la botella azul
spanish
Los relojes solares estaban tirados en los guijarros blancos. Los pájaros en el aire volaban por cielos antiguos de piedra y arena, enterrados, detenidos sus cantos. En los lechos del mar muerto había corrientes de polvo que anegaban la tierra cuando el viento azotaba en una recreación de un viejo relato de inundación. Las ciudades estaban repletas de graneros de silencio, el tiempo a buen recaudo, y eran estanques y fuentes de quietud y memoria.
Marte estaba muerto.
Entonces, de aquella quietud inmensa, desde muy lejos, llegó un sonido insectil que creció entre las colinas acaneladas y avanzó por el aire abrasador hasta que la autopista tembló y en las ciudades antiguas el polvo se levantó con un susurro.
El sonido cesó.
En el silencio titilante del mediodía, desde el interior de un viejo vehículo terrestre, Albert Beck y Leonard Craig observaban una ciudad muerta que no se movía bajo sus miradas porque aguardaba un grito:
–¡Hola! –Una torre de cristal se desmoronó con una suave lluvia de arena–. ¿Hay alguien ahí? –Se derrumbó otra.
Y otra, y otra más con cada grito de Beck, llamándolas a desaparecer. En vuelos desmigajados, animales de piedra con vastas alas de granito caían a plomo para estrellarse en los patios y las fuentes. Sus gritos los atraían como a bestias vivas y las bestias respondían, gruñían, crujían, se ladeaban, se inclinaban, temblaban, titubeaban y luego cortaban el aire para precipitarse con la boca desencajada y los ojos vacíos, con dientes afilados y eternamente hambrientos que de repente convulsionaban y se desparramaban por las baldosas como esquirlas.
Beck esperó. No cayeron más torres.
–Podemos continuar sin peligro.
Craig no se movió.
–¿El motivo es el mismo? –Beck asintió–. ¡Por una puñetera botella! No lo entiendo. ¿Por qué todos la quieren?
Beck salió del coche.
–Los que la encontraron nunca lo dicen, nunca dan explicaciones. Pero…, es antigua. Antigua como los desiertos, como los mares muertos…, y podría contener cualquier cosa. Es lo que dice la leyenda. Y que pueda contener cualquier cosa despierta el hambre de los hombres.
–El mío no –dijo Craig. Apenas movió la boca; tenía los ojos entrecerrados, un leve gesto divertido. Se desperezó con desgana–. Estoy aquí por echar el rato. Lo paso mejor viéndote que sentado a la solana.
Beck se había encontrado aquel viejo vehículo terrestre un mes atrás, antes de que Craig se uniera a él. Formaba parte de los restos de la Primera Invasión Industrial de Marte, que terminó cuando la carrera prosiguió hacia las estrellas. Había arreglado el motor y recorrido todas y cada una de las ciudades muertas, las tierras de los ociosos y los braceros, los soñadores y los perezosos, hombres atrapados en la resaca del espacio, hombres como él y Craig, que nunca habían pretendido gran cosa y habían encontrado en Marte un lugar perfecto para ello.
–Hace cinco, diez mil años, los marcianos crearon la Botella Azul –dijo Beck–. Con vidrio marciano…, se perdió y la encontraron y se perdió de nuevo y de nuevo la encontraron, y así una y otra vez.
Clavó la mirada en las vaporosas ondas de calor de la ciudad muerta. No he hecho nada en mi vida, pensó Beck, nada de nada. Hombres mejores que yo han hecho cosas grandes, han ido a Mercurio, a Venus o más allá del sistema solar. Todos menos yo. Yo no. Pero la Botella Azul puede cambiar eso.
Dio media vuelta y se alejó del coche silencioso.
Craig bajó y lo siguió, caminando con paso relajado.
–Cuánto hace que la buscas, ¿diez años? Te revuelves en sueños, te despiertas atacado, tus días son agotadores. Estás desesperado por hacerte con esa botella y ni siquiera sabes qué contiene. Eres un iluso, Beck.
–Cierra la boca –dijo Beck, apartando a patadas un montón de guijarros.
Se adentraron juntos en la ciudad en ruinas, por encima de un mosaico de baldosas agrietadas en forma de tapiz de piedra con frágiles criaturas marcianas, bestias extintas mucho tiempo atrás que aparecían y desaparecían mientras una débil brisa arrastraba el silencioso polvo.
