el crimen absolutamente perfecto
spanish
La idea para cometer un asesinato era tan absolutamente perfecta, tan increíblemente deliciosa, que la cabeza se me fue y cruzó la mitad del país.
Por algún motivo, la idea se me ocurrió el día que cumplí cuarenta y ocho años. No sabría decir por qué no se me ocurrió cuando tenía treinta o cuarenta. Quizás porque fueron años buenos y los pasé sin ser consciente del tiempo ni de los relojes, ni de la escarcha que se acumulaba en mis sienes ni del gesto leonino en mi mirada…
En fin, que el día que cumplí cuarenta y ocho, en casa, tumbado en la cama por la noche con mi mujer al lado y los niños dormidos en el silencio de las demás habitaciones iluminadas por la luna, pensé: Voy a levantarme y a matar a Ralph Underhill. ¡Ralph Underhill!, grité, ¿quién demonios es ese? ¿Matarlo, treinta y seis años después? ¿Por qué?
Caray, pensé, por lo que me hizo cuando tenía doce años. Una hora más tarde, mi mujer se despertó al oír ruidos.
–¿Doug? –dijo–. ¿Qué haces?
–La maleta –dije–. Salgo de viaje.
–Ah –murmuró, dio media vuelta y se durmió.
–¡Al tren! ¡Viajeros al tren! –Los gritos del mozo resonaron por todo el andén.
El tren se sacudió y retumbó.
–¡Nos vemos! –grité, subiendo la escalerilla de un salto.
–¡Ojalá algún día cojas el avión! –respondió mi mujer.
¿El avión?, pensé, ¿y desaprovechar todo un viaje por las llanuras para pensar el asesinato? ¿Desaprovechar el viaje para lubricar la pistola y cargarla y pensar en la cara de Ralph Underhill cuando me viera aparecer treinta y seis años después para ajustar cuentas? ¿Un avión? Caray, prefiero cruzar el país campo a través, parando por las noches para hacer una hoguera y freír mi bilis y mi mala baba y comerme de nuevo mi vieja y momificada, pero todavía viva, hostilidad y lamerme unas heridas que no van a sanar nunca. ¡¿Un vuelo?!
El tren se puso en marcha. Mi mujer quedó atrás. Puse rumbo al pasado.
Mientras cruzábamos Kansas la segunda noche, nos topamos con una tormenta preciosa. Me quedé levantado hasta las cuatro de la madrugada, escuchando los desvaríos del viento y los truenos. En el cénit de la tormenta, vi mi rostro, una copia en negativo en un cuarto oscuro, reflejado en el cristal de la ventanilla y pensé: ¿Adónde va ese imbécil? ¡A matar a Ralph Underhill!
¿Por qué? ¡Porque sí!
¿No te acuerdas de cómo me pegaba en el brazo? Moratones. Tenía los dos brazos llenos de moratones; extraños moratones amarillos y azul oscuro, con motitas negras. Puñetazo y a correr, ese era Ralph, puñetazo y a correr…
Y sin embargo…, ¿no lo querías?
Sí, como se quieren los niños cuando tienen ocho, diez, doce años, y el mundo es inocencia y los niños son la maldad personificada porque no saben lo que hacen, pero aun así lo hacen. De ahí que, en un nivel secreto, tuvieran que hacerme daño. Los buenos amigos nos necesitábamos mutuamente. Yo que me pegaran. Él pegar. Mis cicatrices eran el emblema y el símbolo de nuestro amor.
¿Qué otra cosa te lleva a querer matar a Ralph después de tantos años? El silbato del tren chilló. Los campos pasaban en la noche a toda velocidad.
Y recordé que una primavera llegué al colegio con un traje nuevo de tweed y Ralph me tiró al suelo de un empujón, revolcándome en nieve y en barro marrón y fresco. Y Ralph se rio y yo me fui a casa, con gesto avergonzado, cubierto de lodo, temiendo una azotaina, a cambiarme de ropa.
¡Sí! ¿Y qué más?
