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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el esqueleto

spanish

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Hacía tiempo que tendría que haber vuelto al médico. El señor Harris se asomó pálido al hueco de las escaleras y mientras las subía vio el nombre del doctor Burleigh en una placa dorada encima de una flecha. ¿Suspiraría el doctor Burleigh cuando entrara? Al fin y al cabo, aquella sería su décima visita en lo que iba de año. Pero Burleigh no debería quejarse; ¡cobraba por los chequeos!
La enfermera miró al señor Harris y sonrió, disfrutando un poco con aquello, mientras se acercaba de puntillas a la puerta de cristal, la abría y asomaba la cabeza. Harris creyó oírla decir: «Adivine quién está aquí, doctor». Pero no oyó la réplica del médico: «Ay, por Dios, ¿otra vez?». Harris tragó saliva, incomodado.
Cuando Harris entró, el doctor Burleigh resopló.
–¡Otra vez le duelen los huesos! ¡Uf! –Frunció el ceño y se recolocó las gafas–. Querido señor Harris, lo hemos restregado con los peines de dientes más finos y los mejores cepillos antibacterianos que la ciencia conoce. Son nervios, nada más. A ver esos dedos. Fuma demasiado. A ver ese aliento. Demasiadas proteínas. A ver esos ojos. Duerme poco. ¿Mi diagnóstico? Acuéstese, reduzca las proteínas, deje de fumar. Diez dólares, por favor.
Harris se enfurruñó.
El médico levantó la vista de sus papeles.
–¿Sigue ahí? ¡Es usted un hipocondriaco! Y ahora son once dólares.
–Pero ¿por qué me duelen los huesos?
El doctor Burleigh habló como quien le habla a un niño.
–¿Alguna vez ha tenido molestias en un músculo y aun así ha seguido toqueteándoselo, irritándoselo, restregándoselo? Cuanto más lo incordia, peor se pone. Y cuando lo deja en paz, la molestia desaparece. Se da cuenta de que casi toda la molestia se la ha provocado usted. En fin, hijo, eso es lo que le pasa. Déjese usted en paz. Tómese unas sales. Haga ese viaje a Phoenix que tantos meses lleva planteándose. ¡Viajar le sentará bien!
Cinco minutos después, el señor Harris rebuscaba entre las páginas de una guía telefónica en la farmacia de la esquina. ¡De imbéciles ciegos como Burleigh, uno solo sacaba compasión! Recorrió con el dedo la lista de especialistas en huesos y encontró a uno llamado M. Munigant.
Munigant no era médico, ni tenía ninguna titulación académica debajo de su nombre, pero su consulta quedaba bastante a mano. Había que bajar tres manzanas, cruzar una…
Munigant, como su consulta, era pequeño y tenebroso. Y, como su consulta, olía a yodoformo, a yoduro y a otras cosas raras. Sin embargo, se le daba bien escuchar, y lo hacía moviendo con entusiasmo sus ojos brillantes, y cuando se dirigía a Harris, tal era su acento que siseaba cada palabra; a causa de una dentadura imperfecta, sin duda.
Harris se lo contó todo.
M. Munigant asintió. Había visto casos iguales. Los huesos del cuerpo. Una persona no era consciente de sus huesos. Uy, sí, los huesos. El esqueleto. Lo más difícil. Algo relacionado con un desequilibrio, una falta de sensibilidad en la coordinación entre el alma, la carne y el esqueleto. Complicadísimo, siseó suavemente M. Munigant. Harris escuchaba, fascinado. ¡Por fin había un médico que entendía su enfermedad! Era psicológico, dijo M. Munigant. Se movió deprisa, con delicadeza, hacia una pared descolorida y desplegó media docena de radiografías que embrujaron el cuarto con imágenes de objetos flotando en una marea ancestral. ¡Hola, hola! ¡Sorpresa, el esqueleto! Retratos luminosos de huesos largos, cortos, anchos y finos. ¡Debía ser consciente de su situación, de su problema, señor Harris! La mano de M. Munigant golpeteaba, tamborileaba, susurraba, rascaba una vaga nebulosa de carne en la que levitaban fantasmas de cráneos, médulas espinales, pelvis, cal, calcio, tuétanos, ¡ahí, esto, eso, aquello, lo otro y lo de más allá! ¡Fíjese!
Harris se estremeció. Un viento verde fosforescente aventaba las radiografías y las láminas desde una tierra habitada por los monstruos de Dalí y Füssli. M. Munigant siseó por lo bajo. ¿Quería el señor Harris que…, le tratara los huesos?
–Pues depende –dijo Harris.
Bueno, M. Munigant no podía ayudar a Harris hasta que Harris no mostrara buena disposición. En el plano psicológico, uno tenía que necesitar ayuda, o, de lo contrario, el médico no servía para nada. Pero (se encogió de hombros) M. Munigant podía «probar».
El señor Harris se tumbó en una camilla con la boca abierta. Las luces se apagaron, las persianas se cerraron. M. Munigant se acercó a su paciente.
Harris notó algo en la lengua.
