el cisne
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Y allí, en mitad del primer día de agosto, subiendo a su coche, estaba Bill Forrester, que gritó que iba al centro a por un helado estupendo y que si alguien se apuntaba. Así, menos de cinco minutos después, avivado y de mejor humor, Douglas se vio plantando un pie en la acera ardiente e internándose en la gruta del olor a refresco, del frescor a vainilla de la tienda, para sentarse ante el mostrador de mármol junto a Bill Forrester. Entonces pidieron un recital de los helados más inusuales y cuando el heladero dijo: «Uno de lima con vainilla, de los que ya no se estilan…».
–¡Ese! –dijo Bill Forrester.
–¡Sí, señor! –dijo Douglas.
Y, mientras esperaban, se volvieron despacio en sus taburetes rotatorios. Las espitas plateadas, los espejos resplandecientes, los ventiladores de techo con sus giros silenciosos, los estores verdes sobre los cristales, las sillas con respaldos de alambre, pasaron ante sus ojos. Dejaron de girar. Sus miradas se habían posado en el rostro y la silueta de la señorita Helen Loomis, de noventa y cinco años, cucharilla en mano, helado en la boca.
–Jovencito –le dijo a Bill Forrester–, es usted una persona con gusto e imaginación. Además, tiene la fuerza de voluntad de diez hombres; de lo contrario, no se habría atrevido a apartarse de los sabores comunes que figuran en el menú y pedir, directamente, sin minucias ni reservas, una cosa tan inaudita como un helado de lima con vainilla…
Bill agachó solemnemente la cabeza a modo de reverencia.
–Vengan a sentarse conmigo, los dos –dijo–. Hablemos de helados raros y demás, ya que al parecer sentimos inclinación por esas cosas. Descuiden: yo pago la cuenta. –Sonriendo, cogieron sus platos y fueron a sentarse a su mesa–. Tiene usted porte de Spalding –le dijo al chico–. Tiene la cabeza de su abuelo. Y usted es William Forrester. Escribe en el Chronicle, una columna bastante buena. He oído hablar de usted más de lo que me atrevería a admitir.
–Yo la conozco –dijo Bill Forrester–. Usted es Helen Loomis. –Vaciló, luego prosiguió–. Estuve enamorado de usted –dijo.
–Vaya, así me gusta que se inicie una conversación. –Hundió tranquilamente la cucharilla en su helado–. Buen motivo para vernos de nuevo. No…, no me cuente dónde ni cuándo ni cómo se enamoró de mí. Lo dejaremos para otra ocasión. Sus palabras me han quitado el apetito. ¡Qué tarde! En fin, tengo que irme. Ya que es periodista, venga a casa mañana a tomar el té entre las tres y las cuatro; cabe la posibilidad de que logre bosquejarle la historia de este pueblo, que fue un puesto fronterizo. Y, para que los dos tengamos algo con lo que alimentar la curiosidad, señor Forrester, me recuerda usted a un caballero con el que salí hace setenta años, sí, setenta.
Estaba sentada frente a ellos y era como hablar con una temblorosa polilla gris y extraviada. La voz llegaba de lo más profundo de aquella grisura y aquella vejez, cubierta del polvo de flores prensadas y mariposas antiguas.
–Bueno. –Se levantó–. ¿Vendrá mañana?
–Faltaría más –dijo Bill Forrester.
Y Helen Loomis salió al pueblo a sus quehaceres, dejando allí a los dos muchachos, que la miraron mientras se terminaban despacio sus helados.
William Forrester pasó la mañana siguiente comprobando algunos artículos para las páginas locales del periódico, tuvo tiempo de pescar un rato después del almuerzo en el río de las afueras, cogió varios peces pequeños que devolvió al agua encantado, y, sin pensar en ello, o al menos sin percatarse de que había estado pensando en ello, a las tres en punto, se vio bajando en su coche por cierta calle. La observaba con interés mientras sus manos hacían girar el volante para entrar por un amplio camino circular en el que se detuvo bajo un pórtico cubierto de hiedra. Al bajar del coche, cobró consciencia de que su coche y su pipa tenían el mismo aspecto: viejo, corroído y descuidado en aquel inmenso jardín verde junto a la casa victoriana de tres plantas recién pintada. Vio un vago movimiento fantasmal en el extremo más apartado del jardín, oyó un gritito contenido y vio que la señora Loomis estaba allí, al otro lado del tiempo y la distancia, sentada sola, con la luz reflejándose en la superficie plateada del servicio de té, esperándolo.
