, y el marciano aparecía, un poco más cerca cada vez, hasta que un día aprendí a descifrar el idioma marciano, es sorprendentemente sencillo y hay ideogramas que ayudan, y el marciano se presentó y dijo: «Dame tus botas». Le di mis botas y dijo: «Dame tu uniforme y el resto de tu indumentaria». Se lo di todo y luego dijo: «Dame tu arma», y le di el arma. Luego dijo: «Acompáñame para que veas lo que va a pasar». Y el marciano vino al campamento y aquí está.
–No veo ningún marciano –dijo Cheroke–. Lo siento.
Spender desenfundó el arma. Zumbó levemente. La primera bala alcanzó al hombre de la izquierda; la segunda y la tercera bala, al de la derecha y al del centro de la mesa. Cookie, junto al fuego, se volvió horrorizado para recibir la cuarta bala. Cayó de espaldas al fuego y allí se quedó hasta que su ropa empezó a arder.
El cohete yacía al sol. Había tres hombres desayunando, con las manos sobre la mesa, sin moverse, la comida se enfriaba frente a ellos. Cheroke, ileso, sentado, miraba fijamente a Spender con aturdida incredulidad.
–Ven conmigo –dijo Spender. Cheroke no dijo nada–. Podemos estar juntos en esto.
Spender esperó.
Cheroke recuperó por fin el habla.
–Los has matado –dijo, atreviéndose a mirar a los hombres a su alrededor.
–Se lo merecían.
–¡Estás loco!
–Quizás. Pero puedes venir conmigo.
–¿Ir contigo? ¿Para qué? –gritó Cheroke, con el rostro vaciado de color, los ojos empañados–. ¡Venga, lárgate!
El gesto de Spender se endureció.
–Pensaba que tú lo entenderías.
–¡Lárgate!
Cheroke echó mano de su arma.
Spender disparó una última vez. Cheroke quedó inmóvil.
Spender empezó entonces a tambalearse. Se tapó con la mano la cara sudorosa. Miró un momento el cohete y de repente empezó a temblar de la cabeza a los pies. Estuvo a punto de caerse, la reacción física fue demasiado abrumadora. Su expresión facial era la de una persona que acababa de despertar de una hipnosis, de un sueño. Se sentó unos instantes para intentar librarse de los temblores.
–¡Para! ¡Para! –le ordenó a su cuerpo. Todas y cada una de sus fibras se estremecían y se sacudían–. ¡Para! –Su mente aplastó a su cuerpo hasta que los temblores desaparecieron. Sus manos yacían calmas sobre sus silentes rodillas.
Se levantó y con bastante eficacia se ató a la espalda un arcón portátil. Su mano empezó a temblar de nuevo, durante un instante fugaz.
–¡No! –dijo, tajante, y el temblor cesó.
Luego, caminando con rigidez, se perdió entre las colinas al rojo vivo de aquellas tierras, solo.
El sol ardía en lo más alto del cielo. Una hora más tarde, el capitán bajó del cohete para desayunar huevos con jamón. Justo iba a dar los buenos días a los cuatro hombres sentados a la mesa cuando se detuvo y advirtió el olor a disparos en el ambiente. Vio al cocinero tirado en el suelo, rodeado por los restos de la fogata. La comida que los cuatro hombres tenían delante estaba fría.
Unos segundos más tarde, bajaron Parkhill y otros dos hombres. Se encontraron con el capitán, fascinado con el silencio de aquellos hombres sentados frente a sus desayunos.
–Llamen a los demás, a todos –dijo el capitán. Parkhill corrió hacia la orilla del canal.
El capitán tocó a Cheroke. Cheroke giró sin hacer ruido y se cayó de la silla. La luz del sol encendió su pelo a cepillo y sus pómulos altos.
Llegaron los hombres.
–¿Quién falta?
–Solo Spender, señor. Hemos encontrado a Biggs flotando en el canal.
–¡Spender! –El capitán miró las colinas que se alzaban a la luz del día. El sol enseñaba los dientes con una mueca de asco–. Malnacido –dijo con voz cansada–. ¿Por qué no ha venido a hablar conmigo?
–Tendría que haber hablado conmigo –gritó Parkhill, con fuego en la mirada–. ¡Por Dios que le habría volado la tapa de los sesos, así de claro!
El capitán Wilder hizo a dos de sus hombres un gesto con la cabeza.
–Id a por unas palas –dijo.
