g. b. s. modelo v
spanish
–¡Charlie! ¿Adónde vas? –preguntaron los miembros de la tripulación del cohete al pasar.
Charlie Willis no respondió.
Bajó en el ascensor de vacío por el agradable rumor de las tripas de la nave espacial. En su descenso, pensó: Hoy es el gran día.
–¡Chuck! ¿Adónde vais? –gritó alguien.
A encontrarnos con alguien muerto pero vivo, frío pero tibio, siempre intocable pero que, por algún motivo, hace amagos de tocar.
–¡Imbécil! ¡Tonto! –resonó la voz. Él sonrió.
Entonces vio a Clive, su mejor amigo, elevándose por el conducto de enfrente. Evitó su mirada, pero Clive, a través de la radio auricular en forma de caracola, voceó:
–¡Tengo que verte!
–¡Luego! –dijo Willis.
–Sé adónde vas. ¡Imbécil!
Y Clive desapareció mientras Willis descendía despacio, con temblores en las manos. Sus botas tocaban la superficie. En ese instante, sintió una alegría renovada.
Recorrió las maquinarias ocultas del cohete. Dios, pensó, qué locura. Aquí estamos, en el espacio, salimos hace cien días de la Tierra, y, en este momento, la mayoría de la tripulación, febril, encerrada en su cama valvar, hace uso de los robots afrodisiacos que les tocan y les susurran. Mientras, ¿qué hago yo?, pensó. Esto.
Se asomó a un pequeño hueco de almacenaje. Allí, en un anochecer eterno, estaba sentado el anciano.
–Señor –dijo, y esperó.
–Shaw –dijo–. Ah, señor George Bernard Shaw.
Los ojos del anciano se abrieron de golpe de par en par, como si acabara de engullir una idea. Se apretó las huesudas rodillas y soltó un grito estridente a modo de risa.
–¡Lo acepto todo, por Dios!
–¿Qué acepta, señor Shaw?
El señor Shaw clavó en Charles Willis su brillante mirada azul.
–¡El universo! El universo piensa, ¡luego soy! Así que es mejor que lo acepte, ¿eh? Siéntese. –Willis se sentó en el umbral en penumbra, aferrado a sus rodillas y a la cálida alegría de estar otra vez allí–. ¿Quiere que le lea la mente, joven Willis, y le diga qué ha estado haciendo desde la última vez que conversamos?
–¿Puede leer la mente, señor Shaw?
–No, gracias a Dios. ¿No sería un horror que además de ser la tablilla cuneiforme robótica de George Bernard Shaw, también pudiera escrutar sus molleras y recitar sus sueños? Insoportable.
–Ya es así, señor Shaw.
–¡Touché! En fin. –El anciano se rascó la barba rojiza con sus dedos finos, luego dio a Willis un golpecito suave en las costillas–. Usted es el único de a bordo que todavía me visita, ¿cómo es eso?
–Bueno, señor, verá…
Las mejillas del joven se encendieron hasta ruborizarse completamente.
–Ah, ya veo… –dijo Shaw–. En la colmena de la nave, todas las abejas macho están felices en sus celdas con sus jugosos juguetitos de cuerda, sus resplandecientes marionetas femeninas, que les canturrean a media voz y les dan hábiles mordisquitos.
–Atontados, sobre todo.
–Ah, en fin. No siempre fue así. En mi último viaje, el capitán quería jugar al Scrabble usando solamente nombres de personajes, conceptos e ideas de mis obras de teatro. Bien, muchacho extraño, ¿qué haces tú aquí acuclillado con este viejo ego horrible? ¿No tienes necesidad de tersa y delicada compañía ahí arriba?
–El viaje es muy largo, señor Shaw, dos años hasta Plutón y vuelta. Ya habrá tiempo de buscar compañía arriba. De esto nunca me canso. Tengo sueños de cabra, pero los genes de un santo.