–Es la primera vez que una mujer está lista y es la que espera –dijo él, aproximándose–. Y también –reconoció–, la primera vez en mi vida que llego puntual a una cita.
–¿Y eso? –preguntó ella, recostada en su silla de mimbre.
–No lo sé –admitió.
–Bueno. –Empezó a servir el té–. En primer lugar, ¿qué opinión le merece el mundo?
–No tengo ni idea.
–Es el inicio de toda sabiduría, según dicen. Cuando tienes diecisiete años, lo sabes todo. Cuando tienes veintisiete, si todavía sabes algo, sigues teniendo diecisiete.
–Parece que con los años ha aprendido usted mucho.
–Es la ventaja de las personas mayores, que parece que lo sabemos todo. Pero no es más que teatro, una careta, como todos los teatros y todas las caretas. Entre nosotros, los viejos nos guiñamos con una sonrisa y decimos: ¿Qué te parecen mi careta, mi teatro, mis certezas? ¿No es un juego la vida? ¿A que juego bien?
Los dos rieron ligeramente. Él se recostó y dejó que la risa brotara con naturalidad de su boca por primera vez en meses. Ya callados, ella sujetó la taza de té con las dos manos y miró dentro.
–¿Sabe?, es una suerte que nos hayamos conocido tan tarde. No habría querido que me conociera cuando tenía veintiún años y la cabeza llena de bobadas.
–Las chicas guapas de veintiuno se rigen por otras leyes.
–¿Cree que era guapa? –Él asintió de buena gana–. Pero ¿cómo lo sabe? –preguntó–. Si te encuentras con un dragón que se ha comido un cisne, ¿sabes cómo era por el puñado de plumas que le quedan en la boca? Es lo mismo; un cuerpo como este es un dragón, con sus escamas y sus arrugas. Y el dragón se ha comido al cisne blanco. Llevo muchos años sin verlo, al cisne. Ni siquiera recuerdo qué aspecto tenía. Aunque lo siento. Se encuentra bien, dentro, sigue vivo; en esencia, el cisne no ha cambiado en una sola pluma. ¿Sabe?, algunas mañanas de primavera o de otoño, me despierto y pienso, ¡voy a cruzar corriendo el campo para coger fresas! O, voy a nadar en el lago, o, ¡voy a bailar toda la noche hasta que amanezca! Y luego, enfadada, descubro que soy un dragón viejo y desahuciado. Soy la princesa en la torre hendida que, sin escapatoria, espera al príncipe encantado.
–Tendría que haber escrito libros.
–Querido muchacho, si los he escrito. ¿Qué otra cosa le queda a una anciana si no? Hasta los treinta, yo era una criatura alocada con la cabeza llena de lentejuelas, y entonces, el único hombre que de verdad me ha importado se cansó de esperar y se casó con otra. Así, con rabia y desprecio por mí misma, me dije que me lo merecía por no haberme casado cuando tuve la ocasión. Empecé a viajar. Mi maleta estaba enterrada en aludes de pegatinas de países. He estado sola en París, sola en Viena, sola en Londres, y, en general, no es muy distinto a estar sola en Green Town, Illinois. Es, en esencia, estar sola. Ay, a usted le queda tiempo de sobra para pensar, refinar sus modales, afilar su conversación. Pero, a veces, pienso en lo poco que me habría costado cambiar un tiempo verbal o una reverencia por una compañía que se hubiese quedado a pasar un fin de semana de tres décadas.
Se bebieron el té.
–Ay, menuda retahíla autocompasiva –dijo, con tono afable–. Y usted, a ver. ¿Tiene treinta y un años y aún no se ha casado?
–Digamos que las mujeres que se comportan, piensan y hablan como usted son una rareza –dijo.
–Vaya –dijo ella, seria–, no es de esperar que una joven hable como yo. Eso viene después. Primero de todo, son jovencísimas. Y segundo, el hombre medio corre en desbandada en cuanto descubre que una mujer tiene cerebro. Es probable que haya conocido a varias con cerebro que han sabido cómo ocultárselo. Va a tener que escarbar un poquito para encontrar al bicho raro. Levantar varios tablones.