–Espera –dijo Beck. Se rodeó la boca con las manos ahuecadas y gritó con fuerza–. ¿Hay alguien ahí?
«… ahí?», dijo el eco, y las torres cayeron. Fuentes y columnas de piedra se plegaron sobre sí mismas. Así eran aquellas ciudades. Algunas torres bellas como sinfonías se desmoronaban con pronunciar una palaba. Era como si una cantata de Bach se disolviera ante tus ojos.
Unos segundos después: huesos enterrados en huesos. Prosiguieron su búsqueda.
Y mientras buscaba, Craig hizo una pausa, con una ligera sonrisa en los labios.
–En esa botella –dijo–, ¿no habrá una mujer pequeñita hecha un acordeón, como los vasos esos de metal que se pliegan o como una de esas flores japonesas que pones en agua y se abren?
–A mí no me hace falta una mujer.
–Quizás sí. Quizás nunca has estado con una mujer de verdad, una mujer que te quiera, y eso es lo que, en secreto, esperas que haya en la botella. –Craig frunció los labios–. O quizás en la botella hay algo de tu niñez. Todo hecho un hatillo diminuto, un árbol al que trepaste, hierba verde, cangrejos de río. ¿Qué te parece?
Los ojos de Beck se posaron en algo a lo lejos.
–Eso a veces…, se acerca. El pasado… La Tierra. No lo sé.
Craig asintió.
–Igual lo que hay en la botella depende de quien la mire. A ver, si dentro hubiese un chupito de whisky…
–Sigue buscando –dijo Beck.
Había siete habitaciones llenas de destellos y resplandores; del suelo al techo en terrazas, había cubas, vasijas, garrafas, urnas, jarras…, fabricadas en vidrio rojo, rosa, amarillo, violeta y negro. Una por una, Beck las hizo añicos, para eliminarlas, para que dejaran de entorpecer y no tuviese que inspeccionarlas nunca más.
Beck terminó con una habitación, estaba listo para asaltar la siguiente. Casi tenía miedo de continuar. Miedo de que en esta ocasión fuese a encontrarla; de que la búsqueda concluyera y su vida quedara desprovista de sentido. Había encontrado un objetivo en la vida cuando, diez años atrás, oyó hablar de la Botella Azul a los piro-exploradores que cubrían el espacio entre Venus y Júpiter. En su interior se encendió una obsesión que llevaba ardiendo desde entonces. Si la gestionaba bien, la perspectiva de encontrar la botella podía colmar su vida entera. Treinta años más, si ponía cuidado y no demasiada diligencia en su búsqueda, si no reconocía en voz alta que aquí lo importante no era la botella, sino la búsqueda, continuar, rastrear, el polvo y las ciudades: no parar.
Beck oyó un ruido sordo. Se volvió, se acercó a una ventana para asomarse a un patio. Un pequeño biciclo de arena gris había aparecido al final de la calle casi sin hacer ruido. Un hombre fornido de pelo rubio se bajó con cuidado del sillín de muelles y contempló la ciudad. Otro buscador. Beck suspiró. Eran miles los que buscaban sin descanso. Pero las ciudades, los pueblos, las aldeas quebradizas se contaban por miles, y tardarían un milenio en peinarlas todas.
–¿Cómo va la cosa? –Craig apareció en el umbral.
–No ha habido suerte. –Beck olisqueó el aire–. ¿Hueles eso?
–El qué. –Craig miró a su alrededor.
–Huele a…, bourbon.
–¡Ah! –Craig rio–. ¡Soy yo!
–¿Tú?
–Acabo de tomarme un trago. Lo he encontrado en la otra habitación. He quitado algunas cosas de en medio, un follón de botellas, para variar, y en una había bourbon, y he bebido un poco.
Beck lo miraba fijamente, empezó a temblar.
–¿Cómo…, cómo va a haber bourbon aquí, en una botella marciana? –Tenía las manos frías. Despacio, avanzó un paso–. ¡Enséñamela!
–Estoy seguro de…
–¡Enséñamela, joder!
Allí estaba, en un rincón del cuarto, un recipiente de vidrio marciano azul como el cielo, del tamaño de un frutero pequeño, liviano e irreal en la mano de Beck, que lo dejó sobre una mesa.
–Está medio llena de bourbon –dijo Craig.
–No veo nada dentro –dijo Beck.