–¡Bien dicho! –El anciano se levantó de un salto cuidadoso y caminó de un lado a otro, señalando con la barba ora hacia Alfa Centauri, ora hacia la nebulosa de Orión–. ¿Qué tenemos hoy en la carta, Willis? ¿Quiere que le prologue Santa Juana? ¿O…?
Willis sacudió la cabeza. Su radio auricular le susurró al oído:
–¡Willis! Aquí Clive. Llegas tarde a la cena. Sé dónde estás. Voy para allá. Chuck…
Willis se dio un manotazo en la oreja. La voz se cortó.
–¡Rápido, señor Shaw! ¿Puede, en fin, correr?
–¿Puede Ícaro caer desde el sol? ¡Arriba! ¡Le sigo con estas cenceñas patas de grillo!
Echaron a correr.
Mientras subían por la escalera de caracol en vez de por el ascensor neumático, miraron atrás desde el rellano superior a tiempo de ver cómo la sombra de Clive se precipitaba al interior de la tumba en la que Shaw había muerto y resucitado.
–¡Willis! –gritó su voz.
–Al infierno con él –dijo Willis.
Shaw sonrió con ganas.
–¿Al infierno? Yo lo conozco bien. Vamos. ¡Se lo enseñaré!
Riendo, saltaron al conducto esponjoso y ascendieron.
Era el lugar de las estrellas.
Es decir, era el único lugar de toda la nave en el que, si querías, podías ir a contemplar el universo y los millones y millones de estrellas que se derramaban por él sin cesar, nata de las delirantes lecherías de los dioses. Por otro lado, pavores o afloramientos deliciosos, si lo pensabas, de Dios nuestro Señor Jehová, en su sueño inquieto, molesto con su creación, alumbrando mundos dinosáuricos que giraban en torno a soles diabólicos.
–Está todo en el pensamiento –observó el señor Shaw, con una mirada de reojo a su joven acompañante.
–¡Señor Shaw! ¿Puede leer la mente?
–Paparruchadas. Yo me limito a leer los rostros. El tuyo es transparente como el cristal. Acabo de mirarte y he visto al afligido Job, a Moisés y la zarza ardiente. Vamos. Contemplemos las profundidades y veamos qué ha estado tramando Dios durante los últimos diez mil millones de años, después de que chocara contra sí mismo y creara la inmensidad.
Allí estaban, escrutando el universo, contando las estrellas por miles de millones y más.
–Ay –gimió de repente el joven, y los ojos se le llenaron de lágrimas–. Cuánto me habría gustado estar vivo cuando lo estuvo usted, señor. Cuánto me habría gustado conocerlo de verdad.
–Este Shaw es mejor –repuso el anciano–, toda la enjundia limpia de polvo y paja. Mejor los faldones que el hombre. Agárrese a ellos y sobreviva.
El espacio se extendía ante ellos, inmenso como el primer pensamiento de Dios, profundo como su primera bocanada.
Allí estaban, bajito uno, alto el otro, junto a la ventanilla de observación, con unas vistas fantásticas de la gran galaxia de Andrómeda que podían ampliar a su antojo con solo tocar el botón que amplificaba el Ojo y todo lo acercaba.
Tras un largo rato bebiendo estrellas, el joven suspiró.
–¿Señor Shaw…? Dígalo. Ya sabe lo que quiero oír.
–¿Sí, mi querido muchacho? –Los ojos del señor Shaw titilaron.
Tenían todo el espacio a su alrededor, todo el universo, toda la noche del Ser celestial, todas las estrellas y todos los lugares que las separaban, y la nave seguía su curso silencioso, y la tripulación centrada en sus quehaceres o sus juegos o el tacto de sus juguetes amatorios, mientras ellos conversaban a solas, mientras contemplaban el misterio y decían lo que debía ser dicho.
–Dígalo, señor Shaw.
