la columna de fuego
spanish
I
Salió de la tierra, lleno de odio. El odio era su padre; el odio era su madre.
Sentaba bien volver a caminar. Sentaba bien salir de un salto de debajo de la tierra, quitártela de encima, ¡estirar bruscamente los brazos entumecidos y probar a respirar hondo!
Probó. Gritó con todas sus fuerzas.
No podía respirar. Lanzó las manos por encima de la cabeza e intentó respirar. Era imposible. Pisaba la tierra de la que había salido. Pero estaba muerto. No podía respirar. Fue capaz de llenarse la boca de aire y tragárselo a la fuerza, con ajados movimientos de unos músculos adormecidos desde hacía mucho tiempo, ¡a lo bestia, a lo bestia! ¡Y con aquel aire escaso pudo gritar y llorar! Quiso unas lágrimas, pero tampoco fue capaz de hacerlas salir. Lo único que sabía era que estaba de pie y erguido, y que estaba muerto, ¡no debería estar caminando! No podía respirar y, aun así, ahí estaba, de pie.
Los olores del mundo lo rodeaban. Frustrado, intentó oler los aromas del otoño. El otoño abrasaba la tierra hasta arruinarla. Las ruinas del verano se extendían por todo el campo; bosques inmensos llameaban, se desmoronaban vacíos, madera contra deshojada madera. El humo de aquel incendio era abundante, azul e invisible.
Permaneció en el cementerio, lleno de odio. Caminaba por el mundo y aun así no podía saborearlo ni olerlo. Oía, eso sí. El viento rugía en sus oídos nuevamente abiertos. Pero estaba muerto. Aunque pudiera caminar sabía que estaba muerto y que no debía hacerse demasiadas ilusiones con respecto a sí mismo ni al odioso mundo de los vivos.
Tocó la lápida delante de su tumba vacía. Supo de nuevo cómo se llamaba. La talla era de buena factura.
william lantry
Eso decía la lápida.
Sus dedos temblaron sobre la superficie fría de la piedra.
nacido en 1898 – muerto en 1933
¿Y resucitado…?
¿En qué año? Fulminó con la mirada el cielo y las otoñales estrellas de medianoche que cruzaban como lentas luminarias la ventosa oscuridad. En aquellas estrellas leyó las inclinaciones de los siglos. Orión, aquí y allá, ¡y ahí el Auriga! ¿Y Tauro? ¡Allí!
Entornó los ojos. Sus labios pronunciaron el año:
–Dos mil trescientos cuarenta y nueve.
Un número impar. Como un cálculo escolar. Decían que un hombre era incapaz de concebir un número superior a cien. Que después la cosa se volvía tan puñeteramente abstracta que no tenía sentido seguir contando. ¡Era el año 2349! Un número, una suma. Y ahí estaba, un hombre que había yacido en su odioso y oscuro ataúd, odiando estar enterrado, odiando a lo vivos que vivían y vivían y vivían ahí arriba, odiándolos durante siglos, hasta hoy, ahora, nacido del odio, de pie junto a su tumba recién exhumada, el olor a tierra bruta en el aire, quizás, ¡pero no podía olerla!
–Yo –dijo, dirigiéndose a un álamo que el viento agitaba– soy un anacronismo.
Sonrió débilmente.
Levantó la vista hacia el cementerio. Estaba vacío y frío. Habían arrancado todas las lápidas y las habían apilado como ladrillos planos, una encima de otra, en un rincón junto a la verja de hierro. Habían tardado dos interminables semanas en hacerlo. En las profundidades de su ataúd secreto, había oído el ajetreo desalmado y brutal de los hombres golpeando la tierra con palas gélidas y sacando los ataúdes para llevarse los cuerpos viejos y marchitos para quemarlos. Retorciéndose de miedo en su ataúd, había esperado su turno.
Hoy le había tocado a su ataúd. Pero…, era tarde. Habían cavado hasta llegar a un par de centímetros de la tapa. Dieron las cinco, hora de irse. A casa a cenar. Los obreros se habían marchado. Mañana terminarían el trabajo, dijeron, mientras se ponían los abrigos.
El silencio había caído sobre el fosal vacío.
Con cautela, muy despacio, con un leve susurro terroso, había levantado la tapa del ataúd.
Y ahí estaba William Lantry, tiritando, en el último cementerio de la Tierra.
–¿Recuerdas? –se preguntó, mirando la tierra bruta–. ¿Recuerdas las historias sobre el último hombre del planeta? ¿Las historias de hombres que vagaban solos entre las ruinas? Pues tú, William Lantry, eres un giro en la vieja historia. ¿Lo sabes? ¡Eres el último muerto de este puñetero mundo!
Ya no había muertos. No había muertos por ninguna parte. ¿Imposible? Lantry no sonrió. No, ¡nada era imposible en aquella época absurda, estéril, alicorta y antiséptica, una época de limpieza y métodos científicos! La gente moría, por Dios, claro que sí. Pero ¿muertos? ¿Cadáveres? ¡Ya no existían!
¿Qué había pasado con los muertos?
El cementerio estaba en una colina. William Lantry caminó en la noche oscura y abrasadora hasta llegar al límite del cementerio y contempló la nueva ciudad de Salem. Era toda luz y color. Los cohetes cortaban el fuego en las alturas, cruzando el cielo hacia lejanos muelles de tierra.
En su tumba, la violencia nueva de aquel mundo futuro se había filtrado hasta empapar a William Lantry. Se había bañado en ella durante años. Lo sabía todo sobre ella, y era el saber de un muerto que odiaba.
Y lo más importante, sabía lo que aquellos necios hacían con los muertos.
Levantó la vista. En el centro de la ciudad, un dedo gigante de piedra señalaba al cielo. Tenía noventa metros de altura y quince de ancho. Había una amplia entrada y un camino justo delante.
Digamos que, en el pueblo, teóricamente, pensó William Lantry, hay un hombre que agoniza. No tardará en morir. ¿Qué sucede? En cuanto su pulso se enfríe se firmará un certificado, se expedirá, sus familiares lo meterán en un coche escarabajo y lo llevarán rápidamente a…
¡La Incineradora!
Aquel dedo funcional, aquella Columna de Fuego que señalaba las estrellas. La Incineradora. Un nombre funcional, terrible. Pero esa es la verdad en este mundo futuro.
Como un palito de chasca, arrojan al señor Muerto al horno.
¡La tolva!
William Lantry miró la parte superior de aquella pistola gigante que apuntaba a las estrellas. Un fino penacho de humo salía por arriba.
Allá van vuestros muertos.
–Ándate con ojo, William Lantry –murmuró–. Eres el último, la rareza, el último muerto. Los demás cementerios de la tierra han sido reventados. Este es el último cementerio y tú, el último muerto desde hace siglos. Esa gente no cree que haya muertos por ahí, y muertos andantes menos aún. Todo lo inservible se quema como una cerilla. ¡Y con ello las supersticiones!
Miró la ciudad. Muy bien, pensó, tranquilamente. Yo te odio. Tú me odias, o me odiarías si supieras de mi existencia. No crees en vampiros ni fantasmas. ¡Etiquetas sin referentes, exclamas! Resoplas. ¡Muy bien, pues resopla! Sinceramente, ¡yo tampoco creo en ti! ¡No me gustas! Ni tú ni tus Incineradoras.
Se estremeció. Qué cerca había estado. Día tras día habían sacado a rastras a los demás muertos, los habían quemado como leña menuda. Se había emitido un edicto a nivel mundial. ¡Había oído a los obreros comentarlo mientras cavaban!
–A mí me parece buena idea, limpiar los cementerios –dijo uno de ellos.
–Pues sí –dijo otro–. Era una costumbre macabra. ¿Te imaginas? O sea, ¡que te entierren! ¡Insalubre! ¡Cuántos gérmenes!
–Da como vergüenza. Es romántico, más o menos. Me refiero a que hayan dejado intacto este cementerio durante siglos. Los demás los limpiaron…, ¿en qué año fue, Jim?
–En el dos mil doscientos sesenta o por ahí, creo. Sí, fue ese año, en dos mil doscientos sesenta, hace cien años casi. Pero como no sé qué comité de Salem no se bajaba del burro y dijeron: «Bueno, vamos a dejar un cementerio, para recordar las costumbres de los bárbaros». Y los del gobierno se rascaron la cabeza, lo pensaron, y dijeron: «Vale, pues el de Salem. Pero los demás, todos fuera, ¿entendido?, ¡todos!».
–Y eso se hizo –dijo Jim.
–Ya ves, les pegaron fuego y los quitaron con excavadoras y cohetes de limpieza. ¡Si se enteraban de que había un tipo enterrado en un prado, lo sacaban! Evacuarlos, eso hicieron. A mí me parece una crueldad.
–No me gusta parecer un anticuado, pero todos los años esto seguía llenándose de turistas, para ver cómo era un cementerio de verdad.
–Cierto. Los últimos tres años pasaron por aquí cerca de un millón de personas. Un buen ingreso. Pero, las órdenes del gobierno hay que acatarlas. Si el gobierno dice que se acabó el morbo, ¡pues manguerazo que va! Venga. Pásame la pala, Bill.
William Lantry seguía de pie en el viento otoñal, en la colina. Sentaba bien volver a caminar, sentir el viento y oír la hojarasca correteando como ratones en el camino que tenía frente a él. Sentaba bien ver las estrellas amargas y frías perdiéndose casi a merced del viento.
Incluso sentaba bien volver a conocer el miedo.
Pues en él había crecido el miedo, y no pudo librarse de él. El mero hecho de que estuviese andando lo convertía en un enemigo. Y no había ningún amigo, otro muerto, en todo el mundo, nadie a quien poder recurrir en busca de ayuda o consuelo. Era la totalidad del mundo de los vivos contra William Lantry. La totalidad de un mundo que no creía en los vampiros, quemaba los cuerpos y aniquilaba los cementerios contra un hombre con traje oscuro en una colina oscura en otoño. Tendió sus manos frías y pálidas a la ciudad iluminada. Habéis arrancado las lápidas del cementerio como si fuesen dientes, pensó. Voy a encontrar el modo de reducir a escombros vuestras puñeteras incineradoras. Voy a traer de vuelta a los muertos, y de paso haré algunos amigos. No voy a estar solo nunca más. Tengo que empezar a hacer amigos enseguida. Esta noche.
–Es la guerra –dijo, y rio. Era bastante ridículo, que un único hombre le declarara la guerra al mundo entero.
El mundo no respondió. Un cohete cruzó el cielo con una estela de fuego, como si una incineradora hubiese echado a volar.
Pasos. Lantry corrió hacia el límite del cementerio. ¿Los obreros, que venían a terminar el trabajo? No. Es otra persona, un hombre, paseando.
Cuando el hombre estuvo cerca de la puerta del cementerio, Lantry salió rápidamente.
