la electrocución
spanish
Dejó que le vendara los ojos con la seda negra, y él hizo un nudo y apretó tan fuerte que ella ahogó un grito.
–¡Aflójala, Johnny, mierda, aflójala o paso de hacerlo!
–Vale –dijo él con tono relajado, y ella olió su aliento penetrante; mientras, a lo lejos, el gentío se inquietaba tras el cordón de la barrera y la carpa de la feria ondeaba al viento nocturno y, de muy lejos, llegaba flotando música de organillo y los redobles de un tambor.
Vagamente, a través de la seda negra, veía a los hombres, los niños, algunas mujeres, una buena multitud, pagando la entrada para verla atada a la silla eléctrica, con electrodos en las muñecas y el cuello, a la espera.
–Listo –susurró la voz de Johnny a través de la venda–. ¿Mejor?
Ella no dijo nada, pero sus manos se aferraron a los extremos de la silla de madera. Sentía la presión sanguínea en los brazos y el cuello. Fuera, el animador voceaba por su pequeño megáfono de cartón y daba bastonazos al cartel en el que el retrato de Electra se balanceaba al viento: pelo rubio, intensos ojos azules, barbilla afilada, sentada en su silla letal como quien va a tomar el té.
Cegada por la seda negra, era más fácil dejar que la mente fuese allá donde quisiera…
La feria se instalaba en un pueblo nuevo o pasaba de largo; sus carpas marrones inhalaban durante el día, y durante la noche exhalaban su aire viciado mientras las lonas se deslizaban sibilantes contra las estacas oscuras. ¿Y entonces?
La noche del pasado lunes, un joven de brazos largos y rostro rosa e impaciente, compró tres entradas para el espectáculo y, muy tenso en el cordón de la barrera, vio tres veces cómo la electricidad achicharraba a Electra de arriba abajo como un fuego azul; y memorizó cada uno de sus movimientos allí sentada en la plataforma, toda fuego y carne pálida.
Asistió cuatro noches seguidas.
–Tienes tu público, Ellie –dijo Johnny la tercera noche.
–Eso parece –dijo ella.
–No les hagas caso –dijo Johnny.
–Claro –dijo ella–. ¿Para qué? No te preocupes.
A fin de cuentas, llevaba años con aquel número. Johnny accionaba el interruptor, la electricidad la llenaba de los pies a la cabeza y luego él le daba una espada luminosa que ella, sonriendo tras una máscara, blandía a ciegas por encima de los asistentes, que enseguida se daban palmadas en los hombros o en la frente, mientras las chispas azules crepitaban y salían disparadas. La cuarta noche, Electra dirigió la espada hacia el joven de la cara rosada y sudorosa, en primera fila entre el gentío. El joven levantó la mano rápidamente, con ansias, como si quisiera atrapar la hoja. Chispas azules saltaban en el espacio intermedio, pero el joven ni retiró la mano ni la detuvo, y finalmente el fuego se propagó por sus dedos y luego por el puño y luego por la muñeca y el brazo y el cuerpo.
Bajo aquella luz, sus ojos refulgían con la llama de alcohol azul que la espada alimentaba, cuyo fuego en movimiento iluminaba el brazo, la cara y el cuerpo de Electra. Él alargó el brazo aún más, con la cintura pegada al cordón, callado y tenso.
–¡Tocadla todos! –gritó entonces Johnny–. ¡Todos!
Y Electra levantó la espada hacia lo alto para que otros la tocaran y acariciaran, mientras Johnny maldecía. A través de la venda, vio la iluminación terrible que no abandonaba el rostro del joven.
La quinta noche, en lugar de tocar los dedos del joven, tocó con la punta centelleante de la espada la palma de su mano, rozándola una y otra vez hasta que él cerró los ojos.
Esa noche, Electra bajó caminando al embarcadero del lago después del espectáculo y no miró atrás mientras avanzaba, pero sí escuchó y esbozó una sonrisa. El lago se agitaba entre los pilares putrefactos. Las luces de la feria abrían senderos dispersos e inquietos en el agua oscura. Las palas del ferry giraban altas, con sus chillidos débiles, y a lo lejos el organillo resoplaba quejumbroso «Beautiful Ohio». Electra aflojó el paso. Adelantó el pie derecho, despacio, luego el izquierdo, y luego se detuvo y volvió la cabeza. Y al hacerlo, vio la sombra y los brazos la rodearon. Un buen rato después, ella se recostó en sus brazos, miró fijamente su rostro lozano, rosa e ilusionado.