Los dos rieron de nuevo.
–Acabaré siendo un solterón quisquilloso, seguramente –dijo.
–No, no, no lo permita. No estaría bien. Ni siquiera debería estar aquí esta tarde. Esta senda termina en una pirámide egipcia. Las pirámides son muy bonitas, pero las momias rara vez son buenas compañeras. ¿Adónde le gustaría ir, qué le gustaría hacer realmente con su vida?
–Ver Estambul, Puerto Said, Nairobi, Budapest. Escribir un libro. Fumar demasiados cigarrillos. Caer por un acantilado, pero quedarme enganchado en un árbol a media caída. Que me peguen varios tiros en un callejón oscuro de Marruecos a medianoche. Amar a una mujer hermosa…
–Bueno, creo que no puedo ofrecérselo todo –dijo–. Pero he viajado, y puedo contarle muchas cosas sobre esos lugares. Y si le apetece, cruce corriendo mi jardín delantero esta noche a eso de las once, si todavía estoy despierta, le dispararé con un mosquetón de la Guerra de Secesión. ¿Saciaría eso su sed masculina de aventuras?
–Perfectamente.
–¿Adónde le gustaría ir primero? Puedo llevarlo, ya sabe. Puedo formular un conjuro. Diga dónde. ¿Londres? ¿El Cairo? El Cairo le ha iluminado el rostro. Vayamos a El Cairo pues. Relájese. Cargue bien de tabaco su pipa y acomódese.
Se acomodó, encendió la pipa, sonriendo a medias se relajó y escuchó, y ella empezó a hablar.
–El Cairo… –dijo.
Pasaron las horas entre joyas y callejones y vientos del desierto egipcio. El sol era dorado y el Nilo era fangoso donde batía los deltas, y había una persona muy joven y muy veloz en lo más alto de la pirámide, riendo, llamándolo a voces para que subiera al sol por el lado de umbría, y empezó a trepar, ella alargó el brazo para ayudarlo en el último escalón, y estaban riendo a lomos de un camello, bamboleándose en dirección a la gran mole tendida de la Esfinge, y entrada la noche, en el campamento nativo, se oía el tintineo de los martillitos contra el bronce y la plata, y música de un instrumento de cuerda que se perdía en la distancia, la distancia, la distancia…
William Forrester abrió los ojos. La señorita Helen Loomis había concluido la aventura y estaban de nuevo en casa, en el jardín, ambos se sentían muy cercanos, en el buen sentido, con el té frío en la tetera, las pastas secas bajo el sol atardecido. Él suspiró, se desperezó y suspiró de nuevo.
–Nunca en mi vida me había sentido tan cómodo.
–Ni yo.
–La he entretenido demasiado. Tendría que haberme ido hace una hora.
–Sabe que he gozado cada minuto. Pero no sé qué habrá visto en una anciana ridícula…
Se recostó en la silla, entornó los ojos y la miró. Entrecerró los ojos para que solo entrara el más fino de los filamentos de luz. Ladeó la cabeza muy ligeramente a un lado, luego al otro.
–¿Qué hace? –preguntó, incómoda. Él no dijo nada, pero siguió mirándola.
–Si aciertas –murmuró–, se puede afinar, dar cierto margen… –Entretanto, pensaba: Puedes borrar arrugas, afinar con el factor tiempo, quitar años.
De repente, se sobresaltó.
–¿Qué pasa? –preguntó ella.
Pero había desaparecido. Abrió los ojos con el fin de retenerlo. Fue un error. Tendría que haber mantenido la distancia, sin prisas, borrarlo, con los ojos levemente entornados.
–Durante unos segundos –dijo–, lo he visto.
–¿Visto el qué?
«El cisne, qué si no», pensó él. Pero su boca debió de dar forma silenciosa a las palabras.
Un instante después, ella se irguió mucho en su silla. Tenía las manos en el regazo, rígidas. Clavó en él la mirada y, mientras la observaba, sintiéndose desamparada, sus ojos hundidos se colmaron de lágrimas.
–Lo siento –dijo él–, lo siento muchísimo.