–Buenas noches –dijo el hombre, con una sonrisa.
Lantry golpeó al hombre en plena cara. El hombre cayó. Lantry se agachó sin hacer ruido y propinó al hombre un golpe letal en el cuello con el canto de la mano.
Tras arrastrar el cuerpo hacia las sombras, lo desnudó y se cambió la ropa. Flaco favor le hacía a uno pasearse por ahí en este mundo futuro vestido con ropa antigua. En el abrigo del hombre encontró una navajita; no llegaba a navaja, pero podía bastar si sabías usarla adecuadamente. Y él sabía.
Tiró el cuerpo de un empujón a una de las tumbas abiertas y exhumadas. Un minuto después, lo había tapado con paladas de tierra, lo justo para esconderlo. Era poco probable que lo encontraran. No iban a excavar dos veces la misma tumba.
Se recolocó el nuevo traje metálico, que le iba algo grande. Bien, bien.
William Lantry, odiando, bajó a la ciudad, a librar batalla contra la Tierra.
II
La Incineradora estaba abierta. No cerraba nunca. Había una entrada amplia, toda iluminada con apliques ocultos, había un helipuerto y un vado para los coches escarabajo. La ciudad estaba casi en penumbras tras otro día al amparo de la dinamo. Las luces empezaban a apagarse y el único lugar iluminado, silencioso, era la Incineradora. Dios, qué nombre más práctico, qué nombre más poco romántico.
William Lantry cruzó el portal amplio y bien iluminado. Era una entrada, en realidad; no había puerta que abrir ni cerrar. La gente podía entrar y salir, fuese verano o invierno, en el interior siempre hacía calor. Calor por las llamaradas que ascendían susurrantes por la alta chimenea redonda hasta donde los rotores, las hélices, los chorros de aire expulsaban una hojarasca de cenizas grises en un viaje de quince kilómetros en dirección al cielo.
Era el calor de las panaderías. Los pasillos tenían parqué de goma en el suelo. No podías hacer ruido ni aunque quisieras. Sonaba música por tragantes ocultos en alguna parte. No era música fúnebre ni mucho menos, sino música de vida y del sol que vivía dentro de la Incineradora; o del hermano del sol, al menos. Se alcanzaba a oír las llamas que flotaban dentro del grueso muro de ladrillo.
William Lantry bajó la rampa. A su espalda oyó un susurro y se giró a tiempo de ver un coche escarabajo que se detuvo delante de la entrada. Sonó una campana. Como si aquello fuese una señal, la música escaló hasta alturas extáticas. Había júbilo en ella.
La trasera del escarabajo se abrió y salieron varios empleados con un ataúd de oro a cuestas. Tenía casi dos metros de largo y unos símbolos solares. De otro escarabajo salieron los familiares del tipo que iba dentro del ataúd y siguieron a los empleados, que bajaron el féretro por una rampa hacia una suerte de altar. En un lado del altar se leían las palabras «los que nacimos del sol regresamos al sol». Dejaron el ataúd sobre el altar, la música creció aún más, el Guardián de aquel lugar pronunció muy pocas palabras, luego los empleados levantaron el ataúd dorado, fueron hasta una pared transparente con una compuerta de seguridad, también transparente, y la abrieron. Introdujeron el ataúd por la abertura de cristal. Segundos después, se abrió una compuerta interior, el ataúd fue empujado al interior de la tolva y al instante se desvaneció con unas llamaradas súbitas.
Los empleados se alejaron. Los familiares dieron media vuelta sin decir palabra y salieron. Sonaba la música.
William Lantry se acercó al cierre de cristal del fuego. A través de la pared, miró el vasto y resplandeciente corazón de la Incineradora, que no paraba nunca. Ardía de manera constante, sin parpadear siquiera, cantando sosegadamente para sí. Era tan sólido que parecía un río de oro que brotaba de la tierra en dirección al cielo. Cualquier cosa que entrara en ese río era arrastrada hacia arriba y desaparecía.
Lantry sintió de nuevo un odio irracional hacia aquella cosa, aquel monstruo, aquel fuego purificador.
Un hombre apareció junto a su codo.
–¿Puedo ayudarle en algo, señor?
–¿Qué? –Lantry se volvió bruscamente–. ¿Cómo dice?
–¿Se le ofrece algo?
–Yo…, o sea… –Lantry lanzó una mirada rápida a la rampa y la puerta. Las manos le temblaban en los costados–. Nunca había entrado aquí.
–¿Nunca? –El Empleado pareció sorprendido.
Lantry se dio cuenta de que se había equivocado al decir aquello. Pero ya estaba dicho.
–O sea –dijo–. No, la verdad es que no. A ver, de niño, por lo que sea, no te fijas. Esta noche me he dado cuenta de repente de que no conocía la Incineradora.
El Empleado sonrió.
–Siempre nos queda algo por conocer, ¿no? Será un placer enseñársela.
–Ay, no. No se moleste. Es… Es un sitio precioso.
–Sí que lo es –dijo el Empleado, con orgullo–. Creo que es una de las más bonitas del mundo.
–No… –Lantry sintió que debía explicarse más–. No se me han muerto muchos familiares desde que era niño. Ninguno, de hecho. Así que ya ve, hacía muchos años que no pasaba por aquí.
–Entiendo. –Dio la sensación de que el rostro del Empleado se ensombrecía.
¿Y qué he dicho ahora?, pensó Lantry. ¿Qué pasa, por el amor de Dios? ¿Qué he hecho? Si no tengo cuidado, me van a tirar al fuego por la puñetera trampilla. ¿Qué le pasa en la cara aquí al amigo? No me está atendiendo y listo, me parece que aquí pasa algo más.
–No será usted uno de los hombres que acaban de regresar de Marte, ¿no? –preguntó el Empleado.
–No. ¿Por qué me lo pregunta?
–No importa. –El Empleado hizo amago de irse–. Cualquier cosa que quiera saber, pregúnteme.
–Una última cosa –dijo Lantry.
–Qué.
–Esto.
Lantry lo despachó con un pasmoso golpe en el cuello.
Había observado al operario de la trampilla del fuego con ojos expertos. Así, con el cuerpo combado en brazos, pulsó el botón que abría la caldeada compuerta exterior, colocó dentro el cuerpo, oyó cómo escalaba la música y vio abrirse la compuerta interior. El cuerpo salió disparado hacia el río de fuego. La música se suavizó.
–Bien hecho, Lantry, bien hecho.
Apenas unos segundos después, otro empleado entró en la sala. Sorprendió a Lantry con un gesto de entusiasmo complacido en el rostro. El empleado miró a su alrededor como si esperara encontrar a alguien, luego se acercó a Lantry.
–¿Puedo ayudarle?
–Solo estoy mirando –dijo Lantry.
–Es bastante tarde –dijo el empleado.
–No podía dormir.
Otra respuesta equivocada. En aquel mundo todos dormían. Nadie tenía insomnio. Y si tenías, bastaba con activar la rayohipnosis para que un minuto después estuvieras roque. Caray, rebosaba respuestas equivocadas. Primero había cometido el error garrafal de decir que nunca había estado en la Incineradora, cuando sabía puñeteramente bien que a los niños los llevaban todos los años de visita cultural, desde que cumplían los cuatro, para meterles en la cabeza la idea de una muerte limpia a fuego y de la Incineradora. La muerte era un fuego resplandeciente, la muerte era cálida como el sol. No era algo oscuro y tenebroso. Eso era importante para su educación. Y él, necio pálido e inconsciente, se había apresurado a barbotar su ignorancia.
Y para colmo, su palidez. Se miró las manos y con terror creciente cayó en la cuenta de que en aquel mundo no existían hombres pálidos. Sospecharían de su palidez. Por eso el primer empleado le había preguntado si era «uno de los hombres que acababan de regresar de Marte». Este otro empleado de ahora estaba limpio y reluciente como una moneda de cobre, sus mejillas tenían el rojo de la salud y la energía. Lantry escondió las manos pálidas en los bolsillos. Pero era perfectamente consciente de que el empleado estaba escrutando su rostro.
–Me refería –dijo Lantry– a que no quería dormir. Quería pensar.
–¿No ha habido aquí una ceremonia hace unos minutos? –preguntó el empleado, mirando a su alrededor.
–No lo sé. Acabo de entrar.
–Me ha parecido oír que la trampilla del fuego se abría y se cerraba.
–No sé –dijo Lantry.
El hombre pulsó un botón en la pared.
–¿Anderson?
–Sí –respondió la voz.
–Localízame a Saul, ¿quieres?
–Llamaré por los pasillos. –Una pausa–. No lo encuentro.
–Gracias. –El empleado quedó desconcertado. Empezó a hacer con la nariz movimientos de olisqueo–. ¿No…, huele nada?
Lantry olisqueó.
–No. ¿Por?
–Yo sí huelo algo. –Lantry cogió la navaja del bolsillo. Esperó–. Recuerdo que una vez, cuando era niño –dijo el hombre–, nos encontramos una vaca muerta en el campo. Llevaba dos días muerta a pleno sol. Pues a eso huele. Me pregunto de dónde viene…
–Ah, ya sé lo que es –dijo Lantry tranquilamente. Sacó la mano–. Esto.
–¿Qué?
–Soy yo, obviamente.
–¿Usted?
–Llevo muerto varios siglos.
–Gasta usted unas bromas muy raras. –El empleado estaba desconcertado.
–Mucho –Lantry sacó la navaja–. ¿Sabe lo que es esto?
–Una navaja.
–¿Todavía se dan navajazos a la gente?
–¿A qué se refiere?
–O sea, para matar, con navajas, pistolas, veneno…
–¡Gasta usted unas bromas muy raras! –El hombre rio ligeramente, con incomodidad.
–Voy a matarlo –dijo Lantry.
–Nadie mata a nadie –dijo el hombre.
–No, ya no. Pero antes sí se hacía, en los viejos tiempos.
–Sí, lo sé.
–Este va a ser el primer asesinato en trescientos años. Acabo de matar a su amigo. Lo he tirado por la trampilla del fuego.
Aquel comentario tuvo el efecto deseado. El hombre quedó completamente atolondrado, el desconcierto por la falta de lógica fue tal que Lantry tuvo tiempo de acercarse a él. Le pegó la navaja al pecho.
–Voy a matarlo.
–Qué tontería –dijo el hombre, aturdido–. La gente no hace esas cosas.
–Así –dijo Lantry–. ¿Lo ve?
La navaja se hundió en su pecho. El hombre se quedó mirándola unos instantes. Lantry sujetó el cuerpo antes de que se cayera.
III
La chimenea de Salem explotó a las seis de la mañana. El gran tubo de fuego estalló en diez mil pedazos que volaron hacia el suelo y el cielo y contra las casas en las que todos dormían. Hubo fuego y ruido, más fuego que el del otoño que ardía en las colinas.
