el cambio
spanish
A las ocho en punto ya había dispuesto los largos cigarrillos, las copas de cristal y la cubitera plateada con finas lascas de hielo apelotonadas en torno a la botella verde. Miró la habitación, todas las fotos perfectas, los ceniceros convenientemente repartidos. Mulló un almohadón y retrocedió un paso, entornando los ojos. Luego corrió al baño y volvió con el frasco de estricnina, que dejó bajo una revista en un extremo de la mesa. Ya había escondido un martillo y un picahielos.
Estaba lista.
Como si lo supiera, el teléfono sonó. Cuando contestó, una voz dijo:
–Subo.
Estaba ya en el ascensor, elevándose en silencio por el gaznate de hierro de la casa, atusándose el bigotito fino, recolocándose su abrigo blanco para las noches de verano y su corbata negra. Estaba alisándose el pelo rubio entrecano, aquel hombre apuesto de cincuenta años aún capaz de visitar a mujeres guapas de treinta y tres, dulces, agradables, listas para un vino y lo que surgiera.
–¡Eres un falso! –susurró a la puerta cerrada un instante después de que él llamara con unos golpecitos.
–Buenas noches, Martha –dijo–. ¿Vas a quedarte ahí, mirando? –Ella lo besó en silencio–. ¿Eso ha sido un beso? –preguntó, con calidez divertida en sus ojos azules. –Ven. –Le dio uno mejor.
Ella, con los ojos cerrados, pensó: ¿es distinto de la semana pasada, el mes pasado, el año pasado? ¿Qué me hace desconfiar? Una nimiedad. Algo que ni siquiera sabría nombrar de ínfimo que era. Él había cambiado de un modo sutil y radical. De un modo tan radical, de hecho, tan absoluto, que Martha llevaba dos meses pasando las noches en vela. Había empezado a subir a los helicópteros a las tres de la madrugada para ir a la playa y volvía para pasarse toda la noche viendo las películas que proyectaban en las nubes cerca de The Point, películas rodadas en el año 1955, recuerdos enormes sobre la bruma oceánica por encima de las aguas oscuras, con las voces arrastradas por la marea como voces de dioses. Siempre estaba cansada.
–Qué poco ímpetu. –Se apartó de ella sin soltarla y la miró con gesto grave–. ¿Te pasa algo, Martha?
–Nada –dijo.
Pensaba de todo. Tú, pensó. ¿Dónde estás esta noche, Leonard? ¿Con quién estás bailando lejos de aquí, con quién estás bebiendo en un apartamento en la otra punta de la ciudad, con quién estás derrochando cortesía? Porque no me cabe la menor duda de que no estás en esta habitación, y tengo intención de demostrarlo.
–¿Qué es eso? –dijo él, bajando la mirada–. ¿Un martillo? ¿Has estado colgando cuadros, Martha?
–No, voy a pegarte con él –dijo, y rio.
–Claro –dijo, sonriendo–. Bueno, igual esto hace que cambies de opinión. –Sacó una caja afelpada, dentro había un collar de perlas.
–¡Ay, Leonard! –Se lo puso con dedos temblorosos y se volvió hacia él, entusiasmada–. Qué bueno eres conmigo.
–No es nada –dijo él.
En momentos como ese, casi olvidaba sus sospechas. Con él lo tenía todo, ¿no? No había indicios de que estuviese perdiendo el interés, ¿no? Pues claro que no. Era igual de amable y dulce y generoso. Siempre aparecía con algo para su muñeca o su dedo. Entonces, ¿por qué se sentía tan sola a su lado? ¿Por qué no sentía que estaba con él? Quizás había empezado como aquella fotografía en el periódico dos meses atrás. Una foto en la que salía con Alice Summers en The Club la noche del diecisiete de abril. Vio la foto un mes después y lo habló con él:
–Leonard, no me contaste que llevaste a Alice Summers a The Club la noche del diecisiete de abril.
–¿No, Martha? Bueno, allí estuvimos, sí.
–Pero ¿esa noche no estuviste aquí conmigo?
–No creo. Cenamos, pusimos discos de música clásica y bebimos vino hasta altas horas de la madrugada.
–Estoy segura de que el diecisiete de abril estuviste aquí conmigo, Leonard.
–Estás un pelín borracha, cariño. ¿Llevas un diario?
–No soy una niña.
–Pues ya ves. Si no hay diario, no hay registros. Estuve aquí la noche anterior o la noche posterior. Venga, Martha, bebe algo.
Pero eso no zanjó las cosas. Aquella noche se fue a la cama pensando que estaba segura de que había estado con ella el diecisiete de abril. Era imposible, claro. Leonard no pudo haber estado en dos sitios a la vez.
Los dos miraban el martillo en el suelo. Ella lo cogió y lo dejó en la mesa.
–Bésame –dijo de repente, porque quería estar más segura que nunca de aquello.
Él la eludió y dijo:
–Antes, el vino.
–No –insistió ella, y lo besó.
