Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el niño invisible

spanish

Save as PDF
Cogió el cucharón de hierro y el sapo momificado y de un golpetazo lo redujo a polvo, y le habló al polvo mientras lo molía rápidamente entre sus puños pétreos. Sus perlados ojos grises de pájaro volaban hacia la cabaña. Cada vez que miraba, una cabeza se escabullía en el ventanuco como si acabaran de dispararle con una escopeta.
–¡Charlie! –gritó Anciana–. ¡Sal ahora mismo! ¡Estoy preparando un hechizo lagartero para abrir esa puerta oxidada! ¡Si sales, no haré temblar la tierra ni que los árboles se incendien ni que el sol se ponga a mediodía!
El único sonido era el de la luz cálida de la montaña sobre las altas trementinas, una ardilla moñuda que piaba sin parar sobre un leño reverdecido, las hormigas que avanzaban en perfecta línea recta sobre los pies descalzos y venosos de Anciana.
–¡Llevas dos días ahí metido muriéndote de hambre, puñetero! –resolló mientras hacía rechinar el cucharón contra una piedra plana, haciendo que la bolsa mágica, repleta y gris, se balanceara en su cintura. Empapada en sudor agrio, fue directa hacia la cabaña, con la carne pulverizada en la mano–. ¡Sal ahora mismo! –Metió un pellizco de polvo en la cerradura–. Muy bien, ¡ya te saco yo! –resopló.
Giró el pomo con una mano color nogal, primero hacia un lado, luego hacia el otro.
–Oh, Dios –entonó–, ¡abre esta puerta de par en par!
Como no se abrió lo más mínimo, hizo otro conjuro y contuvo el aliento. Se oyó el frufrú de su falda azul, larga y desaseada mientras rebuscaba en su bolsa de tinieblas para ver si tenía algún monstruo escamoso, un hechizo mejor que el sapo que había matado meses atrás para una crisis como aquella.
Oía la respiración de Charlie al otro lado de la puerta. Sus padres se habían largado a un pueblo de los Ozark a principios de semana, abandonándolo, y Charlie había corrido los casi diez kilómetros que había hasta la casa de Anciana en busca de compañía: era su tía o su prima o algo por el estilo, y no le importaban sus rarezas.
Pero luego, dos días atrás, Anciana, cuando se hubo acostumbrado a la presencia del niño, decidió quedárselo porque le resultaba práctico. Se pinchó en el fino hueso del hombro, extrajo tres gotitas de sangre, las escupió con saliva en el codo derecho y pisoteó un grillo reseco a la vez que le clavaba a Charlie las uñas de la mano izquierda, diciendo: «Eres mi hijo, eres mi hijo, ¡por toda la eternidad!».
Charlie, brincando como una liebre asustada, había corrido despavorido hacia el monte, directo a casa.
Pero Anciana, escurriéndose a toda prisa como una lagartija con un vestido a cuadros, lo acorraló en un camino sin salida, y Charlie se encerró en aquella vieja cabaña de ermitaño y se negaba a salir, por más que ella aporreara la puerta, la ventana o el pomo con su puño ambarino o atizara su fuego ritual mientras le explicaba que ahora era su hijo sin ninguna duda, por supuesto que sí.
–Charlie, ¿estás ahí? –preguntó, abriendo agujeros en la madera de la puerta con sus ojitos brillantes y ladinos.
–Aquí estoy –respondió por fin, muy cansado.
Podría desplomarse en cualquier momento. Anciana forcejeó con el pomo, esperanzada. Quizás había puesto un pellizquito de más de polvo de sapo había rallado mal la cerradura. Siempre se pasaba o se quedaba corta con los hechizos, pensó con enfado, nunca le salían exactos, ¡al diablo con ellos!
–Charlie, solo quiero a alguien con quien charlar por las noches, alguien con quien calentarme las manos frente al fuego. ¡Alguien que me traiga chasca por las mañanas y que plante cara a los espectros que salen de los sapos más madrugadores! No quiero tenerte encerrado ni nada, hijo, solo quiero compañía. –Chasqueó los labios–. Te diré una cosa, Charlie, ¡si sales, te enseño algunas cosas!
–¿Qué cosas? –dijo él con suspicacia.
–Te enseñaré a comprar barato y vender caro. A cazar armiños, a cortarles la cabeza y a llevarla caliente en el bolsillo de atrás. ¡Qué tal!
–Bah –dijo Charlie.
