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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el tarro

spanish

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Era una de esas cosas que se conservan en un tarro en el tenderete de una feria a las afueras de un pueblecito soñoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en formol, girando en un sueño perpetuo, con unos ojos desollados y muertos que te miran fijamente sin verte nunca. Iba a la par con la quietud de la madrugada, el canto solitario de los grillos y el sollozo de las ranas en la humedad de los pantanos. Una de esas cosas metida en un tarro grande que te revuelve el estómago, como cuando ves un brazo conservado en la cuba de un laboratorio.
Charlie se quedó mirándolo durante un buen rato.
Un buen rato, con sus manos enormes y callosas, peludas por el dorso, estuvo sujetando el cordón que mantenía a raya a los curiosos. Había pagado la entrada y ahora le tocaba mirar a él.
Estaba haciéndose tarde. El tiovivo se adormiló poco a poco con un campanilleo perezoso y metálico. Unos feriantes fumaban y maldecían tras un lienzo en plena partida de póquer. Las luces se apagaron, sumiendo la feria en una penumbra veraniega. La gente se marchó a casa en grupitos e hileras. En alguna parte, una radio atronó, luego se apagó, dejando el amplio cielo de Luisiana con el silencio de las estrellas.
Para Charlie, en el mundo no existía nada más que aquella cosa pálida encerrada en su universo de suero. La boca flácida de Charlie colgaba abierta como un verdugón rosa, con los dientes a la vista; sus ojos estaban perplejos, pasmados, fascinados.
Alguien apareció entre las sombras a su espalda, bajito al lado de Charlie, alto y flaco.
–Ah –dijo la sombra, adentrándose en el fulgor de la bombilla–. ¿Aquí sigues, amigo?
–Sí –dijo, como si hablara en sueños.
El jefe de los feriantes agradeció la curiosidad de Charlie. Señaló con un gesto de la cabeza al viejo conocido dentro del frasco.
–Le gusta a todo el mundo; o sea, a cada uno a su manera.
Charlie se rascó su largo mentón.
–¿Alguna vez…? Esto, ¿ha pensado en venderlo?
Los ojos del feriante se dilataron, luego se cerraron. Resopló.
–Qué va. Atrae a los clientes. Les gusta ver esas cosas. Está claro. –Charlie soltó un decepcionado «ah»–. A ver –recapacitó el jefe de los feriantes–, si fuese un tipo con dinero, igual…
–¿Cuánto?
–Pues si un tipo tuviese… –El feriante hizo sus cálculos, contando dedos, observando a Charlie mientras se sujetaba un dedo tras otro–. Si un tipo tuviese tres, cuatro, digamos, igual siete u ocho… –Charlie asentía con cada movimiento, expectante. Al verlo, el feriante le mostró el total–, igual diez dólares, o igual quince…
Charlie frunció el ceño, preocupado. El jefe de los feriantes reculó.
–Digamos que un tipo tuviese doce dólares… –Charlie sonrió con ganas–. Caray, podría comprar la cosa esa del tarro –concluyó el feriante.
–Qué casualidad –dijo Charlie–. Justo llevo doce dólares en el bolsillo. Y estaba pensando en el respeto con que van a mirarme cuando vuelva a Wilder’s Hollow si me llevara a casa algo así para decorar la estantería que tengo encima de la mesa. Fijo que mis paisanos me mirarían con respeto.
–Vaya, pues oiga… –dijo el jefe de los feriantes.
La venta se completó cuando pusieron el tarro en el asiento trasero de la carreta de Charlie. El caballo raspó el suelo con los cascos cuando vio el tarro, y relinchó.
El jefe de los feriantes levantó la vista con una expresión casi de alivio.
–De todas formas, estaba harto de ver esa puñetera cosa por ahí. No me des las gracias. Llevaba un tiempo pensando algunas cosas al respecto, cosas raras, pero, qué demonios, no soy más que un bocazas cualquiera. ¡Nos vemos, granjero!
Charlie se marchó. Las bombillas azules y peladas se apagaron como estrellas moribundas, la noche cerrada de los campos de Luisiana envolvió la carreta y el caballo. No había nadie más que Charlie, el caballo coordinando sus cascos grises y los grillos.
Y el tarro detrás del asiento alto.
