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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

en una noche de verano

spanish

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–¡Ya estás muy crecidito para estas cosas!
El abuelo lanzó a Doug hacia la cegadora lámpara de techo. Los huéspedes rieron en sus asientos, cuchillo y tenedor en mano. Cogió a Doug, de diez años, al vuelo y lo plantó en su silla y la abuela le sirvió ruidosamente un buen cazo de sopa humeante en el cuenco. Cuando Doug los masticaba, los saladitos sonaban como la nieve. Los granos de sal resplandecían como diamantes en miniatura. Y allí, en el extremo de la mesa, con sus ojos grises siempre gachos para observar su mano mientras removía el café con una cucharilla o cortaba el pan de jengibre para untar la mantequilla, estaba la señorita Leonora Welkes, con quien los hombres jamás se sentaban en los balancines del jardín trasero ni paseaban por el barranco del pueblo las noches de verano. Allí estaba la señorita Leonora, cuyos ojos vigilaban a través de la ventana mientras las parejas veraniegas pasaban por las aceras en penumbra una noche tras otra, y Douglas sintió cómo se le encogía el corazón.
–Buenas noches, señorita Leonora –dijo en voz alta.
–Buenas noches, Douglas.
Miró más allá de los montones de comida humeante, y los huéspedes volvieron un instante la cabeza antes de agacharla de nuevo hacia sus rituales.
¡Ay, señorita Welkes, señorita Welkes! Y Douglas quería apuñalar a todos los hombres de la mesa con un tenedor de plata por no parpadear siquiera cuando la señorita Welkes pedía la mantequilla. Siempre le pasaban lo que tuvieran a la derecha, sin dejar de conversar con quien tuviera a la izquierda. La lámpara captaba más atención que la señorita Welkes. ¿No es bonita?, decían. ¡Mirad cómo centellea!, gritaban.
Pero ellos no conocían a la señorita Welkes como él la conocía. Tenía muchos lados, como cualquier lámpara de techo, y si te acercabas del modo correcto, podías hacer que estallara en carcajadas y era como si los cristalitos colgantes del carrillón chino del porche se agitaran con el viento de las noches de verano, toda tintineos y melodías. No, para ellos, la señorita Welkes era telaraña y polvo, y Douglas se sentía morir en su silla, sin apartar los ojos de ella mientras se acababa la sopa y la ensalada.
Justo entonces, las tres jóvenes bajaron las escaleras entre risas, tarde, como una troupe de oropéndolas. Siempre llegaban las últimas a la mesa, como si fuesen actrices haciendo su entrada por el portier de deshilachado terciopelo azul. Las tres iban cogidas del hombro, mirándose a la cara unas a otras, diciéndose si llevaban las mejillas lo bastante rosadas o los rizos bien recogidos, o las pestañas lo bastante untadas en saliva con rímel; luego se detenían para alisarse el dobladillo y entrar con algo similar a un aplauso por parte de los huéspedes.
–Buenas noches, Tom, Jim, Bill. ¡Buenas noches, John, Peter!
Los cinco se empujaban la comida a un carrillo con la lengua, se levantaban de golpe y arrastraban sillas para ofrecérselas a las bellas jóvenes, y todos reían hasta que la lámpara gritaba de dolor.
–¡Mirad lo que me han regalado!
–¡Mirad lo que me han regalado a mí!
–¡Mirad el mío!
Las tres damas mostraron los regalos que habían reservado para abrirlos en la mesa. Era Cuatro de Julio, pero, como cualquier otro día del año que no fuese señalado en absoluto, desanudaron los lazos y gritaron: Ay, ¡si no había necesidad! Recibían regalos incluso el Día de los Caídos, así estaba la cosa. En el cumpleaños de Lincoln, el de Washington, el de Jefferson, el día de Colón, los viernes trece. Aquello era de chiste. Una vez recibieron regalos un día normal y corriente, con notas impresas en las que ponía: ¡solo porque es lunes! Estuvieron seis meses hablando de aquella ocasión particular.