Sintió que le forzaban la mandíbula. Crujió e hizo leves ruidos chirriantes. Le pareció que uno de los esqueletos de las láminas en la pared en penumbra tiritaba y saltaba. Un escalofrío recorrió a Harris. Sin querer, cerró la boca de golpe.
M. Munigant gritó. ¡Por poco no le había arrancado la nariz! ¡Era inútil, inútil! ¡No era buen momento! Munigant, tremendamente decepcionado, levantó las persianas entre susurros. Cuando el señor Harris se viera capaz de cooperar psicológicamente, cuando el señor Harris necesitara ayuda de verdad y confiara en M. Munigant para que se la prestara, quizás se podría hacer algo. M. Munigant le tendió su manita. Hasta entonces, eran dos dólares por la consulta. El señor Harris debía considerarlo. Ahí tenía un diagrama para que se lo llevara a casa y lo estudiara. Y se familiarizara con su propio cuerpo. Debía tomar conciencia de sí mismo y hacerlo con sobrecogimiento. No podía bajar la guardia. Los esqueletos eran objetos extraños, difíciles de manejar. Los ojos de M. Munigant centellearon. Buenos días, señor Harris. Por cierto, ¿le apetecía un colín? M. Munigant ofreció a Harris un tarro de colines largos y duros, cogiendo uno mientras le decía que comer colines le ayudaría a…, esto…, a practicar. ¡Buenos días, señor Harris, buenos días! El señor Harris se fue a casa.
Al día siguiente, domingo, el señor Harris tenía innumerables molestias en la piel y dolores por todo el cuerpo. Sin apartar la vista, se pasó la mañana mirando con atención y con interés renovado la pequeña y anatómicamente perfecta lámina de un esqueleto que M. Munigant le había dado.
Su mujer, Clarisse, lo sobresaltó durante la cena cuando, uno a uno, se crujió sus exquisitos dedos hasta que Harris se tapó los oídos y gritó:
–¡Basta!
Durante el resto de la tarde, se encerró en su habitación. Clarisse jugaba al bridge en la salita entre risas y cháchara con otras tres mujeres mientras Harris, escondido, toqueteaba y sopesaba las extremidades de su cuerpo con creciente curiosidad. Una hora más tarde, salió de repente y la llamó a voces:
–¡Clarisse!
Ella tenía tendencia a entrar en las habitaciones como si bailara, haciendo con el cuerpo todo tipo de cosas delicadas y agradables con el fin de evitar que sus pies rozaran siquiera la trama de las alfombras. Se disculpó con sus amigas y fue a verlo, risueña. Lo encontró reubicado en uno de los rincones del fondo, con la mirada fija en la lámina anatómica.
–¿Sigues empollando, cariño? –le preguntó–. Déjalo ya, por favor. –Se sentó sobre sus rodillas.
La belleza de Clarisse no pudo sacarlo de su ensimismamiento. Harris hizo malabarismos con la ligereza de su mujer y le tocó la rótula, suspicaz. Le pareció que se movía bajo su piel pálida y resplandeciente.
–¿Se supone que debe comportarse así? –le preguntó Harris, cogiendo aire.
–¿Comportarse el qué? –Clarisse rio–. ¿La rótula, te refieres?
–¿Se supone que tiene que girar así sobre la rodilla?
Clarisse probó.
–Es lo que hace –se maravilló.
–Me alegro de que las tuyas también se deslicen –dijo él con un suspiro–. Empezaba a preocuparme.
–¿Por?
Harris se dio palmaditas en las costillas.
–Mis costillas no hacen todo el recorrido, llegan hasta aquí. ¡Y he descubierto que algunas despistadas me cuelgan en mitad del aire!
Clarisse juntó las manos por debajo de la curvatura de sus pequeños pechos.
–Claro, tonto. Todas las costillas del mundo llegan solo hasta un punto determinado. Y esas cortas que tan raras te parecen se llaman flotantes.
–Pues podrían quedarse quietecitas.
El chiste sonó de lo más inquietante. Ahora lo que más le apetecía era estar solo. Había otros descubrimientos, excavaciones arqueológicas novedosas y extrañas, al alcance de su temblorosa mano, y no quería que nadie se riera de él.
–Gracias por venir, cielo –dijo.
–De nada. –Frotó suavemente su naricilla contra la de Harris.
–¡Espera! Esto de aquí… –Estiró un dedo para tocar su nariz y la de ella–. ¿Te habías dado cuenta? El hueso de la nariz solo llega hasta aquí. ¡Lo demás está relleno de tejido cartilaginoso!
Clarisse arrugó la suya.
–¡Pues claro, cariño! –Y salió de la habitación como si bailara.
Entonces, allí solo, sintió cómo la sudoración le llenaba los recovecos y los hoyuelos de la cara y le caía por las mejillas en una fina pleamar. Se lamió los labios y cerró los ojos. Bueno… Bueno… Qué toca ahora… La columna vertebral, sí. A ver. Se la examinó despacio, de la misma manera que operaba los muchos botones en su despacho, apretándolos para llamar a las secretarias, los mensajeros. Pero ahora, mientras se apretaba las vértebras de la columna, ¡lo que acudían eran miedos y terrores, entrando en tropel por un millón de puertas mentales para desafiarlo y alterarlo! Notaba la columna…, desconocida. Como si alguien acabara de comerse un pescado y hubiese dejado las espinas desperdigadas por el plato. Se pellizcó los bultitos redondos.
