había una vez una anciana
spanish
–Que no me apetece discutir. Yo soy de ideas fijas. Tire por ahí con ese canasto de mimbre ridículo. Señor, ¿de dónde se saca esas cosas? Salga pitando de aquí, venga, deje de incordiarme, tengo encajes y calceta que hacer en vez de preocuparme por hombretones de negro con ideas retorcidas.
El joven alto y de negro permaneció en silencio, sin moverse. La tía Tildy siguió hablando a toda prisa.
–¡Ya ha oído lo que le he dicho! Si tiene en mente seguir hablándome, hala, pues hable, pero mientras tanto espero que no le importe que me sirva un café. Ea. Si hubiese sido más amable, le habría ofrecido, pero como va y se cuela aquí a la buena de Dios y sin llamar a la puerta ni nada… Se creerá que la casa es suya. –La tía Tildy se toqueteó el regazo–. ¡Hala, ya me ha hecho perder la cuenta! Estoy haciéndome un edredón. En invierno hace un frío que pela, y para una señora mayor con los huesos como papel de arroz no es bueno andar sentada sin calentarse en una casa vieja llena de corrientes.
El joven alto y negro se sentó.
–Esa silla es antigua, así que cuidadito –le advirtió la tía Tildy–. Empiece otra vez, diga lo que tenga que decir. Voy a escucharlo con educación. Pero no vaya a levantar la voz y deje de mirarme con ese brillo raro en los ojos. Señor, me entran los siete males.
El florido reloj con cuerpo de porcelana que había en el revellín terminó de dar las tres. En el pasillo, agrupados alrededor del canasto de mimbre, cuatro hombres esperaban en silencio, como si estuviesen congelados.
–A ver, ese canasto de mimbre –dijo la tía Tildy–. Tiene cerca de dos metros de ancho y, por la pinta que tiene, colada no es. Y esos cuatro hombres con los que ha entrado no le hacen ninguna falta para cargar con el canasto… Caray, si pesa menos que el cardillo, ¿eh?
El joven negro se había inclinado hacia delante en la silla antigua. Algo en su expresión indicaba que el canasto iba a pesar algo más dentro de un rato.
–Bah –musitó la tía Tildy–. Dónde he visto yo un canasto como ese… Me parece que fue hace un par de años. Me parece que… ¡Ay! Ya me acuerdo. Cuando falleció el vecino de al lado, el señor Dwyer. –La tía Tildy soltó la taza de café con brusquedad–. ¿Para eso han venido? Pensaba que estaban intentando venderme algo. ¡Pues ya verán cuando mi pequeña Emily vuelva a casa por la tarde de la facultad! La semana pasada le escribí una nota. Claro está, no le reconocí que me sentía un poquito regular, pero sí le dejé caer que quería verla, han pasado ya bastantes semanas. Como vive en Nueva York y eso. Es casi como una hija, mi Emily. Ya verá cómo se ocupa de usted, jovencito. Lo va a echar del recibidor tan rápido que…
El joven de negro miró a la tía Tildy como si estuviese muy cansada.
–¡Pues no lo estoy! –espetó.
El joven se balanceó adelante y atrás en la silla, con los ojos entrecerrados, recostándose. ¿No le apetece descansar a usted también?, parecía murmurar. Un descanso, un descanso, un agradable descanso…
–¡Jesús, María y José y todos los santos del almanaque! ¡He hecho cien edredones, doscientos jerséis y seiscientos marcos de fotos con estos dedos, por canijos que parezcan! Largo de aquí, vuelvan cuando esté lista, ya les llamo yo, igual –La tía Tildy pasaba de un tema a otro–. Voy a hablarles de mi Emily, qué niña más dulce y más rubia. –La tía Tildy asintió con aire pensativo. Emily, con el pelo amarillo como mazorcas de maíz, igual de suave y delicado–. Me acuerdo perfectamente del día en que murió su madre, hace veinte años, y me dejó a Emily. Por eso me enfado con ustedes y vuestros canastos y vuestros tejemanejes. Caray, me acuerdo de…
La tía Tildy hizo una pausa; un recuerdo doloroso tocó un instante su corazón. Veinticinco años atrás, la voz de su padre tembló en la tarde:
–Tildy –susurró–, ¿qué vas a hacer en la vida? Por cómo te comportas, los hombres no te hablan casi. Les das un beso y sales pitando. ¿Por qué no sientas la cabeza, te casas, tienes hijos…?