Se oyó el frufrú de los lazos mientras los desgarraban con las uñas que lanzaban destellos rojos, y al fondo del túnel de gente estaba sentada la señorita Leonora Welkes, que seguía comiendo muy despacio, tanto que al final soltó el tenedor y observó los regalos expuestos bajo la luz cristalina.
–¡Perfume! ¡Con la bandera en la caja!
–¡Jabón de baño, con forma de molinillo!
–¡Caramelos, decorados con petardos!
Todos dijeron que eran muy bonitos.
–Ay, qué bonito –dijo la señorita Leonora Welkes. Y un momento después, añadió–: Estoy llena. La comida estaba estupenda.
–¿No le apetece postre? –preguntó la abuela.
–Estoy hasta arriba.
Y, con una sonrisa, la señorita Welkes abandonó la habitación.
–¡Oled! –gritó una de las jóvenes, pasando el frasco de perfume abierto bajo las narices de los hombres.
–¡Ah! –dijeron todos.
Douglas golpeó la puerta mosquitera como una bala su objetivo, y antes de que se cerrara con fuerza ya había dado sesenta y ocho pasos por la hierba fresca con los pies descalzos. El dinero tintineaba en su bolsillo, lo que le quedaba de sus ahorros para petardos; y era bastante, además. Pisaba ya con sus pies descalzos el cemento caldeado bajo el crepúsculo veraniego, y cruzó la calle para pegar la nariz al escaparate de la señora Singer y ver los demonios puestos en círculos rojos, los torpedos en serrín, las salvas capaces de embarcarte la cabeza en los árboles como un balón de fútbol, los palmos capaces de mandar de un reventón una lata hasta el sol, y los globos de fuego, tan inusuales y hermosos, como ajadas mariposas rojas, blancas y azules, con sus delicadas alas plegadas, listos para ser encendidos, y luego, gaseados con aire cálido, salir disparados hacia la noche de verano hacia las estrellas. Había muchas cosas con las que llenarse los bolsillos, y, sin embargo, mientras estaba allí de pie contando el dinero, diez, veinte, cuarenta, un dólar con setenta centavos, ahorrados con tanta penuria a fuerza de pasarse todo un año cortando la hierba y podando setos, se volvió para mirar la casa de la abuela, hacia la habitación más alta de todas, allá en la pequeña cúpula verde, donde la ventana estaba cerrada por culpa de aquel tiempo tan caluroso, y las persianas descorridas a medias. El cuarto de la señorita Welkes.
En media hora, los niños llegarían como un chaparrón veraniego, sus pies una lluvia contra el asfalto, sus manos llenas de explosivos, turbantitos adhesivos en los pulgares quemados, oliendo a azufre y a yesca, para echarlo de allí con corrillos fantásticos en los que agitaban las bengalas mágicas, perfilando sus nombres y sus destinos con luminosas estelas de libélulas en el sofocante aire nocturno, formando grandes símbolos blancos que persistían como una imagen residual fosforescente incluso cuando mirabas al suelo desde la cama a las tres de la madrugada, recordando lo fabuloso que habían sido aquel día y aquella noche. Media hora después estaría ahíto de tesoros, con los bolsillos de la camisa a reventar de torpedos y sin dinero. Pero… En fin. Su mirada iba de la habitación de arriba en casa de la abuela al escaparate repleto de milagros de dinamita.
¿Cuántas noches de invierno había ido al edificio de piedra de la biblioteca pública y visto a la señorita Welkes con la almohadilla junto al codo y el sello de goma con tinta púrpura en la mano, y las grandes secciones detrás de ella?
–Buenas noches, Douglas.
–Buenas noches, señorita Welkes.
–¿Puedo ayudarte a hacer nuevos amigos esta noche? –decía ella. O–: Conozco a un hombre llamado Whittier.
