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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

c de cohete

spanish

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Había una valla a la que pegábamos la cara y sentíamos cómo se calentaba el viento y nos sujetábamos a la valla y nos olvidábamos de quiénes éramos o de dónde veníamos, pero soñábamos con quién podríamos ser y adónde podríamos ir…
Pero éramos niños y nos gustaba ser niños y vivir en un pueblo de Florida y nos gustaba el pueblo e ir al colegio y el colegio nos gustaba bastante y trepar a los árboles y jugar al fútbol y nos gustaban nuestras madres y nuestros padres…
Pero a veces, durante un minuto o un segundo de cada hora de cada día de cada semana, cuando pensábamos en fuego y en lo que había al otro lado de la valla…, los cohetes nos gustaban más aún.
La valla. Los cohetes.
Los sábados por la mañana…
Los chicos me recogían en mi casa.
El sol apenas había salido y ya estaban gritando y los vecinos se veían obligados a blandir pistolas paralizadoras por los respiraderos, y yo ordenaba a los chicos que se callaran si no querían pasarse la siguiente hora convertidos en estatuas y, entonces, ¿adónde iban a ir?
Bah, ¡sube al cohete!, ¡mete la cabeza en la turbina!, gritaban los chicos, pero lo hacían protegidos por la valla de nuestro jardín. El viejo Wickard, el vecino de al lado, tenía muy buena puntería con la pistola paralizadora.
Una mañana tenue y fría de sábado, estaba tumbado en la cama pensando en cómo había cateado el examen de semántica del día anterior en la escuela-modelo cuando oí fuera los gritos de la pandilla. Eran las siete pasadas y todavía había un montón de niebla que llegaba del Atlántico, y los vibradores de control atmosférico estaban empezando a zumbar y a lanzar rayos para deshacerla; los oía zumbar por lo bajo.
Fui a tientas hasta la ventana y asomé la cabeza.
–¡Vale, piratas espaciales! ¡Apaguen los motores!
–¡Eh! –gritó Ralph Priory–. ¡Acabamos de enterarnos de que hoy hay horario nuevo! El Moon Job, el del motor XL3, ¡va a suspender la gravedad dentro de una hora!
–Por Buda, Mahoma, Alá y demás personajes reales y cuasimitológicos –dije, y me aparté de la ventana tan deprisa que el topetazo que me di en la cabeza dejó fríos a todos los chicos en el jardín.
Me enfundé un mono, me calcé las botas, me metí unas cápsulas de comida en el bolsillo delantero –porque sabía que ese día no habría comida ni siquiera imaginaria, cuando nos rugiera el estómago nos hartaríamos de píldoras– y bajé los dos pisos por el ascensor de vacío.
En el jardín, mis cinco amigos estaban mordisqueándose los labios, dando saltitos, frunciendo el ceño.
–¡El último en llegar al monorraíl es un marciano de ojos saltones! –dije, dejándolos atrás a ocho mil kilómetros por hora.
En el monorraíl, en el cilindro que nos llevaba zumbando hasta la Terminal de Cohetes, a unos treinta kilómetros del pueblo –un trayecto de pocos minutos–, sentía hormigueos en el estómago. Un chaval de quince años nunca se harta de ver mastodontes, y casi todas las semanas solo había pequeños cargueros continentales que salían y llegaban con puntualidad. Pero este era grande, uno de los más grandes… La luna y más allá…
–Estoy flipando –dijo Priory, y me dio un golpe en el brazo.
–Y yo. –Le devolví el golpe–. Tío, ¿el sábado es el mejor día de la semana o qué? –Priory y yo intercambiamos amplias sonrisas de complicidad.
Nos llevábamos bien Pasara Lo Que Pasara. Los demás piratas no estaban mal. Sid Rossen, Mac Leslyn, Earl Marnee, sabían correr y saltar como cualquier niño, y también les encantaban los cohetes, pero tenía la sensación de que nunca harían lo que Ralph y yo haríamos algún día. Ralph y yo queríamos las estrellas, más que un puñado de diamantes puros y blanquiazules.