–Papá –le contestó Tildy a voces–, me gusta reírme, jugar y cantar. Lo de casarse no va conmigo. No encuentro ningún hombre que comparta mi filosofía, papá.
–¿Y qué filosofía es esa?
–¡Que la muerte es una ridiculez! Se llevó a mamá cuando más falta nos hacía. ¿Eso te parece inteligente?
Los ojos de su padre se empañaron y se tornaron grises y lúgubres.
–Tienes razón, Tildy, como siempre. Pero ¿podemos hacer otra cosa? La muerte le llega a todo el mundo.
–¡Luchar! –exclamó–. ¡Soltarle un golpe bajo! ¡No creer en ella!
–Eso es imposible –dijo su padre, apenado–. Estamos solos en el mundo.
–Alguna vez tiene que haber un cambio, papá. ¡Voy a empezar mi nueva filosofía aquí y ahora! Caray, es absurdo que haya personas que viven un par de años y luego las tiren a un hoyo como si fuesen grano mojado, sin que nada crezca. ¿De qué sirve? Se quedan ahí millones de años, sin ayudar a nadie. La mayoría es gente buena, estupenda, limpia, o por lo menos lo intentan…
Pero su padre no escuchaba. Se había desdibujado, desvanecido como una fotografía que se deja al sol. Tildy intentó convencerlo de lo contrario, pero aun así falleció. Giró sobre sus talones y echó a correr. No podía quedarse allí ahora que estaba frío, pues su frialdad negaba su filosofía. No asistió al entierro. Lo único que hizo fue abrir su tienda de antigüedades en el bajo de un antiguo caserón, y vivió sola durante años, hasta que apareció Emily. Tildy no quería quedarse con la niña. ¿Por qué? Porque Emily creía en la muerte. Pero su madre era una vieja amiga, y Tildy le había prometido que la ayudaría.
–Emily –decía la tía Tildy al hombre de negro– ha sido la única persona que ha vivido conmigo en esta casa durante todos estos años. Nunca me casé. Me aterraba la idea de vivir veinte años con un hombre para que luego se me muriera. Habría echado abajo mis convicciones como un castillo de naipes. Me alejé del mundo. Bastaba que la gente mencionara la muerte para que les gritara.
El joven escuchaba con paciencia y educación. Luego levantó la mano. Daba la sensación de que lo sabía todo, con aquel brillo oscuro y frío en sus ojos, antes de que ella abriera la boca. Sabía todo sobre ella y la Segunda Guerra Mundial, cuando apagó la radio para siempre y dejó de leer los periódicos y dio a un hombre un paraguazo en la cabeza para echarlo de la tienda cuando insistió en describir las playas durante la invasión y las mareas altas y lentas de cadáveres que fluían bajo los impulsos silentes de la luna.
Sí, el joven de negro sonrió en la mecedora antigua, sabía que la tía Tildy se había aferrado a los discos de su vieja gramola. Harry Lauder cantando Roamin’ in the Gloamin’, Madame Schumann-Heink y sus nanas. Sin interrupciones, sin calamidades en el extranjero, sin asesinatos, envenenamientos, accidentes de tráfico, suicidios. Sonaba la misma música todos y cada uno de los días. Y así pasaron los años, mientras la tía Tildy intentaba enseñar a Emily su filosofía. Pero Emily tenía la muerte grabada en su mente. Sin embargo, respetaba el modo de pensar de la tía Tildy, y jamás mencionó…, la eternidad.
El joven sabía todo aquello.
La tía Tildy sollozó.
–¿Cómo sabe todo eso? En fin, si cree que va a convencerme para que me meta en ese canasto ridículo, va bien aviado. ¡Como me ponga las manos encima, le escupo en la cara!
El joven sonrió. La tía Tildy sollozó otra vez.
–No me ponga esa cara de perro enfermo. Estoy demasiado mayor para que me hagan el amor. Está todo reseco, como un cubo de pintura vieja, desde hace muchos años.
Se oyó un ruido. El reloj del revellín dio las tres. La tía Tildy le lanzó una mirada. Qué raro. ¿No habían dado las tres hacía cinco minutos? Le gustaba aquel reloj blanco hueso con ángeles dorados que colgaban desnudos de la esfera numerada y los tonos como campanas de catedral, suaves y lejanos.
