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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el mesías

spanish

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–Todos tenemos un sueño especial cuando somos jóvenes –dijo el obispo Kelly. Los demás a la mesa murmuraron, asintieron–. No hay niño cristiano –continuó el obispo– que una noche no se haya preguntado: ¿soy Él? ¿Ha llegado el Advenimiento conmigo? ¿Y si…? Ay, ay, ay, Dios bendito, ¿y si yo fuese Jesucristo? ¡Estaría genial!
Los sacerdotes, los reverendos y el único rabino rieron ligeramente al recordar su propia niñez, sus sueños alocados y lo tontos que habían sido.
–Supongo que los niños judíos imaginan que son Moisés… –dijo el sacerdote más joven, el padre Niven.
–No, no, querido amigo –dijo el rabino Nittler–. ¡El Mesías! ¡El Mesías!
Más risas quedas, de todos.
–Claro –dijo el padre Niven, con la cara sonrosada–, qué estupidez por mi parte. Jesucristo no era el Mesías, ¿no? Y vuestro pueblo sigue esperando Su llegada. Qué extraño. Qué de ambigüedades.
–Y nada más ambiguo que esto. –El obispo Kelly se levantó y los acompañó hasta la terraza con vistas a las colinas marcianas, los antiguos pueblos marcianos, las viejas autopistas, los ríos de polvo y la Tierra, a dieciséis mil millones de kilómetros de allí, resplandeciendo con una luz clara en aquel cielo alienígena.
–Ni en nuestros sueños más disparatados –dijo el reverendo Smith– imaginamos que, un día, cada uno de nosotros tendría una iglesia baptista, una capilla de Nuestra Señora y una sinagoga Monte Sinaí aquí, en Marte…
Todos, a media voz, coincidieron en que no, en absoluto.
Su silencio fue interrumpido por otra voz que se abrió paso entre ellos. Mientras estaban en la balaustrada, el padre Niven había encendido la radio para consultar la hora. Estaban emitiendo las noticias desde la pequeña colonia nueva en el páramo marciano-americano. Escucharon:
«… cerca del pueblo, según se rumorea. Es la primera vez que se informa de la presencia de un marciano este año. Se pide a los ciudadanos que sean respetuosos con el visitante. Si…».
El padre Niven apagó las noticias.
–Nuestra esquiva congregación –suspiró el reverendo Smith–. Debo admitir que vine a Marte no solo a trabajar con cristianos, sino con la esperanza de invitar a un marciano a cenar un domingo, para aprender sus teologías, sus necesidades.
–Todavía somos demasiada novedad para ellos –dijo el padre Lipscomb–. Dentro de un año o así, creo que habrán entendido que no somos cazadores de búfalos en busca de pieles. Con todo, es complicado que la curiosidad no se te vaya de las manos. Al fin y al cabo, nuestras fotografías náuticas indicaban que aquí no había vida de ningún tipo. Sin embargo, la hay, muy misteriosa y casi parecida a la humana.
–¿Casi, Excelencia? –El rabino lo meditó con la mirada en el café–. Tengo la sensación de que son más humanos que nosotros. Nos han permitido venir aquí. Se han escondido en las colinas, se acercan a nosotros en raras ocasiones, suponemos, disfrazados de terrícolas…
–¿De verdad cree que tienen poderes telepáticos, entonces, y capacidades hipnóticas que les permiten pasearse por nuestros pueblos y engañarnos con máscaras y visiones, sin que nadie se dé cuenta?
–Eso creo.
–En ese caso –dijo el obispo mientras repartía brandis y crema de menta–, la velada resulta verdaderamente frustrante. Los marcianos jamás se mostrarán para que nosotros, los iluminados, los salvemos… –Muchas sonrisas con aquello–. Y el Advenimiento de Jesucristo se va a retrasar varios miles de años. ¿Cuánto más hemos de esperar, oh, Señor?
–Yo nunca quise ser Jesucristo en Su Advenimiento –dijo el joven padre Niven–. Lo que deseaba, con todo mi corazón, era conocerlo. Llevo pensándolo desde que tenía ocho años. Puede que sea el principal motivo por el que me hice sacerdote.
–¿Para estar en posición ventajosa en caso de que en efecto regresara? –sugirió el rabino, en tono amable.
El joven sacerdote sonrió con ganas y asintió. Los demás sintieron el impulso de alargar el brazo para tocarlo, pues había rozado en todos una fibra agradable. Sentían una ternura inmensa.
