el visitante
spanish
Saul William despertó en la mañana quieta. Se asomó con desgana a la entrada de la tienda de campaña y pensó en lo lejos que estaba la Tierra. Millones de kilómetros, pensó. Pero ¿qué ibas a hacer si no? Tenías los pulmones llenos de «óxido de sangre». No parabas de toser.
Aquella mañana en particular, Saul se levantó a las siete. Era un hombre alto, delgado, consumido por la enfermedad. Era una mañana tranquila en Marte, el mar muerto se extendía plano y silencioso, sin nada de viento. El sol estaba claro y helado en el cielo vacío. Se lavó la cara y desayunó.
Al acabar, le entraron unas ganas tremendas de regresar a la Tierra. Durante el día, intentaba de todas las maneras posibles estar en Nueva York. A veces, si se sentaba derecho y ponía las manos de determinada manera, lo lograba. Casi podía oler Nueva York. Aunque la mayoría de las veces era imposible.
Más avanzada la mañana, Saul intentó morirse. Se tumbó en la arena y le dijo a su corazón que se parara. Siguió latiendo. Se imaginó arrojándose por un acantilado o cortándose las venas, pero rio para sí; sabía que le faltaba temple para ambas cosas.
Igual si me esfuerzo y lo pienso mucho, me dormiré y no volveré a despertar, pensó. Lo intentó. Una hora después despertó con la boca llena de sangre. Se levantó y escupió, y sintió lástima de sí mismo. El óxido de sangre te llenaba la boca y la nariz; te salía por las orejas, por las uñas; y tardaba un año en matarte. La única cura era meterte en un cohete y volar al exilio en Marte. En la Tierra no había cura conocida, y quedarse significaba contagiar a los demás. Así que ahí estaba, sangrando sin parar, y solo.
Saul entornó los ojos. A lo lejos, junto a las ruinas de una antigua ciudad, vio a otro hombre tumbado en una manta mugrienta.
Cuando Saul se acercó, el hombre de la manta se estremeció ligeramente.
–Hola, Saul –dijo.
–Un día más –dijo Saul–. Hostias, ¡qué solo estoy!
–Es el mal de los oxidados –dijo el hombre de la manta, sin moverse, muy pálido, como si pudiera desvanecerse con solo tocarlo.
–Te juro por Dios –dijo Saul, mirando a aquel hombre– que lo que más deseo es que pudieras hablar. ¿Por qué ningún intelectual contrae el óxido de sangre y termina aquí arriba?
–Es una conspiración contra ti, Saul –dijo el hombre, cerrando los ojos, demasiado agotado como para mantenerlos abiertos–. En su día tuve fuerzas para ser un intelectual. Hoy pensar da mucho trabajo.
–Si al menos pudiéramos hablar… –dijo Saul Williams.
El otro hombre se limitó a encogerse de hombros con indiferencia.
–Vuelve mañana. Quizás tenga fuerzas para hablar sobre Aristóteles. Lo intentaré. De verdad que sí. –El hombre se hundió bajo el árbol agostado. Abrió un ojo–. Recuerda que una vez hablamos sobre Aristóteles, hace seis meses, un día bueno que tuve.
–Lo recuerdo –dijo Saul, sin escuchar. Miró el mar muerto–. Ojalá estuviese igual de enfermo que tú, quizás así no me preocuparía por querer ser un intelectual. Quizás así me quedaría en paz.
–Dentro de seis meses estarás igual de mal que yo –dijo el moribundo–. Y de lo único que te preocuparás es de dormir todo lo que puedas. Dormir será para ti como una mujer. Siempre volverás a ella, porque es refrescante y buena y fiel y siempre va a ser generosa contigo y demás. Para lo único que se despierta uno es para pensar en volver a dormirse. Es un pensamiento agradable.
La voz del hombre era poco menos que un susurro. Cesó y una respiración leve ocupó su lugar.
Saul se alejó.
La orilla del mar muerto, como un sinfín de botellas vacías escupidas por una ola desaparecida hacía mucho, estaba repleta de cuerpos de hombres durmiendo. Saul alcanzaba a verlos por toda la curva que trazaba el mar vacío. Uno, dos, tres…, todos dormían solos, la mayoría en peor estado que él, todos con su provisión de comida, todos ensimismados, porque conversar en sociedad era cansado y dormir sentaba bien.