Chapoteaba de acá para allá, de acá para allá. Chapoteaba y salpicaba. Y aquella cosa fría y gris se estampaba soñolienta contra el cristal, mirando sin parar, pero sin ver nada, nada en absoluto.
Charlie se inclinó hacia atrás para acariciar la tapa. Al oler el licor extraño que su mano despedía, cambiada, fría y temblorosa, se entusiasmó. ¡Sí, señor!, pensó. ¡Sí, señor!
Chof, Chof, Chof…
En Wilder’s Hollow, un gran número de farolillos verde hierba y rojo sangre arrojaban una luz terrosa sobre los hombres que, apiñados, murmuraban sentados en el patio de la General Store.
Reconocieron los crujidos traqueteantes de la carreta de Charlie, y, cuando se detuvo con un bandazo, no movieron ni uno solo de los pelos rapados beis mate de sus cabezas. Sus puros eran luciérnagas; sus voces, murmullos de ranas en las noches de verano.
Charlie se inclinó, entusiasmado.
–¡Hola, Clem! ¡Hola, Milt!
–Hola, Charlie. Hola, Charlie –murmuraron.
El conflicto político continuó. Charlie lo cortó por lo sano.
–Tengo aquí una cosa. ¡Tengo aquí una cosa que igual queréis ver!
Los ojos de Tom Carmody centellearon, verdes bajo la luz de los farolillos del porche de la General Store. A Charlie le pareció que Carmody siempre se instalaba en la penumbra de los porches, o bajo árboles en penumbra, o, en una habitación, en el rincón más apartado, deslumbrándote con los ojos desde las sombras. Nunca sabías qué estaba haciendo con la cara, y sus ojos siempre se burlaban de uno. Y cada vez que te miraban, se reían de un modo distinto.
–Tú no tienes nada que queramos ver, chavalito.
Charlie apretó el puño y los miró.
–Una cosa en un tarro –añadió–. Parece un poco como un cerebro, o un poco como una medusa en vinagre, un poco como… En fin, ¡venid a verlo!
Alguien espachurró un puro en una loma de ceniza rosa y se acercó a mirar. Charlie levantó grandiosamente la tapa del tarro, y bajo la luz incierta del farolillo, a aquel hombre le cambió la cara.
–Oye, un momento, ¿qué puñetas es eso…?
Aquel fue el primer deshielo de la noche. Los demás se enderezaron perezosamente, se inclinaron hacia delante; la gravedad se encargó de ponerlos a andar. No hicieron esfuerzo alguno, salvo plantar un pie delante del otro para no estampar sus caras inusitadas contra el suelo. Rodearon el tarro y su contenido. Y, por primera vez en su vida, Charlie sacó partido de una estrategia oculta y cerró de golpe la tapa de cristal.
–¡Si queréis ver más, os pasáis por mi casa! Allí lo tendré –sentenció con generosidad.
Tom Carmody escupió desde su madriguera en el porche.
–¡Ja!
–¡Déjame verlo otra vez! –gritó el abuelo Medknowe–. ¿Es un pulpo?
Charlie sacudió las riendas; el caballo echó a andar.
–¡Acercaros a casa! ¡Sois bienvenidos!
–¿Qué va a decir tu mujer?
–¡Le dará una patada al tarro en cuanto nos vea!
Pero Charlie y la carreta ya habían remontado la colina. Los hombres se quedaron, todos, mordisqueándose la lengua, mirando el camino con los ojos entrecerrados. Tom Carmody soltó una palabrota en voz baja desde el porche…
Charlie subió los escalones de su chabola y llevó el tarro a su trono en el salón, pensando que, desde ese momento, aquella choza sería un palacio, con un «emperador» –¡esa era la palabra!, «emperador»– frío, blanco y silencioso flotando en su piscina particular, elevado, en lo más alto de una estantería encima de una mesa desvencijada.
Mientras lo contemplaba, el tarro disipó la neblina fría que pendía sobre su casa a la orilla del pantano.
–¿Qué tienes ahí? –La fina voz de soprano de Thedy lo sacó de su pasmo. Estaba fulminándolo con la mirada desde la puerta del dormitorio, su cuerpo delgado cubierto de una desvaída guinga azul, el pelo recogido en un rodete beis mate detrás de las orejas. Tenía los ojos desvaídos, como la guinga–. A ver –repitió–. ¿Qué es?
–¿A ti qué te parece, Thedy?