Gritábamos cuando gritaban, reíamos cuando reían, pero en nuestro fuero interno estábamos callados, Ralph y yo, y el cilindro se detuvo con un siseo y bajamos gritando, riendo, corriendo, pero en silencio y casi a cámara lenta, Ralph delante de mí, y todos señalamos hacia el mismo lugar, hacia la valla del observatorio, zarandeándonos, gritando a los rezagados que se dieran prisa, pero sin volvernos a mirarlos, y luego nos reunimos todos y el cohete gigante salió de su carpa de plástico como un gran circo interestelar y avanzó por sus resplandecientes raíles hacia la plataforma de despegue, en compañía de la torre de lanzamiento gigante como un pájaro prehistórico y reptiliano que cuidara, desparasitara y alimentara a aquel gran monstruo de fuego mientras lo conducía hacia su convulso parto en un cielo súbitamente incendiado.
Contuve el aliento. Me pareció que no volví a respirar hasta que el cohete se hubo adentrado mucho en la explanada de hormigón, seguido por tractores como escarabajos acuáticos y cilindros inmensos con hombres ocultos dentro, y por todas partes, con trajes de asbesto, mantis mecánicas toqueteaban máquinas y zumbaban y se graznaban y se farfullaban unas a otras por radiotransmisores invisibles e inaudibles, pero nosotros podíamos oírlo todo, en nuestras cabezas, en nuestras mentes, en nuestros corazones.
–Dios –dije por fin.
–Dios bendito –dijo Ralph Priory junto a mi codo. Los demás dijeron lo mismo, una y otra vez.
Aquello merecía todos los «Dios bendito». Eran cien años de sueños desplegados, escogidos y acoplados para formar el sueño más sólido, el más hermoso, el más veloz de todos los sueños. Cada línea era fuego solidificado, era una llamarada congelada, un insecto a la espera del deshielo allí en mitad de la pradera de hormigón, listo para despertar con un rugido, saltar muy alto y estampar su gran cabeza absurda contra la Vía Láctea y volcar las estrellas en una retribución absoluta de meteoritos como una lluvia de fuego. Daba la sensación de que era capaz de dar patadas a la nebulosa Saco de Carbón en pleno vientre y quitarla de en medio.
A mí también me dio en pleno vientre, me alcanzó de tal forma que supe lo que era esa enfermedad única del anhelo y de la envidia y del dolor por la ausencia de realización. Y cuando los astronautas cruzaron el campo en su silenciosa furgoneta final, mi cuerpo iba con ellos en su extraña armadura blanca, en sus cascos azules y su orgullo desenfadado, parecían un equipo que sale en formación a jugar un partido de fútbol magnético en uno de los campos magnéticos locales, para entrenar sin más. Pero se dirigían a la luna, ahora iban cada mes, y ya no se reunían multitudes para verlos, solo los niños se preocupaban por su despegue y su partida.
–Buah –dije–. Daría cualquier cosa por ir con ellos. Cualquier cosa.
–Y yo –dijo Mac–. Daría mi bono mensual de monorraíl.
–Sí. Sí, ya ves.
Era una sensación muy potente para unos niños atrapados entre los juguetes de la mañana y aquellos fuegos artificiales de la tarde, poderosos y reales.
Y entonces terminaron los preparativos. El cohete estaba lleno de combustible y los hombres se alejaron corriendo por la explanada como hormigas huyendo a toda pastilla de un dios metálico… Y el Sueño despertó y lanzó un grito y saltó hacia el cielo. Y luego desapareció, y con él el estruendoso vacío, dejando tan solo un temblor ardiente en el aire que atravesó el suelo y nos subió por las piernas hasta nuestros corazones. En el lugar en el que estuvo quedó un hoyo incendiado, calcinado y un penacho de humo de cohete como una nube baja varada en forma de cúmulo.
–¡Se ha ido! –gritó Priory.
Y de nuevo empezamos a respirar deprisa, sin movernos del sitio, como si acabáramos de ver una pistola paralizadora gigante.
–Quiero ser adulto ya –dije entonces–. Quiero ser adulto ya, para poder subir a ese cohete.
Me mordí los labios. Mierda, era demasiado joven para pedir trabajo en el espacio.
Tenían que elegirte. Que elegirte.
Finalmente, alguien, creo que fue Sidney, dijo:
–Vámonos a ver la tele.
Todos dijeron que sí, salvo Priory y yo. Nosotros dijimos que no, y los demás niños se fueron riéndose, sin respiración, charlado, y nos dejaron a Priory y a mí mirando el espacio en el que había estado la nave.
Lo había echado todo a perder, aquel lanzamiento. Por culpa de aquello, había cateado el examen de semántica del lunes. Me daba igual.