William Lantry estaba a ocho kilómetros de allí en el momento de la explosión. Contempló cómo la ciudad se incendiaba con aquella gran cremación expansiva. Meneó la cabeza y soltó una risita y dio una palmada concluyente.
Relativamente sencillo. Ibas por ahí matando a gente que no creía en los asesinatos, que solo había oído hablar de ello de manera indirecta, como si fuese una costumbre de antiguas razas bárbaras caída en el olvido. Entrabas en la sala de control de la Incineradora y preguntabas: «¿Cómo funciona la Incineradora?», y el tipo del control te lo decía, porque en aquel mundo del futuro todos decían la verdad, nadie mentía, no había motivos para mentir, no había que mentir para protegerse de nada. En el mundo había un único criminal, él, y nadie sabía aún de su existencia.
Ah, había sido un ardid increíblemente bonito. El controlador le había contado cómo funcionaba la Incineradora, qué calibradores de presión controlaban el flujo de los gases del fuego que salían por la chimenea, qué palancas se ajustaban o reajustaban. Lantry había charlado bastante con él. Era un mundo libre y despreocupado. La gente se fiaba de la gente. Unos instantes después, Lantry le había dado un navajazo al controlador, dispuesto los calibradores de presión para que pasada media hora hubiese una sobrecarga y cruzado los pasillos de la Incineradora, silbando.
Ahora, incluso el cielo había palidecido con la inmensa nube negra de la explosión.
–Esto es solo el principio –dijo Lantry, mirando al cielo–. Voy a echar abajo las demás antes de que empiecen a sospechar que un hombre sin ética anda suelto en su sociedad. No cuentan con una variable como yo. Desbordo su entendimiento. Soy incomprensible, imposible, y, por lo tanto, no existo. Dios, puedo matar a cientos de miles antes de que se den cuenta de que el asesinato campa de nuevo por el mundo. Siempre puedo hacer que parezca un accidente. Caray, ¡la idea es tan inmensa que es increíble!
El fuego arrasó la ciudad. Estuvo un buen rato sentado bajo un árbol, hasta que amaneció. Luego, buscó una cueva en las colinas y se metió dentro, a dormir.
Despertó al caer el sol, soñando de repente con fuego. Se vio empujado a la chimenea, despedazado por las llamas, calcinado hasta quedar en nada. Se sentó en el suelo de la cueva, riéndose de sí mismo. Tuvo una idea.
Bajó andando a la ciudad y entró en una audiocabina. Marcó operadora.
–Póngame con una comisaría de policía –dijo.
–¿Disculpe? –dijo la operadora.
Probó otra vez.
–Con un agente de la ley –dijo.
–Le paso con el Control de Paz –dijo, por fin.
Un miedo mínimo se activó en su interior como un reloj diminuto. Supón que la operadora ha reconocido la expresión «comisaría de policía» como un anacronismo, ha apuntado el número de audio y enviado a alguien a investigar… No, para nada. ¿Por qué tendría que sospechar? En aquella civilización no existían los paranoicos.
–Eso, el Control de Paz –dijo.
Un zumbido. Respondió una voz de hombre.
–Control de Paz. Stephen al habla.
–Póngame con el departamento de homicidios.
–¿El qué?
–¿Quién investiga los asesinatos?
–Disculpe, ¿de qué me habla?
–Me he equivocado de número. –Lantry colgó, riendo entre dientes. Ay, Dios, el departamento de homicidios no existía. No había asesinatos, así que no necesitaban detectives. ¡Perfecto, perfecto!
La audiocabina sonó de repente. Lantry dudó, luego respondió.
–Oiga –dijo la voz del teléfono–. ¿Quién es usted?
–El hombre que acababa de llamar se ha ido –dijo Lantry, y colgó de nuevo.
Echó a correr. Reconocerían su voz y enviarían quizás a alguien para que lo comprobara. La gente no mentía. Y él acababa de mentir. Conocían su voz. Había mentido. A cualquiera que mintiera lo mandaban a un psiquiatra. Vendrían a por él para ver por qué había mentido. No había ningún otro motivo. No era sospechoso de nada más. Por tanto, tenía que correr.
Ah, con qué cautela debía de actuar a partir de ahora. No sabía nada de aquel mundo, de aquel mundo extraño, sincero, veraz, ético. Bastaba con tener la cara pálida para levantar sospechas. Bastaba con no dormir por las noches para levantar sospechas. Bastaba con no lavarse, con oler a…, ¿vaca muerta?, para levantar sospechas. Cualquier cosa.
Tenía que ir a una biblioteca. Pero eso también era peligroso. ¿Cómo eran las bibliotecas ahora? ¿Tenían libros o tenían rollos de película que proyectaban libros en una pantalla? ¿O la gente tenía bibliotecas en casa, eliminando así la necesidad de mantener grandes bibliotecas públicas?
Decidió arriesgarse. Podría volver a levantar sospechas con el uso que hacía de expresiones arcaicas, pero ahora lo importante era aprender cuanto fuese posible sobre el repugnante mundo en el que había resucitado. Paró a un hombre por la calle.
–¿Por dónde se va a la biblioteca?
El hombre no pareció extrañarse.
–Dos manzanas al este, una al norte.
–Gracias.
Así de sencillo.
Unos minutos más tarde, entró en la biblioteca.
–¿Puedo ayudarle?
Miró a la bibliotecaria. Puedo ayudarle, puedo ayudarle. ¡Qué gente más dispuesta había en aquel mundo!
–Me gustaría sacar algo de Edgar Allan Poe. –Escogió el verbo con mucho cuidado. No dijo «leer». Tenía miedo de que los libros estuviesen desfasados, que incluso la imprenta fuese un arte perdido. Quizás ahora los «libros» tenían la forma de películas tridimensionales con una resolución perfecta. ¿Cómo puñetas se podía hacer una película con Sócrates, Schopenhauer, Nietzsche y Freud?
–¿Me repite el nombre?
–Edgar Allan Poe.
–Ese autor no figura en nuestros archivos.
–¿Lo comprueba, por favor?
Lo comprobó.
–Ah, pues sí. Hay una marca roja en la tarjeta. Fue uno de los autores de la Gran Quema del dos mil doscientos sesenta y cinco.
–Qué ignorancia la mía.
–No pasa nada –dijo ella–. ¿Ha oído hablar mucho de él?
–Tenía ideas interesantes y bárbaras sobre la muerte –dijo Lantry.
–Qué horrible –dijo, arrugando la nariz–. Qué asco.
–Sí. Un asco. Abominable, de hecho. Menos mal que lo quemaron. Un sucio. Por cierto, no tendrán algo de Lovecraft.
–¿Es un libro de sexo?.
Lantry estalló en carcajadas.
–No, no. Es un hombre.
Buscó en el archivo.
–También lo quemaron. Igual que a Poe.
–Supongo que se hizo lo mismo con Machen, y con un hombre llamado Derthel, y con otro llamado Ambrose Bierce…
–Sí. –Cerró el archivador–. Se quemaron todos. Y adiós muy buenas. –Le lanzó una mirada rara y cálida de interés–. Seguro que acaba de regresar usted de Marte.
–¿Por qué lo dice?
–Ayer pasó por aquí otro explorador. Acababa de hacer un viaje rápido a Marte. También estaba interesado en la literatura sobrenatural. Por lo visto, en Marte hay «tumbas».
–¿Qué son «tumbas»? –Lantry iba aprendiendo a mantener la boca cerrada.
–Ya sabe, los sitios esos en los que antes se enterraba a la gente.
–Una costumbre bárbara. ¡Qué asco!
–¿A que sí? En fin, cuando vio las tumbas marcianas, el joven sintió curiosidad. Vino y preguntó si teníamos alguno de los autores que acaba usted de mencionar. No tenemos ni pizca de ese material. –Lo miró a la cara pálida–. Usted es uno de los que venían en el cohete de Marte, ¿no?
–Sí –dijo–. Bajé de la nave el otro día.
–El joven se apellidaba Burke.
–Claro. ¡Burke! ¡Somos buenos amigos!
–Siento no poder ayudarle. Debería ponerse inyecciones de vitaminas y comprarse una lámpara infrarroja. Tiene muy mala cara, señor…
–Lantry. Estaré bien. Muchísimas gracias. ¡La veré en Halloween!
–No se haga el listillo. –Rio–. ¡Si hubiese Halloween, lo apuntaría en la agenda!
–Eso también lo quemaron –dijo él.
–Ay, lo quemaron todo –dijo–. Buenas tardes.
–Buenas tardes.
Y salió.
¡Ah, cuántos equilibrios tenía que hacer en aquel mundo! Como una especie de giroscopio oscuro, dando vueltas sin susurrar siquiera, era un hombre muy silencioso. Mientras caminaba por la calle a las ocho de la tarde, advirtió con especial interés que no había más luces de lo normal. Estaban las farolas habituales en cada esquina, pero la manzana en sí estaba mal iluminada. ¿Era posible que aquella gente extraordinaria no tuviese miedo a la oscuridad? ¡Qué increíble sinsentido! Todo el mundo tenía miedo a la oscuridad. Incluso él, de niño, había tenido miedo a la oscuridad. Era tan natural como el comer.
Un niño pequeño pasó por su lado corriendo que se las pelaba, con otros seis detrás. Gritaban y chillaban y rodaban por la hierba fresca y oscura de octubre, entre la hojarasca. Lantry los observó durante varios minutos antes de dirigirse a uno de los chiquillos que estaba dándole un respiro a sus pequeños pulmones, recuperando el aliento, como haría un niño que sopla para inflar una bolsa de papel pinchada.
–Oye –dijo Lantry–. Vas a terminar reventado.
–Pues claro –dijo el niño.
–¿Podrías explicarme –dijo el hombre– por qué no hay farolas en mitad de las calles?
–¿Para qué? –preguntó el niño.
–Soy profesor, se me ha ocurrido poner a prueba tus conocimientos –dijo Lantry.
–Bueno –dijo el niño–, pues porque no se necesitan farolas en mitad de la calle, por eso.
–Pero está bastante oscuro –dijo Lantry.
–¿Y? –dijo el niño.
–¿No tenéis miedo? –preguntó Lantry.
–¿De qué? –preguntó el niño.
–De la oscuridad –dijo Lantry.
–Jo jo –dijo el niño–. ¿Por qué iba darme miedo?
–Bueno –dijo Lantry–. Esta oscuro, todo negro. Y, al fin y al cabo, las farolas se inventaron para eliminar la oscuridad y también el miedo.
–Qué tontería. Las farolas se inventaron para que pudieras ver por dónde vas. Para nada más.
–No te enteras de nada… –dijo Lantry–. ¿Me estás diciendo que serías capaz de pasarte la noche sentado en mitad de un solar vacío sin que te diera miedo?