–¡Señor, señor!
Los dientes empezaron a castañetearle. ¡Dios todopoderoso!, pensó, ¿cómo no me he dado cuenta en todos estos años? ¡Todos estos años he ido por ahí con un…, esqueleto dentro! ¿Por qué lo damos por sentado? ¿Por qué nunca nos cuestionamos nuestro cuerpo ni nuestro ser?
Un esqueleto. Una de esas cosas articuladas, níveas y duras, una de esas cosas asquerosas, secas, quebradizas, sin ojos, cadavéricas y con dedos temblorosos como sonajeros que se balanceaban colgadas del cuello a una cadena en armarios abandonados repletos de telarañas, ¡una de esas cosas que te encuentras por el desierto desperdigadas como unos dados!
Se puso de pie, no soportaba más estar sentado. Dentro de mí –se sujetó el estómago, la cabeza–, dentro de mí hay una…, calavera. Uno de esos caparazones curvados contiene mi cerebro como si fuese una medusa eléctrica, ¡una de esas caracolas cascadas con dos agujeros delante como si los hubiesen abierto con un disparo de recortada! ¡Con sus grutas y sus cavernas de hueso, sus contrafuertes y sus espacios para mi carne, mi olfato, mi vista, mi oído, mis pensamientos! ¡Una calavera que envuelve mi cerebro y le permite asomarse a sus quebradizas ventanas para ver el mundo exterior!
Quiso irrumpir en la partida de bridge, alborotarla, un zorro en un corral, ¡los naipes revoloteando igual que plumas de gallinas que estallan hacia lo alto como nubarrones! Logró contenerse con un esfuerzo brutal, estremecido. Vamos, vamos, hombre, contrólate. Esto es una revelación, aprovéchala, entiéndela, saboréala. Pero ¡un esqueleto!, gritó su subconsciente. No pienso tolerarlo. Es vulgar, es terrible, es terrorífico. Los esqueletos dan miedo; crujen y repiquetean y sonajean en castillos viejos, cuelgan de las ramas de los robles, imitando con indolencia péndulos alargados que susurran al viento…
–Cariño, ¿quieres bajar a saludar a las señoras? –exclamó desde muy lejos la voz clara y dulce de su mujer.
El señor Harris se enderezó. ¡Su esqueleto lo mantenía en pie! Aquella cosa interna, aquel invasor, aquel terror, sostenía sus brazos, sus piernas, ¡su cabeza! Era como sentir que tenías detrás a alguien que no debía estar ahí. A cada paso, cobraba conciencia de cuánto dependía de aquella cosa.
–Enseguida bajo, cariño –exclamó sin apenas fuerzas.
¡Venga, ánimo! Mañana tienes que trabajar. El viernes tienes que hacer ese viaje a Phoenix. Es mucho coche. Son cientos de kilómetros. Tienes que estar en plena forma para ese viaje o no conseguirás que el señor Creldon invierta en tu negocio de cerámica. ¡Alegra esa cara!
Unos minutos más tarde, estaba de pie entre las damas mientras le presentaban a la señora Withers, la señora Abblematt y la señorita Kirthy, todas con un esqueleto dentro, algo que se tomó con mucha calma porque la naturaleza había tapado meticulosamente la desnudez de la clavícula, la tibia y el fémur con pechos, muslos y pantorrillas, con peinados y cejas satánicas, con labios como si les hubiese picado una abeja y –¡Dios!, gritó el señor Harris en su interior– cuando caminan o hablan, se ve una parte de su esqueleto: ¡la dentadura! No lo había pensado.
–Disculpen –resolló, y salió corriendo de la salita justo a tiempo para echar el almuerzo entre las petunias de la balaustrada del jardín.
Aquella noche, sentado en la cama mientras su mujer se desvestía, se cortó escrupulosamente las uñas de los dedos de los pies y las manos. También eran partes donde su esqueleto se mostraba, se expandía de un modo indignante. Debió de mascullar una parte de su teoría porque, cuando quiso darse cuenta, su mujer estaba en la cama en camisón, rodeándole el cuello con sus brazos y bostezando.
–Ay, cariño, las uñas no son huesos, ¡son epidermis endurecida, nada más!
Soltó las tijeras.
–¿Estás segura? Eso espero. Me sentiría mejor. –Miró las curvas del cuerpo de Clarisse, maravillado–. Espero que todas las personas estemos hechas del mismo modo.
–¡Menudo hipocondriaco estás hecho! –Lo apartó de un empujón–. Anda. Qué te pasa. Cuéntaselo a mamaíta.
–Dentro de mí hay algo –dijo–. Algo que…, odio.