En momentos como aquel, daba gracias a la providencia por focalizarse. Cuando tu estómago no es más que una masa de ilusión, apenas te apetece sentarte delante de una buena cena caliente. Engullir un puñado de tabletas concentradas era un sustituto excelente, sin el apremio del apetito. No hacía más que pensar en ello, con todas mis fuerzas, durante todo el día y toda la noche. La cosa se puso tan seria que todas las noches tenía que usar masajeadores mecánicos para dormir, además de la música más tranquila de Tchaikovski para que los ojos se me cerraran.
–Por Dios, jovencito –dijo mi profesor aquel lunes en clase–. Como esto siga así, voy a tener que reclasificarte en la próxima reunión del comité psicológico.
–Lo siento –respondí.
Apenas me miró.
–¿Qué tipo de bloqueo tienes? Debe de ser uno muy simple, y uno consciente, además.
Hice un mohín.
–Es consciente, señor; pero no es simple. Es multitentacular. En resumen, son los cohetes.
Sonrió.
–Ce de cohete, ¿eh?
–Supongo que sí, señor.
–No podemos permitir que interfiera en tus calificaciones, jovencito.
–¿Cree que necesito sugestión hipnótica, señor?
–No, no. –Hojeó un pequeño archivador con mi nombre grabado en la tapa. Yo tenía un peso rarísimo en la boca del estómago. Me miró fijamente–. ¿Sabes, Christopher?, eres el rey del cotarro, el primero de la clase. –Cerró los ojos y lo meditó–. Tendremos que sopesar otras muchas posibilidades –concluyó. Luego me dio una palmadita en el hombro–. En fin, ponte a trabajar. No hay que preocuparse.
Se alejó.
Intenté ponerme a trabajar, pero no pude. Durante el resto del día, el profesor no me quitó ojo ni dejó de mirar mi registro mientras se mordisqueaba los labios. Como a las dos de la tarde, marcó un número en su audiomesa y estuvo cinco minutos comentando algo con alguien.
No oí lo que hablaron.
Pero cuando devolvió el audiófono a su sitio, me miró fijamente con una luz rarísima en los ojos.
Había envidia y admiración y lástima, todo junto. Había algo de tristeza y mucha felicidad. Había muchísimas cosas, en aquellos ojos. El resto de su cara no decía nada.
Allí sentando, logró que me sintiera un santo y un demonio.
Ralph Priory y yo nos fuimos juntos a casa desde la escuela-modelo a primera hora de la tarde. Le conté a Ralph lo que había pasado y frunció el ceño con ese gesto sombrío que pone siempre.
Empecé a preocuparme. Y entre los dos duplicamos y triplicamos la preocupación.
–¿Crees que te van a mandar afuera, Chris?
El vagón de nuestro monorraíl siseó. Nos bajamos en nuestra estación. Caminábamos despacio.
–No lo sé –dije.
–Pues sería una mierda.
–Igual necesito un buen lavado psiquiátrico, Ralph. No puedo cagarla en los estudios de esta manera.
Nos detuvimos delante de mi casa y miramos el cielo un buen rato.
Ralph dijo algo gracioso.
–Las estrellas no salieron de día, pero podríamos verlas de noche, ¿verdad, Chris?
–Sí –dije–. Tal cual.
–Vamos a seguir juntos, ¿eh, Chris? Que les den, no pueden echarte ahora. Somos colegas. No sería justo.
No dije nada porque en mi garganta solo había sitio para un grumo heptagonal.
–¿Te pasa algo en los ojos? –preguntó Priory.
–Bah, he mirado el sol demasiado tiempo. Vamos dentro, Ralph.
Gritamos debajo del chorro de agua en la ducha cúbica, pero nuestros gritos no eran demasiado convincentes, ni siquiera con el agua fría como el hielo.
Mientras estábamos debajo del secador de aire caliente, le di muchas vueltas a la cabeza. La literatura, pensé, estaba llena de gente que batallaba contra oponentes duros, hirientes como cuchillas. Con el cerebro y los músculos, hacían frente a obstáculos hasta que triunfaban o caían derrotados. Y ahí estaba yo, sin apenas indicio de conflicto externo. En mi cabeza no hacía otra cosa que correr con botas de pinchos, haciendo cortes y magulladuras donde nadie podía verlos, salvo yo y un psicólogo. Pero la cosa era igual de seria.
–Ralph –dije mientras nos vestíamos–. Estoy en guerra.
–¿Tú solo? –preguntó.
–No puedo incluirte –dije–. Porque es algo personal. ¿Cuántas veces ha dicho mi madre: «Chris, comes demasiado con los ojos»?
–Un millón de veces.