Hacía calor para cavar tumbas. El viento cálido soplaba desde el mar vacío y el polvo que levantaba les daba en la cara mientras el capitán pasaba páginas de la Biblia. Cuando el capitán cerró el libro, alguien empezó a palear lentos regueros de tierra sobre las figuras envueltas.
Regresaron al cohete, montaron sus rifles, se cargaron paquetes de granadas a la espalda y comprobaron la holgura de las pistolas en sus cartucheras. A cada uno le fue asignada una parte de las colinas. El capitán dio sus indicaciones sin levantar la voz ni mover las manos, que le colgaban a los costados.
–En marcha –dijo.
Spender vio el polvo fino que se levantaba en varias zonas del valle y supo que se habían organizado batidas. Soltó el librito plateado que había estado leyendo tranquilamente, sentado en una piedra plana. Las páginas del libro eran finísimas, de plata pura, y estaban ilustradas a mano en negro y oro. Era un libro de filosofía con, al menos, diez mil años de antigüedad que había encontrado en una de las villas de un pueblo marciano del valle. No le apetecía soltarlo. Durante unos instantes, había pensado: «¿Qué sentido tiene? Voy a quedarme aquí sentado hasta que vengan a dispararme».
Su reacción tras matar a los seis hombres aquella mañana le había provocado un episodio de oscuridad estupefacta, luego náuseas y, ahora, una paz rara. Pero aquella paz también empezaba a remitir, ya veía los penachos de polvo que dejaban las estelas de sus perseguidores, y sintió el regreso del resentimiento.
Dio un sorbo de agua fresca de la cantimplora que llevaba al cinto. Luego se levantó, se desperezó, bostezó y escuchó el milagro sereno del valle que lo rodeaba. Sería maravilloso que él y varios de sus conocidos en la Tierra pudieran estar allí, vivir allí, sin la más mínima preocupación.
Cogió el libro con una mano, la pistola con la otra. Había un riachuelo de aguas rápidas lleno de guijarros y rocas y allí se desvistió y se metió en él para darse un ligero baño. Se tomó todo el tiempo del mundo antes de vestirse y coger de nuevo el arma.
El tiroteo empezó sobre las tres de la tarde. Para entonces, Spender ya se había internado en las colinas. Lo siguieron por tres pueblecitos marcianos de las colinas. Por encima de aquellos pueblos, desperdigadas como guijarros, había villas solitarias en las que tiempo atrás las familias habían encontrado un arroyo, un área verde, y plantado una alberca alicatada, una biblioteca y un patio con una fuente abundante.
Spender pasó media hora nadando en una de esas albercas que habían llenado las lluvias estacionales, a la espera de que sus perseguidores le dieran alcance.
Los disparos resonaron mientras abandonaba la pequeña villa. A unos cinco metros a su espalda, unos azulejos se quebraron, estallaron. Echó a correr, sorteó una serie de peñascos, se volvió y con el primer disparo alcanzó a uno de los hombres, que murió en el acto.
Formarían una red, un círculo; Spender lo sabía. Lo rodearían, caerían sobre él y lo atraparían. Le pareció raro que no usaran las granadas. El capitán Wilder podía dar la orden de que las arrojaran sin ningún problema.
Pero soy demasiado simpático como para que me revienten en mil pedazos, pensó Spender. Es eso lo que el capitán tiene en mente. Quiere que me hagan un único agujero. ¿No es extraño? Quiere que mi muerte sea limpia. Nada de estropicios. ¿Por qué? Porque me entiende. Y como me entiende, está dispuesto a arriesgar la vida de hombres buenos con tal de darme un tiro en la cabeza, uno limpio. ¿No es eso?
Resonó una ráfaga de nueve, diez disparos. Saltaron piedras a su alrededor. Spender disparaba sin parar, a veces mientras miraba de reojo el libro plateado que tenía en la mano.
El capitán corría bajo el calor del sol con un rifle en las manos. Spender lo siguió con la mirilla de su arma, pero no disparó. En vez de eso, desplazó el arma y voló la parte superior de la roca en la que Whitie estaba apoyado, y oyó un grito de enfado.
El capitán se levantó de repente. Llevaba un pañuelo blanco en la mano. Dijo algo a sus hombres y tras soltar el rifle subió por la ladera. Spender no se movió, luego se levantó, pistola en ristre.