¿Recuerdas aquellas figuritas de arcilla del programa de radio de Tarzán que tanto ansiabas coleccionar? ¡¿Figuritas de Tarzán, de la mona Chita y del león Numa, por solo veinticinco centavos cada una?¡ ¡Sí, sí! ¡Preciosas! Incluso ahora, al recordarlo, ¡ah, el sonido del alarido del hombre simio balanceándose por el verde de junglas lejanas! Pero ¿quién tenía veinticinco centavos en mitad de la Gran Depresión? Nadie.
Salvo Ralph Underhill.
Y un día Ralph te preguntó si querías una de las figuritas. ¡¿Que si quería una?!, gritaste. ¡Sí! ¡Sí!
Fue la misma semana que tu hermano, en un extraño ataque de amor mezclado con desprecio, te regaló su viejo, pero caro, guante de béisbol.
–Vale –dijo Ralph–, yo te doy la figurita de Tarzán que tengo repetida si tú me das ese guante de béisbol.
¡Tonto!, pensé. La figurita vale veinticinco centavos. El guante cuesta dos dólares. ¡No es justo! ¡No lo hagas!
Pero corrí a casa de Ralph con el guante y se lo di y él, sonriendo con un desprecio mayor que el de mi hermano, me dio la figurita de Tarzán y yo, rebosante de alegría, corrí a casa.
Mi hermano tardó dos semanas en enterarse de lo de su guante y la figurita, y cuando se enteró, me dejó tirado y solo durante una excursión a una granja por lo capullo que había sido.
–¡Figuritas de Tarzán! ¡Guantes de béisbol! –gritó–. ¡No pienso regalarte nada nunca más!
Y en alguna parte de una carretera rural, me tumbé en el suelo a llorar y quería morirme, pero no sabía cómo echar el vómito final que era mi miserable espectro.
Los truenos murmuraron.
La lluvia caía contra las ventanillas frías del vagón de la Pullman. ¿Qué más? ¿Ahí termina la lista?
No. Una última cosa, más terrible que las demás.
Cada año que ibas a casa de Ralph a tirar piedrecitas a su ventana recién cubierta del rocío de la madrugada y con decoraciones del Cuatro de Julio para avisarlo de la llegada de los circos a primera hora de la mañana a las estaciones de tren frías y azules a finales de junio o a finales de agosto, cada año, Ralph no fue a tu casa ni una sola vez.
Ni una sola vez, en tantos años, ni él ni nadie, te demostró su amistad pasándose por tu casa. Nunca llamaron a la puerta. La ventana de tu cuarto nunca resonó ni repiqueteó muy ligeramente con un confeti de polvo y piedrecitas lanzadas al aire.
Y siempre supiste que el día que dejaras de ir a casa de Ralph, a llamarlo por las mañanas, sería el día en que acabaría vuestra amistad.
Una vez hiciste la prueba. Dejaste de aparecer durante una semana. Ralph no llamó nunca. Fue como si te hubieras muerto y nadie hubiese ido a tu entierro.
Cuando viste a Ralph en el colegio, ni se sorprendió, ni te preguntó, ni mostró ni el más mínimo ápice de curiosidad posible. ¿Dónde estabas, Doug? Necesitaba pegarle a alguien. ¿Dónde has estado, Doug? ¡No tenía a quien pellizcar!
Haz recuento de sus pecados. Pero, sobre todo, piensa en el último:
Nunca fue a mi casa. Nunca canturreó mi nombre bajo mi lecho matutino ni arrojó una piedrecita cual grano de arroz nupcial a los cristales para pedirme que bajara a disfrutar de los días de verano.
Y por esto último, Ralph Underhill, pensé, sentado en el tren a las cuatro de la madrugada, mientras la tormenta remitía y descubría que los ojos se me habían llenado de lágrimas, por esto último, definitivo, voy a matarte mañana por la noche.
A matarlo, pensé, treinta y seis años después. Caray, estás más loco que Ahab.
El tren gemía. Cruzábamos los campos a toda velocidad como una Moira griega propulsada por una de las Furias romanas.
Dicen que no se puede volver al pasado.
Es mentira.
Si tienes suerte con la hora y llegas con la puesta de sol, tu antiguo pueblo está colmado de luz amarilla.