–Bien, veamos… –El señor Shaw miró fijamente una estrella a unos veinte años luz–. ¿Qué somos? –preguntó–. Ah, somos el milagro de la fuerza y la materia que se transforman en imaginación y voluntad. Increíbles. La fuerza vital que experimenta con las formas. Usted una. Yo otra. El universo ha cobrado vida a gritos. Somos uno de esos gritos. La creación se revuelve en su abismo. La hemos turbado, con las formas que nos hemos dado en nuestras ensoñaciones. El vacío está lleno de durmientes; miles y miles y miles de millones de bombardeos de luz y materia que no se conocen a sí mismos, que duermen mientras se mueven sin cesar hasta que, por fin, conforman un ojo y se despiertan. Entre tanto vuelo e ignorancia, nosotros somos la fuerza ciega que, como Lázaro, sale a tientas de una tumba de millones de años luz. Nos convocamos a nosotros mismos. Oh, Lázaro, fuerza vital, levántate y anda. Y el universo, movimiento de muertes, alarga sus titubeantes manos más allá del tiempo para palpar su carne y la reconoce como nuestra. Tocamos ambos lados y descubrimos que somos milagrosos porque somos uno. –El señor Shaw miró de soslayo a su joven amigo–. Ahí lo tiene. ¿Satisfecho?
–¡Mucho! Me…
El joven se detuvo.
Tras ellos, en la puerta de la cabina de observación, estaba Clive. Más allá, se oía el bordoneo lejano de la música que salía de los cubículos en los que la tripulación y sus juguetes gigantes jugaban sus juegos de amor.
–Bien –dijo Clive–, ¿qué está pasando…?
–¿Aquí? –interpuso Shaw, con jovialidad–. Caray, esto no es más que el desconcierto de dos energías apañándoselas como pueden con las perplejidades. Este artilugio… –se tocó el pecho–, habla con alborozo informatizado. Este conglomerado genético –hizo un gesto con la cabeza hacia su joven amigo– reacciona con emociones puras, bienamadas, verdaderas. ¿La suma de los dos? Un pandemonio untado en galletas devoradas durante la merienda.
Clive miró rápidamente a Willis.
–Hostias, estás como una cabra. ¡Tendrías que haber oído las risas durante la cena! Tú y el viejo ese, ¡charlando! ¡Venga hablar!, decían. Mira, imbécil, tu guardia empieza en diez minutos. ¡No faltes! ¡Dios!
Y el umbral quedó desierto. Clive se había ido.
En silencio, Willis y el señor Shaw bajaron en el ascensor neumático hasta el hueco de almacenaje bajo las inmensas maquinarias.
El anciano se sentó de nuevo en el suelo.
–Señor Shaw. –Willis meneó la cabeza, resopló ligeramente–. Puñetas. ¿Cómo es posible que me parezca usted más vivo que cualquier persona que haya conocido jamás?
–Ah, mi joven amigo –respondió el anciano, con cariño–, te calientas las manos con ideas, ¿eh? Soy un monumento andante hecho de conceptos, tallas de pensamiento, delirios eléctricos de filosofía y asombro. Usted adora los conceptos. Yo soy su receptáculo. Usted adora los sueños en movimiento. Yo me muevo. Usted adora la polémica y la charla. Yo soy un polemista y un parlanchín consumado. Usted y yo masticamos Alfa Centauri y escupimos mitos universales. Mascamos la cola del cometa Halley e importunamos a la nebulosa Cabeza de Caballo hasta que se rinde con un grito monstruoso y nos entrega nuestra creación. Usted adora las bibliotecas. Yo soy una biblioteca. Me hace cosquillas en el costillar y vomito la ballena de Melville, con espiráculo incluido. Tóqueme la oreja y levantaré la República de Platón con la lengua para que la habite a placer. Usted adora los juguetes. Yo soy un juguete, un divertimento fabuloso, su informatizado…
–… amigo –dijo Willis, a media voz.