El capitán se acercó, se sentó en un pedrusco calentado por el sol, estuvo un rato sin mirar a Spender. El capitán se llevó la mano al bolsillo de la camisa. Los dedos de Spender se tensaron sobre el gatillo.
–¿Un cigarrillo? –dijo el capitán.
–Gracias.
Spender cogió uno.
–¿Fuego?
–Tengo.
Dieron una o dos caladas en silencio.
–Hace calor –dijo el capitán.
–Sí.
–¿Está cómodo aquí arriba?
–Bastante.
–¿Cuánto cree que podrá aguantar?
–Lo que tarde en acabar con doce hombres.
–¿Por qué no nos ha matado a todos esta mañana cuando tuvo la oportunidad? Pudo hacerlo, y lo sabe.
–Lo sé. Sentí asco. Cuando deseas hacer algo con todas tus fuerzas te mientes a sí mismo. Te dices que los demás se equivocan. En fin, al poco de empezar a matarlos me di cuenta de que eran todos unos ilusos, que no hacía bien matándolos. Pero ya era tarde. No pude seguir, por eso vine aquí arriba, para poder mentirme a mí mismo un poco más, cabrearme y empezar otra vez desde el principio.
–Y qué tal lo lleva.
–Regular. Por ahora.
El capitán contempló su cigarrillo.
–¿Por qué lo ha hecho?
Spender dejó la pistola a sus pies sin hacer ruido.
–Porque he visto que todo lo que los marcianos tenían era exactamente igual de valioso que cualquier cosa que podamos desear. Lo dejaron donde nosotros tendríamos que haberlo dejado hace un siglo. He recorrido sus ciudades, conozco a este pueblo y me encantaría considerarlos mis antepasados.
–Tienen una ciudad preciosa. –El capitán señaló con la cabeza el grupo de edificios.
–No es solo eso. Sí, las ciudades son bonitas. Sabían cómo combinar vida y arte. Algo que los estadounidenses nunca supimos hacer. El arte era algo que guardabas en el cuarto del hijo chiflado. El arte era algo que consumías los domingos en pequeñas dosis, mezclado con religión, quizás. Pero los marcianos tienen arte, religión, de todo.
–Y cree que sabían bien lo que hacían, ¿no?
–Me juego lo que sea.
–Y por eso empezó a disparar a todo el mundo.
–Cuando era un crío mi familia me llevó a visitar Ciudad de México. Siempre me acordaré de cómo se comportaba mi padre, patoso y gritón. A mi madre no le gustaba la gente porque tenía la piel oscura y no se lavaba lo suficiente. Y mi hermana no hablaba con casi nadie. Yo fui el único al que le gustó. Veo a mis padres aquí en Marte, comportándose del mismo modo.
»Al estadounidense medio no le gusta nada que se salga de lo normal. Donde se ponga la fontanería de Chicago, que se quite lo demás. ¡Menuda idea! Ay, Dios, ¡menuda idea! Y entones…, la guerra. Ya oíste los discursos en el Congreso antes de nuestra partida. Si la cosa sale bien, confían en poder establecer en Marte tres centros de investigación atómica y depósitos de bombas. Eso significa el fin de Marte; todas estas maravillas, fuera. ¿Cómo se sentiría si un marciano vomitara vino rancio en el suelo de la Casa Blanca?».
El capitán no dijo nada, pero escuchaba.
–Y ahora hay más poderes interesados –continuó Spender–. Mineros y exploradores. ¿Recuerda lo que pasó cuando Cortés y sus amigotes llegaron desde España? Una civilización entera destruida por unos extremistas avariciosos. La historia nunca perdonará a Cortés.
–Hoy su comportamiento no ha sido muy ético –observó el capitán.
–¿Qué podía hacer? ¿Discutir con usted? Soy yo contra toda la corrupción y la miserable avaricia de la Tierra, así de sencillo. Van a tirar aquí sus asquerosas bombas atómicas, a enfrentarse por unas bases para seguir con sus guerras. No les basta con haber arruinado nuestro planeta, tienen que arruinar otro; ni comen ni dejan comer. Mentecatos llenos de palabras huecas. Cuando llegué aquí, no solo me sentí liberado de su supuesta cultura, me sentí liberado de sus éticas y sus costumbres. Creo que estoy fuera de su marco referencial. Lo único que tengo que hacer es mataros a todos y seguir con mi vida.
–Pero no ha salido como esperaba –dijo el capitán.