Dio un paso mínimo hacia delante convirtiendo su cadera en un péndulo lento e indolente, con unos ojos decididos fijos en el tarro, los labios retraídos y sus dientes felinos y lechosos a la vista.
Aquella cosa palidísima flotaba en su suero.
Thedy lanzó a Charlie una mirada azul mate, luego otra al tarro, una vez más a Charlie, una vez más al tarro, luego giró en redondo:
–Se… Se parece… ¡Se parece a ti, Charlie! –gritó.
La puerta del dormitorio se cerró de golpe.
La reverberación no perturbó el contenido del tarro. Charlie se quedó allí, con el anhelo de su mujer y el corazón latiéndole desbocado. Mucho después, cuando su corazón se relajó, habló a la cosa del tarro.
–Yo me dejo el culo trabajando a diario las tierras bajas, y ella coge el dinero y se larga a ver a sus parientes durante nueve semanas seguidas. Soy incapaz de retenerla. Ella y los tipos de la tienda se ríen de mí. ¡No es culpa mía que no sepa cómo retenerla! ¡Aun así lo intento!
En términos filosóficos, el contenido del tarro no le dio ningún consejo.
Había alguien en la verja del jardín delantero. Charlie se volvió, se asustó y luego sonrió de oreja a oreja.
Eran varios de los tipos de la General Store.
–Esto… Charlie, se, se nos ha ocurrido, bueno, venir a echar un vistazo a la, la cosa esa que tienes en el tarro…
Julio transcurrió cálido y llegó agosto.
Por primera vez en años, Charlie estaba feliz como el maíz que crece alto tras una sequía. Era gratificante oír por las noches el roce de las botas en la hierba alta, el sonido de sus escupitajos en la zanja antes de que los hombres pusieran un pie en el porche, el crujido de los tablones bajo sus cuerpos pesados y los quejidos de la casa cuando otro hombro se apoyaba contra la jamba y otra voz decía, mientras se limpiaba la boca con los vellos de la muñeca:
–¿Se puede?
Con informalidad estudiada, Charlie invitaba a pasar a las visitas. Había sillas (cajas de madera) para todos, o alfombras en las que acuclillarse, al menos. Y a la hora en que los grillos se rascaban las patas para traer su zumbido veraniego y a las ranas se les hinchaba el gaznate como a señoras con bocio gritando en la noche inmensa, el cuarto estaba ya a reventar de gente de todas las tierras bajas.
Al principio, nadie decía nada. La primera media hora de esas tardes, mientras la gente llegaba y se acomodaba, se dedicaban a liar cigarrillos meticulosamente. Cargaban bien de tabaco los surcos de papel marrón y lo aplanaban, como cargaban y aplanaban y liaban sus pensamientos y sus miedos con vistas a la noche. Así ganaban tiempo para pensar. Se podían ver sus cerebros atareados tras sus ojos mientras toqueteaban los cigarrillos para disponerlos en el orden en que se los iban a fumar.
Era una suerte de feligresía tosca. Se sentaban, acuclillaban, reclinaban contra las paredes de yeso, y uno por uno, con reverencial asombro, contemplaban el tarro en su estantería.
No lo miraban así de buenas a primeras. No, lo hacían despacio, como quien no quiere la cosa, como si estuviesen echando un vistazo alrededor del cuarto, dejando que sus ojos se posaran en cualquier trasto viejo que por casualidad se colara en sus conciencias.
Y –por accidente, desde luego– la atención de sus ojos ociosos siempre iba a parar al mismo sitio. Pasado un rato, todos los ojos de la habitación estaban fijos en aquello, como alfileres clavados en un cojín increíble. Y el único sonido era el de los chupetones que alguien le daba a una mazorca. O el correteo de los niños descalzos por los tablones del porche. Llegaba quizás la voz de una mujer: «¡Niños, largo de aquí, ya mismo! ¡Largo!». Y con una risita como aguas dóciles y rápidas, los pies corrían a espantar sapos.
Charlie se ponía al frente, como es natural, en su mecedora, con un almohadón a cuadros bajo el trasero magro, meciéndose despacio, disfrutando de la fama y la admiración que le otorgaba la posesión del tarro.
A Thedy se la veía al fondo de la habitación, en un corrillo con las paisanas, todas grises y calladas, aguantando a sus maridos.