Al día siguiente se pasó la mañana y toda la tarde en su oficina del centro, ordenando con desagrado varios de los huesos de su cuerpo por tamaño, forma y constitución. A las diez de la mañana, le había preguntado al señor Smith si podía palparle el codo un momento. El señor Smith se dejó, pero frunciendo el ceño con suspicacia. Y, después del almuerzo, el señor Harris le había preguntado a la señorita Laurel si podía tocarle el omóplato y ella no tardó en arrimarse a él de espaldas, ronroneando como una gatita y cerrando los ojos.
–¡Señorita Laurel! –gritó él–. ¡Pare ya!
A solas, ponderó su nerviosismo. La guerra acababa de terminar, las presiones de su trabajo y la incertidumbre ante el futuro tenían mucho que ver con su estado mental, seguramente. Quería dejar aquella oficina, emprender su propio negocio. Tenía bastante talento para la cerámica y la escultura. En cuanto fuese posible, saldría hacia Arizona, le pediría un préstamo al señor Creldon y pondría un horno y una tienda. Eran las preocupaciones. Lo suyo era un caso aparte. Pero por suerte había contactado con M. Munigant, que parecía encantado de ayudarlo y entenderlo. Se enfrentaría a aquello él solo, no recurriría a Munigant ni al doctor Burleigh a no ser que se viera obligado. La sensación de extrañeza pasaría. Se quedó sentado, mirando a la nada.
La sensación de extrañeza no pasó. Se acrecentó.
Durante el martes y el miércoles le fastidiaba tremendamente que la epidermis, el pelo y demás apéndices se le trastornaran tantísimo, y que el esqueleto y sus tegumentos fuesen una estructura resbaladiza de organización tan eficiente. A veces, con determinada luz y las comisuras de los labios hacia abajo como si fuese imbécil, cargadas con el peso de la melancolía, imaginaba que veía su esqueleto sonriendo con malicia por detrás de la carne.
¡Déjalos!, gritaba. ¡Suéltame! ¡Mis pulmones! ¡Para!
Resollaba entre convulsiones, como si las costillas estuviesen dejándolo sin respiración.
¡Mi cerebro, deja de aplastármelo!
Y terribles dolores de cabeza le calcinaban el cerebro hasta reducírselo a cenizas.
¡Mis entrañas, déjalas en paz, por el amor de Dios! ¡No te acerques a mi corazón!
Su corazón se encogía ante el movimiento expansivo de sus costillas como arañas pálidas que se agazapan para juguetear con sus presas.
Empapado en sudor, una noche en que Clarisse había salido para asistir a una reunión de la Cruz Roja, se quedó tumbado en la cama. Intentó recuperar la compostura, pero lo único que logró fue cobrar mayor consciencia del conflicto entre su sucio exterior y aquel objeto bello, fresco, limpio y cálcico que tenía dentro.
Su complexión: ¿no estaba pringosa y repleta de preocupaciones?
Observe la intachable y nívea perfección de la calavera.
Su nariz: ¿no era demasiado grande?
Ahora observe esos huesecillos de la nariz del cráneo que preceden a la probóscide ladeada que forma ese monstruoso cartílago nasal.
Su cuerpo: ¿no era fondón?
Pues considere el esqueleto; delgado, esbelto, de qué manera conserva la línea y el contorno. ¡Marfil oriental de talla exquisita! ¡Perfecto, flaco cual mantis religiosa blanca!
Sus ojos: ¿no eran muy saltones y ordinarios, no parecían atolondrados?
Tenga la bondad de fijarse en las cuencas oculares del esqueleto; tan profundas y redondas, pozas calmas y sombreadas, omniscientes, eternas. Observe con atención y aun así jamás alcanzará a rozar el lecho de su oscura comprensión. Toda ironía, toda vida, todo está ahí, en su oscuridad ahuecada.
Compara. Compara. Compara.
Estuvo horas rabiando. Y el esqueleto, filósofo frágil y solemne, colgaba tranquilamente en su interior, sin decir palabra, suspendido como un insecto delicado dentro de su crisálida, a la espera, a la espera.
Harris se incorporó despacio.
–¡Espera un segundo! –gritó–. Tú también estás indefenso. Yo también te poseo a ti. ¡Puedo obligarte a hacer lo que me dé la gana! ¡No puedes evitarlo! Si yo digo mueve los carpianos, metacarpianos y falanges, fiuuu, allá que van, ¡y saludo a quien sea! –Rio–. Ordeno al peroné y al fémur que se desplacen y un dos tres cuatro, un dos tres cuatro…, le damos la vuelta a la manzana. ¡Toma ya! –Harris sonrió de oreja a oreja–. El combate está igualado. Cincuenta, cincuenta. ¡Y vamos a pelear, tú y yo! ¡Al fin y al cabo, yo soy la parte que piensa! ¡Sí, por Dios!, sí. Y aunque no te tuviera, ¡aun así podría pensar!
Acto seguido, una mandíbula de tigre se cerró de golpe, partiendo su cerebro por la mitad de una dentellada. Harris gritó. Los huesos de su cráneo se hicieron con él y le provocaron pesadillas. Hasta que, poco a poco, mientras chillaba, hocicaba y se comía las pesadillas una a una, la última se desvaneció y las luces se apagaron…
Al final de la semana, pospuso el viaje a Phoenix por motivos de salud. Se pesó en una báscula barata y observó la lenta ascensión de la aguja roja: setenta y cinco.
