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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

¡bang! ¡estás muerto!

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Johnny Choir remontaba las colinas italianas como un corderito, brincando ante el juego de la guerra. Saltó una ráfaga de balas como si del seto delantero de su casa de Iowa se tratase. Se agachaba y fintaba; un peatón en la batalla del tráfico. Sobre todo, reía infatigable como un canguro vestido de camuflaje, saltando sin parar.
Para Johnny, las balas, los proyectiles de morteros y la metralla no eran más que rumores en el aire. No eran reales.
Avanzaba a largas zancadas cerca de San Vittore, se detuvo en seco, apuntó con su arma y apretó el gatillo.
–¡Bang! ¡Te pillé! –gritó.
Vio caer a un alemán con una orquídea roja prendida a la solapa. Johnny rio de nuevo por lo bajo, para escapar a la respuesta de la ametralladora en forma de ráfaga.
Un proyectil de artillería se aproximaba.
–¡Fallaste! –gritó Johnny, contorsionándose.
Y así fue. Falló, como siempre.
El soldado Smith iba a rebufo de Johnny. Aunque Smith avanzaba con su esmirriado estómago pegado al suelo y la cara sudorosa al auspicio del barro italiano. Smith reptaba, corría, caía, se levantaba de nuevo, y jamás permitía que las balas enemigas se le acercaran.
–¡Al suelo, botarate! ¡Te van a dejar seco! –le gritaba a Johnny con frecuencia, furioso.
Pero Johnny bailaba con la música metálica de las balas, que parecían brillantes crías de colibrí en pleno vuelo. Mientras Smith cubría cada kilómetro arrastrándose cual gusano, Johnny se catapultaba hacia el enemigo, riendo por lo bajo. ¡Alto como el cielo, estridente como una bazuca! Smith expulsaba una ración de sudor frío con solo ver a aquel muchacho.
Los alemanes gritaban y huían de Johnny. Cuando vieron las florituras de sus extremidades en una especie de baile de san Vito –mientras las balas silbaban por debajo de sus orejas, entre sus rodillas y entre pulgar e índice–, la moral de los alemanes se desintegró. ¡Huyeron en desbandada!
Riendo de buena gana, Johnny Choir se sentó, sacó una porción de chocolate y la devoró mientras Smith ascendía muy poco a poco. Johnny entrevió el trasero desprotegido de la figura reptante.
–¿Smith? –preguntó.
El trasero anónimo se hundió, apareció una cara delgada y familiar.
–Sí. –El fuego había cesado en la zona. Estaban solos y a salvo. Smith se sacudió arena de la barbilla–. Te juro por Dios que se me pone la piel de gallina solo con verte. Vas por ahí al trote como un crío bajo la lluvia. Y eso que es una lluvia poco recomendable.
–Yo me agacho –dijo Johnny con la boca llena. Tenía un rostro amplio y atractivo, y unos ojos azules de niño que atesoraban un asombro inocente, y labios pequeños y rosados de niño. Su pelo al rape parecía las cerdas rubias de un cepillo para la ropa. Ahora, sumido en el deleite del dulce, se había olvidado de la guerra–. Me agacho –explicó de nuevo.
Smith había oído aquella excusa mil veces. Era una explicación demasiado simple. Dios tenía algo que ver con todo aquello, Smith estaba seguro. A Johnny lo habían puesto a remojo en agua bendita, seguramente. Las balas lo rodeaban sin osar tocarlo. Sí. Eso era. Smith rio con aire pensativo.
–¿Qué pasa si te olvidas de agacharte, Johnny?
–Me hago el muerto –respondió Johnny.
–Te… –dijo Smith, parpadeando, mirándolo fijamente–, te haces el muerto. Ya, ya. –Exhaló despacio–. Ya. Claro. Vale.
Johnny tiró el envoltorio del chocolate.
–He estado pensando. Creo que me toca hacerme el muerto. Todo el mundo lo ha hecho menos yo. Lo justo es que ahora me toque a mí. Todo el mundo lo ha hecho bastante bien, pero creo que hoy voy a hacerme el muerto.
Smith vio que le temblaban las manos. Y también se le había quitado el apetito.
–¿A qué viene eso ahora? –repuso.
–Estoy cansado –dijo Johnny sin más.
–Pues échate una siesta. A cabezaditas no hay quien te gane. Échate una siesta.
