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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el convector toynbee

spanish

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–¡Genial! ¡Bravo! ¡Bien por mí! –Roger Shumway saltó al asiento, se abrochó el cinturón, aceleró el motor y el helicóptero Dragonfly Super-6 se elevó hacia el cielo veraniego, rumbo al sur, hacia La Jolla–. ¿Se puede tener más suerte?
Iba de camino a una reunión increíble.
El viajero del tiempo, tras cien años de silencio, iba a conceder una entrevista. En aquel momento, tenía ciento treinta años. Y esa misma tarde, a las cuatro en punto, hora de la costa este, era el aniversario de su único viaje en el tiempo.
¡Dios, sí! Se cumplían cien años desde que Craig Bennet Stiles se despidió con la mano, subió a su Reloj Inmenso, como él lo llamaba, y desapareció del presente. Era y seguía siendo el único hombre en la historia que había viajado en el tiempo. Y Shumway era el único periodista, después de tantos años, al que había invitado a tomar el té. ¿Y? El posible anuncio de un segundo y último viaje en el tiempo. Bennet había dejado caer la posibilidad de dicho viaje.
–Viejo –dijo Shumway–, señor Craig Bennet Stiles…, ¡allá voy!
El Dragonfly, obediente a los fervores, se aferró al viento y voló costa abajo.
El viejo estaba esperándolo en la azotea de la Lamasería del Tiempo, al borde del acantilado de La Jolla repleto de alas delta. El aire era un remolino de cometas carmesíes, azules y amarillas tras las cuales unos muchachos gritaban mientras unas muchachas los llamaban a voces desde el filo de la tierra.
Stiles, pese a sus ciento treinta años, no estaba viejo. Su rostro, levantado hacia el helicóptero, parpadeando, era el rostro radiante de cualquiera de aquellos insensatos Apolos que viraban en sus alas delta a medida que el helicóptero descendía.
Shumway dejó la aeronave suspendida un buen rato, saboreando la demora.
Debajo había un rostro que había soñado arquitecturas, conocido amores increíbles, trazado planos de los misterios de los segundos, las horas y los días, y que se había lanzado luego de cabeza para remontar a nado la corriente de los siglos. Un rostro bronceado que celebraba su cumpleaños.
Porque una noche, cien años atrás, Craig Bennet Stiles, recién llegado del pasado, había informado vía satélite a miles de millones de espectadores de todo el mundo de cuál iba a ser su futuro.
–¡Lo hemos logrado! –dijo–. ¡Lo hemos hecho! El futuro es nuestro. Hemos reconstruido las ciudades, reformado los pueblos, limpiado los lagos y los ríos, descontaminado el aire, salvado a los delfines, recuperado la población de ballenas, acabado con las guerras, enviado al espacio estaciones solares para iluminar el mundo, colonizado la luna, viajado a Marte y a Alfa Centauri. Hemos curado el cáncer y acabado con la muerte. Lo hemos logrado…, gracias a Dios…, lo hemos logrado. Ah, preciosos chapiteles brillantes del futuro, ¡levantaos!
Les enseñó fotos, trajo muestras, les dio cintas y discos de vinilo, películas y grabaciones en casetes de aquel milagroso vuelo circular. El mundo enloqueció de alegría. Se apresuró a alcanzar y construir aquel futuro, a levantar ciudades de promesas, a salvar y respetar a todas las bestias terrestres y marinas.
El grito de bienvenida del viejo llegó con el viento. Shumway respondió con otro grito y el Dragonfly descendió despacio en su propia atmósfera estival.
Craig Bennet Stiles, de ciento treinta años, avanzó a briosas zancadas e, increíblemente, ayudó al periodista a bajar de la aeronave, pues, de repente, el encuentro había aturdido y debilitado a Shumway.
–No me puedo creer que esté aquí –dijo Shumway.
–Pues así es, y mucho ha tardado –rio el viajero del tiempo–. Cualquier día de estos me caigo a trozos y me lleva el viento. El almuerzo está listo. ¡Hike!
