Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el romance

spanish

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Durante toda la mañana, hubo en el aire claro un aroma a hierba segada o a grano verde o a flores, Sio no sabía a qué, no era capaz de reconocerlo. Bajó la colina desde su cueva secreta y giró a un lado y a otro y levantó su cabeza magnífica y aguzó la vista para ver, y la brisa soplaba insistente, elevando la marea de aroma dulce a su alrededor. Parecía primavera en otoño. Buscó las flores oscuras que se arracimaban bajo las piedras duras, a conciencia, pero no encontró ninguna. Buscó un rastro de hierba, aquella rápida pleamar que recorría Marte durante una semana escasa cada primavera, pero la tierra era hueso y guijarro y del color de la sangre.
Sio regresó a su cueva, ceñudo. Miró el cielo y vio los cohetes de los terrícolas que descendían centelleantes, a lo lejos, cerca de los pueblos recién construidos. A veces, de noche, bajaba en bote por los canales en silencio total, lo varaba en un lugar oculto y luego nadaba, a brazadas mudas, hasta la orilla de los pueblos recientes, y desde allí observaba a los hombres con sus martillos, sus clavos y sus pinturas, hombres que trasnochaban en su afán de construir algo extraño en aquel planeta. Escuchaba su idioma raro e intentaba entender, y veía cómo los cohetes se rodeaban de grandes penachos de preciosas llamas para ascender con estruendo hacia las estrellas; un pueblo increíble. Y luego, vivo y libre de enfermedades, solo, Sio regresaba a su cueva. A veces, caminaba muchos kilómetros entre las montañas en busca de otros de su raza oculta, unos pocos, unas pocas, pensando en el destino que finalmente había acabado con su pueblo. No echaba la culpa a los terrícolas; había sido un accidente, la enfermedad que había abrasado a su padre y a su madre mientras dormían, y abrasado a los padres y las madres de una gran cantidad de hijos.
Olisqueó de nuevo el aire. Ese extraño aroma. Aquel olor dulce y vagabundo a mezcla de flores y musgo verde.
–¿Qué es? –Entornó sus ojos dorados en todas direcciones.
Era alto y todavía un niño, aunque dieciocho veranos le habían ensanchado los músculos de los brazos y tenía las piernas largas gracias a las sesiones de nado en los canales, a las veces que se atrevía a correr y esconderse, correr de nuevo y esconderse deprisa entre los cegadores lechos del mar muerto, o a las largas batidas con cajas plateadas para recoger flores asesinas y lagartos de fuego con los que alimentarlas. Tenía la sensación de que su vida había consistido en nadar y caminar, las cosas que los muchachos hacían para quemar energías y pasiones, hasta que se casan y una mujer no tarda en hacer lo que antes hacían las montañas y los ríos. Había cargado con la pasión mucho tiempo y alcanzado la primera adultez más tarde que la mayoría, y mientras otros habían paseado por los canales mortecinos en botes ligeros con una mujer contra su cuerpo como un bajorrelieve, Sio había continuado con sus brincos y sus deportes, casi todo el tiempo solo, y a menudo hablaba consigo mismo. Había sido la preocupación de sus padres, y la desesperación de las mujeres que llevaban viendo cómo su sombra iba estirándose generosamente desde el día en que cumplió catorce años, y se hacían gestos con la cabeza unas a otras, mientras veían cómo pasaba un año tras otro en el calendario…
Pero desde la invasión y la enfermedad, había aflojado el paso hasta detenerse. Su universo se lo había tragado la muerte. Los pueblos levantados a fuerza de serrucho, martillo y pintura fresca eran portadores de enfermedades. El peso de tantas muertes oprimía sus sueños. Solía despertarse llorando, protegiéndose con las manos del aire de la noche. Pero sus padres ya no estaban y ya era hora, desde hacía mucho, de buscarse una amiga especial, un tacto, un amor.
El viento soplaba en círculos y propagaba aquel olor radiante. Sio respiró hondo y notó cómo su piel se calentaba.
Y entonces se oyó un ruido. Parecía una pequeña orquesta tocando. La música subía por el angosto valle de piedra hasta su cueva.
Un penacho de humo ascendía perezoso hacia el cielo como a un kilómetro de distancia. Debajo, junto al antiguo canal, había una casita que los terrícolas habían construido para el equipo arqueológico, un año atrás. Estaba abandonada y Sio se había acercado varias veces a echar un vistazo a las habitaciones vacías, sin entrar, pues temía que pudiera contagiarse de la enfermedad negra.
