la caracola marina
spanish
Quería salir y echar a correr, saltar los setos, patear los cubos de la basura por el callejón, gritar a todas las ventanas para que la pandilla bajara a jugar. El sol estaba alto y hacía un día radiante, y ahí estaba él envuelto en sábanas y sudando ceñudo, algo que no le gustaba lo más mínimo.
Johnny Bishop se incorporó en la cama, sorbiendo por la nariz. Zumo de naranja, jarabe para la tos y el perfume de su madre, que acababa de salir de la habitación, colgaban de un haz de luz solar que entraba para calentarle los dedos de los pies. La mitad inferior de la colcha de patchwork era el cartel de un circo: rojo, verde, púrpura y azul. Cartel que prácticamente le gritaba colores a los ojos. Johnny se revolvió.
–Quiero salir –se quejó en voz baja–. Mierda. Mierda.
Zumbaba una mosca, estrellándose una y otra vez contra el cristal de la ventana al compás del staccato seco de sus alas transparentes.
Johnny la miró; entendía que, también ella, tuviera tantas ganas de salir.
Tosió varias veces y decidió que no era la voz de un anciano decrépito, sino la de un joven de once años que, en una semana, camparía de nuevo a sus anchas para birlar manzanas de los huertos de frutales o endiñarle al profesor con bolitas de papel.
Oyó el trote brioso de unas pisadas en el pasillo recién abrillantado, la puerta se abrió y apareció su madre.
–Jovencito –dijo–, ¿qué haces ahí sentado en la cama? Acuéstate.
–Ya me encuentro mejor. En serio.
–El médico ha dicho que dos días más.
–¡Dos! –Consternación era lo que tocaba–. ¿Tengo que estar malo tanto tiempo?
Su madre rio.
–Bueno…, malo no, pero sí en la cama. –Se dio unas palmaditas suaves en la mejilla izquierda–. ¿Quieres más zumo de naranja?
–¿Con o sin jarabe?
–¿Jarabe?
–Te conozco. Me echas el jarabe en el zumo de naranja para que no note el sabor. Pero lo noto igualmente.
–Esta vez, sin jarabe.
–¿Qué tienes en la mano?
–Ah, ¿esto? –Su madre le tendió un objeto redondo y reluciente. Johnny lo cogió. Era duro y resplandeciente y…, bonito–. El doctor Hull se pasó por aquí hace unos minutos y lo dejó. Pensó que podrías divertirte con él.
Johnny pareció dudar ligeramente. Pasó sus pequeñas manos por la superficie lisa.
–¿Cómo voy a divertirme con esto? ¡Ni siquiera sé lo que es!
La sonrisa de su madre superaba a la luz del sol.
–Es una caracola marina, Johnny. El doctor Hull la cogió en la costa del Pacífico cuando estuvo allí el año pasado.
–Ah, vale. ¿De qué es la concha?
–Pues no lo sé. Alguna forma de vida marina vivió dentro hace mucho tiempo, seguramente.
Johnny enarcó las cejas.
–¿Vivió dentro? ¿Era su casa?
–Sí.
–Buah… ¿En serio?
Su madre recolocó la caracola en su mano.
–Si no me crees, jovencito, escúchalo tú mismo. Ponte esta parte…, ahí, en la oreja.
–¿Así? –Se pegó la caracola a la orejita rosa–. Ya, ¿qué hago ahora?
Su madre sonrió.
–Ahora, si estás muy callado y escuchas con atención, oirás algo que conoces muy, muy bien.
Johnny escuchó. Como una florecilla, su oído se abrió imperceptiblemente, expectante. Una ola titánica llegó y rompió contra una costa pedregosa.
–¡El mar! –gritó Johnny Bishop–. ¡Ay, mamá! ¡El océano! ¡Las olas! ¡El mar!
Una ola tras otra rompía en aquella orilla lejana y abrupta. Johnny cerró los ojos con todas sus fuerzas y una sonrisa se desplegó justo en la mitad de su pequeño rostro. Olas y más olas rompían y rugían en su orejita rosada y alerta.
–Sí, Johnny –dijo su madre–. El mar.
Estaba atardeciendo. Johnny estaba recostado sobre la almohada, sosteniendo la caracola entre sus manitas, sonriendo y mirando por la ventana que había a la derecha de su cama. Tenía buenas vistas del solar que había al otro lado de la calle. Los niños correteaban allí como un puñado de escarabajos indignados, todos protestando: «¡Bah, yo te he disparado primero! ¡No, yo te he dado a ti primero! ¡Bah, haces trampas! ¡Si no soy el capitán, no juego!».
Sus voces parecían muy lejanas, perezosas, a la deriva en una marea de sol. La luz era de un amarillo intenso, como agua titilante que lame el verano, una pleamar. Lenta, lánguida, cálida, perezosa. El mundo entero se había sumido en aquella marea y todo se había ralentizado. El tictac del reloj era más lento. El tranvía bajaba por la avenida con un movimiento lento, cálido y metálico. Era casi como ver una película que va perdiendo velocidad y sonido. Todo era más tenue. Nada parecía importar mucho.
