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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

fichas cuadradas

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Lisabeth dejó de gritar porque estaba cansada. Además, había que considerar aquella habitación. Había una vibración tremenda, como si estuviese rebotando por el ruidoso interior de una campana. Los susurros y murmullos del viaje llenaban la habitación. Iba dentro de un cohete. De repente recordó la explosión, el descenso en picado, la luna flotando en el espacio helado, que la Tierra desapareció. Lisabeth se volvió hacia una ventanilla redonda, profunda y azul como una poza de montaña. Estaba llena hasta el borde de vida rauda y maligna, movimiento, inmensos monstruos espaciales que acechaban con brazos llameantes, lanzándose hacia una destrucción imprevista. Un grupo de meteoritos pasó a toda velocidad, parpadeando en un código morse demencial. Alargó el brazo tras ellos.
Entonces oyó las voces. Voces quedas, susurrantes.
En silencio, se acercó a una puerta con barrotes de hierro y sin hacer ruido se asomó al ventanuco del marco cerrado con llave.
–Lisabeth ha dejado de gritar –dijo con cansancio una voz de mujer. Era Helen.
–Gracias a Dios –dijo con un suspiro una voz de hombre–. Voy a acabar desvariando antes de que lleguemos a Asteroide Treinta y seis.
–¿Seguro que va a funcionar? –dijo otra voz de mujer, irritada–. ¿Es lo mejor para Lisabeth?
–Estará mejor que en la Tierra –exclamó el hombre.
–Al menos podríamos haberle preguntado si quería hacer este viaje, John.
John maldijo.
–¡A una hermana loca no puedes preguntarle si quiere algo o no!
–¿Loca? ¡No uses esa palabra!
–Está loca –dijo John sin más rodeos–. Seamos honestos y llamemos a las cosas por su nombre. No tenía sentido preguntarle si quería venir o no. Tuvimos que obligarla, así de claro.
Mientras los escuchaba hablar, los dedos blancos de Lisabeth temblaban contra la pared de la celda. Parecían voces salidas de un sueño tibio, lejano, al teléfono, hablando en otro idioma.
–Cuanto antes lleguemos y nos instalemos en Asteroide Treinta y seis, antes podré regresar a Nueva York –decía el hombre en aquella incomprensible charla telefónica que Lisabeth estaba entreoyendo–. Al fin y al cabo, cuando una mujer cree que es Catalina la Grande…
–¡Esa soy yo! ¡Soy yo! ¡Soy yo! –les gritó Lisabeth por el ventanuco–. ¡Soy Catalina! –Fue como si hubiese arrojado un rayo a la habitación. Las tres personas casi salieron despedidas. Lisabeth desvariaba y chillaba y se aferraba a los barrotes como una borracha y gritaba aquella certeza suya–. ¡Soy yo, ay, soy yo! –sollozaba.
–Santo cielo –dijo Alice–. ¡Ay, Lisabeth!
El hombre, con gesto de sobresalto e inquietud, fue hasta el ventanuco y se asomó con la falsa comprensión con que una persona mira a un conejo herido.
–Lisabeth, lo sentimos. Lo entendemos. Eres Catalina, Lisabeth.
–¡Pues entonces llámame Catalina! –gritó aquella cosa salvaje encerrada.
–Claro, Catalina –insistió el hombre, enseguida–. Catalina, alteza, esperamos sus órdenes.
Aquello solo logró que la cosa pálida se retorciera contra la puerta de un modo más salvaje aún.
–No me creéis, no me creéis. Lo sé por vuestras horribles caras, lo sé por vuestros ojos y vuestras bocas. Ay, no me creéis. ¡Quiero mataros! –De tal forma les lanzó su odio que el hombre se apartó rápidamente de la puerta–. Sois unos mentirosos, sé que es mentira. ¡Pero soy Catalina y por más años que pasen nunca lo entenderéis!
–No –dijo el hombre, volviéndose. Regresó y se sentó y se tapó la cara con las manos–. Supongo que no.
–Santo Dios –dijo Alice.