–Dos millones. Pues parafraseémosla, Ralph. Cambiémosla a: «Chris, comes demasiado con la mente». Hay una guerra abierta en una mente que quiere cosas que mi cuerpo no puede darle.
Priory asintió en silencio.
–Ya entiendo lo de la guerra personal. En ese caso, Chris, yo también estoy en guerra.
–Lo sabía –dije–. Por algún motivo, creo que los demás niños lo olvidarán cuando sean adultos. Pero creo que nosotros no, Ralph. Creo que seguiremos deseándolo.
Nos sentamos al sol en mitad de la terraza de arriba de la casa, y nos pusimos a hacer los deberes en nuestros cuadernos-modelo. Priory no era capaz de resolver los suyos. Tampoco yo. Priory expresó con palabras lo que yo no me atrevía a decir en voz alta.
–Chris, el Comité de Astronáutica selecciona. No se puede solicitar el acceso. Toca esperar.
–Lo sé.
–Toca esperar a que tengas edad suficiente para que el estómago te dé un vuelco cada vez que veas un cohete lunar, para que pasen los años necesarios y que, mes a mes, crezca tu esperanza de que una mañana un helicóptero azul de Astronáutica descienda del cielo, aterrice en tu jardín y aparezca un ingeniero de aspecto impecable que baje por la plataforma con paso decidido para llamar a tu timbre. Seguirás esperando ese helicóptero hasta que cumplas veintiuno. Y luego, el día antes de cumplir veintidós, con una copa en la mano y muchas risas, dirás qué puñetas, si en realidad te daba igual.
Los dos nos quedamos allí sentados, sumidos en el centro de aquellas palabras. Nos quedamos allí sentados sin más. Luego:
–No quiero llevarme ese chasco, Chris. Tengo quince años, como tú. Pero si llego a los veintiuno y un astronauta no llama al timbre de la orto-estación, yo…
–Lo sé –dije–. Lo sé. He hablado con hombres que esperaron para nada. Y si a nosotros nos pasara lo mismo, Ralph, en fin…, nos llevaremos bien y nos emborracharemos juntos y nos buscaremos curro de estibadores en un carguero con destino a Europa.
Ralph se tensó y su cara palideció.
–De estibadores.
Se oyeron unos pasos suaves y rápidos en la rampa y apareció mi madre. Sonreí.
–¡Hola, señora!
–Hola. Hola, Ralph.
–Hola, Jhene.
No aparentaba más de veinticinco años, pese haberme parido y criado, y a su trabajo en el Departamento Gubernamental de Estadística. Era ligera y grácil y sonreía un montón, yo entendía que mi padre la hubiese querido tanto en vida. Tener madre, pero no padre es mejor que no tener ni madre ni padre. Pobre Ralph, criado en una de las estaciones ortopédicas…
Jhene se acercó y le puso a Ralph una mano en la cara.
–No te veo bien –dijo–. ¿Te pasa algo?
Ralph acertó a sonreír bastante bien.
–Nada…, nada.
A Jhene no le hacía falta que le dieran pie.
–Puedes quedarte a dormir, Priory. Nos apetece. ¿Verdad, Chris?
–Pues claro.
–Debería volver a la estación –dijo Ralph, bastante desganado, observé–. Pero ya que me lo pide y como Chris necesita que una mano para la semántica de mañana, me quedaré a ayudarlo.
–Cuánta generosidad –apunté.
–Pero antes tengo que hacer algunos recados. Cojo el tren de «voy y vuelvo en una hora, gente».
Cuando Ralph se fue, mi madre me miró de hito en hito, luego me echó el pelo hacia atrás con un delicado movimiento de los dedos.
–Qué está pasando, Chris.
Mi corazón guardó silencio porque no le apetecía hablar más. Esperó.
Abrí la boca, pero Jhene añadió:
–Aquí pasa algo. Hoy me han llamado al trabajo dos personas. Una ha sido tu profesor. La otra…, no te lo puedo decir. No quiero decírtelo hasta que pasen ciertas cosas…
Mi corazón recuperó el habla, despacio, con calidez.
–Entonces no me lo digas, Jhene. Esas llamadas…
Me miró sin más. Puso mi mano entre las suyas, suaves y cálidas.
–Eres muy joven, Chris. Eres demasiado joven.
No dije nada.
Sus ojos se iluminaron.
–No conociste a tu padre. Ojalá lo hubieses conocido. ¿Sabes a qué se dedicaba, Chris?