Al principio, pasaron algunas noches en torno a fogatas compartidas. Y todos hablaban sobre la Tierra. No hablaban de otra cosa. De la Tierra y de cómo en los pueblos el agua corría por los arroyos y de lo bien que sabía la tarta de fresas y del aspecto de Nueva York a primera hora de la mañana desde el ferry que llega de Jersey con el viento salado.
Extraño la Tierra, pensó Saul. La extraño tanto que duele. Extraño algo que jamás volveré a tener. Y todos la extrañan y a todos les duele no tenerla. Más que la comida o las mujeres o cualquier otra cosa. Es lo único que extraño. Esta enfermedad te aparta de las mujeres para siempre; y no extrañas otras cosas. Pero la Tierra, sí. Eso, y no un cuerpo débil, es lugar para la mente.
El metal brillante centelleó en el cielo. Saul levantó la vista.
El metal brillante centelleó otra vez.
Un minuto más tarde, el cohete aterrizó en el lecho marino. Se abrió una compuerta, salió un hombre, con una maleta en la mano. Lo acompañaban otros dos hombres con trajes protectores germicidas, que sacaron grandes cajas de comida y le montaron una tienda de campaña.
Un minuto después, el cohete regresó al cielo. El exiliado se quedó solo.
Saul echó a correr. Llevaba semanas sin hacerlo y le resultó muy cansado, pero corrió y gritó.
–¡Hola, hola!
El joven miró de arriba abajo a Saul cuando llegó.
–Hola. O sea que esto es Marte. Me llamo Leonard Mark.
–Saul Williams.
Se estrecharon la mano. Leonard Mar era muy joven, tenía dieciocho años; tenía el pelo rubio, los ojos azules y aspecto lozano pese a su enfermedad.
–¿Qué tal las cosas por Nueva York?
–Así –dijo Leonard Mark. Y miró a Saul.
Nueva York surgió del desierto, hecha de piedra y repleta de los vientos de marzo. Neones explotaron con olores eléctricos. Taxis amarillos surcaban la noche quieta. Se alzaron los puentes y los remolcadores canturreaban en los muelles a medianoche. Se alzaron telones de musicales rebosantes de lentejuelas.
Saul se llevó las manos a la cabeza con violencia.
–¡Espera, espera! –gritó–. ¿Qué tengo? ¿Qué me pasa? ¡Me estoy volviendo loco! –Las hojas brotaban de los árboles en Central Park, verdes y nuevas. Saul paseaba por las veredas, oliendo el aire–. ¡Ya vale, imbécil, ya vale! –Se gritó Saul. Se apretó la frente con las manos–. ¡No es posible!
–Lo es –dijo Leonard Mark.
Las torres de Nueva York se desvanecieron. Marte regresó. Saul estaba en el vacío lecho marino, flácido, mirando fijamente al joven recién llegado.
–Tú –dijo Saul, señalando a Leonard Mark–. Has sido tú. Lo has hecho con la mente.
–Sí –dijo Leonard Mark.
Allí estaban los dos, uno frente al otro. Por fin, temblando, Saul cogió al otro exiliado de la mano, la estrechó una y otra vez.
–Ah, cuánto me alegra que estés aquí –dijo–. ¡No imaginas cuánto me alegro!
Bebieron intenso café solo en tazas de latón.
Era mediodía. Se habían pasado toda la mañana cálida hablando.
–¿Y esa habilidad tuya? –dijo Saul con la taza en los labios, sin apartar la vista del joven Leonard Mark.
–Nací con ella –dijo Mark, mirando su café–. Mi madre estaba en Londres cuando el incendio del cincuenta y siete. Yo nací diez meses después. No sé qué nombre ponerle a esta habilidad. Supongo que telepatía y transmisión de pensamientos. Tenía espectáculo propio, hacía giras mundiales. Leonard Mark, el prodigio mental, ponía en los carteles. Me hice de oro. La mayoría de la gente pensaba que era un charlatán. Ya sabes lo que la gente opina de la farándula. El único que sabía que lo mío era auténtico era yo, pero no dejé que nadie lo descubriera. Era peligroso dejar que la cosa se supiera. Algunos de mis amigos íntimos conocían mi auténtica habilidad, eso sí. Tengo otros muchos talentos que me van a venir bien ahora que estoy en Marte.
–Me has dado un susto de muerte, eso está claro –dijo Saul, con la taza en la mano–. Cuando Nueva York salió del suelo de esa manera, pensé que me había vuelto loco.
