el hombre incandescente
spanish
El desvencijado Ford llegó por la carretera levantando penachos de polvo amarillo que tardaban una hora en depositarse para permanecer en ese duermevela especial que entontece al mundo a mediados de julio. Lejos, el lago aguardaba, una gema de un azul gélido en un lago verde intenso de hierba, pero estaba en efecto muy lejos, y Neva y Doug daban tumbos en su barreño de tornillos al rojo, con los chapoteos de los termos de limonada en el asiento trasero y sándwiches de paté de cerdo que fermentaban en el regazo de Doug. Ambos, niño y tía, inhalaban el aire sofocante en una conversación más sofocante aún.
–Un tragafuegos –dijo Douglas–. Estoy tragando fuego. Jolín, ¡no veo el momento de llegar al lago!
De repente, más adelante, vieron a un hombre en la cuneta.
Con la camisa abierta, mostrando hasta la cintura su cuerpo de bronce, el pelo del color del trigo maduro al calor de julio, los ojos de aquel hombre llameaban azules en un nido de arrugas solares. Hizo un gesto con la mano, agonizando de calor.
Neva frenó en seco. Feroces nubes de polvo se levantaron e hicieron desaparecer al hombre. Cuando el polvo dorado se dispersó, sus intensos ojos amarillos refulgieron amenazantes, como los de un gato, desafiando a la intemperie y al viento abrasador.
Miró fijamente a Douglas.
Douglas apartó la vista, nervioso.
Pues era evidente que aquel hombre había cruzado un campo de hierba alta y amarilleada, tostada y abrasada tras ocho semanas sin lluvias. El hombre había abierto una senda entre la hierba y clareado un pasaje hasta la carretera. La senda se perdía de vista en dirección a un pantano seco y el lecho vacío de un arroyo en el que no había nada más que piedras asadas y rocas fritas y arena derretida.
–¡Me cago en la leche, habéis parado! –gritó el hombre, con enfado.
–¡Me cago en la leche, pues claro que sí! –respondió Neva a voces–. ¿Adónde vas?
–Ya se me ocurrirá algún sitio. –El hombre subió al coche de un salto como un gato y se sentó de golpe en el asiento rugoso–. Vámonos. ¡Viene a por nosotros! O sea, ¡el sol, por supuesto! –Señaló al frente–. ¡Venga! ¡O nos volveremos todos locos!
Neva pisó a fondo. El coche derrapó en la grava y surcó el polvo al rojo vivo, tocando el suelo solo de vez en cuando para hacer saltar por los aires un guijarro o rozar una piedra. Hendían la tierra con su estruendo.
–¡Ponlo a cien! –gritó el hombre por encima del ruido–, a ciento treinta, copón, ¡o a ciento cincuenta, por qué no!
Neva le lanzó una rápida mirada de censura al león, al intruso en el asiento de atrás, para ver si sería capaz de cerrarle las fauces con solo mirarlas. Lo logró.
Porque eso era, por supuesto, lo que Douglas sentía con respecto a aquella bestia. No era un desconocido, no, ni un autoestopista, sino un intruso. Dos minutos después de haber subido al coche al rojo vivo, con su pelo selvático y su olor selvático, se las había apañado para enemistarse con el clima, el automóvil, Douglas y su honorable y sudorosa tía. Neva se había inclinado sobre el volante y conducía a través de más tormentas de calor y ráfagas de grava.
Mientras tanto, la criatura que iba detrás, con su gran melena leonina y sus ojos amarillos y verde menta, se humedecía los labios y miraba fijamente a Doug por el espejo retrovisor. Le guiñó un ojo. Douglas intentó devolverle el guiño, pero, por algún motivo, el párpado no le respondía.
–¿Alguna vez os habéis preguntado…? –gritó el hombre.
–¿El qué? –voceó Neva.
–¿Alguna vez os habéis preguntado…? –exclamó el hombre, inclinándose hacia delante para quedar entre los dos–, ¿si este tiempo os está volviendo locos o si es que ya lo estáis?
La pregunta era sorprendente, y de pronto sintieron frío en aquel día abrasador.
–No termino de entender… –dijo Neva.
