el verano de picasso
spanish
George y Alice Smith bajaron del tren en Biarritz un mediodía de verano y una hora después salieron corriendo del hotel hacia la playa del océano y luego se tumbaron a tostarse en la arena.
Al ver a George Smith allí bronceándose despatarrado, cualquiera habría pensado que era un turista recién aterrizado en Europa más fresco que una lechuga en frío, que no tardaría en poner de nuevo rumbo a casa. Pero aquel era un hombre que amaba el arte más que la vida misma.
–Por fin… –suspiró George Smith.
Otra gota de sudor le resbaló por el pecho. Rezuma toda el agua del grifo de Ohio, pensó, y luego a beber el mejor Burdeos. Embarra tu sangre con rico sedimento francés, ¡y así empezarás a ver con ojos de nativo!
¿Por qué? ¿Por qué comer, respirar, beber todo lo francés? Porque, con el tiempo, empezaría a entender de verdad la genialidad de un hombre.
Su boca se movió y articuló un nombre.
–¿George? –Su mujer se inclinó sobre él–. Sé qué tienes en mente. Te leo los labios.
Estaba tumbado, completamente inmóvil, a la espera.
–¿Y?
–Picasso –dijo ella. George hizo un mohín. Algún día aprendería a pronunciar aquel nombre–. Por favor –dijo–. Relájate. Sé que esta mañana has oído rumores, pero deberías verte los ojos…, tienes otra vez el tic. Vale que Picasso está aquí, a pocos kilómetros bajando la costa, visitando a unos amigos en un pueblecito pesquero. Pero tienes que olvidarlo o echarás a perder nuestras vacaciones.
–Ojalá no hubiese oído esos rumores –dijo él, sincerándose.
–Ojalá te gustaran otros pintores –dijo ella.
¿Otros? Sí, había otros. Podía desayunar de buena gana los bodegones de Caravaggio con peras y ciruelas como la medianoche. De almuerzo: esos girasoles llameantes y carcomidos de Van Gogh, con esas hojas que un ciego leería con una simple pasada de sus dedos chamuscados por el lienzo incandescente. Pero ¿el gran festín? ¿Los cuadros para los que reservaba su paladar? Allí, llenando el horizonte como Neptuno resucitado, coronado con algas, alabastro, corales, empuñando pinceles como tridentes con uñas como astas de toro en las manos, y con una cola de pez lo bastante inmensa como para arrojar aguaceros de verano por todo Gibraltar, ¿quién sino el creador de Muchacha en la ventana y el Guernica?
–Alice –dijo, en tono paciente–, ¿cómo te lo explico? Al bajar del tren, pensé: Dios bendito, ¡todo esto es el país de Picasso!
Pero ¿de verdad lo era?, se preguntó. El cielo, la tierra, la gente, esos ladrillos sonrosados, las celosías de hierro azul eléctrico de aquellos balcones, una mandolina presta como fruta madura entre las manos de un hombre y su millar de marcas de dedos, carteles jironados ondeando como confeti al viento nocturno… ¿Cuánto era Picasso y cuánto George Smith, mirando el mundo que lo rodeaba con los embravecidos ojos de Picasso? Perdió la esperanza de hallar respuesta. Aquel anciano había instilado trementina y aceite de linaza en George Smith de una manera tan concienzuda que daban forma a su ser, «periodo azul» al anochecer, «periodo rosa» al amanecer.
–No dejo de pensar –dijo en voz alta–, si ahorráramos el dinero…
–Nunca tendremos cinco mil dólares.
–Ya lo sé –dijo, a media voz–. Pero es agradable pensar que algún día lo reuniremos. Sería genial acercarse a él sin más y decirle: «Pablo, ¡aquí van cinco mil dólares! Danos el mar, la arena, el cielo, o lo que quieras, estaremos encantados…».
Unos instantes más tarde, su mujer le tocó el brazo.
–Creo que será mejor que te des un baño –dijo.
–Sí –dijo él–. Será lo mejor.
Un fuego blanco lo envolvió cuando se metió en el agua.
Durante la tarde, George Smith salió y se adentró en el océano con los amplios movimientos líquidos de la gente ora acalorada, ora refrescada, que por fin, con el declive del sol y el cuerpo del color de las langostas, del color del pollo y el pavo asado, renqueaba hacia sus hoteles estilo tarta de bodas.