Lisabeth acabó en el suelo de terciopelo rojo y allí se quedó, sollozando en su infelicidad enorme. La celda se movía por el espacio, las voces de fuera murmuraron y discutieron y hablaron sin parar durante la media hora siguiente.
Una hora más tarde dejaron una bandeja con comida junto a la puerta. Una bandeja normal y corriente con un cuenco de cereales con leche y bollos normales y corrientes. Lisabeth no se movió de donde estaba tumbada. En la celda había una única cosa regia: el terciopelo rojo en que se despatarraba en silenciosa rebelión. No iba a comerse aquella comida asquerosa, que seguramente estaba envenenada. ¡Y no la habían traído en platos con sus iniciales ni con servilletas con sus iniciales ni en una bandeja con sus regias iniciales! ¡A ella! ¡Catalina, emperadora de todas las Rusias! Así que no pensaba comer.
–¡Catalina! Come, Catalina.
Lisabeth no dijo nada. Que insistieran lo que quisieran. Ella solo quería morirse. Nadie la entendía. Era un plan maléfico para destronarla. Aquella gente opaca y malvada formaban parte del plan.
Las voces murmuraron de nuevo.
–Yo también tengo negocios en Nueva York, igual de importantes que los tuyos, Alice –dijo el hombre–. El parque de atracciones, por ejemplo; la semana que viene me tienen que instalar unas atracciones y unas tragaperras que compré en Reno, hay que enviarlo al este antes del sábado que viene. Y si yo no estoy, ¿quién va a encargarse de hacerlo?
Murmullos, murmullos, voces suaves, escucha, lejanas, como un sueño.
–Estamos en otoño –dijo Alice– y mañana es la pasarela de moda y yo aquí en mitad del espacio en dirección a no sé qué planeta absurdo sabe Dios por qué motivo. No entiendo por qué no podría haberse encargado de ella uno de nosotros.
–Porque somos sus hermanos, por eso –espetó el hombre.
–Pues ahora que estamos hablándolo, no termino de entenderlo. No entiendo lo de Lisabeth ni adónde la estamos llevando. ¿Qué es el Asteroide Treinta y seis?
–Una civilización.
–Es un manicomio, creo.
–Tonterías. –El hombre encendió un cigarrillo, dio una calada–. Hace un siglo, descubrimos que los asteroides estaban habitados, por dentro. En realidad, son un conjunto de pequeños planetas, dentro de los cuales hay gente que respira y pasea.
–¿Y van a curar a Lisabeth?
–No, no van a curarla.
–Entonces ¿por qué la llevamos allí? –Helen estaba preparándose una bebida agitando con brío una coctelera, el hielo repicaba dentro del recipiente. Se la sirvió y bebió–. ¿Por qué?
–Porque allí va a ser feliz, porque es el ambiente adecuado para ella.
–¿No volverá a la Tierra nunca más?
–Nunca.
–Es absurdo. Creía que se curaría y regresaría.
El hombre apagó el cigarrillo, enseguida encendió otro; fumaba con avidez, tenía arrugas bajo los ojos, le temblaba la mano.
–No hagas preguntas. Tengo que comunicarme por radio con Nueva York. –Cruzó la cabina y toqueteó parte del equipo. Se oyó un zumbido y un campanilleo. Gritó–: ¡Hola, Nueva York! Diablos. Póngame con Sam Norman, de la avenida Octava, apartamento C. –Esperó. Por fin–: Hola, Sam. Vaya, que conexión más lenta. Oye, Sam, con respecto a las máquinas… ¿Cómo que qué máquinas? ¡Las tragaperras, dónde tienes la cabeza!
–Mientras te pasan o no te pasan con la Tierra… –dijo Helen.
–¿Qué? Sam… ¿Cómo? –Se volvió para fulminar a Helen con la mirada.
–Mientras te pasan –dijo Helen, cogiéndolo del hombro para apremiarlo–, déjame que hable con mi agente de belleza, quiero cita para el lunes. Tengo el pelo fatal.
–Estoy intentando hablar con Sam Norman –objetó John. Luego, a Sam–: ¿Cómo dices? –A Helen–: Fuera de aquí.