–No, no lo sienta. –Continuó rígida, y no se tocó la cara ni los ojos; sus manos permanecieron juntas, una sobre la otra–. Será mejor que se vaya. Sí, puede volver mañana, pero váyase, por favor, y no diga una palabra más.
Se marchó cruzando el jardín, dejándola junto a la mesa a la sombra. No se atrevió a mirar atrás.
Pasaron cuatro, ocho, doce días, y lo invitó a tomar el té, a cenar, a almorzar. Se sentaban a charlar en el verdor de las largas tardes, a hablar de arte, de literatura, de la vida, de la sociedad y de política. Comían helado y carne, y bebían buen vino.
–Me da igual lo que diga la gente –dijo–. Y la gente dice cosas, ¿verdad que sí? –Él se removió, incómodo–. Lo sabía. Una mujer nunca se libra de los cotilleos, ni aunque tenga noventa y cinco años.
–Puedo dejar de visitarla…
–Ay, no –gritó, recuperada ya. En voz baja, dijo–: No puede, lo sabe. Como sabe que le trae sin cuidado lo que piensen, ¿no? Mientras sepamos que no hay nada de malo, ¿no?
–Me trae sin cuidado.
–Bien –se recostó–, juguemos a nuestro juego. ¿Adónde vamos esta vez? ¿A París? Creo que a París.
–París –dijo él, asintiendo en silencio.
–Bueno –empezó–, es el año mil ochocientos ochenta y cinco, y estamos embarcando en el puerto de Nueva York. Ahí está nuestro equipaje, aquí tengo los billetes, allí se ve el perfil de la ciudad. Y ya estamos en el mar. Estamos llegando a Marsella…
Estaba en un puente, contemplando las aguas claras del Sena, y ahí estaba él, de repente, unos segundos después, a su lado, observando el paso de la corriente veraniega. Ahí estaba ella con un aperitivo entre sus dedos blancos como el talco, y ahí estaba él, con una rapidez asombrosa, inclinándose hacia ella para brindar con sus copas de vino. Su rostro apareció en los espejos de los pasillos de Versalles y tras humeantes smörgåsbords en Estocolmo, y contaron los amarres rojiblancos en los canales de Venecia. Las cosas que había hecho sola, ahora estaban haciéndolas juntos.
A mediados de agosto, a última hora de la tarde, estaban sentados mirándose a los ojos.
–¿Se da cuenta –dijo él– de que llevo dos semanas y media viéndola prácticamente a diario?
–¡Imposible!
–He disfrutado tremendamente.
–Sí, pero hay tantas chicas jóvenes…
–Usted tiene todo lo que a ellas les falta, amabilidad, inteligencia, ingenio.
–Pamplinas. La amabilidad y la inteligencia son preocupaciones de la edad. Ser cruel e insensato es muchísimo más interesante cuando tienes veinte años. –Hizo una pausa para coger aire–. Tengo que sacarle los colores. ¿Recuerda aquella primera tarde cuando coincidimos en la heladería, y dijo que una vez sintió cierto grado de, digamos, afecto por mí? Me aflige que no lo haya vuelto a mencionar, la verdad. Y ahora me veo obligada a pedirle que me explique aquella situación tan incómoda.
Él pareció quedarse sin palabras.
–Me da vergüenza –protestó.
–¡Suéltelo!
–Hace años, vi una foto suya.
–Yo nunca dejo que me saquen fotos.
–Era antigua, de cuando tenía veinte años.
–Ah, esa. Tiene su gracia. Cada vez que hago alguna donación o asisto a una gala, sacan esa foto a relucir y la publican. El pueblo entero se ríe; yo incluida.
–Es una crueldad por parte del periódico.
–No, se lo dije yo. Si queréis una foto mía, usad la que me sacaron en mil ochocientos cincuenta y tres. Que me recuerden así. Y dejad la tapa cerrada durante la misa, por el amor de Dios.
–Se lo contaré.
Juntó las manos y las miró, e hizo una pausa. Estaba recordando la foto, y en su cabeza la veía con total claridad. Allí en el jardín, había tiempo para pensar en cada matiz de la foto y en Helen Loomis, muy joven, posando para aquella primera foto, sola y hermosa. Pensó en su rostro sereno, en su sonrisa tímida.