Johnny lo consideró con un mohín. Luego se arrellanó en la hierba de tal forma que parecía una gamba rebozada.
–Muy bien, soldado Smith. Si usted lo dice…
Smith consultó su reloj.
–Tienes veinte minutos. Una cabezadita rápida. Nos iremos en cuanto aparezca el capitán. Y no queremos que te pille durmiendo.
Pero Johnny ya estaba sumido en sueños dulces. Smith lo miró con asombro y envidia. Dios, menudo tipo. Durmiendo en mitad del infierno. Smith tuvo que quedarse a vigilarlo. Mal asunto sería que un alemán solitario le pegara un tiro ahora que no podía agacharse. La cosa más rara que había visto en su vida…
Un soldado subió tambaleante la colina, jadeando.
–¡Hola, Smith!
Smith reconoció al soldado.
–Ah, eres tú, Melter… –dijo, incómodo.
–¿Algún herido? –Melter también era grande, pero la grasa lo desequilibraba y su voz era ronca y demasiado estridente–. Ay, es Johnny Choir. ¿Está muerto?
–Está echándose una siesta.
Melter quedó boquiabierto.
–¿Una siesta? ¡Caray con el niño! ¡Menudo imbécil!
–Imbécil, y un cuerno –dijo Smith a media voz–. Acaba de barrer a los alemanes de esta colina sin despeinarse. He visto cómo le disparaban mil ráfagas, mil ráfagas, ojo, y Johnny se ha deslizado entre ellas como un cuchillo por unas costillas recién hechas.
Un gesto de preocupación asomó en la cara rosa de Melter.
–¿Por qué hará esas cosas?
Smith se encogió de hombros.
–Hasta donde yo sé, cree que es un juego. No ha madurado. Tiene cuerpo de adulto, pero mente de niño. No se toma la guerra en serio. Cree que estamos jugando.
Melter soltó una palabrota.
–Ojalá fuese así. –Miró fijamente a Johnny, celoso–. Ya lo he visto, corriendo por ahí como un tonto, y sigue vivo. Con ese contoneo suyo, y gritando «¡fallaste!» igual que un crío, gritando «¡te pillé!» cuando dispara a un alemán. ¿Cómo te lo explicas?
Johnny se movió en sueños, y sus labios farfullaron unas palabras. Un par se distinguieron, quedas, suaves.
–¡Mamá! ¡Eh, mamá! ¿Estás ahí? ¿Mamá? ¿Estás ahí, mamá? –Smith se inclinó para darle la mano a Johnny. Johnny la estrechó en sueños–. Ay, mamá –dijo, con una leve sonrisa.
Allí permanecieron, durante tres minutos enteros, en silencio. Por fin, Melter carraspeó con nerviosismo.
–Alguien… Alguien debería contarle a Johnny ciertas cosas sobre la vida. La muerte es real, la guerra es real y las balas pueden destriparte sin más. Cuando despierte, se lo diremos.
Smith soltó la mano de Johnny. Señaló a Melter, y su rostro palideció y se endureció con cada palabra.
–Oye, ¡no me vengas con filosofías! ¡Que algo sea malo para ti no significa que lo sea para él! Déjalo que sueñe si quiere. Llevo con él desde la instrucción, lo he cuidado como a un hermano. ¡Y si sigue de una pieza es porque piensa como piensa, porque cree que la guerra es divertida y que somos todos niños! Y como se te ocurra abrir la boca, te tiro al río Gagliano atado a un ancla.
–Vale, vale, no te pongas así. Solo pensaba…
Smith se levantó.
–¡Pensabas! ¡Pensabas! Que te den, ¡he visto el gesto asqueroso que has puesto! Quieres que maten a Johnny. ¡Estás verde de la envidia, es eso! Óyeme bien –hizo un ademán furioso con el brazo–, ¡ni te acerques! ¡A partir de ahora, ve a revolcarte a una ladera en la que no estemos nosotros! ¡No quiero que te vayas de la lengua! ¡Venga, largo de aquí, puñetas!
La cara gorda de Melter se puso roja como el vino italiano. Sostuvo su arma con fuerza. Sus dedos toquetearon la culata.
–No es justo –repuso con voz firme, severa–. No es justo que siempre salga ileso. No es justo que él viva y los demás mueran. Qué quieres que haga, ¿que lo adore? ¡Ja! Yo tengo que morir, él no, ¿y tendría que darle besitos? ¡Las cosas no funcionan así!