–¡No lo entiende nadie! –El hombre olía como una leonera. Sus brazos delgados colgaban entre los dos, atando y desatando con nerviosismo una cuerda invisible. Se movía como si en cada sobaco tuviese nidos de pelo en llamas–. En días como este, en tu cabeza se desatan todos los infiernos. Lucifer nació un día como este, en un páramo como este –dijo el hombre–. Fuego, llamas y humo por todas partes –dijo el hombre–. Y todo quema tanto que no puedes tocar nada, ni la gente quiere que la toques –dijo el hombre. Le dio a Neva un golpecito en el codo, otro al chico. Avanzaron kilómetro y medio–. ¿Veis? –El hombre sonrió–. En días como este, te da por pensar en un montón de cosas. –Sonrió–. ¿No es este verano cuando se supone que regresan las langostas, cada diecisiete años, como si esto fuese un holocausto? Plagas normales, pero multitudinarias…
–¡Ni idea! –Neva conducía deprisa, con la vista al frente.
–Es este verano. El holocausto está a la vuelta de la esquina. La cabeza me va tan deprisa que me duelen los ojos y se me raja el cráneo. Voy a explotar en cualquier momento como una bola de fuego con tanto pensamiento inconexo. Por qué… Por qué… Por qué…
A Neva le costó tragar saliva. Doug contuvo el aliento.
De repente estaban aterrados. El hombre se limitó a seguir con su cháchara mientras observaba los titilantes árboles verdes que ardían a cada lado, olisqueando el polvo copioso y caliente que se agitaba alrededor de la chapa del coche; en voz ni alta ni baja, pero sí constante y relajada, el hombre describía su vida…
–Sí, señor, en el mundo hay más cosas de las que la gente es consciente. Si puede haber langostas que aparecen cada diecisiete años, ¿por qué no personas que aparecen cada diecisiete años? ¿No se os había ocurrido?
–No –dijo alguien. Seguramente he sido yo, pensó Doug, pues su boca se había movido como un ratón.
–O, ¿qué tal personas que aparecen cada veinte años, o cada cincuenta años? O sea, estamos tan acostumbrados a que la gente madure, se case y tenga hijos que no nos paramos a pensar que quizás haya personas que llegan al mundo por otros medios, como las langostas quizás, de vez en cuando, quién sabe, ¡un día tórrido de pleno verano!
–¡Quién sabe! –Otra vez el ratón. Los labios de Doug temblaron.
–¿Y quién dice que en el mundo no hay una maldad genética? –preguntó aquel hombre solar, que miraba fijamente al astro sin pestañear.
–¿Qué clase de maldad? –preguntó Neva.
–Una genética, señora. O lo que es lo mismo, en la sangre. Gente que nazca con maldad, madure con maldad, muera con maldad, sin cambios a lo largo de toda su vida.
–Buah –dijo Douglas–. ¿Te refieres a gente que nace mala y no cambia nunca?
–Lo has pillado, chaval. ¿Por qué no? Si hay personas que todo el mundo cree que son angelitos desde el primer aliento hasta que pronuncian la última palabra, ¿por qué no pura malicia desde el uno de enero hasta diciembre, trescientos sesenta y cinco días más tarde?
–No se me había ocurrido –dijo el ratón.
–Pensadlo –dijo el hombre–. Pensadlo. –Lo pensaron durante algo más de cinco segundos–. Bien –dijo el hombre, entornando un ojo para mirar el lago frío, a unos diez kilómetros, con el otro cerrado para cavilar a oscuras sobre los rescoldos de los hechos–, escuchad. ¿Y si el calor intenso, me refiero al calor tórrido de un mes como este, de una semana como esta, de un día como hoy, acabara de hornear al Hombre Malvado, recién salido del barro del río? Que ha estado cuarenta y siete años enterrado en el barro, como una puñetera larva, esperando a nacer. Y tras despertar, hecho y derecho, miró a su alrededor, salió del barro caliente al mundo y dijo: «Creo que voy a comerme el verano».
–¿Cómo has dicho?