Era el rostro de la primavera, era el rostro del verano, era la calidez del suspiro trebolar. La granada brillaba en sus labios, y el cielo del mediodía en sus ojos. Tocar su rostro era esa experiencia siempre nueva de abrir la ventana una mañana de diciembre, temprano, y extender la mano hacia el blanco frío de la primera nieve en polvo que había caído, silenciosa, sin previo aviso, durante la noche. Y todo aquello, el suspiro cálido y la ternura de la ciruela, había sido capturado para siempre por un milagro de la química fotográfica que los vientos de ningún reloj serían capaces de alterar una hora o un segundo; una primera nevada fresca y blanca que nunca se derretiría, sino que perduraría mil veranos.
Esa era la fotografía; así fue como la conoció. Y entonces siguió hablando, tras recordar y pensar y retener la imagen en su mente.
–La primera vez que vi esa fotografía, una foto sencilla, directa, con un peinado sencillo, no sabía que la habían sacado hacía mucho. El artículo del periódico hablaba de que Helen Loomis oficiaba la Gala Local aquella noche. Recorté la foto del periódico. La llevé conmigo todo el día. Tenía intención de asistir a la gala. Luego, al final de la tarde, alguien me vio mirando la fotografía y me lo contó. Que la foto de la chica guapa era muy antigua y que el periódico la utilizaba todos los años. Y me dijeron que no fuese aquella noche a buscarla con la foto a la Gala Local.
Se quedaron sentados en el jardín durante un buen rato. Él la miro un instante. Tenía los ojos fijos en el muro más alejado del jardín y las rosas que lo trepaban. No había manera de saber en qué estaba pensando. Su rostro no mostraba nada. Helen Loomis se balanceó en su mecedora unos segundos y luego dijo a media voz:
–¿Nos tomamos otro té? Le sirvo. –Dieron sorbos al té. Luego se inclinó hacia delante y le dio unas palmaditas en el brazo–. Gracias.
–¿Por?
–Por su intención de ir a buscarme a la gala, por recortar mi foto, por todo. Muchísimas gracias.
Pasearon por las veredas del jardín.
–Y ahora –dijo ella–, me toca a mí. ¿Recuerda que mencioné a cierto joven con quien me vi una vez, hace setenta años? Ay, lleva muerto cincuenta años, por lo menos, pero cuando era muy joven y muy guapo se pasaba días montando un caballo muy veloz, o rondando los prados aledaños del pueblo las noches de verano. Tenía una cara lozana y agreste, siempre bronceada, siempre tenía cortes en las manos y se acaloraba como el tiro de una chimenea y caminaba como si fuese a salir volando; los trabajos no le duraban, los dejaba cuando le venía en gana, y un día se alejó de mí porque yo era más alocada que él y no sentaba cabeza, y ahí acabó la cosa. Pensé que nunca más volvería a verlo con vida. Pero está usted vivito y coleando, despide chispas como hacía él, es patoso y elegante en la misma medida, sé qué va a hacer antes de que lo haga, pero, una vez lo hace, siempre me sorprende. A mí lo de la reencarnación se me atraganta, pero el otro día tuve la sensación: Si gritara Robert, Robert, por la calle, ¿se volvería William Forrester?
–No lo sé –dijo él.
–Yo tampoco. La vida es interesante por cosas como esas.
Agosto tocaba a su fin. El primer roce frío del otoño avanzaba despacio por el pueblo, se veía en cada árbol un enternecimiento y también los primeros ardores febriles, graduales, de color, un leve rubor y cierto colorido en las colinas, y los trigales eran del color de los leones. Ahora el patrón de los días era familiar, y se repetía como si un copista estuviese escribiendo primorosamente una y otra vez, en su práctica, una serie de eles y de uves y de emes; y día tras día el renglón se repetía en delicados riachuelos.
William Forrester cruzó el jardín a primera hora de una tarde de agosto y encontró a Helen Loomis en su mesa, escribiendo con gran esmero. Helen apartó la pluma y la tinta.
–Estaba escribiéndole una carta –dijo.
–Bueno, mi presencia le ahorra la molestia.
–No, es una carta especial. Mírela. –Le enseñó el sobre azul, y acto seguido lo lacró con su sello–. Recuerde su aspecto. Cuando la reciba por correo, sabrá que he muerto.