La música salía de aquella casa.
–¿Una orquesta entera en esa casita? –se preguntó, y corrió sin hacer ruido valle abajo con las primeras luces de la tarde.
La casa parecía vacía, pese a la música que salía a raudales por las ventanas abiertas. Sio gateó de una piedra a otra, tardó media hora en situarse a unos treinta metros de la aterradora y estruendosa casa. Estaba boca abajo, cerca del canal. Si pasaba algo, podría tirarse al agua y dejarse arrastrar por la rápida corriente de regreso a las colinas.
La música se elevaba, rebotaba contra las piedras, zumbaba en el aire tórrido, temblaba en sus huesos. El tejado de la casa se sacudía entre nubes de polvo. La pintura se caía de la madera descascarillada como una nevada suave.
Sio se levantó de un brinco y de nuevo se tumbó. No veía ninguna orquesta dentro. Y el olor que lo había sacado de su refugio de piedra era allí más intenso, como una corriente de agua clara por su cara sudorosa.
Al fin, de una carrera súbita, alcanzó la ventana, se asomó.
Sobre una mesa baja, resplandecía una máquina marrón. En la máquina, había una aguja plateada apoyada sobre un disco negro que daba vueltas. ¡La orquesta atronaba! Sio miró aquel extraño aparato. La música se detuvo. En el siseante intervalo de silencio, oyó pasos. Echó a correr y se lanzó al canal.
Se hundió en el agua fría y se quedó en el fondo, aguantando la respiración, a la espera. ¿Lo habían atrapado? ¿Lo habían atraído hasta allí para capturarlo y matarlo?
Pasó un minuto, le salieron burbujas por la nariz. Se agitó y ascendió despacio hacia el mundo espejado y húmedo de la superficie.
Mientras buceaba con los ojos abiertos, la vio a través de la fría corriente verde. Su rostro era como una piedra blanca por encima de él.
Durante un instante, no se movió lo más mínimo, pero la vio. Aguantó la respiración. Se dejó arrastrar por la corriente, que se lo llevó despacio, muy despacio, y era muy guapa, era de la Tierra, había llegado en un cohete que chamuscó la tierra y gratinó el aire, y era blanca como una piedra.
El agua de canal lo llevó hasta las colinas. Salió, chorreando.
Era preciosa, pensó. Se sentó en el borde del canal, jadeando. Sentía una presión en el pecho. La sangre le ardía en la cara. Se miró las manos. ¿Tenía la enfermedad negra? ¿Lo había contagiado?
Tendría que haber salido, cuando ella se agachó, y haberla estrangulado con las manos, pensó. Nos mató, nos mató. Vio su garganta blanca, sus hombros blancos. Qué color tan peculiar, pensó. Pero, no, pensó, ella no nos mató. Fue la enfermedad. ¿Cómo puede haber oscuridad en tanta blancura?
–¿Me ha visto? –Se levantó, secándose al sol. Se llevó la mano al pecho, su mano parda, esbelta. Sintió los rápidos latidos de su corazón–. Bueno –dijo–. ¡Yo a ella, sí!
Regresó a la cueva, ni despacio, ni deprisa. La música seguía atronando abajo, en la casa, como un festival privado.
Sin hablar, empezó, seguro y decidido, a embalar sus pertenencias. Puso trozos de fósforo sólido, comida y varios libros en una tela y le hizo un buen nudo. Vio que las manos le temblaban. Movió los dedos, con los ojos muy abiertos. Se levantó a toda prisa, con el pequeño fardo bajo el brazo, salió de la cueva y se dirigió al cañón, lejos de la música y de aquel fuerte perfume. No miró atrás.
El sol había empezado a descender en el cielo. Sintió que su sombra se alejaba tras él para quedarse donde tendría que haberse quedado. Mala cosa, abandonar la cueva en la que había vivido de niño. En aquella cueva se había buscado una decena de aficiones, había desarrollado cientos de gustos. Había ahuecado una roca para hacer un horno y se había hecho pasteles todos los días, de textura y variedad maravillosas. Había cultivado grano para alimentarse en un pequeño prado de montaña. Había elaborado vinos claros y espumosos. Había fabricado instrumentos musicales, flautas de plata y metal espinoso, y pequeñas arpas. Había compuesto canciones. Había construido sillas pequeñas y fabricado la tela de sus ropas. Había pintado dibujos en las paredes de la cueva con fósforo carmesí y cobalto, dibujos que resplandecían en las noches largas, dibujos de belleza e intimidad enormes. Y solía leer un libro de poemas que había escrito a los quince años y que, con orgullo, pero con calma, sus padres habían recitado para un grupo selecto. Había sido una bonita existencia, la caverna, sus artes mínimas.