Melter se alejó a zancadas, con la espalda recta y moviéndose de un modo raro, el cuello como una vara, los puños apretados, a zancadas cortas y bruscas.
Smith lo observó. Seré bocazas, pensó. Tendría que haberle dado coba. Ahora igual se lo cuenta al capitán, y el capitán manda a Johnny al pabellón psiquiátrico para que lo ingresen. Y luego igual lo mandan de vuelta a Estados Unidos y yo pierdo a mi mejor amigo. ¡Dios, Smith, zoquete! ¿Por qué no cerrarás el pico?
Johnny despertó, frotándose los ojos con sus grandes nudillos de hijo de granjero, la lengua explorando los confines de su barbilla en busca de partículas extraviadas de su ración de chocolate.
Subieron juntos a otra colina, Johnny Choir y el soldado Smith.
Johnny bailoteando con su estilo especial, siempre en cabeza. Con buen juicio, pero de mala gana, Smith iba en la retaguardia; con miedo cuando Johnny jamás tenía miedo, con cuidado cuando Johnny siempre lo desdeñaba, refunfuñando cuando Johnny se adentraba entre carcajadas en fuego enemigo…
–¡Johnny!
Era inevitable. Cuando Smith sintió cómo la bala de ametralladora le entraba por el costado derecho, justo por encima de la cadera, cuando sintió el mazazo del dolor, sus golpes, cómo lo atravesaba la fuerza del tremendo impacto, cuando sintió cómo la sangre le chorreaba palpitante entre los dedos, de repente resbaladizos y entumecidos, cuando olió su propia sangre como si de un químico de pesadilla se tratase, supo que era inevitable.
–¡Johnny! –gritó de nuevo.
Johnny se detuvo. Regresó corriendo, con una enorme sonrisa. Sonrisa que se desvaneció en cuanto vio a Smith tirado en el suelo, donando sangre al cuerpo de la Tierra.
–Eh, soldado Smith, ¿a qué viene esto? –preguntó.
–Estoy… Estoy haciéndome el herido –dijo Smith, apoyado sobre un codo, sin levantar la vista, respirando con dificultad, resoplando–. Sigue tú, Johnny, no te preocupes por mí.
Johnny puso la cara de un niño al que castigan de cara a la pared.
–Eh. No es justo. Tendrías que habérmelo dicho, yo también me habría hecho el herido. Me alejaré demasiado y no podrás alcanzarme.
Smith forzó una sonrisa enfermiza, débil y pálido, mientras perdía sangre.
–Pero si siempre te adelantas muchísimo, Johnny. Aunque corriera en círculos a tu alrededor, jamás te alcanzaría.
Aquello era demasiado sutil para Johnny, que se rindió con un gesto ceñudo de confusión.
–Creía que éramos colegas, Smith…
–Claro. Claro que lo somos, Johnny. Lo somos. –Smith tosió–. Claro. Pero, verás, es que así de repente me he dado cuenta de lo cansado que estaba. De buenas a primeras, ya ves. No me ha dado tiempo a decírtelo. Por eso me he hecho el herido.
El rostro de Johnny se iluminó mientras se acuclillaba.
–Voy a hacerme el herido yo también.
–¡Ni se te ocurra, maldita sea! –Smith intentó incorporarse, pero el dolor lo aplastó con su puño prieto y ardiente, y no pudo hablar durante varios segundos. Luego–: Oye, no metas las narices en esto. ¡Sal pitando de una maldita vez!
–¿No quieres que me haga el muerto? –dijo Johnny.
–¡Que no, puñetas! –gritó Smith, y todo se volvió cada vez más oscuro.
Johnny no dijo nada, se quedó allí sin más, alto, callado y desconcertado, y perdido. Ahí estaba el hombre que había sido su mejor amigo desde el primer día en el ejército, desde que salieron del puerto de Nueva York; su mejor amigo mientras cruzaban todo África, las colinas sicilianas e Italia, ahora estaba ahí tirado diciéndole que continuara…, sin él.
En la oscuridad enmarañada de su mente, Smith tuvo la misma sensación. Nítida y súbita como una cuchilla nueva que lo rebanaba por la cintura. Herido, y Johnny continuando sin él.