–Es que quiero hablar con…
–¡Hablarás cuando acabe! –Estuvo hablando con Sam durante cinco minutos, a voces, y luego colgó.
–Ah –suspiró Helen.
–Lo siento –dijo el hombre con cansancio–. Llama tú a la Tierra y habla con tu estúpida peluquera.
Encendió otro cigarrillo mientras ella marcaba y hablaba al micrófono. Miró a Alice, que estaba vaciando la cuarta copa de cóctel.
–Alice, sabes que Lisabeth no está loca de verdad.
–¡Shh! –dijo Helen mientras llamaba a la Tierra. Luego se volvió hacia su hermano con gesto inexpresivo–. ¿No está loca? –Al teléfono–: Espera un segundo. –A su hermano–: ¿A qué te refieres con que no está loca?
–Es relativo. Para nosotros, está loca. Pretende ser Catalina de Rusia. Para nosotros, es ilógico. Para ella, es sumamente lógico. Y estamos llevándola a un planeta donde todo tendrá su lógica. –Se levantó, fue hasta la puerta y miró a aquella encantadora y pálida Catalina la Grande allí recostada. Apoyó una mano en los barrotes, el cigarrillo despedía un humo trémulo y nervioso. Habló a media voz–: Algunas veces la envidio. Y la envidiaré más con cada hora que pase. Allí va a ser feliz. ¿Y nosotros? Volveremos a Nueva York, a las ruletas y a los dados. –Miró a Helen–. A las peluquerías y a los hombres. –Miró a Alice–. A los cócteles y a la ginebra con hielo.
–No me gustan los insultos –dijo Alice.
–Yo no he insultado a nadie –contestó él.
–¡Un segundo! –dijo Helen–. ¿Nueva York?
John se sentó con agotamiento.
–En fin, que todo es relativo. Esos asteroides son unos sitios asombrosos; toda clase de culturas. Ya lo sabéis.
Lisabeth se apoyó contra la puerta de la celda, que se movió muy ligeramente hacia fuera. Estaba abierta. Bajó la mirada hacia el pasador y sus ojos se abrieron de par en par. Huir. Esos imbéciles charlatanes que no entendían nada pretendían matarla. Podría salir corriendo de la celda, cruzar la sala y entrar en el cuartito de al lado, donde había toda clase de mecanismos extraños. Si lograba llegar hasta allí, ¡podría destrozar y enmarañar cables y cajas con sus propias manos!
–Ni siquiera sé lo que significa estar loca –dijo Alice, muy remota.
–Es una rebelión. Contra las costumbres y los marcos éticos de una sociedad. Eso significa –dijo el hombre. Lisabeth abrió la puerta despacio, preparándose.
Helen seguía al teléfono, de espaldas a ella.
Lisabeth echó a correr, riendo. Los tres levantaron la vista y gritaron mientras ella pasaba por su lado a toda velocidad. En un instante, sin esfuerzo, cruzó la sala y entró en el cuarto del piloto automático. Dentro había un martillo, lo cogió y, entre gritos, lo estampó contra los cables y los mecanismos. Hubo explosiones, un baile de luces, la nave se estremeció en el espacio, giros y más giros, caída libre. ¡El hombre corrió al cuarto mientras ella daba un martillazo tras otro al cuadro de mandos hasta reducirlos a una masa abollada de metal medio derretido!
–¡Lisabeth! –gritó una de las mujeres.
–¡Lisabeth! –El hombre le lanzó un bofetón, falló, le lanzó otro. El martillo voló de entre sus dedos. Lisabeth se desplomó mareada. En la oscuridad, dolorida, sintió cómo el hombre toqueteaba los mandos, intentando arreglarlos. Balbuceaba como un histérico–. ¡Ah! ¡Los mandos!
Alice y Helen daban tumbos contra las paredes de la nave, que se balanceaban violentamente. La gravedad enloqueció de repente y las lanzó contra el techo.