En un desfile unipersonal, Stiles echó a andar bajo el revuelo de sombras del rotor que lo convertían en una imagen parpadeante en un noticiero de un futuro que, de alguna manera, había pasado.
Shumway, como un perrillo tras un gran ejército, lo siguió.
–¿Qué quiere saber? –preguntó el viejo mientras cruzaban la azotea a paso ligero.
–Primero –resopló Shumway, intentando no quedarse atrás–, ¿por qué ha roto su silencio después de cien años? Segundo, ¿por qué conmigo? Tercero, qué es ese gran anuncio que va a hacer esta tarde a las cuatro, la hora exacta en que se espera que su yo joven llegue del pasado, cuando, durante un breve instante, esté en dos lugares y sea una paradoja: la persona que fue y el hombre que es fusionados en una hora gloriosa para celebración nuestra…
El viejo rio.
–¡Vaya carrerilla ha cogido!
–Perdón. –Shumway se sonrojó–. Lo escribí anoche. En fin. Esas son las preguntas.
–Y tendrá sus respuestas. –El viejo lo zarandeó del codo con delicadeza–. A su debido tiempo…
–Disculpe mi entusiasmo –dijo Shumway–. Al fin y al cabo, es usted un misterio. Era famoso en el mundo entero. Fue, vio el futuro, regresó, nos lo contó y luego se recluyó. Y, obviamente, lo honraron durante semanas con desfiles por todo el mundo, salió usted por televisión, escribió un libro, nos regaló un peliculón de dos horas y luego se encerró aquí. Es cierto que la máquina del tiempo está expuesta abajo, y cada día llegan multitudes que pueden verla y tocarla. Pero usted ha renunciado a la fama…
–No tanto. –El viejo lo guio por la azotea. Abajo, en los jardines, empezaban a llegar más helicópteros con equipos de televisión de todo el mundo para capturar el milagro en el cielo, el momento en que la máquina del tiempo proveniente del pasado aparecería, resplandecería y seguiría su rumbo para visitar otras ciudades antes de desvanecerse en el pasado–. ¡Como arquitecto, he estado ocupado ayudando a construir el futuro que vi cuando, de joven, llegué a nuestro dorado mañana!
Estuvieron un rato observando los preparativos más abajo. Estaban poniendo mesas enormes para la comida y la bebida. Dignatarios de todos los países del mundo no tardarían en llegar para darle las gracias –por última vez, quizás– a aquel viajero fabuloso, casi mítico, de los años.
–Acompáñeme –dijo el viejo–. ¿Le gustaría sentarse en la máquina del tiempo? Nadie lo ha hecho nunca, ya sabe. ¿Le gustaría ser el primero? –No hizo falta respuesta alguna. El viejo vio que los ojos del joven estaban empañados y brillantes–. Ya, ya está –dijo el viejo–. Ay, venga; ya está, ya.
Un ascensor de cristal los llevó abajo y se abrió ante un sótano completamente blanco en cuyo centro estaba…
El increíble aparato.
–Ahí está. –Stiles pulsó un botón y la coraza de plástico que durante cien años había protegido la máquina del tiempo se desplazó hacia un lado. El viejo hizo un gesto con la cabeza–. Adelante. Siéntese.
Shumway se acercó despacio a la máquina.
Stiles pulsó otro botón y la máquina se iluminó como las telarañas de una cueva. Absorbía tiempo y expulsaba recuerdos. Había espectros en sus venas de cristal. Un gran dios arácnido había tejido sus tapices en una sola noche. Estaba embrujada y estaba viva. Mareas invisibles iban y venían por su maquinaria. Soles ardían y lunas ocultaban sus ciclos en su interior. Allí, un otoño volaba en mil pedazos; allí, los inviernos llegaban con nieves que flotaban como pétalos primaverales para caer en los campos del verano.
El joven se sentó en mitad de todo aquello, sin habla, asido a los reposabrazos del asiento acolchado.