–Es una forma de hipnosis que afecta a todos los órganos sensoriales a la vez: ojo, oído, nariz, boca, piel…, a todos. ¿Qué es lo que más te apetecería hacer ahora mismo?
Saul soltó la taza. Intentó contener el temblor de manos. Se humedeció los labios.
–Me gustaría estar en el río en el que solía bañarme en Mellin Town, Illinois, cuando era pequeño. Me gustaría estar bañándome en pelota picada.
–Bien –dijo Leonard Mark, y movió la cabeza mínimamente. Saul se cayó de espaldas a la arena, con los ojos cerrados.
Leonard Mark lo observaba sentado.
Saul estaba tirado en la arena. De vez en cuando movía las manos, las agitaba con excitación. Abría la boca entre espasmos; su garganta se contraía y se relajaba y hacía ruidos.
Saul empezó a hacer movimientos lentos con los brazos, adelante y atrás, adelante y atrás, resollando con la cabeza ladeada, sus brazos iban y venían por el aire cálido, removiendo la tierra amarilla que tenía debajo, su cuerpo se volvió poco a poco.
Leonard Mark se terminó el café tranquilamente. Mientras bebía, no quitaba ojo a Saul, que se movía y susurraba allí tirado en el lecho del mar muerto.
–Estupendo –dijo Leonard Mark.
Saul se sentó, frotándose la cara.
Unos instantes después, le dijo a Leonard:
–He visto el río. He corrido por la orilla y me he quitado la ropa –dijo sin aliento, con una sonrisa de incredulidad–. ¡Y he buceado y he nadado!
–Me alegro –dijo Leonard Mark.
–¡Toma! –Saul buscó en su bolsillo y le ofreció su última chocolatina–. Para ti.
–¿Qué es? –Leonard Mark miró el regalo–. ¿Chocolate? Anda ya. No lo he hecho para que me des nada. Lo he hecho para que estés contento. Guarda eso antes de que se convierta en una serpiente de cascabel y te pique.
–¡Gracias, gracias! –Saul la guardó–. No sabes lo buena que estaba el agua–. Cogió la cafetera–. ¿Más?
Mientras servía el café, Saul cerró los ojos un instante.
Tengo aquí a Sócrates, pensó; a Sócrates y a Platón, y a Nietzsche y a Schopenhauer. Este hombre, por cómo habla, es un genio. ¡Tiene un talento increíble! Piensa en los días largos y plácidos y en las noches frescas que vamos a pasarnos aquí charlando. Al final no va a ser un mal año. Para nada.
Derramó el café.
–¿Pasa algo?
–Nada. –El propio Saul se sobresaltó, confundido.
Estaremos en Grecia, pensó. En Atenas. Estaremos en Roma, si queremos, cuando estudiemos a los autores romanos. Estaremos en Partenón y la Acrópolis. No será mera cháchara, además, sino un lugar en el que estar. Este hombre puede hacerlo. Tiene el poder de hacerlo. Cuando hablemos sobre las obras de Racine, puede crear un escenario con los actores y demás, solo para mí. Dios bendito, ¡esto es mejor que la vida misma! ¡Es mucho mejor estar aquí enfermo que sano en la Tierra sin estas capacidades! ¿Cuántas personas han visto una tragedia griega representada en un anfiteatro griego en el año treinta y uno antes de Cristo?
Y si se lo pidiera, despacito y seriamente, ¿este hombre adoptaría el aspecto de Schopenhauer y de Darwin y de Bergson y demás pensadores de la historia…? Sí, ¿por qué no? ¡Sentarse a hablar con Nietzsche en persona, con Platón en persona…!
Solo había un problema. Saul se sintió desfallecer.
Los demás hombres. El resto de enfermos que había en el lecho del mar muerto.
A lo lejos, los hombres se movían, caminaban hacia ellos. Habían visto el destello del cohete, el aterrizaje, el desembarco del pasajero. Estaban acercándose, despacio, doloridos, para saludar al recién llegado.
Saul sintió frío.
–Oye –dijo–, Mark, creo que haríamos bien en irnos a las montañas.
–¿Por?
–¿Ves a esos hombres que vienen hacia aquí? Algunos están locos.
–¿En serio?
–Sí.
–¿Por el aislamiento y demás?
–Sí, eso es. Será mejor que nos vayamos.
–No parecen peligrosos. Se mueven despacio.