Ahí estaba. La diferencia. El pequeño cambio. No había forma de explicárselo, de describírselo a nadie. Sería como intentar describirle un arcoíris a un ciego. Pero en aquel beso había una sutil diferencia química. Ya no era un beso del señor Leonard Hill. Se acercaba a un beso de Leonard Hill, pero era lo suficientemente distinto como para activar en ella un mecanismo subconsciente. ¿Qué revelaría un análisis de la leve humedad de sus labios? ¿Ausencia de bacterias? Y los labios mismos, ¿estaban o no estaban más duros que antes, o más blandos? Una pequeña diferencia.
–Vale, ahora el vino –dijo ella, y lo descorchó. Se llenó una copa hasta el borde–. Ay, ¿traes unos posavasos de la cocina?
Cuando se fue, vertió estricnina en su copa. Él volvió con los posavasos y cogió su copa.
–Por nosotros –dijo.
Dios, pensó, ¿y si estoy equivocada? ¿Y si es él de verdad? ¿Y si soy una paranoica desequilibrada, una loca, una inconsciente?
–Por nosotros. –Levantó la copa.
Él vació la suya de un trago, como siempre.
–Dios –dijo, con una mueca–. Qué cosa más mala. ¿Dónde lo has comprado?
–En Modesti’s.
–Bueno, pues no vayas más. Deja, voy a llamar para que nos traigan otro.
–No te preocupes, tengo más en la nevera.
Cuando trajo la otra botella, él estaba sentado, sagaz, vivo y descarado.
–Vamos a ver –dijo, abriendo la segunda botella.
Una hora después, la botella estaba vacía. Él estaba contándole anécdotas ocurrentes, la tenía cogida de la mano y la besaba de vez en cuando con delicadeza. Por fin, se volvió hacia ella y dijo:
–Te veo callada esta noche, Martha. ¿Te pasa algo?
–No –dijo ella.
Había visto el artículo la semana anterior, el artículo que había hecho que se preocupara y empezara a planear, que explicaba lo sola que se sentía en su presencia. Sobre marionetas. Marionetas, S. A. En realidad, no existía, obviamente. Solo era un rumor. La policía estaba investigando.
Marionetas tamaño natural, mecanizadas, sin hilos, sigilosas, dobles de personas reales. Podían comprarse por diez mil dólares en no sé qué mercado negro extranjero. Podías hacer que te cogieran las medidas para hacerte una réplica. Si te hartabas de socializar, podías mandar una réplica a tomar un vino, a cenar, a estrechar manos, a intercambiar cotilleos con la señora Rinehart a tu izquierda, con el señor Simons a tu derecha, con la señorita Glenner delante.
¡Imagina las diatribas políticas que uno podría saltarse! Imagina los peñazos que podrías ahorrarte en el teatro. Imagina la de gente aburrida que podrías desdeñar sin desdeñarla en realidad. Y, para rematar, imagina la de amantes enjoyadas que podrías ignorar, sin ignorarlas. ¿Cuál sería el eslogan perfecto? ¿No tiene por qué enterarse? ¿No se lo cuentes a tus mejores amigos? ¿Camina, habla, estornuda y dice «mamá»?
Cuando lo pensó, casi se puso histérica. No se había demostrado que aquellas marionetas existían, cierto. Solo era un rumor malicioso, pero bastaba para que una persona sensible se estremeciera de terror.
–Otra vez abstraída –dijo él, interrumpiendo su silencio–. Mírate, otra vez en Babia. ¿Qué tienes en esa cabeza preciosa?
Ella lo miró. Había sido una estupidez; en cualquier momento convulsionaría y moriría. Y se arrepentiría de sus celos.
–Tu boca –dijo, sin pensar–, sabe rara.
–Ay, madre –dijo él–. Tendré que ir a que me la vean, ¿no?
–Hace tiempo que sabe rara.
Por primera vez, pareció preocupado.
–¿Sí? Lo siento. Iré a ver a mi dentista.
–No tiene importancia.
Sintió que el corazón se le aceleraba y sintió frío. Su boca. Al fin y al cabo, daba igual lo bien que lo hicieran los químicos, ¿eran capaces de analizar y reproducir el sabor exacto? Difícilmente. El sabor era individual. A ella le sabía a una cosa, a otra persona le sabría a otra. Ahí habían fracasado. No pensaba soportarlo ni un minuto más. Se acercó al otro sofá, se inclinó y sacó la pistola.
–¿Qué es eso? –dijo él, mirándola–. Ay Dios –rio–. Una pistola. Cuánto drama.
–Te he pillado –dijo.
–¿Cómo que me has pillado? –quiso saber él, tranquilo, con la boca seria, brillo en los ojos.
–Me has mentido. Llevas ocho semanas o más sin estar aquí –dijo.
–¿De verdad? ¿Y dónde he estado?
–Con Alice Summers, no me cabe duda. Seguro que ahora mismo estás con ella.
–¿Cómo es posible? –preguntó él.