–No tenga miedo –dijo el viejo, con voz suave–. No voy a mandarlo a ningún viaje.
–No me importaría –dijo Shumway.
El viejo escrutó su rostro.
–No, veo que no. Se parece a mí hace cien años, este mismo día. Que me zurzan si no es usted mi hijo honorífico. –El joven cerró los ojos al oír aquello, y sus párpados titilaron mientras los espectros de la máquina suspiraban a su alrededor prometiéndole otro mañana–. Bueno, ¿qué opina de mi Convector Toynbee? –dijo el viejo bruscamente, para romper el hechizo. Apagó la máquina. El joven abrió los ojos.
–¿El Convector Toynbee? ¿Qué…?
–Más misterios, ¿eh? El gran Toynbee, aquel estupendo historiador que dijo que cualquier grupo, cualquier raza, cualquier mundo que no corriera a hacerse con el futuro estaba condenado a convertirse en polvo en la tumba, en el pasado.
–¿Eso dijo?
–O algo por el estilo. Sí. En fin, qué mejor nombre para mi máquina, ¿no? Toynbee, estés donde estés, ¡he aquí tu máquina para hacerse con el futuro! –Agarró al joven por el codo y lo ayudó a bajar de la máquina–. Suficiente por hoy. Es tarde. Es casi la hora de la gran llegada, ¿eh? ¡Y del trascendental anuncio final de este viejo viajero del tiempo! ¡Vamos!
De nuevo en la azotea, miraron hacia los jardines donde se arremolinaban ya los famosos y casi famosos de todo el mundo. Las carreteras cercanas estaban atascadas; el cielo estaba repleto de helicópteros y biplanos expectantes. Las alas delta habían desistido hacía mucho y ahora llenaban todo el borde del acantilado como una turba de pterodáctilos de colores, con las alas plegadas, las cabezas levantadas, mirando fijamente las nubes, a la espera.
–Todo esto –murmuró el viejo–, Dios, por mí.
El joven comprobó su reloj.
–Faltan diez minutos para las cuatro. Es casi la hora de la gran llegada. Discúlpeme; así la llamé cuando escribí sobre usted la semana pasada para el News. El momento de la aparición y la desaparición, en un abrir y cerrar de ojos, cuando, cruzando el tiempo, usted cambió todo el futuro del mundo y la noche pasó a ser día, la oscuridad, luz. A menudo me pregunto…
–Qué.
Shumway escrutó el cielo.
–Cuando avanzó en el tiempo, ¿nadie lo vio llegar? ¿Nadie levantó la vista por casualidad, ya me entiende, y vio su aparato suspendido en el aire, aquí y sobre Chicago después, y luego Nueva York y París? ¿Nadie?
–Bueno –dijo el inventor del Convector Toynbee–, ¡supongo que nadie me esperaba! Y si la gente me vio, seguro que no sabían qué demonios estaban mirando. Además, me cuidé de no entretenerme demasiado. Solo necesitaba tiempo para fotografiar las ciudades reconstruidas, los mares y ríos limpios, el aire puro y limpio de esmog, las naciones desfortalecidas, nuestras queridas ballenas a salvo. Me moví deprisa, fotografié más deprisa aún y enseguida retrocedí en el tiempo para volver a casa. Paradójicamente, lo de hoy es distinto. Millones y millones de ojos agolpados contemplarán el cielo llenos de esperanza. Mirarán al joven insensato refulgiendo en el cielo y a este viejo tonto de aquí, ¿no?, todavía encantados con su triunfo…
–Pues sí –dijo Shumway–. ¡Eso harán, sí!
Descorcharon una botella. Shumway apartó la mirada de las multitudes en los campos cercanos y la multitud de objetos que trazaban círculos en el cielo y vio que Stiles estaba sirviendo champán.
–Nuestro brindis privado y nuestra celebración privada.
Alzaron sus copas, esperando el momento exacto y apropiado para beber.
–Faltan cinco minutos para las cuatro. Caray –dijo el joven periodista–, ¿es que nadie había viajado nunca en el tiempo?