Gruñó. Caray, llevaba años pesando ochenta. ¡No he podido perder cinco kilos! Se examinó las mejillas en el espejo moteado. Un miedo gélido y primitivo le recorrió en forma de pequeños escalofríos. ¡Tú, tú! ¡Sé que tramas algo, tú!
Amenazó con el puño a su rostro huesudo, dirigiendo sus comentarios sobre todo al maxilar superior, al inferior, al cráneo y a las vértebras cervicales.
–¡Tú, puñetero! Crees que puedes matarme de hambre, hacerme perder peso, ¿verdad? Arrancarme la piel hasta que no quede nada más que pellejo y hueso. Intentar mandarme al hoyo para hacerte con el dominio absoluto, ¿verdad? ¡Ni hablar!
Corrió a una cafetería.
Pavo, aderezo, puré de patatas, menestra, tres postres, no pudo comer nada, tenía el estómago del revés. Se obligó. Los dientes empezaron a dolerle. ¿Conque un diente picado, eh?, pensó con enfado. Pienso comer, aunque los dientes me cuelguen, me castañeteen y me resuenen y se me caigan en la salsa.
La cabeza le ardía, tenía el pecho oprimido y respiraba con dificultad, el dolor de dientes lo hacía rabiar, pero supo que era una pequeña victoria. Estaba a punto de dar un sorbo de leche, pero se detuvo y vació el vaso en un jarrón con capuchinas. Nada de calcio para usted, amiguito, nada de calcio. Jamás volveré a comer alimentos ricos en calcio ni demás minerales que fortalezcan los huesos. Pienso comer para mí, no para los dos, chaval.
–Sesenta y ocho kilos –le dijo a su mujer la semana siguiente–. ¿Has visto cuánto he cambiado?
–Para bien –dijo Clarisse–. Siempre has estado un poco rellenito para tu talla, cariño. –Le acarició la barbilla–. Me gusta tu cara. Estás mucho más guapo; ahora tienes rasgos firmes y marcados.
–No son mis rasgos, son los suyos, ¡los de ese puñetero! ¿Me estás diciendo que él te gusta más que yo?
–¿Él? ¿Quién es él?
En el espejo de la salita, más allá de Clarisse, su cráneo le devolvió la sonrisa desde detrás de su carnosa mueca de odio y desesperación.
Enfurecido, se llevó a la boca unas pastillas de malta. Era una forma de ganar peso cuando no te entraba ningún otro alimento. Clarisse se fijó en los comprimidos de malta.
–Pero, cariño, en serio, no tienes que coger peso, por mí no lo hagas –dijo.
¡Cállate ya!, tuvo ganas de decir.
Clarisse le pidió que se tumbara y apoyara la cabeza en su regazo.
–Cariño –dijo–, últimamente he estado observándote. Te noto…, rarísimo. No dices nada, pero yo te veo…, atormentado. No paras de dar vueltas en la cama por las noches. Igual deberías ir a un psiquiatra. Pero me parece que sé lo que te diría. Me he hecho una idea por las cosas que se te han ido escapando. Te aseguro que tú y tu esqueleto sois uno y el mismo, una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos. Unidos aguantaréis; divididos, caeréis. Si los dos sois incapaces de llevaros bien en el futuro como si fueseis un matrimonio de ancianos, vuelve a ver al doctor Burleigh. Pero, antes, relájate. Estás en un círculo vicioso; cuanto más te preocupes, más te quedarás en los huesos, eso es así. Al fin y al cabo, quién ha empezado esta pelea, ¿tú o esa entidad anónima que, según tú, acecha desde detrás de tu conducto alimenticio?
Harris cerró los ojos.
–Yo. Creo que yo. Sigue, Clarisse, no dejes de hablar.
–Y ahora descansa –dijo a media voz–. Descansa y olvida.
El señor Harris se sintió reflotado durante la primera mitad del día, luego empezó a hundirse. Estaba muy bien eso de echarle la culpa a su imaginación, pero por Dios que aquel esqueleto en particular estaba devolviéndole el golpe.
A última hora del día, Harris fue a la consulta de M. Munigant. Estuvo caminando media hora hasta que encontró la dirección, y divisó el nombre –M. Munigant– en letras doradas, viejas y descascarilladas, sobre una placa de cristal en la fachada del edificio. Luego le pareció que sus huesos rompían sus amarras, estallaban y escupían dolor. Cegado, se alejó dando tumbos. Cuando abrió los ojos de nuevo, había doblado la esquina. La consulta de M. Munigant ya no se veía.
Los dolores cesaron.
M. Munigant era el hombre que podría ayudarlo. Si la visión de su nombre provocaba una reacción tan titánica, estaba claro que Munigant debía ser el hombre indicado.
Pero hoy no. Cada vez que intentaba volver a la consulta, terribles dolores lo asaltaban. Sudando, tuvo que rendirse y dando tumbos se metió en un bar.