¿Quién iba a decirle a Johnny que no se acercara a los cuerpos, que eso iba contra las normas? ¿Quién iba a asegurarse, como Smith había hecho, de que la increíble fantasía que Johnny creía se mantuviese intacta? ¿Quién iba a asegurarle que aquellas heridas eran falsas, que la sangre era una cosa parecida al kétchup que los soldados se ponían cuando querían descansar un rato? ¿Quién iba a censurar los arrebatos de Johnny como aquella vez en Túnez cuando le preguntó al comandante cuándo iban a darle su bote de kétchup?
–¿Kétchup? ¿Qué kétchup?
–Señor, para cuando quiera que me hieran, señor.
¿Quién iba a entrar en tromba para dar explicaciones al comandante?
–Verá, señor, Johnny se refiere a que si tiene que llevar consigo plasma sanguíneo para dárselo a la Cruz Roja, señor. Por si necesitara una transfusión, señor.
–Ah. ¿Se refiere a eso? No. Eso lo lleva la unidad médica. Ellos se encargarán en caso de necesidad.
¿Quién iba a sacar a Johnny de situaciones como aquella? O como la vez que Johnny le preguntó a un oficial superior:
–Señor, si me hago el muerto, ¿cuánto tiempo tengo que esperar hasta que pueda levantarme otra vez?
¿Quién iba a decirle al oficial que Johnny estaba de broma, señor, nada más, ja ja, que no era un niño pequeño con piel de adulto? ¿Quién?, pensó Smith.
Alguien corría entre las tinieblas del dolor y el ruido del conflicto. Por la torpeza con que sonaban aquellas grandes pisadas, Smith supo que era Melter.
La voz de Melter llegó desde una oscuridad cada vez mayor.
–Ah, eres tú, Johnny. ¿Quién está ahí tirado? Vaya… –Melter rio. Johnny también rio, por encajar. Ay, Johnny, ¿cómo puedes reírte? Si supieras, hijo mío–. Vaya, vaya, pero si es Smith. ¿Está muerto?
–No –dijo Johnny, entusiasmado–. Se está haciendo el herido.
–¿Haciendo? –dijo Melter. Smith no podía verlo, pero sí oír el sutil sonido de su lengua saboreando la palabra–. ¿Con que haciéndoselo, eh? Haciéndose el herido. Vaya. Hmm.
Smith abrió los ojos, pero no podía hablar, solo parpadear mientras observaba a Melter.
Melter escupió en el suelo.
–¿Puedes hablar, Smith? ¿No? Bien. –Melter miró en todas direcciones, asintiendo satisfecho. Cogió a Johnny del hombro–. Ven aquí, Johnny, me gustaría preguntarte una cosa.
–Claro, soldado Melter.
Melter le dio unos golpecitos en el brazo, y sus ojos resplandecieron, ardientes y divertidos.
–He oído que eres el tipo ese capaz de esquivar las balas…
–Claro. El que mejor las esquiva de todo el ejército. A Smith también se le da bastante bien. Un poco lento, quizás, pero está aprendiendo.
–¿Crees que podrías enseñarme, Johnny? –dijo Melter.
–Tú ya sabes hacerlo, ¿no? –dijo Johnny.
–¿Sí, eh? –dudó Melter–. Vaya, sí, creo que sí… Un poco. Claro. Pero no como tú, Johnny. Tú tienes la técnica dominada. ¿Cuál…? ¿Cuál es el secreto?
Johnny lo pensó unos instantes, y Smith intentó decir algo, intentó gritar o chillar o retorcerse al menos, pero no tenía fuerzas. Desde muy lejos, oyó a Johnny decir:
–No sé. Aprendes de niño cuando juegas a policías y ladrones. Y el otro es un egoísta. Y nunca quiere tirarse al suelo cuando le dices «¡Bang, te pillé!». El secreto está en decir primero «¡Bang, te pillé!». Luego tienen que tirarse al suelo.
–Ah. –Melter lo miró como si estuviese loco–. Dilo otra vez, haz el favor. –Johnny lo dijo otra vez, y, en su infierno de dolor, Smith no pudo no reírse. Melter pensaba que estaba tomándole el pelo. Johnny lo repitió–. ¡No me vengas con esas! –espetó Melter, con impaciencia–. ¡Seguro que no es solo eso! ¡Vas por ahí corriendo y saltando como un venado y ni siquiera te rozan!