–Te enseñaré a tener piel antibalas. Para que cuando alguien te dispare, no te pase nada. –Como Charlie se quedó callado, le dio el secreto con un susurro agudo y trémulo–. Desentierra y cose raíces de cerastio un viernes de luna llena, y cuélgatelas del cuello con un hilo de seda blanco.
–Estás loca –dijo Charlie.
–Te enseñaré a detener la sangre o a paralizar animales o a devolver la vista a los caballos ciegos, ¡todo eso te voy a enseñar! Te enseñaré a curar a una vaca hinchada y a deshechizar las cabras. ¡Te enseñaré a hacerte invisible!
–Hala –dijo Charlie. El corazón de Anciana redobló como un tambor del Ejército de Salvación. El pomo giró–. Te estás quedando conmigo –dijo Charlie.
–Por supuesto que no –exclamó Anciana–. Ay, Charlie, vaya, haré que seas como una ventana, transparente. Ay, chico, ¡qué sorpresa te vas a llevar!
–¿Invisible de verdad?
–¡Invisible de verdad!
–¿No vas a encerrarme si salgo?
–No voy a tocarte ni un pelo, hijo.
–Bueno –dijo a regañadientes, arrastrando las palabras–, vale. –La puerta se abrió. Charlie apareció descalzo, cabizbajo, con la barbilla contra el pecho–. Hazme invisible –dijo.
–Primero tenemos que encontrar un murciélago –dijo Anciana–. ¡A buscar!
Le dio un trozo de cecina para que se quitara el hambre y lo observó mientras trepaba a un árbol. Subió y subió y era agradable verlo ahí arriba y también tenerlo allí después de tantos años sola sin nadie a quien dar los buenos días salvo a las cacas de pájaro y los rastros plateados de los caracoles.
Al poco, un murciélago cayó revoloteando del árbol con un ala rota. Anciana lo cogió al vuelo, seguía aleteando con fuerza y chillaba mientras enseñaba sus dientes blancos como la porcelana, y Charlie cayó detrás, apretándose una mano con la otra, gritando.
Esa noche, con la luna mordisqueando las sazonadas piñas de los pinos, Anciana sacó una aguja larga y plateada de debajo de su holgado vestido azul. Paladeando su excitación y sus ansias secretas, apuntó al murciélago muerto con la fría aguja sosteniéndola muy, muy quieta.
Hacía mucho que se había dado cuenta de que sus encantamientos, pese a los sudores, las sales y los sulfuros, fracasaban. Pero siempre había soñado que sus hechizos funcionarían algún día, que surgirían como flores carmesíes y estrellas plateadas para demostrar que Dios la había perdonado por su cuerpo y sus pensamientos sonrosados, por su cuerpo y sus acalorados pensamientos de juventud. Pero, hasta el momento, Dios no le había mandado señal alguna y no había dicho palabra; nadie salvo Anciana lo sabía.
–¿Listo? –le preguntó a Charlie, que estaba acuclillado con las rodillas dobladas, abrazándoselas con sus largos brazos, la piel de gallina, la boca abierta, gesto de dentera.
–Listo –susurró, tiritando.
–¡Allá va! –Hundió la aguja en el ojo derecho del murciélago–. ¡Ea!
–¡Hala! –gritó Charlie, tapándose la cara.
–Ahora lo envuelvo en guinga, y toma, guárdatelo en el bolsillo, con murciélago y todo, y no lo saques. ¡Venga!
Se guardó el amuleto.
–¡Charlie! –gritó, atemorizada–. Charlie, ¿dónde estás? ¡No te veo, niño!
–¡Aquí! –Charlie saltó de tal forma que la luz le recorrió el cuerpo en franjas rojas–. ¡Estoy aquí, Anciana! –Se miraba como loco los brazos, las piernas, el pecho, los dedos de los pies–. ¡Estoy aquí!
Parecía que sus ojos estuviesen siguiendo el vuelo entrecruzado de un millar de luciérnagas por el indomable aire nocturno.
–Charlie, vaya, ¡has desaparecido rapidísimo! ¡Más rápido que un colibrí! Ay, Charlie, ¡vuelve conmigo!
–Pero ¡si estoy aquí! –gimoteó.
–¿Dónde?
–¡Junto al fuego, el fuego! Pero… Yo me veo. ¡No soy invisible para nada!
Anciana se balanceó sobre su escuálido trasero.
–¡Claro que te ves! Todas las personas invisibles se ven a sí mismas. Si no, no podrías comer, caminar ni ir a ningún sitio, ¿no? Charlie, tócame. Tócame para saber que eres tú.