–No diga esas cosas…
–Siéntese y escúcheme. –Se sentó–. Querido William –dijo, a la sombra del parasol–. En unos días, estaré muerta. No. –Levantó la mano–. No quiero que diga nada. No tengo miedo. Cuando se vive tanto como lo he hecho yo, eso también se pierde. Nunca me ha gustado la langosta, más que nada porque nunca la había probado. Lo hice en mi octogésimo cumpleaños. No puedo decir que la langosta me vuelva loca, pero ya no tengo dudas de a qué sabe, y no me da miedo. Me atrevo a decir que la muerte va a ser como la langosta, y que puedo entenderme con ella. –Movió las manos–. Pero dejémoslo ahí. Lo importante es que no volveré a verlo. No habrá ninguna misa. Creo que una mujer que ha cruzado esa puerta en particular tiene tanto derecho a la intimidad como una que se va a la cama a dormir.
–Nadie puede predecir su muerte –dijo él por fin.
–Llevo cincuenta años observando el reloj de pared del recibidor, William. Después de darle cuerda, soy capaz de predecir la hora en que se va a parar. Con las personas mayores pasa lo mismo. Sienten cómo la maquinaria se ralentiza y el último cambio en los contrapesos. Ay, por favor, no ponga esa cara…, por favor, no.
–No puedo evitarlo –dijo.
–Lo hemos pasado bien, ¿no? Han sido muy especiales, estas charlas diarias. Como en esa idea manida y más que recargada que remite a las «mentes que se encuentran». –Dio vueltas al sobre que tenía en las manos–. Siempre he sabido que la calidad del amor reside en la mente, aunque el cuerpo se niegue a veces a reconocerlo. El cuerpo vive para sí mismo. Vive para alimentarse y para pasar la noche. Es esencialmente nocturno. Pero ¿qué hay de la mente que ha nacido del sol, William, y debe pasar miles de horas despierta y alerta durante toda una vida? ¿Puede compararse el cuerpo, esa cosa nocturna, egoísta y lastimosa, con toda una vida de sol e intelecto? No lo sé. Solo sé que su mente ha estado ahí y que la mía ha estado aquí, y que no recordaba tardes como estas. Queda mucho de lo que hablar, pero tendremos que dejarlo para otra ocasión.
–No parece que nos quede mucho tiempo.
–No, pero puede que haya otra ocasión. El tiempo es algo rarísimo y la vida es más rara aún. Los engranajes fallan, los piñones giran y la vida se acopla demasiado pronto o demasiado tarde. Yo he vivido demasiado, de eso no cabe duda. Y usted nació o demasiado pronto o demasiado tarde. Ha sido una sincronización terrible. Aunque puede que esto sea un castigo por haber sido una tonta. En fin, en la próxima vuelta, puede que el mecanismo vuelva a funcionar correctamente. Entretanto, debe encontrar a una buena chica, casarse y ser feliz. Pero tiene que prometerme una cosa.
–Lo que sea.
–Tiene que prometerme que no se hará demasiado viejo, William. Si le cuadrara, muera antes de cumplir cincuenta. Puede que le cueste un poco. Se lo aconsejo porque no hay modo de saber cuándo va a nacer otra Helen Loomis. Sería horrible, ¿no?, que envejeciera demasiado y una tarde de mil novecientos noventa y nueve, de paseo por Main Street, me viera ahí de pie, con veintiún años, y la cosa volviera a desajustarse… Creo que no seríamos capaces de soportar más tardes como estas, por placenteras que hayan sido, ¿no cree? Miles de litros de té y varios cientos de pastas son suficientes para una sola amistad. Así que debe de sufrir un ataque de neumonía dentro de veinte años o así. Porque no sé cuánto tiempo le harán esperar en el más allá. Quizás lo envíen de vuelta inmediatamente. Pero haré cuanto pueda, William, de verdad que sí. Y si todo se arregla y se equilibra, ¿sabe lo que podría pasar?
–Dígamelo usted.