Y no hacía falta más. No era tanto la señorita Welkes como las personas que conocía. Las noches de otoño en las que, sin motivo, la biblioteca estaba vacía durante horas, le decía: –Voy a buscar al señor Whittier.
Y se acercaba a las cálidas pilas de libros de atrás y regresaba para sentarse bajo la pantalla de cristal verde de la lámpara y abrir el libro a juego con el invierno mientras, sentado en un taburete, Douglas observaba cómo se movían sus labios, y la mitad del tiempo la señorita Welkes ni siquiera miraba las palabras, sino que miraba a otra parte o cerraba los ojos mientras recitaba aquel poema sobre la calabaza:
Ah, amado fruto de la niñez, recordando los días del ayer,
¡Cuando purpureaban las parras y caían las nueces pardas!
Cuando tallábamos feos rostros en su piel,
¡Y con una vela dentro atravesaban sus miradas la oscuridad!
Y Douglas volvía andando a casa, altanero y embrujado.
O en las noches plateadas del invierno, cuando él y el viento abrían de par en par la puerta de la biblioteca, y el polvo se removía en los mostradores más al fondo y las páginas de las revistas se pasaban solas en las inmensas salas vacías, entonces, ¿qué más oportuno que un buen amigo de la señorita Welkes? El señor Robert Frost, ¡vaya un nombre para el invierno!. Su poema sobre detenerse junto al bosque un atardecer de invierno para ver cómo la nieve cubre los árboles…
Y en verano, como anoche, de nuevo el señor Whittier, una calurosa noche de julio que había acorralado a la gente en los porches de sus casas, la biblioteca como un gran horno de pan abierto; allí, bajo las lámparas verde hierba:
Bendito seas, hombrecito, niño descalzo de mejillas bronceadas…
Que cada mañana te guíe, ¡frescos bautizos del rocío!
Y el rostro de la señorita Welkes, un óvalo, con la telaraña agrisada que tenía por pelo y su sencillez, se hechizaba, sonrojado hasta las mejillas, humedecidos sus labios, ¡y la luz reflejada en las páginas del libro iluminándole los ojos y coloreándole el pelo hasta hacerlo brillar!
En invierno, renqueaba de camino a casa entre mágicos países de hielo, en verano, con los vientos horneros de la brujería en contra; las lecturas de la señorita Welkes dotaban de enjundia a las estaciones; conocía a muchísima gente y, a su debido tiempo, se la presentaba a Douglas. Al señor Poe, al señor Sandburg, a la señorita Amy Lowell y al señor Shakespeare.
La puerta mosquitera se abrió ante su mano.
–Señora Singer –dijo–, ¿tiene perfumes?
El regalo descasaba en lo alto de las escaleras, apoyado contra la puerta. Habían cenado temprano, alrededor de las seis. Ahora, un arrullo cálido precedía a los derroches del atardecer. Abajo, se oía el tintineo de los platos al volver a su sitio en las estanterías de la cocina. Douglas, en último rellano de las escaleras, medio escondido en las sombras de la puerta del desván, esperaba a que la señorita Welkes girara el pomo de bronce, esperaba para ver cómo el regalo caía a sus pies, sin tarjeta, anónimo, refulgiendo con cinta adhesiva y estrellas doradas.
Por fin, la puerta se abrió. El regalo cayó.
La señorita Welkes miró hacia abajo como si estuviese de pie al borde de un acantilado que jamás habría imaginado que estaría ahí. Miró en todas direcciones, despacio, y se agachó para cogerlo. No lo abrió, se quedó un buen rato en el umbral con el regalo entre las manos. Douglas oyó cómo entraba y dejaba el regalo en una mesa. Pero no hubo crujidos de papel. Miraba el regalo, el envoltorio, la cinta, las estrellas, pero sin tocarlo.
«¡Ay, señorita Welkes, señorita Welkes!», quiso gritar.