Mientras el sol se ponía, llegó a lo alto del paso entre montañas. La música había desaparecido. También el aroma. Suspiró y se sentó a descansar un momento antes de cruzar las montañas. Cerró los ojos.
Un rostro blanco se sumergió en el agua verde. Sio se llevó los dedos a los ojos cerrados, conmovido. Brazos blancos gesticulaban en las corrientes de aguas rápidas.
Se sobresaltó, cogió el fardo con sus pertenencias y cuando estaba a punto de partir a paso ligero, el viento cambió.
Leve, muy levemente, se oyó la música. Aquella música desquiciada, metálica y estridente, a kilómetros de allí. Levemente, la última fragancia de perfume se abrió paso entre las rocas. Mientras salían las lunas, Sio se volvió y se encaminó a la cueva.
La cueva estaba fría y extraña. Encendió un fuego y comió una cena frugal de pan y bayas silvestres de musgo rocoso. Qué pronto, tras su partida, se había enfriado y endurecido la cueva. El eco de su propia respiración en las paredes le sonaba raro.
Apagó el fuego y se acostó. Pero un tenue rayo de luz tocaba la pared de la cueva. Sabía que la luz había viajado un kilómetro desde las ventanas de la casa a lo largo del canal. Cerró los ojos, pero la luz seguía allí. Era la luz o la música o el olor a flores. Se descubrió mirando o escuchando o respirando en pos de cualquiera de las tres maravillas. A medianoche, estaba fuera de la cueva.
Como un juguete brillante, las luces de la casa en el valle eran amarillas. En una de las ventanas, creyó ver una silueta bailando.
–Tengo que bajar a matarla –dijo–. Por eso he regresado a la cueva. Para matarla y enterrarla.
Estaba medio dormido cuando oyó una voz extraviada decir: «Eres un mentiroso total». No abrió los ojos.
Vivía sola. Al segundo día, la vio caminando al pie de las colinas. Al tercer día, estuvo nadando durante horas en el canal. Al cuarto y al quinto día, Sio bajó y se acercó más aún a la casa, hasta que, al atardecer del sexto día, se pegó a la ventana de la casa y observó a la mujer que vivía allí.
Estaba sentada a una mesa en la que había una veintena de tubitos metálicos de color rojo. Se aplicó una crema blanca de aspecto frío en la cara, creando una máscara. Se la limpió con pañuelos de papel que tiró a una cesta. Probó uno de los tubos coloreados, pasándoselo con fuerza por los labios amplios, apretó los labios, se los limpió, probó otro color, se lo limpió, probó un tercero, un quinto, un noveno color, tocándose las mejillas también de rojo, pellizcándose las cejas con unas pinzas de plata. Después de enrollarse en el pelo unos artilugios incomprensibles, se limó las uñas mientras cantaba una melodiosa y extraña canción alienígena, una canción en su idioma, una canción que debía de ser muy hermosa. La tarareó mientras daba con sus tacones altos en el suelo de tarima. La cantó mientras iba de un lado a otro de la habitación, con su cuerpo blanco como única ropa, o tumbada en la cama con su piel blanca, la cabeza gacha, el pelo amarillo cayéndole como una llamarada hasta el suelo, mientras se llevaba un cilindro de fuego a sus labios más y más rojos, aspirando, con los ojos cerrados, para que largos chorros de humo le salieran por su nariz respingona y su boca perezosa y formaran grandes siluetas fantasmales en el aire. Sio tembló. Los fantasmas. Los extraños fantasmas de su boca. Como si nada. Con qué tranquilidad. Los creaba sin mirarlos siquiera.
Cuando se levantó, sus pies estallaron contra el suelo de tarima. De nuevo se puso a cantar. Daba vueltas y más vueltas. Cantaba hacia el techo. Chasqueaba los dedos. Extendía las manos, como pájaros al vuelo, y bailaba sola y el suelo crujía bajo sus tacones, de un lado a otro, de un lado a otro…
La canción alienígena. Deseó ser capaz de entenderla. Deseó tener la capacidad que tuvieron algunos de sus compatriotas, la de proyectar la mente, leer, saber, interpretar, al instante; idiomas extranjeros, pensamientos extranjeros. Lo intentó. Pero era incapaz. Ella seguía cantando aquella canción hermosa y desconocida, y él no entendía nada de nada:
–Ain’t misbehavin’, I’m savin’ my love for you….