–Una tarde, entre mil novecientos ochenta y cinco y mil novecientos noventa, un joven llamado Tom Smith o John Green o un nombre similar, irá caminando calle abajo y hará una parada en una heladería y pedirá, oportunamente, una tarrina de sabores inusuales. Una chica de la misma edad estará allí sentada, y cuando oiga qué helado se ha pedido, sucederá algo. No sé qué ni cómo. Ella no sabrá qué ni cómo, eso seguro. Ni tampoco el joven. Pero los sabores del helado será algo muy especial para los dos, así sin más. Hablarán. Y más tarde, cuando se digan sus nombres, saldrán juntos de la heladería. –Le sonrió–. Suena todo muy ordenado, pero sabrá perdonar a una anciana que ordena todo en paquetitos. Es una fruslería de nada que le dejo. Y ahora, hablemos de otra cosa. ¿De qué hablamos? ¿Hay algún lugar del mundo al que no hayamos viajado todavía? ¿Hemos estado en Estocolmo?
–Sí, es una ciudad preciosa.
–¿En Glasgow? ¿Sí? ¿Adónde entonces?
–¿Por qué no Green Town, Illinois? –dijo él–. Aquí. La verdad es que no hemos visitado nuestro propio pueblo.
Ella se recostó, y él también, y ella dijo:
–Voy a contarle cómo era este pueblo cuando tenía diecinueve años, hace mucho tiempo.
Era una noche de invierno y estaba patinando tranquilamente en un charco de blanca luz lunar, y su reflejo se deslizaba susurrante por debajo de ella. Era una noche de verano en aquel pueblo de fuego en el ambiente, en las mejillas, en el corazón, los ojos repletos del colorido resplandor intermitente de las luciérnagas. Era una crepitante noche de octubre, y allí estaba ella, cogiendo caramelos de un tarro de la cocina, canturreando, y ahí estaba, corriendo por el musgo a la vera del río y nadando en la poza de granito en las afueras del pueblo una noche de primavera, en las aguas profundas y calientes, y ahora era Cuatro de Julio y los cohetes estallaban en el cielo y todos los porches se llenaban de rojo fuego y de azul fuego y de blanco fuego en los rostros, el suyo luminoso y deslumbrante entre los demás mientras se desvanecía el último de los cohetes.
–¿Ve todas estas cosas? –preguntó Helen Loomis–. ¿Me ve haciéndolas y viviéndolas?
–Sí –dijo William Forrester, con los ojos cerrados–. La veo.
–Y ahora –dijo ella–, y ahora…
Su voz prosiguió mientras caía la tarde y el crepúsculo se intensificaba rápidamente, pero su voz proseguía en el jardín y cualquiera que hubiese pasado por el camino, a lo lejos, habría alcanzado a oír su sonido como de polilla, débil, muy débilmente…
Dos días más tarde, William Forrester estaba sentado a su mesa en su habitación cuando llegó la carta. Se la subió Douglas y, por su expresión al entregársela a Bill, parecía que conocía su contenido.
William Forrester reconoció el sobre azul, pero no lo abrió. Se limitó a guardárselo en el bolsillo de la camisa, miró al chico un instante, y dijo:
–Vamos, Doug; te invito.
Caminaron por el centro casi sin decir palabra, Douglas observaba un silencio que sentía necesario. El otoño, que había estado un tiempo amenazando, se había retirado. El verano había vuelto en todo su esplendor, hirviendo las nubes y restregando el cielo metálico. Entraron en la heladería y se sentaron en la barra de mármol. William Forrester sacó la carta y se la puso delante, pero no la abrió.
Miró la luz amarilla del sol que se reflejaba en el asfalto y en las marquesinas verdes y resplandecía en las letras doradas de los letreros en los escaparates al otro lado de la calle, y miró el calendario en la pared. 27 de agosto de 1928. Miró su reloj de muñeca y sintió que su corazón latía más despacio, vio que el segundero se movía y se movía pero que no avanzaba en absoluto, vio el calendario inmóvil con un único día que parecía una eternidad, el sol clavado al cielo sin intención alguna de ponerse. El aire caliente se dispersaba bajo los ventiladores de techo. Unas mujeres rieron junto a la puerta abierta y desaparecieron de su vista, que estaba fija más allá de ellas, en el pueblo en sí, y en el gran reloj del juzgado. Abrió la carta y empezó a leer.
Se volvió despacio en el taburete giratorio. Paladeó las palabras una y otra vez, en silencio, con la lengua, hasta que por fin las pronunció en voz alta y las repitió.
–Una tarrina de lima con vainilla –dijo–. Una tarrina de lima con vainilla.