Tenía muchas ganas de salir a jugar. Seguía viendo a los niños saltando las vallas, jugando a la pelota o patinando en aquel letargo caluroso. Notaba la cabeza muy, muy pesada. Sus ojos eran persianas que se bajaban muy lentamente. Tenía la caracola contra la oreja. Se la acercó aún más.
Olas redoblantes rompían con fuerza contra la orilla. Una orilla de arena dorada. Y cuando las olas se retiraban dejaban en la arena una espuma parecida a la de la cerveza. La espuma se deshacía hasta desvanecerse, como los sueños. Y llegaban más olas con más espuma. Y los cangrejos se apelotonaban, empapados de salitre, y se escabullían entre el cabrilleo del agua. Una agua fría y verde que golpeaba la arena. El simple sonido de aquello evocaba visiones; la brisa marina acariciaba el pequeño cuerpo de Johnny Bishop. De repente, la tarde tórrida dejó de ser calurosa y deprimente. El tictac del reloj se aceleró. El traqueteo metálico de los tranvías ganó velocidad. La lentitud del mundo veraniego se vio espoleado hacia el frescor de la vida por las olas que rompían y rompían contra una costa invisible y brillante.
La caracola se convirtió en un objeto muy valioso en los días posteriores. Cada vez que las tardes se alargaban hasta el tedio, se pegaba la caracola al lóbulo y el borde de la oreja, y se iba de vacaciones a una península muy, muy lejana y azotada por los vientos.
Las cuatro y media, dijo el reloj. La hora del jarabe, dijo el trote puntual de su madre en el pasillo reluciente.
Le dio el jarabe en una cuchara plateada. Por desgracia, sabía a… jarabe. Johnny hizo un gesto de asco, uno excepcional. Luego, cuando un sorbo de leche fresca modificó el sabor, levantó la mirada hacia el rostro agradable y tierno de su madre.
–¿Podemos ir a la playa algún día, eh? –dijo.
–Creo que sí. Quizás el Cuatro de Julio, si tu padre puede cogerse un par de semanas. Tardamos dos días en llegar en coche a la costa, nos quedamos una semana y volvemos.
Johnny se arrellanó, con una mirada rara.
–Nunca he visto el mar, salvo en las películas. Seguro que huele distinto y no se parece en nada a Fox Lake. Es más grande, y un porrón de mejor. Mecachis, ojalá pudiéramos irnos ahora mismo.
–Ya no falta mucho. Qué impacientes sois los niños.
–No puedo evitarlo.
Su madre se sentó en la cama y lo tomó de la mano. Johnny no entendió del todo las cosas que le dijo, pero algunas tenían sentido.
–Si tuviera que escribir una filosofía de la infancia, creo que la titularía «Impaciencia». Impaciencia con todo en la vida. Queréis las cosas ahora mismo, y si no, verás. El mañana está lejísimos y ayer no es nada. Sois una tribu de Omar Khayyam en potencia, eso es así. Cuando seas mayor, entenderás que esperar, planificar o ser paciente son atributos de la madurez; o sea, de ser adulto.
–No quiero ser paciente. No me gusta quedarme en la cama. Quiero ir a ver el mar.
–Y la semana pasada querías un guante de béisbol, y lo querías ahora mismo. Por favor, por favorcito, decías. Ay, mecachis, mamá, es elegante. En la tienda solo queda uno. –Qué rara era su madre, la verdad. Continuó hablando–: Recuerdo una vez que vi una muñeca, de niña. Se lo dije a mi madre, le dije que solo quedaba una. Le dije que tenía miedo de que se la vendieran a otra niña. Lo cierto era que quedaban una decena de muñecas iguales. No podía esperar. Yo también era impaciente.
Johnny se removió en la cama. Abrió mucho los ojos, que se llenaron de luz azul.
–Pero, mamá, yo no quiero esperar. Si espero demasiado, me haré adulto y ya no tendrá gracia.
Aquello silenció a su madre. Se quedó allí sentada, con las manos tensas, y un momento después sus ojos se empañaron, quizás porque estaba pensando en algo. Cerró los ojos, los abrió de nuevo.
–A veces creo que los niños sabéis de la vida más que nosotros. A veces creo que…, tienes razón. Pero no me atrevo a decírtelo. Va contra las normas…
–¿Qué normas, mamá?
–Las de la civilización. Disfruta, mientras seas joven. Disfruta, Johnny –lo dijo con voz tajante y algo extraña.
Johnny se pegó la caracola a la oreja.
–Mamá, ¿sabes qué me gustaría hacer? Ahora mismo me gustaría estar en la playa, corriendo hacia el agua, con la nariz tapada y gritando: «¡El último es tonto de remate!» –Johnny rio.
Abajo sonó el teléfono. Su madre fue a contestar. Johnny se quedó allí tumbado, en silencio, escuchando.