–¿Va a quedarse ahí sentado sin más, jovencito? –Sí–. Pues entonces no le importará que me eche una cabezadita. Ea, y no se mueva de esa silla. Ni vaya a acercarse a mí de tapadillo. Voy a cerrar los ojos un momentito. Eso es. Eso es…
La hora reposada del día, agradable, tranquila. Silencio. Solo el tictac continuo del reloj, atareado como termitas en el bosque. Solo aquella habitación antigua que olía a la caoba abrillantada y al cuero aceitado de la silla Morris, y a los libros bien rectos en sus estanterías. Qué agradable. Qué agradable…
–No se habrá levantado de la silla, ¿eh, caballero? Más le vale. Tengo un ojo abierto. Sí, anda que no. Sí, así es. Ah. Ay, hmmmm.
Qué mullido. Qué modorra. Qué profundo. Bajo el agua, casi. Ah, qué agradable. ¿Quién se mueve ahí en la oscuridad de mis ojos cerrados? ¿Quién me ha besado en la mejilla? ¿Eres tú, Emily? No. No. Creo que son imaginaciones mías. Estoy… Soñando. Señor, sí, eso es. Más, y más, y más lejos…
¿Eh? ¿Cómo dice? ¡Ah!
–Verás cuando me ponga las gafas. ¡Listo!
El reloj volvió a dar las tres. Qué pena, viejo reloj, ay, qué lástima. Tendré que mandarte a arreglar.
El joven del traje negro estaba junto a la puerta. La tía Tildy asintió.
–Qué pronto se va usted, jovencito… Se ha rendido, ¿eh? No ha sido capaz de convencerme; no, soy más terca que una mula. De esta casa no me saca nadie, ¡así que no se molesten en intentarlo de nuevo!
El joven hizo una reverencia con una dignidad pausada. No tenía intención de regresar, nunca.
–Estupendo –sentenció la tía Tildy–. ¡Siempre le decía a mi padre que iba a ganar! Caray, voy a pasarme los próximos mil años tejiendo en esta ventana. Tendrán que echar la casa abajo para sacarme de aquí.
Los ojos del joven titilaron.
–Deje de mirarme como el gato que se ha comido al pájaro –gritó la tía Tildy–. ¡Y llévense ese viejo canasto ridículo!
Los cuatro hombres salieron con paso pesado por la puerta. Tildy observó cómo cargaban con aquel canasto vacío y cómo, pese a ello, se tambaleaban bajo su peso.
–¡Eh, a ver! –Se levantó con trémula indignación–. ¿Me han robado las antigüedades? ¿Mis libros? ¿Los relojes? ¡Qué llevan en ese canasto!
El joven de negro silbaba alegremente, de espaldas a ella, avanzando detrás de los cuatro hombres tambaleantes. En la puerta, señaló el canasto y le ofreció la tapa a la tía Tildy. Con voz mínima, le preguntó si quería abrirlo para echar un vistazo.
–¿Curiosidad? ¿Yo? Bah, ninguna. ¡Largo! –gritó la tía Tildy. El joven de negro se puso un sombrero, se despidió de ella de un modo escueto–. ¡Adiós!
La tía Tildy cerró de un portazo.
Listo, listo. Mucho mejor. Fuera. Tontos de capirote con sus ideas apolilladas. Hala, olvídate del canasto. Le daba igual que hubiesen robado algo, con tal de que la dejaran en paz.
–Anda. –La tía Tildy sonrió–. Por ahí viene Emily, ha vuelto de la facultad. Justo a tiempo. Qué buena niña. Mira cómo anda. Pero, Señor, qué pálida y qué rara la veo hoy, qué despacio anda. Por qué será. Parece preocupada, la verdad. Pobrecita. Voy a prepararle un café y una bandeja de pasteles.
Emily subió los escalones delanteros. La tía Tildy, atareada como estaba, no oyó los pasos lentos, pausados. ¿Qué afligía a la muchacha? Suena como si tuviera menos brío que una lagartija. La puerta se abrió de par en par. Emily apareció en el recibidor, con el pomo de bronce en la mano.
–¿Emily? –exclamó la tía Tildy.
Emily cruzó el recibidor cabizbaja, arrastrando los pies.