–¿Miedo de qué?
–De qué, de qué, de qué, ¡bobalicón! ¡Pues de la oscuridad!
–Jo jo.
–¿Serías capaz de ir a las colinas y pasar la noche a oscuras?
–Pues claro.
–¿Te quedarías solo en una casa abandonada?
–Pues claro.
–¿Y no tendrías miedo?
–Pues claro.
–¡Mentiroso!
–¡No me insulte! –gritó el niño. «Mentiroso» era un adjetivo indecoroso, de hecho. Al parecer, era lo peor que uno podía llamar a una persona.
Lantry se enfureció a más no poder con aquel monstruito.
–Mírame –insistió–. Mírame a los ojos…
El niño lo miró.
Lantry enseñó ligeramente los dientes. Levantó las manos, haciendo con ellas un gesto como de garras. Miró al niño con malicia y arrugó la cara hasta convertirla en una horrible máscara de terror.
–Jo jo –dijo el niño–. Qué gracioso es usted.
–¿Qué acabas de decir?
–Que es gracioso. Hágalo otra vez. ¡Eh, pandilla, venid! ¡Este señor hace tonterías!
–Da igual.
–Repítalo, señor.
–Da igual, da igual. ¡Buenas noches! –Lantry echó a correr.
–Buenas noches, señor. ¡Y ojo con la oscuridad, señor! –gritó el niño pequeño.
Qué estupidez, ¡qué estupidez más repulsiva, bruta, rastrera, babosa! ¡No había visto cosa igual en su vida! ¡Criar a los niños sin el más mínimo gramo de imaginación! ¿Qué gracia tenía ser niño si no te imaginabas cosas?
Dejó de correr. Aflojó el paso y por primera vez empezó a evaluarse. Se pasó la mano por la cara y se mordió un dedo y se vio de pie en mitad de la calle y se sintió incómodo. Fue hasta la esquina, donde había una farola encendida.
–Mejor –dijo, alargando las manos como un hombre delante de una hoguera.
Escuchó. No se oía nada salvo la respiración nocturna de los grillos. Llegaba débilmente un susurro de reactores mientras un cohete cruzaba el cielo. Los barridos suaves de una antorcha en el aire oscuro sonarían igual.
Se escuchó a sí mismo y por primera vez se dio cuenta de por qué era tan peculiar. No hacía ningún ruido. No hacía ruiditos con las narinas ni los pulmones. Sus pulmones no tomaban oxígeno ni expulsaban dióxido de carbono; no se movían. Los pelos de sus narinas no se estremecían con el roce del aire cálido. No se oía en su nariz el débil susurro como de ronroneo que se hacía al respirar. Extraño. Curioso. Un ruido que cuando estabas vivo nunca oías, el aliento que alimentaba tu cuerpo, y, sin embargo, una vez muerto, ¡ay, cómo lo echabas de menos!
El único momento en que lo oías era en las largas noches de insomnio, cuando te desvelabas y escuchabas y oías primero cómo tu nariz inhalaba y expulsaba el aire poco a poco, y luego el retumbo apagado e intenso de la sangre en tus sienes, en tus tímpanos, en tu garganta, en tus muñecas doloridas, en tus entrañas calientes, en tu pecho. Todos aquellos ritmillos, fuera. El pulso en la muñeca, fuera, el pulso en la garganta, fuera, la vibración en el pecho, fuera. El sonido de la sangre yendo de arriba a abajo y de aquí para allá, arriba y abajo y de aquí para allá. Ahora era como escuchar a una estatua.
Y, sin embargo, vivía. O, mejor dicho, se movía. ¿Y cómo era posible, más allá de explicaciones científicas, teorías, dudas?
Por una causa, una única causa.
Odio.
El odio era su sangre, iba de arriba a abajo y de acá para allá, arriba y abajo y de acá para allá. Era su corazón, no palpitaba, cierto, pero lo calentaba. Lantry era…, ¿qué? Resentimiento. Envidia. Dijeron que no podría seguir dentro de su ataúd en el cementerio. Pero él sí quería. Nunca había sentido un deseo especial de levantarse y andar. Le había bastado, durante todos aquellos siglos, con yacer en lo profundo del ataúd y sentir, pero sin sentir el tictac del millón de relojes insectiles en la tierra que lo rodeaba, los movimientos de los gusanos como miles de pensamientos subterráneos.
Pero entonces habían llegado y dicho: «¡Al horno que vas!». Y eso era lo peor que podías decirle a un hombre. No puedes decirle lo que tiene que hacer. Si le dices que está muerto, no querrá estar muerto. Si le dices que los vampiros no existen, por Dios que ese hombre va a intentar ser uno por puro desprecio. Si le dices que los muertos no andan, pondrá a prueba sus extremidades. Si le dices que ya no hay asesinatos, él los traerá de vuelta. Lantry era, en general, todo lo imposible. Le habían dado a luz con sus puñeteras prácticas e ignorancias. Ah, qué equivocados estaban. Había que enseñarles. ¡Él les enseñaría! El sol está bien, pero la noche también, la oscuridad no tiene nada de malo, decían.
La oscuridad es el horror, gritó, en silencio, delante de las casitas. ¡Destructores de Edgar Allan Poe y de Lovecraft, gran maestro de la palabra, incineradores de las máscaras y las calabazas de Halloween! Haré que la noche sea lo que una vez fue, ¡el motivo por el cual el hombre llenó sus ciudades de farolas y de tanto niño!
Como si fuese una respuesta, un cohete, en pleno vuelo, pasó dejando tras de sí un largo y estilizado penacho de fuego. Lantry se encogió y retrocedió.
IV
El pueblo de Science Port quedaba a quince kilómetros escasos. Los recorrió al anochecer, a pie. Pero aquello tampoco trajo nada bueno. A las cuatro de la mañana, un coche escarabajo color plata se detuvo en la carretera a su lado.
–Hola –exclamó el hombre que iba dentro.
–Hola –dijo Lantry, agotado.
–¿Qué hace caminando? –preguntó el hombre.
–Voy a Science Port.
–¿Por qué no va en coche?
–Me gusta andar.
–A nadie le gusta andar. ¿Está loco? ¿Quiere que le lleve?
–Gracias, pero me gusta andar. –El hombre dudó, luego cerró la puerta del escarabajo–. Buenas noches.
Cuando el coche desapareció por la colina, Lantry se retiró a un bosque cercano. El mundo estaba lleno de chapuceros que solo querían ayudar. Por Dios, ni siquiera podías andar sin que te tacharan de loco. Eso solo significaba una cosa. Ya no debía caminar, tenía que ir en coche. Tendría que haber aceptado el ofrecimiento de aquel tipo.
El resto de la noche, anduvo lo bastante lejos de la autopista como para tener tiempo de escabullirse bajo los arbustos si volvía a pasar un escarabajo a toda velocidad. Al amanecer, se arrastró a una acequia seca y cerró los ojos.
El sueño era tan perfecto como un copo de nieve escarchado.
Vio el cementerio en cuyas profundidades había yacido maloliente durante siglos. Oyó las pisadas madrugadoras de los obreros que volvían para terminar el trabajo.
–¿Te importaría pasarme la pala, Jim?
–Aquí tienes.
–¡Un segundo, un segundo!
–¿Qué pasa?
–Mirad. ¿Anoche no terminamos esta o qué?
–No.
–Nos faltaba un ataúd, ¿no?
–Sí.
–Pues ahí está, ¡abierto!
–Te habrás equivocado de agujero.
–¿Qué nombre ponía en la lápida?
–Lantry. William Lantry.
–¡Ese, ese es! ¡No está!
–¿Qué le habrá pasado?
–Y yo qué sé. Anoche el cuerpo estaba ahí.
–No podemos saberlo seguro, no miramos.
–Tío, por Dios, la gente no entierra ataúdes vacíos. Estaba en la caja. Y ahora no está.
–Igual el ataúd estaba vacío.
–Tonterías. ¿No hueles? Anoche estaba aquí.
Una pausa.
–Nadie se habría llevado el cuerpo, ¿no?
–¿Para qué?
–Por curiosidad, quizás.
–No digas pamplinas. La gente no roba. Nadie roba.
–Bueno, pues solo hay una solución.
–¿Y es?
–Se levantó y echó a andar.
Una pausa. En el sueño oscuro, Lantry esperaba oír una risa. No hubo ninguna. En vez de eso, la voz del sepulturero, tras una pausa reflexiva, dijo:
–Sí. Eso debe de ser. Se levantó y echó a nadar.
–Interesante, eso da que pensar –dijo el otro.
–¿Verdad que sí?
Silencio.
Lantry despertó. Había sido un sueño, pero, Dios, qué realista. De qué manera más extraña se habían comportado los dos hombres. Aunque con toda naturalidad, eso sí. Como cabría esperar que hablen los hombres del futuro, exactamente. Hombres del futuro. Lantry sonrió gesto irónico. Ahí tenías otro anacronismo. Aquello era el futuro. Aquello estaba sucediendo ahora. No era dentro de trescientos años, ni entonces ni en otra época. No era el siglo xx. Ah, con qué calma habían dicho los hombres del sueño «Se levantó y echó a andar». «Interesante, eso da que pensar». «¿Verdad que sí?». Sin que la voz se les quebrara lo más mínimo. Sin una miradita por encima del hombro y sin que la pala les temblara en las manos. Porque, cómo no, en sus mentes perfectamente honestas y lógicas, no había más que una explicación; nadie había robado el cuerpo, eso seguro. «Nadie roba». El cadáver se había levantado y había echado a andar, así sin más. El cadáver era el único que podía haber movido el cadáver. Por las palabras arrastradas y casuales de los sepultureros, Lantry supo lo que estaban pensando. Ahí había un hombre que llevaba en animación suspendida, que en realidad no estaba muerto, cientos de años. Tanto trajín, tanta actividad, lo había devuelto a la vida.
Todo el mundo había oído historias sobre los sapitos verdes esos que se entierran durante siglos en fango petrificado o en plastas de hielo, ¡vivos, vivos, ay! Y cómo los científicos picaban para sacarlos y los calentaban en las manos como canicas y los sapillos brincaban y tiritaban y parpadeaban. O sea que era lógico que los sepultureros pensaran en William Lantry en los mismos términos.