Dos días más. Johnny inclinó la cabeza hacia la caracola y suspiró. Dos días enteros. Su habitación estaba a oscuras. Las estrellas estaban encerradas en los corrales cuadrados de cristal de su gran ventana. El viento movía los árboles. Más abajo rodaban los patinetes, raspando el cemento de las aceras.
Johnny cerró los ojos. Del salón llegaba el tintineo de los cubiertos en la mesa. Su madre y su padre estaban cenando. Oyó la risa grave de su padre.
Una tras otra, las olas seguían llegando a la orilla que contenía la caracola. Y…, algo más.
–Allá donde se alzan las olas, allá donde las olas juegan, allá donde en los días de verano las gaviotas vuelan…
–¿Eh?
Johnny escuchó. Su cuerpo se tensó. Parpadeó.
Una voz queda, muy lejana.
–El cielo raso del océano, la luz del sol en las olas. Remad, remad, mis valientes… –Sonaba como un centenar de voces cantando al compás del crujido de los escálamos–. Ven a la mar en barco…
Y luego otra voz, solitaria, suave en comparación con el ruido de las olas y el viento.
–Ven a la mar, a la mar contorsionista, donde las marejadas batallan y se encrespan. Ven al salitre de la mar resplandeciente, en una estela que pronto conocerás bien…
Johnny apartó la caracola de su cabeza, la miró fijamente.
–¿Quieres venir a la mar, chaval, quieres venir a la mar? Bien, ¡toma mi mano, chaval, toma mi mano sin más, chaval, y ven conmigo a la mar!
Temblando, Johnny se pegó de nuevo la caracola a la oreja, se incorporó en la cama, con la respiración acelerada. Su corazoncito palpitaba, golpeándole la pared torácica.
Las olas rompían, rugían en una costa lejana.
–¿Has visto alguna vez una caracola mejor, pulida y en forma de perlado tirabuzón? Al principio es grande, es pequeña al final, y parece que no acaba en ningún lugar, pero ay, chaval, termina donde los acantilados van a parar; ¡donde los acantilados van a parar, al azul de la mar!
Los dedos de Johnny se cerraron sobre las marcas circulares de la caracola. Era verdad. Giraban y giraban y giraban hasta que se perdían de vista.
Johnny apretó los labios. ¿Qué había dicho su madre? Los niños. La… La filosofía, ¡menudo palabro! ¡De la infancia! Impaciencia. ¡Impaciencia! Sí, sí, era impaciente. ¿Por qué no? Cerró con fuerza el puñito blanco de su mano libre y dio unos puñetazos a la colcha.
–¡Johnny! –Johnny se apartó de golpe la caracola de la oreja, se apresuró a esconderla bajo las sábanas. Su padre había subido las escaleras y venía por el pasillo–. Hola, hijo.
–¡Hola, papá!
Sus padres se fueron a dormir enseguida. Era de madrugada. Con mucho cuidado, Johnny sacó la preciosa caracola de debajo de las mantas y se la llevó a la oreja.
Sí. Las olas seguían ahí. Y a lo lejos, el crujido de los escálamos, los azotes del viento en la panza de la vela mayor, el cántico de los marineros flotando vagamente en el salado viento marino.
Se acercó la caracola más, más aún.
Los pasos de su madre se aproximaron por el pasillo. Entró en la habitación de Johnny.
–¡Buenos días, hijo! ¿Estás despierto?
La cama estaba vacía. En el cuarto solo había luz del sol y silencio. La luz del sol reposaba en la cama, como un paciente brillante con la resplandeciente cabeza sobre la almohada. La colcha, con el cartel rojo y azul de un circo, estaba revuelta. La cama estaba arrugada como el rostro de un anciano pálido, y vacía.
La madre la miró, frunció el ceño y dio un zapatazo contra el suelo.
–¡Si será golfillo! –gritó, a nadie–. ¡Se ha ido a jugar con esos rufianes del barrio, está más claro que el agua! Verás cuando lo coja… Le voy a… –Se detuvo y sonrió–. Quiero a este golfillo más que a mi vida. Qué…, impacientes son los niños.
Fue a un lado de la cama y, mientras alisaba y recolocaba la colcha, dio con los nudillos contra un bulto bajo la sábana. Metió la mano bajo la colcha y sacó al sol un objeto brillante.
Sonrió. Era la caracola.
La cogió y, por pura diversión, se la llevó a la oreja. Sus ojos se abrieron de par en par. Y lo mismo su boca.
El cuarto empezó a dar vueltas como si fuese un tiovivo luminoso y bamboleante hecho de colchas coloridas y cristal.
La caracola rugía en su oído.
Las olas atronaban en la costa a lo lejos. Las olas espumeaban frías en una playa distante.
Luego, el crujido de unos piececitos veloces sobre la arena. Una voz joven y aguda que gritaba:
–¡Hola! ¡Venga, tíos! ¡El último es tonto de remate!
Y el sonido del pequeño cuerpo salpicando al zambullirse en aquellas olas…