–No. Después de matar al quinto durante el desayuno, descubrí que, al fin y al cabo, no me había renovado, no era marciano en absoluto. Que no podía deshacerme tan fácilmente de todo lo que había aprendido en la Tierra. Pero ahora vuelvo a sentirme sereno. Voy a mataros a todos. Eso retrasará la llegada de otro cohete cinco años como mínimo. Hoy no existe ningún cohete, salvo este. En la Tierra esperarán un año, dos, y como no recibirán noticias nuestras, les dará mucho miedo construir otro cohete. Tardarán el doble y fabricarán cien modelos experimentales para asegurarse de que no haya más fracasos.
–Así es.
–En cambio, un informe favorable por su parte, si regresara, aceleraría la invasión de Marte. Con suerte, viviré hasta los sesenta años. Todas las expediciones que aterricen en Marte me encontrarán aquí. Las naves siempre llegarán de una en una, una al año o así, y la tripulación nunca superará la veintena de hombres. Me haré amigo de todos y les explicaré que un día nuestro cohete explotó, tengo intención de volarlo en cuante acabe con mi tarea esta semana, y los mataré, a todos y cada uno. Marte seguirá intacto durante el próximo medio siglo. Pasado un tiempo, puede que en la Tierra dejen de intentarlo. Recuerde el recelo que despertó la idea de construir zepelines que siempre terminaban devorados por las llamas…
–Lo tiene todo planeado –admitió el capitán.
–Así es.
–Sin embargo, lo superamos en número. En una hora lo tendremos rodeado. En una hora estará muerto.
–He encontrado pasadizos subterráneos y un lugar para vivir que jamás encontrarán. Me retiraré a vivir allí durante unas semanas. Hasta que bajen la guardia. Entonces saldré y acabaré con vosotros, uno a uno.
El capitán asintió.
–Hábleme de su civilización –dijo, abarcando todos los pueblos de la montaña con un gesto de la mano.
–Sabían cómo vivir con la naturaleza y acorde con ella. No se esforzaban tanto por ser hombres y no animales. Ese fue el error que cometimos tras la aparición de Darwin. Abrazamos a Huxley y a Freud, todo sonrisas. Y luego descubrimos que Darwin y nuestras religiones no casaban. O al menos eso pensábamos. Qué imbéciles. Intentamos desplazar a Huxley, Darwin y Freud. Pero no había quien los moviera. Así que, como idiotas, intentamos derribar las religiones.
»Tuvimos bastante éxito. Perdimos la fe e íbamos por ahí preguntándonos por el sentido de la vida. Si el arte no era más que un berrinche frustrado del deseo, si la religión no era más que autoengaño, ¿para qué vivir? La fe siempre nos había proporcionado respuestas a todas las preguntas. Pero con Freud y Darwin todo se había ido por el sumidero. Éramos, y todavía somos, gente perdida».
–Y los marcianos, ¿eran un pueblo que se había encontrado? –preguntó el capitán.
–Sí. Supieron combinar ciencia y religión para que ambas trabajan codo con codo, para que no se negara la una a la otra, sino que se enriquecieran.
–Suena perfecto.
–Lo era. Me gustaría enseñarle cómo lo lograron.
–Mis hombres me esperan.
–No será más que media hora. Dígaselo, señor.
El capitán dudó, luego se levantó y ordenó a los demás que bajaran la colina.
Spender lo condujo hasta una aldea marciana construida con un mármol fresco y perfecto. Había grandes frisos con animales hermosos, figuras gatunas con patas blancas y símbolos solares con extremidades amarillas, y estatuas de seres similares a toros y también de hombres y mujeres y de perros enormes con rasgos finos.
–Ahí tiene la respuesta, capitán.
–No lo entiendo.
–Los marcianos descubrieron entre los animales el secreto de la vida. El animal no se cuestiona la vida. La vive. El sentido de su vida es estar vivo; disfruta la vida, se deleita con ella. Mire… El santuario, los símbolos animales, una y otra vez.
–A mí me parece paganismo.
