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Stories / Poems

Stories by ray bradbury

gente sonriente

spanish

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La sensación de silencio era el aspecto más notable de la casa. Cuando el señor Greppin salió, el silencio oleoso con que la puerta principal se abrió y se cerró tras él fue como si se hubiese abierto y cerrado un sueño, algo que se lograba con unas almohadillas de goma untadas en lubricante, despacio, de un modo inmaterial. El doble enmoquetado del pasillo, que él mismo había instalado recientemente, no emitía ruido alguno bajo sus movimientos. Y cuando el viento agitaba la casa de madrugada, no repiqueteaba ningún canalón, no temblaba ninguna jamba. Él mismo había comprobado las contraventanas. Las puertas mosquiteras estaban firmemente sujetas con ganchos resistentes, nuevos y brillantes, y la caldera no golpeteaba, sino que enviaba el calor en forma de un susurro silencioso a través de los gaznates del sistema de calefacción, que suspiraba muy quedamente, moviendo las perneras de sus pantalones mientras se calentaba, como ahora, del frío cortante de la tarde.
Sopesando el silencio con los extraordinarios instrumentos para el tono y el balance que eran sus oídos, asintió con satisfacción por lo uniforme y logrado que estaba aquel silencio. Porque había habido noches en las que las ratas se habían paseado por las cámaras de aire de las paredes, y tuvo que recurrir a trampas con cebo y a comida envenenada para que las paredes enmudecieran. Hasta el reloj de pie se había callado, su péndulo de bronce colgaba inmóvil en su alargado ataúd de cedro con frontal acristalado.
Estaban esperándolo en el comedor.
Escuchó. No hacían ningún ruido. Bien. Excelente, de hecho. Habían aprendido, pues, a permanecer en silencio. Había que enseñar a la gente, pero merecía la pena: ningún tintineo de cuchillos o tenedores en la mesa. Se quitó los gruesos guantes grises, colgó la fría armadura que era su abrigo y se quedó allí con gesto de apremio y aun así de indecisión… Pensando en lo que había que hacer.
El señor Greppin entró en el comedor con su certidumbre y su economía de movimientos habituales, y los cuatro individuos que lo esperaban a la mesa no se movieron ni pronunciaron palabra. El único sonido era el mínimo que concedían las suelas de sus zapatos sobre la espesa moqueta.
Sus ojos, como siempre, instintivamente, se clavaron en la mujer que presidía la mesa. Al pasar por su lado, agitó un dedo cerca de su mejilla. Ella ni siquiera parpadeó.
La tía Rose estaba sentada muy erguida en la cabecera de la mesa, y si una mota de polvo cayera flotando lentamente de los espacios del techo, ¿su ojo seguiría su órbita? ¿Giraría el ojo en su cuenca lacada, con vítrea y fría precisión? Y si por casualidad la mota cayera sobre el húmedo caparazón de su ojo, ¿se cerraría el ojo de golpe? ¿Temblarían los músculos, se cerrarían las pestañas?
No.
La tía Rose tenía una mano sobre la mesa como si fuese parte de la cubertería, rara, fina y vieja; deslustrada. Sus pechos quedaban ocultos tras una ensalada de lino esponjoso.
Debajo de la mesa, sus piernas de palillo en botas de caña alta ascendían hasta un vestido de tubo. Daba la sensación de que las piernas terminaban en el dobladillo de la falda y que a partir de ahí era un maniquí, todo cera, una nada que reaccionaba, seguramente, con los mismos movimientos gélidos y cerosos, con el mismo entusiasmo y la misma atención que un maniquí.
O sea que ahí estaba la tía Rose, mirando fijamente a Greppin –que ahogó una risa y dio una palmada con aire burlón–, ¡ahí estaban los primeros asomos de bigotito acumulándose en el labio superior!
–Buenas noches, tía Rose –dijo, con una reverencia–. Buenas noches, tío Dimity –dijo, con amabilidad–. No, ni una palabra. –Levantó una mano–. Que nadie diga nada. –Hizo otra reverencia–. Ah, buenas tardes, prima Lila, y para ti también, primo Sam.
Lila estaba sentada a su izquierda, su cabello parecía virutas doradas de un tubo de latón torneado. Sam, enfrente de ella, señalaba en todas direcciones con su pelo.
Los dos eran jóvenes, él catorce, ella dieciséis. El tío Dimity, su padre (¡aunque «padre» era una palabra desagradable!), estaba sentado al lado de Lisa, llevaba muchísimo tiempo ocupando aquel puesto secundario porque la tía Rose decía que la corriente que entraba por la ventana podía fastidiarle el cuello si se sentaba en la cabecera de la mesa. ¡Ay, tía Rose!