Mientras cruzaba el local en penumbra, se preguntó brevemente si M. Munigant no tendría gran parte de la culpa. A fin de cuentas, fue Munigant quien le llamó la atención sobre su esqueleto, ¡y posibilitó que el componente psicológico le impactara de lleno! ¿Estaría usándolo M. Munigant con algún propósito nefasto? Pero ¿qué propósito? Era una tontería sospechar de él. No era más que un medicucho. Intentaba ayudar. Munigant y su tarro de colines. Ridículo. Con M. Munigant no pasaba nada de nada…
Dentro del bar vio algo que le dio esperanzas. Un hombre grande y gordo, redondo como un tonel, estaba en la barra empalmando una cerveza con otra. Aquello era un hombre de éxito. Harris reprimió el impulso de acercarse al gordo, darle una palmada en el hombro y preguntarle cómo había logrado enjaular a sus huesos. Sí, el esqueleto del gordo estaba suntuosamente encerrado. Ahí había almohadones de grasa, asomaban en protuberancias resilientes, y varios candelabros de grasa bajo la barbilla. El pobre esqueleto estaba perdido; jamás podría deshacerse de aquel tragaldabas. Lo intentó en su día quizás, pero hoy, abrumado, del soporte óseo de aquel gordo no quedaba ni el eco.
No sin envidia, Harris se aproximó al gordo como uno se cruzaría con la proa de un trasatlántico. Harris pidió una copa, se la bebió, y luego se atrevió a dirigirse al gordo:
–¿Es glandular?
–¿Lo dice por mí? –preguntó el gordo.
–¿O es alguna dieta especial? –quiso saber Harris–. Discúlpeme, pero, como ve, voy cuesta abajo. Al parecer soy incapaz de coger peso. Ya me gustaría a mí tener un estómago como el suyo. ¿Ha engordado porque tiene miedo de algo?
–Está borracho –anunció el gordo–. Pero…, me caen bien los borrachos. –Pidió otra ronda–. Escúcheme bien, que se lo cuento. Una capa tras otra –dijo el gordo–, veinte años me ha llevado levantarla, desde pequeñito. –Se sostuvo la barriga como si fuese un globo terráqueo, para mostrar a su público su geografía gastronómica–. Este circo no se pone en pie de un día para otro. La carpa no se levantó de la noche a la mañana con todas las maravillas que contiene. He alimentado mis órganos internos como si fueran perros, gatos y otros animales de pura raza. Mi estómago es un gato persa gordo y rosa despatarrado que se levanta de vez en cuando para ronronear, maullar, gruñir y pedir a gritos sus bocaditos de chocolate. Como le pongo bien de comer, casi que me espera levantado. Y, amigo mío, mis intestinos son las anacondas de pura raza india más raras y con la salud más lustrosa, enroscada y rubicunda que se haya visto jamás. Yo a mis mascotas las tengo en palmitas. ¿Por miedo a algo? Puede ser.
Aquello merecía otra ronda para todo el mundo.
–¿Ganar peso? –El gordo lengüeteó las palabras–. Haga lo siguiente: búsquese una mujer que sea una mala pécora, un buen puñado de parientes capaces de hacer una montaña de problemas con el más mínimo grano de arena. Súmele un pellizquito de socios comerciales cuya principal motivación sea sacarle hasta el último centavo y no tardará mucho en engordar. ¿Cómo? Al poco empezará inconscientemente a acumular grasa entre usted y ellos. Un parachoques epidérmico, un muro celular. Se dará cuenta enseguida de que comer es lo único divertido en este mundo. Pero el fastidio tiene que provenir de fuentes externas. En este planeta hay demasiadas personas que no tienen suficientes preocupaciones, y empiezan a pagarla con ellos mismos y a perder peso. Cuantas más personas ruines y horribles pueda conocer, mejor, ¡y no tardará en coger grasa de la buena!
Y con aquel consejo, el gordo se lanzó a la oscura pleamar de la noche, dando unos tumbos tremendos y resoplando.
–Eso fue exactamente lo que me dijo el doctor Burleigh, con algún cambio –dijo Harris con aire pensativo–. Igual el viaje a Phoenix, ahora mismo…
El viaje desde Los Ángeles a Phoenix fue sofocante, tuvo que cruzar, no quedaba otra, el desierto de Mojave un día de sol achicharrante. El tráfico era escaso e inconstante, y durante muchos kilómetros no había en la carretera un coche a la vista ni por delante ni por detrás. Harris agitaba los dedos en el volante. En Phoenix, tanto si Creldon le prestaba el dinero que necesitaba para emprender su negocio como si no, iba a sentarle bien quitarse de en medio, coger distancia.
El coche avanzaba por el abrasador conducto del viento desértico. Un coche en el que un señor H. iba sentado dentro de otro señor H. Ambos sudaban, quizás. Los dos eran, tal vez, unos desgraciados.
En una curva, el señor H. interior oprimió la carne exterior, provocando que se abalanzara de golpe contra el recalentado volante.