–Sí –dije–. Trabajaba en el Laboratorio Químico, la mayor parte del tiempo bajo tierra.
Y, extrañamente, mi madre añadió:
–Trabajaba bajo tierra, Chris, nunca veía las estrellas.
Mi corazón gritaba en mi pecho. Gritaba con todas sus fuerzas.
–Ay, mamá. Mamá…
Hacía años que no la llamaba mamá.
Cuando desperté a la mañana siguiente, el sol iluminaba toda la habitación, pero el colchón en el que Priory había dormido en casa estaba vacío. Escuché. No lo oí en la ducha cúbica, tampoco oí los zumbidos del secador. Se había ido.
Encontré una nota pegada a la puerta corredera.
«Nos vemos en la modelo al mediodía. Tu madre me ha pedido que le hiciera un recado. La llamaron esta mañana y dijo que necesitaba que la ayudara. Hasta luego. Priory».
Priory haciéndole recados urgentes a Jhene. Qué raro. Y han llamado a Jhene esta mañana temprano. Volví al cuarto y me senté en el colchón.
Mientras estaba allí sentado, un puñado de niños empezaron a gritar en el jardín.
–¡Eh, Chris! ¡Llegas tarde!
Asomé la cabeza por la ventana.
–¡Ya bajo!
–No, Chris. –La voz de mi madre. Lo dijo a media voz, con un tono raro. Me di la vuelta. Estaba detrás de mí, en el umbral, tenía la cara pálida, ojerosa, un gesto de dolor–. No, Chris –repitió, en voz baja–. Diles que se vayan a la modelo sin ti, hoy.
Los chicos seguían armando escándalo abajo, supongo, pero no los oía. Solo me percibía a mí mismo y a mi madre, delgada y pálida y cohibida allí en mi cuarto. Muy lejos, los controladores atmosféricos empezaron a vibrar y a bombear.
Di media vuelta despacio y bajé la mirada hacia los chicos. Tres estaban mirando hacia arriba, con la boca abierta en media sonrisa como si tal cosa, los cuadernos de semántica entre sus dedos romos.
–Eh… –dijo uno. Sidney.
–Lo siento, Sid. Lo siento, tíos. Seguid sin mí. Hoy no puedo ir a la modelo. Nos vemos luego, ¿vale?
–¡Ay, Chris!
–¿Estás malo?
–No. Nada… Seguid sin mí, tíos. Nos vemos.
Me sentía entumecido. Di la espalda a sus rostros levantados, extrañados, y miré hacia la puerta. Mi madre no estaba. Había bajado, sin hacer ruido. Oí que los chicos se marchaban, no con poco alboroto, hacia la estación de monorraíl.
En vez de usar el ascensor de vacío, bajé despacio por las escaleras.
–Jhene –dije–, ¿dónde está Ralph?
Jhene fingió que estaba concentrada en cepillarse su melena lisa con un peine de dientes vibratorios.
–Le pedí que se fuera. No quería que estuviese aquí esta mañana.
–¿Por qué hoy no voy a ir a la modelo, Jhene?
–Chris, por favor, no preguntes.
Antes de que pudiera decir nada más, se oyó un ruido en el aire. Atravesó la pared insonorizada de la casa y su vibración me llegó al tuétano, rápida y estridente como una flecha de música centelleante.
Tragué saliva. Todo el miedo, la incertidumbre y las dudas se desvanecieron al instante.
Cuando oí aquella nota, pensé en Ralph Priory. Ay, Ralph, ojalá estuvieses aquí. No podía creer que fuese verdad. Oír aquella nota y oírla no solo con los oídos, sino con todo mi cuerpo y mi alma.
El ruido sonó más cerca. Temí que desapareciera. Pero no desapareció. Su tono se volvió más grave y se posó frente a la casa con un gran revuelo de pétalos de luces y sombras y supe que era un helicóptero del color del cielo. Cesó su zumbido y en el silencio mi madre avanzó unos pasos tensos, soltó el vibro-peine y contuvo el aliento.
También en aquel silencio oí pisadas de botas subiendo por la rampa de fuera.
Pisadas que llevaba mucho tiempo esperando. Pisadas que temía que no llegaran nunca. Alguien llamó al timbre.
Y supe quién era.
Y solo podía pensar: Ralph, ¿por qué puñetas has tenido que irte ahora, justo cuando está pasando todo esto? Mierda, Ralph, ¿por qué?