–¡Emily! ¡Te estaba esperando! Han estado aquí unos botarates con un canasto. Intentando venderme algo que no me hacía falta. Me alegro de que estés en casa. Qué a gustito se está ahora… –La tía Tildy se dio cuenta de que Emily llevaba un minuto entero mirando a la nada–. Emily, ¿qué pasa? Mírame. Toma, un café. ¡Ten! Emily, ¿por qué te apartas de mí? Emily, deja de gritar, chiquilla. ¡No grites, Emily! Como sigas gritando así te vas a volver loca. Emily, levanta del suelo, ¡quítate de esa pared! ¡Emily! Para ya de encogerte, chiquilla. ¡No voy a hacerte daño! Señor, cuando no es una cosa, es otra. Emily, ¿qué pasa, chiquilla…?
Emily gemía, tapándose la cara con las manos.
–Mi niña, mi niña –susurró la tía Tildy–. Ten, bebe un poco de agua. Bebe, Emily, venga.
Emily abrió los ojos de par en par, vio algo, luego los cerró, temblando, ensimismada.
–Tía Tildy, tía Tildy, tía…
–¡Ya vale! –Tildy le dio una bofetada–. ¿Qué te aflige?
Emily levantó de nuevo la vista con esfuerzo. Alargó un brazo. Sus dedos se desvanecieron dentro de la tía Tildy.
–¡Qué idea más tonta! –gritó Tildy–. ¡Aparta esa mano! ¡Que la apartes te digo!
Emily cayó de lado, volvió la cabeza, su pelo rubio se sacudió con un temblor resplandeciente.
–No estás aquí, tía Tildy. Estoy soñando. ¡Estás muerta!
–Calla, niña.
–No puedes estar aquí.
–Por todos los santos, Emily… –Cogió a Emily de la mano. La traspasó. Acto seguido, la tía Tildy se enderezó y dio un zapatazo contra el suelo–. ¡Caray, caray! –gritó enfadada–. Ese… ¡Embustero! ¡Ese ratero! –Sus manos finas y nudosas se volvieron puños fibrosos, duros, pálidos–. Ese demonio oscuro; ¡me ha robado! Se lo ha llevado, ¡ha sido él, sí, ay, sí, él! Caray, yo… –La ira bullía en su interior. Sus ojos azul pálido eran fuego. Cayó en un silencio indignado. Luego se volvió hacia Emily–. ¡Chiquilla, levanta! ¡Te necesito!
Emily estaba en el suelo, temblando.
–¡Estoy aquí en parte! –sentenció la tía Tildy–. Por Dios bendito, habrá que apañarse un tiempo con lo que queda. ¡Coge mi sombrero!
–Tengo miedo –confesó Emily.
–Pero, ay, pero no de mí, ¿no?
–Sí.
–Caray, ¡ni que fuese un fantasma! ¡Me conoces de toda la vida! Venga, no hay tiempo para lloriqueos. ¡Ponte de pie o tendré que darte un par de azotes!
Emily se levantó sollozando, se quedó como si estuviese arrinconada, decidiendo en qué dirección echar a correr.
–¿Dónde tienes el coche, Emily?
–En el garaje…, señora.
–¡Bien! –La tía Tildy salió a toda prisa por la puerta–. Sus ojos penetrantes miraron a un lado y a otro de la calle–. ¿Por dónde se va a la morgue?
Emily se sujetó al pasamanos mientras bajaba con paso titubeante.
–¿Qué vas a hacer, tía Tildy?
–¿Hacer? –gritó la tía Tildy, trotando tras ella con una furia débil y pálida temblándole en los carrillos–. ¡Caray, pues recuperar mi cuerpo, por supuesto! ¡Recuperar mi cuerpo! ¡Vamos!
El coche rugía, Emily sujetaba fuertemente el volante, con la mirada puesta en las calles curvas y mojadas por la lluvia. La tía Tildy sacudió su sombrero.
–Acelera, chiquilla, acelera, antes de que me saquen los jugos del cuerpo y lo troceen y lo hagan daditos como esos funerarios puntillosos acostumbran a hacer. ¡Cortan y rebanan para que nadie pueda aprovecharlo!
–Ay, tía Tildy, déjame ir, ¡no me obligues a conducir! No va a servir de nada, de nada en absoluto –dijo la muchacha con un suspiro.
–Ya estamos aquí.
Emily aparcó junto al bordillo y se derrumbó sobre el volante, pero la tía Tildy ya había bajado del coche y trotaba con un contoneo femenino por el camino de entrada a la morgue, hacia el coche fúnebre del que estaban sacando un canasto de mimbre.