El coche se salió de la carretera, hundió el morro en la arena abrasadora y dio una vuelta de campana.
Cayó la noche, se levantó viento, la carretera estaba solitaria y silenciosa. Los pocos coches que pasaron no tenían visibilidad y siguieron su camino a toda velocidad. El señor Harris yacía inconsciente, mucho después oyó cómo llegaba el viento del desierto, sintió los pinchacitos de la arena en sus mejillas y abrió los ojos.
La mañana lo encontró con los ojos legañosos y vagando en círculos atolondrados y carentes de sentido tras haberse, en su delirio, alejado de la carretera. Al mediodía, se despatarró a la sombra escasa de un arbusto. El sol caía sobre él como la hoja afilada de una espada que se hundía hasta sus…, huesos. Un buitre lo sobrevolaba.
Los labios resecos de Harris se rajaron.
–O sea que esto es todo –susurró, con los ojos enrojecidos, las mejillas ampolladas–. De un modo u otro, me vas a hacer andar, me matarás de hambre, de sed. –Tragó pegotes de arena secos–. El sol me cocerá la piel hasta que asomes. Los buitres se alimentarán de mí y tú acabarás aquí tumbado, sonriendo. Sonriendo victorioso. Como un xilófono desperdigado y blanqueado que tocarán buitres con buen oído para una música extraña. Te va a encantar. La libertad.
Caminó a través de un paisaje que temblaba y burbujeaba bajo el chaparrón de luz solar; se tambaleaba, se caía de frente, se quedaba tirado, se alimentaba con puñaditos de fuego. El aire era una llamarada azul de alcohol, los buitres se asaban y humeaban y refulgían mientras planeaban en círculo. Phoenix. La carretera. Agua. Refugio.
–¡Eh! –lo llamó alguien desde lejos, en la llamarada azul del alcohol. El señor Harris se incorporó–. ¡Eh! –lo llamó de nuevo.
Crujido de pisadas, rápidas.
Con un grito de alivio incrédulo, Harris se levantó, pero enseguida se desmoronó en los brazos de alguien con uniforme y placa.
Con el coche tediosamente remolcado y reparado, y una vez en Phoenix, Harris se encontraba en un estado mental tan infame que la reunión de negocios no fue más que una aturdida pantomima. Tanto que, cuando consiguió el préstamo y le dieron el dinero, no significó nada para él. Aquella Cosa en su interior como un sable duro y blanco en su funda atormentaba sus negocios, su alimentación, empañaba su amor por Clarisse, convertía en un peligro fiarse de un automóvil; en resumidas cuentas, había que poner a aquella Cosa en su sitio. En el incidente del desierto se había librado por los pelos; había tocado hueso, cabría decir con la boca torcida en un gesto de ironía. Harris se oyó darle las gracias por el dinero al señor Creldon desde muy lejos. Luego arrancó el coche y recorrió los largos kilómetros de vuelta, esta vez atajando por San Diego para evitar el tramo de desierto entre El Centro y Beaumont. Condujo hacia el norte por la costa. No se fiaba del desierto. Pero ¡cuidado! Las olas salitrosas estallaban, siseaban en la playa a las afueras de Laguna. La arena, los peces y los crustáceos le dejarían los huesos limpios más deprisa que los buitres. Aminoró en las curvas por encima del agua.
¡Joder, qué harto estaba!
¿A quién recurrir? ¿A Clarisse? ¿A Burleigh? ¿A Munigant? Especialista en huesos. Munigant. ¿Y bien?
–¡Cariño! –Clarisse lo besó. Harris hizo una mueca de dolor ante la solidez de la dentadura y la mandíbula tras aquel apasionado intercambio.
–Cariño –dijo él, despacio, limpiándose los labios con la muñeca, temblando.
–Te veo más delgado; ay, cariño, ¿la reunión de negocios…?
–Fue bien. Creo. Sí, fue bien.
Ella lo besó otra vez. Cenaron despacio, con una alegría impostada, mientras Clarisse reía y lo animaba. Harris miraba fijamente el teléfono; varias veces lo descolgó sin terminar de decidirse, y luego colgaba.
Apareció su mujer, con el abrigo y el sombrero puestos.
–Ay, lo siento, pero tengo que salir. –Le dio un pellizco en la mejilla–. Venga, ¡alegra esa cara! Volveré de la Cruz Roja en tres horas. Échate y da una cabezadita. Es que tengo que ir.
Cuando Clarisse se marchó, Harris marcó el número de teléfono, nervioso.
–¿M. Munigant?
Las explosiones y el malestar en su cuerpo después de que colgara el teléfono fueron increíbles. Sus huesos se retorcieron con todo tipo de dolores, gélidos y ardientes, todos los que alguna vez imaginó o incluso experimentó durante las pesadillas más salvajes. Se comió todas las aspirinas que encontró, en un esfuerzo por repeler aquel ataque; pero cuando el timbre sonó por fin una hora más tarde, era incapaz de moverse; yacía débil y agotado, jadeando, lágrimas le corrían por las mejillas.
–¡Entre! ¡Entre, por el amor de Dios!