–Me agacho –dijo Johnny.
Smith rio de nuevo. Los chistes de toda la vida son los mejores. El dolor se apoderó de su estómago.
La cara de Melter era todo arrugas, suspicacia y odio.
–Vale, listillo, si tan bien se te da…, ¿qué te parece si te alejas cien metros y practico contigo el tiro al blanco?
Johnny sonrió.
–Claro. Por qué no.
Johnny se alejó y Melter se quedó allí. Se alejó cien pasos y luego se detuvo, alto y rubio, insultantemente joven y más limpio que la mantequilla. Smith meneó los dedos, gritando por dentro: «¡Johnny, no lo hagas, Johnny! Por lo que más quieras, Dios mío, ¡manda un rayo que parta a Melter en dos!».
Entre las colinas había una especie de depresión, un espacio pequeño en el que uno podía hacer cosas sin que nadie lo viera bien. Melter se apoyó contra el tronco de un olivo para ocultar sus actos, por si acaso, y levantó su arma como si tal cosa.
Melter la acarició con los dedos, ajustándosela cuidadosamente al ojo, buscando a Johnny en la mirilla, rozando el gatillo, apretándolo despacio.
¡Dónde puñetas está todo el mundo!, se preguntó Smith. ¡Ah! Meter disparó.
–¡Fallaste! –exclamó Johnny, con tono animado.
Melter disparó otras cuatro veces, mucho más deprisa, rabioso, con ímpetu, furioso, con el cuello enrojecido, ira en los ojos, las manos titubeantes, y con cada estallido que horadaba el aire cálido de la tarde, Johnny saltaba cuerdas o esquivaba puertas o eludía recodos o daba una patada a un balón o hacía un paso de ballet, hasta que el arma de Melter humeó vacía.
Melter puso más balas en su arma, ahora con el rostro blanco como la cal, fallándole las rodillas.
Johnny se acercó corriendo.
–¿Cómo lo has hecho, por el amor de Dios? –susurró Melter, temeroso.
–Como te he dicho.
Hubo una pausa larga.
–¿Crees que podría aprender?
–Cualquiera puede aprender, si quiere.
–Enséñame. Enséñame, Johnny. No quiero morir, no quiero morir. Odio esta puñetera guerra. Enséñame, Johnny, y seré tu amigo.
Johnny se encogió de hombros.
–Haz lo que te he dicho, no hay más.
–Otra vez estás de broma –dijo Melter, despacio.
–No, para nada.
–Sí, creo que estás otra vez de broma –dijo Melter con una rabia pálida y espesa. Apoyó el arma en el suelo mientras pensaba en alguna otra táctica y tomó una decisión–. Bueno, escúchame, listillo, voy a decirte una cosa, para que lo sepas. –Agitó una mano–. Esos hombres que has dejado atrás en aquel campo no estaban fingiendo, no, ¡estaban muertos, muertos de verdad, muertos del todo! ¡Muertos, sí, muertos! ¿Te enteras? ¡Muertos! Ni fingiendo, ni jugando, ni de broma, ¡muertos, muertos y bien muertos! –Le lanzó aquellas palabras como si fuesen puñetazos. Golpearon el aire y trajeron a la mañana un frío invernal–. ¡Muertos!
Smith hizo una mueca interior. ¡Johnny, no lo escuches! ¡No permitas que te haga daño, Johnny! Sigue creyendo que el mundo es un lugar hermoso. ¡Sigue viviendo intacto y sin miedo! ¡No permitas que te entre miedo, Johnny! ¡Te hará pedazos!
–¿De qué me hablas? –le dijo Johnny a Melter.
–¡De la muerte! –berreó Melter como un loco–. ¡De eso te hablo! De la muerte. Las balas te pueden matar, y a Smith, y también a mí. ¡Gangrena, putrefacción, muerte! Has estado engañándote a ti mismo. ¡Madura, idiota, antes de que sea demasiado tarde! ¡Madura!
Johnny se quedó un buen rato sin moverse, y luego empezó a balancearse, sus puños de granjero como péndulos enormes y nudosos.
–No. Es mentira –dijo con tozudez.
–¡Las balas matan, esto es la guerra!
–Me estás mintiendo –dijo Johnny.