Sio se mareó mientras contemplaba su cuerpo, su belleza terrícola, tan diferente, algo que había recorrido muchos millones de kilómetros. Se le humedecieron las manos, los párpados le temblaban de un modo desagradable. Sonó un timbre.
Allí estaba ella, cogiendo un extraño instrumento negro, cuya función era similar a la de un aparato del pueblo de Sio.
–¿Hola, Janice? Dios, ¡qué alegría oírte!
Sio sonrió. Estaba hablando con un pueblo lejano. Daba gusto oír su voz. Pero ¿qué decían aquellas palabras?
–Dios, Janice, me has mandado al quinto infierno. Ya lo sé, cariño, de vacaciones. Pero esto está en mitad de ninguna parte. Lo único que hago es jugar a las cartas y bañarme en el puñetero canal.
La máquina negra respondió con un zumbido.
–No soporto este sitio, Janice. Ya, ya lo sé. Las iglesias. Es una lástima que vinieran aquí arriba, joder. Con lo bien que iba todo. Lo que quiero saber es cuándo abrimos otra vez.
Qué maravilla, pensó Sio. Increíble. Estaba de pie en la noche ante su ventana abierta, contemplando su cara y su cuerpo, asombrosos. Pero ¿de qué hablaban? Arte, literatura, música, sí, de música, porque cantaba, estaba todo el tiempo cantando. Una música rara, pero cabe esperar que uno no entienda la música de otro mundo. Ni las costumbres, ni el idioma, ni la literatura. Uno debía de seguir su instinto, nada más. Había que dejar a un lado las viejas ideas. Había que reconocer que su belleza no era como la belleza marciana, la belleza tersa, delgada y parda de una raza que agonizaba. Su madre tenía los ojos dorados y las caderas esbeltas. Pero esta de aquí, cantando sola en el desierto, era de sustancia más amplia, pechos amplios, caderas amplias, y las piernas, sí, de fuego blanco, y esa costumbre peculiar de ir por ahí sin ropa, solo con esas extrañas sandalias que hacen tanto ruido. Pero ¿eso lo hacían todas las mujeres de la Tierra? Asintió, sí. Tienes que entender. Podía ver a las mujeres de aquel mundo lejano, desnudas, de pelo amarillo, cuerpo amplio, talones ruidosos. Y la magia que hacían con la boca y la nariz. Los fantasmas, las almas que emanaban de sus labios en patrones vaporosos. Un ser mágico de fuego e imaginación, sin duda. Formaba cuerpos en el aire, con su mente brillante. ¿Qué si no una mente preclara y de genio cristalino podía beber el fuego gris y bermellón y escupir perfecciones arquitectónicas de belleza fina e intrincada por la nariz? ¡Qué genio! ¡Una artista! ¡Una creadora! ¿Cómo se hacía, cuántos años había que estudiar para logarlo? ¿Cuánto tiempo había que dedicarle? La cabeza le daba vueltas ante su presencia. Sintió ganas de gritarle: «¡Enséñame!». Pero tenía miedo. Se sentía como un niño. Veía las formas, las líneas, el humo arremolinándose hasta el infinito. Estaba allí, en aquella tierra inhóspita, para estar sola, para crear fantasías en absoluta seguridad, sin que la vieran. No había que molestar a los creadores, a los escritores, los pintores. Te apartabas y no hablabas ni con el pensamiento.
¡Qué pueblo!, pensó. ¿Todas las mujeres de ese ardiente planeta verde son así? ¿Son fantasmas ardientes y música? ¿Bailaban con su desnudez cegadora en sus ruidosas casas?
–Tengo que observar esto –dijo, casi en voz alta–. Tengo que estudiarlo.
Sintió cómo cerraba las manos. Quería tocar. Quería que cantara para él, que construyera para él fragmentos artísticos en el aire, que le enseñara, que le hablara de un mundo perdido, de sus libros y de su buena música…
–Dios, Janice, pero ¿falta mucho? ¿Y las demás chicas? ¿Y los demás pueblos? –El teléfono zumbó como un insecto–. ¿Todos clausurados? ¿En todo el puñetero planeta? ¡Tiene que haber algún sitio! ¡Si no me buscas un sitio pronto, me…!