–Al contrario, son símbolos divinos, símbolos de vida. También en Marte el hombre se había vuelto demasiado hombre y no lo bastante animal. Y los hombres de Marte se dieron cuenta de que para sobrevivir tendrían que olvidarse de formular la pregunta fundamental: ¿Por qué vivir? La vida era la respuesta a sí misma. La vida era propagación de más vida, y vivirla lo mejor posible. Los marcianos se dieron cuenta de que formulaban la pregunta «¿Por qué vivir?» en el cénit de un periodo de guerra y desesperación, cuando no existía respuesta. Pero una vez la civilización se calmó, se aquietó, y las guerras cesaron, la pregunta se volvió absurda de un modo nuevo. La vida era buena y no necesitaba argumentación.
–Eso me suena a que los marcianos eran bastante ingenuos.
–Porque la ingenuidad salía a cuenta. Dejaron de esforzarse por destruirlo todo, por someterlo todo. Mezclaron arte, religión y ciencia porque, en lo fundamental, la ciencia no es más que la investigación del milagro que no podemos explicar, y el arte es una interpretación de ese milagro. No permitieron que la ciencia aplastara la estética y la belleza. Es todo una sencilla cuestión de grado. Un terrícola piensa: «En ese cuadro, en realidad el color no existe. Un científico puede demostrar que el color no es más que el modo en que la situación de las células en determinada materia refleja la luz. Por lo tanto, en realidad el color no forma parte de las cosas que casualmente veo». Un marciano, mucho más listo, diría: «Qué cuadro más bonito. Salió de la mano y la mente de un hombre inspirado. Su idea y su color provienen de la vida. Y eso es bueno».
Hubo una pausa. Sentado bajo el sol de la tarde, el capitán miró con curiosidad la pequeña aldea fresca y silenciosa que lo rodeaba.
–Me gustaría vivir aquí –dijo.
–Si quiere, puede.
–¿Me lo está pidiendo?
–¿Alguno de los hombres a su cargo llegará a entenderlo alguna vez? Son cínicos profesionales, para ellos ya es tarde. ¿Por qué quiere volver con ellos? ¿Para ser mejor que el vecino? ¿Para comprarse un giroscopio como el de Smith? ¿Para escuchar música con la libreta en vez de con las glándulas? Aquí abajo hay un pequeño patio con una bobina de música marciana que tiene como mínimo cincuenta y cinco mil años. Todavía suena. Música que no va a oír en toda su vida. Podría oírla. Hay libros. He avanzado bastante en su lectura. Podría sentarse a leer.
–Tiene todo una pinta estupenda, Spender.
–Pero no va a quedarse…
–No. Pero gracias.
–Y no va a permitir que me quede sin más. Tendré que matarlos a todos.
–Es usted muy optimista.
–Tengo algo por lo que luchar y vivir; eso me convierte en un asesino más eficaz. Ahora poseo el equivalente a una religión. Se trata de volver a aprender a respirar. A tumbarse a tomar el sol, a dejar que el sol entre en ti. A oír música y a leer libros. ¿Qué ofrece vuestra civilización?
El capitán movió los pies. Meneó la cabeza.
–Lamento que esto tenga que ocurrir. Lo lamento mucho.
–Yo también. Supongo que será mejor que lo acompañe para que puedan iniciar el ataque.
–Eso creo.
–Capitán, no voy a matarlo. Cuando todo haya acabado, usted seguirá vivo.
–¿Cómo?
–He decidido que cuando haya empezado, usted saldrá ileso.
–Bueno…
–Usted quedará a salvo. Puede que, cuando estén todos muertos, cambie de parecer.
–No –dijo el capitán–. Hay demasiada sangre terrícola en mí. Tendré que seguir persiguiéndolo.
–¿Aunque tenga la posibilidad de quedarse aquí?
–Es curioso, pero sí, aun así. No sé por qué. Es una pregunta que nunca me había hecho. En fin, en esas estamos.
Habían regresado ya al punto de encuentro.
–¿Prefiere entregarse, Spender? Es mi última oferta.
–Gracias, pero no. –Spender le tendió la mano–. Una última cosa. Si gana, hágame un favor. Haga cuanto pueda por impedir que destruyan este planeta, al menos durante los próximos cincuenta años, hasta que los arqueólogos hayan tenido la posibilidad de trabajar decentemente, ¿me hará ese favor?
–De acuerdo.
–Y por último…, si sirve de algo, recuérdeme como un tipo chalado que un día de verano perdió la cabeza y nunca la recuperó. Eso se lo pondrá más fácil.
–Lo pensaré. Hasta pronto, Spender. Buena suerte.
–Es usted una rareza –dijo Spender mientras el capitán bajaba por la senda con el viento cálido.