–Con su permiso, rabino, caballeros –dijo el obispo, alzando el vaso–. Por la llegada del Mesías, o el Advenimiento de Jesucristo. Que no sean viejos sueños de ilusos.
Bebieron y se quedaron callados.
El obispo se sonó la nariz y se secó los ojos.
La velada transcurrió como otras muchas para los sacerdotes, los reverendos y el rabino. Se pusieron a jugar a las cartas y a debatir sobre Tomás de Aquino, pero sucumbieron a la aplastante lógica académica del rabino Nittler. Lo llamaron jesuita, tomaron unas copas y escucharon las noticias en la radio:
«… se teme que el marciano pueda sentirse atrapado en nuestra comunidad. Cualquiera que se cruce con él, que dé media vuelta y deje que el marciano siga su camino. Parece que lo mueve la curiosidad. No hay motivos para alarmarse. Con esto cerramos el…».
Mientras se dirigían hacia la puerta, los sacerdotes, los reverendos y el rabino discutieron sobre las traducciones a varios idiomas que se habían hecho del Antiguo y el Nuevo Testamento. Fue entonces cuando el joven padre Niven los sorprendió:
–¿Sabían que una vez me pidieron que escribiera un guion sobre los Evangelios? ¡Necesitaban un final para la película!
–Claro –protestó el obispo–, ni que la vida de Jesucristo tuviese un único final…
–Pero, Santidad, los Cuatro Evangelios contienen cuatro variaciones. Los comparé. Me puse contentísimo. ¿Por qué? Porque redescubrí algo que tenía casi olvidado. ¡La última cena no fue en realidad la última!
–Caramba, ¿qué fue, entonces?
–Bueno, Santidad, la primera de muchas, señor. ¡La primera de muchas! Tras la crucifixión y el entierro de Jesucristo, ¿no fue Simón, después Pedro, con los discípulos, a pescar al mar de Galilea?
–Así es.
–¿Y no se llenaron sus redes de peces milagrosos?
–En efecto.
–Y cuando vieron en la costa de Galilea una luz pálida, ¿no atracaron y se acercaron a lo que parecía ser unas brasas blanquecinas en las que estaban asándose los peces recién capturados?
–Ah, sí, sí –dijo el reverendo Smith.
–Y más allá del resplandor del cálido fuego de carbón, ¿no sintieron una presencia espiritual y la llamaron?
–Así es.
–Y al no obtener respuesta, Simón, después Pedro, susurró de nuevo: «¿Quién está ahí?». Y el espíritu desconocido en la orilla de Galilea extendió la mano hacia la luz del fuego y, en la palma de esa mano, ¿no vieron la llaga que había dejado el clavo, el estigma que no sanaba nunca?
»Habrían huido, pero el espíritu habló y dijo: “Toma los peces y da de comer a tus hermanos”. Y Simón, después Pedro, cogió los pescados asados a la brasa y dio de comer a los discípulos. Y el frágil espíritu de Jesucristo dijo: “Difundid mi palabra por todas las naciones del mundo y predicad en ellas el perdón de los pecados”. Y luego Jesucristo se marchó. Y, en mi guion, Jesucristo caminaba por la orilla de Galilea hacia el horizonte. Y cuando alguien camina hacia el horizonte, da la sensación de que se eleva, ¿no? Porque, vista desde cierta distancia, toda tierra se eleva. Y Jesucristo caminaba por la orilla hasta que se convertía en un puntito, a lo lejos. Y lo perdían de vista.
»Y mientras el sol salía en el mundo antiguo, el viento del amanecer se llevaba los miles de huellas que Jesucristo había dejado en la orilla hasta que no quedaba nada.
»Y los discípulos dejaban que los rescoldos del carbón se esparcieran entre chispas, y con el sabor de la auténtica y verdadera última cena en la boca, se iban. En mi guion, situaba la cámara en un plano picado para que se viera cómo los discípulos se dispersaban, unos hacia el norte, otros hacia el sur, otros hacia el este, para contarle al mundo lo que necesitaba saber sobre cierto hombre. Y sus huellas, trazando círculos en todas direcciones, desaparecían en la arena con el viento de la mañana. Empezaba un nuevo día. Fin. –El joven sacerdote estaba entre sus amigos, en el centro, con las mejillas encendidas, los ojos cerrados. De repente, abrió los ojos, como si acabara de recordar dónde estaba–. Perdón».