Parecía que aquel hombre había nacido con el uniforme puesto. Se le ajustaba como una segunda piel color salitre, decorado aquí y allá con una línea, un levísimo azul. Un uniforme de sencillez y perfección inmejorables, pero con todo el poder imperativo del universo detrás.
Se llamaba Trent. Hablaba con firmeza, con una precisión natural y rotunda, directo al grano.
No me moví del sitio, mi madre estaba en el extremo opuesto de la habitación, con gesto de chiquilla desconcertada. Escuché sin moverme.
De todo lo que se dijo, solo recuerdo algunos retales:
–… mejores calificaciones, alto cociente intelectual. Percepción sobresaliente, curiosidad excepcional. El entusiasmo necesario para la pesada rutina de los ocho años de formación…
–Sí, señor.
–… y no lo olvide, señor Christopher… –¡Señor Christopher!–… y no lo olvide, señor Christopher, nadie ha de saber que ha sido usted seleccionado por el Comité de Astronáutica.
–¿Nadie?
–Salvo su madre y su profesor, naturalmente. Pero nadie más. ¿Ha quedado claro?
–Sí, señor.
Trent sonrió ligeramente, allí de pie con sus manos enormes en las caderas.
–Le gustaría preguntar por qué, ¿no es así? Por qué no puede decírselo a sus amigos. Yo se lo explico. Es una forma de protección psicológica. Seleccionamos cada año a diez mil jóvenes entre los miles de millones que viven en este planeta. De esa cifra, solo tres mil logran, ocho años después, convertirse en hombres del espacio, de uno u otro tipo. Los demás deben regresar a la sociedad. Han sido descartados, pero la gente no tiene por qué saberlo. Lo normal es que los descartemos, si es el caso, durante los primeros seis meses. Y se hace duro regresar y encontrarte con amigos y decirles que no has estado a la altura del trabajo más grande del mundo. De ahí que facilitemos el retorno.
»Pero hay otro motivo. Y también es psicológico. La mitad de la gracia de ser niño está en tratar con prepotencia a los demás chicos, en sentirte superior, digamos. Para nosotros, la mitad de la gracia de la selección astronáutica está en prohibir terminantemente que se lo contéis a los amigos. Así sabremos si vuestros motivos para ir al espacio son frívolos o si os mueve el espacio en sí. Si te metes en esto por vanidad personal…, estás acabado. Si lo haces porque no puedes evitarlo y tienes que hacerlo…, dichoso de ti. –Hizo a mi madre un gesto con la cabeza–. Gracias, señora Christopher».
–Señor –dije–. Una pregunta. Tengo un amigo. Ralph Priory. Vive en una orto-estación…
Trent asintió.
–No puedo decirle su nota, obviamente, pero figura en nuestras listas. Quiere usted que se sume, claro. Revisaré su expediente. ¿Ha dicho que ha crecido en una estación? Mal asunto. Pero…, ya veremos.
–Por favor, le agradecería que lo hiciera.
–Preséntese ante mí en la Terminal de Cohetes el sábado por la tarde a las cinco, señor Christopher. Hasta entonces: silencio.
Saludó. Se alejó. Subió al helicóptero y desapareció en el cielo, y mi madre se acercó a mí enseguida, diciendo «Ay, Chris, Chris», una y otra vez, y nos abrazamos y nos susurramos y hablamos, y dijo muchas cosas, lo positivo que iba ser todo aquello para los dos, qué bonito, qué honor, como en épocas muy antiguas en las que los hombres ayunaban y tomaban votos y se unían a iglesias y refrenaban su lengua y guardaban silencio y rezaban para ser dignos y vivir bien como monjes y curas de muchas iglesias en lugares remotos, y daban un paso al frente y recorrían el mundo como ejemplos vivientes y enseñaban el bien. Ahora no era muy distinto, en cierto modo, este era un sacerdocio mayor, dijo, infirió, sabía que yo iba a ser una pequeña parte de todo aquello, que ya no era suyo, que iba a pertenecer a todos los mundos, que iba a ser todas las cosas que mi padre había querido ser y no había tenido ocasión ni vida suficiente para serlo…
–Tal cual, tal cual –murmuré–. Así será, te lo prometo… –Se me rompió la voz–. Jhene…, ¿cómo…?, ¿cómo vamos a decírselo a Ralph? ¿Qué pasa con él?
–Te vas fuera, Chris, sin más. Dile eso. Es muy sencillo. No le digas más. Lo entenderá.
–Pero, Jhene, vas a…
Jhene sonrió con dulzura.