–No te fíes.
Mark miró a Saul.
–Estás temblando. ¿Por qué?
–No hay tiempo para hablar –dijo Saul, levantándose rápidamente–. ¿No eres consciente de lo que pasaría si descubrieran tu don? Se pelearían por ti. Se matarían, te matarían, con tal de ser tus dueños.
–Pero si yo no tengo dueño –dijo Leonard Mark. Miró a Saul–. No. Tú tampoco eres mi dueño.
Saul sacudió la cabeza.
–Ni se me ha pasado por la cabeza.
–¿No, eh? –Mark rio.
–No hay tiempo para discusiones –respondió Saul, parpadeando, con las mejillas encendidas–. ¡Vamos!
–No quiero. Voy a esperar aquí a que lleguen esos hombres. Eres un pelín posesivo. Mi vida es mía.
Saul sintió algo desagradable en su interior. Su rostro empezó a retorcerse.
–¿Has oído lo que te he dicho?
–Con qué rapidez pasas de amigo a enemigo… –observó Mark. Saul le pegó. Fue un puñetazo rápido y certero, de arriba abajo. Mark lo esquivó, riéndose–. ¡Ni hablar!
Estaban en mitad de Times Square. Los coches se les echaban encima, rugiendo, tocando el claxon. Los edificios se alzaban ardientes hacia el cielo azul.
–¡Es falso! –gritó Saul, tambaleándose ante el impacto visual–. ¡Por el amor de Dios, Mark, Mark! Se están acercando. ¡Te matarán!
Mark se sentó en el asfalto, riéndose con su propia broma.
–Que vengan. ¡Puedo engañarlos a todos!
Nueva York distrajo a Saul. Su objetivo era distraer, acaparar su atención con su belleza impía, tras tantos meses lejos de ella. En vez de atacar a Mark, Saul podía quedarse allí sin más, empapándose de aquella escena tan extraña como familiar.
Cerró los ojos.
–No.
Y cayó hacia delante, arrastrando a Mark. Los cláxones atronaban en sus oídos.
Los coches derrapaban y frenaban con violencia. Le dio a Mark un puñetazo en el mentón.
Silencio.
Mark yacía en el lecho marino.
Tras coger en brazos al hombre inconsciente, Saul echó a correr con pesadez.
Nueva York había desaparecido. Solo quedó la inmensa insonoridad del mar muerto. Los hombres se aproximaban desde todos los flancos. Se dirigió a las colinas con su preciosa carga, con Nueva York, los verdes campos, las primaveras frescas y los viejos amigos en sus brazos. Se cayó una vez y se levantó a duras penas. No dejó de correr.
La noche llenaba la cueva. El viento entraba y salía, azotando la pequeña fogata, esparciendo cenizas.
Mark abrió los ojos. Estaba atado con cuerdas y apoyado contra la pared seca de la cueva, de cara al fuego.
Saul echó otro palo al fuego, mirando de vez en cuando hacia la entrada de la cueva con nerviosismo gatuno.
–Eres un estúpido.
Saul se asustó.
–Sí –dijo Mark–, eres un estúpido. Nos encontrarán. Aunque tengan que pasarse seis meses buscándonos, nos encontrarán. Han visto Nueva York, de lejos, como un espejismo. Y a nosotros en el centro. Me extrañaría mucho que no sintieran curiosidad y nos siguieran la pista.
–Pues te llevaré a otra parte –dijo Saul, con la vista clavada en el fuego.
–Y nos seguirán.
–¡Cállate!
Mark sonrió.
–¿Esas son formas de hablarle a tu mujer?
–¡Que te calles!
–Ah, un matrimonio estupendo: tu avaricia y mi habilidad mental. ¿Y qué te apetece ver ahora? ¿Quieres que te muestre más escenas de tu niñez?
Saul notó el sudor que le caía por la frente. No sabía si aquel hombre estaba de broma o no.
–Sí –dijo.
–Muy bien –dijo Mark–. ¡Mira!
Salieron llamaradas de las rocas. El azufre lo asfixió. Simas apocalípticas explotaron, el estruendo retumbó por toda la cueva. Vomitando, Saul tosía tambaleándose, ¡ardía, consumiéndose en el infierno!
El infierno desapareció. La cueva regresó.
Mark estaba riéndose.
Saul se acercó a él.
–Tú –dijo con frialdad, agachándose.