–Pues agítala. –Beck la cogió, la agitó con delicadeza–. ¿No oyes el gorgoteo?
–No.
–Yo lo oigo perfectamente.
Beck la devolvió a la mesa. El estilizado recipiente lanzaba destellos azules reflejando el sol que franqueaba una ventana lateral. Era como tener una estrella azul en la mano. Era el azul de un fondeadero al medio día oceánico. Era el azul de un diamante por la mañana.
–Es esta –dijo Beck en voz baja–. Lo sé. Podemos dejar de buscar. Hemos encontrado la Botella Azul.
El gesto de Craig era de escepticismo.
–¿Seguro que no ves nada dentro?
–Nada… Pero… –Beck se inclinó para mirar más de cerca el universo interior de vidrio azul–. Igual si la abro y dejo que salga lo que haya dentro, lo sabré.
–He apretado mucho el tapón. Dame. –Craig hizo ademán de cogerla.
–Si me disculpan, caballeros –dijo una voz tras ellos, desde la puerta. El tipo fornido de pelo rubio apareció en su línea de visión con una pistola en la mano. No los miraba a la cara, solo miraba la botella de vidrio azul. Empezó a sonreír–. Detesto hacer uso de las armas –dijo–, pero es por pura necesidad, porque debo hacerme con esa obra de arte. Les sugiero que permitan que me la lleve sin causar problemas.
Beck casi sintió alivio. Había cierta belleza en lo oportuno de aquel incidente; era ese tipo de cosas que podría haber deseado: que le robaran el tesoro antes de abrirlo. Así, cabía la posibilidad de una buena persecución, una pelea, una serie de victorias y derrotas, y, hasta que le pusieran fin, podría suponer quizás cuatro o cinco años de nueva búsqueda.
–Venga –dijo el desconocido–. Entregádmela. –Levantó el arma a modo de advertencia. Beck le dio la botella–. Asombroso. Realmente asombroso –dijo el tipo fornido–. No me puedo creer que haya sido así de fácil, entrar, oír a dos hombres hablando y pedirles sin más que me den la Botella. ¡Asombroso! –Y desapareció por el pasillo para salir a la luz del día, riendo para sí.
Bajo las frías lunas dobles de Marte, las ciudades, a medianoche, eran hueso y polvo. Por la autopista desmenuzada, el vehículo terrestre traqueteaba dando botes, pasaba por ciudades en las que las fuentes, los giróstatos, el mobiliario, los melodiosos libros metálicos, las pinturas, todo yacía cubierto de argamasa pulverizada y alas de insectos. Pasaba ciudades que ya no eran ciudades, solo objetos erosionados hasta volverse cieno fino que se acumulaba sin sentido aquí y allá con los vientos tintos entre una tierra y otra, como la arena de un reloj de arena gigante, formando eternamente pirámides y más pirámides.
–Nunca lo encontraremos –dijo Craig–. Estas carreteras del demonio. Son demasiado viejas. Están llenas de baches y bultos, están fatal. Con el biciclo tiene ventaja; puede ir esquivándolos. ¡Joder!
Dieron un volantazo brusco, para evitar un tramo en mal estado. El coche avanzaba por la vieja autovía como un borrador: topaba con suelo opaco, pasaba por encima y levantaba el polvo para desvelar los colores esmeralda y dorado de los antiguos mosaicos marcianos incrustados en la superficie de la carretera.
–Un segundo –gritó Beck. Redujo la velocidad–. He visto algo ahí detrás.
–¿Dónde?
Retrocedieron unos cien metros.
–Allí. Mira. Es él.
En una zanja al lado de la carretera, el tipo fornido estaba recostado sobre su biciclo. No se movía. Tenía los ojos abiertos de par en par y cuando Beck apuntó con una linterna se encendieron de un modo bestial.
–¿Dónde está la botella? –preguntó Craig.
Beck saltó a la zanja y le quitó el arma.
–No lo sé. No está.
–¿Cómo ha muerto?
–Tampoco lo sé.
–El biciclo no parece dañado. No ha tenido un accidente.
Beck le dio la vuelta al cuerpo.
–No tiene heridas. Es como si se hubiese…, detenido, voluntariamente.
–Un infarto, quizás –dijo Craig–. La emoción por la botella. Se metió ahí para esconderse. Creyó que no iba a pasarle nada, pero el infarto lo dejó en el sitio.