–¡Usted! –Dirigió su ataque a uno de los cuatro hombres que sostenían el canasto–. ¡Suelte eso!
Los cuatro hombres levantaron la vista.
–Apártese, señora. Estamos trabajando –dijo uno.
–¡Ahí dentro está mi cuerpo! –Blandió su sombrero.
–No sé a qué se refiere –dijo otro hombre–. Haga el favor de no bloquear el paso, señora. Esto pesa.
–¡Caballero! –gritó ella, ofendida–. Para su información, solo peso cuarenta y nueve kilos.
La miró como si tal cosa.
–No me interesa su peso, señora. Quiero llegar a casa para cenar. Mi mujer me mata si llego tarde.
Los cuatro hombres entraron por un pasillo, con la tía Tildy detrás, hacia la sala de preparaciones.
Un hombre con una bata blanca esperaba la llegada del canasto con una sonrisa de gran satisfacción en su cara alargada y gesto de entusiasmo. A la tía Tildy le traía sin cuidado la avidez de aquella cara o la personalidad de aquel hombre. Los cuatro hombres soltaron el canasto y se marcharon.
El hombre de la bata blanca miró un instante a la tía Tildy.
–Señora, este no es sitio para una dama –dijo.
–Bueno –dijo ella, satisfecha–, pues me alegro de que lo vea así. ¡Es exactamente lo que he intentado decirle al joven de negro!
El embalsamador quedó desconcertado.
–¿De qué joven de negro me habla?
–Del que vino a enredar a mi casa, de ese.
–Aquí no trabaja nadie que coincida con esa descripción.
–Da lo mismo. Como acaba usted de señalar inteligentemente, este no es sitio para una dama. No quiero estar aquí. Quiero irme a mi casa y cocinar pavo para las visitas del domingo, que es Pascua. Tengo que dar de comer a Emily, jerséis que tejer, relojes a los que dar cuerda…
–Es usted bastante filosófica, y filantrópica, no me cabe duda, señora, pero tengo trabajo. Acaba de llegar un cuerpo. –Esto último lo dijo con aparente deleite mientras disponía sus cuchillos, frascos, tarros e instrumentos.
Tildy se erizó.
–Como se atreva a poner la yema de un dedo en ese cuerpo, lo…
La apartó como si de una polillita se tratase.
–George –dijo con suave delicadeza–, acompañe a esta señora a la salida, por favor.
La tía Tildy fulminó con la mirada al tal George, que se acercaba.
–¡Váyase por donde has venido!
George la cogió de las muñecas.
–Por aquí, por favor.
Tildy se zafó. Sin esfuerzo. De alguna manera, su carne…, se deslizó. Hasta Tildy quedó sorprendida. Menudo talento inesperado había desarrollado a la vejez.
–¿Lo ve? –dijo, encantada con sus habilidades–. No puede moverme. ¡Devuélvanme mi cuerpo!
El embalsamador levantó la tapa del canasto distraídamente. Luego, tras una serie recurrente de escrutinios, se dio cuenta de que el cuerpo que había dentro era…, parecía ser…, ¿era posible…?, quizás…, sí…, no…, no…, no podía ser, pero…
–Ah –exhaló con brusquedad. Se volvió. Tenía los ojos muy abiertos, luego los entornó–. Señora –dijo, precavido–. Esta dama es…, ¿es pariente suyo?
–Tenemos una relación muy estrecha. Tenga cuidado con ella.
–¿Su hermana, quizás? –Se aferró al clavo ardiendo de la lógica, esperanzado.
–No, imbécil. Soy yo, ¿se entera? ¡Yo!
El embalsamador consideró la idea.
–No –dijo–. Esas cosas no pasan. –Trasteó con su instrumental–. George, ve a pedir ayuda. No puedo trabajar con una chiflada delante.
Los cuatro hombres regresaron. La tía Tildy se cruzó de brazos, desafiante.
–¡No me van a mover! –gritó, pero la movieron como a un peón de ajedrez, la llevaron de la sala de preparaciones a la de velatorios, al pasillo, a la sala de espera y de ahí a la funeraria, donde se hundió en una silla en el centro mismo del vestíbulo. Había bancos que se perdían en un silencio gris, y olía a flores.