El señor Greppin acercó la silla a su ceñido traserito y apoyó un codo en el mantel como si tal cosa.
–Tengo que deciros algo –dijo–. Es muy importante. Llevo semanas con esto. Y no puede seguir así. Estoy enamorado. Aunque ya os lo conté hace mucho tiempo. El día que os hice sonreír, ¿os acordáis?
Los ojos de las cuatro personas sentadas no parpadearon, las manos no se movieron. Greppin se ensimismó. El día que los hizo sonreír. Fue dos días atrás. Llegó a casa, entró, los miró y dijo:
–¡Me caso!
Todos se volvieron de golpe con una expresión que parecía que alguien acababa de reventar la ventana.
–¿Que qué? –gritó la tía Rose.
–¡Con Alice Jane Ballard! –dijo, más o menos enderezándose.
–Enhorabuena –dijo el tío Dimity–. Supongo –añadió, mirando a su mujer. Carraspeó–. Pero ¿no es un poco pronto, hijo? –Miró de nuevo a su mujer–. Sí. Sí, creo que es un poco pronto. Mi consejo es que no lo hagas, no todavía, no.
–La casa está en un estado lamentable –dijo la tía Rose–. Y aún vamos a tardar otro año en reformarla.
–Lo mismo dijiste el año pasado y el anterior –dijo el señor Greppin–. Y, además –añadió con sequedad–. Esta casa es mía.
La tía Rose quedó boquiabierta con aquello.
–Que vayas a echarnos a la calle, así como así después de tanto tiempo, caray, yo…
–No voy a echaros, qué estupidez –dijo el señor Greppin, enfadado.
–A ver, Rose… –dijo el tío Dimity con voz insulsa.
La tía Rose dejó caer las manos.
–Con todo lo que he hecho…
En ese instante, Greppin supo que tendrían que irse, todos. Primero los haría callar, luego los haría sonreír y al final los sacaría de la casa como si fuesen unas maletas. No podía meter a Alice Jane en una casa llena de tristes, con la tía Rose siguiéndote dondequiera que ibas incluso cuando no estaba siguiéndote, y los niños te humillaban a las primeras de cambio delante de su madre, y el padre, peor que si fuese un tercer crío, cuidándose de reformular su consejo de que siguieras soltero. Greppin los miró fijamente. Ellos tenían la culpa de que sus amores y su vida fuesen un desastre. Si hiciera algo con ellos…, quizás sus acalorados y resplandecientes sueños de cuerpos tersos que brillaban ansiosos con los sudores del amor se volverían tangibles y alcanzables. Entonces tendría toda la casa para él y para… Alice Jane. Sí, Alice Jane.
Tendrían que irse. Pronto. Si les dijese que se fueran, como había hecho a menudo, la tía Rose tardaría veinte años en recoger sus bolsitas desvaídas y su fonógrafo de Edison. Y Alice Jane habría terminado por marcharse mucho antes.
Greppin los miró mientras cogía el cuchillo de trinchar.
Greppin dio un cabezazo por culpa del cansancio.
Abrió los ojos enseguida. ¿Eh? Ah, se había adormilado mientras pensaba.
Todo aquello había sucedido hacía dos semanas. Esa noche hacía dos semanas justas de la conversación que habían mantenido sobre el matrimonio, la mudanza, Alice. Hacía dos semanas que los había hecho sonreír.
Ahora, recuperado de aquella ensoñación, sonrió a las figuras calladas y sonrientes, que le devolvieron la sonrisa de una manera peculiarmente grata.
–Te odio, vieja –le dijo a la tía Rose a la cara–. Hace dos semanas no me habría atrevido a decírtelo. Esta noche, ah, en fin… –Su voz se llenó de pereza mientras volvía la cara–. Tío Dimity, voy a darte un consejo, buen hombre…
Habló de cosas sin importancia, cogió una cuchara, fingió que comía melocotones de un plato vacío. Ya había comido en un bar del centro; cerdo, patatas, tarta de manzana, judías verdes, remolacha, patatas aliñadas. Pero ahora hacía movimientos como si estuviese comiéndose el postre porque disfrutaba con el teatrillo. Fingió que masticaba.