–No conozco a Alice Summers, nunca he coincidido con ella, pero creo que voy a llamar a su apartamento ahora mismo.
–Venga –dijo él, mirándola fijamente.
–Ahora mismo –dijo, acercándose al teléfono. La mano le temblaba tanto que apenas fue capaz de marcar el número.
Mientras esperaba a que contestaran, observaba a Leonard y él la observaba a ella con los ojos del psiquiatra que presencia un fenómeno inusual.
–Se te ha ido la cabeza –dijo–. Martha, cariño…
–¡Siéntate!
–Martha, cariño. –Volvió al sofá, riendo entre dientes–. ¿Qué has estado leyendo?
–Lo de las marionetas.
–¿Esas pamplinas? Por Dios, Martha, qué vergüenza. Es mentira. ¡Lo he investigado!
–¿En serio?
–¡Qué va a ser mentira! –gritó, encantado–. Tengo muchísimos compromisos sociales, y como sabes, mi primera mujer regresó de Indiana, me exigía tiempo y pensé en lo estupendo que sería encargar una réplica de mí mismo, como señuelo, podría decirse, para perder de vista a mi mujer, para mantenerla ocupada, sería estupendo, ¿no? Pero era todo mentira. Soy yo. Pensé que necesitaba un cambio. Así que estuve con Alice y me cansé de ella. Y estuve con Helen Kingsley, la recuerdas, ¿no? Y me cansé de ella. Y estuve con Ann Montgomery. Y no duró. Ah, Martha, esta noche hay al menos seis dobles míos, hipócritas mecánicos, funcionando a la perfección, por toda la ciudad, haciendo felices a seis personas. ¿Y sabes lo que estoy haciendo, mi yo real?
»Estoy en mi casa, me he acostado temprano por primera vez en treinta años, leyendo mi librito con los ensayos de Montaigne y disfrutándolo mientras me tomo una taza de chocolate con leche caliente para apagar las luces a las diez. Llevo una hora dormido, y voy a dormir el sueño de los inocentes hasta mañana y me levantaré descansado y libre.
–¡Para! –chilló ella.
–Tenía que decírtelo –dijo él–. Me has roto varios ligamentos con tus balas. No puedo levantarme. Además, los médicos, si vinieran, me encontrarían inconsciente. No soy tan perfecto. Un poco perfecto sí, pero no tanto. Ay, Martha, no quería hacerte daño. Créeme. Solo quería que fueses feliz. Por eso planeé mi retirada con tanto cuidado. Me he gastado quince mil dólares en esta réplica, perfecta en cada detalle. Hay variaciones. La saliva, por ejemplo. Un error lamentable. Es lo que te ha mosqueado. Pero tienes que saber que yo te quería.
Estaba a punto de desmoronarse, de caer en la locura, pensó. Tenía que hacer que dejara de hablar.
–Y cuando vi cuánto me querían las demás –susurró al techo, con los ojos muy abiertos–, tuve que hacerme con réplicas para ellas, pobrecitas. Me querían muchísimo. No se lo vas a contar a ninguna, ¿verdad, Martha? Prométeme que no vas a montar un numerito. Soy un hombre mayor muy cansado, y tan solo busco paz, un libro, leche y dormir un montón. No vas a llamarlas para contárselo todo, ¿verdad que no?
–Todo el año, el año entero, he estado sola, sola cada noche –dijo ella, llenándose de frialdad–. ¡Hablando con un horror mecánico! ¡Enamorada de nada! Todo este tiempo sola, ¡cuando podría haber salido con alguien real!
–Puedo quererte igualmente, Martha.
–¡Ay, Dios! –gritó, y cogió el martillo.
–¡Martha, no!
Le partió la cabeza y le dio martillazos en el pecho y en los brazos y las piernas, que se agitaban a lo loco. Le dio martillazos en la cabeza blanda hasta que el acero resplandeció por debajo y unos cables explotaron de repente y engranajes de bronce se esparcieron por toda la habitación con un tintineo metálico.
–Te quiero –dijo la boca de aquel hombre.
Le dio un martillazo y la lengua cayó. Los ojos de cristal rodaron por la moqueta. Golpeó aquella cosa hasta que quedó desparramada por el suelo como los restos del tren eléctrico de un niño. Reía mientras lo hacía.
En la cocina, encontró varias cajas de cartón. En diez minutos había recogido del suelo a aquel lacayo.
–Entregue estos paquetes al señor Leonard Hill, en el diecisiete de Elm Drive –dijo, y dio una propina al muchacho–. Ahora mismo. Esta noche. Despiértelo, dígale que es un paquete sorpresa de parte de Martha.
–Un paquete sorpresa de parte de Martha –dijo el muchacho.
Tras cerrar la puerta, se sentó en el sofá con la pistola en la mano, moviéndola a un lado y a otro, escuchando. Lo último que oyó en su vida fue cómo se llevaban los paquetes por el pasillo, el suave tintineo metálico, engranaje contra engranaje, cable contra cable, perdiéndose.