Media hora más tarde, ahí estaba, en el porche delantero, sentada con sus manos pulcras juntas, vigilando la puerta. Era el ritual de las noches de verano, la gente en los porches, en los balancines, en los cojines con formas, las mujeres charlando y cosiendo, los hombres fumando, los niños en corrillos apoltronados en los peldaños. Pero era temprano, los porches del pueblo aún hervían con la luz del día, los ecos solo temporalmente mitigados, la guerra civil de la Tarde de la Independencia amortiguada durante una hora por los sonidos de la limonada llenando los vasos y los estropajos contra los platos sucios. Pero allí, la única persona en los porches de aquella calle, sola, estaba la señorita Leonora Welkes, con la cara rosa en vez de gris, ruborizada, los ojos fijos en la puerta, el cuerpo tenso e inclinado hacia delante. Douglas la vio desde el árbol al que había trepado en silenciosa vigilancia. Él no la saludó, ella no lo vio, y la hora se adentró aún más en el crepúsculo. En la casa, los ruidos de los preparativos crecieron en intensidad y furia. Los teléfonos sonaban, pies que corrían arriba y abajo por la avalancha de las escaleras, las tres damas reían, se cerraban de golpe las puertas de los baños, hasta que las tres jóvenes salieron y bajaron los escalones delanteros, una detrás de otra, del brazo de un hombre. Cada vez que la puerta se abría, la señorita Welkes se echaba hacia delante, con una sonrisa de oreja a oreja. Y cada vez se hundía de nuevo en su silla mientras las muchachas aparecían con vaporosos vestidos verdes y se alejaban como vilanos al viento por las avenidas en penumbra.
Ya solo quedaban el señor Britz y el señor Jerrick, que vivía arriba, enfrente de la señorita Welkes. Se oían sus silbidos ociosos delante del espejo, y por las ventanas abiertas podías verlos mientras se recolocaban la corbata.
La señorita Wilkens se inclinó sobre los geranios del porche para mirar hacia las ventanas, con el corazón latiéndole en el rostro, dándole su forma y llenándolo de color. Buscaba al hombre que le había dejado el regalo.
Y entonces Douglas percibió el olor. A punto estuvo de caerse del árbol.
La señorita Welkes se había puesto en las orejas y el cuello unas gotas de perfume, ¡muchas, muchas gotas relucientes de Aroma de noche veraniega, a noventa y siete centavos el frasco! Y estaba allí sentada donde el viento pudiera arrastrar el aroma cualquiera que saliese al porche. Sería su modo de decir: ¡Recibí su regalo! ¿Y bien?
«¡He sido yo, señorita Welkes!», gritó Douglas en silencio, encaramado al árbol, más frío que el hielo.
–Buenas noches, señor Jerrick –dijo la señorita Welkes, levantándose a medias.
–Buenas. –El señor Jerrick olisqueó en el umbral y la miró–. Que pase buena noche. –Bajó silbando las escaleras.
Solo quedaba el señor Britz, con su sombrero de paja ladeado sobre un ojo, tarareando.
–Aquí estoy –dijo la señorita Welkes, levantándose, segura de que aquel debía de ser el hombre, el último en la casa.
–Ahí está –dijo el señor Britz, parpadeando–. Eh, qué bien huele usted. No sabía que usaba perfume.
Le lanzó una mirada lasciva.
–Me lo han regalado.
–Vaya, qué bien. –Y el señor Britz bajó los peldaños del porche con un bailecito, con el bastón echado alegremente al hombro–. La veo luego, señorita Welkes. –Se alejó.