Incómodo, alargó un brazo.
Ella fingió sobresalto, susto, cuando la tocó.
–¡Ah!
–¿Me estás diciendo que no puedes verme? –le preguntó–. ¿En serio?
–¡No te veo ni media nalga siquiera! –Buscó un árbol que mirar, y, mirándolo, se quedó con los ojos vidriosos, cuidándose de no volver la vista hacia él–. Caray, ¡esta vez sí que me ha salido el truco! –Suspiró asombrada–. Vaaaaya. ¡Nunca me había salido tan rápido lo de la invisibilidad! Charlie. Charlie, ¿cómo te sientes?
–Como el agua del arroyo…, todo revuelto.
Tras una pausa, Anciana añadió:
–Bueno, Charlie, ¿qué vas a hacer ahora que eres invisible?
Toda clase de ideas se le pasaban por la cabeza, se lo notaba. Aventuras que aparecían y danzaban ante sus ojos como el fuego del infierno, y su boca, del todo abierta, daba fe de lo que significaba ser un niño que se imaginaba a sí mismo como el viento de montaña.
–Voy a correr por los trigales –dijo, desde el interior de un sueño frío–, a escalar montañas nevadas, a robar gallinas de las granjas. Voy a dar patadas a los cerdos cuando estén despistados. Voy a pellizcarles las piernas a las chicas guapas cuando estén dormidas, a tirarles de las ligas cuando estén en clase. –Charlie miró a Anciana, que, con resplandor en los ojos, vio que algo malvado le modelaba el rostro–. Y más cosas voy a hacer, más cosas, sí –dijo.
–No vayas a propasarte conmigo –le advirtió Anciana–. Soy más frágil que un muelle de hielo y no soporto que me toqueteen. –Y luego–: ¿Y tus padres?
–¿Mis padres?
–No puedes aparecer así por casa. Les sacarías las entrañas del susto. Tu madre se caería desmayada de espaldas como un árbol talado. ¿Crees que van a quererte así por casa para andar tropezándose y que tu madre tenga que llamarte cada dos por tres, aunque estés en la misma habitación pegado a su codo?
Charlie no lo había pensado. Se vino un poco abajo, murmuró un leve «mecachis» y se tocó con cuidado sus largas extremidades.
–Vas a estar más solo que la una. La gente viendo a través de ti como si fueses un vaso de agua, la gente dándote topetazos porque no ven que estás en medio… Y las mujeres, Charlie, las mujeres…
Charlie tragó saliva.
–¿Qué pasa con las mujeres?
–Ninguna mujer se va a dignar a mirarte. ¡Y ninguna va a querer besar a un chico al que no hay forma de encontrarle la boca!
Charlie clavó un dedo del pie en la tierra, pensativo. Hizo un puchero.
–Bueno, aun así, voy a quedarme invisible durante un rato. Voy a pasármelo bien. Tengo que andarme con mucho ojo, nada más. No me acercaré a las carretas ni a los caballos ni a mi padre. Mi padre dispara a la primera de cambio. –Charlie parpadeó–. Caray, si me quedo invisible, un día de estos mi padre me suelta un cartuchazo en el jardín creyendo que soy una ardilla…
Anciana asintió con la vista en el árbol.
–Seguramente.
–Bueno –resolvió, despacio–, voy a quedarme invisible solo por esta noche, y mañana me dejas otra vez como estaba, Anciana.
–Vaya tela con el crío, siempre quiere ser lo que no puede ser –comentó Anciana a un escarabajo en un leño.
–¿A qué te refieres?
–Caray –explicó–, el hechizo me ha costado lo suyo. Y me va a llevar tiempo quitártelo. Como quitar una capa de pintura, chico.
–¡Tú! –gritó Charlie–. ¡Esto me lo has hecho tú! ¡Ponme como estaba, que se me vea!
–Chitón –dijo–. Ya se quitará, primero una mano, luego un pie…
–¡Qué pinta voy a tener por ahí por las colinas si solo se me ve una mano!
–La de un pájaro con cinco dedos posado en las piedras y las zarzas.
–¡¿Y si solo se me ve un pie?!
–La de un conejito rosa saltando un matorral.
–¿¡O la cabeza flotando!?
–¡La de un globo peludo en una feria!
–¿Cuánto tardaré en estar entero? –preguntó.
Según sus cálculos, bien podría tardar todo un año.
Charlie gruñó. Empezó a sollozar, se mordió los labios y apretó los puños.