Pero ¿y si al día siguiente o así unieran todas las piezas? ¿Y si el cuerpo desaparecido y la Incineradora que había reventado en mil pedazos estaban conectados? ¿Y si el tipo ese, el tal Burke, el que había vuelto de Marte, regresara a la biblioteca y le dijera a la bibliotecaria que quería unos libros y ella le dijera: «Ah, pues su amigo, Lantry, estuvo aquí el otro día»? Y él dijera: «Qué Lantry. No conozco a ningún Lantry». Y ella dijera: «Ah, o sea que mintió». Y la gente de esta época no mentía. Y así todo encajaría, pieza a pieza, poco a poco. Un tipo pálido que no tendría que estar pálido había mentido y la gente no mentía, y había un tipo andando por una solitaria carretera comarcal cuando la gente ya no andaba, y faltaba un cuerpo del cementerio, y la Incineradora había explotado y y y…
Irían a por él. Lo encontrarían. Sería fácil encontrarlo. Andaba. Mentía. Estaba pálido. Lo encontrarían y se lo llevarían y lo tirarían al fuego la trampilla abierta de la Incineradora más cercana y ahí quedaría el señor William Lantry, ¡como parte de un atrezo del Cuatro de Julio!
Una única cosa podía hacerse, eficiente y terminantemente. Se levantó con movimientos violentos. Tenía la boca abierta y los ojos le llameaban y temblaba y un ardor le recorría todo el cuerpo. Debía matar y matar y matar y matar y matar. Debía hacerse amigo de sus enemigos, de las personas que, como él, andaba cuando no debería andar, de las personas pálidas en tierra de rubicundos. Debía matar y luego matar y luego matar otra vez. Necesitaba cuerpos y muertos y cadáveres. Debía destruir Incineradoras y chimeneas y hornos y más Incineradoras. Una explosión tras otra. Una muerte tras otra. Luego, cuando todas las Incineradoras quedaran en ruinas, y las morgues improvisadas a la carrera estuviesen atestadas de cuerpos destrozados por las explosiones, entonces empezaría a hacer amigos, a reclutar a los muertos para su causa.
Antes de que lo buscaran, lo encontraran y lo mataran, tenía que matarlos. Por el momento estaba a salvo. Podía matar sin que lo mataran. La gente no va por ahí matando sin más. Ese era su margen de maniobra. Salió de la acequia abandonada, se detuvo en la carretera.
Sacó la navaja e hizo señas al primer coche escarabajo para que parara.
¡Fue como el Cuatro de Julio! El puñetero petardazo más grande de todos. La Incineradora de Science Port se rompió por la mitad y se desmoronó. Provocó mil explosiones más pequeñas que culminaron con una mayor. Cayó sobre la ciudad y aplastó casas y quemó árboles. Despertó a las personas que dormían y un instante después las dejó dormidas de nuevo, para siempre.
William Lantry, sentado en un coche escarabajo que no era suyo, sintonizó una emisora en la radio por hacer algo. El derrumbamiento de la Incineradora había matado a unas cuatrocientas personas. Muchas habían quedado atrapadas bajo las casas aplastadas, otras habían recibido el impacto del metal expelido. Iba a instalarse una morgue temporal en…
Dieron una dirección.
Lantry la anotó con lápiz y papel.
Podía seguir así, pensó, de ciudad en ciudad, de país en país, destruyendo las Incineradoras, las Columnas de Fuego, hasta que toda aquella estructura tan limpia y magnífica de llamas y cauterización se viniera abajo. Hizo un cálculo razonable, cada explosión causaba quinientos muertos de media. En poco tiempo podría ascender hasta los cien mil.
Pisó el acelerador del escarabajo. Sonriendo, condujo entre las calles oscuras de la ciudad.
El forense de la ciudad había requisado un antiguo hangar. Desde la medianoche hasta las cuatro de la madrugada, los escarabajos grises bajaron siseando las calles resplandecientes por la lluvia, giraban para entrar y los cuerpos se depositaban en el frío suelo de hormigón, tapados con sábanas blancas. Hubo un flujo continuo hasta más o menos las cuatro y media de la madrugada, luego cesó. Había unos doscientos cuerpos, blancos y fríos.
Allí dejaron los cuerpos; nadie se quedó a cuidarlos. Carecía de sentido cuidar a los muertos; era un procedimiento inútil; los muertos sabían cuidarse solos.
Sobre las cinco, con un asomo del alba en el este, llegó el primer goteo de familiares para identificar a sus hijos, sus padres, sus madres, sus tíos. La gente se movía deprisa por el hangar, realizaba la identificación, y salía igual de deprisa. A las seis de la mañana, con algo más de luz en el cielo del este, aquel goteo también cesó.
William Lantry cruzó la calle ancha y mojada y entró en el hangar.
Llevaba en la mano un trozo de tiza azul.
Pasó junto al forense, que estaba en la entrada hablando con otras dos personas.
–… llevarán los cuerpos a la Incineradora de Mellin Town, mañana…
Las voces quedaron atrás.
Lantry avanzó, sus pisadas resonaban débilmente sobre el suelo de hormigón. Una oleada de alivio desconocido lo asaltó mientras caminaba entre las figuras tapadas. Estaba entre sus iguales. ¡Y, mejor todavía, Dios! ¡Aquello lo había creado él! ¡Eran sus muertos! ¡Se había procurado una gran cantidad de amigos decumbentes!
¿Estaba mirándolo el forense? Lantry volvió la cabeza. No. El hangar estaba tranquilo y en silencio y en penumbra en la mañana oscura. El forense estaba yéndose, había cruzado la calle con sus dos ayudantes; un escarabajo se había detenido al otro lado de la calle y el forense se había acercado a hablar con quien fuese que iba dentro.
William Lantry se puso a dibujar con la tiza azul un pentagrama en el suelo junto a cada cuerpo. En unos minutos, levantando la mirada de vez en cuando para ver si el forense seguía ocupado, había dibujado un centenar de pentagramas. Se enderezó y se guardó la tiza en el bolsillo.
Ha llegado la hora de que todos los hombres buenos vengan en ayuda de su pelotón, ha llegado la hora de que todos los hombres buenos vengan en ayuda de su pelotón, ha llegado la hora de que los todos hombres buenos vengan en ayuda de su pelotón…
Mientras yacía en la tierra, a lo largo de los siglos, se había empapado de los procesos y los pensamientos de personas y épocas pasadas, poco a poco, como una esponja profundamente enterrada. Salida de un recuerdo de muerte, irónica, repetidamente, una máquina de escribir negra repiqueteaba mientras en renglones rectos redactaba las palabras pertinentes:
Ha llegado la hora de que todos los hombres buenos vengan en ayuda de…
William Lantry.
Otras palabras…
Levanta, amor mío, y ven….
El veloz murciélago hindú…. Parafraséala. El veloz cuerpo resucitado saltó sobre la Incineradora derruida…
Lázaro, levántate y anda…
Conocía las palabras adecuadas. Solo tenía que pronunciarlas tal y como habían sido pronunciadas durante siglos. Solo tenía que hacer un gesto con las manos y pronunciar las palabras, ¡las palabras oscuras que harían que aquellos cuerpos se estremecieran, se levantaran y anduvieran!
Y cuando se hubiesen levantado, los llevaría a la ciudad, matarían a los demás y los demás se levantarían y andarían. Al final del día, miles de buenos amigos caminarían con él. ¿Y qué pasaba con los vivos, los ingenuos de ese año, ese día, esa hora? Estarían completamente desprevenidos. Caerán derrotados porque no esperan que haya una guerra de ninguna clase. No lo creerán posible, todo habrá acabado antes de que se den cuenta de que algo tan ilógico haya podido suceder.
Levantó las manos. Sus labios se movieron. Pronunció las palabras. Empezó con un cántico entre susurros y luego alzó la voz, mucho más. Repitió las palabras una y otra vez. Tenía los ojos cerrados con fuerza. Su cuerpo se tambaleaba. Las pronunció cada vez más deprisa. Empezó a caminar entre los cuerpos. Las palabras oscuras brotaban de su boca. Estaba hechizado por su propia fórmula. Se detuvo y dibujó más símbolos en el hormigón, a la manera de los brujos muertos hacía mucho, sonriendo, confiado. ¡En cualquier momento llegaría el primer temblor de aquellos cuerpos, en cualquier momento se levantarían, se podrían en pie los gélidos!
Sus manos se alzaban en el aire. Su cabeza asentía. Repitió las palabras una y otra y otra vez. Gesticuló. Habló a voces por encima de los cuerpos, con ojos llameantes y el cuerpo tenso.
–¡Ahora! –gritó, violentamente–. ¡Levantaos, todos!
No pasó nada.
–¡Levantaos! –gritó, con un tormento terrible en la voz.
Las sábanas seguían quietas sobre los cuerpos silentes con pliegues blancos y sombreados de azul.
–¡Oídme y moveos! –exclamó.
Lejos, en la calle, un coche escarabajo pasó siseando.
Una y otra y otra vez gritó, suplicó. Se arrodilló junto a cada cuerpo para pedírselo como un violento favor personal. No hubo respuesta. Se movió a zancadas por entre las hileras blancas haciendo aspavientos, ¡acuclillándose una y otra vez para dibujar símbolos azules!
Lantry estaba muy pálido. Se humedeció los labios.
–Venga, va, levantaos –dijo–. Tienen que hacerlo, siempre lo han hecho, durante milenios. ¡Cuando dibujas ciertas marcas y pronuncias ciertas palabras, siempre se levantan! ¡Por qué vosotros no, por qué vosotros no! Venga, venga, va, ¡antes de que regresen!
El hangar estaba en penumbra. Había vigas de metal a lo ancho y a lo largo. En él, debajo del techo, no se oía nada salvo los desvaríos de un hombre solo.
Lantry se detuvo.
Por las amplias puertas del hangar entrevió las últimas estrellas frías de la madrugada.
Era el año 2349.
Sus ojos se enfriaron y sus manos cayeron flácidas. No se movió.
Hubo un tiempo en que la gente se estremecía cuando oía el viento en torno a la casa, un tiempo en que la gente levantaba cruces y matalobos, y creía en los muertos vivientes y en los vampiros y en lobos blancos de grandes patas. Y mientras creyeran, los muertos, los vampiros y los lobos de grandes patas existían. La mente les daba vida y realidad.
Pero…
Miró los cuerpos bajo las sábanas blancas.
Esas personas no creían.
Nunca habían creído. Nunca creerían. Nunca habían imaginado que los muertos pudieran andar. Los muertos desaparecían por chimeneas en llamas. Nunca habían oído hablar de la superstición, nunca se estremecían ni temblaban ni dudaban en la oscuridad. Los muertos vivientes no podían existir, eran ilógicos. ¡Macho, al fin y al cabo, era el año 2349!
Por tanto, aquellas personas que podían levantarse, no volverían a andar jamás. Estaban muertos, tirados y fríos. Nada, ni la tiza, ni los improperios, ni la superstición, podía ponerlos en pie y hacerlos andar. ¡Estaban muertos y lo sabían!
Estaba solo.
En el mundo había personas vivas que se movían y conducían escarabajos y bebían copas en silencio en bares de carreteras secundarias mal iluminados y que besaban a las mujeres y hablaban mucho y bien durante todo el día y todos los días.