–¿Y qué esperabas? –gritó Mark–. Atado y a cuestas como si fuese un fardo, convertido en la novia intelectual de un hombre enloquecido por la soledad… ¿Tú crees que yo disfruto con esto?
–Te desataré si me prometes que no vas a escaparte.
–No puedo prometerte eso. Soy un espíritu libre. No tengo dueño.
Saul se arrodilló.
–Pues vas a tenerlo, ¿me oyes? Vas a tenerlo. ¡No puedo permitir que te vayas!
–Amigo mío, cuanto más digas ese tipo de cosas, más lejos estoy. Si hubieses tenido dos dedos de frente y hubieses hecho las cosas con inteligencia, nos habríamos hecho amigos. Te habría hecho estos favores hipnóticos encantado. Al fin y al cabo, no me cuesta trabajo conjurarlos. Me divierte, la verdad. Pero la has fastidiado. Me querías para ti solo. Tenías miedo de que los otros me apartaran de ti. Pues te has equivocado de plano. Tengo poderes de sobra para contentarlos a todos. Podrías haberme compartido, como una cocina comunitaria. Me habría sentido como un dios rodeado de niños, repartiendo cariño, favores, a cambio de algunos regalitos, alguna exquisitez especial.
–¡Lo siento, lo siento! –gritó Saul–. Pero conozco a esos hombres demasiado bien.
–¿Y tú eres distinto? ¡Cuesta creerlo! Sal a ver si vienen. Me ha parecido oír un ruido.
Saul corrió. En la entrada de la cueva, ahuecó las manos para escrutar la hondonada repleta de noche. Sombras tenues se agitaron. No eran más que hierbajos sueltos empujados por el viento, ¿no? Empezó a temblar, leve, dolorosamente.
–No veo nada. –Al regresar, la cueva estaba vacía. Miró fijamente la fogata–. ¡Mark!
Mark había desaparecido.
La cueva era lo único que había, llena de pedruscos, piedras, guijarros, el fuego solitario y trémulo, los suspiros del viento. Y Saul allí de pie, incrédulo y atontado.
–¡Mark! ¡Mark! ¡Vuelve!
Aquel hombre se había librado de sus ataduras, despacio, con esmero, y usado el ardid de que había oído a otros hombres aproximándose, había huido, pero ¿adónde?
La cueva era profunda, pero moría en una pared vacía. Y era imposible que Mark se hubiese escabullido por su lado para ocultarse en la noche. ¿Cómo, entonces?
Saul rodeó el fuego. Sacó un cuchillo y se acercó a un pedrusco grande que había apoyado contra la pared de la cueva. Sonriendo, pegó el cuchillo al pedrusco. Y, sonriendo, le dio unos golpecitos con la hoja. Luego retiró el cuchillo para hundirlo en el pedrusco.
–¡Quieto! –gritó Mark.
El pedrusco despareció. Ahí estaba Mark.
Saul levantó el cuchillo. El fuego jugueteaba en sus mejillas. Tenía mirada de loco.
–No ha funcionado –susurró.
Alargó el brazo y cogió a Mark por la garganta y apretó. Mark no dijo nada, pero se movió con incomodidad ante aquella tenaza, con ironía en los ojos para decirle a Saul cosas que Saul ya sabía.
Si me matas, decían aquellos ojos, ¿adónde irán tus sueños? Si me matas, ¿dónde acabarán los arroyos y los ríos trucheros? Mátame, mata a Platón, a Aristóteles, a Einstein; ¡sí, mátanos a todos! Adelante, estrangúlame. Si te atreves.
Los dedos de Saul soltaron la garganta.
Unas sombras se movieron en la entrada de la cueva. Eran cinco, demacrados por el viaje, jadeantes, expectantes en el borde del círculo de luz.
–Buenas noches –dijo Mark a voces, entre risas–. ¡Pasen, caballeros, pasen!
Al amanecer, las discusiones y las refriegas aún continuaban. Mark estaba sentado entre aquellos hombres enfurecidos, frotándose las muñecas, recién liberado de sus ataduras. Había creado una sala de conferencias con paredes revestidas en caoba y una mesa de mármol alrededor de la cual se habían sentado; hombres sudados y avariciosos, apestando más que el demonio, con barbas ridículas y los ojos fijos en su tesoro.