–¿Por qué? –exclamó el obispo, pasándose el dorso de la mano por los párpados, parpadeando rápidamente–. ¿Por haberme hecho llorar dos veces la misma noche? ¿Por ensimismarse en presencia de nuestro amado Jesucristo? Caray, ¡me ha devuelto la palabra, a mí!, ¡que conozco la palabra desde hace mil años, o eso me parece! Me ha refrescado el alma, usted, joven con alma de niño. Los peces que comieron en la orilla de Galilea es la verdadera última cena. Bravo. Merece conocer al Señor. ¡Es de justicia que el Advenimiento llegue por usted!
–¡No soy digno! –dijo el padre Niven.
–¡Ninguno lo somos! Pero si fuese posible el comercio de almas, ahora mismo daría la mía en préstamo con tal de que me prestara la suya, recién salida de la lavandería. ¿Otro brindis, caballeros? ¡Por el padre Niven! Y luego, buenas noches, se ha hecho tarde, buenas noches.
Bebieron y se marcharon; el rabino y los reverendos bajaron la colina hacia sus casas, y los sacerdotes se quedaron unos segundos en la puerta, contemplando Marte, aquel mundo extraño en el que soplaba un viento frío.
Dieron las doce, y luego la una, y las dos, y a las frías tres de la madrugada de Marte, el padre Niven se revolvió. Las velas titilaban entre suaves susurros. Las hojas revoloteaban contra la ventana.
De repente, se incorporó en la cama, sobresaltado a medias por un sueño de gritos tumultuosos y persecuciones. Escuchó. Fuera, a lo lejos, oyó cómo se cerraba una puerta exterior.
Tras ponerse deprisa una bata, el padre Niven bajó las escaleras en penumbra de la rectoría y cruzó la iglesia donde una decena de cirios alimentaban aquí y allá sus propios charcos de luz.
Revisó todas las puertas, pensando: Qué tontería cerrar con llave las iglesias… ¿Hay algo que robar acaso?
Pero, aun así, hizo la ronda en la noche soñolienta…
… y descubrió que el cerrojo de la puerta de la iglesia estaba descorrido y el viento estaba abriéndola suavemente. Tiritando, cerró la puerta.
Débiles pisadas a la carrera. Giró en redondo.
La iglesia estaba vacía. Las llamas de los cirios se inclinaban a un lado y a otro en sus capillas. No había más que un viejo olor a cera y a humo de incienso, restos dejados por todos los mercados del tiempo y la historia; otros soles, otras mañanas.
Mientras miraba un instante el crucifijo sobre el altar principal, se detuvo. Se oyó el ruido de una única gota de agua cayendo en la noche.
Despacio, se volvió para mirar el baptisterio al fondo de la iglesia. Allí no había velas, y sin embargo…
Una luz pálida brillaba en el pequeño recoveco en el que estaba la pila bautismal.
–¿Obispo Kelly? –dijo, a media voz.
Mientras recorría despacio el pasillo, le entró mucho frío y se detuvo porque… Otra gota de agua había caído, dando contra el suelo, desaparecido.
Era como si hubiese un grifo mal cerrado en alguna parte. Pero allí no había grifos. Solo estaba la pila bautismal en la que, gota a gota, estaba cayendo algún líquido, con un intervalo de tres latidos entre un sonido y otro.
En cierto nivel secreto, el corazón del padre Niven se dijo algo y se aceleró, luego se relajó hasta casi detenerse. Rompió a sudar. Se vio incapaz de moverse, pero debía hacerlo, un pie delante del otro, hasta que llegó al arco que daba paso al baptisterio.
En efecto, había una luz pálida en la oscuridad de aquel espacio pequeño. No, no era una luz. Una forma. Una silueta.
La silueta estaba detrás de la pila bautismal, apartada. El ruido del goteo había cesado.
Con la lengua apresada en la boca, los ojos abiertos de par en par como un loco, el padre Niven sintió que algo lo cegaba. Cuando recuperó la visión, se atrevió a gritar:
–¿¡Quién!?
Una sola palabra que retumbó por toda la iglesia, que hizo temblar las llamas de los cirios con sus reverberaciones, que levantó la ceniza del incienso, que le aterrorizó el corazón cuando el eco regresó rápidamente para decir: ¿¡Quién!?
La única luz del baptisterio provenía de las prendas pálidas de la silueta que estaba ahí de pie frente a él. Luz que bastó para mostrarle algo increíble.
La silueta se movió ante los ojos del padre Niven. Puso una mano por encima del baptisterio.
La mano quedó ahí suspendida como si no quisiera, algo separado del espectro que había más allá, como si estuviese ahí porque la mirada pavorosa y fascinada del padre Niven la había agarrado y, pese a la resistencia, había tirado de ella para revelar lo que había en el centro de su palma blanca y abierta.