–Tú me has hechizado, has sido tú, es cosa tuya. ¡Ahora no podré irme a mi casa!
Ella le guiñó un ojo.
–Puedes quedarte aquí, chico, quédate conmigo que se está muy a gusto y te mantendré la tripita bien llena.
–¡Lo has hecho adrede! –estalló–. ¡Mala, vieja arpía, quieres que me quede aquí!
Acto seguido, echó a correr entre los arbustos.
–¡Charlie, vuelve!
La única respuesta fueron sus pisadas en la tierra negra y mullida, y su llanto atragantado que tan pronto llegó, desapareció.
Esperó, recogió algo de leña y encendió un fuego.
–Volverá –susurró. Y, para sí, dijo–: Y ahora tendré compañía durante la primavera y todo el verano. Y cuando me harte de él y quiera silencio, lo mandaré a casa.
Charlie regresó sin hacer ruido con las primeras grisuras del amanecer, deslizándose por la tierra escarchada hasta donde Anciana estaba despatarrada como un palo blanqueado delante de las ascuas dispersas.
Se sentó sobre unos guijarros y la miró fijamente.
Anciana no se atrevió a mirarlo, ni más allá de él. No había hecho ningún ruido, ¿cómo iba a saber que estaba ahí? De ninguna manera.
Charlie no se movió, tenía marcas de lágrimas en las mejillas.
Fingiendo que se despertaba –aunque no había pegado ojo en toda la noche–, Anciana se levantó, gruñó y se desperezó, y se volvió hacia el amanecer.
–¿Charlie? –Sus ojos fueron de los pinos al suelo, al cielo, a las colinas lejanas. Gritó su nombre, una y otra vez, y pensó en mirarlo directamente a los ojos, pero se detuvo–. ¿Charlie? ¡Ay, Charles!
Siguió allí sentado, con el asomo de una sonrisa, sabiendo de repente que, aunque estaba a su lado, debía de sentirse sola. Quizás sentía cómo crecía en él un poder secreto, quizás se sentía seguro ante el mundo, pero desde luego estaba encantado con su invisibilidad.
–¿Dónde estará este niño? Si al menos hiciese un ruido para que pueda saber dónde está, le pondría el desayuno. –Preparó las vituallas de la mañana, irritada con su persistente silencio. Frio beicon con un palo de nogal–. El olor atraerá sus narices –murmuró.
Mientras estaba de espaldas, Charlie cogió el beicon de la sartén y lo devoró a toda prisa.
Anciana giró en redondo.
–¡Dios mío! –gritó. Escrutó el claro con suspicacia–. Charlie, ¿eres tú?
Charlie se limpió la boca en las muñecas.
Anciana trotó por el claro, fingiendo que intentaba localizarlo. Finalmente, tuvo una idea astuta y, como si fuese ciega, fue directa hacia él con las manos por delante.
–Charlie, ¿dónde estás?
Como un rayo, la esquivó fintando, agachándose.
Le costó toda su fuerza de voluntad no perseguirlo: pero no puede perseguirse a un niño invisible, así que se sentó, ceñuda, farfullando, e intentó freír más beicon. Cada rebanada que cortaba, él la birlaba mientras chisporroteaba en el fuego y echaba a correr. Finalmente, con las mejillas encendidas, Anciana gritó:
–¡Se dónde estás! ¡Ahí! ¡Te oigo correr! –Señaló a un punto cercano a él, sin acertar demasiado. Charlie corrió de nuevo–. ¡Ahora estás ahí! –gritó–. ¡Ahí, y ahí! –señalando hacia todos los lugares que pisó durante los cinco minutos siguientes–. Oigo cómo aplastas la hierba, cómo tiras una flor, cómo rompes una ramita. Tengo un oído finísimo, más delicado que las rosas. ¡Oigo cómo se mueven las estrellas!
Charlie corrió sin hacer ruido entre los pinos, perseguido por su voz:
–¡No puedes oírme si me quedo sentado en una piedra! ¡Y voy a sentarme!
Y se pasó el día entero sentado en el otero de su piedra al viento raso, inmóvil y chupeteándose la lengua.
Anciana recogió leña en lo profundo del bosque, sintiendo en la espalda su mirada escurridiza. Quiso mascullar: «¡Ah, te veo, te veo! ¡Lo de los niños invisibles no era más que una pamplina! ¡Estás ahí!». Pero se tragó el orgullo y se mordió la lengua con las encías.