–Ay Dios, ¡tienes más peligro que mi silla! –dijo.
–¿De verdad te llamas Electra? –dijo él.
La noche siguiente, mientras la electricidad la atravesaba, se puso rígida, se estremeció y, gimiendo, se mordió los labios. Sus piernas se sacudieron; sus manos se aferraron y arañaron los reposabrazos de la silla.
–¡¿Qué pasa?! –gritó Johnny, más allá de la venda–. ¡¿Qué?! –Y cortó la corriente.
–Estoy bien –resolló ella. El gentío murmuró–. No es nada. ¡Sigue! ¡Venga!
Y él accionó el interruptor.
El fuego la atravesó y de nuevo apretó los dientes y echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla. Un rostro salió de repente de la oscuridad, y con él un cuerpo, para abrazarse a ella. La corriente explotó. La silla eléctrica se apagó y luego se derritió.
Johnny, a miles de kilómetros en la oscuridad, le dio la espada. La mano flácida y trémula de Electra la dejó caer. Él se la devolvió y, por instintiva, ella la empuñó hacia la noche.
Alguien, en la oscuridad fragorosa, tocó la hoja. Electra pudo imaginar sus ojos ardiendo, sus labios abiertos mientras la electricidad lo sacudía. Estaba pegado al cordón, con mucha, mucha fuerza, ¡y no podía respirar ni gritar ni apartarse!
La corriente se había cortado. El olor a trueno permaneció.
–¡Toma ya! –gritó alguien.
Johnny la liberó de las correas de cuero, saltó de la tarima y fue hacia el centro del gentío. Entre convulsiones, tiritando, Electra se arrancó las ataduras. Salió corriendo de la carpa, sin mirar atrás para ver si el joven seguía pegado al cordón.
Detrás de la carpa, se derrumbó en el catre de la caravana, sudando y temblando, y seguía llorando cuando Johnny entró para ver cómo estaba.
–¿Qué te pasa? –dijo.
–Nada, nada, Johnny.
–¿Y por qué te has largado de repente, así como así?
–Por nada, por nada.
–Por nada, por nada –dijo él–. Y un cuerno. –Su rostro se contrajo–. ¡Y un cuerno! ¡No has hecho nada igual en años!
–¡Estaba nerviosa!
–En años –dijo–. Lo hiciste cuando nos casamos. ¿Crees que he olvidado que pasó lo mismo que esta noche cuando he accionado el interruptor? Llevas tres años sentándote en esa silla como quien escucha la radio. Y esta noche, ¡esta noche! –gritó, atragantándose, echándose sobre ella, con los puños apretados–. Esta noche, joder.
–Por favor, por favor, Johnny. Estaba nerviosa.
–¿En qué pensabas cuando estabas en la silla? –exigió él, inclinándose hacia ella con brusquedad–. ¿En qué pensabas?
–En nada, Johnny, en nada. –La agarró del pelo–. ¡Por favor!
La empujó de cabeza al suelo, dio media vuelta, salió y, fuera, se detuvo.
–Sé en qué pensabas –dijo–. Lo sé.
Electra oyó sus pisadas alejándose.
Y pasó la noche y el día y otra noche con otra multitud.
Pero entre todo el gentío, Electra no veía su cara. Así, a oscuras, con los ojos fuertemente vendados, se sentó en la silla eléctrica a esperar mientras Johnny describía las maravillas del Hombre Esqueleto en la otra tarima, y ella esperaba con el rostro vuelto hacia la gente que entraba en la carpa. Johnny rodeó al Hombre Esqueleto, todo rigidez, al tiempo que describía la calavera viviente y los terribles huesos, y finalmente hubo un revuelo en la multitud, que se giró a indicación de Johnny, con su voz de trompeta maltratada, mientras subía de un salto a la tarima con ella de un modo tan brusco que Electra se tambaleó hacia un lado y se humedeció los labios rojos.