–Señora, por favor –dijo uno de los hombres–. Ahí es donde reposa el cuerpo para el servicio de mañana.
–De aquí no me levanto hasta que me den lo que pido.
Se quedó sentada, toqueteándose el encaje de la garganta con sus dedos pálidos, la boca apretada, dando pisotones de irritación al suelo con la suela de su zapato de caña alta. Si alguno de los hombres se ponía a tiro, le daba un sombrerazo. Y cuando la tocaban, bueno, ya sabía cómo…, escabullirse.
El señor Carrington, el director de la funeraria, oyó el alboroto desde su despacho y cruzó el corredor con paso inseguro para investigar.
–Vale, vale –susurró a todos, con un dedo en los labios–. Más respeto, más respeto. ¿Qué pasa aquí? Ah, señora, ¿puedo ayudarla en algo?
Tildy lo miró de arriba abajo.
–Puede.
–¿En qué puedo servirla, por favor?
–Entre en aquella sala de allí –indicó la tía Tildy.
–¿Sí…?
–Y dígale a ese joven investigador tan ansioso que deje de enredar con mi cuerpo. Soy una señora mayor. Mis lunares, marcas de nacimiento, cicatrices y demás menudencias, incluida la torcedura en el tobillo, son privados. No quiero que ande fisgando ni pinchando ni cortando ni causando ningún tipo de daño.
El señor Carrington encontró aquello demasiado vago, pues aún no había relacionado los cuerpos.
La miró con un gesto vacío de impotencia.
–Me tiene ahí en su mesa, ¡como un pichón al que fueran a vaciar y disecar! –le dijo.
El señor Carrington corrió a comprobarlo. Tras esperar quince minutos de silencio expectante y discusiones horrorizadas, comparando notas con el embalsamador, el señor Carrington regresó, tres tonos más pálido.
A Carrington se le cayeron las gafas, las recogió.
–Nos está complicando las cosas.
–¿Yo? –bramó la tía Tildy–. ¡Por las sandalias de Cristo! A ver una cosa, don Sangre y Huesos o como se llame, dígale a ese…
–Ya estamos extrayendo la sangre del…
–¿¡Qué!?
–Sí, sí, se lo aseguro, sí. O sea que váyase; no hay nada que hacer. –Rio con nerviosismo–. Nuestro empleado también está realizando una autopsia para establecer la causa de la muerte.
La tía Tildy se levantó de un salto, encendida.
–¡No puede hacer eso! ¡Eso solo pueden hacerlo los forenses!
–Bueno, a veces nos tomamos algunas…
–Entre ahí y dígale a ese charcutero que devuelva a ese cuerpo esbeltísimo toda la sangre azul de Nueva Inglaterra, y si ha sacado alguna otra cosa, que la pegue otra vez a su sitio para que funcione como es debido, y que luego me devuelva ese cuerpo como si estuviese recién pintado. ¿Me ha oído?
–No puedo hacer nada. Nada.
–Voy a decirle una cosa. Pienso en quedarme aquí sentada los próximos doscientos años. ¿Se entera? Y cada vez que pase uno de sus clientes, ¡voy a escupirle ectoplasma en toda la nariz!
Carrington dio algunas vueltas a aquella imagen en su debilitada cabeza y soltó un gruñido.
–Nos arruinaría el negocio. No se atreverá.
La tía Tildy sonrió.
–¿Que no?
El señor Carrington cruzó corriendo el oscuro pasillo. A lo lejos, se oyó cómo marcaba un número de teléfono una y otra vez. Media hora después, unos coches aparecieron rugiendo delante de la morgue. Tres vicedirectores cruzaron el pasillo junto con el histérico director.
–¿Qué problema hay aquí?
La tía Tildy les contó todo con alguna que otra diablada bien escogida.
Deliberaron, notificando mientras tanto al embalsamador que cesara sus tareas, al menos hasta que llegaran a algún tipo de acuerdo… El embalsamador salió de la sala y, con una sonrisa amable, se puso a fumar un gran puro negro.
La tía Tildy miró fijamente aquel puro.
–¿Dónde echa las cenizas? –gritó horrorizada.
El embalsamador se limitó a sonreír imperturbable entre calada y calada. La deliberación acabó.
–Señora, francamente, no querrá obligarnos a que llevemos a cabo nuestros servicios en la calle.
La tía Tildy examinó a aquellos buitres.