Pero él no estaba vivo.
La fricción le proporcionaba el poco calor que poseía.
Allí, en aquel hangar, había doscientos muertos, fríos, en el suelo. Los primeros muertos en cien años a los que les habían permitido ser cadáveres durante una hora más o así. Los primeros que no eran inmediatamente arrojados a la Incineradora para que ardieran como el fósforo.
Debería sentirse a gusto con ellos, entre ellos.
Pero no.
Estaban completamente muertos. Ni sabían ni creían en la posibilidad de caminar después de que el corazón se hubiese pausado y detenido. Estaban más muertos que la muerte misma.
Estaba solo, en efecto, más solo de lo que ningún hombre lo había estado jamás. Sintió que el frío de aquella soledad le subía por el pecho, que lo estrangulaba calladamente.
William Lantry se volvió y ahogó un grito.
Mientras estaba ahí parado, alguien había entrado en el hangar. Un hombre alto y canoso que vestía un abrigo fino color pardo e iba sin sombrero. No había forma de saber cuánto tiempo llevaba por allí.
No había motivos para quedarse. Lantry dio media vuelta y salió sin hacer ruido. Al pasar junto a él le lanzó una mirada rápida y el hombre canoso le devolvió la mirada, con curiosidad. ¿Lo había oído? ¿Los improperios, las súplicas, los gritos? ¿Sospechaba algo? Lantry aflojó el paso. ¿Lo había visto hacer las marcas con tiza azul? Y en ese caso, ¿los interpretaría como símbolos de supersticiones antiguas? Seguramente no.
Al llegar a la puerta, Lantry hizo una pausa. Durante unos segundos, lo único que le apeteció fue tumbarse y enfriarse, estar otra vez muerto de verdad y que lo llevaran en silencio calle abajo hasta una remota chimenea en llamas y allí desaparecer en forma de cenizas y fuego susurrante. Si en efecto estaba solo y no había posibilidad de reunir un ejército para su causa, entonces, ¿qué motivos había para seguir adelante? ¿Matar? Sí, mataría a varios miles más. Pero no era suficiente. Eso puedes hacerlo más que de sobra antes de que te manden al hoyo.
Miró al cielo helado.
Un cohete cruzó el firmamento oscuro, con una estela de fuego.
Marte ardía rojo entre millones de estrellas.
Marte. La biblioteca. La bibliotecaria. Hombres que regresaban en cohetes. Tumbas.
Lantry estuvo a punto de gritar. Refrenó la mano, que estaba deseosa de alzarse hacia el cielo y tocar Marte. Bella estrella roja en el cielo. Buena estrella que de repente le daba nuevas esperanzas. ¡Si tuviera un corazón en condiciones ahora mismo estaría palpitando a lo bestia, y habría roto a sudar y le trompicaría el pulso y tendría lágrimas en los ojos!
Iría al lugar desde el que los cohetes salían disparados hacia el espacio. Iría a Marte, de un modo u otro. Iría a las tumbas marcianas. Allí, por Dios, allí había cuerpos, ¡se jugaba el odio que le quedaba a que se levantarían, andarían y trabajarían con él! La suya era una cultura antigua, muy distinta a la de la Tierra, una copia de la egipcia, si lo que la bibliotecaria le había dicho era cierto. Y los egipcios…, ¡menudo crisol de supersticiones oscuras y terrores nocturnos había sido aquella cultura! A Marte, pues. ¡Al bello Marte!
Pero no debía llamar la atención. Debía moverse con cautela. Quería correr, sí, escapar, pero esa era la peor jugada posible. El hombre canoso miraba de reojo a Lantry de vez en cuando, desde la entrada. Había demasiada gente en los alrededores. Si pasaba algo, estaría en minoría. Hasta el momento, se los había cargado de uno en uno.
Lantry se obligó a detenerse en los escalones de delante del hangar. El hombre canoso se acercó hasta los escalones y también se detuvo, mirando al cielo. Parecía que iba a ponerse a hablar de un momento a otro. Rebuscó en sus bolsillos, sacó un paquete de tabaco.
V
Los dos estaban delante de la morgue, el hombre alto y rubicundo de pelo canoso y Lantry, con las manos en los bolsillos. Era una noche fría, la luna era una cáscara blanca que anegaba una casa aquí, una carretera allá, y más a lo lejos, partes de un río.
–¿Un cigarrillo? –El hombre le ofreció uno a Lantry.
–Gracias.
Lo encendieron a la vez. El hombre miró un instante la boca de Lantry.
–Hace frío.
–Pues sí.
Los dos movieron los pies.
–Un accidente terrible.
–Terrible.
–Muchos muertos.
–Muchos.
Lantry se sentía como una suerte de peso delicado en una báscula. El otro hombre parecía no mirarlo, sino escucharlo más bien, valorarlo. Había un equilibro precario que compensaba la inmensa incomodidad. Quiso irse y librarse de aquel equilibro, de aquel peso.
–Me llamo McClure –dijo el hombre canoso.
–¿Algún amigo dentro? –preguntó Lantry.
–No. Un conocido. Un accidente horrible.
–Horrible.
Ambos se mantenían en equilibrio mutuo. Un coche escarabajo pasó siseando por la calle con sus diecisiete neumáticos girando sosegadamente. La luna descubrió un pueblecito a lo lejos, en las colinas oscuras.
–Y que lo diga –dijo el tal McClure.
–Sí.
–¿Podría contestarme a una pregunta?
–Encantado. –Tocó la navaja en el bolsillo, preparado.
–¿Se llama usted Lantry? –preguntó el hombre por fin.
–Sí.
–¿William Lantry?
–Sí.
–Entonces es usted el hombre que salió del cementerio de Salem antes de ayer, ¿cierto?
–Sí.
–Ay, Dios, ¡qué alegría conocerlo, Lantry! ¡Llevamos veinticuatro horas intentando localizarlo!
El hombre lo cogió de la mano, se la estrechó, le dio una palmadita en la espalda.
–¿Qué? ¿Cómo? –dijo Lantry.
–Por Dios bendito, hombre, ¿por qué huía? ¿Es consciente de lo importante de la ocasión? ¡Queremos hablar con usted! –McClure sonreía, radiante. Otro apretón de manos, otra palmadita–. ¡He pensado que era usted!
Este hombre está loco, pensó Lantry. Loco de atar. He destruido sus incineradoras, matado a gente, y va y me estrecha la mano. ¡Loco, loquísimo!
–¿Me acompañaría al Salón? –dijo el hombre, cogiéndolo del codo.
–¿Q…, qué salón? –Lantry dio un paso atrás.
–Al Salón de la Ciencia, claro está. Todos los años no tenemos un caso real de animación suspendida. En animales, sí, pero en humanos, ¡rara vez! ¿Viene?
–¡Qué broma es esta! –exigió Lantry, fulminándolo con la mirada–. A qué viene tanta cháchara.
–Querido amigo, no le entiendo. –El hombre estaba estupefacto.
–Da igual. ¿Es el único motivo por el que quieren verme?
–¿Qué otro motivo puede haber, señor Lantry? ¡No sabe cuánto me alegro de verlo! –Casi se arrancó a bailar–. Lo he sospechado. Cuando estábamos ahí dentro juntos. Con lo pálido que está y demás. Y por cómo se ha fumado el cigarrillo, no sé bien el qué, y otro montón de cosas, subliminales todas. Pero es usted, ¿no?, ¡es usted!
–Soy yo. William Lantry. –Con sequedad.
–¡Amigo mío! ¡Acompáñeme!
El coche escarabajo avanzaba veloz entre las calles bajo la aurora. McClure hablaba deprisa.
Lantry iba sentado, escuchando, atónito. Ahí estaba aquel necio, McClure, ¡poniéndoselo en bandeja! Ahí estaba ese imbécil, un científico o lo que fuera, aceptando que no era una carga sospechosa, un objeto homicida. ¡Qué va! ¡Al contrario! ¡Lo consideraba un ejemplo de animación suspendida! Nada de un hombre peligroso. ¡Ni por asomo!
–Obviamente –exclamó McClure, con una sonrisa de oreja a oreja–. No sabía adónde ir, a quién acudir. Para usted, todo es bastante increíble.
–Sí.
–Tuve la corazonada de que esta noche estaría en la morgue –dijo McClure, feliz.
–¿Sí? –Lantry se puso rígido.
–Sí. No sabría explicarlo. Pero ustedes, cómo decirlo… ¿Los antiguos estadounidenses? Tenían ideas curiosas sobre la muerte. Y ha pasado usted tanto tiempo entre los muertos, que sentí que se vería atraído por el accidente, por la morgue y demás. No tiene mucha lógica. Es una tontería, de hecho. Era una sensación, nada más. Odio las sensaciones, pero ahí estaba. Tuve un…, creo que usted lo llamaría un pálpito, ¿no?
–Puede ser, sí.
–¡Y ahí estaba!
–Ahí estaba –dijo Lantry.
–¿Tiene hambre?
–Ya he comido.
–¿Cómo ha llegado hasta aquí?
–He hecho dedo.
–¿Ha hecho qué?
–Una persona me ha llevado en coche.
–Extraordinario.
–Eso parece, imagino. –Miró las casas que pasaban–. O sea que estamos en la era de los viajes espaciales, ¿no?
–Ah, llevamos viajando a Marte unos cuarenta años.
–Impresionante. Y esas chimeneas tan grandes, esas torres que hay en el centro de todas las ciudades…
–Ah. ¿No lo sabe? Incineradoras. Ah, claro, en su época no existía nada parecido. Hemos tenido mala suerte con ellas. Una explosión en Salem y otra aquí, en un periodo de cuarenta y ocho horas. Iba usted a decir algo, ¿de qué se trata?
–Estaba pensando –dijo Lantry–. La suerte que tuve de salir del ataúd en el momento en que lo hice. Podría haber acabado dentro de una de esas Incineradoras, quemado vivo.
–Eso habría sido terrible, ¿no le parece?
–Mucho.
Lantry toqueteó el dial en el salpicadero del escarabajo. No iría a Marte. Cambio de planes. Si aquel necio se negaba a reconocer un acto de violencia cuando se topaba con él, pues que así fuera. Si no habían conectado las dos explosiones con un hombre salido de una tumba, tanto mejor. Que siguieran engañándose. Si eran incapaces de imaginar que alguien podía ser malvado y asqueroso y un asesino, que el cielo los asistiera. Se frotó las manos con satisfacción. No, no vas a viajar a Marte, por ahora, querido Lantry. Primero, veamos qué se puede hacer atacando desde dentro. Hay tiempo de sobra. Las Incineradoras pueden esperar otra semana o así. Uno tiene que ser sutil, ya se sabe. Más explosiones inmediatas podrían remover bastante las aguas.
McClure seguía parloteando como loco.