A la mañana siguiente, Charlie hizo cosas despreciables. Salía brincando de detrás de los árboles. Le ponía cara de renacuajo, de sapo, de araña, con los brazos en jarra, los ojos abiertos de par en par, dilatando las narinas tanto que podías asomarte y ver cómo pensaba su cerebro.
Una vez le tiró la chasca. Ella fingió que la había asustado un arrendajo azul.
Él hizo ademán de estrangularla. Ella tembló un poco.
También hizo ademán de patearle las espinillas y escupirle en la mejilla.
Ella soportó aquellos ademanes sin parpadear ni torcer la boca.
Le sacó la lengua e hizo ruidos extraños y desagradables. Se tiró de las orejas para hacerla reír, y al final ella se rio y se apresuró a explicarse diciendo:
–¡Me he sentado encima de una salamandra! ¡Vaya cómo pica!
Al mediodía, aquella locura había alcanzado cotas terribles.
¡Pues justo a esa hora Charlie apareció corriendo valle abajo en pelota picada!
¡Anciana casi se cae al suelo de la conmoción!
«¡Charlie!», gritó casi.
Charlie corría desnudo ladera arriba y desnudo ladera abajo, desnudo como el día, desnudo como la luna, en cueros como el sol y como un polluelo recién nacido, y sus pies titilaban y se movía a toda prisa como las alas de un colibrí volando al ras.
Anciana se mordió la lengua. ¿Qué podía decir? ¿Charlie, ve a vestirte? ¿Qué vergüenza? ¿Para ya? ¿Podía hacerlo, acaso? ¡Ay, Charlie, Charlie, por Dios! ¿Podía decirlo ya? ¿Y bien?
Subido a la gran piedra, lo vio bailar de un lado a otro, desnudo como su madre lo trajo al mundo, dando pisotones con los pies descalzos, dándose manotazos en las rodillas y encogiendo y sacando su barriga blanca como un globo de circo que se infla y se desinfla.
Ella cerró los ojos con fuerza y rezó.
Tras tres horas así, suplicó:
–¡Charlie, Charlie, ven aquí! ¡Tengo que decirte una cosa! –Como una hoja que cae se acercó él, de nuevo vestido, gracias a Dios–. Charlie –dijo, mirando los pinos–, te veo el dedo gordo del pie derecho. Ahí está.
–¿En serio?
–Sí –dijo ella, muy apenada–. Ahí está, como un sapo en la hierba. Y ahí, ahí está tu oreja izquierda en mitad del aire como una mariposa rosa.
Charlie bailó.
–¡Me estoy formando, me estoy formando!
Anciana asintió.
–¡Y ahí tienes el tobillo!
–¡Quiero mis dos pies! –ordenó Charlie.
–Ya los tienes.
–¿Y las manos qué?
–Veo una subiéndote por la rodilla como una araña zancuda.
–¿Y la otra?
–Por ahí sube también.
–¿Ya tengo cuerpo?
–Va cobrando forma perfectamente.
–Necesito la cabeza para volver a casa, Anciana.
Para volver a casa, pensó ella, cansada.
–¡No! –dijo, terca y enfadada–. No, cabeza no tienes. Nada de cabeza –gritó. Eso lo dejaría para el final–. Cabeza no, cabeza no –insistió.
–¿Cabeza no? –lloriqueó.
–Sí, por Dios, sí, sí, ¡ya tienes la condenada cabeza! –espetó, rindiéndose–. ¡Y ahora devuélveme el murciélago con la aguja en el ojo!
Charlie se lo tiró.
–¡Yuuuu-juuuu!
Su grito resonó por todo el valle, y mucho después de que se hubiese ido corriendo a casa, aún alcanzaba a oír el eco de su carrera.
Luego recogió la chasca con un agotamiento enorme, árido, y se encaminó hacia su choza, suspirando, hablando. Y Charlie la siguió durante todo el día, ahora sí invisible, porque no podía verlo, solo oírlo, como una piña que cae o el chapoteo de un arroyo subterráneo, o una ardilla trepando por una rama; y frente al fuego a medianoche ella y Charlie se sentaron, él invisible, ella ofreciéndole beicon que Charlie no quería, así que se lo comió ella, y más tarde preparó un conjuro y se durmió junto a Charlie, hecho de palos, trapos y guijarros, pero aun así cálido, y era hijo suyo, adormecido y bello en sus manos maternales y temblorosas… Y hablaron de objetos dorados con voces soñolientas hasta que, muy poco a poco, el amanecer consumió el fuego…
Save as PDF