–¡Bajad! –gritó el hombre–. ¡Poneos los cinturones! ¡Vamos a estrellarnos! ¡Hay un planetoide! –Una forma extraña, negra y rápida se precipitaba hacia la compuerta de la nave. Las dos mujeres sollozaban de un modo histérico, pidiéndole a voces que hiciera algo–. ¡Callaos, callaos, dejadme pensar! –gritó. Hizo algo con los mandos y la nave se enderezó.
–¡Nos vamos a matar, nos vamos a matar! –gemían las hermanas.
–De eso nada –dijo él, y antes de que el planetoide se les echara encima arrojó todo el peso de su cuerpo contra una palanca de metal que estaba atascada y no cedía. Pero cedió, con un temblor metálico y chirriante, cuando se hundió sobre ella.
La nave quedó a oscuras, dio contra algo, golpes, giros, bandazos que los zarandearon de un lado a otro. Lisabeth sintió que salía despedida, daba vueltas y de nuevo caía contra el suelo con una fuerza impresionante. Eso fue todo. No recordaba nada más…
–¿Dónde estamos? –decía una voz–. ¿Dónde…? ¿Dónde estamos?
Lisabeth oía la voz muy vagamente. Olía a atmósfera extraterrestre. Unas palabras salían amortiguadas de un teléfono:
–Planetoide uno-cero-uno. Planetoide uno-cero-uno. ¡Llamando a la nave siniestrada Tierra Dos! ¡Nave siniestrada Tierra Dos! ¿Pueden darnos su localización? Intentaremos enviarles una nave de salvamento.
–Hola, hola, planetoide uno-cero-uno, radio.
Lisabeth abrió los ojos. John y las dos mujeres estaban agazapados junto a la radio, manejándola bajo la luz mortecina. Más allá de la compuerta, pudo ver la llanura fría y plomiza del asteroide.
–Será mejor que intenten salir de ahí –dijo la voz de la radio–. Están en mala zona.
–¿A qué se refiere? –preguntó Alice, inclinándose hacia el hombre.
–Es tierra de asesinos.
–¿Asesinos?
–Asesinos, de la Tierra. Asesinos dementes. Los trajeron aquí. Los soltaron para que se pasaran el resto de sus días asesinando. Son felices así.
–Estás… Estás de coña.
–¿Sí o qué?
–Iremos lo antes posible –dijo la voz de la radio–. Hagan lo que hagan, no salgan de la nave. Hay atmósfera, sí, pero es muy posible que aparezcan varios de los Internos.
Alice corrió a la compuerta.
–¡John! –Señaló–. ¡Allí! ¡Ahí fuera hay unos hombres!
Helen se cogió del brazo de John.
–¡Sácanos de aquí, sácanos de aquí!
–No pueden hacernos nada. ¡Suéltame, por todos los santos! No pueden entrar. –John miraba malhumorado más allá de la compuerta.
Lisabeth yacía relajada, deleitándose con la proximidad de la muerte. Fuera de la nave. Tierra de asesinos. Asesinos.
Eran sus hombres, por supuesto. ¡La guardia de Catalina de Rusia! ¡Venía a rescatarla!
Se levantó. En silencio, cruzó el cuarto de puntillas. El hombre y las dos mujeres seguían mirando fascinados más allá de la compuerta. No la oyeron. ¿Qué tal si bajaba y abría de par en par el compartimiento estanco a los terribles asesinos de fuera? ¿No estaría bien? ¡Que entren a matar, a destruir, a aniquilar a sus secuestradores! Qué maravilla, qué sencillo.
¿Dónde estaba el compartimento estanco? Abajo, en alguna parte. Salió del cuarto sin hacer ruido. Se deslizó por la suave moqueta azul de la sala, llegó a la escalera de caracol y bajó por ella, sonriendo en silencio para sí. Llegó a la cubierta inferior. Y allí se alzaba reluciente el compartimento estanco.
Dio manotazos a todo tipo de botones rojos en un intento de acertar con el que abría la puerta. Por encima de su cabeza, oyó una voz frenética, sorprendida:
–¿Dónde está Lisabeth?
–¡Abajo!