–La única manera de resolverlo –dijo finalmente Mark–, es que cada uno tengáis cita conmigo a determinadas horas de determinados días. Os trataré a todos igual. Seré propiedad municipal, tendré libertad de movimiento. Me parece justo. En cuanto a Saul, está con la condicional. Cuando haya demostrado que es capaz de ser una persona civilizada, le regalaré una o dos consultas. Hasta entonces, no mantendré con él relación alguna.
El resto de exiliados miraron a Saul con una sonrisa burlona.
–Lo siento –dijo Saul–. No sabía lo que hacía. Ya me encuentro bien.
–Ya veremos –dijo Mark–. Vamos a darnos un mes, ¿de acuerdo?
De nuevo las sonrisas burlonas.
Saul no dijo nada. Se quedó sentado, mirando fijamente el suelo de la cueva.
–Veamos –dijo Mark–. Los lunes son para ti, Smith. –Smith asintió–. Los martes veré a Peter, una hora o así. –Peter asintió–. Los miércoles recibiré a Johnson, Holtzman y Jim. –Los tres se miraron unos a otros–. El resto de la semana me dejaréis estrictamente en paz, ¿entendido? –Les dijo Mark–. Menos da una piedra. Si no obedecéis, me negaré a hacer nada.
–Eso si no te obligamos a hacerlo –dijo Johnson. Miró a los ojos a los demás hombres–. Mirad, somos cinco contra uno. Podemos obligarlo a hacer lo que queramos. Si cooperamos, lo que tenemos aquí es una maravilla.
–No seáis idiotas –advirtió Mark a los demás.
–Déjame hablar –dijo Johnson–. Está diciéndonos lo que va a hacer. Pero ¿por qué no se lo decimos nosotros a él? ¿Somos más o no? ¡Y encima nos amenaza con no hacerlo! ¡Dejadme que le meta una astilla entre las uñas de los pies y le desuelle los dedos de las manos con una lima y veremos si lo hace o no! ¿Por qué no podemos disfrutarlo todas las noches de la semana? Pregunto.
–¡No lo escuchéis! –dijo Mark–. Está loco. No es de fiar. Sabéis lo que va a hacer, ¿no? Os cogerá con la guardia baja y os matará uno a uno; sí, os matará a todos, ¡y cuando haya acabado, podrá quedarse a solas conmigo! Eso es lo que busca. –Los demás hombres parpadearon. Primero a Mark, luego a Johnson–. Ya puestos –observó Mark–, ninguno de vosotros puede fiarse de los demás. Esto es un diálogo de besugos. En cuanto os deis la espalda os mataréis entre vosotros. Me atrevo a decir que antes del fin de semana estaréis todos muertos o agonizando.
Un viento frío recorrió la sala de conferencias. Empezó a desvanecerse para convertirse de nuevo en cueva.
Mark se había cansado de aquella broma. La mesa de mármol se disolvió, cayó en forma de lluvia y se evaporó.
Los hombres se miraron unos a otros con suspicacia en sus ojillos brillantes y animales. Era verdad. Se vieron unos a otros en los días por venir, sorprendiéndose, asesinándose…, hasta que solo quedara un último afortunado, que disfrutaría del tesoro intelectual que caminaba entre ellos.
Saul los observaba, y se sentía solo e intranquilo. Cuando uno cometía un error, qué difícil era reconocer tu falta, dar marcha atrás y empezar de cero. Todos se habían equivocado. Llevaban mucho tiempo perdidos. Y ahora estaban peor que perdidos.
–Y, por si fuera poco –dijo finalmente Mark–, uno de vosotros tiene una pistola. Los demás solo tenéis cuchillos. Pero sé que uno de vosotros tiene una pistola. –Todos se levantaron de un salto–. ¡Buscadlo! –dijo Mark–. ¡Descubrid quién tiene la pistola o estáis todos muertos!
Funcionó. Los hombres se abalanzaron a lo loco unos sobre otros, sin saber a quién registrar primero. Se toqueteaban con las manos, luego gritaban, y Mark los observaba con desdén.
Johnson retrocedió, rebuscando en su chaqueta.
–Muy bien –dijo–. ¡Me parece que esto se acabó!
Y disparó a Smith en el pecho. Smith cayó al suelo. Los demás gritaron. Se dispersaron. Johnson apuntó y disparó dos veces más.
–¡Quietos! –dijo Mark.
Nueva York se cernió sobre ellos, salida de la roca, la cueva, el cielo. El sol se reflejaba en las torres altas. Rugió el viaducto del metro; los remolcadores pitaban en el puerto. La dama verde observaba desde el otro lado de la bahía, antorcha en mano.