–Puedes morir, y Smith también. Smith se está muriendo. ¡Huele su sangre! Qué crees que es ese pestazo que sueltan las trincheras, ¿uvas para una prensa bélica de vino? ¡Sí, muerte y huesos!
Johnny miró a su alrededor con ojos vacilantes.
–No, no me lo creo. –Se mordió los labios y cerró los ojos–. No me lo creo. Eres ruin, eres malo, eres…
–¡Puedes morir, Johnny, morir!
Johnny empezó a llorar. Como un bebé en un yermo inhóspito, y Smith encogió el hombro para intentar incorporarse. Johnny lloraba, y aquel fue un sonido nuevo y mínimo para el ancho mundo.
Melter empujó a un tambaleante Johnny hacia el frente.
–Venga. Sal ahí y muere, Johnny. ¡Sal ahí para que te incrusten el corazón en un muro de piedra como si fuese una medalla chorreante!
No vayas, Johnny; los gritos de Smith se perdían en la cueva roja e hiriente de su interior, se perdían inútiles y silenciosos. No vayas, muchacho. Quédate aquí, ¡no escuches a ese tipo! ¡No te vayas, Johnny!
Johnny se alejó dando tumbos, sollozando, hacia el staccato sordo de las ametralladoras, hacia el gemido del fuego de artillería. Llevaba el arma colgada de un brazo largo y flácido, y los guijarros que arrastraba con la culata sonaban como estertores de una risa seca y pedregosa.
Melter lo miraba con una suerte de triunfo histérico.
Melter cogió luego su arma y echó a andar hacia el oeste, hacia otra colina, hasta perderse de vista.
Smith se quedó allí tirado, sus pensamientos eran cada vez más enfermizos y sombríos, y Johnny siguió caminando. Si al menos tuviese otro modo de gritar: «¡Johnny, cuidado!».
Un proyectil de artillería llegó con una explosión. Johnny cayó al suelo sin hacer ningún ruido y allí se quedó, sin mover sus extremidades, antes milagrosas.
¡Johnny!
¿Has dejado de creer? ¡Johnny, levanta! ¿Estás muerto? ¿Johnny? Y entonces, la oscuridad abrazó misericordiosa a Smith y se lo tragó.
Los escalpelos subían y bajaban como pequeñas guillotinas afiladas, cortando muerte y descomposición, cercenando podredumbre, eliminando el dolor metálico. La bala que extrajeron de la herida de Smith, pequeña y oscura, la tiraron con estrépito a una bandeja de metal. Los médicos hacían gestos a su alrededor en una serie de movimientos frenéticos y borrosos. Smith respiraba despacio.
En el interior sombrío de la tienda, el cuerpo de Johnny yacía en otra mesa de operaciones, un estéril retablo de médicos lo miraban con curiosidad.
–¿Johnny? –Smith por fin tenía voz.
–Con calma –le aconsejó un médico. Sus labios se movían bajo la mascarilla blanca–. ¿Ese de ahí es amigo tuyo?
–Sí. ¿Cómo está?
–No muy bien. Tiene una herida en la cabeza. Cincuenta por ciento de probabilidades.
Terminaron con Smith, suturas, torundas, vendajes y demás. Smith contempló cómo su herida desaparecía bajo la gasa blanca, luego miró al grupo de médicos allí reunidos.
–Déjenme que lo ayude, por favor.
–Bueno, soldado, ahora mismo…
–Conozco al muchacho. Conozco al muchacho. Lo conozco. Es un chistoso. ¿Ni siquiera si así logro que se mantenga con vida?
Un gesto ceñudo asomó por encima de la mascarilla quirúrgica, y el corazón de Smith ralentizó sus latidos. El médico parpadeó.
–No puedo arriesgarme. No creo que puedas hacer nada por echarme una mano.
–Acérqueme. Le digo que puedo ayudar. Soy su mejor amigo. No puedo permitir que la palme. ¡Ni hablar!
Los médicos deliberaron.
Pasaron a Smith a una camilla portátil y dos celadores lo llevaron al otro lado de la tienda, donde los cirujanos se afanaban con el cráneo expuesto y rasurado de Johnny. Parecía que estaba dormido, teniendo una pesadilla. Su rostro se encogía con gestos de preocupación, terror, duda, decepción, consternación. Uno de los cirujanos suspiró.
Smith tocó el codo de uno de ellos.