–Eso no explica lo de la Botella Azul.
–Pasó alguien. ¿Sabes cuantos buscadores hay…?
Escrutaron la oscuridad que los rodeaba. A lo lejos, en la negrura estrellada, en las colinas azules, vieron movimiento, vagamente.
–Allí arriba. –Beck señaló–. Tres hombres a pie.
–Seguro que han…
–Ay, Dios, ¡mira!
A sus pies, en la zanja, la silueta del tipo fornido resplandeció, empezó a derretirse. Los ojos cobraron la apariencia de piedras lunares bajo un repentino torrente de agua. Su rostro empezó a disolverse entre llamas. Sus pelos parecían ristras de petardos diminutos, se encendían y estallaban. El cuerpo humeaba ante sus ojos. Sus dedos se retorcían incendiados. Luego, como si un martillo gigante hubiese caído sobre una estatua de cristal, el cuerpo saltó por los aires y desapareció con un fogonazo de esquirlas rosas, convirtiéndose en niebla que la brisa nocturna se llevó hacia el otro lado de la autopista.
–Seguro que le han…, hecho algo –dijo Craig–. Esos tres, con un arma especial o algo así.
–No es la primera vez que pasa –dijo Beck–. He sabido de hombres que tuvieron la Botella Azul. Se desvanecieron. Y la botella pasó a otros, que también se desvanecieron. –Meneó la cabeza–. Parecían un millón de luciérnagas cuando reventaban…
–¿Vas a ir tras ellos?
Beck regresó al coche. Estudió los montículos desiertos, las colinas de limo óseo y silencio.
–Va a ser extenuante, pero creo que puedo perseguirlos en coche. Tengo que perseguirlos. –Hizo una pausa, luego dijo para sí–: Creo que sé qué hay en la Botella Azul… Por fin me doy cuenta de que contiene lo que más quiero. Está esperándome.
–Yo no voy –dijo Craig de camino al coche, donde Beck estaba sentado a oscuras, con las manos en las rodillas–. No voy a ir contigo a perseguir a tres hombres armados. Yo quiero vivir, Beck. Esa botella no significa nada para mí. No pienso arriesgar el pellejo. Pero te deseo buena suerte.
–Gracias –dijo Beck. Arrancó el coche y desapareció entre las colinas.
La noche era fría como el agua que caía sobre el capó del vehículo terrestre.
Beck avanzaba con dificultad por aluviones muertos y desprendimientos de piedras calizas, conduciendo entre grandes precipicios. Cintas dobles de luz lunar pintaban los bajorrelieves de dioses y animales en las paredes de los precipicios de amarillo oro: caras de kilómetros de altura con grabados y símbolos estampados sobre la historia de Marte, caras increíbles con cuevas como ojos y fauces abiertos.
El ruido del motor desprendía piedras y rocas. En un continuo chaparrón de pedruscos, segmentos dorados de las antiguas esculturas asomaban con los rayos de la luna en lo más alto del precipicio y se desvanecían en la oscuridad azul y fría como un pozo.
En aquel rugido, mientras conducía, Beck recordó todas las noches de los últimos diez años, noches en las que había encendido hogueras en los lechos marinos para cocinar a fuego lento, a conciencia. Y soñar. Siempre aquellos sueños de anhelo. Sin saber de qué. Desde joven, la vida dura en la Tierra, el gran pánico de 2130, las hambrunas, el caos, los disturbios, las penurias. Luego, los saltos de un planeta a otro, años sin mujeres, sin amor, años de soledad. Sales de la oscuridad a la luz, del vientre al mundo, ¿y encuentras algo que desees de verdad?
¿Y el muerto en la zanja? ¿No iba siempre buscando algo más? Algo que no tenía. ¿Qué había ahí fuera para los hombres como él? ¿Para cualquiera? ¿Acaso había algo con lo que ilusionarse?
La Botella Azul.
Frenó el coche en seco, bajó de un salto, arma en ristre. Corrió, agachado, hacia las dunas. Delante de él, los tres hombres estaban tirados en la arena, arropados. Eran terrícolas, con la cara bronceada y ropa gruesa y manos nudosas. La luz de las estrellas se reflejaba en la Botella Azul, que yacía entre ellos.