Luego Johnny apretó aún más el nudo de la venda y luego un poco más mientras se inclinaba para susurrarle:
–¿Lo echas de menos? –Ella no dijo nada, pero irguió la cabeza. Abajo, el gentío se impacientaba, como animales en un pajar–. No está –susurró, y le fijó los electrodos a los brazos. Ella guardó silencio–. No va a volver –susurró de nuevo. Le encajó el gorro encima del pelo. Electra tembló–. ¿Tienes miedo? –le preguntó él en voz baja–. ¿De qué? –Le cerró las correas en torno a las muñecas–. No temas. No es más que electricidad. –A ella se le escapó un suspiro. Johnny se enderezó–. Le he dado una paliza –dijo a media voz, toqueteando la venda–. Le he dado tal paliza que le he roto las paletas. Luego lo estampé contra un muro y seguí pegándole sin parar… –Se detuvo y gritó–: Damas y caballeros, ¡van a presenciar el espectáculo más impresionante de la historia de las ferias! Aquí pueden ver una silla eléctrica idéntica a las que se usan en las más grandes de nuestras cárceles. ¡Perfecta para la aniquilar criminales! –Con esto último, ella cayó hacia delante, arañando la madera mientras Johnny gritaba–: Ante sus ojos, ¡esta encantadora dama va a ser electrocutada!
Murmullos entre la muchedumbre, y ella pensó en el generador que había bajo la tarima y que Johnny lo había cambiado quizás para que recibiera amperaje en lugar de voltaje. Un accidente, un desafortunado accidente. Una pena. Amperaje, no voltaje.
Zafó la mano izquierda de la correa y oyó cómo se cerraba el interruptor mientras el fuego azul la envolvía y la estremecía, ¡gritando!
El público aplaudía y silbaba y pataleaba. Ah, pensó ella, enloquecida, ¿es esta mi muerte? ¡Genial! ¡Más aplausos! ¡Más gritos!
Un cuerpo cayó de la oscuridad. «¡Le he dado tal paliza que le he roto los dientes!». El cuerpo se sacudió. «¡Le he pegado una y otra vez!». El cuerpo cayó, lo levantaron, cayó de nuevo. Ella gritó, un grito agudo y prolongado como si un millón de bocas invisibles la hubiesen mordido y desgarrado. Las llamas azules envolvieron su corazón. El cuerpo del joven menguó y explotó en mil pedazos de huesos, llamas y ceniza.
Tranquilamente, Johnny le dio la espada.
–Ahora –dijo.
Sentirse segura era como un puñetazo en el estómago.
Electra sollozó, blandiendo la espada con torpeza, tiritando y sacudiéndose, incapaz de moverse. La corriente zumbaba y el gentío levantaba las manos, unas como arañas, otras como pájaros brincando sin parar, cada vez que la espada crepitaba y soltaba chispas.
Aún había electricidad en sus huesos mientras las luces de toda la feria se atenuaban.
Clic. El interruptor yacía en posición off.
Se desplomó, el sudor le resbalaba por la nariz y la boca abierta. Jadeando, zafó las manos para quitarse la venda.
La muchedumbre se había ido a otra tarima, a otro prodigio, la Gorda los había llamado y ellos habían obedecido.
Johnny tenía la mano en el interruptor. La dejó caer y se quedó allí observando a Electra con ojos oscuros y fríos, sin inmutarse.
Las luces de la carpa parecían sucias, viejas, amarillentas, inmundas. Electra miró cegada a la muchedumbre que se alejaba, a Johnny, la carpa, las luces. Parecía que hubiese menguado en la silla. Que la mitad de su ser se hubiese derramado por los cables, escurrido por el cable de cobre que cruzaba el pueblo por los aires, tendido de poste en poste. Alzó la cabeza como si le pesara cuarenta kilos. Una luz limpia había llegado, había entrado en ella y la había atravesado para abandonarla con un fogonazo; pero ya no era la misma luz. Electra había cambiado; y entendió cómo lo había logrado. Y se estremeció porque la luz no tenía color.
Johnny abrió la boca. Al principio ella no lo oyó. Tuvo que repetir lo que tenía que decirle.
–Estás muerta –dijo con rotundidad. Y de nuevo–: Estás muerta.
Y allí sentada en la silla eléctrica, sujeta con correas de cuero, con el viento que entraba por el acceso a la carpa jugando con su rostro, evaporando el sudor, al mirarlo y al ver la oscuridad en sus ojos, le dio la única respuesta posible.
–Sí –dijo, con los ojos cerrados–. Ah, sí. Estoy muerta.