Ruido de pies a la carrera.
–¡Lisabeth!
–¡Deprisa! –gritó Lisabeth a sus manos–. ¡Deprisa!
¡Clic!
Un siseo.
El compartimento estanco se abrió con un rugido.
A su espalda, John saltó desde las escaleras.
–¡Lisabeth!
La puerta estaba abierta. Entraba el olor de un mundo extraterrestre.
Los hombres que estaban aguardando fuera echaron a correr en silencio. Llenaron el compartimento, ¡diez, doce! Eran pálidos y delgados, y temblaban.
Lisabeth sonrió, hizo un gesto con la mano hacia John y gritó a los extraterrestres:
–¡Ese hombre me tenía prisionera! –dijo–. ¡Matadlo!
Los extraterrestres parecían estupefactos. No se movieron. Se limitaron a mirar a John y a Lisabeth con sus ojos inmensos.
–No –dijo finalmente uno de ellos, mientras John esperaba que se abalanzaran sobre él en aquel cuarto en silencio–. No –dijo el extraterrestre, en tono monocorde–. Nosotros no matamos. A nosotros nos matan. Nosotros morimos. Deseamos morir. Ya no tenemos ganas de seguir viviendo.
Hubo un silencio.
–¡Ya habéis oído lo que he dicho! –gritó Lisabeth.
–No –respondieron los hombres. Siguieron inmóviles, tambaleándose en silencio.
John se desplomó contra la pared, suspirando. Unos segundos después, empezó a reírse y su cuerpo se movió con agotamiento.
–¡Ja ja! Ya entiendo. ¡Ya entiendo!
Los hombres lo miraron, parpadeando con perplejidad.
Los ojos de Lisabeth centelleaban. Hizo un gesto de indefensión.
John se recuperó. Dio una palmada e hizo como si empujara algo mientras hablaba como un hombre le habla a una jauría de perros.
–Venga –dijo, tranquilamente–. Fuera. –Hizo aspavientos a los hombres–. ¡Venga, largo!
Al principio los hombres no lo creyeron, y luego, con reticencia, entre gemidos guturales, salieron del cohete. Varios de ellos se volvieron y suplicaron con los ojos.
–No –dijo John, con frialdad–. Largo. No queremos tener nada que ver con vosotros. –Cerró la puerta del compartimento estanco. Cogió la mano pálida de Lisabeth y dijo–: No ha funcionado. Vamos arriba. Se acabaron las maquinaciones, señora.
–¿Qué ha pasado? –Alice y Helen esperaban mientras John subía las escaleras con Lisabeth.
–Querían morir –dijo John, con una sonrisa cansada–. No eran asesinos, querían que los asesinaran. Ahora lo entiendo todo. –Rio con brusquedad–. Para que un asesino sea feliz, hay que proporcionarle una cultura en la que la gente quiera y vea con buenos ojos que la asesinen. Y esa es esta cultura. Esos hombres querían que les dispararan.
Helen lo observó durante unos segundos. Luego dijo una única palabra:
–¿Querían?
–Sí. Alguna cosa he leído al respecto. Solo existen en este planetoide. Después de propagarse, a los veintiún años, sienten una pulsión de muerte, igual que muchos insectos y peces. Para equilibrar dicha pulsión, traemos un puñado de asesinos dementes de la Tierra. En esta cultura, el asesino es el normal, es aceptado, es feliz. Así, la locura se transforma en cordura. O sea, en líneas generales. Si uno está a gusto con esa clase de cordura. –Se dio una palmada en la rodilla, fue hasta la radio–. ¡Hola, planetoide uno-cero-uno, radio! Ha habido un problemita. Todo bien. Más que a los asesinos, hemos conocido a los que quieren morir. Una suerte, diría.
–Mucha –dijo la radio–. Tenemos su localización. Una nave pasará a recogerlos dentro de una hora o así. Aguanten.
Helen estaba junto a la compuerta, mirando hacia fuera.
–Locos. Todos locos.
–Según nosotros, sí –dijo John–. Según ellos, no. Es una cultura cuerda para todos los que la habitan. Es lo único que cuenta.