En el modo en que el señor Shaw lo miró había más calidez que fuego.
–… amigo –dijo.
Willis hizo ademán de irse, pero se detuvo para mirar atrás, a aquella extraña figura anciana apoyada contra la pared oscura del almacén.
–Me… Me da miedo irme. Tengo miedo de que pueda pasarle algo.
–Sobreviviré –respondió Shaw, con brusquedad–, pero solo si avisa a su capitán de que se aproxima una gran lluvia de meteoritos. Debe cambiar el rumbo varios cientos de miles de kilómetros. ¿De acuerdo?
–De acuerdo. –Pero Willis no se movió–. Señor Shaw –dijo por fin–. ¿Qué…? ¿Qué hace mientras los demás dormimos?
–¿Qué hago? Ay, válgame. Escucho mi diapasón. Luego escribo sinfonías entre los oídos.
Willis se fue.
En la penumbra, solo, el anciano agachó la cabeza. Un tenue enjambre de abejas oscuras empezó a zumbar por debajo de su respiración, dulce como la miel.
Cuatro horas más tarde, Willis, saliente de guardia, se metió a dormir en su cubículo.
La boca lo aguardaba a media luz. La boca de Clive. Se humedeció los labios y susurró:
–Lo dice todo el mundo. Que estás quedando como un capullo con tus visitas a esa reliquia intelectual octogenaria, tú, tú, tú. ¡El psiquiatra va a sacarte mañana una radiografía de la cabeza, por Dios!
–Es peor lo que hacéis vosotros todas las noches –dijo Willis.
–Lo que hagamos nosotros es cosa nuestra.
–¿Y por qué no lo mío?
–Porque es antinatural. –La lengua humedecía, a toda velocidad–. Te echamos de menos. Anoche apilamos los juguetes en mitad de la sala y…
–¡No quiero saberlo!
–Pues nada –dijo la boca–, igual bajo a contárselo todo a tu caballeroso amiguito…
–¡No te acerques a él!
–Igual sí. –La boca se movía en la oscuridad–. No puedes hacer guardia eternamente. Una noche de estas, cuando estés dormido, igual alguien lo… manipula, ¿no? Hace un revuelto con su circuitería para que hable de vodeviles en vez de Santa Juana. Sí. Piénsalo. El viaje es largo. La tripulación se aburre. Una broma como esa no tiene precio, con tal de hacerte rabiar. Ojo, Charlie. Más te vale venir a jugar con nosotros.
Willis, con los ojos cerrados, dejó salir toda su ira.
–Como alguien se atreva a tocar al señor Shaw, ¡juro por Dios que lo mato! –Se puso bruscamente de lado, mordiéndose los nudillos.
A media luz, sentía los movimientos de la boca de Clive.
–¿Matarlo? Vaya, vaya. Una lástima. Que duermas bien.
Una hora más tarde, Willis se tomó dos pastillas y se quedó profundamente dormido.
En mitad de la noche, Willis soñó que estaban quemando a la buena de santa Juana en la hoguera y, entre las llamas, la patata asada que era aquella señora se transformaba en un anciano de gesto estoico atado con cuerdas y parras. La barba del anciano era de un rojo ardiente antes incluso de que las llamas la alcanzaran, y sus brillantes ojos azules estaban fijos en la eternidad, vehementes, ignorando las llamas.
–¡Retráctate! –gritó una voz–. ¡Confiesa y retráctate! ¡Retráctate!
–No tengo nada que confesar, ni necesidad de retractarme –dijo el anciano, con calma. Las llamas subían por su cuerpo como un tropel desquiciado de ratones de fuego.
–¡Señor Shaw! –gritó Willis. Se despertó de golpe.
Señor Shaw.
La cabina estaba en silencio. Clive estaba dormido. Con una sonrisa en los labios.