La playa se extendía desierta kilómetros y kilómetros salvo por dos personas. Una era George Smith, toalla al hombro, en un último acto de devoción.
Por la orilla, caminaba a solas otro hombre más bajo y achaparrado en la tarde tranquila. Estaba muy bronceado, el sol casi le había teñido de caoba su cabeza rasurada y sus ojos eran claros y brillantes como el agua.
Así, el decorado de la orilla estaba listo y, en pocos minutos, los dos hombres se encontrarían. Y una vez más, el destino inclinó la balanza hacia las conmociones y las sorpresas, las salidas y las llegadas. Entretanto, ninguno de los paseantes solitarios pensó ni por un segundo en la coincidencia, esa corriente virgen que se demora junto al codo del hombre en todas las multitudes de todas las ciudades. Ni ponderaron el hecho de que, si un hombre osa meterse en dicha corriente, sale con un milagro en cada mano. Como la mayoría, se encogían de hombros ante tamaño disparate y se quedaban en la orilla salvo que el destino les diera un empujón.
El desconocido estaba solo. Con una mirada a su alrededor, vio su soledad, vio las aguas de la preciosa bahía, vio el sol descendiendo por los colores tardíos del día, y luego, vuelto a medias, se fijó en un objeto de madera en la arena. No era más que el palo de un polo de limón, exquisitez derretida hacía mucho. Sonriendo, cogió el palo. Con otra mirada a su alrededor para asegurarse de que estaba solo, el hombre se agachó de nuevo y, sujetando delicadamente el palo, con ligeros barridos de su mano empezó a hacer lo que mejor sabía hacer.
Empezó a dibujar figuras increíbles en la arena.
Bosquejó una figura y luego retrocedió y, todavía observándola, sumamente concentrado en su obra, dibujó una segunda y una tercera, y después una cuarta, una quinta y una sexta.
George Smith, imprimiendo sus huellas en la orilla, miró a un lado, miró al otro, y luego vio al hombre más adelante. Al acercarse, George Smith vio que el hombre, muy bronceado, estaba agachado. Más cerca aún, se hizo evidente qué estaba haciendo aquel hombre. George Smith rio por lo bajo. Claro, claro… El hombre, solo en la playa –de qué edad, ¿sesenta y cinco?, ¿setenta?–, estaba garabateando y garrapateando. ¡Cómo volaba la arena! ¡Cómo destacaban los disparatados retratos en la orilla! ¡Cómo…!
George Smith avanzó un paso más y se detuvo, muy callado.
El desconocido dibujaba sin parar y no parecía advertir que había alguien justo detrás de él y del mundo de sus dibujos en la arena. Estaba ya tan ensimismado con sus solitarias creaciones que ni un intenso bombardeo en la bahía habría detenido el vuelo de su mano ni habría hecho que se diera la vuelta.
George Smith miró la arena. Un buen rato después, sin dejar de mirar, empezó a temblar.
Porque en la orilla lisa había dibujos de leones griegos y cabras mediterráneas y muchachas con piel de arena como oro en polvo y sátiros con flautas de astas talladas a mano y niños bailando, esparciendo flores por toda la playa con corderos cabriolando detrás, y músicos echando mano de sus arpas y liras y unicornios al galope con jóvenes hacia prados, bosques, templos en ruinas y volcanes lejanos. Por toda la orilla, en una fila ininterrumpida, la mano, el estilete de madera de aquel hombre que, agachado, sudaba a febriles mares, garabateaba, trazaba cintas y bucles arriba y abajo, a un lado y a otro, de acá para allá, punteaba, siseaba, se detenía y luego se precipitaba como si aquella florida bacanal viajera debiera tocar a su fin antes de que el mar apagara el sol. Veinte, treinta metros o más de ninfas y dríades y fuentes estivales que brotaban en jeroglíficos desplegados. Y la arena a la luz mortecina era del color del cobre derretido en el que de un tajo acababa de aparecer un mensaje que cualquier hombre de cualquier época podría leer y saborear a lo largo de los años. Todo giraba y posaba en su propia corriente y gravedad. Y ahora el vino surgía bajo la presión de los pies ensangrentados de mosto de las danzarinas hijas de los vinicultores, y ahora mares vaporosos parían monstruos enfundados en monedas mientras cometas floridas esparcían aromas por nubarrones…, y ahora…, y ahora…, y ahora…
El artista se detuvo.