–Yo mismo le puse fin –dijo el viejo, asomándose desde la azotea para mirar las multitudes–. Me di cuenta de lo peligroso que era. Yo era de fiar, obviamente, no hubo daños. Pero, Dios, imagine que…, cualquiera pudiera recorrer los carriles del tiempo por venir como una bola de bolos, tumbando bolos sin ton ni son, aterrorizando a nativos, conmocionando a los habitantes de otras ciudades, trasteando con la vida de Napoleón o restaurando a los primos de Hitler… No, no. Y el gobierno, obviamente, estuvo de acuerdo, no, insistió en que guardáramos el Convector Toynbee bajo llave. Hoy, usted ha sido el primero y el último en dejar sus huellas dactilares en su maquinaria. La guardia ha sido dura y constante, durante decenas de miles de días, para evitar que robaran la máquina. ¿Qué hora tiene?
Shumway miró su reloj y respiró hondo.
–Falta un minuto…
Contó, y el viejo también. Levantaron sus copas de champán.
–Nueve, ocho, siete…
Abajo, el silencio de las multitudes era inmenso. El cielo susurraba de expectación. Las cámaras de televisión apuntaron hacia arriba en busca de algo.
–Seis, cinco… –Sus copas entrechocaron–. Cuatro, tres, dos… –Bebieron–. ¡Uno!
Bebieron champán entre risas. Miraron al cielo. El aire dorado sobre la cosa de La Jolla aguardaba. Era el momento de la gran llegada.
–¡Ahora! –gritó el joven periodista, como un mago dando órdenes.
–Ahora –dijo Stiles con una calma solemne.
Nada.
Pasaron cinco segundos. El cielo seguía vacío. Pasaron diez segundos. El cielo esperaba. Pasaron veinte segundos. Nada.
Por fin, Shumway se volvió para inquirir con la mirada al viejo que tenía al lado. Stiles lo miró, se encogió de hombros y dijo:
–Mentí.
–¡¿Cómo?! –gritó Shumway.
Abajo, las multitudes se movían con nerviosismo.
–Mentí –dijo el viejo sin más.
–¡No!
–Pues sí –dijo el viajero del tiempo–. Nunca he ido a ninguna parte. Estaba aquí, pero fingí que me había ido. La máquina del tiempo no existe…, parece una, nada más.
–Pero ¿por qué? –exclamó el joven, desconcertado, sujeto a la barandilla en el borde de la azotea–. ¿Por qué?
–Veo que lleva una grabadora en el bolsillo de la chaqueta. Enciéndala. Sí. Eso. Quiero que todo el mundo oiga esto. A ver. –El viejo apuró su champán y dijo–. Porque nací y me crie en una época, los sesenta, los setenta y los ochenta, en la que la gente había dejado de creer en sí misma. Vi en ese descreimiento el motivo que quitaba las ganas de vivir, y eso me conmovió, me deprimió y luego me cabreó. Veía y oía dudas por todas partes. Descubría destrucción por todas partes. Había desesperación profesional, hastío intelectual, cinismo político. Y lo que no era hastío y cinismo era escepticismo descarado y nihilismo incipiente.
El viejo se detuvo al recordar algo. Se agachó y de debajo de una mesa sacó una botella especial de Borgoña tinto con el año 1984 en la etiqueta. Mientras hablaba, empezó a abrirla, quitándole el corcho añejo con delicadeza.
–Lo veías miraras donde miraras. La economía era una tortuga. El mundo era una fosa séptica. Las finanzas eran un misterio irresoluble. La melancolía era la actitud. La imposibilidad de un cambio era la moda. El fin del mundo era el eslogan. No merecía la pena hacer nada. Te ibas a la cama a las once empachado de malas noticias, te levantabas a las siete de la mañana con noticias peores. Pasabas el día como quien camina bajo el agua. Por la noche te ahogabas en una pleamar de plagas y pestilencias. ¡Ah!