La sonrisa hizo retroceder a Willis, con un grito. Se vistió. Se fue corriendo.
Bajó en el ascensor neumático como una hoja en otoño, volviéndose más viejo y pesado con cada interminable segundo. En el hueco de almacenaje en el que el anciano «dormía» había más silencio de lo normal.
Willis se agachó. Le temblaba la mano. Por fin, tocó al anciano.
–¿Señor…?
No se movía. Su barba no se erizó. Ni sus ojos se encendieron con llamaradas azules. Ni temblaba su boca con ligeras blasfemias…
–Ay, señor Shaw –dijo–. ¿Está muerto?, ay Dios, ¿de verdad está muerto?
El anciano estaba muerto como muertas estaban las máquinas que ya no hablaban ni emitían un pensamiento eléctrico ni se movían. Sus sueños y filosofías eran nieve en su boca cerrada.
Willis giró el cuerpo a un lado y a otro en busca de un corte, una herida o una magulladura en la piel.
Pensó en los años que quedaban, en los largos años de viaje sin poder pasear, charlar, reír con el señor Shaw. Había mujeres en las estanterías del almacén, sí, mujeres en los catres de madrugada, con sus extrañas risas enlatadas y sus extraños movimientos mecánicos, y que decían las mismas tonterías que se decían en un millar de mundos en un millar de noches.
–Ay, señor Shaw –murmuró por fin–. ¿Quién le ha hecho esto?
Bobalicón, susurró la voz recordada de Shaw. Lo sabes. Lo sé, pensó Willis.
Susurró un nombre y echó a correr.
–¡Lo has matado, maldita sea!
Willis agarró a Clive por el pijama y al instante, como un robot, Clive abrió los ojos de golpe. La sonrisa no se alteró.
–No se puede matar lo que no está vivo –dijo.
–¡Hijo de puta! –Le dio un puñetazo en la boca y enseguida Clive se levantó, riendo de un modo extraño y demencial, limpiándose la sangre de los labios–. ¿Qué le has hecho? –gritó Willis.
–Casi nada, solo…
Pero ahí terminó la conversación.
–¡A sus puestos! –gritó una voz–. ¡Peligro de colisión!
Sonaron campanas. Aullaron sirenas.
En plena aversión mutua, Willis y Clive se volvieron entre insultos para coger los trajes espaciales de emergencia y los cascos de las paredes de la cabina.
–Joder, ay, joder, jod…
Clive ahogó un grito en mitad del último joder. Se desvaneció por un agujero repentino en el lateral del cohete.
El meteorito había entrado y salido en una mil millonésima de segundo. Al salir, se había llevado consigo todo el aire de la nave por un agujero del tamaño de un coche pequeño.
Dios, pensó Willis, ha desaparecido para siempre.
Lo que salvó a Willis fue la escalerilla junto a la que estaba, contra la que lo había lanzado el veloz río de aire en su curso hacia el espacio. Durante unos segundos no pudo moverse ni respirar. Luego, cuando la nave se quedó sin oxígeno, cesó la succión. Solo tuvo tiempo de ajustar la presión del traje y el casco, mirando como loco a su alrededor mientras la nave giraba sin control en pleno bombardeo como si de una guerra espacial se tratase. Los hombres corrían, o más bien flotaban, gritando como locos, por todas partes.
Shaw, pensó Willis, irracionalmente, y no pudo no reírse. Shaw.
El último meteorito de una tribu de meteoritos impactó contra la zona de motores del cohete e hizo pedazos la nave. Shaw, Shaw, ay, Shaw, pensó Willis.
Vio el cohete alejarse como un globo desgarrado, sus gases lo impulsaban hacia una desintegración cada vez mayor. Entre los amasijos iban grupos descontrolados de hombres, exonerados ya de sus tareas, de la vida, de todo, no volverían a encontrarse nunca más, ni siquiera para despedirse, una exoneración tan brusca como súbita fue la sorpresa de sus muertes y su soledad.