Mientras Beck los observaba, los cuerpos empezaron a derretirse. Se desvanecieron entre penachos de humo, entre gotas de rocío y cristal. Segundos después, desaparecieron.
Beck sintió el frío en el cuerpo mientras los copos caían ante sus ojos, rozándole los labios y las mejillas.
No se movió.
El tipo fornido. Muerto y desvanecido. La voz de Craig: «Un arma especial o algo así…». No. No era un arma. La Botella Azul.
La habían abierto y habían encontrado su mayor deseo. Durante años solitarios e interminables, todos los hombres anhelantes e infelices la habían abierto para buscar lo que más querían en los planetas del universo. Y todos lo habían encontrado, también aquellos tres. Era comprensible por qué la botella cambiaba de manos tan deprisa, y por qué los hombres desaparecían. Barcias que revoloteaban por la arena, por las orillas del mar muerto. Se convertían en fuego y luciérnagas. En niebla.
Beck cogió la botella y la sostuvo ante sí durante un buen rato. Había en sus ojos un brillo claro. Le temblaban las manos.
Esto es lo que he estado buscando, pensó. Le dio vueltas a la botella, que lanzaba destellos azules bajo la luz de las estrellas.
¿Esto es lo que todos los hombres quieren en realidad? ¿El deseo secreto, escondido en lo más profundo, donde ni siquiera podamos intuirlo? ¿El impulso subliminal? ¿Esto es lo que todo hombre, no sin una culpa íntima, espera encontrar?
La muerte.
El fin de la duda, de la tortura, de la monotonía, de la necesidad, de la soledad, del miedo, el fin de todo.
¿Todos los hombres?
No. Craig no. Craig era, quizás, mucho más afortunado. Escasos hombres en el universo eran como animales, no se hacían preguntas, bebían en charcos, criaban a sus pequeños y no dudaban ni por un instante que la vida era algo bueno. Craig era así. Había un puñado como él. Animales felices en una gran reserva, al amparo de Dios, con una religión y una fe que desarrollaban como un conjunto de nervios especiales. Hombres sin neuras en mitad de mil millones de neuróticos. La muerte la deseaban más tarde, de manera natural. No ahora. Más tarde.
Beck levantó la botella. Qué sencillo, pensó, y qué certero. Esto es lo que siempre he deseado. Nada más. Nada.
La botella, azul bajo las estrellas, estaba abierta. Beck dio un trago inmenso del aire que salía de la Botella Azul, hasta llenarse los pulmones. Por fin lo tengo, pensó.
Se relajó. Sintió en el cuerpo un frío maravilloso y luego un calor maravilloso. Sabía que estaba cayendo por un largo tobogán de estrellas hacia una oscuridad más deliciosa que el vino. Nadaba en vino azul, en vino blanco y en vino tinto. Tenía velas en el pecho y ruedas de fuego que giraban. Sintió que sus manos lo abandonaban. Sintió que sus piernas se alejaban volando, con cierta gracia. Rio. Cerró los ojos y rio.
Por primera vez en su vida, era muy feliz. La Botella Azul cayó a la arena fría.
Al amanecer, Craig apareció, silbando. Vio la botella tirada bajo la primera luz rosada del alba en la arena blanca y desierta. Al cogerla, oyó un susurro ardiente. Varias luciérnagas naranjas y de un rojo purpúreo parpadearon en el aire y luego se alejaron. El lugar estaba muy silencioso.
–No me jodas. –Miró hacia las ventanas muertas de una ciudad cercana–. ¡Eh, Beck! –Una torre estilizada se derrumbó hasta volverse polvo–. ¡Beck, tengo tu tesoro! No lo quiero. ¡Ven a por él!
–… a por él –dijo el eco, y la última torre cayó.
–Estupendo –dijo–. Tengo aquí la botella, y el bueno de Beck no aparece por ninguna parte. –Sacudió el recipiente azul. Gorgoteó–. ¡Sí! Tal y como estaba. Llena de bourbon. –La abrió, bebió, se limpió la boca.
Sostuvo precariamente la botella.
–Tanto jaleo por un poco de bourbon. Esperaré a Beck aquí para darle la puñetera botella. Mientras…, otro sorbo, señor Craig. No creo que le importe.
Lo único que se oía en la tierra inerte era el sonido de líquido corriendo por una garganta reseca. La Botella Azul resplandeció bajo el sol.
Craig sonrió encantado y dio otro trago.