Había un agujero irregular, un cerco del que, despacio, una a una, salían gotas de sangre que caían lentamente a la pila bautismal.
Las gotas de sangre impactaban contra el agua bendita, la coloreaban y se disolvían entre ondas lentas.
La mano permaneció allí durante unos segundos pasmosos, ante los ojos del padre Niven, cuya visión iba y venía.
Como si hubiese recibido un golpe terrible, el padre Niven cayó de rodillas ahogando un grito, mitad de desesperación, mitad de revelación, con una mano sobre los ojos, protegiéndose de la aparición con la otra.
–No, no, no, no, no, no, no, ¡no puede ser!
Era como si un dentista espantoso se le hubiese echado encima sin anestesia y de un tirón le hubiese extraído, en crudo, el alma entera de cuajo. Sintió que algo hacía palanca en su interior, que le arrancaban la vida, y las raíces eran, ay Dios…, ¡profundas!
–¡No, no, no, no!
Pero sí.
Miró de nuevo por entre sus dedos entrelazados. Ahí estaba el Hombre.
Y la horrible palma ensangrentada temblaba y goteaba en el aire del baptisterio.
–¡Basta!
La palma retrocedió y desapareció. El espíritu esperaba.
Y el rostro del espíritu era agradable y familiar. Aquellos ojos bellos, profundos e incisivos eran como sabía que siempre habían sido. Había gentileza en su boca y en la palidez que rodeaban mechones de pelo suelto y barba. El Hombre iba vestido con las prendas sencillas que había llevado en los campos cercanos a Galilea.
Y entonces vio que la Silueta, el Espectro, el Hombre, el Espíritu, lo que quiera que fuese, también estaba temblando. No, pensó el sacerdote, ¡no puede ser! ¿Tiene miedo? ¿Miedo de…, mí?
Enseguida, el Espíritu se sacudió con una agonía inmensa similar a la del padre Niven, como un reflejo de su propia conmoción, abrió completamente la boca, cerró con fuerza los ojos y gimió:
–Por favor, déjame ir…
Ante aquello, el joven sacerdote abrió los ojos y ahogó un grito. Pensó: Pero si eres libre. ¡Nadie te retiene aquí!
Y al instante:
–¡Sí! –gritó la aparición– ¡Tú me retienes aquí! ¡Por favor! ¡Aparta la mirada! ¡Cuanto más miras, más me convierto en esto! ¡No soy lo que parezco!
Pero, pensó el sacerdote, ¡si no he hablado! ¡Mis labios no se han movido! ¿Este espíritu me lee la mente?
–Sé todo lo que piensas –dijo la aparición, temblando, pálida, retrocediendo en la penumbra del baptisterio–. Cada frase, cada palabra. No pretendía venir. Me aventuré en el pueblo. De repente era muchas cosas para mucha gente. Hui. Me siguieron. Me escondí aquí. La puerta estaba abierta. Entré. Y entonces, entonces…, ay, me quedé atrapado. –No, pensó el sacerdote–. Sí –gimió el espíritu–. Por tu culpa.
Despacio, gruñendo bajo el peso de una revelación aún más terrible, el sacerdote se sujetó al borde de la pila y, tambaleándose, se levantó. Finalmente, reunió valor para atreverse a preguntar:
–¿No eres…, lo que pareces?
–No –dijo el otro–. Lo siento. –Voy a enloquecer, pensó el sacerdote–. No –dijo el espíritu–, o me arrastrarás contigo a la locura.
–No puedo renunciar a ti, amado Dios, ahora que estás aquí, después de tantos años, de tantos sueños, ¿no lo ves?, es pedir demasiado. ¡La humanidad entera lleva dos mil años esperando tu regreso! Y yo, yo soy quien está ante ti, te ve…
–Estás ante su sueño, nada más. Solo ves tus propias necesidades. Debajo de todo esto… –La silueta tocó sus ropas y su pecho–. Soy otra cosa.
–¿¡Qué tengo que hacer!? –estalló el sacerdote, mirando ora al cielo, ora al espíritu, que se estremeció con su grito–. ¿Qué?
–Aparta la mirada. No tardaré en salir por la puerta y desaparecer.
–¿Así…? ¿Así sin más?
–Por favor –dijo el Hombre.
El sacerdote respiró hondo varias veces, tiritando.
–Si este momento pudiera durar una hora al menos…
–¿Me matarías?
–¡No!
–Si me retienes, si me obligas a mantener esta forma durante más tiempo, serás responsable de mi muerte.