Bajé del tren y caminé por Green Town y contemplé el juzgado, incendiado con la luz del atardecer. De todos los árboles colgaban doblones de color dorado. Cada tejado y cada albardilla y cada migaja de galleta de jengibre era de bronce puro y oro antiguo.
Me senté en la plaza del juzgado entre perros y ancianos hasta que el sol se puso y Green Town quedó a oscuras. Quería saborear la muerte de Ralph Underhill.
Nadie en la historia había cometido un crimen como aquel.
Esperaría, mataría, me iría, un desconocido entre desconocidos.
¿Quién osaría decir, al hallar el cuerpo de Ralph en la puerta de su casa, que un niño de doce años, llegado en una especie de máquina del tiempo ferroviaria, propulsado por un horrible autodesprecio, había matado al pasado de un balazo? Estaba fuera de toda lógica. Estaba a salvo en mi locura total.
Finalmente, a las ocho y media de aquella noche fría de octubre, crucé el pueblo y dejé atrás el barranco.
Nunca dudé de que Ralph seguiría allí. Al fin y al cabo, la gente se muda…
Giré en la calle Park y bajé unos doscientos metros hasta una farola solitaria y miré hacia el otro lado de la calle. La casa blanca de Ralph Underhill, dos plantas de estilo victoriano, me esperaba.
Y podía sentir que estaba dentro.
Allí estaba, con cuarenta y ocho años, y allí estaba yo, con cuarenta y ocho años, con una sensación antigua y exhausta que me devoraba por dentro.
Me aparté de la luz, abrí la maleta, me guardé la pistola en el bolsillo derecho del abrigo, cerré la maleta y la escondí entre unos arbustos para, más tarde, recuperarla, bajar por el barranco y cruzar el pueblo hasta la estación de tren.
Crucé la calle y me detuve delante de su casa, la misma casa ante la que me había detenido treinta y seis años atrás. Allí estaban las ventanas a las que había arrojado ramos primaverales de piedrecitas con amor y una entrega total. Allí estaban las aceras, salpicadas de quemaduras de fuegos artificiales de antiguos Cuatro de Julio, cuando Ralph y yo hacíamos volar el puñetero mundo por los aires, celebrándolo a berridos.
Me acerqué al porche y vi las letritas en el buzón: underhill.
¿Y si abre su mujer?
No, pensé, él, con su absoluta perfección greco-trágica, abrirá la puerta y recibirá la bala y casi se alegrará de morir por sus antiguas ofensas y pecados menores que, por una cosa o por otra, se habían convertido en crímenes.
Llamé al timbre.
¿Me reconocerá después de tanto tiempo?, me pregunté. En el instante previo al primer disparo, dile tu nombre. Tiene que saber quién eres.
Silencio.
Llamé al timbre otra vez. El pomo se movió.
Toqué la pistola en el bolsillo, con el corazón a mil, pero no la saqué.
La puerta se abrió.
Ahí estaba Ralph Underhill. Parpadeó, me miró fijamente.
–¿Ralph? –dije.
–¿Sí…? –dijo.
Nos quedamos allí, desgarrados, no más de cinco segundos. Pero, ay Dios, cuántas cosas pasaron en esos veloces cinco segundos.
Vi a Ralph Underhill. Lo vi claramente.
No lo veía desde que tenía doce años.
Por entonces, me sacaba dos cabezas, me molía a palos y me gritaba. Ahora era un anciano pequeñito.
Yo mido uno setenta y cinco.
Pero Ralph Underhill apenas había crecido desde que cumplió los doce.
El hombre que tenía delante apenas levantaba un metro y medio del suelo.
Yo le sacaba dos cabezas.
Ahogué un grito. Lo miré fijamente. Y vi más cosas. Yo tenía cuarenta y ocho años. Pero Ralph Underhill, también con cuarenta y ocho, había perdido casi todo el pelo, y el que le quedaba era de un gris andrajoso, blanco y negro. Aparentaba sesenta o sesenta y cinco.
Yo gozaba de buena salud.