Era todo muy extraño. Era como ver una mujer por primera vez. Cómo echaba la cabeza hacia atrás, cómo movía las manos con las uñas pintadas de rojo, todo nuevo y diferente. Cruzó las piernas, se inclinó hacia delante, el codo sobre la rodilla desnuda, inhalando y exhalando espíritus, hablando, mirando con los ojos entornados hacia la ventana en la que él, sí, observaba entre las sombras, y miró más allá de él, ay, si lo descubriera, ¿qué haría?
–¿Yo? ¿Miedo de vivir aquí sola? –Rio, y Sio rio al compás, en la oscuridad bajo la luz de la luna. Ah, qué bella era su risa alienígena, la cabeza hacia atrás, las nubes místicas que cobraban forma tras salir disparadas de su nariz. Sio tuvo que apartarse de la ventana, ahogando un grito–. ¡Sí, claro! –A ver, Janice, ¿quién les tiene miedo a los marcianos? Cuántos quedan, ¿diez o veinte? Ponlos en fila y me los traes, ¿vale? ¡Vale!
La risa de ella lo siguió mientras rodeaba la esquina de la casa dando tumbos a ciegas, trastabillando con un montón de botellas. Cerró los ojos y vio la huella de su piel fosforada, los fantasmas brincando desde su boca en hechizos y evocaciones de nubes, lluvia y viento. ¡Ah, cómo traducir! Ay, dioses, cómo saber. ¡Escucha! ¡¿Qué palabra era esa, y esa y, sí, esa?! ¿Lo había llamado? No. ¿Era su nombre? En la cueva, comió sin hambre.
Estuvo una hora sentado en la entrada de la cueva, mientras las lunas salían y cruzaban el cielo frío, él observaba su aliento en el aire, como los espíritus, los silencios ardientes que flotaban en torno al rostro de aquella mujer, ella hablaba y hablaba, y él oía o no su voz ascendiendo por la colina, entre las rocas, y alcanzaba a oler su aliento, aquel aliento de humo promisorio, de palabras tibias que su boca calentaba.
Y, finalmente, pensó: Voy a bajar a hablar con ella muy despacio, a hablar con ella todas las noches hasta que entienda lo que digo y aprenda su idioma y se venga conmigo aquí a las colinas donde estaremos felices. Le hablaré de mi pueblo y de lo solo que estoy y de las muchas noches en que la he observado y escuchado. Pero…, ella es la muerte. Tiritó. Ese pensamiento, esas palabras machaconas. ¿Cómo había podido olvidarlo?
El tacto de su mano, de su mejilla, bastaría para que se derritiera en cuestión de horas, en una semana a lo sumo. Cambiaría de color, caería en pliegues de tinta y se convertiría en ceniza, fragmentos negros de hojas que se romperían y el viento se llevaría. Un roce y… Muerte.
Pero tuvo un segundo pensamiento. Vive sola, apartada de otros de su raza. Debía de estar a gusto con sus propios pensamientos, tan aislada. ¿No somos iguales, entonces? Y como está tan apartada de los demás pueblos, quizás no lleve la muerte con ella… ¡Sí! ¡Quizás!
Sería maravilloso pasar con ella un día, una semana, un mes, nadar con ella en los canales, pasear por las colinas y que le cantara aquella canción tan extraña, y él, a su vez, tocaría viejos libros de arpa, ¡para que también le cantaran! ¿No daría cualquier cosa por eso, lo que fuera? Un hombre se moría si se quedaba solo, ¿no? Bien, fíjate en las luces amarilla de la casa, allá abajo. Un mes de verdadera comprensión, un mes viviendo en compañía de la belleza creadora de fantasmas, de las almas que brotaban de su boca, ¿no merecía la pena correr el riesgo? Si llegaba la muerte…, ¡sería tan maravillosa como original!
Se levantó. Entró. Encendió una vela en un nicho de la cueva, donde las imágenes de sus padres temblaron con la luz. Fuera, las flores oscuras esperaban el amanecer para tiritar y abrirse y ella estaría allí para verlas y cuidarlas y pasear con él por las colinas. Las lunas habían desaparecido. Tuvo que hacer uso de su visión especial para ver el camino.
Escuchó. Abajo, en la noche, sonaba la música. Abajo, en la oscuridad, su voz decía maravillas que cruzaban el tiempo. Abajo, en las sombras, su piel blanca ardía, y los fantasmas danzaban en torno a su cabeza. Sio apretó el paso.
A las diez menos cuarto en punto de esa noche, la mujer oyó que llamaban suavemente a su puerta.
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