–Sí, voy a quedarme sola, Chris. Pero tendré mi trabajo y tendré a Ralph.
–¿Estás diciendo que…?
–Que voy a sacarlo de la orto-estación. Cuando te vayas, vendrá a vivir aquí. Es lo que querías que te dijera, ¿no, Chris?
Asentí, paralizado y rarísimo por dentro.
–Es justo lo que quería que dijeras.
–Será un buen hijo, Chris. Casi tan bueno como tú.
–¡Va a hacerlo estupendamente!
Hablamos con Ralph Priory. Le dijimos que me iba a estudiar a Europa un año y que mi madre quería que se fuera a vivir con ella como si fuese su hijo, hasta que yo regresara. Se lo dijimos todo de manera muy precipitada, como si nos ardiera en la lengua. Y cuando terminamos, Ralph se acercó a estrecharme la mano y dio a mi madre un beso en la mejilla.
–Será un orgullo para mí. Un orgullo.
Curiosamente, pero Ralph no preguntó por qué me iba, ni adónde, ni cuánto tiempo estaría fuera. Lo único que decía era: «Lo hemos pasado muy bien, ¿no?», y lo dejaba ahí, como si no se atreviera a decir más.
Fue el viernes por la noche, después de un concierto en el anfiteatro en el centro de nuestro círculo público, y Priory y Jhene y yo nos fuimos a casa, riendo, con ganas de irnos a la cama.
Yo no había hecho la maleta. Priory se fijó unos segundos, luego lo dejó pasar. Todos mis efectos personales para los próximos ocho años me los facilitaría otra persona. No necesitaba hacer la maleta.
Mi profesor de semántica hizo una audiollamada, todo sonrisas, para, encantado, despedirse brevemente.
Luego nos fuimos a la cama, y yo no hacía más que pensar en la hora en que me escabulliría, en que aquella era la última noche con Jhene y Ralph. La última noche.
Un chaval de quince años escasos…, yo.
Y entonces, a oscuras, justo antes de quedarme dormido, Priory se revolvió levemente en su cojín, volvió su rostro solemne hacia mí, y susurró:
–¿Chris? –Una pausa–. ¿Chris? ¿Estás despierto? –Fue como un eco débil.
–Sí –dije.
–¿Estás pensando?
Una pausa.
–Sí.
–Ya no… –dijo–. Ya no estás esperando, ¿a que no, Chris?
Supe a qué se refería. No podía responder.
–Estoy cansadísimo, Ralph –dije.
Se dio la vuelta y se recostó.
–Lo que pensaba –dijo–. Ya no estás esperando. Dios, pero eso es bueno, Chris. Eso es bueno.
Alargó el brazo y me dio un puñetazo suave en el hombro. Luego nos dormimos.
Sábado por la mañana. Los chicos gritaban fuera. Sus voces llenaban la niebla de las siete en punto. Oí al viejo Wickard abrir de golpe su respiradero y la cartuchera de su pistola paralizadora, apuntando de broma a los chicos.
–¡Callaos! –le oí gritar, pero no sonaba malhumorado. Para él, era el juego de todos los sábados. Oí las risitas de los chicos.
Priory se despertó.
–¿Se lo digo, Chris, que hoy no vas con ellos? –dijo.
–No les digas nada. –Jhene se apartó de la puerta. Se asomó a la ventana, su pelo era todo luz contra una cinta de niebla–. ¡Hola, chavales! Ralph y Chris bajarán enseguida. ¡Dentro gravedad!
–¡Jhene! –grité.
Se acercó a los dos.
–Vais a pasar el día como todos los sábados, ¡con los chicos!
–Tenía planeado quedarme contigo, Jhene.
–Qué vacaciones serían esas, ¿eh?
Nos apremió durante el desayuno, nos besó en la mejilla y nos obligó a salir por la puerta a los brazos de los chicos.
–Hoy no vamos a la Terminal de Cohetes, tíos.
–Ay, Chris…, ¿por qué no?
Sus gestos cambiaban sin parar. Era la primera vez en la historia que no quería ir.
–Estás de coña, Chris.
–Seguro que sí.
–Para nada. Va en serio –dijo Priory–. Y yo tampoco quiero ir. Vamos todos los sábados. Acaba aburriendo. Podemos ir la semana que viene.
–Ay…
No les sentó bien, pero no querían ir solos. Sin nosotros no tenía gracia, dijeron.
–Qué puñetas, iremos la semana que viene.
–Claro. ¿Qué te apetece hacer, Chris?