El corcho salió despacio con un plop. El ahora inocuo reserva de 1984 estaba listo para respirar. El viajero del tiempo lo olisqueó y asintió.
–No eran cuatro los jinetes del apocalipsis que cabalgaban por el horizonte para abatirse sobre nuestras ciudades, sino cinco, y el quinto jinete que cabalgaba con ellos era el peor de todos: la desesperación, envuelta con los ropajes negros de la derrota, gritaba nada más que repeticiones de desastres pasados, fracasos presentes y cobardías futuras.
»En un bombardeo de barcia y simiente oscura, ¿qué clase de cosecha podía esperar un hombre a finales del increíble siglo veinte? Olvidada había quedado ya la luna, olvidados los paisajes rojos de Marte, el gran ojo de Júpiter, los apabullantes anillos de Saturno. Nos negábamos a hallar consuelo. Llorábamos ante la tumba de nuestro hijo, y el hijo éramos nosotros».
–¿Así estaban las cosas hace cien años? –preguntó Shumway en voz baja.
–Sí –el viajero del tiempo levantó la botella de vino como si esta contuviese la prueba. Se sirvió una copa, la miró, la olió y prosiguió–. Ha visto documentales y ha leído libros de aquella época. Lo sabe todo.
»Hubo varios momentos luminosos, obviamente. Cuando Salk repartió vida entre los niños del mundo. O la noche en que el Eagle aterrizó o aquel gran paso para la humanidad en la luna. Pero la mente y la boca de muchos pesimistas jaleaban al quinto jinete. Con muchas ganas de que triunfara, daba la sensación. Porque así podrían decir con lúgubre satisfacción que sus vaticinios de fatalidad eran acertados desde el día uno. Y se proclamaban profecías que se autocumplirían; cavamos nuestras tumbas y nos tumbamos dentro».
–Y usted no podía permitirlo… –dijo el joven periodista–. Sé que no. Y por eso construyó el Convector Toynbee…
–No de golpe. Estuve años dándole vueltas. –El viejo hizo una pausa para hacer girar el vino oscuro, lo miró unos instantes y lo probó, con los ojos cerrados–. Entretanto, me ahogaba, desesperaba, lloraba en silencio de madrugada, pensando, ¿qué puedo hacer yo para salvarnos de nosotros mismos? ¿Cómo salvar a mis amigos, a mi ciudad, a mi estado, a mi país, al mundo entero de esta obsesión con la fatalidad? En fin, una madrugada estaba en mi biblioteca y mi mano, buscando entre las estanterías, terminé encontrando un libro antiguo y apreciado de H. G. Wells. Su máquina del tiempo llamaba, como un espectro, a través de los años. ¡La oí! La entendí. Escuché con atención. Luego hice los planos. Fabriqué. Viaje, o eso pareció. Lo demás, como ya sabe, es historia.
El anciano viajero del tiempo se bebió el vino, abrió los ojos.
–Dios bendito –susurró el joven periodista, meneando la cabeza–. Ay, Dios. Increíble, increíble…
Había ya una gran agitación en los jardines de abajo, y en los campos a lo lejos y en las carreteras y en el aire. Millones seguían a la espera. ¿Qué pasaba con la gran llegada?
–En fin –dijo el viejo, sirviéndole otra copa de vino al joven periodista–. Soy un caso, ¿eh? Fabriqué las máquinas, construí miniaturas de las ciudades, los lagos, los estanques, los mares. Erigí arquitecturas inmensas frente a cielos cristalinos, hablé con los delfines, jugué con las ballenas, falsifiqué cintas, mitifiqué películas. Ah, tardé años, ¡años de trabajo extenuante y preparativos secretos, hasta que anuncié mi viaje, me fui y regresé con buenas noticias!
Se bebieron el resto del vino añejo. Había un rumor de voces. Todas las personas de abajo miraban hacia la azotea.
El viajero del tiempo saludó y dio media vuelta.