El sacerdote se mordió los nudillos, y sintió que una sacudida de tristeza le atravesaba los huesos.
–¿Eres…? ¿Eres un marciano?
–Ni más. Ni menos.
–¿Y yo te he hecho eso con el pensamiento?
–Lo has hecho sin maldad. Cuando has bajado las escaleras, tu viejo sueño me atrapó y me transformó. Las palmas de las manos todavía me sangran con las heridas que me has dado con sus pensamientos secretos.
El sacerdote meneó la cabeza, desconcertado.
–Un segundo…, espera…
Miró fijamente, con ansias, la penumbra en la que la luz perfilaba al espíritu. Aquel rostro era hermoso. Y, ay, las manos eran preciosas hasta lo indescriptible.
El sacerdote asintió, sintió pena, como si acabara de regresar del auténtico monte Calvario. Y el tiempo pasó. Y las ascuas esparcidas se apagaban en la arena cerca de Galilea.
–Sí… Si te dejo ir…
–Tienes, ¡tienes que dejarme ir!
–Si te dejo ir, prométeme…
–¡Qué!
–Prométeme que vas a volver.
–¿Volver? –gritó aquel ser en la oscuridad.
–Una vez al año, no pido más, vuelve una vez al año, aquí, a este lugar, a esta pila, a la misma hora de la noche…
–¿Volver…?
–¡Promételo! Tengo que vivir este momento de nuevo. ¡No sabes lo importante que es! Promételo, ¡o no te dejaré ir!
–Lo…
–¡Dilo! ¡Júralo!
–Lo prometo –dijo el pálido espíritu en la oscuridad–. Lo juro.
–Gracias, ay, gracias…
–¿Qué día del año que viene tengo que volver?
El rostro del joven sacerdote se había llenado de lágrimas. Apenas recordaba lo que quería decir y, cuando lo dijo, apenas lo oyó:
–En Pascua, ay, Dios, sí, en Pascua, ¡el año que viene!
–Por favor, no llores –dijo la silueta–. Volveré. ¿En Pascua, dices? Conozco vuestro calendario. Sí. Y ahora… –La pálida mano herida se movió por el aire en una leve súplica–. ¿Puedo irme?
El sacerdote apretó los dientes para evitar estallar en gritos de congoja.
–Bendíceme, y vete.
–¿Así? –dijo la voz.
Y la mano se acercó para tocarlo ligerísimamente.
–¡Rápido! –exclamó el sacerdote, con los ojos cerrados, apretando los puños con fuerza contra sus costillas para no extender los brazos y sujetarlo–. Vete antes de que te retenga para siempre. Corre. ¡Corre!
La mano pálida lo tocó una última vez en la frente. Se oyó el sonido de unos pies descalzos a la carrera. Una puerta se abrió a las estrellas; se cerró de golpe.
Hubo un instante prolongado durante el cual el eco del portazo se abrió paso por la iglesia, hasta cada altar, cada capilla, hacia lo alto como un único pájaro ciego que busca y encuentra la libertad en el ábside. La iglesia paró de temblar por fin, y el sacerdote se tocó como si quisiera decirse cómo comportarse, cómo respirar de nuevo; quieto, cálmate, la cabeza bien alta…
Finalmente, se tambaleó hasta la puerta y se apoyó en ella, con el deseo de abrirla de par en par, contemplar la carretera que debía de estar desierta, con una silueta de blanco quizás, lejos, en plena huida. No abrió la puerta.
Recorrió la iglesia, feliz de tener quehaceres, terminar el ritual de echar los cerrojos. Revisar todas las puertas llevaba su tiempo. Como llevaba su tiempo la llegada de la Pascua.
Se detuvo en la pila y vio que en el agua clara no había ni rastro de rojo. Se mojó la mano y se refrescó la frente, las sienes, las mejillas y los párpados.
Luego cruzó despacio el pasillo, se tendió frente al altar y rompió a llorar de verdad. Oía cómo los sonidos de su pena ascendían y descendían agónicamente desde la torre, donde la campana colgaba en silencio.
Y lloraba por muchos motivos.
Por él.
Por el hombre que había estado allí hacía unos minutos.
Por el tiempo que faltaba para que la piedra fuese de nuevo retirada y descubrieran que la tumba estaba vacía.
Para que Simón, después Pedro, viera de nuevo al Espíritu en la orilla de Marte, y a sí mismo como Simón-Pedro.
Y sobre todo lloraba porque, ay, porque, porque…, nunca podría hablar de aquella noche con nadie…
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