–No lo entiendo.
–Imagina un hombre que quiera tener ochenta y nueve mujeres. En la Tierra, se vuelve loco porque no puede tenerlas. Se frustra. Tráelo a uno de estos asteroides, suéltalo en un planeta en el que no esté mal visto que las mujeres se casen por triplicado, y se volverá normal, será feliz.
–Ah.
–En la Tierra, tendemos a intentar encajar fichas cuadradas en agujeros redondos. No funciona. En los asteroides, hay un agujero para cada ficha, da igual la forma que tenga. En la Tierra, si una ficha no entra, le damos martillazos hasta que se rompe. No podemos cambiar nuestra cultura para que encajen, eso sería ridículo e inadecuado. Pero podemos traerlos a los asteroides. Aquí existen culturas milenarias, adecuadas, preferibles. –Se levantó–. Necesito una copa. Me siento fatal.
La nave de salvamento llegó en menos de una hora. Descendió del espacio y aterrizó limpiamente en la llanura del asteroide.
–Buenas –dijo el piloto.
–¡Buenas!
Subieron a bordo, Alice, Helen, John y… Lisabeth.
La nave sería remolcada hasta un muelle de reparaciones y se la devolverían más adelante, en la Tierra.
–Quiero llamar a Chicago –dijo Helen enseguida, en cuanto llegaron al muelle.
John suspiró.
–Nos hemos librado por los pelos y lo único que quieres hacer es llamar a Chicago. ¿A William, otra vez?
–¿Pasa algo? –espetó ella.
–Nada. Adelante. Supongo que te dejarán usar el teléfono espacial. –Señaló con la cabeza al capitán de la nave de salvamento.
–Por supuesto –dijo el capitán–. Allí lo tiene.
Lisabeth no se movió. La habían encerrado otra vez en un cuartito. Ninguna puerta volvería a dejarse mal cerrada por error. Se acabó. No le quedaba nada.
–Hola, Chicago. ¿William? ¡Soy Helen! –Risas.
–Yo –dijo Alice, sirviéndose una copa– voy –levantó el vaso– a –continuó– pillarme una buena borrachera.
Entró el capitán de la nave.
–Aterrizaremos en el Treinta y seis en unos diez minutos. Qué mala suerte han tenido.
–Ya pasó. Se me ha hecho un poco pesado. –John señaló con la cabeza a Helen arrullando y acariciando el teléfono, a Alice agitando su cóctel y a Lisabeth de pie, pálida y callada, en la pequeña celda.
El capitán arqueó las cejas y asintió con ironía.
John encendió un cigarrillo y se acercó a él.
–Capitán, supongamos que me creyera Jesucristo. ¿Me llevaría a un asteroide en el que todos se creyeran los salvadores del mundo?
–Caray, no. –El capitán se echó a reír–. Se matarían unos a otros por «impostores». No, le llevaríamos a una cultura preparada para acogerlo y aceptarlo como el único salvador del mundo.
–Una que me mintiera, donde dijeran que creen que soy el salvador…
–No. Nada de mentiras. Solo la verdad. La gente tiene que creer para que usted, como mesías, pueda ser feliz. La idea de enviar a personas locas a varios planetas consiste en asegurarse de que vivirán felices el resto de sus vidas. De ahí que el individuo tenga que vivir en una cultura en la que la gente piense de verdad que es su salvador.
–Debe de ser complicado encontrar hueco en sus planetas para todos los que se creen el salvador, ¿no es así?
–Para eso tenemos un Comité de Seguimiento. Nueve mil terrícolas, locos sin remedio, sin tratamiento posible en la Tierra, piensan que son el mesías. Eso significa que hay lista de espera. Solo hay cuarenta siete mil culturas disponibles en cuarenta y siete mil planetoides entre aquí y Saturno y demás sistemas solares. Y solo dos mil de esas culturas son lo bastante crédulas como para aceptar a un falso redentor. Por tanto, la lista de solicitantes a la espera para viajar a una cultura en la que el antiguo salvador haya muerto es larga. No podemos introducir a dos que se creen Gautama Buda en una misma cultura al mismo tiempo. ¡Ah! ¡Menuda disensión provocaría eso! Pero en caso de darse un Juan Bautista, por ejemplo, sí podemos incluir a la vez un César, un Poncio Pilatos, un Mateo, un Marcos, un Lucas, un Juan… ¿Comprende?