El capitán regresó con sus polvorientos hombres como si hubiese estado perdido. Con los ojos entrecerrados bajo el sol y resollando.
–¿Hay algo de beber? –dijo. Sintió que le ponían entre las manos una botella fría–. Gracias. –Bebió. Se limpió la boca–. Muy bien –dijo–. Tengan cuidado. Disponemos de todo el tiempo que necesitemos. No quiero más bajas. Tendrán que matarlo. No va a bajar. Háganlo de un disparo limpio, si es posible. No lo revienten. Acabemos con esto.
–Pienso volarle los puñeteros sesos –dijo Sam Parkhill.
–No, en el pecho –dijo el capitán. Veía el rostro fuerte y claramente decidido de Spender.
–Los puñeteros sesos –dijo Parkhill.
El capitán le tendió la botella con un movimiento brusco.
–Ya ha oído lo que he dicho. En el pecho. –Parkhill masculló para sí–. Vamos.
De nuevo se dispersaron, caminando primero y corriendo después, y luego avanzaron por lugares tórridos de las laderas donde aparecían grutas súbitas y frías que olían a musgo, y lugares que se abrían de repente con un fulgor y que olían al sol contra las piedras.
Detesto ser listo, pensaba el capitán, cuando uno ni se siente listo ni quiere serlo. Escabullirse y hacer planes y sentir que estás haciendo algo grande. Detesto esta sensación de creer que estoy haciendo bien cuando en realidad no las tengo todas conmigo. ¿Quiénes somos, además? ¿La mayoría? ¿Esa es la respuesta? La mayoría siempre es sagrada, ¿no? Siempre, siempre; nunca se equivoca lo más mínimo, ¿verdad que no? ¿En diez millones de años no se ha equivocado ni una sola vez? ¿Qué es la mayoría y quiénes la conforman?, pensó. ¿Y qué piensan, y cómo llegaron a esto, y cambiarán algún día, y cómo demonios he acabado atrapado en esta asquerosa mayoría? No me siento cómodo. ¿Es claustrofobia, miedo a las multitudes o al sentido común? ¿Puede un hombre tener razón, mientras todos los demás piensan que la razón la tienen ellos? No lo pienses. Arrástrate y finge excitación y aprieta el gatillo. ¡Allí, y allí!
Los hombres corrían y se agachaban y corrían y se agazapaban en las sombras y enseñaban los dientes, jadeantes, pues el aire estaba enrarecido, no era apto para correr; el aire estaba enrarecido y en una ocasión tuvieron que sentarse durante cinco minutos, resollando y viendo en sus ojos lucecitas negras, engullendo el aire enrarecido ávidos de más, y cerrando con fuerza los ojos se pusieron por fin de pie, con las armas en alto para abrir agujeros en aquel aire enrarecido de verano, agujeros de ruido y calor.
Spender se quedó donde estaba, disparando solo de vez en cuando.
–¡La puñetera tapa de los sesos! –gritó Parkhill, corriendo colina arriba.
El capitán apuntó a Sam Parkhill con su arma. La bajó y la miró horrorizado.
–¿Adónde ibais? –preguntó a su mano flácida y al arma. Había estado a punto de disparar a Sam Parkhill por la espalda–. Dios, ayúdame.
Vio que Parkhill seguía corriendo y luego se tiraba al suelo para ponerse a cubierto.
Spender empezaba a quedar rodeado por una red de hombres rápida y holgada. En la cima de la colina, detrás de dos rocas, estaba tumbado Spender, con una mueca de agotamiento por el aire enrarecido, grandes islas de sudor bajo los brazos. El capitán vio las dos rocas. Había entre ellas un hueco de unos diez centímetros y por ahí veía bien el pecho de Spender.
–¡Eh, tú! –gritó Parkhill–. ¡Te voy a meter un balazo en la cabeza!
El capitán Wilder esperó. Vamos, Spender, pensó. Vete, como has dicho que harías. Solo dispones de unos minutos para escapar. Vete y vuelve más tarde. Vamos. Has dicho que lo harías. Vete a los túneles que dijiste que habías encontrado, y quédate ahí durante meses y años, leyendo esos estupendos libros tuyos y bañándote en las albercas de los templos. Vamos, hombre, antes de que sea demasiado tarde.
Spender no se movió de su puesto.
–¿Qué le pasa? –se preguntó el capitán.