–Pues no me importaría.
Carrington se secó el sudor de los carrillos.
–Puede llevarse su cuerpo.
–¡Ja! –gritó Tildy. Luego, recelosa–: ¿Intacto?
–Intacto.
–¿Sin formaldehído?
–Sin formaldehído.
–¿Con la sangre?
–Con la sangre, Dios, sí, con la sangre, ¡haga el favor de cogerlo e irse!
Tildy asintió con remilgo.
–Me parece bien. Arregladlo. Trato hecho.
Carrington chasqueó los dedos al embalsamador.
–No te quedes ahí, incompetente mental. ¡Arréglalo!
–¡Y cuidadito con ese puro! –dijo la anciana.
–Despacito, despacito –dijo la tía Tildy–. Poned el canasto en el suelo para que pueda meterme.
Apenas miró el cuerpo. Su único comentario fue: «Se ve natural». Se tumbó boca arriba dentro del canasto.
Una sensación hiriente de frío ártico se apoderó de ella, seguida de unas náuseas insólitas y una espiral de mareo. Era dos gotas de materia fusionándose, agua intentando penetrar el hormigón. Tarea lenta. ¡Como una mariposa que intenta encajar de nuevo en la endurecida crisálida desechada!
Uno de los vicedirectores observaba a la tía Tildy con aprensión. El señor Carrington se retorcía los dedos e intentaba ayudar con gestos de ánimo y empellones al aire con manos y brazos. El embalsamador, bastante escéptico, observaba con ojos ociosos y divertidos.
Filtrarse en el granito frío y extenso. Filtrarse en una estatua antigua y helada. Abrirse paso poco a poco hasta el fondo.
–¡Revive ya, puñetas! –le gritó la tía Tildy–. Levántate un poco.
El cuerpo se levantó a medias, crujiendo en el mimbre seco.
–¡Dobla las piernas, mujer!
El cuerpo se incorporó a tientas, apoyándose a ciegas.
–¿Ves? –gritó la tía Tildy.
La luz entró en los enmarañados ojos ciegos.
–¡Siente! –apremió la tía Tildy.
El cuerpo sintió el calor de la habitación, la realidad súbita de la mesa de preparaciones en la que estaba tendido, jadeante.
–¡Muévete!
El cuerpo dio un paso lento, crepitante.
–¡Oye! –espetó.
Los ruidos de aquel lugar entraron por sus oídos embotados. El aliento áspero y expectante del embalsamador, alterado; los lloriqueos del señor Carrington; su propia voz quebrada.
–¡Camina! –dijo.
El cuerpo caminó.
–¡Piensa! –dijo.
El viejo cerebro pensó.
–¡Habla! –dijo.
El cuerpo habló, con una reverencia a los funerarios:
–Muy agradecido. Gracias.
–Y por último –dijo–, ¡llora!
Y empezó a llorar con lágrimas de absoluta felicidad.
Y ahora, si cualquier tarde a eso de las cuatro, te apetece visitar a la tía Tildy, date un paseo hasta su tienda de antigüedades y llama. En la puerta hay una corona funeraria grande y negra. ¡No le hagas caso! La tía Tildy la dejó ahí; su sentido del humor es así. Llama a la puerta. Tiene dos pestillos y tres cerraduras, y cuando llames te soltará un chillido.
–¿Eres el hombre de negro?
Y te reirás y dirás: No, no. Soy yo, tía Tildy.
Y ella reirá y dirá:
–¡Entra, deprisa!
Y abrirá la puerta de golpe y cerrará enseguida, para que el hombre de negro no se cuele contigo. Luego te dirá que te pongas cómodo y te servirá un café y te enseñará el último jersey que ha tejido. Ya no es tan rápida como antes, ni se le da tan bien, pero ahí sigue.
–Y si te portas bien de verdad –afirmará la tía Tildy, poniendo a un lado la taza de café–. Te haré un regalito.
–¿Qué es? –preguntará la visita.
–Esto –dirá la tía Tildy, encantada con su singularidad y sus bromitas.
Luego, moviendo con modestia un dedo, se desabrochará el encaje blanco del cuello y el pecho, y durante un instante te enseñará lo que hay debajo.
La cicatriz larga y azul donde le cosieron meticulosamente tras la autopsia.
–No cose mal para ser un hombre –reconocerá–. Ay, ¿más café? ¡Ten!