–Bueno…, esta noche os mudáis de una vez por todas. Llevo dos semanas esperando, dándole vueltas. En cierto sentido, creo que os he mantenido aquí tanto tiempo porque pretendía cuidaros. Pero en cuanto os vayáis, no sé yo… –Aquí el miedo centelleó en sus ojos–. Podríais acabar rondando la casa, haciendo ruidos por las noches, y eso no podría tolerarlo. En esta casa no puede haber ruido, ni siquiera cuando Alice Jane se mude… –Bajo sus suelas, la doble moqueta era gruesa, insonora, tranquilizadora–. Alice quiere mudarse pasado mañana. Vamos a casarnos.
La tía Rose le guiñó un ojo con maldad, con dudas.
–¡Ah! –gritó, levantándose de un salto, luego se fijó mejor y se sentó de nuevo, la boca le temblaba. Liberó la tensión con una risa–. Ah, ya veo. Era una mosca. –Observó a la mosca mientras trepaba con lenta precisión por la amarfilada mejilla de la tía Rose y echaba a volar. Qué casualidad que la mosca hubiese escogido aquel momento para hacer que pareciera que le había guiñado un ojo, que había dudado–. ¿Dudas que vaya a casarme, tía Rose? ¿Crees que estoy incapacitado para el matrimonio, para el amor y las obligaciones que conlleva? ¿Crees que soy inmaduro, incapaz de tratar con una mujer y con su forma de vida? ¿Crees que soy un niño, un iluso? ¡Vaya! –Se esforzó en calmarse, meneando la cabeza–. Señor, señor –razonó para sí–. Era solo una mosca, ¿y una mosca duda del amor, o has sido tú quien ha convertido las dudas en una mosca y un guiño? ¡Joder! –Los señaló a los cuatro–. Voy a preparar la caldera. En una hora voy a sacaros de esta casa de una vez por todas. ¿Lo entendéis? Bien. Ya veo que sí.
Fuera, empezaba a llover, una llovizna fría y constante que empapó la casa. Un gesto de irritación asomó en el rostro de Greppin. El ruido de la lluvia era lo único que no podía impedir, no podía evitarse. Para eso no se podían comprar bisagras nuevas ni lubricantes ni ganchos. Podría cubrirse el tejado con trozos de tela para suavizar el ruido, ¿no? Eso sería pasarse un poco. No. No había forma de evitar el ruido de la lluvia.
Necesitaba silencio, nunca en su vida lo había necesitado tanto. Cada ruido significaba miedo. De ahí que cada ruido debiera ser amortiguado, contenido y eliminado.
El tamborileo de la lluvia parecía los nudillos de un hombre impaciente contra una superficie cualquiera. De nuevo se puso a recordar.
Recordó el final. El final de aquel día de hacía dos semanas, cuando los hizo sonreír…
Había cogido el cuchillo de trinchar, y se dispuso a cortar el ave que había en la mesa. Como siempre, se había reunido la familia, y todos llevaban sus solemnes máscaras de puritanismo. Si los niños sonreían, la tía Rose les pisoteaba la sonrisa como si de bichos asquerosos se tratase.
La tía Rose criticó el ángulo de sus codos mientras Greppin trinchaba el ave. También le hizo notar que el cuchillo no estaba bien afilado. Ah, sí, que el cuchillo no estaba afilado. Recordó que en aquel instante se detuvo, puso los ojos en blanco y rio. Luego, obedientemente, pasó varias veces la hoja por el afilador y de nuevo se centró en la perdiz.
Unos minutos después ya había cortado la mayor parte, levantó despacio la vista hacia sus caras solemnes y discordes, como púdines con ojos de ágata, y, tras mirarlos fijamente unos segundos, como si acabaran de descubrirlo con una mujer desnuda en lugar de con una perdiz desmembrada, alzó el cuchillo y, con voz ronca, gritó:
–Por el amor de Dios, ¿es que sois incapaces de sonreír? ¡Pues voy a haceros sonreír!
Blandió el cuchillo varias veces como si fuese una varita mágica. Y unos instantes después… ¡Fijaos! ¡Todos estaban sonriendo!
Rompió en dos aquel recuerdo, lo arrugó, hizo una bola y lo tiró. Levantándose con brío, fue hacia el pasillo, de ahí a la cocina y, una vez allí, bajó las escaleras en penumbra hacia el sótano, donde abrió la puerta de la caldera y con mano firme y experta avivó el fuego hasta convertirlo en una fantástica llama.
Subió otra vez las escaleras y miró a su alrededor. Llamaría a una empresa para que limpiara la casa vacía, a decoradores para que quitaran aquellas cortinas tristonas e izaran nuevos estandartes relucientes. Compraría alfombras orientales nuevas para procurarse el sutil silencio que deseaba y que necesitaría al menos los próximos meses, si no durante todo el año.