–No hace falta que lo examinen inmediatamente, claro. Querrá descansar. Se quedará en mi casa.
–Gracias. No me apetece que me pinchen ni me soben. Ya habrá tiempo en una semana o así.
Aparcaron delante de una casa y bajaron.
–Querrá dormir, naturalmente.
–He dormido durante siglos. Me quedaré despierto sin problemas. No estoy cansado, ni un poquito.
–Bien. –McClure abrió la puerta y entraron. Fue al mueble bar–. Una copa nos sentará de maravilla.
–Tómesela usted –dijo Lantry–. Para mí es tarde. Solo quiero sentarme.
–Faltaría más, siéntese. –McClure se preparó una copa. Miró a su alrededor, miró a Lantry, se detuvo un instante con la copa en la mano, ladeó la cabeza, se empujó el carrillo con la lengua. Luego se encogió de hombros y removió la copa. Fue despacio hasta una silla y se sentó, dando sorbitos lentos a la bebida. Parecía estar a la escucha de algo–. En la mesa tiene cigarrillos –dijo.
–Gracias. –Lantry cogió uno y lo encendió. Estuvo un buen rato callado.
Estoy tomándome esto con demasiada calma, pensó Lantry. Igual debería matarlo y huir. Por ahora, solo me ha encontrado él. Igual es una trampa. Igual estamos aquí sentados esperando a la policía. O lo que puñetas tengan ahora en vez de policía. Miró a McClure. No. No estaban esperando a la policía. Estaban esperando otra cosa.
McClure no habló. Miraba a Lantry a la cara y a las manos. Estuvo un buen rato mirándole el pecho, en silencio, tranquilo. Dio un sorbo a la copa. Miró los pies de Lantry.
–¿De dónde ha sacado la ropa? –dijo finalmente.
–Se la pedí a una persona y me dio esto. Un detallazo por su parte.
–Así somos en este mundo, fíjese. Solo tiene que pedirlo.
McClure se calló otra vez. Movió los ojos. Solo los ojos, nada más. Una o dos veces se llevó la copa a la boca.
Se oía el tictac de un reloj a lo lejos.
–Hábleme de usted, señor Lantry.
–No hay mucho que contar.
–No sea modesto.
–Qué va. Ya sabe cómo era el pasado. Yo del futuro no sé nada, o debería decir de «hoy» y de antes de ayer. Dentro de un ataúd no se entera uno de mucho.
McClure no dijo nada. Se inclinó de repente hacia delante en su silla y luego se recostó y meneó la cabeza.
Jamás sospecharán de mí, pensó Lantry. No son supersticiosos, son incapaces de creer en un muerto viviente. Por tanto, no corro peligro. Seguiré demorando el chequeo físico. Son educados. No van a obligarme. Luego, me las arreglaré para irme a Marte. Y después, las tumbas, a su debido tiempo, y el plan. Dios, qué sencillo. Qué cándida es esta gente.
McClure estuvo cinco minutos sentado en el lado opuesto del cuarto. Le entró frío. Muy poco a poco, su rostro fue perdiendo color, como ves que pierde el color un medicamento a medida que aprietas la perilla de un cuentagotas. Se inclinó hacia delante sin decir nada, y ofreció otro cigarrillo a Lantry.
–Gracias.
Lantry lo aceptó. McClure se había hundido en la butaca, con las piernas cruzadas. No miraba a Lantry y, aun así, de algún modo, sí lo hacía. La sensación de peso y equilibrio regresó. McClure era como un sabueso alto y delgado a la escucha de algo que nadie más podía oír. Hay unos silbatitos plateados que se tocan y solo los perros los oyen. McClure parecía estar perfecta y activamente a la escucha de un silbato invisible, a la escucha con los ojos y la boca seca y semiabierta, con las narinas ansiosas, vivaces.
Lantry daba caladas al cigarrillo, caladas y más y más caladas, y, como en muchas ocasiones, echaba el humo, echaba y echaba el humo. McClure era un sabueso magro, rojo y fondón a la escucha, a la escucha con los ojos vidriosos hacia un lado, con una aprensión en la mano tan microscópica que uno tan solo la sentía, como se sentía el silbato invisible, con una parte del cerebro más profunda que la vista o el olfato o el oído. Todo McClure era la báscula de un químico, una antena.
La habitación estaba tan en silencio que el humo del cigarrillo hacía una especie de ruido invisible en su ascenso hacia el techo. McClure era un termómetro, el peso de un químico, un sabueso a la escucha, un papel tornasol, una antena: todo a la vez. Lantry no se movía. La sensación pasaría, quizás. Ya había pasado. McClure siguió sin moverse durante mucho tiempo y luego, sin decir palabra, señaló con la cabeza el decantador con vino dulce y Lantry rehusó también en silencio. Siguieron sentados mirándose el uno al otro sin mirarse, sí y no, sí y no.
McClure se tensó despacio. Lantry vio cómo sus pómulos magros palidecían y cómo se tensaba la mano alrededor de la copa de vino dulce, cómo en sus ojos aparecía una certeza que ya no lo iba a abandonar.
Lantry no se movió. No podía. Aquello le producía tanta fascinación que solo quería ver, oír qué iba a suceder después. Acababa de empezar el show de McClure.
–Al principio –dijo McClure–, he pensado que era la mejor hipnosis que he visto en mi vida. Lo suyo, quiero decir. He pensado, se ha convencido, Lantry se ha convencido, está completamente loco, se ha dicho a sí mismo que tenía que hacer tal o cual cosa. –McClure hablaba como en sueños, y continuó hablando, y ya no paró–. Me he dicho, no respira por la nariz a propósito. Me he fijado en sus narinas, Lantry. Los pelillos de las narinas llevan una hora sin inmutarse. Pero eso no es todo. Es un hecho en el que me he fijado. Pero no es todo. Respira por la boca, me he dicho, a propósito. Y luego le he dado un cigarrillo y se ha puesto a fumar, a darle caladas. Y por la nariz no le ha salido nada. Me he dicho, bueno, no pasa nada. No se lo traga. ¿Es malo, es sospechoso? Se lo queda en la boca, todo en la boca. Y luego me he fijado en su pecho. Lo he observado. Y no se ha movido arriba y abajo, ni una sola vez. Se ha convencido, me he dicho. Se lo ha creído todo. Solo mueve el pecho, muy despacio, cuando cree que nadie mira. Eso me he dicho. –Las palabras siguieron llenando la silenciosa habitación, sin pausa, aún como en sueños–. Y luego le he ofrecido una copa, pero no ha bebido, y he pensado, no bebe, eso he pensado. ¿Tan malo es? Y no he dejado de observarlo durante todo este tiempo. Lantry aguanta la respiración, se engaña a sí mismo. Pero ahora, sí, ahora lo entiendo perfectamente. Ahora sé qué es lo que pasa aquí. ¿Sabe cómo lo sé? No se oye aliento alguno en la habitación. He esperado y no he oído nada. No hay corazón que lata ni pulmón que inhale. La habitación está en silencio total. Tonterías, diría cualquiera, pero ahora lo sé. Sé lo de la Incineradora. Hay cierta diferencia. Entras en una habitación en la que hay un hombre encamado e inmediatamente sabes si va a levantar la vista y a hablarte o si ya no va a hablarte nunca más. Ríase si quiere, pero esas cosas se notan. Es algo subliminal. Es ese silbato que solo oyen los perros. Es el tictac de ese reloj que lleva tanto tiempo en funcionamiento que uno ya ni lo advierte. Cuando en una habitación hay un hombre vivo, se nota algo. Algo que no se nota cuando en una habitación hay un hombre muerto.
McClure cerró los ojos unos instantes. Soltó la copa de vino dulce. Esperó unos segundos. Se llevó el cigarrillo a la boca, dio una calada y lo dejó en un cenicero negro.
–Estoy solo en esta habitación –dijo. Lantry no se movió–. Usted está muerto –dijo McClure–. Mi mente no lo sabe. No es algo que se piense. Es algo que perciben los sentidos y el subconsciente. Al principio, he pensado, este hombre cree que está muerto, que ha vuelto de entre los muertos, que es un vampiro. ¿No tiene lógica? ¿No es lo que habría pensado cualquiera que se hubiese pasado siglos enterrado, que se hubiese educado en una cultura supersticiosa e ignorante, después de levantarse de la tumba? Sí, tiene lógica. Este hombre se ha autohipnotizado y ha adecuado sus funciones corporales para que no interfieran con sus delirios, su gran paranoia. Controla su respiración. Se ha dicho a sí mismo, no me oigo respirar, por lo tanto, estoy muerto. Su mente bloquea el ruido de su respiración. No se permite comer ni beber. Son cosas que seguramente hace dormido, con una parte de su mente que más tarde oculta las pruebas de esas actividades humanas a la otra parte, a la delirante. –McClure concluyó–. Me equivocaba. Usted no está loco. No está engañándose a usted mismo. Tampoco a mí. Todo esto carece de lógica y, he de reconocer, da un poco de miedo. ¿Eso le hace sentir bien? ¿Pensar que me da miedo? No sé cómo etiquetarlo. Es usted un hombre muy raro, Lantry. Me alegro de haberlo conocido. De aquí va a salir un informe muy interesante, desde luego.
–¿Pasa algo por estar muerto? –dijo Lantry–. ¿Es delito o algo?
–Reconocerá que es algo muy inusual.
–Pero, aun así, ¿es delito? –preguntó Lantry.
–Ya no hay delitos, ni juzgados de lo penal. Queremos examinarlo, naturalmente, para averiguar cómo ha llegado a suceder. Es como ese componente químico que, un instante está inerte y al siguiente es una célula viva. Quién sabe decir dónde le ha sucedido qué a qué. Usted es esa imposibilidad. Suficiente para que cualquiera se vuelva loco.
–¿Me dejarán libre después de toquetearme?
–No se le retendrá. Si no desea que lo examinen, así será. Pero confío en que nos ayudará y nos ofrecerá sus servicios.
–Puede ser –dijo Lantry.
–Pero, cuénteme –dijo McClure–. ¿Qué hacía usted en la morgue?
–Nada.
–Lo oí hablar cuando entré.
–Pura curiosidad.
–Está mintiendo. Eso es muy grave, señor Lantry. La verdad es infinitamente mejor. Y la verdad es, corríjame si me equivoco, que está usted muerto y que, al ser el único en su especie, se sentía solo. Así que mató a gente para tener compañía.
–¿De dónde se saca eso?
McClure rio.
–Lógica, querido amigo. En cuanto he sabido, hace un segundo, que en realidad estaba muerto, que era un, cómo se dice, un vampiro (¡qué tontería de palabra!), enseguida lo he conectado con las explosiones de las Incineradoras. Antes de eso, no había motivos para asociarlo. Pero en cuanto una pieza encaja, el hecho de que está muerto, ha sido sencillo adivinar su soledad, su odio, su envidia, las sórdidas motivaciones propias de un muerto viviente. Ha sido instantáneo ver las Incineradoras envueltas en llamas y luego pensar en usted, entre los cuerpos de la morgue, en busca de ayuda, de amigos, de gente como usted con la que colaborar…
–¡Qué listo es usted, puñetas!