Parecía que Thedy estuviera a punto de gritar de celos. Pero nunca dijo nada, se limitaba a observar, con la boca apretada y fría, cómo aquellos hombres entraban en tromba en su salón para sentarse a los pies de Charlie y contemplar aquella cosa con aire a Santo Grial; jamás dirigió una sola palabra a nadie.
Tras un período de pertinente silencio, alguien, quizás el abuelo Medknowe, de Crick Road, se aclaraba la flema de alguna caverna profunda de su interior, se inclinaba hacia delante, parpadeando, se humedecía los labios y sus dedos encallecidos temblaban de un modo curioso.
Aquella era la señal, y todos se preparaban para la inminente conversación. Los oídos se aguzaban. La gente se acomodaba como cerdos en el barro caliente después de la lluvia.
El abuelo Medknowe se quedaba mirando un buen rato, se medía los labios con su lengua de lagarto, luego se recostaba y, como siempre, con su agudo hilo de voz de viejo tenor, decía:
–Me pregunto qué será. Me pregunto si es niño, niña o un eso de toda la vida. A veces me desvelo por las noches, me pongo a dar vuelas en mi esterilla de esparto y pienso en el tarro ese de ahí plantado en la oscuridad. Lo imagino ahí flotando en ese líquido, tranquilo y más pálido que una ostra. A veces despierto a Maw y lo imaginamos juntos… –Mientras hablaba, Medknowe hacía con los dedos una mímica temblorosa. Todos observaban el vaivén de su recio pulgar y el meneo de los demás dedos, de uñas gruesas–. Los dos nos quedamos tumbados, pensando. Y tiritamos. Aunque por la noche haga un calor que sudan hasta los árboles, un calor que ni a los mosquitos les apetece volar, aun así tiritamos, y nos damos la vuelta para intentar dormir…
Medknowe guardó silencio de nuevo, como si le bastara con lo que acababa de decir, para dejar que otra voz expresara el pasmo, el asombro y la extrañeza.
Juke Marmer, de Willow Sump, se secó el sudor de las manos en las rótulas y dijo a media voz:
–Me acuerdo de cuando era un mocoso. Teníamos una gata que no paraba de parir cachorros. Juro por Dios que tenía una camada cada vez que se levantaba y saltaba la valla… –Juke hablaba con una suavidad sacra, benévola–. En fin, los gatitos los regalábamos, pero una vez tuvo una camada en concreto, y todo el que vivía a tiro de piedra ya tenía uno o dos gatos nuestros… Así que mi madre apareció toda sofocada en el porche trasero con un tarro de cristal de cinco litros y lo llenó de agua hasta el borde. «Juke, ahoga a los gatos», dijo. Recuerdo que me quedé allí de pie; los gatitos maullaban, correteaban, ciegos, pequeños, indefensos, como raros porque no acababan de abrir los ojos. Miré a mi madre y le dije: «¡Yo no, mamá! ¡Hazlo tú!». Pero mi madre se puso pálida y dijo que había que hacerlo y yo era el único que tenía a mano. Se fue a preparar el pollo en salsa. Yo… Yo cogí un cachorro. Lo sostuve entre las manos. Estaba caliente. Soltaba maulliditos, me entraron ganas de salir corriendo y no volver jamás. –Juke asintió, los ojos brillantes, jóvenes, mirando hacia el pasado, renovándolo, dándole forma con palabras, puliéndolo con la lengua–. Tiré el gatito al agua. El gatito cerró los ojos, abrió la boca para intentar respirar. Recuerdo que se le veían los colmillitos, sacó la lengua rosa y salieron burbujas, ¡una hilera hasta la superficie del agua!
»Y, desde entonces, supe que aquello era el final por cómo el gatito se quedó flotando, dando vueltas, despacio y despreocupado, mirándome, sin repudiarme por lo que acababa de hacer. Pero también supe que no le caía bien. Aaaay…».
Los corazones se aceleraron. Los ojos oscilaban entre Juke y el tarro, de nuevo al suelo, de nuevo hacia arriba, recelosos.
Una pausa.
Jahdoo, un negro de Heron Swamp, como un malabarista tiznado, lanzó hacia atrás sus ojos marfileños. Sus oscuros nudillos nudosos y contraídos: escarabajos vivos.