–Sí.
–Cuando pones a un Mahoma junto a un pseudocontemporáneo de épocas antiguas, la historia se repite. Toda la tragedia de los tiempos antiguos se vuelve a representar en esos planetoides. Todo el mundo es feliz, la locura desaparece, viva la tragedia.
–Me suena ligeramente blasfemo.
–No crea. A sus ojos, son felices, normales. ¿Ve aquel planeta de allí? En alguna parte hay una Juana de Arco escuchando voces angelicales. ¡Y allí, mire! Una Meca a la espera de que Mahoma aparezca para poder concluir su legislación.
–Da miedo.
–Un poco.
El capitán se marchó. Lisabeth lo observó mientras salía. ¡El Asteroide Número Treinta y seis apareció debajo de la nave!
Otros planetoides pasaban girando. Lisabeth los observó desde su celda. Se movían en un profundo océano de oscuridad, llenos de dramas y tragedias ocultas insondables para ella.
–¡Ese es el planeta de Otelo! –gritó John–. He leído sobre él.
–Ah. –Alice no paraba de beber. Sentada en una silla gomosa, con los ojos empañados–. Ah. Vaya, vaya. Qué bonito, ¿no?
–¡Otelo, Desdémona y Yago! Guerreros, estandartes y trompetas. Dios, debe de ser todo un espectáculo.
Más planetoides, más, más. Lisabeth los contaba moviendo sus labios rosas, simples. Moviéndolos, moviéndolos. Más. ¡Allí, y allí!
–¡En algún lugar de ahí abajo hay un hombre que se cree Shakespeare!
–Me alegro por él, mucho –murmuró Alice, soltando el vaso, con pereza.
–Hay un Stratford on Avon, y juglares itinerantes. Lo único que tienes que hacer es traer a un loco de Maine que se crea Shakespeare y una cultura entera estará esperándolo, ¡para convertirlo en el auténtico Shakespeare! ¿Y sabes una cosa, Alice…? Alice, ¿me escuchas? –John respiraba con rapidez–. Viven y mueren tal y como vivieron y murieron los hombres famosos. Tienen las mismas muertes, las imitan. Una mujer que se crea Cleopatra se llevará una víbora a la piel. ¡Un hombre que se crea Sócrates se beberá la cicuta! Viven vidas antiguas y tienen muertes antiguas. Qué belleza más tremenda esa locura.
–¡William, qué cosas dices! –arrulló Helen al teléfono espacial–. La semana que viene estaré en Chicago, William. Sí, estoy bien. Te veo entonces, cariño.
–Anda ya –dijo Alice.
–Esto es lo mejor para Lisabeth –dijo John–. No deberíamos sentirnos mal.
–Hemos tenido que esperar mucho, eso seguro. –Alice tiró el vaso–. Echamos la solicitud hace seis meses.
–Había mil Catalinas de Rusia. Una murió ayer. Lisabeth ocupará su lugar. Gobernará con imprudencia y no demasiado bien, pero será feliz.
Helen plantó un beso a pocos centímetros del teléfono, frunciendo sus labios rojos y húmedos.
–Ya sabes que sí –dijo, con los ojos cerrados–. Te quiero, William, te quiero. –Hablaba en voz baja a millones de kilómetros en el espacio.
–¡Listos! –gritó la megafonía de la sala–. ¡Listos para aterrizar!
John se levantó y se fumó un último cigarrillo con nerviosismo y un gesto de incomodidad.
Catalina de Rusia miraba a aquellas tres personas. Vio a Alice beber en silencio de una manera estúpida y John de pie con ceniza de cigarrillo bajo los zapatos. Y Helen estaba tumbada cuan larga era en un sofá gomoso, murmurando al teléfono y acariciándolo.