El capitán cogió su arma. Observó a los hombres mientras corrían y se escondían. Miró las torres de la deshabitada aldea marciana, como figuras de ajedrez de talla precisa que se alzaban en la tarde. Vio las rocas y el hueco entre ellas que revelaba el pecho de Spender.
Parkhill iba a la carga, gritando de furia.
–No, Parkhill –dijo el capitán–. No puedo permitir que lo haga. Los demás tampoco. No, ninguno de vosotros. Solo yo. –Levantó el arma y suspiró.
¿Quedaré limpio después de esto?, pensó. ¿Está bien que sea yo quien lo haga? Sí, así es. Sé por qué lo hago y es lo correcto, porque creo que soy yo quien debe hacerlo. Rezo por que sea capaz de vivir después de esto.
Hizo a Spender un gesto con la cabeza.
–Vamos –dijo con un susurro forzado que nadie alcanzó a oír–. Le doy otros treinta segundos para escapar. ¡Treinta segundos! –Su reloj de muñeca marcaba los segundos. El capitán observaba el reloj. Los hombres corrían. Spender no se movía. El tiempo en el reloj pasaba muy despacio, con un estruendo a oídos del capitán–. Vamos, Spender, vamos, ¡huya!
Los treinta segundos pasaron.
Apareció el arma. El capitán respiró hondo.
–Spender –dijo, exhalando.
Apretó el gatillo.
Lo único que sucedió fue que polvo de roca voló bajo la luz del sol. Los ecos del disparo se disiparon.
El capitán se levantó.
–Está muerto –les gritó.
Los demás no lo creyeron. Desde su perspectiva no podían ver la fisura entre las rocas. Vieron al capitán correr colina arriba, solo, y pensaron que o era un valiente o estaba loco.
Unos minutos después, los hombres lo siguieron.
Formaron un corro alrededor del cuerpo.
–¿En el pecho? –dijo uno.
El capitán bajó la mirada.
–En el pecho –dijo. Vio que las rocas habían cambiado de color debajo de Spender–. Me pregunto por qué esperó. Por qué no huyó tal y como tenía planeado. Por qué se quedó para que lo mataran.
–Quién sabe –dijo otro.
Allí yacía Spender, con las manos apretadas, una en torno al arma, la otra en torno al libro plateado que centelleaba al sol.
¿Ha sido por mi culpa?, pensó el capitán. ¿Ha sido porque me he negado a rendirme? ¿Detestaba Spender la idea de matarme? ¿Soy distinto de los aquí presentes? ¿Es esa la causa? ¿Creyó que podía confiar en mí? ¿Hay otra respuesta?
No. Se agachó junto al cuerpo silente.
Tengo que estar a la altura, pensó. No puedo decepcionarlo ahora. Si de alguna manera se reconoció en mí y por eso no podía matarme, ¡qué enorme tarea me aguarda! Es eso, sí, es eso. Ahora yo soy Spender, pero yo pienso antes de disparar. Yo no disparo, no mato. Yo hago cosas con las personas. Y no se vio capaz de matarme porque yo era él bajo una condición distinta.
El capitán sentía el calor del sol en la nuca. Se oyó decir:
–Ojalá hubiese acudido a mí para hablar antes de disparar a nadie, habríamos encontrado alguna solución.
–¿Solución? –dijo Parkhill–. ¿Qué solución hay con gente como esta?
El canto del calor se oía en la tierra, salía de las piedras y del cielo azul.
–Supongo que tiene razón –dijo el capitán–. Habría sido imposible resolverlo. Spender y yo, quizás sí. Pero Spender con usted y con los demás, no, nunca. Es mejor que haya muerto. Deme un trago de esa cantimplora.
Fue el capitán quien propuso el sarcófago vacío para Spender. Lo habían encontrado en un antiguo cementerio marciano. Metieron a Spender en un cajón de plata con resinas y vinos de diez mil años de antigüedad, con las manos juntas sobre el pecho. Lo último que vieron de él fue la paz de su rostro.
Permanecieron unos minutos en la antigua cripta.
–Creo que estaría bien que pensaran en Spender de vez en cuando –dijo el capitán.
Salieron de la cripta y cerraron la puerta de mármol.
La tarde siguiente, Parkhill hizo prácticas de tiro en una de las ciudades muertas, disparando a los cristales de las ventanas y volando las agujas de las frágiles torres. El capitán cogió a Parkhill y le reventó los dientes de un puñetazo.
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