–¿Sabéis qué es eso? ¿Lo sabéis, lo sabéis? Yo os lo digo. Es el centro de la Vida. Segurísimo. Creedme, por Dios, ¡es eso! –En una especie de ritmo ternario, Jahdoo se balanceaba con un viento pantanoso que nadie salvo él podía ver, oír ni sentir. Su voz bordaba un patrón oscuro, cogiéndolos a todos por el lóbulo de la oreja para coserlos a un diseño irrespirable–. De allá, del fondo de la Poza Middibamboo, salen arrastrándose toda clase de cosas. Sacan una mano, sacan una pata, sacan la lengua, les sale un cuerno y a crecer. Una ameba pequeñina, pongamos. ¡Luego es una rana con el gaznate hinchado a reventar! –Se crujió los nudillos–. Se levanta babeando sobre sus articulaciones gomosas y… ¡Ya es un humano! ¡Ya es el centro de la creación! Es Mamá Middibamboo, que nos parió a todos hace diez mil años. ¡Creedme!
–¡Diez mil años! –dijo la abuela Carnation.
–¡Es viejo! ¡Fijaos! Ese ya no se preocupa más. Ese sabe. Ahí colgado como un cacho de cerdo metido en manteca. Tiene ojos para ver, pero no parpadea, no se le ve inquieto, ¿no? ¡No, señor! Ese sabe. Sabe que todos provenimos de ahí, y que todos vamos a volver ahí.
–¿De qué color tiene los ojos?
–Grises.
–No, ¡verdes!
–¿Y el pelo? ¿Marrón?
–¡Negro!
–¡Rojo!
–No, ¡gris!
Arrastrando las palabras, Charlie daba entonces su opinión. Unas noches decía lo mismo, otras noches no. Daba igual. Cuando uno decía lo mismo todas y cada una de las noches de pleno verano, siempre sonaba distinto. Los grillos lo cambiaban. Las ranas lo cambiaban. La cosa del frasco lo cambiaba.
–¿Y si un viejo se metió en el pantano –dijo–, o un niño, y se pasó años y años vagando por ahí perdido, todo empapado por las sendas y las hondonadas, de noche por el agua de los barrancos con la piel ahí poniéndosele pálida y fría y arrugada? Tanto tiempo sin que le diera el sol, siguió escuchimizándose cada vez más hasta que se cayó a un fangal y se quedó metido en una especie de…, cochambre, como las larvas de mosquito, dormido en agua séptica. Vaya, vaya… Por lo que se ve, ¡podría ser algún conocido nuestro! Alguien con quien charlábamos de vez en cuando. Que sepamos…
Llegó un siseo de entre las mujeres en la penumbra del fondo. Una de ellas estaba allí de pie, con un brillo oscuro en los ojos, buscando las palabras. Se llamaba señora Tridden.
–Un montón de críos corretean en pelota viva hasta el pantano cada año. Corretean por ahí y nunca vuelven. Por poco se me olvida. Yo… Yo perdí así a mi niñito, Foley. No…
¿¡¡No pensaréis…!!?
Las narices cogieron aire de repente, contraídas, prietas. Cayeron las comisuras de los labios bajo la atenazadora presión del músculo. Giraron las cabezas sobre cuellos como tallos de apio y los ojos leyeron su horror y su esperanza. El cuerpo de la señora Tridden, tenso como un cable, se apoyó en la pared que tenía detrás con los dedos estirados, rígidos.
–Mi bebé –susurró. Exhaló–. Mi bebé, mi Foley. ¡Foley! Foley, ¿eres tú? Foley, háblame, bebé, ¿¡eres tú!?
Todos contuvieron el aliento mientras se giraban para mirar el tarro.
La cosa del tarro no dijo nada. Se limitó a clavar su mirada blanca y ciega en el gentío. Y por lo profundo de aquellos cuerpos esqueléticos corrió un jugo temeroso y secreto como deshielo de primavera, ¡un jugo que royó y devoró la firmeza de su calma y sus creencias y aquella humildad relajada hasta derretirlas y volverlas un torrente! Alguien gritó.
–¡Se ha movido!
–No, no, no se ha movido. ¡Ha sido un efecto óptico!
–Lo juro por Dios –gritó Juke–. ¡Se ha estremecido como un gatito muerto!
–A callar. Lleva muerto mucho, mucho tiempo. ¡Igual desde antes de nacer!
–¡Hazme una señal! –gritó la señora Tridden–. ¡Es mi Foley! ¡Eso de ahí es mi bebé! ¡Tres añitos tenía! ¡Mi bebé, el que perdí en el pantano!