Ralph Underhill estaba pálido como la cera. Tenía cara de saber lo que es la enfermedad. Había viajado por una tierra sin sol. Tenía el gesto devastado y hundido. El aliento le oía a corona fúnebre.
Percibir todo aquello fue como la tormenta de la noche previa, una concentración de rayos y truenos en una única conmoción resplandeciente. Y ambos estábamos en medio de la explosión.
¿Para esto he venido?, pensé. O sea que esta es la verdad. Este espantoso instante en el tiempo. No sacar el arma. No matar. No, no. Sino…
Ver a Ralph Underhill tal y como es ahora mismo. Eso es todo.
Estar allí, de pie, y ver en qué se ha convertido.
Ralph Underhill levantó una mano en una suerte de gesto de asombro. Sus labios temblaron. Sus ojos volaban por mi cuerpo de la cabeza a los pies mientras su mente sopesaba al gigante que ensombrecía su puerta. Y, por fin, su voz, un hilillo, frágil, barbotó:
–¿Doug…? –Retrocedí–. ¿Doug? –resolló–. ¿Eres tú?
Eso no me lo había esperado. ¡La gente no se acuerda! ¡Es incapaz! ¿Después de tantos años? ¿Por qué iba a saber, a molestarse en recordar, en reconocerme, en pronunciar mi nombre?
De repente, se me ocurrió la idea descabellada de que a Ralph Underhill lo que le había pasado era que, cuando me fui del pueblo, su vida se derrumbó. Yo era el centro de su mundo, alguien a quien atacar, pegar, apalear, magullar. Su vida se había resquebrajado treinta y seis años atrás cuando, sencillamente, decidí irme.
¡Ridículo! Aun así, una certeza correteó por mi cerebro como un ratoncillo enloquecido y chilló lo que sabía: Tú necesitabas a Ralph, pero ¡él te necesitaba más aún! ¡Fuiste tú quien abrió una herida imperdonable! Desapareciste.
–¿Doug? –repitió, porque yo me había quedado callado allí en el porche con las manos en los costados–. ¿Eres tú?
Era el momento que había estado esperando.
A cierto nivel sanguíneo secreto, siempre había sabido que no iba a usar el arma. La había llevado conmigo, sí, pero el tiempo se me había adelantado, y también la edad, y muertes más modestas, más terribles…
Bang.
Seis disparos en el corazón.
Pero no utilicé la pistola. Susurré el ruido de los disparos, nada más. Con cada susurro, el rostro de Ralph Underhill envejecía diez años más. Cuando susurré el último disparo, Ralph tenía ciento diez años.
–Bang –susurré–. Bang. Bang. Bang. Bang. Bang. –Su cuerpo se sacudió con cada impacto–. Estás muerto. Ay, Dios, Ralph, estás muerto.
Di media vuelta y bajé los escalones y salí a la calle antes de que repitiera:
–Doug, ¿eres tú? –No respondí, seguí caminando–. ¡Contéstame! –gritó, sin muchas fuerzas–. ¡Doug! Doug Spaulding, ¿eres tú? ¿Quién eres? ¿Quién eres?
Cogí mi maleta y me interné en la noche repleta de grillos y la oscuridad del barranco y crucé el puente y subí las escaleras y me alejé.
–¿Quién eres? –lo oí decir una última vez. Ya lejos, miré atrás.
Todas las luces de la casa de Ralph Underhill estaban encendidas. Como si hubiese recorrido la casa para encenderlas todas después de que me fuera.
Al otro lado del barranco, me detuve en el jardín de delante de la casa en la que nací.
Luego, cogí un puñadito de grava e hice lo que no había hecho nunca, en toda mi vida.
Arrojé el puñadito de grava contra la ventana tras la que había esperado cada mañana de los primeros doce años de mi vida. Grité mi nombre. Me grité que bajara a jugar con los amigos en un largo verano que ya no existía.
Esperé lo suficiente para que mi yo joven bajara y se uniera a mí.
Luego, rápidamente, huyendo del amanecer, nos fuimos corriendo de Green Town y, gracias a Dios, regresamos juntos al hoy y al ahora del resto de mi vida.