Se lo dije.
Nos pasamos la mañana jugando al «tú la llevas» y a otras cosas que hacía mucho que no jugábamos, y dimos una vuelta por las viejas vías oxidadas y abandonadas y fuimos a una arboleda a las afueras del pueblo y fotografiamos algunos pájaros y nos bañamos en bolas, y yo no hacía más que pensar: «Es el último día».
Hicimos todo lo que no solíamos hacer los sábados. Todas las pamplinas, y nadie salvo Ralph sabía que me marchaba, y cada vez faltaba menos para las cinco.
A las cuatro me despedí de los chicos.
–Qué pronto te vas, Chris. ¿Hacemos algo esta noche?
–Recogedme a las ocho –dije–. Iremos a ver la peli nueva de Sally Gibberts.
–¡Fuera gravedad!
Y Ralph y yo nos fuimos a casa.
Mi madre no estaba, pero había dejado una parte de ella: su sonrisa y su voz y sus palabras en una cinta de vídeo en mi cama. La puse en el visor, que proyectó la imagen en la pared. Pelo suave y rubio, su cara blanca y sus palabras cálidas: «Odio las despedidas, Chris. He ido al laboratorio a adelantar trabajo. Buena suerte. Te quiero muchísimo. Cuando vuelva a verte…, serás un hombre».
Eso fue todo.
Priory esperó fuera mientras yo veía la cinta otras cuatro veces. «Odio las despedidas, Chris. He ido… trabajo… suerte. Te quiero…».
Yo había grabado una cinta la noche anterior. La metí en el visor y la dejé ahí. Solo decía adiós.
Priory me acompañó la mitad del camino. No lo dejé subir conmigo al monorraíl que iba a la Terminal de Cohetes. Le estreché la mano, fuerte.
–Lo hemos pasado bien hoy, Ralph.
–Sí. Bueno, te veo el sábado que viene, ¿eh, Chris?
–Ojalá pudiera decirte que sí.
–Pues di que sí y ya está. El sábado que viene, el bosque, los chicos, los cohetes, el viejo Wickard y su fiel pistola paralizadora…
Nos reímos.
–Claro. El sábado que viene, temprano. Cuida… Cuida de nuestra madre, ¿vale, Priory?
–Eso ni se pregunta, tonto… –dijo–. ¿No?
Tragó saliva.
–Chris.
–Dime.
–Esperaré. Como has esperado tú hasta que no has tenido que esperar más. Esperaré.
–Puede que no quede mucho, Priory. Ojalá no.
Le di un puñetazo en el brazo. Me lo devolvió.
La puerta del monorraíl se cerró. El vagón arrancó y Priory quedó atrás.
Me bajé en la Terminal. Había un paseo de quinientos metros hasta el edificio de administración. Tardé diez años en llegar.
«Cuando vuelva a verte serás un hombre…».
«No se lo digas a nadie…».
«Esperaré, Chris…».
Tenía el corazón atenazado y no aflojaba y me flotaba en los ojos.
Pensé en mi sueño. El cohete lunar. Ya no sería parte de mí, parte de mi sueño. Yo sería parte de él.
Me sentía pequeño allí, caminando, caminando sin parar.
El cohete a Londres estaba a punto de despegar cuando bajé por la rampa hacia la oficina. Hizo estremecer el suelo y también mi corazón entusiasmado.
Estaba empezando a hacerme adulto a una velocidad endiablada.
Me detuve a observar el cohete hasta que alguien entrechocó los talones y me dirigió un saludo fugaz.
Estaba entumecido.
–¿C. M. Christopher?
–Sí, señor. Presente, señor.
–Por aquí, Christopher. Por esta puerta.
Por esta puerta y más allá de la valla…
La valla a la que habíamos pegado la cara para sentir cómo se calentaba el viento y nos agarrábamos a la valla y nos olvidábamos de quiénes éramos o de dónde veníamos para soñar con quiénes podríamos ser y adónde podríamos ir…
La valla a la que se pegaban los niños a los que les gustaba ser niños que vivían en un pueblo que les gustaba como les gustaba también el colegio y el fútbol y sus padres y sus madres…
Los niños que en algún momento de cada hora de cada día de cada semana pensaban en fuego y en las estrellas y en la valla tras la cual esperaban… Niños a los que les gustaban los cohetes más que nada.
Mamá, Ralph, nos vemos pronto. Volveré. ¡Mamá! ¡Ralph!
Eché a andar y crucé la valla.
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