Lantry se levantó de la silla. Estaba a punto de alcanzarlo cuando McClure se echó a un lado y se escabulló, tirando el decantador de vino. Con gran desesperación, Lantry se dio cuenta de que, como un puñetero imbécil, había desperdiciado la única ocasión de matar a McClure. Tendría que haberlo hecho antes. Era su única arma, su margen de maniobra. Si en una sociedad las personas nunca se mataban unas a otras, nunca sospechaban unas de otras. Podías acercarte a una persona y matarla.
–¡Venga aquí! –Lantry le arrojó la navaja.
McClure se puso detrás de una silla. La idea de huir, de protegerse, de defenderse, todavía era nueva para él. La entendía en parte, pero Lantry aún disponía de cierta ventaja en caso de que quisiera usarla.
–De eso nada –dijo McClure, con la silla en alto entre él y el hombre que se aproximaba–. Quiere matarme. Es raro, pero es verdad. No lo entiendo. Quiere clavarme esa navaja o algo por el estilo, y de mí depende evitar que lo haga.
–¡Voy a matarlo! –se le escapó. Se insultó a sí mismo. No podía haber dicho algo peor.
Lantry esquivó la silla y agarró a McClure.
–Matarme no le servirá de nada. –McClure seguía con su lógica–. Lo sabe. –Forcejearon, agarrándose y cayendo entre zarandeos brutales. Volcaron mesas, desperdigando objetos–. ¿Recuerda qué pasó en la morgue?
–¡Me importa un bledo! –gritó Lantry.
–No resucitó a aquellos muertos, ¿verdad que no?
–¡Me importa un bledo! –chilló Lantry.
–Mire –dijo McClure, en tono razonable–. Nunca habrá más como usted, nunca, no tiene sentido.
–¡Pues entonces os destruiré a todos, a todos y cada uno! –gritó Lantry.
–¿Y luego qué? Seguirá solo, no tendrá a nadie.
–Me iré a Marte. Allí tienen tumbas. ¡Encontraré a otros como yo!
–No –dijo McClure–. Ayer se emitió el decreto presidencial. Todas las tumbas van a vaciarse de cuerpos. Serán incinerados la semana que viene.
Los dos cayeron al suelo. Lantry cogió a McClure por la garganta.
–Por favor –dijo McClure–. Va a morir, ¿no lo entiende?
–¿A qué se refiere? –gritó Lantry.
–En cuanto nos mate a todos, y se quede solo, ¡morirá! El odio morirá. Es el odio lo que hace que se mueva, ¡nada más! La envidia lo mueve. ¡Nada más! Pero morirá, es inevitable. Usted no es inmortal. Ni siquiera está vivo, no es más que odio en movimiento.
–¡Me importa un bledo! –gritó Lantry, y empezó a asfixiarlo y a darle puñetazos en la cara, a horcajadas sobre el cuerpo indefenso. McClure lo miraba con ojos agonizantes.
La puerta de la calle se abrió. Entraron dos hombres.
–Hostias –dijo uno.
–¿Qué pasa aquí? ¿Un juego nuevo?
Lantry se levantó de un salto y echó a correr.
–¡Sí, un juego nuevo! –dijo McClure, levantándose a duras penas–. ¡Si lo cogéis, ganáis!
Los dos hombres cogieron a Lantry.
–Ganamos –dijeron.
–¡Soltadme! –Lantry se revolvió, les dio unos guantazos, haciéndoles sangre.
–¡Sujetadlo bien! –gritó McClure.
Y eso hicieron.
–Qué juego más bruto, ¿no? –dijo uno–. ¿Qué hacemos ahora?
El coche escarabajo siseó por la calle resplandeciente. La lluvia caía del cielo y el viento azotaba los árboles verdes y oscuros y empapados. Dentro del escarabajo, con las manos en el semivolante, McClure hablaba. Su voz era susurrante, sibilante, hipnótica. Los otros dos hombres iban en el asiento de atrás. Lantry iba sentado, o tumbado, más bien, en el asiento delantero, con los ojos entreabiertos, el resplandor verde de las luces del salpicadero se reflejaba en sus mejillas. Tenía la boca relajada. No dijo nada.
McClure hablaba a media voz, con lógica, sobre la vida y el movimiento, sobre la muerte y la inmovilidad, sobre el sol y la gran Incineradora solar, sobre el cementerio vacío, sobre el odio y sobre cómo el odio vivía y cómo daba vida y movimiento a un hombre de arcilla, y sobre lo ilógico que era todo aquello, qué ilógico, qué ilógico. Uno se moría y punto, y punto y final, y se acabó, se acabó lo que se daba. Uno no intentaba ser otra cosa. El coche susurraba por la calle. La lluvia golpeaba suavemente el parabrisas. Los hombres en el asiento de atrás conversaban en voz baja. ¿Adónde iban, adónde? A la Incineradora, por supuesto. El humo de cigarrillo se movía despacio por el aire, enroscándose y enrollándose en bucles y espirales grises. Uno se moría y tenía que aceptarlo.
Lantry no se movió. Era una marioneta con los hilos cortados. Quedaba un odio mínimo en su corazón, en sus ojos, como ascuas gemelas que, débiles, resplandecían, se apagaban.
Soy Poe, pensó. Soy lo que queda de Edgar Allan Poe, y soy lo que queda de Ambrose Bierce y lo que queda de un hombre llamado Lovecraft. Soy un murciélago nocturno y gris con colmillos afilados, y soy un monstruo monolítico negro y cuadrado. Soy Osiris y soy Baal y Set. Soy el Necronomicón, el Libro de los Muertos. Soy la casa Usher que se desmorona en llamas. Soy la Muerte Roja. Soy el hombre encerrado en las catacumbas con un barril de amontillado… Soy un esqueleto que baila. Soy un ataúd, una mortaja, un rayo reflejado en la ventada de un viejo caserón. Soy un árbol que el otoño ha desnudado, soy una contraventana suelta que golpea. Soy un libro amarillento cuyas páginas pasa una garra. Soy un órgano que suena en la buhardilla a medianoche. Soy una máscara, una máscara de calavera detrás de un roble el último día de octubre. Soy una manzana envenenada que flota en un barreño para que las narices de los niños se topen con ella, para que la saquen con los dientes…. Soy una vela negra encendida ante una cruz invertida. Soy la tapa de un ataúd, una sábana con ojos, un paso en una escalera oscura. Soy Lord Dunsany y Arthur Machen y soy la leyenda de Sleepy Hollow. Soy la pata de mono y el rickshaw fantasma. Soy el gato y el canario, el gorila, el murciélago. Soy el fantasma del padre de Hamlet en el muro del castillo.
Todo esto soy. Y ahora todas estas cosas únicas van a arder. Mientras yo viviera, ellas vivían. Mientras yo caminara y odiara y existiera, ellas existían. Yo soy todo lo que las recuerda. Yo soy lo único de ellas que aún persiste, y dejará de persistir después de esta noche. Esta noche, todos nosotros, Poe y Bierce y el padre de Hamlet, arderemos juntos. Harán con todos una buena pila y nos quemarán como si fuésemos una hoguera, como en la noche de san Juan: ¡gasolina, mechero, gritos y demás!
Y qué lamentos vamos a soltar. El mundo se librará de nosotros, pero en nuestra partida, diremos: ah, qué aspecto tiene el mundo, libre de miedo, dónde está la imaginación oscura de las horas oscuras, la emoción y la expectación, el suspense del viejo octubre, desaparecidos, nunca más van a volver, los han aplastado y triturado y quemado la gente de los cohetes, la gente de las Incineradoras, los han destruido y borrado, para sustituirlos por puertas que se abren y se cierran y luces que se encienden y se apagan sin miedo. Si al menos recordarais cómo vivíamos, qué significaba Halloween para nosotros, y quién era Poe y cómo nos regodeábamos en las morbosidades oscuras. Amigos míos, un último vaso de amontillado antes de arder. Todo esto, todo, existe únicamente en un último cerebro sobre la tierra. Esta noche va a morir todo un mundo. Un último vaso, y recemos.
–Ya estamos –dijo McClure.
La Incineradora estaba muy iluminada. Había música suave cerca. McClure bajó del escarabajo, rodeó el coche. Abrió la puerta. Lantry estaba ahí tirado sin más. Tanta charla y tanta lógica lo había vaciado poco a poco de vida. Ahora no era más que cera, con un leve fulgor en los ojos. Cómo te hablaba la gente, con cuánta lógica explicaban tu vida en este mundo futuro. Jamás creerían en él. La fuerza de su incredulidad lo había helado. No podía mover los brazos ni las piernas. Solo podía mascullar cosas sin sentido, frías, con un brillo en los ojos.
McClure y los otros dos hombres lo ayudaron a bajar del coche, lo metieron en un ataúd dorado, lo pasaron a una mesa con ruedas y lo llevaron hasta el cálido y resplandeciente interior del edificio.
Soy Edgar Allan Poe, soy Ambrose Bierce, soy Halloween, soy un ataúd, una mortaja, la pata de mono, un fantasma, un vampiro…
–Sí, sí –dijo McClure, en voz baja, a su lado–. Lo sé. Lo sé.
La mesa se deslizaba. Las paredes pasaban veloces por su lado y por encima, sonaba la música. Estás muerto, estás muerto con toda lógica.
Soy Usher, soy el descenso al Maelström, soy el manuscrito hallado en una botella, soy el pozo y el péndulo, soy el corazón delator, soy el cuervo, nunca más, nunca más.
–Sí –dijo McClure mientras avanzaban sin apenas hacer ruido–. Lo sé.
–Soy la catacumba –gritó Lantry.
–Sí, la catacumba –dijo el hombre que caminaba a su lado.
–Van a encadenarme a una pared, ¡y aquí no hay botella de amontillado! –gritó Lantry sin fuerzas, con los ojos cerrados.
–Sí –dijo alguien.
Hubo un movimiento. La compuerta de la incineradora se abrió.
–Y ahora alguien va a sellar la celda, ¡para encerrarme!
–Sí, lo sé. –Un susurro.
El ataúd dorado se deslizó por la compuerta hacia el fuego.
–¡Van a sepultarme! ¡Qué buena broma, desde luego! ¡Vayámonos! –Un grito bestial y muchas risas.
–Lo sabemos, lo entendemos…
La compuerta interior se abrió al fuego. El ataúd dorado salió disparado, envuelto en llamas.
–¡Por el amor de Dios, Montresor! ¡Por el amor de Dios!.