M. Munigant entró. Gracias a Dios, la llave no estaba echada.
Ay, pero si el señor Harris tenía un aspecto terrible… M. Munigant estaba en mitad del salón, bajito y oscuro. Harris asintió. Los dolores lo atravesaban, lo golpeaban con mazos y garfios de hierro. Los ojos de M. Munigant centelleaban mientras observaba las protuberancias óseas de Harris. Y vio que el señor Harris estaba psicológicamente preparado para recibir ayuda. ¿No era así? Harris asintió de nuevo, endeble, sollozando. M. Munigant seguía siseando mientras hablaba; algo sobre su lengua y los siseos. No tenía importancia. A través del ardor de ojos, a Harris le pareció ver que Munigant encogía, que se hacía más pequeño. Imaginaciones, por supuesto. Harris le relató entre sollozos su viaje a Phoenix, M. Munigant se compadeció. Ese esqueleto era…, ¡un traidor! ¡Iban a darle su merecido de una vez por todas!
–M. Munigant. –Harris suspiró levemente–. No…, no me había fijado hasta ahora. Su lengua. Redonda, tubular. ¿Hueca? Mis ojos. Delirante. ¿Qué hago?
M. Munigant siseaba por lo bajo, comprensivo, acercándose. Si el señor Harris hiciera el favor de relajarse en su silla y abrir la boca. Las luces se apagaron. M. Munigant se asomó a la boca abierta de Harris. Más, por favor… Había sido tan complicado, en aquella primera consulta, ayudar a Harris, con el cuerpo y los huesos tan rebeldes. Ahora, al menos disponía de la cooperación de la carne, por más que protestara el esqueleto. A oscuras, la voz de Munigant se hizo más y más pequeña, más y más ínfima. El siseo se volvió agudo y estridente. Vamos. Relájese, señor Harris, ¡vamos!
Sintió que le empujaba violentamente la mandíbula en todas direcciones, que le aplastaba la lengua como con una cuchara, la garganta atorada. Estaba ahogándose. Un siseo. ¡No podía respirar! Algo culebreaba, le empujaba los carrillos como un sacacorchos, le reventaba la mandíbula. Como una ducha de agua caliente, algo se escurrió por sus senos nasales, ¡le estallaron los oídos!
–¡Aaaah! –chilló Harris, entre arcadas.
La cabeza, destrozado su caparazón, le colgaba suelta. La agonía le inyectó fuego en los pulmones.
De nuevo, Harris no pudo respirar, pero solo durante un momento. Sus ojos empañados se abrieron de par en par. Gritó. Como palos con los que alguien hace un hatillo, se soltaron en su interior. ¡Dolor!
Cayó al suelo, exhalando un aliento ardiente.
Las luces parpadearon en sus ojos insensibilizados, sintió que sus extremidades se soltaban rápidamente. Con los ojos encharcados, vio el salón.
La habitación estaba vacía.
–¿M. Munigant? Por el amor de Dios, ¿dónde está, M. Munigant? ¡Venga y ayúdeme! –M. Munigant había desaparecido–. ¡Ayuda!
Entonces lo oyó.
En lo profundo de las fisuras subterráneas de su cuerpo, ruidos mínimos, increíbles; golpecitos y crujidos y pequeños tajos secos y ruidos de trituraciones y como si olisquearan…, como si hubiese un ratoncito hambriento en la penumbra rojo sangre, royendo con mucho afán y mucha destreza lo que allí abajo hubiera, pero no podía ser, ¡madera sumergida…!
Clarisse, caminado por la acera con la cabeza bien alta, iba directa hacia su casa en la calle St. James. Estaba pensando en la Cruz Roja cuando dobló la esquina y casi se dio de bruces con un hombrecito oscuro que olía a yodo.
Clarisse lo habría ignorado de no ser porque, al pasar por su lado, de su abrigo sacó algo largo, blanco y extrañamente familiar y se puso a mordisquearlo, como si fuese un regaliz. Devorado un extremo, su lengua extraordinaria se lanzó hacia el interior de aquel dulce blanco para lamer el relleno, haciendo ruiditos de placer. Siguió masticando su chuchería mientras Clarisse subía por la acera hacia su casa, giraba el pomo y entraba.
–¿Cariño? –dijo, mirando a su alrededor con una sonrisa–. Cariño, ¿dónde estás?
Cerró la puerta, cruzó el pasillo y entró en el salón.
Se quedó mirando fijamente al suelo durante veinte segundos, tratando de entender. Gritó.
Fuera, en la penumbra de los sicómoros, el hombrecito abría agujeritos alternos en un largo palo blanco; luego, soplando suavemente, con los labios fruncidos, tocó una melodía triste con aquel instrumento improvisado para acompañar los chillidos y el canto horrible de la voz de Clarisse, plantada en medio del salón.
De pequeña, Clarisse había corrido muchas veces por la arena de la playa, y gritaba cada vez que pisaba una medusa. No era para tanto, encontrarse una medusa intacta y de piel gelatinosa en mitad del salón. Una podía apartarse.
Pero entonces la medusa te llamaba por tu nombre…
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