–A comerme el verano, chaval, el verano, señora. A devorarlo entero. Fijaos qué árboles, ¿no son toda una cena? Fijaos en aquel trigal, ¿no es todo un festín? Esos girasoles de la cuneta, por Dios, menudo desayuno. La tela asfáltica en el tejado de aquella casa, menudo almuerzo. Y el lago, allí delante, Jesús, María y José, es vino para la cena, ¡a beber se ha dicho!
–Tengo sed, la verdad –dijo Doug.
–Sed, caray, chaval, la sed no explica ni de lejos el estado de un hombre, puestos a pensar en él, a hablar de él, que lleva treinta años esperando en el barro ardiente, ¡y nace y muere el mismo día! ¡Sed! ¡Por Dios! Tu ignorancia es absoluta.
–Vaya –dijo Doug.
–Vaya –dijo el hombre–. No solo sed, sino también hambre. Hambre. Mira a tu alrededor. No solo se come los árboles y luego las flores que arden en la cuneta, sino también los perros abrasados y jadeantes. Ahí hay uno. ¡Y allí otro! Y todos los gatos del país. Ahí hay uno, ¡acabamos de pasar un tercero! Y luego, ahíto y feliz, echa, por qué, por qué no, echa a andar y empieza, ya te digo, a ver qué te parece, a comer gente… O sea, ¡personas! Fritas, hervidas, cocidas, sancochadas. Personas bonitas tostadas al sol. Viejos, niños. Los sombreros de las ancianas y luego a las ancianas que haya bajo los sombreros y luego las bufandas de las chicas y también a las chicas, y luego las bermudas de los chicos y también, ay Dios, a los chicos, ¡codos, tobillos, orejas, dedos y cejas! Cejas, por Dios, hombres, mujeres, niños, chicas, perros, menú completo, afilaos los dientes, relameos, ¡la cena está servida!
–¡Un segundo! –gritó alguien. Yo no he sido, pensó Doug. Yo no he hablado. –¡Para el carro! –chilló alguien.
Fue Neva.
Doug vio que levantaba la rodilla como por instinto y que la bajaba con un coraje terminante. ¡Pam!, pisotón al freno.
El coche se detuvo. Neva abrió la puerta, señalando, gritando, señalando, gritando, la boca le temblaba, y con una mano agarró al hombre por la camisa y se la desgarró.
–¡Fuera! ¡Sal!
–¿Aquí, señora? –El hombre estaba atónito.
–Aquí, sí, aquí, ¡fuera, fuera, fuera!
–Pero ¡señora…!
–Fuera, ¡se acabó lo que se daba! –gritó Neva, como loca–. Tengo una pila de Biblias en el maletero, una pistola con una bala de plata debajo del volante. ¡Una caja de crucifijos bajo el asiento! Una estaca pegada al eje con cinta adhesiva, y un martillo. Llevo agua bendita en el carburador, bendecida antes de que hirviera a primera hora de la mañana en tres iglesias distintas: en San Mateo, católica, en la de Green Town, baptista, y en la de Zion City, episcopal. Basta el vapor para dejarte en el sitio. A menos de dos kilómetros, nos sigue el obispo Kelly, de Chicago, que aparecerá de un momento a otro. En el lago, está el padre Rooney, de Milwaukee, y aquí Doug, vaya, Doug lleva ahora mismo en el bolsillo de atrás una ramita de acónito y dos trozos de raíz de mandrágora. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!
–Caray, señora –gritó el hombre–. ¡Ya voy! –Y eso hizo.
Aterrizó y cayó rodando a la carretera. Neva pisó a fondo y el coche salió disparado.
Detrás, el hombre se levantó y gritó:
–¡Estás chiflada! Estás loca. Chiflada. ¡Loca!
–¿Yo soy la chiflada? ¿Yo soy la loca? –dijo Neva, y soltó una carcajada–. ¡Caray!
–… chiflada, loca… –La voz se apagó.
Douglas miró atrás y vio al hombre con el puño en alto, luego se arrancó la camisa y la estampó contra la grava y la pisoteó levantando grandes penachos de polvo ardiente con sus pies descalzos.