La señorita Welkes se sentó y Douglas siguió encaramado al árbol, cada vez más frío. Los ruidos de la cocina fueron apagándose. La abuela no tardaría en salir, con su cojín y su bote de loción antimosquitos. El abuelo cortará el extremo de un puro largo y fumará para matar sus insectos particulares, y las tías y los tíos llegarían para asistir a la celebración del Día de la Independencia en casa de los Spaulding, el Festival de Fuego, los fuegos artificiales, las candelas romanas que el abuelo sostenía con tanta diligencia que parecía la viva imagen de Julio César, plantado con toda dignidad en la oscuridad veraniega del jardín, dirigiendo el caudal de las fuentes de fuego rojo, y molinetes de chispas y humo, mientras todos, como por orden de un médico celestial, abrían la boca para decir ¡Ah!, con el rostro encendido por colores súbitos de destellos azules, rojos, amarillos y blancos de las explosiones entre las estrellas nubladas. Las ventanas de las casas repiquetearían con los impactos. Y la señorita Welkes estaría sentada entre gente desconocida, el aroma de su perfume se evaporaría durante las horas nocturnas hasta desaparecer, y tan solo quedaría el olor triste y húmedo a yesca y azufre.
Los niños gritaban ya por la calle en penumbra, llamando a Douglas, que, escondido, no contestaba. Notaba en el bolsillo el dólar y los cincuenta céntimos que le quedaban. Los niños desaparecieron en la noche a la carrera.
Douglas se balanceó y saltó. Se detuvo en los peldaños del porche.
–¿Señorita Welkes?
Ella levantó la vista.
–¿Sí?
Ahora que había llegado el momento, sintió miedo. Imagina que se niega, imagina que le da vergüenza y corre a encerrarse y no vuelve a salir nunca más…
–Esta noche –dijo Douglas–, ponen una peli estupenda en el Cine Elite, ¡Qué fenómeno!, con Harold Lloyd. La peli empieza a las ocho, y después iremos a tomar una copa de helado de chocolate en la Midnight Drug Store, que abre hasta las doce menos cuarto. Voy a cambiarme.
Ella lo miró sin decir nada. Luego abrió la puerta y subió las escaleras.
–¡Señorita Welkes!
–No pasa nada –dijo–. ¡Corre a ponerte los zapatos!
Eran las siete y media, el porche estaba lleno de gente cuando Douglas salió, con su traje oscuro, corbata azul, el pelo mojado y unos flamantes zapatos prietos.
–¡Caray, Douglas! –gritaron las tías y los tíos y la abuela y el abuelo–. ¿No te quedas a ver los fuegos?
–No. –Y miró los fuegos artificiales tan maravillosamente dispuestos con su fuerte olor a pólvora, los molinillos y cohetes y los globos de fuego, tres, plegados como las alas de gasa de las polillas, esos globos que Douglas adoraba más que nada, porque parecían un sueño de noche de verano ascendiendo despacio, trabajosamente en el aire quieto de las alturas, lejos, lejos hacia tierras remotas, resplandeciendo y resoplando hasta donde alcanzaba la vista. Sí, los globos de fuego, eran lo que más iba a echar de menos aquella noche, mientras estuviese sentado en el Cine Elite.
Se oyó un susurro, la puerta mosquitera se abrió de par en par, y ahí estaba la señorita Welkes.
–Buenas noches, señor Spaulding –le dijo a Douglas.
–Buenas noches, señorita Welkes –dijo.
Llevaba un vestido gris que nadie le había visto nunca, pulcro y nuevo, y el pelo recogido bajo un sombrero veraniego de paja, y allí de pie a la luz mortecina del porche parecía que la diosa tallada del gran reloj de mármol de la biblioteca hubiese cobrado vida.
–¿Nos vamos, señor Spaulding? –Y Douglas bajó con ella los escalones.
–¡Pasadlo bien! –dijeron todos.
–Douglas –dijo el abuelo, tras una pausa, con el puro en la mano–. Te guardo uno de los globos de fuego. Te esperaré levantado. Lo encenderemos y lo lanzaremos juntos. Qué te parece, ¿eh?
–¡Genial! –dijo Douglas.
–Buenas noches, muchacho. –El abuelo se despidió con un gesto lento de la mano.
–Buenas noches, señor.
Se alejó con la señorita Welkes calle abajo, por las aceras en la noche estival, y hablaron del señor Longfellow y del señor Whittier y del señor Poe, de camino al Cine Elite…
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