–Deprisa. A partir de ahora depende de usted. Tiene la cinta con mi voz, recién grabada. Aquí tiene tres cintas más, con más información. Y aquí una cinta de vídeo con la historia completa de mi ingenioso fraude. Y aquí, un manuscrito final. Tome, cójalo todo, transmítalo. Lo nombro el hijo que ha de explicar al padre. ¡Deprisa!
Apremiado a subir de nuevo al ascensor, Shumway sintió que el mundo se desmoronaba a sus pies. No sabía si reír o llorar y, al final, soltó un gran aullido.
El viejo, sorprendido, aulló con él mientras salían del ascensor y se acercaban al Convector Toynbee.
–Entiende la intención, ¿verdad, hijo? ¡La vida siempre ha consistido en engañarnos a nosotros mismos! De niños, de jóvenes, de adultos. De niñas, de muchachas, de mujeres, mentimos un poco y luego demostramos que son verdades. Tejemos sueños y debajo de los sueños guardamos el cerebro, las ideas, la carne y lo verdaderamente real. Al final, todo es una promesa. Lo que parece una mentira es una necesidad destartalada que desea nacer. Veamos. Así. –Pulsó el botón que levantaba la carcasa de plástico, pulsó otro que puso la máquina del tiempo a ralentí, luego dio unos pasos para lanzarse al asiento del Convector Toynbee–. ¡Accione la última palanca, muchacho!
–Pero…
–Está pensando… –El viejo se echó a reír–. Si la máquina del tiempo es un fraude, no va a funcionar, qué sentido tiene accionar una palanca, ¿a que sí? Acciónela igualmente. Esta vez, ¡va a funcionar!
Shumway se volvió, encontró la palanca, la agarró y miró a Craig Bennet Stiles.
–No lo entiendo. ¿Adónde va?
–Caray, a ser uno con los tiempos, obviamente. A existir, pero en el pasado remoto.
–¿Eso es posible?
–Créame, esta vez sucederá. Adiós, querido joven, es usted estupendo y muy amable.
–Adiós.
–Bien. Diga mi nombre.
–¿Qué?
–Diga mi nombre y accione la palanca.
–¿Viajero del tiempo?
–¡Sí! ¡Ahora!
El joven accionó con fuerza la palanca. La máquina vibró, rugió, refulgió de energía.
–Ah –dijo el viejo, cerrando los ojos. Sonrió con dulzura–. Sí.
Su cabeza cayó contra su pecho.
Shumway gritó, apagó el interruptor y corrió a arrancar las correas que sujetaban al viejo a su aparato.
Mientras lo hacía, se detuvo, palpó la muñeca del viajero del tiempo, lo tocó con los dedos debajo del cuello para buscarle el pulso y gruñó. Empezó a llorar.
En efecto, el viejo había retrocedido en el tiempo, un tiempo cuyo nombre era muerte. Había emprendido un viaje eterno hacia el pasado.
Shumway retrocedió y encendió de nuevo la máquina. Si el viejo iba a viajar, que la máquina –simbólicamente, al menos– lo acompañara. Emitió un zumbido compasivo. Su fuego, el brillante fuego solar, quemó todas sus rejillas y armazones arácnidos e iluminó las mejillas y la amplia frente del anciano viajero, cuya cabeza parecía asentir con las vibraciones y cuya sonrisa, mientras se adentraba en las tinieblas, era la de un niño entusiasmado.
El periodista permaneció allí un buen rato más, secándose las mejillas con el dorso de la mano. Luego, dejando la máquina encendida, se volvió, cruzó la sala, apretó el botón del ascensor de cristal y, mientras esperaba, sacó las citas y los casetes del viajero del tiempo de los bolsillos de su chaqueta y, uno a uno, los arrojó al conducto de la incineradora de basura que había en la pared.
Las puertas del ascensor se abrieron, Shumway entró, las puertas se cerraron. El ascensor vibró, como otra máquina del tiempo, y lo llevó hacia un mundo estupefacto, un mundo expectante, lo elevó hacia un continente luminoso, una tierra futura, el planeta asombroso y superviviente…
Que un hombre y su mentira habían creado.
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