El coche estalló, aceleró, se precipitó, petardeó al tuntún más adelante, con su tía pegada ferozmente al calor del volante, hasta que la figurita sudorosa y la voz de aquel hombre se perdió en el páramo anegado por el sol y el aire abrasador.
–Neva –resopló Douglas por fin–, es la primera vez que te oigo hablar así.
–Y la última, Doug.
–¿Lo que has dicho es verdad?
–Ni una palabra.
–Era mentira, o sea, has mentido…
–He mentido. –Neva parpadeó.
–¿Crees que él también estaba mintiendo?
–No lo sé. Lo único que sé es que a veces una mentira se combate con otra mentira, Doug. O al menos esta vez. Que no se convierta en costumbre.
–No, señora. –Se echó a reír–. Repite lo de la raíz de mandrágora. Lo del aciano que llevo en el bolsillo. Lo de la pistola con la bala de plata, repítelo.
Neva lo repitió. Los dos empezaron a reír.
Aullando y gritando, siguieron su camino en el balde de latón que era el coche entre baches y montículos de grava, ella hablando, él escuchando con los ojos cerrados, rugiendo, riendo, desvariando.
No dejaron de reír hasta que se tiraron al agua en bañador y salieron a la superficie con una sonrisa de oreja a oreja.
El sol colgaba ardiente en mitad del cielo, nadaron felices a perrito durante cinco minutos y luego empezaron a nadar de verdad en el frescor mentolado de las olas.
Pero al atardecer, cuando el sol desapareció de repente y las sombras abandonaron los árboles, recordaron que tenían que regresar a la carretera solitaria, cruzar la oscuridad y dejar atrás el pantano seco para volver al pueblo.
De pie junto al coche, miraron hacia la larga carretera. Doug tragó saliva con dificultad.
–No puede pasarnos nada de camino a casa.
–Nada. ¡Al coche!
Subieron a sus asientos, Neva pisó el acelerador como quien da una patada a un perro muerto y se pusieron en marcha. Avanzaron bajo los árboles color ciruela y entre las colinas púrpuras.
Y no pasó nada.
Avanzaron por un amplio camino de grava que empezaba a tornarse del color de las ciruelas y había un frescor cálido en el aire que olía a lilas y los dos se miraron, expectantes.
Y no pasó nada.
Por fin, Neva empezó a canturrear por lo bajo. La carretera estaba desierta.
Y de repente dejó de estarlo.
Neva rio. Douglas entornó los ojos y rio con ella.
Había un niño pequeño, de unos nueve años quizás, vestido con un traje de verano color blanco vainilla, zapatos blancos y corbata blanca, con la cara rosada y bien lavada, esperando en la cuneta. Saludó con la mano.
Neva detuvo el coche.
–¿Vais al pueblo? –voceó el niño, alegremente–. Me he perdido. Estaba de pícnic con mi familia, se fueron sin mí. Qué alegría que hayáis aparecido. Este sitio da miedo.
–¡Sube!
El niño subió y se pusieron en marcha, el niño en el asiento trasero, Doug y Neva delante con la vista al frente, mirándolo de reojo, riendo, y luego se quedaron callados.
El niño guardó silencio durante un buen rato detrás de ellos, muy erguido en su asiento, limpio, radiante, fresco y como nuevo en su traje blanco.
Y avanzaron por la carretera desierta bajo un cielo ahora oscuro con varias estrellas mientras el viento se enfriaba.
Finalmente, el niño habló y dijo algo que Douglas no oyó, pero vio que Neva se tensaba y que su cara se volvía pálida como el helado al que imitaba el traje del niño.
–¿Qué? –preguntó Doug, con una mirada rápida hacia atrás.
El niño lo miró fijamente, sin parpadear, y su boca se movió como si fuese algo separado de la cara.
El motor se caló de repente. Lentamente, el coche se detuvo.
Doug vio cómo Neva pisaba el acelerador mientras toqueteaba una y otra vez el contacto. Pero, sobre todo, oyó al niño decir, en aquel silencio nuevo y perenne:
–¿Os habéis preguntado alguna vez…? –El niño respiró hondo y terminó–: ¿Si en el mundo existe la maldad genética?