Se tapó la cara con las manos. ¿Y si Alice Jane hacía ruido cuando anduviera por la casa? ¡Qué ruido, cómo, dónde!
Y entonces rio. Aquello tenía su gracia. El problema ya estaba resuelto. Sí, estaba resuelto. No había que temer que Alice Jane hiciera ruido. Era simple hasta lo absurdo. Con Alice Jane tendría todo el placer y ninguna distracción ni incomodidad destruirían su sueño.
Aún faltaba algo por añadir a la calidad de su silencio. En la parte superior de las puertas que el viento cerraba de golpe con bastante frecuencia, instalaría frenos de aire comprimido, como los que tienen en las puertas de las bibliotecas, que sisean suavemente cuando las manillas se cierran.
Cruzó el comedor. Las figuras no se habían movido de la mesa. Sus manos seguían fijas en su posición habitual, y su indiferencia hacia él no era ninguna descortesía.
Subió las escaleras del pasillo para cambiarse de ropa y prepararse para echar a la familia de casa. Mientras se desabotonaba los elegantes puños, giró rápidamente la cabeza. Música. Al principio no le prestó atención. Luego, despacio, levantando la vista hacia el techo, sus mejillas palidecieron.
En lo más alto de la casa empezó la música, nota a nota, una después de otra, y eso lo aterrorizó.
Cada nota llegaba como si pellizcaran la cuerda de un arpa. En el silencio absoluto, aquel sonidito se volvió más grande hasta que se hizo desproporcionado, enloqueció con tanto silencio en el que campar a sus anchas.
Abrió la puerta de par en par de un manotazo, acto seguido sus pies subían vacilantes las escaleras hacia la tercera planta de la casa, ¡la barandilla se estremecía como una serpiente larga y lustrosa bajo la presión, las sacudidas y los tirones de sus manos! Los peldaños se hundían bajo el peso de las pisadas, pausadas, sonoras, lóbregas. Había empezado a subir despacio, dando tumbos, pero ahora corría con todas sus fuerzas como si de repente un muro le hubiese salido al paso y no pensara detenerse hasta que viera sangre y arañazos donde había intentado treparlo.
Se sentía como un ratón corriendo en la gran concavidad de una campana. Y en lo alto de la esfera de aquella campana murmuraba un arpa solitaria. Lo atraía, tiraba de él con un sonido umbilical, daba sustento y vida a su miedo, lo amamantaba. Los miedos pasaban de madres a hijos. Buscó el modo de cortar aquel miedo con sus manos, y no pudo. Sentía que alguien tiraba con fuerza de aquel cordón, que se retorcía.
Sonó otra nota nítida. Y otra.
–No, silencio –gritó–. En mi casa no puede haber ruidos. No desde hace dos semanas. He dicho que no va a haber más ruidos. O sea que no puede ser, ¡es imposible! ¡Silencio!
Entró en tromba en el ático. El alivio puede ser histeria.
De un conducto del tejado caían gotas de lluvia que estallaban al dar contra el cuello alto de un jarrón sueco de cristal tallado con un tono reverberante.
¡Hizo añicos el jarrón con un movimiento súbito de su pie triunfal!
Mientras cogía y se colocaba una camisa vieja y unos pantalones viejos en su habitación, rio entre dientes. Desaparecida la música y taponado el conducto, el silencio estaba de nuevo asegurado. Hay silencios y silencios. Cada uno con identidad propia. Había silencios de noches de verano, que no eran silencios en absoluto, sino una capa tras otras de corales de insectos y el sonido de las lámparas de arco voltaico balanceándose en pequeñas órbitas solitarias en solitarias carreteras secundarias, arrojando endebles anillos de luz con los que se alimentaba la noche; silencios de noches de verano que, para ser silencios, exigían indolencia, desatención e indiferencia por parte de quien escucha. ¡No es silencio en absoluto! Y estaba el silencio del invierno, pero era un silencio confinado, dispuesto a explotar ante el primer indicio de primavera, las cosas estaban comprimidas, despedían una sensación de transitoriedad, el silencio hacía un sonido en sí mismo, tan absoluta era la gelidez que todo lo convertía en un carrillón, o convertía en detonaciones un simple hálito o una palabra pronunciada a medianoche en el aire diamantino. No, no era un silencio digno del nombre. Un silencio entre dos amantes, cuando no había necesidad de palabras. Sus mejillas se ruborizaron, cerró los ojos. Ese era el más placentero de los silencios, un silencio perfecto con Alice Jane. Y lo había hecho posible. Todo era perfecto.
Susurros.
Esperaba que los vecinos no lo hubiesen oído gritar como un imbécil. Un susurro leve.