John se acercó al ventanuco de la celda. Lisabeth no le devolvió el saludo. Él no creía en ella.
–A veces me pregunto dónde acabaremos todos –dijo John así sin más, mirando a Catalina–. ¿Yo en un planetoide en el que pueda pasarme el día quemando máquinas tragaperras? ¿Destrozándolas a hachazos antes de empaparlas de queroseno y meterles fuego? ¿Y Alice? ¿Acabará en un planetoide en el que la norma sean océanos de ginebra y canales de vino dulce? ¿Y Helen? ¿Aterrizará en un lugar repleto de hombres guapos, miles? ¿Sin nadie que le riña?
Sonó una campana.
–¡Asteroide Treinta y seis! ¡Aterrizaje! ¡Aterrizaje! ¡Listos, listos!
John se volvió y se acercó a Alice.
–Deja de beber. –Se volvió hacia Helen–. ¡Suelta el teléfono, vamos a aterrizar! –Como no colgaba, le quitó el teléfono.
Catalina de Rusia estaba lista para la bienvenida que recibió cuando bajó de la nave. Las calles estaban a rebosar de gente, carruajes engalanados esperaban, ondeaban los estandartes, en algún lugar tocaba una banda de música, los cañones estallaban en el ambiente ensordecedor. Se puso a llorar. ¡Creían en ella! Eran sus amigos, todas aquellas personas que rostros sonrientes, todas esas personas con las vestimentas adecuadas y relucientes. El palacio aguardaba al final de la avenida.
–¡Catalina, Catalina!
–¡Majestad, bienvenida al hogar!
–¡Ay, majestad!
–Llevaba tanto tiempo esperando este momento –exclamó Catalina, llevándose las manos a la cara llena de lágrimas. Se irguió. Por fin controló la voz–. Muchísimo tiempo. Y ahora he regresado. Es muy, muy agradable estar en el hogar.
–¡Majestad, majestad!
Le besaron la mano antes de conducirla a un carruaje. Sonriendo, riendo, pidió vino. Le trajeron copas enormes de vino blanco. ¡Bebió y tiró las copas, que se hicieron añicos en la calle! ¡Y la banda tocaba y los tambores redoblaban y las armas atronaban! Y cuando los caballos iniciaron el trote y los embajadores de Francia e Inglaterra subieron al carruaje, Catalina se volvió para mirar en silencio por última vez la nave de la que acababa de bajar. Se quedó callada unos segundos y durante ese breve instante fue consciente del silencio y de una pena intranquila. En la compuerta abierta de la nave había tres personas, un hombre y dos mujeres, despidiéndose, despidiéndose con la mano.
–¿Quiénes son esas personas, majestad? –preguntó el embajador de España.
–No lo sé –susurró Catalina.
–¿De dónde son?
–De un lugar extraño y muy lejano.
–¿Los conoce, majestad?
–¿Conocerlos? –Levantó la mano, casi para despedirse, luego la bajó–. No. Creo que no. Gente rara. De hace mucho tiempo, de una tierra horrible de por ahí. Están locos los tres. Uno trabaja con grandes máquinas de juego, la otra dice cosas extrañas por teléfono, y la tercera no hace más que beber y beber sin parar. Bastante locos, la verdad. –Tenía los ojos apagados. Entonces, su mirada se afiló. Dio un manotazo–. ¡Notifíqueles!
–¡Majestad!
–¡Tienen una hora para abandonar San Petersburgo!
–¡Sí, majestad!
–No quiero desconocidos por aquí, ¿entendido?
–¡Sí, majestad!
El carruaje avanzaba por la calle, los caballos danzaban, la multitud vitoreaba, la banda tocaba y el cohete plateado quedaba atrás.
Y no volvió a mirar atrás, ni siquiera cuando el hombre de la nave plateada gritó: «¡Adiós, adiós!», pues su voz se ahogó cuando la multitud se apiñó desde todas partes para arroparla, envolviéndola de felicidad, gritando: «¡Catalina, Catalina, Madre de todas las Rusias!».
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