George Smith retrocedió y se mantuvo alejado.
El artista levantó la vista, sorprendido al encontrar a alguien tan cerca. Luego se incorporó como si tal cosa, mirando a George Smith y su propia creación desplegada como huellas ociosas en la orilla. Finalmente, sonrió y se encogió de hombros como diciendo: Mira lo que he hecho, ¿ves qué niñería? Me perdonas, ¿verdad? Todos hacemos el tonto un día… Tú también, ¿no? No se lo tengas en cuenta a este viejo tonto, ¿vale? ¡Bien! ¡Bien!
Pero George Smith solo era capaz de mirar al hombrecillo de piel tostada y los ojos claros y penetrantes y, con un susurro, dijo el nombre de aquel hombre para sí.
Así se quedaron durante cinco segundos más, quizás. George Smith mirando el fresco de arena, el artista observando a George Smith con divertida curiosidad. George Smith abrió la boca, la cerró, extendió la mano, la retiró. Avanzó hacia los dibujos, retrocedió. Luego siguió la fila de figuras, como quien contempla una preciosa serie de mármoles extraídos de una antigua ruina costera. Sus ojos no parpadeaban, su mano quería tocar, pero no se atrevía a hacerlo. Quería correr, pero no lo hizo.
De repente, miró al hotel. ¡Sí, corre! ¿Cómo? ¿Cojo una pala, cavo, excavo, conservo un trozo de esta arena demasiado friable? ¿Busco un manitas y lo traigo aquí a la carrera con yeso blanco para que saque un molde de una parte frágil de esto? No. No. Imbécil, imbécil. ¿O…? Sus ojos volaron hasta la habitación del hotel. ¡La cámara! Rápido, ve a por ella, vuelve y corre por la orilla, dispara, cambia el carrete, dispara, hasta que…
George Smith giró en redondo para mirar el sol. Le calentó ligeramente la cara; sus ojos eran dos pequeños fuegos solares. Se había sumergido a medias y, mientras George lo observaba, se hundió del todo en cuestión de segundos.
El artista se había acercado y miraba a George fijamente a la cara con gran cordialidad, como si estuviese adivinando cada uno de sus pensamientos. Asintió a modo de reverencia mínima. Sus dedos habían soltado despreocupadamente el palo de polo. Estaba diciendo buenas noches, buenas noches. Y se fue, caminando por la orilla hacia el sur.
George Smith se quedó allí mirándolo. Un minuto después, hizo lo único que se podía hacer. Contempló el principio de aquel fantástico fresco de sátiros y faunos y muchachas empapadas de vino y unicornios al trote y jóvenes flautistas, recorriendo despacio la orilla. Caminó un buen trecho, mirando aquella bacanal desatada. Y cuando llegó al final de animales y hombres, dio media vuelta e hizo el camino inverso, sin levantar la vista, como si hubiese perdido algo y no supiera bien dónde buscarlo. Hizo lo mismo una y otra vez, hasta que no hubo más luz ni en el cielo ni en la arena que le permitiera ver.
Se sentó a la mesa a cenar.
–Llegas tarde –dijo su mujer–. He tenido que bajar sola. Estoy muerta de hambre.
–No pasa nada –dijo.
–¿Algo interesante durante el paseo? –preguntó.
–No –dijo él.
–Estás raro; George, ¿no te habrás metido mucho mientras nadabas, y casi te ahogas? Te lo noto en la cara. Te has metido mucho, ¿verdad?
–Sí –dijo.
–Bueno –dijo ella, mirándolo de cerca–. No lo vuelvas a hacer. En fin…, ¿qué vas a tomar? –George cogió la carta y empezó a leerla y de repente se detuvo–. ¿Pasa algo? –preguntó su mujer.
Volvió la cabeza y cerró los ojos un instante.
–Escucha.
Ella escuchó.
–No oigo nada –dijo.
–¿No?
–No. ¿Qué es?
–La marea –dijo unos segundos después, allí sentado, con los ojos todavía cerrados–. Es la marea, subiendo.