–¡Mirad, imbéciles! –dijo Mark.
Central Park estalló en constelaciones de flores primaverales. El viento levantó el olor a hierba recién cortada, que los arrastró como una ola.
Y en mitad de Nueva York, perplejos, se tambaleaban aquellos hombres. Johnson disparó la pistola tres veces más. Saul echó a correr. Se estrelló contra Johnson, lo tiró al suelo y le arrebató la pistola por la fuerza. Sonó otro disparo.
El remolino de hombres se detuvo.
Nadie se movió. Saul estaba tirado encima de Johnson. Dejaron de forcejear.
El silencio era terrible. Todos estaban expectantes. Nueva York se hundió en el mar. Entre siseos, susurros, suspiros; con un grito de metal en ruinas y épocas pasadas, las estructuras enormes se ladearon, se torcieron, se volvieron fluidas, se derrumbaron.
Mark estaba entre los edificios. Luego, como un edificio más, con un agujero rojo perfecto en mitad del pecho, se desplomó.
Desde el suelo, Saul miró a los hombres, al cuerpo. Se levantó, con la pistola en la mano.
Johnson no se movió, tenía miedo de moverse.
Todos cerraron los ojos y volvieron a abrirlos, creyendo que así reanimarían al hombre que yacía ante ellos.
Hacía frío en la cueva.
De pie, Saul miró, muy distante, la pistola que tenía en la mano. La arrojó con todas sus fuerzas hacia el valle y nadie vio dónde cayó.
Todos miraban el cuerpo como si no se lo creyeran. Saul se agachó y lo tomó de una mano flácida.
–¡Leonard! –dijo en voz baja–. ¿Leonard? –Agitó la mano–. ¡Leonard!
Leonard Mark no se movió. Tenía los ojos cerrados; su pecho ni subía ni bajaba. Empezaba a enfriarse.
Saul se incorporó.
–Lo hemos matado –dijo, sin mirar a los hombres. Se le estaba llenado la boca de un licor amargo–. Hemos matado al único que no quería matar. –Le tapó los ojos con una mano temblorosa. Los demás hombres seguían expectantes–. Traed una pala –dijo Saul–. Enterradlo. –Se alejó–. No quiero tener nada que ver con vosotros.
Alguien salió a buscar una pala.
Saul estaba tan débil que no podía moverse. Sus piernas se habían hundido la tierra, habían echado raíces que se alimentaban de soledad y miedo y del frío de la noche. El fuego casi se había apagado y solo la luz de la luna doble sobrevolaba las montañas azules.
Se oyó el ruido de alguien cavando en la tierra con una pala.
–De todas formas, no lo necesitábamos –dijo alguien, demasiado fuerte.
El ruido de las paladas continuó. Saul se alejó despacio y dejó que su espalda resbalara por el tronco de un árbol oscuro hasta que acabó sentado en la arena, inexpresivo, con las manos sobre el regazo de cualquier manera.
Duerme, pensó. Vámonos todos a dormir. Al menos nos queda eso. Id a dormir e intentad soñar con Nueva York y con todo lo demás.
Agotado, cerró los ojos, la sangre se acumulaba en su nariz, su boca y sus ojos titilantes.
–¿Cómo lo hacía? –preguntó con voz cansada. La cabeza agachada contra el pecho–. ¿Cómo lograba que Nueva York apareciera y que camináramos por ella? Inténtalo. No debe de ser tan difícil. ¡Piensa! ¡Piensa en Nueva York! –susurró, a punto ya de quedarse dormido–. Nueva York y Central Park y luego Illinois en primavera, manzanos en flor y hierba verde.
No funcionó. No era lo mismo. Nueva York ya no estaba y nada de lo que hiciera la traería de vuelta. Se levantaba cada mañana y caminaba por el mar muerto en su busca, y recorrió Marte eternamente, buscándola, y jamás la encontró. Y finalmente se tumbó, demasiado cansado para caminar, a intentar encontrar Nueva York en su cabeza, pero no la encontraba.
Lo último que oyó antes de dormirse fue el sonido de la pala arriba y abajo, cavando un agujero en el que, con un estruendo enorme de metal y bruma dorada y olores y colores y ruidos, Nueva York se desmoronó, se hundió, quedó enterrada.
Lloró en sueños toda la noche.