En fin, sobre los silencios. El mejor silencio era el que concebía en todos sus aspectos un único individuo, uno solo, para que no pudiese haber rotura de cristales ni zumbidos eléctricos de insectos, la mente humana era capaz de lidiar con cualquier ruido, con cualquier urgencia, hasta que se alcanzara un silencio tan absoluto que pudieras oír cómo se ajustaban las células de tu mano.
Un susurro.
Meneó la cabeza. No se oía ningún susurro. En su casa no podía haber ninguno. El sudor empezó a recorrerle el cuerpo, empezó a temblar, unos temblores mínimos, imperceptibles, su mandíbula se aflojó, sus ojos iban por libre en sus cuencas.
Susurros. Conversación entre murmullos.
–Os digo que voy a casarme –dijo, agotado, desanimado.
–Es mentira –dijeron los susurros.
La cabeza se le cayó hacia delante como si lo hubiesen ahorcado, la barbilla contra el pecho.
–Se llama Alice Jane Ballard. –Sus labios blandos y húmedos se movieron con aquellas palabras inarticuladas. Uno de sus párpados empezó a temblarle, como si estuviese transmitiendo con guiños un mensaje a un invitado invisible–. No podéis impedirme que la ame, la amo…
Susurros.
Avanzó un paso a ciegas.
Las perneras de su pantalón se agitaron al llegar a la rejilla de ventilación del suelo. Una corriente de aire caliente siguió a las perneras. Susurros.
La caldera.
Iba hacia las escaleras del sótano cuando alguien llamó a la puerta. Se apoyó contra ella.
–¿Quién es?
–¿Señor Greppin?
Greppin contuvo el aliento.
–¿Sí?
–¿Nos deja pasar, por favor?
–Bueno, ¿quién es?
–La policía –dijo el hombre de fuera.
–¿Qué quieren? Justo iba a sentarme a cenar.
–Solo queremos hablar con usted. Nos han llamado los vecinos. Dicen que llevan dos semanas sin ver a su tío y su tía. Que hace un momento oyeron golpes…
–No pasa nada, se lo aseguro. –Forzó una risa.
–Estupendo, entonces –continuó la voz de fuera–; si nos abre la puerta, podremos hablarlo por las buenas.
–Lo siento –se excusó Greppin–. Estoy cansado y tengo hambre, vuelvan mañana. Lo hablaremos entonces, si quieren.
–Debo insistir, señor Greppin.
Empezaron a dar golpes a la puerta.
Acto seguido, Greppin se giró, rígido, pasó junto al viejo reloj al cruzar el pasillo, entró en el comedor sin decir palabra. Se sentó sin mirar a nadie en particular y luego se puso a hablar, despacio al principio, más rápido después.
–Hay unos pesados en la puerta. ¿Haces el favor de hablar con ellos, tía Rose? Diles que se vayan, ¿quieres?, estamos cenando. Los demás, si entran, seguid comiendo tranquilamente y así se irán. Tía Rose, ¿hablas tú con ellos, por favor? Y ahora que están así las cosas, tengo que contaros algo. –Varias lágrimas calientes le cayeron sin ningún motivo. Las miró mientras mojaban el mantel blanco y se extendían por él hasta desvanecerse–. No conozco a nadie que se llame Alice Jane Ballard. Nunca he conocido a nadie que se llame Alice Jane Ballard. Ha sido todo…, todo…, no sé. Dije que la amaba y que quería casarme con ella para ver si así podía haceros sonreír. Sí, lo dije porque mi intención era haceros sonreír, no había más motivo que ese. Nunca tendré una mujer, he sabido desde hace años que nunca la tendría. ¿Me pasas las patatas, por favor, tía Rose?
La puerta delantera reventó y cayó. Fuertes y rápidas pisadas amortiguadas colmaron el pasillo. Unos hombres irrumpieron en el comedor.
Un momento de indecisión.
El inspector de policía se quitó el sombrero a toda prisa.
–Ah, ustedes perdonen –se disculpó–. No… No era mi intención interrumpirles la cena.
Los policías se detuvieron en seco, de un modo tan repentino que el cuarto se estremeció. El movimiento catapultó los cuerpos de la tía Rose y el tío Dimity directos a la moqueta, y allí quedaron tendidos, con la garganta rajada de oreja a oreja en una media luna, lo que causaba la pavorosa impresión de que, al igual que los niños sentados a la mesa, sonreían por debajo de la barbilla, sonrisas desgarradas que daban la bienvenida a los recién llegados y les contaban todo con una simple mueca…
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