Rompió a llorar.
–Ya, señora Tridden. Ya está. Cálmese, deje de temblar. Eso de ahí no es el hijo de nadie. Ya está, ya está.
Una de las mujeres la abrazó y el sollozo remitió hasta convertirse en respiración entrecortada, y el vaivén de sus caderas temerosas, a medida que el aliento las acariciaba, en una rapidez amariposada.
Cuando regresó la tranquilidad, la abuela Carnation, con una rosa marchita en media melena gris, le dio una calada a la pipa que tenía entre los labios apretados y habló por una comisura, meneando la cabeza de tal forma que su pelo danzó bajo la luz.
–Todo esto no es más que palabrería. Como nunca lo vamos a averiguar, nunca sabremos lo que es. Como nunca vamos a averiguarlo, pues no queremos saberlo. Es como los trucos de magia esos que hacen los magos en el escenario. En cuanto te enteras de cómo los hacen, ya tienen menos gracia que las tripas de un jurel. Llevamos diez noches o así reuniéndonos aquí, hablando, como socializando, siempre tenemos algo sobre lo que hablar. Me parece de cajón que si descubrimos que esa puñetera cosa no es nada de nada ya no tendremos sobre qué cascar, ¡vamos, digo yo!
–¡Me cago en la leche! –tronó un vozarrón–. ¡A mí no me parece que no sea nada! –Tom Carmody. Tom Carmody de pie, como siempre, entre las sombras. Fuera, en el porche, solo se veían sus ojos fijos, sus labios riéndose de ti por lo bajo, burlones. Su risa atravesó a Charlie como el aguijón de un abejorro. Lo había incitado Thedy. ¡Thedy estaba intentando acabar con la nueva vida de Charlie, eso era!–. En ese tarro –dijo Carmody con voz ronca– no hay más que un pedazo de medusa de Sea Cove, ¡una apestosa y medio podrida a pique de parir!
–¿No será que estás celoso, primo Carmody? –preguntó Charlie, despacio.
–¡Ja! –resopló Carmody–. Solo he venido a ver a unos tontos rajar para nada. ¿No te has fijado que nunca entro ni tomo partido? Ahora mismo me voy a mi casa. ¿Alguien se viene?
Nadie se ofreció a acompañarlo. Rio de nuevo, como si acabara de contar un chiste buenísimo, cómo podía haber tanta gente tan chalada, y Thedy estaba en un rincón del fondo del cuarto rascándose las palmas de las manos con las uñas. Charlie vio cómo torcía la boca, lo fría que estaba, incapaz de hablar.
Sin parar de reír, Carmody bajó del porche arrastrando sus botas de tacón alto hasta que el canto de los grillos se lo llevó.
La abuela Carnation mordisqueó su pipa con las encías.
–Como iba diciendo antes de la escandalera: eso que está ahí en la estantería, ¿no podría ser como…, cualquier cosa? Un montón de cosas. Cualquier tipo de vida, o de muerte, yo qué sé. Una mezcla de lluvia y sol y fango y gelatina, todo junto. Hierba, serpientes, niños, niebla y cada día del cañaveral con sus respectivas noches. ¿Por qué tiene que ser solo una cosa? Igual es un montón.
Y la charla transcurrió tranquila durante otra hora. Thedy se escabulló hacia la noche en busca de Tom Carmody, y Charlie empezó a sudar. Algo se traían entre manos, esos dos. Algo planeaban. Charlie sudó acalorado durante el resto de la velada…
La reunión acabó tarde y Charlie se fue a la cama con sensaciones encontradas. La reunión había ido bastante bien, pero ¿qué pasaba con Thedy y Tom?
Muy tarde, cuando cierto grupo de estrellas surcaba el cielo para marcar una hora pasada la medianoche, Charlie oyó el frufrú de sus caderas cimbreantes apartando la hierba alta. Sus tacones repiquetearon por el porche, por la casa, hasta la habitación.
Se tumbó en la cama sin hacer ruido, mirándolo con sus ojos gatunos. Él no los veía, pero podía sentirlos.
–¿Charlie?
Esperó.
–Estoy despierto –dijo luego.
Luego esperó ella.
–¿Charlie?
–Qué.
–Seguro que no sabes de dónde vengo; seguro que no lo sabes.