Adiós, pensó Willis.
Pero el adiós no era verdadero. No oía llantos ni lamentos por la radio. De toda la tripulación, él era el último que quedaba con vida, gracias al milagro del traje, el casco y el oxígeno. Para qué. ¿Para caer en soledad?
Caer. Soledad.
Ay, señor Shaw, ay, pensó.
–Presente antes de que lo llamen –susurró una voz. Era imposible, pero…
Sin rumbo, girando, el anciano muñeco con barba roja y desgreñada y centelleantes ojos azules flotaba por la oscuridad como impelido por el aliento de Dios, a su antojo.
Por instinto, Willis abrió los brazos.
Y allí aterrizó el viejo personaje, sonriendo, jadeando, o fingiendo que jadeaba, a lo que era dado.
–Vaya, vaya, ¡Willis! Menuda sorpresa, ¿eh?
–¡Señor Shaw! ¡Estaba muerto!
–¡Paparruchadas! Alguien me retorció algún cable. La colisión puso las cosas en su sitio. La desconexión la tengo debajo de la barbilla. Un malnacido me hizo un corte. Si vuelvo a caer muerto, toquetéeme bajo la mandíbula hasta que el cableado haga contacto, ¿eh?
–¡Sí, señor!
–¿Cuánta comida lleva encima, Willis?
–Suficiente para aguantar doscientos días en el espacio.
–Caramba, ¡estupendo, estupendo! ¿Y unidades de oxígeno autorreciclado también para doscientos días?
–Sí, señor. ¿Cuánto durará su batería, señor Shaw?
–¡Diez mil años! –entonó el anciano alegremente–. ¡Sí, lo juro, doy fe! Estoy equipado con células fotovoltaicas que captarán la luz universal del Dios hasta que mis circuitos se desgasten.
–Lo que significa que sus palabras me sobrevivirán, señor Shaw, hasta mucho después de que yo haya dejado de comer y respirar.
–Momento en el cual, cenará conversación y respirará participios en lugar de aire. Pero, ante todo, debemos aferrarnos a la idea de un rescate. Tenemos posibilidades, ¿no?
–Cohetes sí que pasan. Y llevo emisoras de radio…
–Que, mientras hablamos, gritan a lo profundo de la noche: Estoy aquí con el destartalado Shaw, ¿eh? –«Estoy aquí con el destartalado Shaw», pensó Willis, y, de repente, el invierno se tornó cálido–. Muy bien, ¿qué hacemos mientras esperamos el rescate, Charles Willis?
–Vaya, pues…
Caían por el espacio, solos pero no solos, aterrados pero exultantes, en un silencio repentino.
–Dígalo, señor Shaw.
–¿El qué?
–Ya lo sabe. Repítalo.
–Muy bien. –Giraban perezosamente, abrazados–. ¿No es un milagro la vida? Materia y fuerza, sí, materia y fuerza que se transforman en inteligencia y voluntad.
–¿Es eso lo que somos, señor?
–Sí, me juego diez mil brillantes flautines a que sí. ¿Digo algo más, joven Willis?
–Por favor, señor –rio Willis–. ¡Quiero más!
Y el anciano hablaba y el joven escuchaba y el joven hablaba y el anciano reía a carcajadas mientras caían por un rincón recóndito del universo, comiendo y hablando, hablando y comiendo, el joven mordisqueando bolas de comida, el anciano devorando luz solar con las células fotovoltaicas de sus ojos, y lo último que se vio de ellos fue cómo gesticulaban y balbuceaban y conversaban y movían las manos hasta que sus voces se perdieron en el tiempo y el sistema solar se dio la vuelta en sueños y los cubrió con una manta de tinieblas y luz, y quién sabe si una nave de rescate llamada Rachel, en busca de sus hijos perdidos, pasó y los encontró, ¿de verdad alguien quiere saberlo?