–No se rinda, doctor. Por Dios, no se rinda. –Y a Johnny–: Johnny, colega. Escucha. Escúchame. Olvida todo lo que dijo Melter. Olvídalo todo, ¿me oyes? ¡No decía más que gilipolleces! –El rostro de Johnny seguía irritado, cambiaba como agua revuelta. Smith cogió aire y continuó–. Johnny, tienes que seguir jugando, como siempre. Sigue agachándote, como en los buenos tiempos. Siempre has sabido cómo, Johnny. Forma parte de ti. No tuviste que aprender, ni tuvieron que enseñarte, te salía natural. Y permitiste que Melter te comiera la cabeza con ideas que igual no están mal para gente como Melter o como yo y los demás, pero que a ti no te cuadran. –Uno de los cirujanos hizo un gesto de impaciencia con la mano enguantada–. ¿Es grave la herida de la cabeza, doctor? –preguntó Smith.
–Le está aplastando el cráneo y el cerebro. Podría provocarle amnesia temporal.
–¿Se acordará de que lo hirieron?
–No sabría decirle. Puede que no.
Tuvieron que sujetar a Smith.
–¡Bien! ¡Bien! Oye –se apresuró a susurrar a la cabeza de Johnny, en tono confidencial–, Johnny, piensa en cuando eras niño, en cómo eran las cosas entonces, y no pienses en lo que ha pasado hoy. ¡Piensa en cómo corrías por los barrancos y por los arroyos y en cómo hacías rebotar las piedras en el agua, en cómo esquivabas los perdigonazos, y cómo te reías, Johnny!
Por dentro, Johnny pensó en todo aquello.
Un mosquito zumbó en alguna parte, zumbó mientras trazaba círculos durante un tiempo infinito. En alguna parte, rugían las armas.
Por fin, alguien dijo a Smith:
–Su respiración ha mejorado.
–La frecuencia cardíaca está aumentando –dijo otra persona.
Smith siguió hablando, la parte de él que no era dolor, la que solo era esperanza y ansiedad en la laringe, y un miedo febril en el cerebro. Los truenos de la guerra se acercaban cada vez más, pero en realidad era la sangre que su corazón bombeaba hacia su cabeza a toda velocidad. Pasó media hora. Johnny escuchaba como un colegial escucha a un profesor sobrado de paciencia. Escuchó y poco a poco el dolor remitió, la consternación desapareció de su rostro y recuperó su antigua certidumbre y su juventud y su seguridad y la calma de abrazar la creencia.
El cirujano se quitó los prietos guantes de goma.
–Saldrá adelante.
A Smith le entraron ganas de cantar.
–Gracias, doctor. Gracias.
–Sois de la unidad Cuarenta y cinco, ¿no, muchachos? –dijo el médico–, ¿tú y Choir, y un tipo llamado Melter?
–Sí. ¿Sabe algo de Melter?
–Una cosa de lo más curiosa. Se lanzó de cabeza a una ráfaga de ametralladora alemana. Bajó corriendo una ladera gritando no sé qué de volver a ser un niño. –El médico se rascó la mandíbula–. Recuperamos su cuerpo, tenía cincuenta balas dentro.
Smith tragó saliva y se recostó sudando. Un sudor frío con tiriteras.
–Ahí tienes a Melter. No sabía cómo. Creció demasiado deprisa, como todos nosotros. No sabía cómo seguir siendo joven, como Johnny. Por eso no funcionó. Aunque… Tengo que reconocerle el mérito por haberlo intentado, al majareta. Pero Johnny Choir solo hay uno.
–Estás delirando –señaló el cirujano–. Será mejor que te ponga un sedante.
Smith meneó la cabeza.
–¿Y lo de irnos a casa? ¿Nos vamos, Johnny yo, por las heridas?
El médico sonrió por debajo de la mascarilla.
–Os vais a casa, los dos a Estados Unidos.
–¡Ahora es usted el que delira! –Smith soltó un cauteloso gritito de alegría. Contorsionó para ver mejor a Johnny, que dormía y soñaba plácida y serenamente–. ¿Te has enterado, Johnny? –dijo–. ¡Nos vamos a casa! ¡Tú y yo! ¡A casa!
Y, en voz baja, Johnny respondió:
–¿Mamá? Ay, mamá.
Smith cogió a Johnny de la mano.
–Vale –dijo a los cirujanos–. Ahora soy madre. ¡Repartid los puros!
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