Se oía en la noche un sonsonete leve, sardónico.
Charlie esperó.
Thedy también esperó. Pero fue incapaz de esperar mucho más.
–Vengo la feria de Cape City –continuó–. Tom Carmody me llevó en coche. Estuvimos… Estuvimos hablando con el jefe de los feriantes. Eso hicimos, Charlie, ¡hablamos con él! –Y rio para sí, en secreto. Charlie se quedó helado. Se incorporó y se apoyó sobre un codo–. Hemos averiguado qué hay en tu tarro, Charlie.
Charlie se dejó caer de lado, tapándose los oídos.
–¡No quiero saberlo!
–Ay, pues tienes que saberlo, Charlie. Tiene mucha gracia. Y es raro, Charlie –siseó.
–¡Vete!
–Nanay. No, no, Charlie, no. Caray, no, Charlie, cariño… ¡No hasta que te lo haya dicho!
–¡Largo! –dijo él.
–¡Espera que te lo cuente! Hablamos con el jefe de los feriantes y es que…, se moría de la risa. Dijo que había vendido el tarro con lo que había dentro a un…, a un paleto, por doce pavos. ¡Y eso que valía dos pavos como mucho! –De su boca salió un estallido de risa en la oscuridad, una risa muy desagradable. Terminó enseguida–. ¡Es basura, Charlie! ¡Goma, papel maché, seda, algodón, ácido bórico! ¡Nada más! ¡Le metió dentro un frasco de metal! Eso es todo, Charlie. ¡Eso es todo! –chilló.
–¡No, no! –Se incorporó rápidamente, estrujando las sábanas con sus grandes dedos, bramando–: ¡No quiero saberlo! ¡No quiero saberlo! –bramaba una y otra vez.
–¡Ya verás cuando se enteren todos de que es falso! –dijo ella–. ¡Lo que se van a reír! ¡Se van a tronchar!
La agarró por las muñecas.
–No irás a contárselo a todos, ¿no?
–No querrás que me llamen mentirosa, ¿no, Charlie?
La apartó de un empujón.
–¿Por qué no me dejas en paz? ¡Guarra! Guarra, y celosa y ruin, con todo lo que hago. Te pusiste roja de la envidia cuando traje el tarro a casa. ¡Hasta que no lo has arruinado todo no te has quedado tranquila!
Thedy rio.
–No se lo contaré a nadie, entonces.
La miró fijamente.
–Me habéis aguado la fiesta. Es lo único que te importaba. Me da igual que se lo cuentes a los demás. Yo lo sé. Y ya no podré divertirme más. Tú y ese Tom Carmody. Ojalá pudiera borrarle esa risa suya. ¡Lleva años riéndose de mí! Venga, ve a contárselo a los demás, a los otros, venga, ¡igual te lo pasas bien!
Cruzó el cuarto con zancadas de enfado, el tarro chapoteó cuando lo cogió, y se le habría caído al suelo de no haber dejado de temblar, y lo puso con suavidad en la mesa astillada. Se inclinó sobre él, sollozando. Si lo perdía, se acabaría el mundo. Y también iba a perder a Thedy. Con el paso de los meses, se alejaba aún más, mofándose de él, riéndose a su costa. Durante muchos años, sus caderas habían sido el péndulo con el que Charlie contaba las horas de su vida. Pero otros hombres, Tom Carmody, por ejemplo, empezaban a contar las horas en el mismo sitio.
Thedy estaba esperando a que Charlie estampara el tarro. En vez de eso, lo acunó y lo acarició, y, poco a poco, fue calmándose. Pensó en las noches largas y agradables del mes pasado, esas noches plenas de amigos y charlas, yendo de un lado a otro de la habitación. Al menos eso había estado bien, que era lo principal.
Se volvió despacio hacia Thedy. La había perdido para siempre.
–Thedy, no has estado en la feria.
–Claro que sí.
–Estás mintiendo –dijo, en voz baja.
–¡No, claro que no!
–En este… En este tarro tiene que haber algo. Algo aparte de la basura que has mencionado. Hay demasiada gente que cree que dentro hay algo, Thedy. Y eso no puedes cambiarlo. El jefe de los feriantes, eso si hablaste con él, mintió. –Charlie respiró hondo y luego dijo–: Ven, Thedy.
–¿Qué quieres? –preguntó ella, recelosa.
–Ven aquí.
Charlie dio un paso hacia ella.
–No te acerques a mí, Charlie.
–Quiero enseñarte una cosa, Thedy. –Su voz era suave, baja e insistente–. Ven, gatita. Ven, gatita, gatita, gatita… ¡ven gatita!
Una noche más, una semana más tarde o así, llegaron el abuelo Medknowe y la abuela Carnation, seguidos del joven Juke y de la señora Tridden y de Jahdoo, el negro. Seguidos de todos los demás, jóvenes y viejos, grandes y pequeños, y entre crujidos se sentaron en sillas, cada uno y cada una metido en sus pensamientos, con esperanza, miedo y asombro en sus mentes. Nadie miraba al altar, pero sí saludaban a Charlie en voz baja.
Esperaron a que los demás se congregaran. Por el brillo en sus ojos, se notaba que cada cual veía en el tarro una cosa distinta, algo relacionado con la vida y con la vida pálida en el más allá, la vida que había en la muerte y la muerte que había en la vida, cada cual con su historia, su papel, su guion, familiar, antiguo y aun así nuevo.
Charlie estaba sentado, solo.
–Buenas, Charlie –Alguien se asomó a la habitación vacía–. ¿Tu mujer se ha ido otra vez a ver a sus parientes?
–Sí, se ha ido a Tennessee. Volverá en un par de semanas. Le falta tiempo para irse. Ya conoces a Thedy.
–En lo de salir pitando no le gana nadie, a esa mujer.
Conversaciones en voz baja, todos acomodándose, y luego, de repente, unos pasos en el porche y unos ojos resplandecientes fijos en los demás: Tom Carmody.
Tom Carmody de pie más allá de la puerta, las rodillas dobladas y temblorosas, los brazos flácidos y agitados, con la vista clavada en la habitación. Tom Carmody, que no se atrevía a entrar. Tom Carmody, con la boca abierta, pero sin sonreír. Los labios húmedos y laxos, sin sonreír. La cara pálida como la tiza, como si llevara mucho tiempo enfermo.
El abuelo Medknowe miró el tarro y carraspeó.
–Es la primera vez que lo veo tan definido. Tiene los ojos azules –dijo.
–Siempre los ha tenido azules –dijo la abuela Carnation.
–No –se quejó Medknowe–. No es verdad. La última vez los tenía marrones. –Parpadeó hacia arriba–. Y además… Tiene el pelo marrón. ¡Antes no tenía el pelo marrón!
–Que sí, que sí –dijo la señora Tridden con un suspiro.
–¡Que no!
–¡Que sí!
Tom Carmody tiritaba en la noche veraniega, mirando fijamente el tarro. Charlie echó un vistazo al tarro mientras se liaba un cigarrillo distraídamente, todo paz y tranquilidad, muy seguro con su vida y sus pensamientos. Tom Carmody, solo, viendo cosas en el tarro que no había visto nunca. Todos veían lo que querían ver; todos los pensamientos formaban juntos un vertiginoso aguacero:
Mi bebé. Mi niñito, pensaba la señora Tridden.
¡Un cerebro!, pensaba el abuelo Medknowe.
El negro meneaba los dedos. ¡Mamá Middibamboo!
Un pescador apretó los labios. ¡Una medusa!
Gatito. ¡Ven, gatito, gatito, gatito! El pensamiento se ahogaba arañando los ojos de Juke. ¡Gatito!
¡Todo y nada!, chillaba el pensamiento amustiado de la abuela Carnation. ¡La noche, el pantano, la muerte, cosas pálidas, cosas marinas empapadas!
Silencio.
Hasta que la abuela Carnation susurró:
–Me pregunto… Me pregunto si es niño, niña o un eso de toda la vida… –Charlie levantó la vista, satisfecho, dando unos golpecitos al cigarrillo, encajándoselo en la boca. Luego miró hacia la puerta, a Carmody, que nunca volvería a sonreír–. Me parece que no lo vamos a saber nunca. Sí, eso me parece.
Charlie meneó la cabeza despacio y se sentó con sus invitados, a mirar, a mirar…
Era una de esas cosas que se conservan en un tarro en el tenderete de una feria a las afueras de un pueblecito soñoliento. Una de esa cosas pálidas que flotan en formol, girando en un sueño perpetuo, con unos ojos pelados y muertos que te miran fijamente sin verte nunca…
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